domingo, 31 de octubre de 2010

LA MIRADA [Relato]



Solo. Se encontraba profundamente solo. Por un instante, se preguntó cuanto tiempo llevaba así, aunque en realidad se trataba de una absurda y estúpida pregunta que llevaba años sin formularse. Ya apenas tenía importancia. Le gustaba la soledad: aquella soledad sombría que le abrazaba cada día, en silencio, desde hacía mucho. Sin pretenderlo, se había acostumbrado a su suave terciopelo y ésta recorría con la misma libertad, como un fantasma, su habitación.

A través de una vieja y destartalada ventana observaba el mundo como quien mira por la cerradura de una puerta: sólo por curiosidad, pero sin pasión. Porque el suyo, su mundo, permanecía paralizado como un cuadro de papel: inerte e inútil. Su vida se encontraba detenida en el tiempo como un paisaje torpe y sin sentido. Cualquier motivo constituía un desatino; y cualquier intento, una causa a destiempo y sin valor. Más allá, se escondía la mágica tragedia de un cielo que, cada tarde, se quemaba en silencio. Y, flotando invisible, aquella larga hipocondría que habitaba desde siempre en el ambiente. A veces, pasaba las noches enteras mirando la inmensidad de aquel océano negro que emitía incansables e intermitentes destellos azulados e imaginaba, que, como los chamanes, navegaba en el espacio y en el tiempo de un lado para otro, atrapado en fiebres seguramente inexplicables. Pero, otras, se inmovilizaba mucho más cerca observando esa vieja luna de piel de manzana.

Pensó, que tal vez, era demasiado viejo para soñar: hacía mucho tiempo que sus gaviotas —sus sueños— se habían fugado: se habían marchado apresuradamente en busca de cálidos mares o, simplemente, habían elegido otros lugares dónde morar.

En cualquier caso, poseía la certeza, de que a sus frías playas, jamás regresarían.

Entonces se volvió para mirarme con los ojos grises y ausentes; como el que se encuentra repentinamente perdido e invadido por una remota y densa nostalgia. Me sonrió levemente con una mueca autocompasiva y triste: como queriendo decirme que él era así; un viejo y agotado soñador, si yo quería. Un estúpido soñador que se había enrolado para siempre en la nave de la tristeza sin más esperanza que la muerte como camino para poder olvidar. Y que, al final, por cosas difíciles de explicar, sólo era un pobre y patético soñador que había terminado acostumbrándose a acariciar la vida por el envés, probablemente. Era muy posible que se hubiera equivocado. Es más: estaba casi seguro de ello. Pero ese minúsculo y veloz planteamiento, de todas maneras, a las alturas en que se encontraba situada su agrietada soledad ya no era motivo suficiente como para cambiar su incoherente manera de ser.

Comenzó a caminar lentamente hacia a mí, y cuando estuvo enfrente, me dijo que no suponía gran cosa el que estuviese equivocado, porque ya era tarde, y lo sabía. No se lamentó en ese momento: llevaba haciéndolo casi toda su existencia. Así que, por toda respuesta, sólo dejó caer otra vez una sonrisa de estúpido perdedor para quitar importancia a su propio comentario y empezó a darme la espalda; aunque, súbitamente, se detuvo y se dirigió nuevamente hasta donde yo me encontraba. Se me acercó, y frente a mí, elevó ambas manos a las sienes. En un tono de cierta despreocupación me comentó que, sin darse cuenta, éstas, aparecían prácticamente cubiertas de canas. Y era cierto: su cabello ondulado se había plateado insólitamente. Me disponía a comentarle que no era lo peor que podía sucederle, pero sin esperar una respuesta por mi parte, concluyó en un: me estoy haciendo viejo.

Después de aquel monólogo, que en realidad sostuvo conmigo, se acercó al quinqué; su sombra, quedó impresa como el negativo de una fotografía sobre la pared. La luz le hería los ojos, pero antes de que pudiera regular la intensidad pude verle bien; con la permanente penumbra del cuarto había olvidado que era tan viejo. Casi nunca conseguía verle adecuadamente y, quizá por esto, me sorprendí un poco cuando logré ver su rostro ferozmente devorado por las arrugas que, como consecuencia de aquel fogonazo de luz, aún me parecieron mayores. Lo único que no me pareció distinto fue el extraño brillo de su mirada: esa mirada... ¿Dónde la había visto antes? ¿Dónde? Pensé, pero no pude recordarlo.

En la semi oscuridad de la habitación caminó despacio hasta la enorme mesa que se encontraba cerca de mí; ella, había sido durante décadas, su único lugar de trabajo: el único testigo de su tremenda soledad. Desde aquel sitio, había ido convocando a sus demonios más antiguos, uno tras otro. Fue arrastrándolos por su amarga y lacia poesía. Elevó a cada uno de sus personajes al escenario de su propia vida dándoles una opaca y aliquebrada personalidad poblada de extraños e infrecuentes comportamientos. Pero lo cierto, era que, aun alejado del camino del éxito y la fama, sin llegar a ser un escritor excepcional, había vivido sólo, por y para escribir. No por la gloria que eso suponía, sino por una inaplazable y bestial necesidad personal que le atenazaba el alma a cada instante; en cada paso, en cada renglón que escupía.

Entregado a su destino hasta la médula; rendido a aquella esotérica mezcla de fatalidad y agonía, sobrevivía, pero únicamente a duras penas: su amargura era devastadora, siempre más fuerte que él, siempre insaciable. El recuerdo, agazapado en las esquinas de su cerebro, le abría las heridas. Le asediaba continuamente en las sombras. Y a él, desde sus propias sombras, sólo le quedaba recordar y escribir. Tenía la inexcusable y enfermiza obligación de contar a los demás —o a sí mismo—, su aflicción y su inconcluso amor que, como una quimera, seguía imponiéndole el terrible castigo de escribir. De seguir escribiendo, sin cesar y sin tregua, obligándole a escupir versos llenos de sangre al aire y al viento. Obligándole a revivir continuamente la profunda e inmortal llaga del recuerdo.

Así, desde esa agónica y lánguida postura, desde aquella habitación cargada de zozobra y desaliento, se encomendó a la sagrada labor de escribir y vomitar toda su soledad. Allí había permanecido como un esclavo; por voluntad propia, en cautiverio, largos otoños. Entre los libros que años atrás escribiese, apuntes y más libros... Y entre los indelebles y dolorosos rostros del recuerdo que con frecuencia asomaban sus hocicos impertinentes para saber si aún seguía vivo y atacarle de nuevo.

Tomó un cigarrillo. Nuevamente, un destello de luz, le invadió el rostro cuando ardió la cerilla. La mantuvo en la mano hasta que se consumió. Me miró y habló...

— ¿Ves? toda una vida.

Al principio no entendí el motivo de aquella frase, pero más tarde prosiguió.

— Es como nuestra vida: un segundo en el tiempo. Luego, nada. Simplemente, nada.

Tuve que decirle, que aquello no había sido en vano; no dejaba de ser cierto que sus circunstancias personales le habían obligado a sumergir su vida en aquel oscuro rincón. Pero él era escritor, y en definitiva, era lo que contaba. Siempre deseó ser lo que era; incluso mucho antes de saberlo. Y al fin lo había conseguido. Había logrado dedicar su inteligencia y sensibilidad a contar a los demás, y a él mismo, través de su pluma.

— Y realmente, no es tan sencillo, no creas —dije—. Hay que estar dispuesto, siempre que la inspiración así te lo exija, a registrar la memoria en sus más profundas oquedades, miserias y misterios. Porque, no te engañes —continué—, y me consta que así es; es la musa, o el fantasma de la creación, o llámalo como más te guste, el que busca a sus víctimas y no al revés. De hecho, es él, el que te saca de la cama a media noche y te empuja. Es él, el que te obliga, quieras o no, a hurgar con los dedos en las heridas aunque eso te cause un dolor casi insoportable. Muchos escritores no han tenido la suficiente fortaleza de seguir soportándolo y, finalmente, han sucumbido de las más diversas formas; en la mejor de las situaciones, abandonando de una puta vez para siempre el fantasmagórico castillo de la creación. Otros no han tenido tanta suerte; te podría poner tantos ejemplos que no me cabrían en la memoria. Pero de lo que no cabe la menor sospecha es que todos, absolutamente todos, tenemos un alto tributo que pagar. Y si no, mírate: tú, eres un claro ejemplo; a tu forma has pagado con tu vida. Todo tiene un precio y no ibas a ser tú precisamente la excepción: has pagado el precio que eso requería. Casi nadie paga su precio exacto por vivir pero los escritores son de una extraña sangre: los escritores, sí. Sin duda. A veces pagan mucho por nada; sólo por intentarlo. En cualquier caso, ¿sabes?, todo tiene su precio, y de una u otra forma, siempre pagamos una tarifa por nuestro viaje. Sin embargo, te has preguntado alguna vez ¿cuánta gente camina por el mundo arrastrando sus frustraciones además de sus fracasos? Esa es una pregunta que no todos estamos dispuestos a responder; aunque, esa, sí es realmente la cuestión.

No dijo nada. Me observó en silencio y permaneció así. Luego bajó la cabeza y me preguntó sin mirar.

— ¿Sí, y qué? Porque habrá algo más, ¿no? ¿De qué me ha servido esta rotunda soledad si no para destruirme y castigarme sin el menor miramiento? ¿Alguien se interesó, en algún momento, en preguntarme si estaba dispuesto a pagar tan cara mi existencia? ¿De qué me ha servido ser escritor y ver la vida con una sensibilidad y una óptica distinta a la de los demás? Hubiera dado la eternidad por ser un hombre absolutamente normal; con criterios y fundamentos normales, aunque hubieran sido de lo más simple. Seguramente el sacrificio hubiera sido mucho menor. Estoy plenamente convencido que tener una sensibilidad por encima de lo que calificamos como normal es un completo error. Es todo un inconveniente que, además, en estos casos, arruina cualquier movimiento o proyecto. Impide mirar al futuro con frialdad porque, entre otros motivos, como es mi caso, no he superado el pasado. Y lo peor es saber con terrible certeza que aquello que no me permite avanzar es lo mismo que a la vez he de arrastrar. Nadie desea sufrir por capricho, tú lo sabes —dijo—; esto ha sido otra cosa: esto son esas asignaturas que jamás aprobé porque me sorprendieron en el peor momento. Cuando más indefenso me encontraba. Y esto, cómo no, ha sido el justo castigo por creer en el amor en el instante más inadecuado e inoportuno. Era cuando más lo necesitaba y, lógicamente, me faltó perspectiva y objetividad. Desde el preciso instante en que permitimos que el corazón gobierne nuestro cerebro, uno, no hace más que naufragar. Tenía que haber sabido mucho antes un par de cuestiones, como por ejemplo, que el amor, aparte de ser ciego, es completamente gilipollas y aún peor consejero. Y que el corazón debería limitarse exclusivamente a bombear sangre, no a buscar explicaciones; es, simplemente, una puñetera víscera. Nada más. Es la edad, en su fragua, la que se encarga más tarde de ir desvelando tan sencillo enigma: precisamente la edad, y no otra cosa. Lo sé ahora, y tú, claro, también. Llevas demasiado tiempo conmigo; a estas alturas ya tendrías que estar enterado.

A partir de ese momento, tanto él como yo, mantuvimos un largo y forzado silencio cuando se dejó caer en la cama. Parecía enfadado y con seguridad, así era. En realidad se encontraba tan solo que no sabía con quién discutir y siempre se descargaba conmigo, como si yo tuviera algo que ver en su continua hipocondría y en su mal humor. Aunque a mí, en cierto modo, me daban igual sus reproches y sus ataques. No me importaban demasiado; aquello era lo que él mismo había querido que fuese. ¿Qué cojones me contaba a mí? ¿Por qué pagaba en mí el rotundo naufragio de su vida? ¿Por qué había permitido, sin más, su propio hundimiento?

Lo cierto, es que llevaba mucho tiempo viviendo con aquel cenobita. Quizá demasiado. Le había conocido en todas las épocas de su existencia; cuando se sentía arrogante y seguro. Cuando estaba convencido que el mundo le pertenecía de un modo exclusivo, y no parpadeaba ante ninguna situación. Cuando su seguridad era prepotencia: una insoportable, ingenua, extrema y estúpida prepotencia que no le permitió descubrir la vida con cierta cautela, desde la acera. Iba excesivamente veloz en su inconsciente necedad. Tan rápido, que se enroló en ella con tremendo desacierto; tan raudo, que no tuvo en cuenta sus trampas mortales y, claro, no tenía más remedio que estrellarse; no podía ser de otra manera. Ésta misma, la vida, enseguida comenzó a pasarle impagables facturas emocionales que, como es natural, acabaron abatiéndole sin ninguna piedad. Sencillamente porque no estaba preparado para soportarlo.

Su alma pronto se vio atrapada; quedó enredada en los alambres cuando se disponía a iniciar el vuelo más importante de su vida. E, indefectiblemente, cayó al abismo como una piedra al pozo: para no salir jamás. Y así, herido de amor y muerte, decidió recluirse en su soledad; lejos de un mundo al que odiaba tanto como a sí mismo. Nada podía evitar su inmenso dolor. Ni siquiera el hecho de pretender huir: todo resultaba completamente inútil; las llagas del pasado, una y otra vez, se le abrían entre las costuras de las horas que, detenidas en el tiempo, sumaban muy despacio los días con el único fin de sangrarle poemas.

Durante un tiempo, que personalmente me pareció eterno, se limitó a dar largas y profundas bocanadas de humo expulsándolo luego, casi sin fuerza, para observarlo subir hasta el techo formando figuras amorfas.

Desde donde yo me encontraba únicamente podía ver la silueta de su cuerpo tendido a través de los barrotes de latón del lecho que, inquietos, chispearon al roce de los halos anaranjados que aún conseguían robar cierta oscuridad al pequeño cuarto. Sólo eso; su contorno, y de vez en cuando, el enigmático brillo de sus ojos. Unos ojos completamente hundidos y extraviados en el cielo manchado de la habitación.

Por segunda o tercera ocasión volví a preguntarme dónde había visto antes de ese instante aquel extraño fulgor pero no logré recordarlo. Sin embargo, mientras le observaba, sí me sentí convencido que se encontraba dándole vueltas a lo que antes habíamos estado discutiendo, aunque no dijo una palabra.

Por un momento pensé que se hubiera quedado dormido pero me di cuenta que no era así, cuando intentó decir algo que después no continuó. Tras otro espacio de tiempo tragó saliva y me dijo sin apartar la vista de las traviesas del techo.

— ¿Sabes? Soy... —entrecortó la voz—, tengo la agonizante sensación de que he sido como esa cerilla; nunca llegó a encenderse tanto como para quemar aunque, en su pobreza, sí alumbró lo suficiente como para emitir al menos un leve destello. Solo una sola vez: la vez que fui feliz; fugazmente feliz. Más tarde, las sombras irrumpieron en mi vida. Me resulta doloroso admitirlo. Me duele terriblemente tener que admitir, no haber tenido el suficiente valor de vivir por intentar sobreponerme y superarlo, y terminar de una vez con mi tortura. He hecho de mi dolor una inseparable quimera. He sido un cobarde: un cobarde miserable. Encontré el amor y el olvido en una sola persona. Ella me elevó, en otra dimensión, hacia un mundo mágico de ensueño: primer amor. Pasión y deseo. Enseguida no fue más que el capricho. Después el olvido: su olvido. Un juguete roto; silencio e indiferencia. ¡Lo sabes! ¡Tú lo sabes! —gritó— ¡Sabes perfectamente de qué te hablo! ¿Por qué guardas ese odioso silencio? ¡Estabas conmigo! ¿Cómo es posible que ya no recuerdes mi dolor? ¡Sabes que quedé agonizando!... Suplicando, mendigando su amor; un amor de papel, un amor de mascarada, un amor que no valía nada... Un amor que se distanciaba más cuanto más lo rogaba. Cuanto más lo imploraba. Cuanto más lo necesitaba... Y el olvido, ¡Dios mío! El olvido... Su olvido ha sepultado mi vida entre cientos de poemas y noches vacías. He cabalgado a través de los años destrozando mi vida: he soñado en cada mujer a aquella mujer. Y en cada caricia, sus caricias. He visto en cada rostro, su rostro. En cada piel, su piel. Y en cada mirada, su mirada... Quería verlo así. Necesitaba verlo así. He sido incapaz de volver amar. He sido perseguido, en mi infinita angustia, por visiones que me atormentaban sin descanso. Una locura quizá. Tal vez sólo un sueño... De esta absurda y complicada manera condené mi vida. Por no tener en el momento adecuado el suficiente egoísmo, amor propio y autoestima necesaria como para amar tan sólo a quién fuera capaz de amarme sin reservas, ni condiciones sociales. Con orgullo: sin dudas. Con el absoluto convencimiento de que el amor es algo más que una aventura y mucho más serio que un simple devaneo. No debía haber jugado conmigo del modo en que lo hizo Nunca debió herirme de esa forma. Nunca debió hacerlo. Jamás podré olvidarlo. Sé —dijo mirándome—, que he sido un cobarde sin que tú me lo digas; pago por ello, cada día...


Hoy, son tantos los otoños...

Hoy hace cuarenta años.
Hoy hace cuarenta otoños.
Yo, aún era un crío
que soñaba y creía en el amor.
Que lanzaba mis gaviotas bajo el cielo
rojizo al atardecer
y mientras se fundían
retozando en el horizonte,
bebiéndose
sorbo a sorbo los halos de luz amarga,
soñaba y creía.
Y mis ojos tristes, hoy apagados,
perseguían
en su locura de volar
lo que hoy es sólo fantasía.
Yo, aún era un crío
con la sonrisa dibujada
en los labios,
y un alazán en el alma.
Y un viento de primavera
que se quemó en su carrera.
Y por ser algo, fue murmullo;
una quimera.
Y por no tener...,
por no quedar,
no me quedó
ni un Dios en el que creer,
ni qué amar
que no fuera tuyo.
Y me quedé solo y vacío
con el llanto entre las manos,
comiéndome a pedazos
los últimos retazos
de lo que fue nuestro...
Y se borró mi sonrisa.
Y buscaron otro mar mis gaviotas.
Y fueron pasando años.
Y fueron pasando otoños.
Y te buscaron mis manos
que sólo te hallaron en mis sueños.
Sólo en mis sueños.
Y hoy, después de tanto tiempo,
después de tantas ilusiones como arrastró el viento.
Hoy, que sé que soy viejo
sin mirarme al espejo;
hoy, que mi futuro
se fue marchando detrás de tu pasado
y mis poemas de amor
quedaron enredados
en tus cabellos...
Hoy, aún hoy,
vivo aquellos
besos de miel
que abrasaron mi piel
para ser tan helados...

Ahora era yo, en esta ocasión, el que le devolvía la mirada fijamente sin atreverme a decir nada. Sólo pensé que tenía razón: era, sin duda, una devastadora e infame razón. Eso le mordía el alma; no podía evitarlo. Era una razón demasiado cruel. El caso, es que no fui capaz de decirle nada; únicamente le miraba. Su voz era dura; sonaba rota. Pese a hablar entre grandes intervalos, supe, que había terminado de hablarme. Él, por su parte, continuó inmóvil y petrificado echado sobre la cama, con la mirada alejada de cuanto le rodeaba; como queriendo no estar allí, ante mí, en aquel cuartucho, aquella mustia tarde que se desplomaba por segundos. Pero poco después, a pesar de mi presencia, sus ojos comenzaron a brillar y explotaron en un inevitable llanto. Luego los cerró y apretando con fuerza los párpados lloró en silencio.

Al cabo de un rato, en un silencio mortal, acerqué mi vista al balcón y vi como el mar extendía su acristalada belleza con sublime calma. Y al apreciar con cuánta nitidez se proyectaba el cielo enrojecido sobre él recordé, por fin, dónde había visto antes de aquellos momentos el raro destello de sus ojos. Y entonces, sólo entonces comprendí, que no era yo el Espejo.

Una inquietante afonía se instaló definitivamente en la habitación y creo, que al igual que él, yo también me dormí. Seguía atardeciendo lentamente.




José Hernández Meseguer
Portbou (Gerona), 1980



sábado, 30 de octubre de 2010

HERIDO DE DESAMOR Y MUERTE [Textos Escogidos]



Aquella noche había bebido mucho. Mucho más de lo que aguantaba.
Mucho más de lo debido pero no me importaba porque ya, en realidad, nada me importaba.
Estaba celebrando, a mi manera, la muerte de mi hijo Israel.
También, cómo no, la muerte irrevocable del niño que una vez había sido.
También la del poeta y escritor que me atormentaban
y perseguían como una sombra.

Estaba celebrando mi propio hundimiento.
El hundimiento de una vida inútil, estéril y sin dirección.
Celebraba la agonía del desamor. La decepción.
La angustia del amor inconcluso. El fracaso permanente.
Los proyectos agotados.
Y lo celebraba ante un Dios impío y cruel que me odiaba y me olvidaba.

Salí del bar, por la parte de atrás,
a un oscuro y laberíntico callejón con las esperanzas rotas.
Miré calle abajo: amanecía.
El sol, como yo, se desangraba por los cuatro costados.
También, como yo, estaba herido de desamor y muerte.

                                                                       
                                                                                         


José Hernández Meseguer

RECUERDOS... [Textos Escogidos]



El silencio, el inmenso y doloroso silencio de la tarde,
se hizo hueco a empujones en mi pobre
y desolada alma que andaba perdida y huérfana.
Naufragaba a la deriva sin poder
ni querer evitarlo, en un embravecido mar
de espinosos e hirientes recuerdos: entre mis brumas.

Entre brumas que jamás he llegado a superar por completo.
Recuerdos que, todavía hoy, de cuando en cuando,
me asaltan y tratan de colarse con absoluto descaro
e irreverencia en mi vida.
Recuerdos que, aún hoy, retallan sin previo aviso.

Recuerdos de ayer.
Recuerdos de siempre.
Recuerdos para siempre.
Recuerdos indelebles.
Recuerdos que morirán conmigo.

Recuerdos que, alguna vez,
me han arrastrado sin piedad al foso más oscuro y cavernoso de la mente.
Recuerdos que, entonces,
más que nunca, me condujeron al siniestro y profundo abismo
de la soledad y la hipocondría…

En silencio vi caer la tarde y su inmensidad.
El llanto de la lluvia en el cristal ofreció un poco de calma
a mi dolor aunque no a mi eterna tristeza;
sus lágrimas descuartizaron la poca voluntad
que me quedaba para aferrarme al presente.
Y todo, en un nostálgico y mágico ritual,
me transportó automáticamente
a lugares y días cenicientos de mi infancia y adolescencia;
a casa de Ángel, al huerto, a la Redonda
y a tantos y tantos lugares que ya ni recuerdo.
Aunque, lo que sí supe con rotunda certeza,
era lo lejos que me encontraba de todo aquello.
   
                                       
                                               


José Hernández Meseguer


EL PASADO [Textos Escogidos]



Con frecuencia recurro a mi pasado;
me refugio en él como si fuera un suave impermeable
que pretendiese protegerme del presente.
El pasado, mi pasado, es la capacidad que tiene mi memoria
para hacerme sobrevivir en este presente
que me asedia y me angustia.
El pasado, como siempre,
me lleva de la mano
y me hace sentir completamente vivo.

El pasado, son las tardes de verano en el trastero, en casa de mis abuelos.
El pasado, tiene el sabor de las noches estrelladas
y del olor a azahar
que se desprendía de los huertos.
Tiene el aroma inconfundible de los días azules
que ardían bajo el cielo de septiembre,
mientras el sol abrasaba los membrilleros.

El pasado me atrapa y me invita.
El pasado, me devuelve a mi vieja y querida
Estación de trenes y a su inmensa legión de máquinas
abandonadas en las vías muertas.
El pasado, desde el pasado, me susurra canciones olvidadas al oído.
Y me deja recuerdos que almaceno, de uno en uno, en el ígneo desván de mi cerebro.

Me acerca al color de caramelo
y al olor a barniz de mi primera guitarra.
Me sumerge en la melancolía de mi primera canción.
En la pasión de mis primeros dibujos.
El pasado envía excitantes, desdibujados y pornográficos fotogramas a mi mente.
Y me ahoga en la lágrima cálida y amarga de mi primer poema.
También me aplasta, inflexible, bajo el peso del estúpido y cruel recuerdo de mi primer amor.

El pasado… Esa intensa y aromática sensación.
El pasado, ese mismo que, a veces, me zarandea de aquí para allá, sin permiso.
Aunque no importa. No me enfado. Ni me apeno.
Ya no. Ya es tarde. Ahora incluso lo agradezco.
Me gusta recordar. Es importante recordar.

Sin embargo,
en ocasiones, aun cuando no quisiera regresar
hasta aquí, aun cuando quisiera seguir siendo un niño más en el País de Nunca Jamás,
una extraña sensación me aleja.
Y, aunque me aferre con todas mis fuerzas al niño que fui y no quisiera regresar,
de repente, una mano invisible me arranca y me convierte en adulto.
                                               
                              


José Hernández Meseguer

ERA LA INFANCIA... [Textos Escogidos]



La tarde, en aquel huerto,
caía como por encanto sin darnos cuenta.
Como un soplo único y bendito.
Pero, a la vez, nos ofrecía en silencio
una tranquilizadora y reconfortante brisa.
Los colores intensos, luminosos y metálicos,
iban difuminándose lentamente en el cañar.
El sol, aparecía quebrado y herido
entre sus lanzas, mientras sus cilindros
amarillos agonizaban violáceos.
Después, se dormían despacio
y todo quedaba atrapado por el silencio,
al intermitente canto de los grillos
y el croar de las ranas.

El espontáneo y opaco chapoteo de los anfibios
en la acequia era la llamada.
Era la contraseña. Era la señal. Era el relevo.
La tarde azul y candente caía finalmente en los amables brazos
de la noche, que mágica, se poblaba
de luminosas e inquietas lucecitas.
Era el momento. Era el suspiro intenso
y vivificante de la noche. Era el tiempo
del olor a Azahar y a Galán de Noche.
Era el instante irrepetible.
Era la extraña comunión del silencio conmigo.
Era la infancia...                                                      




José Hernández Meseguer


ELLA JAMÁS ESTUVO AHÍ... [Textos Escogidos]



No podía evitarlo, la sensación de angustia era muy superior a su fuerza de voluntad.
Día tras día, se notaba languidecer sin poder oponer resistencia.
La vida, en un momento, perdía su color y su sentido. Ya no quería vivir.
Nada le importaba lo más mínimo; aquella minúscula mujer arrasaba su existencia
mientras, él, petrificado, se sentía incapaz de sobreponerse.
Jamás pudo ni quiso perdonarla.

Fue abandonándose en direcciones equivocadas
para volver siempre al mismo lugar: a su fracaso. A su recuerdo.
Un recuerdo, que nunca logró arrancar por completo de su mente.
Los años pasaron de forma inquietante,
vacíos, estúpidos y llenos de despropósitos.
A cambio, irónicamente,
se dedicó a evocar en sus versos
y sus poemas a la persona que más daño le había hecho.
En raras ocasiones logró dejar de mirar hacia atrás, lo que, obviamente,
no le permitió construir una vida serena...

Aunque, quizá, todo fuese una mentira desde el principio.
Una amarga mentira.
Quizá todo fuese producto de la soledad de su imaginación.
Quizá nunca tuvo diecisiete años.
Quizá nunca se enamoró de ella.
Quizá, ella, jamás estuvo ahí...
                                                                                        
                                                                       


José Hernández Meseguer

SUEÑOS de CEMENTO [Textos Escogidos]



Cuando llegó por primera vez a la gran ciudad, enseguida, un interminable cúmulo de sensaciones se apoderaron de él. Venía de un lugar muy distinto, apacible y tranquilo; así que algo, de un modo inmediato, pareció atenazar su garganta hasta que vomitó.

Huía sin saber hacia adónde, aunque sabía muy bien por qué. Y esa misma razón le impulsaba a escapar. Necesitaba huir. Entonces le fue absolutamente necesario. Necesitaba fugarse con todas las fuerzas de sus recuerdos. Unos recuerdos que continuamente le torturaban y le impedían ver las cosas con la suficiente objetividad. Recuerdos de imágenes y cosas que había vivido mil veces, y que, como una pesada resaca, rebotaban en su cabeza una y otra vez, sin piedad. Unos recuerdos que, con extraña violencia, crepitaban sin cesar en el interior de su mente. No pensó nunca, en ningún instante, que en aquella inmensa ciudad iba a encontrarse tan perdido y abandonado pero ocurrió; una feroz angustia recorrió su alma y le destrozó. Empezaba a vivir. Empezaba a pagar, una a una, todas sus facturas pendientes. Era mayor.

Perdido. Completamente perdido y desorientado recorrió hasta el anochecer, calles y avenidas con el macuto a la espalda en busca de una pensión. Todo era por entero distinto a cómo lo había imaginado. La inquietud, a partir de ese momento, creció entre las sombras que proyectaban los enormes edificios y al mismo tiempo notó cómo los sueños se desvanecían en una inevitable y profunda melancolía. Todo pareció cruel y desalmado. Tremendamente injusto e irracional.

¿Qué hacía allí? La confusión ocupaba por completo su cerebro. ¿Tan grande era su desesperación que no le permitió mirar hacia los dos lados? ¿Valía la pena aquel suicidio…?

Tenía solamente dos o tres respuestas que darse. Pero, en aquel momento, ninguna de ellas servía de nada. Únicamente para situarle frente a su angustiosa realidad. Únicamente para situarle, de manera precisa, frente a la silla eléctrica de su tristeza y desesperación en la desconocida e inacabable ciudad que moría con él aquella lacia y mustia tarde de principios de octubre de 1975.

Aprendió a vivir lentamente, con esfuerzo, con torpeza; jamás entendió bien ni le importó lo que le rodeaba. Vivió con la gente, lejos de ella. Aprendió a odiar en la convulsión que suponía el día a día. Y el recelo y la desconfianza se alojaron en su vida como sistema de seguridad. Vivía en una ciudad imprevista, llena de trampas, y tuvo que aprender; no le quedaban opciones. No había demasiado sitio para el lamento. La ciudad le devoraba. El tiempo se le consumía entre los dedos y sentía sus sueños rotos sobre el asfalto. Eran, solamente, sueños de cemento.

Los anhelos, las frustraciones y sus huidas, se mezclaban entre sí desordenadamente. Cada vez resultaba más difícil distinguir unas sensaciones de otras. Al final, desde el caos absoluto y fatal que le invadía, todos los intentos iban derrumbándose hasta llegar al desgastado bloc cuadriculado para convertirse en poemas que le sangraban por los cuatro costados. Vivía perdido en la gran ciudad. Vivía perdido en su mundo. Perdido y confuso. Era un náufrago en la gran urbe. Un náufrago que vivía atado a unos sueños de cemento que inevitablemente le arrastraban al fondo de océano.




José Hernández Meseguer


UN LUGAR DONDE NO MUERAN LOS SUEÑOS [Textos Escogidos]


                                                                                                   
                                                                                                        Al eterno recuerdo de Mihanna.


Lázaro Clermont salió de comisaria con la urgente intención de regresar a la pensión. Necesitaba descansar aunque sólo fuese una hora. Los pies le dolían como nunca. La noche, al final, se había cruzado con el día desapareciendo y la ciudad, como cada amanecer, recobraba nuevamente el pulso; un pulso convulso y esquizofrénico lleno de ruidos, gritos y golpes.

—Señor —indicó el conserje—, han traído un sobre para usted.

Clermont enarcó las cejas con gesto de incredulidad y sorpresa. Nadie, prácticamente, sabía que se encontraba de nuevo en la ciudad. Miró al conserje. Luego al sobre que éste le ofrecía. Era un sobre de tamaño B4, de color naranja, acolchado. Desconfió. Lo examinó por ambos lados, con cuidado, sin abrirlo, ni apretarlo.

—   ¿Quién le ha dado esto? ¿Cómo era?
—   No sabría decirle… —encogió los hombros poniendo cara de idiota—. Sólo sé, que era negro, muy negro. Y muy alto. No me ha dicho su nombre y aunque me lo hubiera dicho, probablemente, no me acordaría; estos tíos tienen unos nombres que son la hostia...

En el sobre, únicamente, aparecían dos iniciales escritas con rotulador grueso: M.U.

Subió a la habitación. La carta permanecía cerrada. La dejó encima de la mesa. No quiso abrirla de manera inmediata. Un sobre cerrado es muy llamativo y casi nadie puede superar la tentación de no abrirlo sin darse tiempo a pensar. Sin embargo, él, se movía en circuitos de alto riesgo en los que no podía permitirse determinados deslices. Podía resultarle cara una rápida e irreflexiva conducta. Trató de recordar si había hablado con alguien acerca de dónde iba a hospedarse aquellos próximos días. Es posible que sí. A la misma policía sin ir más lejos; a ellos les había facilitado la dirección de dónde se hospedaría. Además, por otro lado, tenía concertada la habitación semanas antes de llegar. Y, efectivamente, era muy posible que lo hubiera dicho en alguna conversación. Desde hacía muchos años, ya de estudiante, paraba por costumbre en aquel lugar.

No quiso acelerarse. Pulsó el interruptor de la lámpara de la mesilla de noche; ésta, brilló potente y molesta. Y aunque el sobre era acolchado intentó averiguar si en el interior podía haber otra cosa que no fuera papel. Y sí, existía una minúscula pieza que podía ser metálica. Por lo demás, no parecía que hubiese ningún mecanismo, cables, ni nada por el estilo. Aunque nada, absolutamente, nada podía descartarse. Esa posible pieza podía ser, sin ir más lejos, la trampa. Debía ser prudente.

Sin prisas, con pulso firme, fue abriendo lentamente el sobre. Cuando tuvo acceso al interior, comprobó el contenido. Había una llave con un número y una hoja de papel. En él unas líneas. La carta llevaba una fecha muy anterior, de ocho meses antes.



Mi amor:

Sólo unas líneas para despedirme de ti. La vida y el tiempo se me escapan entre los dedos sin poder evitarlo. Estoy muy enferma, los médicos no me dan más que unas semanas de vida.

Quiero decirte, que para cuando tú hayas recibido la que será mi última carta es muy probable que haya fallecido. Pero no, no quiero que sufras. No vale la pena. Tú has continuado la vida sin mí y me alegro. Yo, en cambio, no pude aceptarla sin ti… qué se le va hacer. Todos estos años se han sucedido lentos, al abrigo de una estúpida esperanza que jamás llegó. Tú conseguiste olvidar mis sueños, pero yo he vivido en el olvido por realizar los tuyos.

Aquí tienes la única llave: es la llave de un lugar elegido. Cuando lo encuentres sabrás, sin dudas, de qué hablo. Es “Un lugar donde nunca mueren los sueños”. ¿Te acuerdas?   

Te quiere, hasta la eternidad, no lo olvides nunca,
Mihanna Urkabonga Daoçao.



A medida que la mirada fue incorporándose al documento, los ojos de Lázaro no pudieron reprimir por más tiempo unas imprevistas lágrimas que, ávidas, se deslizaron aprisa por su rostro. La densidad, pronto, emborronó su visión y las letras danzaron confusas delante de él. De súbito, el mundo acabó por desplomarse frente a él; sintió en su corazón un tremendo apretón. La soledad del cuarto le había atenazado. Se quedó en silencio, mirando hacia ninguna parte; confundido y aturdido. En ese instante podía haber entrado su peor pesadilla por la puerta, silbando, y seguramente, éste, le hubiese puesto el cuello sin pensarlo. Todo, en un segundo, parecía haber perdido por un efecto de magia, su incuestionable valor.

Se tumbó en la cama. Volvió a leer la carta cinco o seis veces más. Despacio. Adentrándose en cada palabra, en cada frase, en cada recuerdo. Cómo no iba a acordarse de Mihanna. Y cómo, al mismo tiempo, había conseguido olvidarla de aquella desalmada forma.

Durante un tiempo, corto pero intenso, un verano escasamente, había ocupado cada esquina de su vida, cada rincón y cada hueco de su alma con violencia. Eran muy jóvenes cuando se conocieron, quizá demasiado. Pero esa circunstancia no impidió que el amor se abriese paso entre ellos y se implantara con enorme fuerza en sus corazones. Aunque, como suele suceder, al fuego incontrolado de la pasión, cada uno de ellos, le llamara con el paso del tiempo de una manera distinta.

A la vez que el verano ardía entre las calles de la ciudad con furia, Mihanna y Lázaro, se conocían en la biblioteca municipal. Era una auténtica lindeza: era la negrita más hermosa y encantadora que había visto nunca. Detrás de aquella extraña y reservada delicadeza, quedaban clavados en el recuerdo, para siempre, sus ojos. Eran destellos en la noche oscura. Sus ojos glaucos y rabiosamente verdes eran como los cedros del Líbano; de insultante y venenosa belleza. Y de una mirada tan inquietante y profunda como las aguas de un estanque. Desde el principio, sin poder evitarlo, se sintió atrapado por ellos.

También, desde el principio, fueron soñando demasiado aprisa, tal vez. Eran jóvenes y sus almas corrían despreocupadas y veloces sin remiendos todavía irreparables. La vida les esperaba en cada esquina. Les tendía los brazos para recibirlos. Unos brazos, fuertes seguros y amables. Todo estaba por realizar. Todo estaba por construir. Y los dos caminaban hacia ella sin premura.

La palabra “mañana” existía tan sólo porque se hallaba incluida en el diccionario. Pero en sí, aquel adverbio de tiempo se les escapaba; no les preocupaba, no les afectaba. Era lo normal. Sólo tenía un valor virtual y un tanto esotérico. El presente era lo realmente importante. Lo realmente intenso. Lo único. Y lo cierto, es que desde el fondo de su inexperiencia estaban completamente acertados. Porque el ayer es pasado y, en consecuencia, inevitable. Y porque el mañana es del todo incierto. De tal suerte, que cada palabra que se escribe, como cada segundo que se sucede, va perdiéndose; unas, para quedarse atrapadas en el resto de las otras palabras escritas, los otros para hundirse en el fondo de las horas que se convierten posteriormente en días y años.

Uno puede intentar, si quiere, escribir otra palabra que sea físicamente igual, textualmente igual y que signifique exactamente lo mismo pero aquella que uno ha escrito queda para siempre atrapada aunque se suprima. Los segundos, de igual manera, se nos cuelan. Nos atraviesan la vida como diminutos alfileres, sólo en apariencia indoloros.

Lo que pensamos, lo que vivimos, lo que decimos, todo va convirtiéndose a partir de ese momento en pasado. Un pasado siempre irrecuperable.

Lo único que jamás se detiene es el tiempo. Para nada. Para nadie. Bajo ningún concepto. Con ningún pretexto.

Desde esa aplastante y voraz conclusión, desde el hecho inevitable que nos advierte que el pasado no existe y el futuro tampoco, ya que cuando nos llega no es futuro, porque está aquí, y es presente, y en realidad tampoco es cierto, porque automáticamente se transforma en pasado, sólo nos queda para vivir el presente. Siempre el presente. Pero no en el sentido de tiempo verbal, estricto y codificado. Sino en el hecho único y exclusivo que marca con extraordinaria intensidad las emociones del “momento a momento”, que son las que no han de regresar. Todo ello, pesar de que en muchas ocasiones nos parezcan iguales.

Es necesario y vital. Es preciso intensificar con pasión el destello de cada instante porque es irrepetible. Porque es el mismo que se diluye entre el segundo que se aproxima y el que ahora mismo acaba de pasar mientras escribo esta parrafada. El mismo que, insobornablemente, nos envía sin posibilidad de retorno continuamente al pasado. Y en ese complicado perímetro, los tres tiempos de nuevo, a su vez, quedan inevitablemente ligados.

Mihanna y Lázaro, a su manera, lo sabían bien y vivían cada día como si fuera el último —recordaba Clermont— tumbado en la cama. ¿Qué había pasado, entonces? ¿Cómo había podido olvidar con tanta facilidad la primera vez que hizo el amor y lo que eso representaba? ¿Cómo? ¿Por qué? —quiso recordar—. ¿En tan adulto y en tan absurdo se había convertido que no conseguía reconstruir con nitidez aquel amor? ¿Cuál era aquel lugar del que Mihanna le hablaba? ¿Cuál era aquel lugar “donde nunca mueren los sueños”? ¿Cómo había podido olvidar su nombre?

—…Un momento —trató de esforzarse—; todo parece que hubiese ocurrido hace un millón de años… ¿Qué me ha estado ocurriendo? La agobiante realidad y los problemas me han estado asediando de tal manera que he ido olvidando mis propios sueños. Es —se reprochó— como si nunca los hubiese tenido. Parece que, como Peter Pan, yo también hubiese perdido mi sombra. Eso, desde luego, es lo peor que puede ocurrirle a una persona; que pierda sus sueños. Es como perderlo todo. Sin sueños, uno queda sin timón, sin rumbo, a la deriva, permanente e inevitablemente abocado a la tristeza. Seguramente es lo que ella, en su carta, trataba de decirme; quizá, ese lugar, no exista más que en la imaginación de cada uno y mientras ésta se mantiene viva, mientras continúa latiendo, también sigue existiendo ese maravilloso lugar donde los sueños nunca mueren —reflexionó.

Lázaro volvió a leer la carta una vez más. Pero, ¿y la llave? ¿Qué secreto escondía la llave?

Tenía que hacer memoria, Mihanna le enviaba un último mensaje. Tenía que recordar lo que había vivido, si quería llegar a comprender el enigma. En cierto modo, estaba obligándole a no olvidar lo que ella había sentido por él; estaba exigiéndole que evocara, una vez más, el pasado. Mihanna había muerto en dos sentidos, únicamente si así él lo deseaba: una por enfermedad, sí. Pero también por la cruel agonía del olvido; por la devastadora melancolía que ocasiona cualquier amor inconcluso. Y desde el más allá, desde el recuerdo, le reclamaba, al menos, su atención. “Pero yo he vivido por realizar los tuyos” —volvió a leer con cierta angustia.

Fue entonces cuando comenzó a recordar la tarde en la pensión... ¿Cómo era posible haber olvidado aquello?

De un salto, invocó de repente, la inmensa hermosura de su desnudez; cuando ella, sin avisarle, se despojó de sus ropas para convertirse en una diosa que, desnuda, emergía de la incandescente penumbra del cuarto. La sublime belleza de su cuerpo, el intenso y brillante ébano de su piel. Su vientre perfecto, inmaculado. Sus pechos firmes, ardientes. Era una magnifica y excelsa diosa que, silenciosa, se mostraba ante un atolondrado muchacho que, confuso, abría los ojos sin dar apenas crédito al espectáculo. El rubor trepó por su semblante sin poder contenerlo. Ella cogió sus manos. Se las acercó a los pechos. El corazón del chico saltaba dentro de él, taquicárdico.

—No te preocupes, amor. Tranquilízate. ¿Nunca has hecho el amor?

Él no respondió. No pudo. Negó con la cabeza.

—No importa. Yo tampoco. Pero no tenemos prisa.

Lentamente fue desnudándole y besándole. Una prenda, después otra, hasta que los dos quedaron completamente desnudos. Poco a poco fueron fundiéndose en un abrazo cada vez más intenso, hasta que hicieron el amor.

¿Cómo había podido olvidar aquella primera vez? ¿Y su mágico encuentro? Nadie debiera olvidar su primera vez. Exhaustos y sudados se dejaron caer en la cama. La tarde, mustia y pálida, mientras tanto, se colaba agonizante entre los visillos de la ventana de la habitación enviándoles un último beso de halos anaranjados. Tumbados boca arriba, rieron. Eran felices.

— ¿Con qué sueñas cuando sueñas, “Cler”? —abrevió dulcemente.
— Sueño, con muchas cosas, como todos, supongo… —respondió sin apartar la vista del techo.
— ¿Cómo qué? Quiero saber todo de ti —dijo ella.
— A veces, sueño con mi infancia. Aún me veo jugando por estas calles. Me gusta recordar lo que he sido, me siento bien así.
—  ¿Fuiste feliz?
—  La felicidad es una palabra excesivamente complicada... no lo sé con exactitud. Supongo, que no todo lo que quería en aquel momento. Cuando no se sabe, siempre se quiere más. Aunque la infancia, aun así, ofrece por defecto un maravilloso rincón donde casi todo es realizable. Yo, entonces —echó una ojeada a sus recuerdos— era tan crío que no me daba cuenta de esas cosas, pero en casa, la sombra de los problemas económicos aleteaba continuamente. Mi padre deshizo sus pulmones año tras año, en silencio, en la fundición, mientras yo jugaba a la trompa y a los cromos. Consumió su vida como una vela, entre toberas de fuel, improvisando milagros para acabar la semana. Éramos muchos hermanos y hasta el último segundo, el pobre, estuvo escupiendo óxidos. Crecí con la solemne promesa de morir de cualquier otra forma menos de ésa. Se lo debo. Es demasiado triste morir con la sensación de que tu vida ha sido una puta mierda. Mi padre murió así.
— ¿Hace mucho que murió?
—Sí, algunos años. Once.
—Lo siento —murmuró.
—No importa. Ya no tiene importancia. A lo mejor ninguna. Por fin ha descansado de la puerca existencia que le tocó vivir. Fueron muchos, cuarenta y tantos años, hecho un cabrón intentando dar de comer a siete críos y una mujer. Cuarenta y tantos años dejándose, cada día, hasta el último centímetro de piel en el empeño. Cuarenta y tantos años llevando a casa hasta la última peseta que ganaba sin darse un respiro; acorralado continuamente por una vida miserable e infame... Y todo para acabar enfermo y podrido en un rincón a los cincuenta y pocos. Una auténtica tragedia. Una mierda.
—Eres joven pero, sin embargo, hablas como si hubieses vivido mucho. Eso me gusta —dijo con satisfacción.
—La falta de pan y los calzones remendados enseñan mucha filosofía callejera —dijo esbozando una leve sonrisa. Enseñan de todo. Bueno, casi de todo... En algunos aspectos he sido virgen hasta hace diez minutos.

Los dos se miraron, sonrieron y se besaron.

¿Y qué más te ha enseñado la vida?
— A saber, al menos, lo que no quiero hacer. Deseo trazarme algo que de verdad me apetezca y luchar hasta la muerte por conseguir mi objetivo —indicó con seguridad—. Posiblemente lejos de aquí. La ciudad me agobia demasiado. Es como una camisa nueva, incómoda y rigurosa. Es claustrofóbica. 
— ¿Y qué es lo que te gustaría hacer?
—Ahora mismo, no lo sé. Quizá algo relacionado con los animales; veterinaria, por ejemplo. No lo sé, quizás zoología. Los animales me gustan mucho. Creo que tenemos mucho que aprender de sus comportamientos.

Mihanna le miró en silencio y sonrió. Después le preguntó:

— ¿Te gustaría tener un lugar dónde no muriesen tus sueños, no?
—   Eso es, exactamente, lo que deseo —señaló Lázaro—. Un lugar donde jamás mueran mis sueños.

Con esa última evocación aún burbujeando sobre en su mente, Clermont, dio un repentino salto de la cama. Sintió escalofríos. Volvió, por enésima vez, a leer la carta. También acababa de recordar con precisión lo que Mihanna le dijo: “un lugar donde no muriesen los sueños”. Sí y, además, efectivamente, lo había leído…

Sólo que ahora, como un fogonazo de luz, sabía con exactitud cómo y por qué había nacido aquella frase, puesto que, “aquella primera vez” fue determinante para ambos. Lo que sucedía es que, el recuerdo, subyacía miserablemente aplastado por los años y la monotonía de su vida. No, no se trata simplemente de una frase elegida al azar, esto debe tener otro sentido —se dijo—. “Pero yo he vivido por realizar los tuyos” —leyó—. Pensó un minuto más en silencio.

Ahora estaba completamente seguro. Mihanna no se refería a los sueños únicamente, sino a un lugar concreto “dónde poder soñar”, dijo mirando fijamente la llave.




José Hernández Meseguer


viernes, 29 de octubre de 2010

VERSOS A LA MENTE [Textos Escogidos]



Me gustaba escapar de la ciudad.
Necesitaba huir de la megalópolis con la urgencia
de un perseguido.
La ciudad me atrapaba sin piedad
en un abrazo mortal.
Me atrapaba y me envolvía
entre sus gentes y sus ensordecedores ruidos.
Se me hacía insostenible andar
por las avenidas sin sentir náuseas.

Cuando llegaba al pueblecito donde habitualmente vivía,
volvía de nuevo a respirar;
el oxígeno penetraba en mis pulmones sin hacerme daño.
En cierto modo, me sentía libre.
Y recorría las destartaladas
y empinadas callejas de piedra
sin sentir miedo.
Sus olvidados callejones me devolvían la calma.
Y caminaba sin prisas.
Y me dejaba envolver por la noche y sus aromas.
Y, de nuevo, regresaban los versos a mi mente y a mi pluma.
Y el fantasma del recuerdo
a ocupar mis sentidos.
Y la soledad a mi alma…
Pero, al menos,
la angustia había desaparecido…



José Hernández Meseguer



jueves, 28 de octubre de 2010

DESTELLOS INVOLUNTARIOS DE LA MEMORIA [Textos Escogidos]



La mayor parte del tiempo que estuve destinado en Portbou viví solo prácticamente. Mi ex mujer, entonces mi mujer, pasaba largas temporadas en Figueras. Era un personaje demasiado simple y vulgar como para hablar mi mismo lenguaje. Proveníamos, además, de universos incompatibles. Así que, sin proponérnoslo pero sin evitarlo, tácitamente vivíamos en mundos desiguales y antagonistas.

Ella vivía sempiternamente volcada en su mortífera y enfermiza simpleza narcisista. Yo, mientras, naufragaba en mis poemas y en mis rotundos fracasos, evocando con más fuerza que nunca un viejo amor que continuaba instalado en mi vida como un cáncer. Viendo, impotente, cómo mis anhelos se hacían pedazos: cómo, simplemente, se destrozaban uno tras otro contra el insalvable muro de mi repugnante realidad.

La muerte de mi hijo Israel sólo contribuyó a encender aún más la llama del error cometido. Así que, cuando no ejercía mi profesión, deambulaba sin rumbo fijo por el pueblo como un auténtico gilipollas. Mi solitaria casa y mi vida, entretanto, se vestían de sombras cada vez más oscuras. Y en cada paso que daba se hacía más insoportable mi propia llegada. Porque la soledad de mi vida, no se encontraba únicamente en las paredes de mi casa a oscuras, sino entre las ocres y confusas paredes de mi mente. Al final, todo contribuía definitivamente; mi vida, era la ruina de un sueño construido sobre la soledad, la tristeza y el suicidio…

La angustia me acorralaba en todas las direcciones. Mis sentidos y mis sentimientos se habían trastornado, se habían cortocircuitado y no me respondían. Me urgía huir de aquella angustiosa situación como fuese, pero no sabía cómo hacerlo. Me sentía como un niño; asustado y perdido. Por esa razón precisaba salir solo a pasear, para escapar de la angustia que me producían las personas. Quería, necesitaba, a toda costa la soledad. Únicamente aquella vieja y polvorienta luna era fiel testigo e impasible espectador de las zozobras que azotaban mi corazón.

Fue, entonces, cuando decidí liberarme como fuera preciso del enorme error. Era consciente de la absoluta gravedad del asunto, no me engañaba. Aquello había sido una tremenda y brutal equivocación; volvía de nuevo a equivocarme, sólo que, en esta tragedia, me encontraba solo y angustiado frente a un destino turbio, implacable e incierto. Estaba dispuesto a pagar por ello y sabía bien de qué manera. Existían, únicamente, dos o tres salidas. La primera y más dura era escapar. Y la tuve muy en cuenta, demasiado. Otra, era continuar; seguir arrastrando mi angustia miserable. Y la tercera, que fue por la que opté, consistía en ir directamente a la prisión militar tres años.

Lo medité largamente y me preparé; tendría tres años por delante para aprender acerca de los desatinos de mi pasado. Después de intentar comer algo, lo primero que hice fue irme a una librería: compré una docena de libros, bolígrafos negros y tres grandes libretas rojas, que todavía conservo. A lo largo de la noche fui titulándolos: “Mis Gaviotas”, “Hojas de Otoño” y “Soledades y Otros Silencios”.

Ya estaba preparado. Ya estaba dispuesto a viajar al interior de mi mundo. Ya no necesitaba nada más. 

Era demasiado trivial el mundo exterior. Demasiado mediocre y estúpido. Necesitaba mi mundo interior. De no tenerlo, no sería Israel.
                                
                                        


José Hernández Meseguer


miércoles, 27 de octubre de 2010

MANUAL REDUCIDO PARA NO SOÑAR, NO MONTAR UN LOCAL DE COPAS Y DEJARSE DE GILIPOLLECES (El Precio de los Sueños).




1°   Soñar no es gratuito.

2°   Los pobres tenemos prohibido soñar.

3°   Los sueños pueden quitar el sueño y el apetito.

4°   Los sueños pueden sufrir mutaciones y convertirse con tremenda facilidad en la basura más pestilente y nauseabunda.

5°   Los sueños anhelantes no debieran existir de ninguna manera, ni tener color alguno. Habría que suprimírnoslos del disco duro del cerebro a aquellos que tenemos la estúpida capacidad de soñar. Dichos efluvios metafísicos y paranoicos enferman la mente y la intoxican. Son nocivos para la salud.

6°   Casi siempre conviene ser apático, abúlico e indolente. Se sufre mucho menos y cada uno se conforma con lo que tiene. Ante cualquier ataque de este tipo, es preferible entretener las manos en asuntos menos serios y más gratificantes. El soñador, es de esa extraña raza que sufre por naturaleza, aunque casi nunca consigue lo que se propone.

7°  El precio de los sueños, por el contrario, puede ser altísimo y tener pagar por ellos facturas humillantes, injustas y desproporcionadas. Aparte de que conducen con tremenda facilidad a hipotecar todo cuanto hay alrededor.

8°  Ventajas muy pocas: las justas. Entre ellas, la de conocer al ser humano en toda su mezquindad sin el menor asomo de piedad desde la oscuridad de sus propias miserias, mostrándolo, tal como es; sin maquillaje: miserable, vil y cabrón. Monstruoso y depredador. Permite, asimismo, entreabrir en los demás la sigilosa puerta de la envidia con lo que, felizmente, uno pierde falsos amigos. Envidiosos patológicos, simpáticos “hijoputas” y charramamas parasitarios que esperan insaciables el hígado de su víctima. En este sentido, no hay nada más aconsejable que montar un local de esta clase: enseguida, salen como hongos. Por cualquier rincón. Con cualquier excusa. Con cualquier pretexto. Por generación espontánea.

9° Es altamente peligroso sentir, aunque sea de lejos, crisis de identidad. O la crisis de los cuarenta. O rondar la sensación de hastío. O que el ánimo se alimente de la desesperación. Que el trabajo que se realiza no guste o que el sueldo raye en lo ridículo. Que los días se desarrollen mecánicamente. Que se esté deseando terminar la jornada para esconderse. Que no se tengan alicientes. Y, principalmente, que se convierta en una urgencia insalvable tener que creer necesariamente en algo para no terminar la puta existencia con un tiro en la boca.

10°  Hay que estar preparado para darle a la vida un giro de 180° rumbo al infierno. A enfrentarse sin reservas a la esposa. Tener los santos huevos de pedir en el Banco veinticinco kilos. Venderle el alma al diablo y poner una vela a Dios. Y a cantar con frecuencia “El Largo y Curvo Camino” de The Beatles. Y por supuesto, no montar un local de copas de 200 m2 en el centro de la ciudad, con dos barras, ni pretender traer música en directo. Ni tener encima, en el primero “C”, un vecino funcionario e impotente, calvo, con gafas y cara de esparteña, ni una vecina mal follada e histérica.

11°  Estar dispuestos a someterse al bloqueo más recalcitrante por parte de los vecinos, que nunca verán con buenos ojos los proyectos. Y tener mucha imaginación ante la adversidad para intentar, cada día, llenar el local de gente y pagar así, a trancas y barrancas, a los proveedores.

12° Tener en la caja registradora un apartado especial y voluminoso para pagar las denuncias de todos tamaños que vayan llegando. Otro de igual volumen, para camareros con las manos demasiado largas. Y no tropezar bajo ningún concepto, ¡por Dios!, con la Santísima Regencia de las Extorsiones, Acojonamientos, Pero Paga Religiosamente Que Te Fulmino Cabrón, Inquisiciones, Acosos, Derribos, Vividores y Otras Yerbas. Ni con su Papa en la Tierra, el impresentable “Torquemada”, alias “Borrachín Borrachón, el Decretazos”. 

13°  No pensar que un local de copas, es un local de copas, aunque aparentemente pueda parecer eso; no deja de ser una puñetera cáscara de nuez en el Pacífico, dispuesta a hacer aguas en el primer descuido.

14°  Disponer de oído de indio navajo para poder escuchar la música a 50 decibelios, tal y como mandan las Santas Ordenanzas. Encontrarse dispuesto a realizar trabajos extras en el Malecón, juegos malabares en los Bancos y explicar a los amigotes, por qué un local de copas es un negocio como otro cualquiera y no una delegación de “Caritas Parroquial”.

15°  Tener previsto, después de soltar el local, si es que se puede, al menos, dos préstamos que joderán con tremendo placer la economía del infortunado durante varios años más.     

16° Y finalmente, no haber leído nunca o a tiempo, los versos de D. Pedro Calderón de la Barca, donde decía el hombre, con muy buen criterio, que “Los Sueños, Sueños Son”.   

                                                  

José Hernández Meseguer


CRÓNICAS DEL DESAMOR | CARTA A UN AMIGO...



Debes reconocer conmigo, que no tenías edad para volar cuando saltaste del nido e intentaste, tú solo, un picado en barrena que terminó lógicamente con tus primeros intentos de libertad. O sea, en boda. Ahí mismo acabaron tus devaneos. Seguramente, el sol de media tarde, cegó tus ojos que aún no habían terminado de abrirse. No, no me digas nada. No hace falta. No hay nada qué hablar. Sigues siendo a tu manera un buen muchacho, no me cabe duda. La vida y la experiencia que no soy yo, por supuesto, te diría años más tarde: “Con tu pan te lo comas”.
Iba comentando en esta Crónica sin sentido —y sin destino—, que igual que a mí, que a casi todos, a ti siempre te ha gustado destacar por un claro complejo de inferioridad y falta de autoestima. Pero para eso, para destacar, hay que situarse como poco entre los mejores. Y luego tener suerte, aunque en tu caso, tu número de la fortuna se llamaba “papá”.

Y no debes engañarte ni creer a tu edad en los Reyes Magos; únicamente has conseguido llegar dónde estás gracias a eso. El resto, como digo, era un lujo que no estaba a tu alcance. Demás está decir, por tanto, que no eras tú precisamente la persona indicada para jugártela, como lo hiciste, a corazones. Pero eso no fue lo peor, porque ahí ya se sabe que perdemos casi todos, y tú no ibas a ser una excepción. Lo execrable, por tu parte, vino después.

Perdiste la partida y, además, en el camino, empeñaste a los pocos amigos que te quedaban. Todo un gesto.

Podrás si quieres negarlo. Olvidarlo. Ignorarlo. No colocarte el cartel. Guardarlo en el armario. O bajo la cama. Pero ambos sabemos la verdad. Y es que, aquella “piedra preciosa” que te llevaste, luego, resultó ser más “piedra” que “preciosa” y claro..., ¡Está claro!

Era muy bonito presumir de joya pero te olvidaste, “chato”, que tenías que pagarla.


José Hernández Meseguer


CRÓNICAS DEL DESAMOR | LA CARA B DEL ÉXITO [Sine qua non]



Aquella tarde le conocí de una manera tonta. En la ciudad, llovía de una manera inusual. El hecho me resultó extraño. Después del clásico protocolo en un ‘bareto’ y sin apenas cruzar una frase con él, intentó dejarme mal ante un amigo. O, simplemente, sobresalir para poner de manifiesto su sabiduría, cuando me interrogó, interrumpiéndome, acerca del significado en castellano de una expresión latina que yo había utilizado para concluir una conversación. Le vi venir. Fui rotundo. No parpadeé.

Sabía que aquel hombre, detrás de su lamentable apariencia, un día, había sido un verdadero monstruo de las letras. Naturalmente, me repitió la palabra y su significado como si yo, antes, no lo hubiese hecho. Y en cualquier caso, para dejarme claro —como un perro que marcase su territorio con la meada—, que sabía bien lo que decía. Y que, a partir de ese instante, le tuviese muy en cuenta; se encontraba dispuesto a seguir de cerca en cada una de las palabras que pronunciase y a rectificarme cualquier desliz.

No le di ocasión. En la segunda copa acabó extraviándose. Perdió la brújula y el norte como era de esperar. Sus ojos se habían vaciado en el profundo y siniestro abismo del alcohol, dejando ante mí, una piltrafa humana. Era un hombre desgastado y ajado. Acabado. Cabeceaba en su inútil intento por mantenerse en pie. Tuvo que dejar de hablar; la incoherencia se adueñó de él, y lo supo. Se instaló en sus brumas como un mueble inservible y estúpido. Se dedicó, como mucho, a asentir. Y a dar por bueno lo que hablábamos los demás. No era capaz de argumentar una frase completa y al final me sobrecogió una infinita tristeza.

En la penumbra de aquel lugar, cargado de luces y humo, le miré; vi una ruina. Su mirada estaba deshabitada y sin color. Hundida. No quedaba nada; soledad y angustia, únicamente.

En otro tiempo, había sido un hombre importante en la universidad de la ciudad, ocupando un cargo de relevancia. Su mujer, me contaron, le engañó y más tarde le abandonó. También sus hijos, a los que no ve hace muchos años. Con el paso del tiempo fue cayendo como una piedra al fondo del océano y terminó perdiendo su puesto de trabajo. Hoy duerme en un coche abandonado. Los pocos amigos que conserva, le mantienen. Y, de vez en cuando, más por compasión que por otra cosa, le invitan a alguna copa. Vive a solas con sus quimeras; tal como quiere, dice. Me contaba, que hace exactamente lo que desea. Que es feliz así. Yo lo dudo mucho, aunque todo es posible. Pero el caso es que me jacto de intuitivo, y si me da cierta pena, sé que es por algo. Detrás de esa mirada hay algo que no sabré jamás, me digo.

En fin, así es G. Un hombre que lo tuvo todo: poder, dinero, mujeres, lo que quiso... Y todo lo tiró por la borda del éxito. Dilapidó su fortuna y su carrera. La esquilmó de bar en bar y de puta en puta. Los discos tienen dos caras. También la gloria. También el éxito. También la vida. Y G. tiene que respirar y andar cada mañana. Y para ello, necesita de manera inevitable, “sine qua non”, hincarse “tres o cuatro lápices diarios”: tomarse unas copas cada día. Y lo hace. Hace lo que quiere y no perjudica a nadie. Ni a él mismo ya.

Es feliz así. Bueno, vale. Tú mismo, G.


José Hernández Meseguer


CRÓNICAS DEL DESAMOR | LOS CUARENTA Y TANTOS...




El otro día me preguntaba con cierto humor ácido mi mujer que si alguna vez pensaba dedicarle unos párrafos, a mi cinturita de avispa, como ella misma la calificó. Le contesté que quizá lo hiciese y ahí quedó todo por el momento. Pero para ser sincero, y en honor a la verdad, tendría que decir con voz alta y clara, que el tiempo no pasa en balde. Y que, el que más o el que menos, necesitaría tirar a la basura lo que le sobra —que empieza a ser mucho—, y comprar lo que le falta —que ya es demasiado—.

No hace tanto tiempo, un día, me miraba al espejo y me examinaba en silencio. Siempre, intentando ser lo más parcial posible, todo hay que decirlo. Y llegaba a la conclusión de que, sin ser ningún Adonis, a la vista de lo que circula a diario por la calle, no estaba tan mal. Y a pesar de tener el pelo con ciertas entradas, aún no eran los aparcamientos del PRYCA. Por otro lado, o sea, de perfil, sin llegar a tener los abdominales de “Rambo”, todavía se me podía hacer sin esfuerzos “un favor”... Pero claro, lo que decía antes del tiempo; “el tiempo que tengo”, quiero decir.

Ahora, unos cuantos años más tarde, cuando quiero tomarme un disgusto a gusto, sólo tengo que hacer lo mismo: me miro en el espejo y observo con total desolación unas piernas delgaduchas y famélicas y una barriga “biafreña”, que se acerca peligrosamente a los ocho meses.

En ocasiones, adopto la postura involuntaria de las preñadas y me asusto. No sé qué pariré. El pelo, como digo, aún lo conservo pero cada vez —y no me engaño—, es menos pelo para ir a pelusilla. Un asco, de verdad. Y es que los cuarenta y tantos, son una mierda como el sombrero de un “picaor”; dejas de cuidarte y, poco a poco, vas entrando en un estado lamentable y patético del que ya no saldrás por muchos motivos. La falta de ganas, de tiempo y un largo etcétera, todo revuelto, va amontonándose en la desidia como facturas en un cúmulo interminable de sólo buenas intenciones.

Es cierto que el “Bombay” con tónica es un excelente aliado, además de un gran digestivo tras cenar con la parienta, en Ricote, un pedazo de cochinillo que no se lo salta ni el Yago Lamela. Y si para regar toda esa liturgia gastronómica se propone y después se pone un buen Rioja o un Ribera del Duero, de esos que quitan el “sentío”, procurando por todos los medios no dejar una sola gota en la botella, pues ya ves... Con tentaciones así es muy difícil, por no decir imposible, andar por el buen camino. Ya te digo...

Los que, como yo, no tenemos demasiados medios económicos ni demasiadas ambiciones ya, vamos conformándonos con estos pequeños placeres mundanos que, por otra parte, son cojonudos. No tienes chacha que te cuide los críos así que, inevitablemente, vas cargado con ellos por ahí, armando el escándalo padre. Ni tampoco perro que te ladre —según por dónde vayas—.

Pero aun así.

A pesar de todos estos inconvenientes, estoy convencido que esos momentos son, sin duda, los mejores; aunque casi siempre, termine maldiciendo en hebreo y atacado de los nervios.

Lo de ser un figurín está muy bien, pero no existe. Eso sólo sucede en las películas. Al igual que lo de las “tiazas”: son de mentira. De revista Play Boy. Yo, cuando salgo a la calle, de eso, veo cero pelotero. Hombre, de vez en cuando, aparece algo que merece la pena. Pero en general, caca de la vaca Paca, y si no, vente por mi barrio que te vas a cagar…

Así que tranquilamente voy aceptándome y conformándome con mi realidad y mis ya escasos sueños. Después de todo, ni me encuentro tan mal, ni me privo de nada absolutamente.
                                              
                                                            

José Hernández Meseguer


CRÓNICAS DEL DESAMOR | D. PIMPÓN, EL FARSANTE



Cuando mi estimado amigo M.A.B., decidió bucear tan magistralmente como lo ha hecho en su reflexión acerca de la amistad, estoy completamente seguro que sabía perfectamente dónde se encontraba: en la Fosa de las Marianas. Y es que, para acometer un tema tan delicado y espinoso como es éste, mi docto amigo y periodista, necesitaría inevitablemente las 105.000 páginas de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo–Americana. Con esto, no sé, si aún le faltaría espacio.

Sin embargo, yo que tampoco voy a descubrir nada nuevo al respecto, sí quisiera desde estas páginas arrojar la luz de mi opinión por una pura cuestión personal, la que más odio de cuantas existen: la hipocresía del “supuesto amigo”.

Casi todos tenemos, antes o después —o antes y después— la ruina y la desgracia de tropezar con este tipo de desperdicio humano o cubo de basura. Estos pozos de miseria y envidia —cuestión consustancial en estos individuos—, en algún momento determinado se han jactado de ser tu mejor amigo. Y enarbolando la bandera de esa supuesta “amistad” y la frase tan gastada de “lo que te haga falta”, han coronado con toda suerte de éxitos y aplausos para sus adentros una operación con intereses fijos de supercuenta desde luego, a tu costa, si como bien dice M.A.B., no caes en el detalle a tiempo.

Y de la noche a la mañana, por arte de magia, encuentras que se han instalado en tu vida procurándose un rincón en tu corazón, en beneficio exclusivamente suyo, por supuesto. Eso, está más claro que el caldo de un asilo.

Este tipo tan despreciable de envidioso patológico, es producto de la dentera crónica, enfermiza y sin límites que padece. Y muy bien pudiera tener su origen en una frustración permanente que no le permite ser de otra manera.

Se encuentran casi siempre en las sombras. Agazapados como lo que son: alimañas. Esperando con paciencia esenia el turno de tu caída para poder entonces esgrimir la más repugnante de sus sonrisas y decirte: “¿No decías que te iban tan bien las cosas...?” Tienen el corazón podrido y el alma agrietada por la mala leche.

Si por el contrario, las cosas van funcionando a pesar de sus pesares, no te preocupes; jamás levantarán una copa en tu honor ni te darán una palmada en la espalda. Se limitarán a mirarte con absoluta indiferencia y cambiarán de conversación al menor descuido para que te des cuenta de que tus logros profesionales o personales se la ponen más gorda que un tambor de Tobarra; que le importan menos que el ciego del Puente Viejo. Aunque, sin pretenderlo, se les vayan los ojos detrás de tus proyectos.

Es más, pensarán con aborrecimiento desmedido: “Ojalá te estrelles en la primera esquina, cabrón”.

Es curioso, que después, sean los primeros en pedirte ayuda cuando están comiéndose los mocos. Y mucho más curioso aún, que esta crónica que durante doce años ha permanecido sin nombre en mis escritos, hoy, por fin, me atreva bautizarla. Y de paso, me valga para despedir una “amistad” que duró veinte años.

El perfil de estos individuos, pese a las apariencias, les hace ser fácilmente detectables y “detestables”. Y aunque se disfrazan y actúan camaleónicamente, al final, se les identifica por su escaso amor propio y mucho menos ajeno. Son personas, por lo general, profundamente abúlicas en su trabajo —si llegan a tenerlo; y si lo tienen, siempre es gracias, a algún gilipollas como yo—. Y les da lo mismo ocho que ochenta mil. Aunque, eso sí; en sus retribuciones son más sindicalistas que la rehostia. Son, en resumidas cuentas, personas grises sin ningún tipo de ambición, excepto la de fingir ser los “mejores amigos”. Y así les luce el pelo, claro.

Como Joan Manuel Serrat un día cantara; “Dios y mi canto saben a quien nombro tanto...”.




José Hernández Meseguer

                                         

CRÓNICAS DEL DESAMOR | POST MORTEM



Se despedía Jack London a través de su personaje, Darrel Standing, en su libro “El Vagabundo de las Estrellas”, preguntándose, yo creo que con demasiada fe, lo que sería cuando volviese a vivir y qué mujeres le amarían. Quizá, este maestro de la narrativa vivió aferrado a la idea de que existía vida después de la vida. O aquí o en otro lugar. Yo, también, durante años, pensé firmemente que algo tan sublime como es la vida no podía terminar así, sin más. Sin embargo, el tiempo, que no está de nuestra parte precisamente, me ha demostrado en no pocas ocasiones que la vida pasa, y solamente eso. Una vez que se acaba, se acabó. Punto final.

Decía por su parte, J.M. Serrat, en uno de sus temas que; “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Personalmente, no estoy de acuerdo con eso de que “Nunca es triste la verdad”, ya que opino, que, es al revés precisamente; casi siempre lo es. Aunque lo que no me parece posible cuestionar es lo segundo: no, en efecto, no tiene remedio.

Esto, como todo lo que escribo, habría que entenderlo en su exacto contexto y no voy a hacer aquí, de este monólogo, una tesis para averiguar hasta qué punto es o no triste la verdad. Porque es posible no esté refiriéndome a la verdad propiamente dicha, sino a la vida. Que también es verdad y de esa verdad hablo. De la verdad que nos deja caer la vida. Esa que, casi siempre, es verdad y triste.

No voy a negar, porque no sería cierto, que mi forma de escribir puede resultar un tanto apocalíptica. El caso es que lo sé. Es mi forma de ser. Sin embargo, nadie, salvo el más optimista, puede negar que, exceptuando muy escasos y breves momentos en nuestras vidas, el resto del tiempo nos dedicamos a engañarnos y a trepar los unos sobre los otros despiadadamente para abrazar al único dios que es la “pasta” y al "poder", su profeta. Y eso sí que es triste y, cómo no, tampoco tiene remedio.

Pero toda esta retahíla de silencios en esta tarde mustia y cenicienta, se asoma a mi mente para preguntarme, no qué seré, que probablemente es nada: un recuerdo para mi familia, y “una lagrimita que echó la ‘Patro’ al cerrar la cajita” —como diría el mismo Serrat precisamente—. Ni tampoco, qué mujeres me amarán, porque entonces es posible que dijera que no quiero que me ame ninguna. Sino algo mucho más sencillo y que a estas alturas de la vida me desvela: ¿Quién me leerá?

Siempre me digo lo mismo; me inquieta crear y hacer lo que empecé siendo apenas un niño: escribir. Crear escribiendo. Sé que no está de moda. No es una vocación vistosa ni atractiva, ni reconocida, al menos para la mayoría de gente que conozco. Requiere interminables horas de entrenamiento y abundantes momentos de soledad, concentración y silencio. También, grandes dosis de imaginación y sensibilidad. Poco más; porque, partir de ahí, sólo he de adentrarme en una dimensión diferente, en el submundo de mis silencios y mis quimeras. Y navegar atento en mis propias tinieblas y mis recuerdos, por todo lo que en mí permanece indeleble. Para bien y para mal. En los buenos momentos y en las grandes e imborrables heridas que, como fosas insondables, me han llevado con cierta frecuencia a naufragar por los renglones de mis poemas y mis versos.



José Hernández Meseguer