sábado, 30 de octubre de 2010

SUEÑOS de CEMENTO [Textos Escogidos]



Cuando llegó por primera vez a la gran ciudad, enseguida, un interminable cúmulo de sensaciones se apoderaron de él. Venía de un lugar muy distinto, apacible y tranquilo; así que algo, de un modo inmediato, pareció atenazar su garganta hasta que vomitó.

Huía sin saber hacia adónde, aunque sabía muy bien por qué. Y esa misma razón le impulsaba a escapar. Necesitaba huir. Entonces le fue absolutamente necesario. Necesitaba fugarse con todas las fuerzas de sus recuerdos. Unos recuerdos que continuamente le torturaban y le impedían ver las cosas con la suficiente objetividad. Recuerdos de imágenes y cosas que había vivido mil veces, y que, como una pesada resaca, rebotaban en su cabeza una y otra vez, sin piedad. Unos recuerdos que, con extraña violencia, crepitaban sin cesar en el interior de su mente. No pensó nunca, en ningún instante, que en aquella inmensa ciudad iba a encontrarse tan perdido y abandonado pero ocurrió; una feroz angustia recorrió su alma y le destrozó. Empezaba a vivir. Empezaba a pagar, una a una, todas sus facturas pendientes. Era mayor.

Perdido. Completamente perdido y desorientado recorrió hasta el anochecer, calles y avenidas con el macuto a la espalda en busca de una pensión. Todo era por entero distinto a cómo lo había imaginado. La inquietud, a partir de ese momento, creció entre las sombras que proyectaban los enormes edificios y al mismo tiempo notó cómo los sueños se desvanecían en una inevitable y profunda melancolía. Todo pareció cruel y desalmado. Tremendamente injusto e irracional.

¿Qué hacía allí? La confusión ocupaba por completo su cerebro. ¿Tan grande era su desesperación que no le permitió mirar hacia los dos lados? ¿Valía la pena aquel suicidio…?

Tenía solamente dos o tres respuestas que darse. Pero, en aquel momento, ninguna de ellas servía de nada. Únicamente para situarle frente a su angustiosa realidad. Únicamente para situarle, de manera precisa, frente a la silla eléctrica de su tristeza y desesperación en la desconocida e inacabable ciudad que moría con él aquella lacia y mustia tarde de principios de octubre de 1975.

Aprendió a vivir lentamente, con esfuerzo, con torpeza; jamás entendió bien ni le importó lo que le rodeaba. Vivió con la gente, lejos de ella. Aprendió a odiar en la convulsión que suponía el día a día. Y el recelo y la desconfianza se alojaron en su vida como sistema de seguridad. Vivía en una ciudad imprevista, llena de trampas, y tuvo que aprender; no le quedaban opciones. No había demasiado sitio para el lamento. La ciudad le devoraba. El tiempo se le consumía entre los dedos y sentía sus sueños rotos sobre el asfalto. Eran, solamente, sueños de cemento.

Los anhelos, las frustraciones y sus huidas, se mezclaban entre sí desordenadamente. Cada vez resultaba más difícil distinguir unas sensaciones de otras. Al final, desde el caos absoluto y fatal que le invadía, todos los intentos iban derrumbándose hasta llegar al desgastado bloc cuadriculado para convertirse en poemas que le sangraban por los cuatro costados. Vivía perdido en la gran ciudad. Vivía perdido en su mundo. Perdido y confuso. Era un náufrago en la gran urbe. Un náufrago que vivía atado a unos sueños de cemento que inevitablemente le arrastraban al fondo de océano.




José Hernández Meseguer


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