miércoles, 27 de octubre de 2010

CRÓNICAS DEL DESAMOR | D. PIMPÓN, EL FARSANTE



Cuando mi estimado amigo M.A.B., decidió bucear tan magistralmente como lo ha hecho en su reflexión acerca de la amistad, estoy completamente seguro que sabía perfectamente dónde se encontraba: en la Fosa de las Marianas. Y es que, para acometer un tema tan delicado y espinoso como es éste, mi docto amigo y periodista, necesitaría inevitablemente las 105.000 páginas de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo–Americana. Con esto, no sé, si aún le faltaría espacio.

Sin embargo, yo que tampoco voy a descubrir nada nuevo al respecto, sí quisiera desde estas páginas arrojar la luz de mi opinión por una pura cuestión personal, la que más odio de cuantas existen: la hipocresía del “supuesto amigo”.

Casi todos tenemos, antes o después —o antes y después— la ruina y la desgracia de tropezar con este tipo de desperdicio humano o cubo de basura. Estos pozos de miseria y envidia —cuestión consustancial en estos individuos—, en algún momento determinado se han jactado de ser tu mejor amigo. Y enarbolando la bandera de esa supuesta “amistad” y la frase tan gastada de “lo que te haga falta”, han coronado con toda suerte de éxitos y aplausos para sus adentros una operación con intereses fijos de supercuenta desde luego, a tu costa, si como bien dice M.A.B., no caes en el detalle a tiempo.

Y de la noche a la mañana, por arte de magia, encuentras que se han instalado en tu vida procurándose un rincón en tu corazón, en beneficio exclusivamente suyo, por supuesto. Eso, está más claro que el caldo de un asilo.

Este tipo tan despreciable de envidioso patológico, es producto de la dentera crónica, enfermiza y sin límites que padece. Y muy bien pudiera tener su origen en una frustración permanente que no le permite ser de otra manera.

Se encuentran casi siempre en las sombras. Agazapados como lo que son: alimañas. Esperando con paciencia esenia el turno de tu caída para poder entonces esgrimir la más repugnante de sus sonrisas y decirte: “¿No decías que te iban tan bien las cosas...?” Tienen el corazón podrido y el alma agrietada por la mala leche.

Si por el contrario, las cosas van funcionando a pesar de sus pesares, no te preocupes; jamás levantarán una copa en tu honor ni te darán una palmada en la espalda. Se limitarán a mirarte con absoluta indiferencia y cambiarán de conversación al menor descuido para que te des cuenta de que tus logros profesionales o personales se la ponen más gorda que un tambor de Tobarra; que le importan menos que el ciego del Puente Viejo. Aunque, sin pretenderlo, se les vayan los ojos detrás de tus proyectos.

Es más, pensarán con aborrecimiento desmedido: “Ojalá te estrelles en la primera esquina, cabrón”.

Es curioso, que después, sean los primeros en pedirte ayuda cuando están comiéndose los mocos. Y mucho más curioso aún, que esta crónica que durante doce años ha permanecido sin nombre en mis escritos, hoy, por fin, me atreva bautizarla. Y de paso, me valga para despedir una “amistad” que duró veinte años.

El perfil de estos individuos, pese a las apariencias, les hace ser fácilmente detectables y “detestables”. Y aunque se disfrazan y actúan camaleónicamente, al final, se les identifica por su escaso amor propio y mucho menos ajeno. Son personas, por lo general, profundamente abúlicas en su trabajo —si llegan a tenerlo; y si lo tienen, siempre es gracias, a algún gilipollas como yo—. Y les da lo mismo ocho que ochenta mil. Aunque, eso sí; en sus retribuciones son más sindicalistas que la rehostia. Son, en resumidas cuentas, personas grises sin ningún tipo de ambición, excepto la de fingir ser los “mejores amigos”. Y así les luce el pelo, claro.

Como Joan Manuel Serrat un día cantara; “Dios y mi canto saben a quien nombro tanto...”.




José Hernández Meseguer

                                         

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