miércoles, 27 de octubre de 2010

CRÓNICAS DEL DESAMOR | POST MORTEM



Se despedía Jack London a través de su personaje, Darrel Standing, en su libro “El Vagabundo de las Estrellas”, preguntándose, yo creo que con demasiada fe, lo que sería cuando volviese a vivir y qué mujeres le amarían. Quizá, este maestro de la narrativa vivió aferrado a la idea de que existía vida después de la vida. O aquí o en otro lugar. Yo, también, durante años, pensé firmemente que algo tan sublime como es la vida no podía terminar así, sin más. Sin embargo, el tiempo, que no está de nuestra parte precisamente, me ha demostrado en no pocas ocasiones que la vida pasa, y solamente eso. Una vez que se acaba, se acabó. Punto final.

Decía por su parte, J.M. Serrat, en uno de sus temas que; “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Personalmente, no estoy de acuerdo con eso de que “Nunca es triste la verdad”, ya que opino, que, es al revés precisamente; casi siempre lo es. Aunque lo que no me parece posible cuestionar es lo segundo: no, en efecto, no tiene remedio.

Esto, como todo lo que escribo, habría que entenderlo en su exacto contexto y no voy a hacer aquí, de este monólogo, una tesis para averiguar hasta qué punto es o no triste la verdad. Porque es posible no esté refiriéndome a la verdad propiamente dicha, sino a la vida. Que también es verdad y de esa verdad hablo. De la verdad que nos deja caer la vida. Esa que, casi siempre, es verdad y triste.

No voy a negar, porque no sería cierto, que mi forma de escribir puede resultar un tanto apocalíptica. El caso es que lo sé. Es mi forma de ser. Sin embargo, nadie, salvo el más optimista, puede negar que, exceptuando muy escasos y breves momentos en nuestras vidas, el resto del tiempo nos dedicamos a engañarnos y a trepar los unos sobre los otros despiadadamente para abrazar al único dios que es la “pasta” y al "poder", su profeta. Y eso sí que es triste y, cómo no, tampoco tiene remedio.

Pero toda esta retahíla de silencios en esta tarde mustia y cenicienta, se asoma a mi mente para preguntarme, no qué seré, que probablemente es nada: un recuerdo para mi familia, y “una lagrimita que echó la ‘Patro’ al cerrar la cajita” —como diría el mismo Serrat precisamente—. Ni tampoco, qué mujeres me amarán, porque entonces es posible que dijera que no quiero que me ame ninguna. Sino algo mucho más sencillo y que a estas alturas de la vida me desvela: ¿Quién me leerá?

Siempre me digo lo mismo; me inquieta crear y hacer lo que empecé siendo apenas un niño: escribir. Crear escribiendo. Sé que no está de moda. No es una vocación vistosa ni atractiva, ni reconocida, al menos para la mayoría de gente que conozco. Requiere interminables horas de entrenamiento y abundantes momentos de soledad, concentración y silencio. También, grandes dosis de imaginación y sensibilidad. Poco más; porque, partir de ahí, sólo he de adentrarme en una dimensión diferente, en el submundo de mis silencios y mis quimeras. Y navegar atento en mis propias tinieblas y mis recuerdos, por todo lo que en mí permanece indeleble. Para bien y para mal. En los buenos momentos y en las grandes e imborrables heridas que, como fosas insondables, me han llevado con cierta frecuencia a naufragar por los renglones de mis poemas y mis versos.



José Hernández Meseguer


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