miércoles, 27 de octubre de 2010

CRÓNICAS DEL DESAMOR | LA CARA B DEL ÉXITO [Sine qua non]



Aquella tarde le conocí de una manera tonta. En la ciudad, llovía de una manera inusual. El hecho me resultó extraño. Después del clásico protocolo en un ‘bareto’ y sin apenas cruzar una frase con él, intentó dejarme mal ante un amigo. O, simplemente, sobresalir para poner de manifiesto su sabiduría, cuando me interrogó, interrumpiéndome, acerca del significado en castellano de una expresión latina que yo había utilizado para concluir una conversación. Le vi venir. Fui rotundo. No parpadeé.

Sabía que aquel hombre, detrás de su lamentable apariencia, un día, había sido un verdadero monstruo de las letras. Naturalmente, me repitió la palabra y su significado como si yo, antes, no lo hubiese hecho. Y en cualquier caso, para dejarme claro —como un perro que marcase su territorio con la meada—, que sabía bien lo que decía. Y que, a partir de ese instante, le tuviese muy en cuenta; se encontraba dispuesto a seguir de cerca en cada una de las palabras que pronunciase y a rectificarme cualquier desliz.

No le di ocasión. En la segunda copa acabó extraviándose. Perdió la brújula y el norte como era de esperar. Sus ojos se habían vaciado en el profundo y siniestro abismo del alcohol, dejando ante mí, una piltrafa humana. Era un hombre desgastado y ajado. Acabado. Cabeceaba en su inútil intento por mantenerse en pie. Tuvo que dejar de hablar; la incoherencia se adueñó de él, y lo supo. Se instaló en sus brumas como un mueble inservible y estúpido. Se dedicó, como mucho, a asentir. Y a dar por bueno lo que hablábamos los demás. No era capaz de argumentar una frase completa y al final me sobrecogió una infinita tristeza.

En la penumbra de aquel lugar, cargado de luces y humo, le miré; vi una ruina. Su mirada estaba deshabitada y sin color. Hundida. No quedaba nada; soledad y angustia, únicamente.

En otro tiempo, había sido un hombre importante en la universidad de la ciudad, ocupando un cargo de relevancia. Su mujer, me contaron, le engañó y más tarde le abandonó. También sus hijos, a los que no ve hace muchos años. Con el paso del tiempo fue cayendo como una piedra al fondo del océano y terminó perdiendo su puesto de trabajo. Hoy duerme en un coche abandonado. Los pocos amigos que conserva, le mantienen. Y, de vez en cuando, más por compasión que por otra cosa, le invitan a alguna copa. Vive a solas con sus quimeras; tal como quiere, dice. Me contaba, que hace exactamente lo que desea. Que es feliz así. Yo lo dudo mucho, aunque todo es posible. Pero el caso es que me jacto de intuitivo, y si me da cierta pena, sé que es por algo. Detrás de esa mirada hay algo que no sabré jamás, me digo.

En fin, así es G. Un hombre que lo tuvo todo: poder, dinero, mujeres, lo que quiso... Y todo lo tiró por la borda del éxito. Dilapidó su fortuna y su carrera. La esquilmó de bar en bar y de puta en puta. Los discos tienen dos caras. También la gloria. También el éxito. También la vida. Y G. tiene que respirar y andar cada mañana. Y para ello, necesita de manera inevitable, “sine qua non”, hincarse “tres o cuatro lápices diarios”: tomarse unas copas cada día. Y lo hace. Hace lo que quiere y no perjudica a nadie. Ni a él mismo ya.

Es feliz así. Bueno, vale. Tú mismo, G.


José Hernández Meseguer


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