domingo, 31 de octubre de 2010

LA MIRADA [Relato]



Solo. Se encontraba profundamente solo. Por un instante, se preguntó cuanto tiempo llevaba así, aunque en realidad se trataba de una absurda y estúpida pregunta que llevaba años sin formularse. Ya apenas tenía importancia. Le gustaba la soledad: aquella soledad sombría que le abrazaba cada día, en silencio, desde hacía mucho. Sin pretenderlo, se había acostumbrado a su suave terciopelo y ésta recorría con la misma libertad, como un fantasma, su habitación.

A través de una vieja y destartalada ventana observaba el mundo como quien mira por la cerradura de una puerta: sólo por curiosidad, pero sin pasión. Porque el suyo, su mundo, permanecía paralizado como un cuadro de papel: inerte e inútil. Su vida se encontraba detenida en el tiempo como un paisaje torpe y sin sentido. Cualquier motivo constituía un desatino; y cualquier intento, una causa a destiempo y sin valor. Más allá, se escondía la mágica tragedia de un cielo que, cada tarde, se quemaba en silencio. Y, flotando invisible, aquella larga hipocondría que habitaba desde siempre en el ambiente. A veces, pasaba las noches enteras mirando la inmensidad de aquel océano negro que emitía incansables e intermitentes destellos azulados e imaginaba, que, como los chamanes, navegaba en el espacio y en el tiempo de un lado para otro, atrapado en fiebres seguramente inexplicables. Pero, otras, se inmovilizaba mucho más cerca observando esa vieja luna de piel de manzana.

Pensó, que tal vez, era demasiado viejo para soñar: hacía mucho tiempo que sus gaviotas —sus sueños— se habían fugado: se habían marchado apresuradamente en busca de cálidos mares o, simplemente, habían elegido otros lugares dónde morar.

En cualquier caso, poseía la certeza, de que a sus frías playas, jamás regresarían.

Entonces se volvió para mirarme con los ojos grises y ausentes; como el que se encuentra repentinamente perdido e invadido por una remota y densa nostalgia. Me sonrió levemente con una mueca autocompasiva y triste: como queriendo decirme que él era así; un viejo y agotado soñador, si yo quería. Un estúpido soñador que se había enrolado para siempre en la nave de la tristeza sin más esperanza que la muerte como camino para poder olvidar. Y que, al final, por cosas difíciles de explicar, sólo era un pobre y patético soñador que había terminado acostumbrándose a acariciar la vida por el envés, probablemente. Era muy posible que se hubiera equivocado. Es más: estaba casi seguro de ello. Pero ese minúsculo y veloz planteamiento, de todas maneras, a las alturas en que se encontraba situada su agrietada soledad ya no era motivo suficiente como para cambiar su incoherente manera de ser.

Comenzó a caminar lentamente hacia a mí, y cuando estuvo enfrente, me dijo que no suponía gran cosa el que estuviese equivocado, porque ya era tarde, y lo sabía. No se lamentó en ese momento: llevaba haciéndolo casi toda su existencia. Así que, por toda respuesta, sólo dejó caer otra vez una sonrisa de estúpido perdedor para quitar importancia a su propio comentario y empezó a darme la espalda; aunque, súbitamente, se detuvo y se dirigió nuevamente hasta donde yo me encontraba. Se me acercó, y frente a mí, elevó ambas manos a las sienes. En un tono de cierta despreocupación me comentó que, sin darse cuenta, éstas, aparecían prácticamente cubiertas de canas. Y era cierto: su cabello ondulado se había plateado insólitamente. Me disponía a comentarle que no era lo peor que podía sucederle, pero sin esperar una respuesta por mi parte, concluyó en un: me estoy haciendo viejo.

Después de aquel monólogo, que en realidad sostuvo conmigo, se acercó al quinqué; su sombra, quedó impresa como el negativo de una fotografía sobre la pared. La luz le hería los ojos, pero antes de que pudiera regular la intensidad pude verle bien; con la permanente penumbra del cuarto había olvidado que era tan viejo. Casi nunca conseguía verle adecuadamente y, quizá por esto, me sorprendí un poco cuando logré ver su rostro ferozmente devorado por las arrugas que, como consecuencia de aquel fogonazo de luz, aún me parecieron mayores. Lo único que no me pareció distinto fue el extraño brillo de su mirada: esa mirada... ¿Dónde la había visto antes? ¿Dónde? Pensé, pero no pude recordarlo.

En la semi oscuridad de la habitación caminó despacio hasta la enorme mesa que se encontraba cerca de mí; ella, había sido durante décadas, su único lugar de trabajo: el único testigo de su tremenda soledad. Desde aquel sitio, había ido convocando a sus demonios más antiguos, uno tras otro. Fue arrastrándolos por su amarga y lacia poesía. Elevó a cada uno de sus personajes al escenario de su propia vida dándoles una opaca y aliquebrada personalidad poblada de extraños e infrecuentes comportamientos. Pero lo cierto, era que, aun alejado del camino del éxito y la fama, sin llegar a ser un escritor excepcional, había vivido sólo, por y para escribir. No por la gloria que eso suponía, sino por una inaplazable y bestial necesidad personal que le atenazaba el alma a cada instante; en cada paso, en cada renglón que escupía.

Entregado a su destino hasta la médula; rendido a aquella esotérica mezcla de fatalidad y agonía, sobrevivía, pero únicamente a duras penas: su amargura era devastadora, siempre más fuerte que él, siempre insaciable. El recuerdo, agazapado en las esquinas de su cerebro, le abría las heridas. Le asediaba continuamente en las sombras. Y a él, desde sus propias sombras, sólo le quedaba recordar y escribir. Tenía la inexcusable y enfermiza obligación de contar a los demás —o a sí mismo—, su aflicción y su inconcluso amor que, como una quimera, seguía imponiéndole el terrible castigo de escribir. De seguir escribiendo, sin cesar y sin tregua, obligándole a escupir versos llenos de sangre al aire y al viento. Obligándole a revivir continuamente la profunda e inmortal llaga del recuerdo.

Así, desde esa agónica y lánguida postura, desde aquella habitación cargada de zozobra y desaliento, se encomendó a la sagrada labor de escribir y vomitar toda su soledad. Allí había permanecido como un esclavo; por voluntad propia, en cautiverio, largos otoños. Entre los libros que años atrás escribiese, apuntes y más libros... Y entre los indelebles y dolorosos rostros del recuerdo que con frecuencia asomaban sus hocicos impertinentes para saber si aún seguía vivo y atacarle de nuevo.

Tomó un cigarrillo. Nuevamente, un destello de luz, le invadió el rostro cuando ardió la cerilla. La mantuvo en la mano hasta que se consumió. Me miró y habló...

— ¿Ves? toda una vida.

Al principio no entendí el motivo de aquella frase, pero más tarde prosiguió.

— Es como nuestra vida: un segundo en el tiempo. Luego, nada. Simplemente, nada.

Tuve que decirle, que aquello no había sido en vano; no dejaba de ser cierto que sus circunstancias personales le habían obligado a sumergir su vida en aquel oscuro rincón. Pero él era escritor, y en definitiva, era lo que contaba. Siempre deseó ser lo que era; incluso mucho antes de saberlo. Y al fin lo había conseguido. Había logrado dedicar su inteligencia y sensibilidad a contar a los demás, y a él mismo, través de su pluma.

— Y realmente, no es tan sencillo, no creas —dije—. Hay que estar dispuesto, siempre que la inspiración así te lo exija, a registrar la memoria en sus más profundas oquedades, miserias y misterios. Porque, no te engañes —continué—, y me consta que así es; es la musa, o el fantasma de la creación, o llámalo como más te guste, el que busca a sus víctimas y no al revés. De hecho, es él, el que te saca de la cama a media noche y te empuja. Es él, el que te obliga, quieras o no, a hurgar con los dedos en las heridas aunque eso te cause un dolor casi insoportable. Muchos escritores no han tenido la suficiente fortaleza de seguir soportándolo y, finalmente, han sucumbido de las más diversas formas; en la mejor de las situaciones, abandonando de una puta vez para siempre el fantasmagórico castillo de la creación. Otros no han tenido tanta suerte; te podría poner tantos ejemplos que no me cabrían en la memoria. Pero de lo que no cabe la menor sospecha es que todos, absolutamente todos, tenemos un alto tributo que pagar. Y si no, mírate: tú, eres un claro ejemplo; a tu forma has pagado con tu vida. Todo tiene un precio y no ibas a ser tú precisamente la excepción: has pagado el precio que eso requería. Casi nadie paga su precio exacto por vivir pero los escritores son de una extraña sangre: los escritores, sí. Sin duda. A veces pagan mucho por nada; sólo por intentarlo. En cualquier caso, ¿sabes?, todo tiene su precio, y de una u otra forma, siempre pagamos una tarifa por nuestro viaje. Sin embargo, te has preguntado alguna vez ¿cuánta gente camina por el mundo arrastrando sus frustraciones además de sus fracasos? Esa es una pregunta que no todos estamos dispuestos a responder; aunque, esa, sí es realmente la cuestión.

No dijo nada. Me observó en silencio y permaneció así. Luego bajó la cabeza y me preguntó sin mirar.

— ¿Sí, y qué? Porque habrá algo más, ¿no? ¿De qué me ha servido esta rotunda soledad si no para destruirme y castigarme sin el menor miramiento? ¿Alguien se interesó, en algún momento, en preguntarme si estaba dispuesto a pagar tan cara mi existencia? ¿De qué me ha servido ser escritor y ver la vida con una sensibilidad y una óptica distinta a la de los demás? Hubiera dado la eternidad por ser un hombre absolutamente normal; con criterios y fundamentos normales, aunque hubieran sido de lo más simple. Seguramente el sacrificio hubiera sido mucho menor. Estoy plenamente convencido que tener una sensibilidad por encima de lo que calificamos como normal es un completo error. Es todo un inconveniente que, además, en estos casos, arruina cualquier movimiento o proyecto. Impide mirar al futuro con frialdad porque, entre otros motivos, como es mi caso, no he superado el pasado. Y lo peor es saber con terrible certeza que aquello que no me permite avanzar es lo mismo que a la vez he de arrastrar. Nadie desea sufrir por capricho, tú lo sabes —dijo—; esto ha sido otra cosa: esto son esas asignaturas que jamás aprobé porque me sorprendieron en el peor momento. Cuando más indefenso me encontraba. Y esto, cómo no, ha sido el justo castigo por creer en el amor en el instante más inadecuado e inoportuno. Era cuando más lo necesitaba y, lógicamente, me faltó perspectiva y objetividad. Desde el preciso instante en que permitimos que el corazón gobierne nuestro cerebro, uno, no hace más que naufragar. Tenía que haber sabido mucho antes un par de cuestiones, como por ejemplo, que el amor, aparte de ser ciego, es completamente gilipollas y aún peor consejero. Y que el corazón debería limitarse exclusivamente a bombear sangre, no a buscar explicaciones; es, simplemente, una puñetera víscera. Nada más. Es la edad, en su fragua, la que se encarga más tarde de ir desvelando tan sencillo enigma: precisamente la edad, y no otra cosa. Lo sé ahora, y tú, claro, también. Llevas demasiado tiempo conmigo; a estas alturas ya tendrías que estar enterado.

A partir de ese momento, tanto él como yo, mantuvimos un largo y forzado silencio cuando se dejó caer en la cama. Parecía enfadado y con seguridad, así era. En realidad se encontraba tan solo que no sabía con quién discutir y siempre se descargaba conmigo, como si yo tuviera algo que ver en su continua hipocondría y en su mal humor. Aunque a mí, en cierto modo, me daban igual sus reproches y sus ataques. No me importaban demasiado; aquello era lo que él mismo había querido que fuese. ¿Qué cojones me contaba a mí? ¿Por qué pagaba en mí el rotundo naufragio de su vida? ¿Por qué había permitido, sin más, su propio hundimiento?

Lo cierto, es que llevaba mucho tiempo viviendo con aquel cenobita. Quizá demasiado. Le había conocido en todas las épocas de su existencia; cuando se sentía arrogante y seguro. Cuando estaba convencido que el mundo le pertenecía de un modo exclusivo, y no parpadeaba ante ninguna situación. Cuando su seguridad era prepotencia: una insoportable, ingenua, extrema y estúpida prepotencia que no le permitió descubrir la vida con cierta cautela, desde la acera. Iba excesivamente veloz en su inconsciente necedad. Tan rápido, que se enroló en ella con tremendo desacierto; tan raudo, que no tuvo en cuenta sus trampas mortales y, claro, no tenía más remedio que estrellarse; no podía ser de otra manera. Ésta misma, la vida, enseguida comenzó a pasarle impagables facturas emocionales que, como es natural, acabaron abatiéndole sin ninguna piedad. Sencillamente porque no estaba preparado para soportarlo.

Su alma pronto se vio atrapada; quedó enredada en los alambres cuando se disponía a iniciar el vuelo más importante de su vida. E, indefectiblemente, cayó al abismo como una piedra al pozo: para no salir jamás. Y así, herido de amor y muerte, decidió recluirse en su soledad; lejos de un mundo al que odiaba tanto como a sí mismo. Nada podía evitar su inmenso dolor. Ni siquiera el hecho de pretender huir: todo resultaba completamente inútil; las llagas del pasado, una y otra vez, se le abrían entre las costuras de las horas que, detenidas en el tiempo, sumaban muy despacio los días con el único fin de sangrarle poemas.

Durante un tiempo, que personalmente me pareció eterno, se limitó a dar largas y profundas bocanadas de humo expulsándolo luego, casi sin fuerza, para observarlo subir hasta el techo formando figuras amorfas.

Desde donde yo me encontraba únicamente podía ver la silueta de su cuerpo tendido a través de los barrotes de latón del lecho que, inquietos, chispearon al roce de los halos anaranjados que aún conseguían robar cierta oscuridad al pequeño cuarto. Sólo eso; su contorno, y de vez en cuando, el enigmático brillo de sus ojos. Unos ojos completamente hundidos y extraviados en el cielo manchado de la habitación.

Por segunda o tercera ocasión volví a preguntarme dónde había visto antes de ese instante aquel extraño fulgor pero no logré recordarlo. Sin embargo, mientras le observaba, sí me sentí convencido que se encontraba dándole vueltas a lo que antes habíamos estado discutiendo, aunque no dijo una palabra.

Por un momento pensé que se hubiera quedado dormido pero me di cuenta que no era así, cuando intentó decir algo que después no continuó. Tras otro espacio de tiempo tragó saliva y me dijo sin apartar la vista de las traviesas del techo.

— ¿Sabes? Soy... —entrecortó la voz—, tengo la agonizante sensación de que he sido como esa cerilla; nunca llegó a encenderse tanto como para quemar aunque, en su pobreza, sí alumbró lo suficiente como para emitir al menos un leve destello. Solo una sola vez: la vez que fui feliz; fugazmente feliz. Más tarde, las sombras irrumpieron en mi vida. Me resulta doloroso admitirlo. Me duele terriblemente tener que admitir, no haber tenido el suficiente valor de vivir por intentar sobreponerme y superarlo, y terminar de una vez con mi tortura. He hecho de mi dolor una inseparable quimera. He sido un cobarde: un cobarde miserable. Encontré el amor y el olvido en una sola persona. Ella me elevó, en otra dimensión, hacia un mundo mágico de ensueño: primer amor. Pasión y deseo. Enseguida no fue más que el capricho. Después el olvido: su olvido. Un juguete roto; silencio e indiferencia. ¡Lo sabes! ¡Tú lo sabes! —gritó— ¡Sabes perfectamente de qué te hablo! ¿Por qué guardas ese odioso silencio? ¡Estabas conmigo! ¿Cómo es posible que ya no recuerdes mi dolor? ¡Sabes que quedé agonizando!... Suplicando, mendigando su amor; un amor de papel, un amor de mascarada, un amor que no valía nada... Un amor que se distanciaba más cuanto más lo rogaba. Cuanto más lo imploraba. Cuanto más lo necesitaba... Y el olvido, ¡Dios mío! El olvido... Su olvido ha sepultado mi vida entre cientos de poemas y noches vacías. He cabalgado a través de los años destrozando mi vida: he soñado en cada mujer a aquella mujer. Y en cada caricia, sus caricias. He visto en cada rostro, su rostro. En cada piel, su piel. Y en cada mirada, su mirada... Quería verlo así. Necesitaba verlo así. He sido incapaz de volver amar. He sido perseguido, en mi infinita angustia, por visiones que me atormentaban sin descanso. Una locura quizá. Tal vez sólo un sueño... De esta absurda y complicada manera condené mi vida. Por no tener en el momento adecuado el suficiente egoísmo, amor propio y autoestima necesaria como para amar tan sólo a quién fuera capaz de amarme sin reservas, ni condiciones sociales. Con orgullo: sin dudas. Con el absoluto convencimiento de que el amor es algo más que una aventura y mucho más serio que un simple devaneo. No debía haber jugado conmigo del modo en que lo hizo Nunca debió herirme de esa forma. Nunca debió hacerlo. Jamás podré olvidarlo. Sé —dijo mirándome—, que he sido un cobarde sin que tú me lo digas; pago por ello, cada día...


Hoy, son tantos los otoños...

Hoy hace cuarenta años.
Hoy hace cuarenta otoños.
Yo, aún era un crío
que soñaba y creía en el amor.
Que lanzaba mis gaviotas bajo el cielo
rojizo al atardecer
y mientras se fundían
retozando en el horizonte,
bebiéndose
sorbo a sorbo los halos de luz amarga,
soñaba y creía.
Y mis ojos tristes, hoy apagados,
perseguían
en su locura de volar
lo que hoy es sólo fantasía.
Yo, aún era un crío
con la sonrisa dibujada
en los labios,
y un alazán en el alma.
Y un viento de primavera
que se quemó en su carrera.
Y por ser algo, fue murmullo;
una quimera.
Y por no tener...,
por no quedar,
no me quedó
ni un Dios en el que creer,
ni qué amar
que no fuera tuyo.
Y me quedé solo y vacío
con el llanto entre las manos,
comiéndome a pedazos
los últimos retazos
de lo que fue nuestro...
Y se borró mi sonrisa.
Y buscaron otro mar mis gaviotas.
Y fueron pasando años.
Y fueron pasando otoños.
Y te buscaron mis manos
que sólo te hallaron en mis sueños.
Sólo en mis sueños.
Y hoy, después de tanto tiempo,
después de tantas ilusiones como arrastró el viento.
Hoy, que sé que soy viejo
sin mirarme al espejo;
hoy, que mi futuro
se fue marchando detrás de tu pasado
y mis poemas de amor
quedaron enredados
en tus cabellos...
Hoy, aún hoy,
vivo aquellos
besos de miel
que abrasaron mi piel
para ser tan helados...

Ahora era yo, en esta ocasión, el que le devolvía la mirada fijamente sin atreverme a decir nada. Sólo pensé que tenía razón: era, sin duda, una devastadora e infame razón. Eso le mordía el alma; no podía evitarlo. Era una razón demasiado cruel. El caso, es que no fui capaz de decirle nada; únicamente le miraba. Su voz era dura; sonaba rota. Pese a hablar entre grandes intervalos, supe, que había terminado de hablarme. Él, por su parte, continuó inmóvil y petrificado echado sobre la cama, con la mirada alejada de cuanto le rodeaba; como queriendo no estar allí, ante mí, en aquel cuartucho, aquella mustia tarde que se desplomaba por segundos. Pero poco después, a pesar de mi presencia, sus ojos comenzaron a brillar y explotaron en un inevitable llanto. Luego los cerró y apretando con fuerza los párpados lloró en silencio.

Al cabo de un rato, en un silencio mortal, acerqué mi vista al balcón y vi como el mar extendía su acristalada belleza con sublime calma. Y al apreciar con cuánta nitidez se proyectaba el cielo enrojecido sobre él recordé, por fin, dónde había visto antes de aquellos momentos el raro destello de sus ojos. Y entonces, sólo entonces comprendí, que no era yo el Espejo.

Una inquietante afonía se instaló definitivamente en la habitación y creo, que al igual que él, yo también me dormí. Seguía atardeciendo lentamente.




José Hernández Meseguer
Portbou (Gerona), 1980



No hay comentarios:

Publicar un comentario