martes, 2 de noviembre de 2010

MAREA ROJA, EL LABERINTO DE LA MENTE [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



1

En realidad, cuando la Comisión de la prisión le citó aquella temblorosa mañana de otoño, no parpadeó. Lo sabía. Lo esperaba desde hacía tiempo. Era una crónica sobradamente anunciada; no mantenía esperanzas en que sus abogados consiguieran conmutarle la pena pero, posiblemente, ni siquiera lo deseaba. Y en el fondo, los otros, aquellos mediocres picapleitos de medio pelo, tampoco: se sentían tremendamente acojonados ante su omnipotente presencia.

Y más que cualquier otra diversión y por matar el tiempo, éste, Zacarías, se divertía poniéndoles a prueba la capacidad mientras les describía con todo lujo de detalles, con una memoria precisa, exacta y fotográfica, cómo y de qué manera satisfizo sus instintos más abyectos a lo largo de los años martirizando, amputando y descuartizando, después a sus víctimas. Así que, después de todo, le parecía razonable que tampoco sus defensores quisieran ir más lejos de lo que podían legalmente intentarlo. Sabía, que incluso se sentirían aliviados cuando finalmente le condenasen a la pena capital. Le consideraban un monstruo, y la verdad es que lo era. No podía reprocharle a nadie el hecho; ya se había preocupado detenidamente de ganarse el título a pulso, aunque ése fuese un diploma circunstancial que le diera exactamente igual. No tenía el menor síntoma de arrepentimiento, tenía una labor mesiánica que cumplir y la cumplió. Era el azote y el instrumento de castigo de todos los pecadores viciosos y lascivos a los que asesinó, Dios le había hablado y así se lo había expresado.

Él, por su parte, sólo se había considerado desde el principio su mano izquierda: el brazo ejecutor de su sagrada misión; una vez concluida, ya no esperaba más. No le preocupaba aclarar sus motivos, como tampoco le inquietaba que nadie entendiera que él era, simplemente, la herramienta utilizada por el Poder Divino para depurar la raza humana. Pero también tenía claro que todo aquello tenía un precio que, por supuesto, iba a pagar con su vida. Por eso, y porque sabía de antemano que la súplica formulada por sus abogados ante el Gobernador era papel mojado y una pérdida de tiempo, se sentía tranquilo.


2

El eco lejano de unas pisadas, se dejaron oír metálicas sobre el pavimento acerado del corredor. Fueron cada vez más intensas y más metálicas. Se aproximaron hasta su celda. Mucho antes de llegar a ésta ya sabía, Zacarías Caín, en un presentimiento suficientemente fundado que había novedades.

Los herrajes de las cerraduras giraron violentas al abrirse y el mazazo retumbó en toda la galería cuando las rejas hicieron tope. Dos funcionarios de la prisión fueron a comunicarle que el alcaide iba a recibirlo para exponerle el resultado de la decisión última del Gobernador. Antes de que nadie pudiera hablar, les miró. Les miró fijamente y sonrió. Sabía que era el final, pero sonrió. Su mirada era absolutamente fría. Sus llameantes ojos azules mantenían una singular serenidad. No se alteró ni una sola molécula en su cuerpo. No sintió miedo; en cierto modo, también él quería terminar de una maldita vez con su peregrina existencia. En más de una ocasión le confesó con cierta ironía al psicólogo que si en algún momento le sacaban de allí volvería a cometer de nuevo las mismas atrocidades. Eso que iba a suceder, por fuerte que en apariencia pudiese parecer, era en definitiva lo mejor para todos.

El doctor Caín, o “Zag” como todos le llamaban allí dentro, era considerado por el resto de los reclusos como el temible y despiadado patriarca del crimen. Su historial delictivo se expandió como un reguero. Como una leyenda. Nadie, de hecho, quería acercarse demasiado a él. Entre la población de la cárcel era tan odiado como temido. Tenía creado a su alrededor un aura de misterio esotérico que nadie comprendía. No tenía amigos ni falta que le hacía. Vivía, únicamente, entre sus libros y su extraordinaria y enfermiza mente. Paseaba solo siempre, y, muy pocos, se acercaban de cuando en cuando a saludarle con cierta reverencia. Años atrás había tenido un serio enfrentamiento con el cabecilla de la sexta galería pero, Zag, le había puesto en el sitio que le correspondía estar. De ahí el exagerado respeto del que gozaba.

“El Gigante”, un bravucón de dos metros dieciocho de altura, era feo y abstracto; calvo, gordo, grasiento y maricón. Este individuo, de destacado labio leporino, pretendió sin suerte establecer la ley del más fuerte. Y aprovechando que Zacarías era nuevo allí, trató de impresionarle. Un día en las duchas, estando todos los internos desnudos, el gigantesco matón, se valió de la bruma que producía el vapor del agua al caer prácticamente hirviendo para retarle y humillarle. El tipo comenzó a provocarle. Trataba de que éste le masturbase y le realizase un buen trabajo: un “lavado de bajos”, como se conocía al hecho de la felación. La verdad, es que Zag fue muy expeditivo: hizo un breve amago de dejarse querer y una vez situado le arrancó de un mordisco, sin más, un buen trozo de pene. Con una tranquilidad asombrosa se lo escupió a la cara mientras aquél se retorcía de dolor sangrando y gritando como un cerdo.

La hazaña, sin embargo, le costó muy cara. Caín, estuvo en “el agujero” cincuenta y cinco días. A pan y agua. “El agujero”, era una celda de incomunicación extrema. La antesala del infierno; un ataúd hediondo de dos metros cincuenta por uno sesenta escaso. No había luz aunque, teóricamente, el reglamento de penitenciarias lo exigiese. Ni jergón. Ni manta. Nada. Sólo un potentísimo piloto rojo que se encendía cada hora durante unos instantes, acompañado de un estridente zumbador, para impedir por todos los medios que el confinado pegase ojo en ninguna circunstancia. La humedad era tan descomunal que se comía los muros. Las paredes estaban continuamente húmedas, chorreaban agua. Pero era de lo que se trataba: de infligir castigo psicológico a aquéllos. El castigo psicológico era mil veces peor que el físico. Lo deseable para la Dirección de la prisión hubiera sido, como ya había sucedido, que al terminar el castigo el preso hubiera muerto, y uno menos que mantener. Pero no. Zacarías, consiguió llegar hasta el final en su duro aislamiento.

Cuando le sacaron de allí, de aquel pozo infecto, Zag, era una completa piltrafa humana. Se encontraba en condiciones lamentables. Estaba peligrosamente demacrado y su pérdida de peso le situaba cerca de lo peor. Sus ojeras se esparcían como tiznajos en su cara, tenía demasiada fiebre, y no se sentía capaz de salir de allí por su propio pie. Tuvo que ser ayudado y, automáticamente, conducido a la enfermería. Pero en ningún momento se lamentó de su suerte ni de su destino. Del “Gigante” tampoco se supo más de lo que a él mismo le contaron posteriormente; se lo llevaron en un carruaje de urgencia al hospital. Luego, como es de imaginar, lo trasladarían a otro Centro. A partir de ese momento jamás fue molestado por nadie. El temor estaba servido.


3

Zacarías Caín era un personaje tan controvertido como misterioso. Poseía un pasado de sombras que se extendían a lo largo de su vida con cierta sacramentación y siniestralidad. Nadie había llegado a conocerle lo suficiente, pero tampoco él pretendía lo contrario. Rondaba la mediana edad, unos cincuenta años. El pelo canoso, hasta más abajo de los hombros, solía llevarlo recogido en una trenza o en cola. Medía un metro ochenta aproximadamente y su complexión se podía calificar de fuerte. Su mirada fue lo que más llamó mi atención desde el principio, desde que le conocí; era una mirada fría. Fría y absoluta. Tajante. Sin dudas. Devastadora. Inanimada y deshabitada. Se tenía por culto y ciertamente lo era. Devoró, en aquellos años de estancia en prisión, todos los libros de la biblioteca y muchos más que consiguió con el tiempo. Le gustaba leer. Principalmente, cualquier documentación relacionada con la carrera que había estudiado.

Antes de eso, de su turbio periplo en las calles de Londres, cursó medicina y llegó, incluso, a ejercer durante un tiempo la profesión. Pero, poco después, los fantasmas se instalaron en su mente de un modo definitivo y comenzó lentamente a extraviarse en la confusión sin límites de sus pesadillas. No consiguió resistir demasiado y terminó por abandonar el trabajo refugiándose permanentemente en el castillo de su solitaria y laberíntica alma. Pudo sobrevivir con comodidad gracias a que, económicamente, había pertenecido a una familia acaudalada y, aunque sus padres ya no vivían, las tierras y bienes que poseía le permitía una holgada posición social.

Todo en su vida arrancaba hacía al menos treinta años, siendo aún un muchacho. Como estudiante de medicina era un aventajado discípulo. Rápidamente destacó por sus trabajos de una manera excepcional. Tanto era así, que el catedrático de anatomía forense le ofreció participar en determinados ejercicios prácticos que se realizaban en la facultad. Y, precisamente, aquella tarde, el profesor F. Stone Mackenna le indicó que recibía el cadáver de una muchacha que había sido asesinada y violada horas antes. El cuerpo se encontraba en un “razonable” buen estado y le pedía a su alumno que le acompañase con la finalidad de observar de primera mano todo el proceso. Le garantizó que el espectáculo podía impresionarle, no iba a ser nada agradable.

Mientras el catedrático iba narrando a Zacarías, a grandes rasgos, lo que a tenor de los indicios podía haberle sucedido a la desdichada sin dar más importancia, éste, sin embargo, fue secretamente percibiendo en su cuerpo una profunda y extraña descarga. Se electrizó por completo con la descripción de los hechos. Durante unos segundos su imaginación le transportó y su cuerpo experimentó un aumento considerable de adrenalina que le recorrió de arriba abajo, abriéndole una desconocida sensación aletargada hasta entonces. Lo cierto es, que la imagen de la chica desnuda y muerta en un callejón le impresionó mucho más de lo humanamente soportable. Su excitación y lujuria se abocaron a un inédito abismo. Pero él, todavía, no sabía exactamente lo que estaba sucediendo, ni cómo calificarlo. No dijo nada a nadie pero sintió miedo. Un miedo irreconocible.


4

Esa misma tarde, antes de ir a la facultad, se masturbó mientras tuvo fuerzas para hacerlo. Una y otra vez. Como nunca lo había hecho. Nunca le parecía suficiente. El pene le dolía como una herida, pero la sola evocación mental de la joven le situaba en un grado de placer sin retorno. Jamás había tenido relaciones sexuales voluntariamente con nadie. Desde el comienzo de su vida y, por anómalas razones, la relación con el sexo opuesto le resultó depravada, pecaminosa y sucia.

Su madre siempre tuvo un comportamiento esquizoide y depresivo. Eso le afectó considerablemente. La deliberada indiferencia y falta de dedicación hacia el joven se manifestó muy pronto. Anna, que así se llamaba, deambuló con demasiada frecuencia entre extravagantes y desconocidas manías que la conducirían poco después, necesariamente, a un internamiento vitalicio en un sanatorio mental, dónde moriría sin apenas darse cuenta. Su padre, arqueólogo de renombrada e indiscutible reputación, pasaba inacabables temporadas fuera de casa. Desde el primer momento, se desentendió de los problemas familiares adoptando una distante y flemática indolencia. De manera que, entre el olvido a propósito de uno y la esquizofrenia permanente de la otra, que vivía en un mundo exclusivo, donde nadie más tenía cabida en él, el despistado joven quedó por completo a merced de la férrea tutela de la institutriz bretona de ascendencia alemana, Teodora Bedbur; una mujer cruel y sádica que le marcó hasta dónde pudo hacerlo. Hasta los límites de la razón.

Teodora, andaba a mitad de camino entre los cuarenta y los cincuenta años aunque no los aparentase. Los llevaba francamente bien. Era soltera y físicamente estaba de buen ver. De tez pálida y cenicienta, recogía su abundante, tupida y atezada cabellera, en un voluptuoso moño sobre la nuca. Aunque de su misterioso semblante, de su rostro demacrado, resaltaban como puñales, sus ojos: dos helados e  inquietos azabaches.

Después de tanto tiempo aún continuaba indeleble en el cerebro de Caín el siniestro siseo, en el suelo, del largo y pesado vestido negro de la institutriz cuando, al caminar por los oscuros y zigzagueantes pasillos de la residencia, la oía aproximarse a su habitación; a menudo, con cualquier estúpido pretexto.

Por lo más insignificante, ordenaba a Zacarías bajar al sótano y le castigaba fustigándole las piernas, el bajo vientre y las nalgas, hasta hacerle sangrar; ordenaba con un gesto de absoluta gravedad que se desnudase por completo. Le maniataba de brazos en cruz y le observaba con detenimiento por delante y por detrás con ademanes que el adolescente no entendía. Le sobaba el sexo hasta la total erección, y jadeaba mientras lo besaba; introduciéndole, simultáneamente, un dedo en el ano o el mango del vergajo, sodomizándolo. Velozmente, Teodora, se iniciaba por su cuenta, en una espiral de susurros ascendentes hasta llegar a convertirlos en un último grito final de enloquecido placer. Pasadas esas convulsiones guardaba un hondo silencio. Paulatinamente recobraba el aliento unos segundos. Suficientes para regresar a su actitud habitual. Con posterioridad le miraba llena de un odio incontenible y le insultaba, diciéndole, que era un inductor al pecado y un sucio bastardo, y que todo lo que a ella le sucedía era sólo por su culpa. Que era la encarnación del mal y debía ser castigado por ello. Y procedía, otra vez, a un castigo despiadado y metódico.

De madrugada solía volver a su cuarto. Encontraba al niño acurrucado en un rincón de la cama. Permanecía inmóvil y asustado sin poder dormir. Temblaba de temor. Teodora se acercaba despacio. Dejaba el candelabro sobre la mesita de noche y le susurraba al oído frases amables. Le tranquilizaba. Con la suave voz de un reptil le envolvía en delicadas caricias y volvía a desnudarlo, esta vez con sumo cuidado, pues su cuerpo se encontraba lacerado y llagado. Lamía cada una de las heridas con lujuria, porque la saliva —explicaba la institutriz—, aplicada con la boca, sanaba mucho antes. Después le mostraba sin prisas sus blancos y enormes pechos, y procedía como si quisiera amamantarlo, encajándole, casi a la fuerza, sus rígidos y rosados pezones en la boca para que los mamara con suavidad. Eso mitigaría el dolor que sentía —decía.

Acto seguido, calmaba sus contusiones con ungüentos y pomadas. Y, hasta que el sol se colaba a pedazos por las cristaleras de la ventana invadiendo con sus colores el horizonte que se resistía en un azul confuso, le leía sin descanso, como un martirio más, interminables y agotadores pasajes de la Biblia. Todo, repleto de innumerables ejemplos en los que el Bien, por encima de cualquier sufrimiento, circunstancia, tentación o dolor, acababa reinando y triunfando sobre el  Pecado y el Mal.

La sádica experiencia se repitió en muchas ocasiones igual e incluso de formas mucho más perversas y violentas. Durante años, aquel muchacho, se vio sometido a las monstruosas inclinaciones sádicas y pederastas de su educadora que, inevitablemente, con su desviada actitud, le empujó sin remisión a un tortuoso camino en el que se perdería de una manera vehemente e irracional.

El tiempo no se detuvo para nadie y fue tachando inexorablemente del calendario días, meses y años, pero Zacarías no la avisó, al contrario; se mantuvo en un callado y vengativo silencio. Aguardó, agazapado, el momento exacto de atacar y destrozar a su presa. La institutriz iba a pagar, finalmente, un alto precio por el engendro que se estaba concibiendo. Zacarías, desde su distorsionado mundo, fue adquiriendo una forma mentalmente diabólica, forma que ella no podía ni siquiera imaginar. Estaba demasiado entregada a un sexo embravecido y febril. El día que Teodora Bedbur comprendió el monstruo que había creado, fue el último de su vida.


5

Llegó a la facultad relativamente temprano. Una hora y media antes de lo previsto. Casi al mismo tiempo, la niebla, comenzaba a caer implacablemente sobre la ciudad. Estaba solo. Solo y nervioso. Dudó unos momentos, no esperó mucho más. Callejeó por los corredores del centro universitario hasta llegar a la sala. La fallecida estaba allí; muerta, desnuda, esperando su examen. Zacarías Caín, la observó. Sólo durante un minuto. Se sentía excitado desde que hablase con el profesor forense. La destapó. Su color quebrado y su desnudez empezaron a provocarle extraños espasmos. Notó en su piel un oculto oleaje; una marea roja que lo inundó todo de sangre. De odio incontenible. Se subió a la camilla y la besó. Cada vez con más virulencia. Besó sus jóvenes pechos tal y como se lo hacía a la institutriz; no importó la incipiente rigidez de sus músculos. La besó sin descanso. Con pasión.

Súbitamente el frenesí creció y acabó desbocándose; mordisqueó con más y más violencia las tetas de la muerta hasta que acabó arrancándole los pezones. Zacarías, en su enloquecida visión, sólo veía a Teodora Bedbur; la infame instructora. ¡Era ella la que yacía allí!, ¡merecía eso!, ¡merecía aquel castigo! Después la poseyó frenéticamente, sin tregua, con una potencia y erección bestiales; como no conocía. Como le exigía la aya que se lo hiciese mientras se ahogaba en su propio delirio. ¡Que se lo hiciese!, ¡que se lo hiciese, sin parar!, a la vez que le mostraba sin pudor un sexo húmedo y desafiante en la postura de copulación misionero. La marea iba subiendo y subiendo. Subiendo sin descanso; rompiendo sus propias fronteras mientras retumbaba en su mente la voz dominante y absoluta de Teodora: “más fuerte, más fuerte, más rápido, cabrón, no pares”.

El sacrilegio concluyó de un salto, hundiéndose en el nebuloso confín de la locura: devorando los genitales del cadáver. Arrancando y desgarrando con los dientes, la vulva que un día perteneciese a lo que había sido una hermosa joven. Estaba fuera de sí.

Lentamente, la ira, la marea roja que conoció ese día por primera vez, fue descendiendo hasta el nivel que le permitió recuperar la tranquilidad y la consciencia de lo que había hecho. Una vez que consiguió restablecer la serenidad, actuó: guardó en una gasa los pezones depositándolos en el bolsillo de su abrigo. Se lavó cuidadosamente, se atusó el largo y revuelto cabello limpiando a continuación los trozos de carne que delataban su recién estrenada necrofagia. Subió de nuevo a los pasillos de la facultad y evitó ser visto por nadie, abandonando por una de las puertas traseras la universidad.

La noche era ya cerrada y espesa cuando abandonó el recinto universitario. Las farolas, en las calles, iluminaban pobremente los callejones que morían en la parte vieja de la ciudad. Quería ir a casa. Lo necesitaba. Tras la experiencia sufrida era preciso descansar. Un sopor descomunal le había asaltado cayéndole encima como una losa. Temió, incluso, quedarse dormido. Estuvo cerca de que así fuera, si se hubiera relajado lo más mínimo después de violar el cadáver. Sólo una fuerza de voluntad sin precedentes le permitió salir del trance.  


6

Al día siguiente contaría una historia. Aún no sabía cuál. Estaba seguro que aquello causaría revuelo, cómo no podía ser de otra manera. Inventaría una buena coartada. Nadie le había llegado a ver entrar o salir de la universidad. Se cercioró cuidadosamente de borrar cualquier indicio que revelara su estancia en la sala en donde aún se hallaba el cuerpo mutilado. Al profesor Stone, fingidamente apesadumbrado, le engañaría aduciendo que un imprevisto ineludible le había hecho imposible acudir a la cita prevista. Éste le creería. La investigación llevada a cabo con posterioridad no diría lo contrario. No tenía por qué. Teodora se encargaría, no obstante, de fabricarle una disculpa consistente.

El gran enigma habría de pasear impunemente por la localidad durante una corta temporada. Meses después, un indigente, no muy lejos de allí, tendría que pagar con la horca un delito que nunca cometiese. Había que buscar un culpable: ese mismo valdría. Nadie le echaría de menos, era un paria. Se cerraba el caso y se pasaba página. El buen nombre de Zacarías estuvo a buen recaudo. No tenía por qué ser de otra forma. Los medios policíacos de la época permitían que un tipo medianamente inteligente saliese airoso de ciertas situaciones de riesgo. No existían todavía fórmulas excesivamente sofisticadas.

Mientras tanto, Caín, volvió a reflexionar acerca de lo acontecido esa misma tarde. Y hasta le apeteció la idea de continuar esa dinámica de suspense y misterio. Su vida era excesivamente plana y precisaba poner un poco de sal e intriga; hacerla sencillamente interesante. Sería, se dijo, como jugar al ratón y al gato. Nadie sospecharía jamás de un estudiante de buena reputación. Además, no estaba fichado, y en aquellos momentos en Londres existía una enorme oleada de asesinatos. Así que nada en principio iba a situarlo en el punto de sospecha de nadie y aún menos de la policía.

No se preguntó en ningún momento por qué había actuado así. No importaba. Se sentía bien, demasiado bien, y no necesitaba plantearse otras cuestiones. De camino a su domicilio se detuvo en una oscura y húmeda taberna abovedada del solitario barrio viejo. El hedor de la bodega rezumaba a alcohol y humedad a cincuenta metros de distancia. Cuando descendió por los escalones de madera, la luz del local le pareció demasiado escasa y lúgubre. Apenas le adivinaba el gesto de la cara al desdentado y gordinflón tabernero. Mejor. Tomó un par de whiskys de malta. Le supieron mejor que nunca. Bebió de un trago; luego, otro más, para celebrar su nuevo e incógnito “alter ego”. Se encontró aún mejor. Sólo seguía habiendo un problema. “Nada que no pueda tener solución” —pensó.

La excitación sexual, después de una hora, continuaba casi en todo su esplendor. Se palpó por encima del gabán los bolsillos con cierta satisfacción. En el derecho, sentía sin esfuerzo, los pezones amputados de la desgraciada del depósito lo que hizo que, automáticamente, le volviese a la mente un recuerdo excitante y lascivo. En el bolsillo izquierdo, conservaba todavía el bisturí que había tomado del laboratorio. Se encontraba cansado, pero la sola idea de repetir el ensayo reactivaba de nuevo su ansiedad y se sintió dispuesto. 

Sabía de sobra, que de continuar por aquel barrio, se toparía antes o después con alguna “trotona” al acecho de unos chelines que llevarse al bolso. Todas aquellas mujerzuelas no eran si no unas puercas pecadoras sobre las que iría cayendo, a partir de ese instante, implacablemente como una espada, la Justicia Divina. “Una verdadera escoria humana, un deshecho, es lo que son. Van a caer todas. Una detrás de otra” —pensó.

Estaba preparado para sembrar de víctimas la ciudad. Su decisión era demoledora pero necesaria. “Limpieza de estiércol es lo que necesita la ciudad”. 
         

7

Aquel era sólo el principio. El resto lo diría el tiempo. La lección se había convertido en un éxito alucinante que le arrancaba de cuajo las tinieblas de la mente. Devolver el odio que sentía por todas aquellas mujeres era lo menos que podía hacer. ¿Era por ello cruel? ¿Realmente? ...Bueno, quizá un poco, pero toda rosa aun a pesar de su hermoso e intenso color, tiene sus espinas. Sería necesario, por tanto, realizar sin titubeo, alguna que otra inmolación por el bien último de la comunidad. “No hay para tanto, sólo son putas”. Cualquier objetivo tiene su sacrificio, así que se encontraba en el buen camino. Estaba descubriendo, por momentos, lo dulce que podía ser El Castigo y la Ira Divina. Él era su mensajero en la Tierra. Sólo tenía que tomárselo con calma. Calma, inteligencia y cautela. 

Sin demasiada prisa tomó la dirección adecuada. La ciudad aparecía escondida por una intensa niebla. Escondida y dormida. Dulcemente dormida. El silencio de la noche estremecía las calles que parecían olvidadas por las gentes. Éstas, adoquinadas, se rompían en colores oscuros y húmedos al reflejo de los candiles que dormitaban su soledad apostados en las esquinas.

No tardó mucho en tropezar con una dama que hacía la calle. Sin ser demasiado tarde, la muchacha quería comenzar su trabajo. Un trabajo duro y neroniano, sin duda. Existían rumores entre ellas de andar con precaución. Siempre podía aparecer algún borracho o malhechor que les complicase la vida. También se había comentado en los corros, la existencia de algún que otro misterioso personaje que rondaba los callejones. Y, desde luego, lo que menos necesitaba Victoria, era eso. Ella estaba allí, bien lo sabía Dios, por pura necesidad. Por pura necesidad y por dos críos que apenas alcanzaba a mantener. En el momento que quedase preñada otra vez tendría que retirarse otro año por lo menos de las calles y supondría su ruina más absoluta. Eso sin despreciar lo que ya podía sucederle si algún cabrón de aquellos le contagiaba una sífilis o algo peor. Entonces no sabría cómo sobrevivir. Sin saber leer ni escribir, estaba expuesta a todo. Esa, por irónica que pudiera resultar, era su única salida en aquel pordiosero mundo. Estaba abocada incuestionablemente a hacer lo que hacía: prostituirse. Acariciaba la idea, no demasiado lejana, de retirarse relativamente joven y hallar, finalmente, un hombre honesto con quien compartir sus días.

Cuando vio venir calle arriba al joven Zacarías Caín recortando su silueta en la oscuridad, pensó que era lo más decente que le podía haber sucedido en muchas noches. Un señorito de capa y sombrero. De los que cada vez quedaban menos por aquellos cochambrosos y enmohecidos barrios. Sería un trabajo rápido y cómodo. Últimamente la clientela escaseaba con facilidad y la calidad dejaba aún más que desear. Tanto que resultaba vomitiva la mayor parte de las veces; besar a viejos infectados de piorrea o tambaleantes marineros venidos de Dios sabe qué lugar del mundo, comidos sin compasión por el escorbuto, era lo de diario. Es todo lo que hay. Y soportar en apariencia, estoicamente, los sobos más humillantes mientras tratas a toda costa de esbozar una sonrisa, no es sólo cuestión de no pensar en nada, dejar la mente en blanco y escupir para otro lado; es sin duda mucho más complejo... ¡Puto dinero! ¡Siempre el puto dinero!… ¡Si no fuera por los críos iba a permitir yo que estos babosos hijos de puta me tocaran un pelo!

Se rumiaba todo esto entre dientes al tiempo que trataba casi sin lograrlo de dibujar una forzada sonrisa para ponerla en sus delicados labios; tenía que trabajar sin remedio. No podía, ni debía hacerse más planteamientos. El anónimo personaje se aproximaba. Su esbelta figura se recortaba en la noche sólo quebrada, a veces, por la tenue luz de las farolas. Iba el uno hacia el otro. Pero Victoria escribía sin saberlo los últimos renglones de su destino.

Charlaron durante unos minutos y concretaron el precio. El portón amplío, discreto y vacío, les esperaba a ambos a la vuelta de la esquina. Era el lugar exacto para encuentros cortos. El hombre requería algo breve. Ella estuvo a punto de hacer palmas. Se consideraba una especialista en no perder más tiempo del exclusivamente necesario. Se besaron sin ardor, mecánicamente. Victoria empezó a sobarle para prepararlo. Una rauda felación lo pondría justo donde ella quería. Se levantaría la falda y poco más. Todo estaba meticulosamente calculado. A correr con la pasta y la propina. Y hasta otra. O hasta nunca.

No pensaba lo que hacía. Sólo quería acabar. Por eso no se percató de que el perverso galán ya tenía en su mano izquierda dispuesto un inquieto y afilado bisturí. La prostituta se levantó la amplia falda con las dos manos, sin mirar. No llevaba ropa interior. Se reclinó sobre la puerta y le pidió que la penetrase. Caín se apoyó sobre la mujer en un acto fingido y, en un santiamén, le introdujo el bisturí con la facilidad de un cuchillo sobre la mantequilla. Victoria abrió los ojos cuando notó el frío acero partiéndola por la mitad. Comenzó un raro grito que Zacarías ahogó taponándole la boca de manera casi hermética. Limpiamente, entonces, tiró del arma hacia arriba, hasta el estómago, haciéndose paso entre la carne con tremenda suavidad. En esa posición de inmovilidad mantuvo a la muchacha durante unos instantes. La mujer sacudió su cuerpo entre espasmos, cada vez más distantes unos de otros. En unos segundos se le escapó la vida. La sangre saltó a empujones como un grifo roto entre las piernas de la desdichada. Los intestinos se escaparon sin orden por todos los sitios. Descolgados, cayeron a borbotones; flácidos y calientes. El asesino erizado por la excitación eyaculaba sobre la infeliz que, poco a poco, se desvanecía en sus brazos.

La última mirada la puso sobre los pequeños que abandonaba a un incierto destino. ¿Qué iba a ser de ellos? ¿Quién los mantendría?


8

La noche enmudeció ante mis ojos cuando tuve que contemplar silencioso y sin remedio como aquel desalmado segaba una vida por el capricho mordaz de hacerlo. Allí, en la callada y tensa quietud, Victoria, moría desangrada. Sus ojos quedaron perdidamente entreabiertos y su boca sólo escupió en su postrer aliento algunas palabras que me resultaron ininteligibles. El desconocido abandonó el lugar fundiéndose con la espesa niebla. Sus pisadas fueron extinguiéndose lentamente tras él como voces del pasado. Yo me encontraba muy próximo a la chica porque sabía que ese era, irremediablemente, el curso de su destino y la miré con cierta pena y desesperanza.

Mientras languidecía en la acera el cuerpo ensangrentado de la joven, recogí su vida y sus exiguos sueños y también yo me marché.

Mi trabajo había concluido por el momento.

Zacarías no llegó a casa hasta el amanecer. Estuvo dando vueltas sin rumbo fijo. Perdido. Sabía perfectamente que su vida había dado un giro hacia lo desconocido y que no podría regresar. Seguramente él tampoco quería volver. Desde el fondo de su  realidad, desde el fondo más oculto de su ser, alguien, una sombra sin rostro, le estaba afrentando despiadadamente. Su “otro yo” le retaba. Le desafiaba a un duelo a muerte. Desde la oscuridad más absoluta, perversa y repugnante, los silencios de su despreciable alma elevaban sus voces y le llamaban para hundirlo sin misericordia. Para arrastrarlo sin compasión al averno más insondable.    

Le dediqué muchos años a aquel oscuro asesino que, en efecto, llenó de sangre las calles de la manera más escalofriante con los crímenes más repulsivos y espeluznantes. Pero siempre, a pesar de todo, actuó de una forma exhaustiva e inteligente. Procuraba, en muchas ocasiones, desviar la atención hacia pistas escabrosas y quebradas que terminaban en puntos muertos o sin sentido. Utilizaba un complicado y letal juego de ajedrez para fijarse las víctimas. Sabía todo o casi todo acerca de sus objetivos a batir. Y los angustiaba psicológicamente hasta el final. En ciertas circunstancias le gustaba comenzar recreándose en simples anónimos que, paralelamente, enviaba a la policía. Disfrutaba provocándoles. Decía que eran unos inútiles integrales. Se reía de ellos en sus barbas. Así podía estar meses. O años, de mil maneras diferentes. Por temporadas desaparecía sin dejar el menor rastro. De repente, sucedía. Alguien, en algún lugar, moría de la forma más monstruosa. Era él. Siempre tenía preparadas a varias personas en “jaque mate”. Al acabar estampaba su firma: un párrafo del Apocalipsis de San Juan. Con el tiempo, también fue eligiendo a niños porque estaba convencido que así les evitaría sufrir en la vida y pecar en un futuro.

Lo que en un principio era, según él, una labor simplemente mesiánica y puntual, fue derivando en una total y confusa obsesión. Abandonó el trabajo de médico que no le reportaba ninguna sensación especial y se refugió de lleno en la solemne y diabólica liturgia del crimen sistemático.

Le seguí la pista muy de cerca y por donde pasó, dejó, imborrable, el rastro amargo y lacerante de mi presencia: el oscuro sabor de la muerte. Durante décadas, la policía, persiguió sin éxito alguno a Zacarías sin que nadie supiera exactamente qué perseguía. Ni a quién. No existían móviles ni causas. Sólo escasos e inconexos datos. Tampoco huellas qué seguir: exclusivamente muertes. Los jefes del departamento de policía fueron sucediéndose uno tras otro sin más triunfo que el hecho de tener que asumir su total incapacidad para resolver el tremendo drama que se cernía sobre los ciudadanos como una epidemia.

En una ocasión descuartizó a una mujer a la que seccionó sus cuatro extremidades. Cada una de ellas apareció en un extremo de la ciudad con adivinanzas en verso. El premio fue la cabeza que apareció por último colgada dentro de una bolsa en el Puente de Londres. En otro momento utilizó un gancho de carnicero para extraer los ojos de su víctima; le arrancó la lengua y le vació el estómago. El asesino, muy hábilmente, nunca utilizó dos veces ni el mismo procedimiento ni el mismo tipo de arma, lo que desorientó hasta donde quiso a sus perros sabuesos.

Disfrutaba con el juego de la muerte. Sinceramente le apetecía. Sabía, además, que otros asesinos seguirían sus pasos pero desde su atalaya, se reía. Eran aficionados a su lado. La escuela del crimen metódico se había creado bajo su sangrienta y execrable cultura. Ciertamente sucedió así. De paso, muchas personas viles y despreciables quisieron aprovechar esa circunstancia para resolver sus diferencias con aquellos contra los que tenían cuentas pendientes de finiquitar. La fórmula era sencilla: cometer los homicidios del mismo modo, o de manera parecida, lo cual, aún complicaba más las investigaciones policiales. Cuando en ocasiones creían tener la certeza de haber atrapado por fin al psicópata, recibía entonces la comisaría de modo concreto y preciso un anónimo, diciéndoles que estaban perdiendo su precioso tiempo; que mientras ellos apaleaban y torturaban inútilmente al pobre desgraciado de turno pretendiendo que confesara lo inconfesable, estaba muriendo en tal o cuál lugar otra persona que atendía a unas características determinadas y que sería, por último, martirizada y ajusticiada de una forma definida. Después todo coincidía exactamente con lo expresado en la carta. Era él, nuevamente.

En resumen, todo resultaba ser un caos. Pero una cosa quedaba suficientemente clara: la originalidad tanto en los métodos como en las armas utilizadas era únicamente suya. Nadie había tenido jamás la ocurrencia degollar con una cuerda de piano hasta seccionar las cervicales. O vaciar todas las vísceras del cuerpo con un gancho de carnicero. O amputar cada una de las falanges de los dedos de las manos y los pies con alicates, antes de matar a sus víctimas.


9

La vida de Zacarías transcurrió planteándose continuamente la vida y la muerte de sus semejantes. Se aisló sólo para estudiar detenidamente a aquellos que quería asesinar. No tenía por qué existir una causa. Cualquier motivo podía ser la excusa perfecta para morir: si paseaba por la calle y observaba en alguien alguna cosa que por banal que pudiera resultar no le encajaba, se podía dar por muerta más tarde o más temprano. La seguía, la analizaba, estudiaba sus costumbres y hábitos y esperaba el momento. Ese era su oficio. Como observador era único: un peinado fuera de lo común o provocativo podía costarle a cualquier mujer la vida sin preámbulos. Unos zapatos llamativos, también. Cohabitaba en él un fetichismo anormal que, casi automáticamente, le exacerbaba la excitación. Luego, la obsesión iba creciendo dentro de su alma y su particular marea roja, hacía el resto.

Caín supo desde el principio, con tremenda exactitud, cómo y de qué forma quería cerrar el libro de sus días. Tantos años asesinando deliberadamente, riéndose de la justicia sin cometer errores, poniendo pistas sólo aptas para inteligentes pero sin encontrar por parte de la Ley la menor resistencia ni inspector que le demostrase su perspicacia, le llevaron, en ciertos aspectos, al aburrimiento. Él odiaba de antemano la angustiosa monotonía; huía de ella a toda costa, por eso había practicado el canibalismo en numerosas ocasiones, los desmembramientos y las amputaciones como sistema: cada víctima tenía una historia que contar. Y un sufrimiento por el que llorar y suplicar antes de morir.

Aún más allá de los límites de la vida, la necrofilia y la necrofagia, le reportaban desconocidas e intensas emociones por las que navegar en su marea roja. Pero empezaba a hastiarse progresivamente. Comenzaba a estar harto. Harto y cansado, lo presentía. Zacarías había experimentado en su vida demasiadas sensaciones, excepto su propia muerte, y el placer extremo que le produciría pagar a Teodora su inmensa deuda, aunque tenía la certeza que tarde o temprano habría de llegar. Como sabía, desde el fondo de su maldad, que necesitaba ser apresado. No de cualquier forma, sino de una manera esclarecida y digna de él. Si bien, eso, era relativamente difícil porque no encontraba entre la policía, rivales capaces de sitiarle y crearle una situación de inseguridad. Por más que lo intentaba con un mínimo de clase, claro, nada. Ni por esas. No eran lo suficientemente hábiles para cogerle.

Al final, Zag, llegaba solo a sus propias conclusiones; se planteaba serenamente que casi todas sus cuentas estaban saldadas, salvo una: Teodora Bedbur, la institutriz. Con la cual había convivido todo este tiempo en una relación esotérica de contubernio freudiano de amor y odio, de sadismo y masoquismo entremezclado y revuelto en un intrincado y nebuloso concepto. No se olvidaba de los largos años de tortura a los que había estado sometido. Tampoco se olvidaba, ni por un instante, de lo que eso significaba. No se olvidaba, no. Tan sólo seguía esperando.

La edad teñía suavemente de plata los cabellos de la institutriz quien, a pesar del tiempo, seguía manteniendo una figura envidiable. Su fogosidad en el sexo no tenía todavía ni límites, ni el menor síntoma de ir hacia la tranquilidad. En la cama seguía comportándose como lo que era: una verdadera ninfomaníaca que continuamente le exigía las más perversas prácticas. El traumatizado Zacarías era ante lo único que todavía, y sin saber por qué, seguía doblegándose. En su presencia, en la intimidad de la habitación, seguía siendo el muchacho aturdido y asustado de entonces. Ella dominaba la situación con severo rigor y él, humillado, acataba sin parpadear sus deseos. Aunque su odio y resentimiento fermentaban en la misma medida y cuando pensó en poner punto final a sus días, lógicamente, pensó en la señorita Bedbur: ella sería su obra maestra. El resumen de lo que años atrás ella misma había iniciado: su propia creación.

Caín no tenía la menor intención por su parte de seguir viviendo en un mundo tan anodino porque nada le importaba. No sentía apego al dinero. Nunca sintió esa necesidad. Tampoco le inquietó la posición social. Ni siquiera su fuerte patrimonio. El camino que se propuso, el de ser un ejecutor perfecto y ejemplar lo consideraba concluido. Por lo tanto, acabaría su obra y le pondría fáciles las pesquisas a la policía entregándose. Remataría, eso sí, su “Opus” riéndose de ellos de nuevo. Detenidamente, en las siguientes semanas, trazó con un tono dantesco y al tiempo espectacular, su última puesta en escena. Debía ser, simplemente, magistral.


10

La tarde de aquel día se fugaba en el cielo. Los colores vivos se adormecían y las sombras de los árboles que flanqueaban el camino que le llevaba de vuelta a su residencia se alargaban lentamente. Los cipreses, en hilera, aparecían ante él como un ejército de fantasmas perfectamente alineados, como fúnebres monjes sacados de un libro de terror. Presagiaban la muerte: mi presencia. Y así era de hecho. Silentes me anunciaban. El final de Bedbur estaba próximo.

Zacarías no se inmutaba por casi nada. Y cuando éste llegó a la mansión, la institutriz, le recibió y le atendió como siempre; con la rígida pero dispuesta actitud habitual. En la entrada de la residencia, en un disciplinado silencio, recogió de sus manos su capa, su sombrero de copa y su bastón. Él la miró un instante, sólo en aquél preciso segundo, sus ojos, le traicionaron; en su brillo flotaron sus intenciones. Pero, Bedbur, no observó ninguna diferencia a su acostumbrada compostura. Fue sólo un soplo. Por lo demás, Caín, era generalmente un hombre distante que sólo perdía su frío aspecto a solas con ella en la alcoba, cuando le arrastraba a empujones hasta la infancia; durante la jornada diaria, cada uno se mantenía en su lugar. Ese día el servicio doméstico de toda la mansión estaba libre y Teodora no pensó más allá de sus deseos. Como siempre sucedía en esos casos, por la noche, iría a visitarle a su dormitorio. En su aparente indiferencia acariciaba la idea permanente de que sería poseída hasta la extenuación.

La mañana siguiente, muy temprano, el doctor con su acostumbrada flema, telefoneó a la policía y les invitó a su domicilio. Se identificó como Zacarías Caín y a su vez como el asesino del Puente de Londres, leyenda con la cual era conocido el misterioso asesino. Al principio, éstos, no le dieron crédito recriminando como un mal chiste sus ganas de bromear. Su cáustico humor ante una situación tan seria no daba lugar al sarcasmo; el último cadáver aún estaba siendo analizado en el depósito. Pero Caín, pacientemente, insistió y dio datos concluyentes. Además, paralelamente, había convocado a periodistas de los diarios de más tirada. Aquello iba a ser un bombazo. Todas las alarmas se dispararon aunque en el fondo nadie terminaba de creérselo.

En muy pocos minutos se colapsaron las inmediaciones de su domicilio, en las afueras de la metrópoli. Al llegar la fuerza pública, éste los recibió en la entrada y les ofreció con cierta ironía, té. Después, candelabro en mano, les rogó que le acompañasen al sótano para admirar la soberbia obra. Por el momento nadie le esposó, no sabían muy bien a qué atenerse. Su gesto tampoco señalaba nada especial, no decía nada. Lo cierto es, que no habitaba en su mirada el miedo del asesino común; todo lo contrario, habitaba cierta satisfacción. Claro, que si algo de verdad existía en todo aquel macabro asunto era precisamente eso: que no era un asesino común. Naturalmente el absoluto dominio de la situación y la aparente ausencia de datos, despistó mucho más a los inspectores de policía allí presentes. Sólo una leve sonrisa se dibujaba en sus labios de un modo extraño.

Uno de los agentes que le seguía por los corredores de la antigua fortaleza comenzó a perder los nervios y trató de interrogarle pero el resto pidió calma. De todas formas él no contestó a ninguna pregunta. Tan sólo guardaba un hondo silencio. No quiso, en ningún momento, adelantar los acontecimientos. Mientras bajaban las empinadas escaleras de caracol que los conducía al subterráneo, otro pensó que aquello iba a resultar, al final, una pesada bufonada de aquel ricachón ocioso.

Cuando la pesada puerta de madera chirrió, y la luz de las antorchas y los flameros robaron oscuridad a la cripta, la gente quedó estupefacta y varios guardias retrocedieron espontáneamente comenzando a vomitar sin poder controlarse; el hedor era insoportable: allí estaba, Teodora Bedbur, atada con las manos en cruz; desnuda sobre un tremendo charco de sangre. Su cuerpo se encontraba abierto en canal desde el cuello hasta el vientre; el esternón aparecía brutalmente dividido en dos partes y una tabla se situaba en cuña, en la parte alta de éste, impidiendo el regreso de las costillas a su posición normal. El cadáver, completamente despellejado y abierto, les recordó con horror a las bestias en los mataderos. Dentro de él no quedaba ni una sola víscera, lo había vaciado por completo. Se había comido casi todo, excepto las tripas que se encontraban amontonadas en un cubo de zinc. Los pezones no los encontraron, desaparecieron en el lúgubre festín. Tampoco los ojos y la lengua, que reconoció, entre risas, habérselos comido una vez muerta. Por supuesto le había seccionado la cabeza, que se descolgaba del cielo de la bóveda sanguinolenta y gris como si de una lámpara de salón se tratase. Sujeta por la cabellera, pendía de una vieja y oxidada cadena que descendía del techo. Aunque, probablemente, lo más espantoso y espectacular de aquel proceso fue saber que no la mató primero para descuartizarla después, sino al revés; la torturó lenta y sistemáticamente amputándola en vida, hasta su muerte.


11

Zacarías Caín recordaba todo su extenso pasado en décimas de segundos a la vez que aquellos dos funcionarios entraban en su celda.

Una hora después, el alcaide más inquieto que el propio preso, le confirmaba personalmente lo que no constituía a esas alturas novedad alguna: sería ajusticiado por ahorcamiento en el patíbulo de la prisión en las próximas cuarenta y ocho horas.

La noche anterior a su ejecución, Zacarías, durmió como un niño. No soñó con nada. Ninguna sombra se interpuso en su mente. El alba, se levantó perezoso y cargado de brumas en una prisión que recortaba su negra y fantasmagórica figura en la niebla. Zacarías desayunó mejor que en otros muchos días, a pesar de la húmeda y ajada claridad. Rechazó de plano la visita del sacerdote del Centro porque decía no tener deudas pendientes con nadie. No lo necesitaba; había cumplido únicamente su misión. También la del médico que le ofrecía, bajo cuerda, una escamoteada dosis de opio para aliviar el miedo. Pero no le hacía falta; no lo sentía. Finalmente aceptó como obsequio una botella de whisky de malta. Se la bebió. Pero no por el temor de lo que le esperaba, sino por puro placer; sabía perfectamente lo que hacía.

Cuando colgaron por el cuello a Caín y su cuerpo se precipitó al vacío, sólo se oyó el seco chasquido del cuello al romperse. Las fuertes convulsiones pusieron fin a la dramática y oscura existencia de aquel criminal; un ser maligno dentro de sus propias sombras. Ninguno de los testigos hizo el menor comentario. Aguardaron en silencio unos minutos. Cuando el forense certificó la muerte del preso, los asistentes fueron abandonando el lugar.

Me quedé a solas con él.

La neblina pareció apoderarse del patio como una mano silenciosa y blanca. El cuerpo quieto y caliente aún se balanceaba sobre la cuerda.

No pude recoger absolutamente nada del condenado; buceé en su vida y sólo descubrí a un niño atormentado por la soledad, el miedo y el dolor. Terriblemente marcado por el olvido de un padre que se inhibió de su familia. Estigmatizado por la incoherencia y la inhabilidad de una madre para quererle. Señalado, en definitiva, por la ausencia del amor. Un niño sin ilusiones que cumplir y nada que desear. Un niño que no aprendió a ser niño antes que adulto. Que no jugó jamás. Que fue directamente empujado por la vida con todas sus fuerzas a un océano de pánicos. Un niño que sólo aprendió a odiar a cuantos le rodeaban. Que empezó a escribir en medio de las páginas de su existencia sin lo más necesario.

Esta vez, en mi mochila, no reuní sueños ni proyectos quebrantados como en tantas y tantas ocasiones. No existían. No había nada aparte de silencios. Y pensé que era lo mejor que podía suceder definitivamente.

¿Nada? ¿No había nada? En el fondo del saco notaba algo… ¡Sí! ¡Sí! ¡Es una voz lejana, muy lejana!... ¡La oigo! ¡La oigo! ¡Es el grito angustiado de un niño que solloza! ¡Que lloriquea y llama desesperadamente a su madre…! 



José Hdez. Meseguer
El Espectador Del Crepúsculo
Un Relato de la década de los 80.
Murcia.

lunes, 1 de noviembre de 2010

LA ESTRECHA SOMBRA DE LA PARABELLUM [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]


Amanecía en la ciudad.

El sol comenzaba a romper la oscuridad definitivamente. Se abría paso entre las tinieblas que cedían a una extraña claridad apagada. La calima se instaló en la megalópolis con un manto amarillo, sutil y turbio. La mañana tenía una rara sensación de angustia. Presagiaba ineludiblemente la muerte. Los trenes, procedentes de las provincias, llegaban afónicos y exhaustos, despidiendo, bajo las ruedas, un insoportable olor a gasóleo y aceite requemado. Hacía frío. Mucho frío. En su agonía, aquellas máquinas, silbaban de un modo estremecedor; entraban en la Estación sin aliento apenas. Casi moribundas. Al detenerse en el andén desplegaban virulentas alas de humo blanco y denso que reflejaban su profunda fatiga. Un agotamiento sólo comparable a la soledad de un poeta.
Mientras esto ocurría, la ciudad aún dormida, caminaba temblorosa en las sombras; el Metro se desperezaba lentamente llevando a hombros sus primeros pasajeros. El autobús, el “Nocturno” finalizaba su pesada ruta. El Mercado de Abastos comenzaba a latir de nuevo; los camiones habían descargado sus mercancías en Legazpi. Y el resto, en definitiva, pertenecía al horario de la mañana. Se iniciaba el día; un día como los demás, pero manchado de sangre. Un día que se presentaba sucio y opaco.
Un día, en el que sabía con absoluta certeza, que tenía una obligación inexcusable y debía asistir. Me habían dicho: “Tal día, a tal hora, tienes que estar. Es tu misión, lo sabes”.
Así, acostumbrado como estaba a presenciar a tanta desgracia, no me quedó más remedio. Y  allí estaba yo: esperando. Más helado que la misma muerte. Parecía, sin embargo un transeúnte más, aunque no era exactamente eso: el abrigo largo, hasta los pies, negro. La bufanda oscura, mi extraña figura, sólo para quien se hubiese detenido a mirarme; perilla cana, sombrero de ala ancha, mirada vacía, rostro afilado... Sé que nadie me dedicó un vistazo, parecía no existir. La gente tropezó conmigo y me esquivó ignorándome. Se perdían corriendo, doblando las esquinas; arrinconando sus miserias y sus miedos, haciendo un paréntesis en sus traumas y sus temores cotidianos. “Negándose los sueños, se mezclan unos y otros con el tiempo justo de olvidarse, en ese mismo instante” —pensé.
Pero todos en su vibrante ir y venir equivocaban, sin saberlo, su patética existencia. Porque yo estaba allí en una cita ineludible que en cualquier momento podía tocarle a cualquiera de ellos. Aunque en esta ocasión iba a recoger los trozos de sueños de un hombre porque, otro, estaba dispuesto a despedazarlos de la forma más miserable.
Aún era temprano y observé a la gente que, como digo, fluía en una hemorragia incontenible por calles y avenidas. Un inmenso hormiguero humano se extendía por la ciudad sin orden aparente. Y es que, pese a todo, me repetía incansablemente, aquello seguía siendo confuso para mí; no lograba acostumbrarme a tales acciones a pesar de estar tremendamente habituado a efectuar desastres entre la multitud. A mí siempre se me requería para este tipo de asuntos: lo mío era el trabajo sucio. Lo que nadie quería. No vestía de negro por capricho: era mi color. Era el color de la desesperanza, del final de trayecto. De cualquier trayecto.
Súbitamente apareció, le reconocí enseguida, aquella mirada me tenía dibujada en los ojos; tenía el espeso color de la muerte. Una enfermiza languidez en el rostro le delató: estaba manchado de odio. Gangrenado hasta la médula. Daba miedo. Recordé, entonces, sin poder evitarlo, todos los monstruos que llevo tan injustamente en mi mochila. A cuestas. Sin remedio. Sin sentido. Sin solución.
Se encendió un cigarrillo y miró nerviosamente a ambos lados de la acera: estaba descompuesto. Trató inútilmente de mantener la tranquilidad. No obstante, nadie pareció darse cuenta. Nadie, excepto yo, que le estudiaba los gestos. A cierta distancia le miré vislumbrando el día preciso y la hora en que también me tocaría ir a por él, no me dio pena. Su odio y su ansiedad incontenibles, eran verdaderas erupciones en su pobre y acabado corazón. No sentí piedad, sino asco. Sabía, porque es mi oficio, lo que venía a hacer. O mejor dicho, a deshacer: una vida. Era lo de menos.
Desde donde me encontraba situado no podía decir ni hacer nada, tampoco debía impedir su acción: sólo podía esperar. Existía un reloj incontrolable y desbocado que iba a determinar sin nadie saberlo —exclusivamente yo—, el límite de la vida de un hombre. Yo, como el espectador de un cuadro, iba a asistir en primera fila a la ejecución de un ciudadano. Mi deber era simple; recoger, metafóricamente hablando, los pedazos de cerebro cuando se desparramasen sobre el gélido asfalto, porque, en definitiva, yo no era un invitado cualquiera, sino precisamente “El no Invitado”. Pero el que, al final, inevitablemente, tiene que asistir a actos de esta catadura o de otras parecidas y dar fe de que están más muertos que la hostia.
Y así de rápido, aquel individuo de inquietante mirada, situó mentalmente a su víctima en el punto de mira. No terminó el Pall Mall; a medio lo tiró con cierta rabia. Lo estrujó en el suelo con la parte anterior del zapato sin mirar lo que hacía. Sin quitar la vista de su objetivo. Tenía los ojos inyectados en sangre. Probablemente, la noche anterior, los rescoldos de lo que fue su conciencia se acercaron a su alma y le tocaron la puerta. Eso debió joderle un disparate; él no deseaba albergar esa emoción. Huyó de sí mismo y deambuló por la ciudad perdido, tratando de convencerse que el cometido que iba a realizar era el adecuado. Que era la guerra, y las guerras son así. Recordó, secuencialmente, aquellos años de estudiante y los continuos enfrentamientos con la policía. Lo mal que lo pasó, su ideología política, y los años de rebelión y cárcel en su tierra natal antes de incorporarse a un grupo organizado... No quedaban tan atrás, aunque en ese instante los recordase muy lejanos. Tal vez confusos.
De pronto se angustió, la memoria es una extraña maquinaria; a veces funciona de un modo descarado e incoherente, pero afortunadamente también como la caja de un mago: con doble fondo. Porque, enseguida, un resorte de alarma infalible se puso en marcha; de modo automático, se recriminó sus segundos de flojedad y tolerancia, y siguió caminando en silencio hasta el primer bar que se encontró abierto. Entró y se tomó mil. Quiso deshacerse a toda prisa de las sombras de la mente; de aquel lastre que, sin pretenderlo, le pesaba como una capa mojada. El caso, sin embargo, no dejaba de ser curioso, porque cuantos más cubatas se zampaba más se le pegaba la capa.
Esa historia, la de matar a un tío, justificó mentalmente, no constituía ninguna novedad; tampoco era la primera vez. Había habido otras veces, él no era ningún aprendiz. Por otra parte era su trabajo; es como el que va a soldar o como el que conduce un autobús, un trabajo como otro cualquiera. Seguramente con menos desempleo y mejor pagado, nada más. De esta forma, y en la soledad de su monólogo, tomó tanto alcohol como pudo hasta que llegó el momento en que lo tuvo muy claro.
Las incómodas y parpadeantes luces azules del tugurio, le transportaron un segundo hasta el callejón en el que se refugió la primera vez que asesinó a una persona. Los destellos, le devolvieron a empujones a la calleja del barrio viejo de Pamplona. La policía le buscaba. Aun así, él, aunque un tanto asustado, sintió en su interior la fortaleza, la mesiánica satisfacción del deber cumplido. Apreció cierta taquicardia, sí, pero estaba al tanto por sus compañeros veteranos que esa sensación antes o después acabaría calmándose; era sólo cuestión de tiempo. Tiempo y experiencia. “Su acto sería importante”, eso era lo importante.
A partir de ese momento su hazaña quedaría registrada para siempre en todos los medios hablados y escritos. Lo de menos era aquel cabrón de guardia civil que estaba tumbado en el suelo con las tripas, las piernas y la cara hechas una mierda, repartidas en la acera, veinte metros a la redonda. Sabía que con el paso del tiempo dejaría de temblarle la mano y la conciencia. Terminaría por acostumbrándose al oficio. “Estas cosas llegarán a causarme indolencia. Llegarán a ser como callos en el culo de un mono”, se dijo. Y rumiando esto último asintió aplacando sus adentros. Apuró hasta el final el ron con coca cola y se despidió con un lacónico gesto.
A trompicones llegó a su habitación, debía descansar. Debía estar preparado para el día siguiente. No pensó demasiado, aunque le costó mucho conciliar el sueño. Había bebido a propósito, pero nada; dio ochenta vueltas en la cama. Finalmente se durmió. De madrugada, mucho antes de que sonara el despertador, se encontraba preparado para la jornada. Revisó por enésima vez su arma y los planes que le garantizaban la huida. Existían otras tres personas, estratégicamente situadas pendientes de la acción del verdugo, para sacarlo con velocidad extrema de la situación; la rapidez era determinante para el éxito de la operación, en cualquier caso.
Si bien, ésta, era especialmente sencilla: sólo se trataba de asestar dos putos disparos por la espalda en la nuca; a lo sumo tres, para rematarlo. No habría prácticamente y, salvo graves errores, capacidad de respuesta por parte de nadie; la gente, se quedaría pasmada o se tiraría al suelo acojonada. Aun así, era conveniente tener todos los detalles bajo control: pura rutina, aseveró con la seguridad de un profesional.
Naturalmente, yo, por mis largos siglos de experiencia, tenía la completa convicción de que los hechos y sus pajas mentales habían andado por ese camino con solo mirarle a la cara. Es mi trabajo.
Durante unos segundos le vi vacilar. Buscaba, sin lugar a dudas, el momento adecuado. Con cierto disimulo se tocó por encima de la cazadora lo que evidentemente era su “herramienta de trabajo”; su parabellum, recuerdo póstumo de un trabajo anterior. A partir de ese instante todo sucedió vertiginosamente.
Desde donde se encontraba, en la puerta de la pensión, aprovechó una salida en tromba de la gente del Metro para unirse a ellos, como uno más. Mientras tanto, al mismo paso de la gente que todavía caminaba adormilada, introdujo de una manera mecánica su mano en la pelliza. No parpadeó. Quitó el seguro y tiró del percutor hacia atrás, hasta la segunda posición. Se le acercó y se apostó prácticamente a sus espaldas.
Entretanto, un hombre como cualquier otro, de mediana edad pero con uniforme de militar, trataba inútilmente de calentarse al abrigo de sus propias bocanadas de vaho, exhaladas como una cortina de humo sobre sus manos. Ausente y desprevenido esperaba el momento de ser recogido por el coche oficial. Y como si de un mazazo se tratase, como un rayo devastador y vehemente, aquel individuo de mirada hueca y deshabitada, descerrajó como un mandato diabólico dos disparos sobre la cabeza del hombre, inundando, inmediatamente, de sangre y sesos, el pavimento.
Trozos de cráneo, fragmentos y esquirlas ensangrentadas, saltaron enloquecidas en todas las direcciones. Éste, cayó sobre su eje en el acto; como si alguien hubiese cortado de repente los hilos que le mantenían en pie. Quedó tendido en el suelo como una marioneta rota, mientras la vida se le escapaba a chorros por la nuca y la frente.
El pistolero lo tenía todo matemáticamente calculado. En fracciones de segundos un vehículo pasaba a toda hostia y lo recogía. Acto seguido, el automóvil se perdía como un suspiro en la vorágine de la gran ciudad chillando ruedas. Ambulancias. Coches de policía. Histerismo colectivo. Gritos. Llantos. Todo a la vez… pero todo tarde. Todo inútil. Un hombre moría entre espasmos, sin dar tiempo.
Yo estaba allí. Estaba allí porque siempre estoy donde hay dolor. Recogí, entonces del suelo, sin prisa, mientras la gente comenzaba a arremolinarse, sus anhelos, sus ansias, sus esperanzas, sus deseos, sus zozobras y sus inquietudes, que en el asfalto habían quedado rotas; destrozadas en mil pedazos.
Es mi trabajo. Es mi misión. Soy inalterable. Inamovible. Impasible. Soy El Ladrón de los Sueños. El Segador del Mañana. El Cronista del Ocaso. Soy el Dibujante de la Vida al Atardecer. El Ángel de la Muerte. Soy… El Espectador del Crepúsculo.




José Hdez. Meseguer


MORIR EN PRIMAVERA [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



Abril florecía tímidamente en las esquinas de aquel pueblecito pescador. Sin prisa. El paseo se vestía, un día más, de colores y la luz robaba soledad a las calles que se torcían, hasta lograr esconderse de la burlona claridad. Si bien, ésta, lentamente, extendía su mano luminosa a todos y cada uno de los rincones. Los árboles se engalanaban mostrando a la primavera sus verdes intensos y las flores se abrían sin pudor para exhibir con vehemencia y descaro sus aromas y matices. Eso fue precisamente lo que le hizo recordar, otra vez, que hubo un tiempo que se había quedado atrás, enredado en la turbulencia y la neblina del desamor; aquellos olores y tonos le encaramaban al recuerdo sin apenas pretenderlo. Había sufrido lo suficiente y estaba harto, pero no lo podía evitar. El recuerdo le asediaba. Le llevaba y le traía como si de un muñeco de trapo se tratara. Se encontraba a merced de las sombras de la memoria que jugaban con él a su entero capricho.

Le zarandeaban primero y le arrojaban después como una colilla; le escupían al presente, que era lo que más odiaba, y le dejaban en un rincón hasta la próxima vez. Hasta el próximo ataque de soledad. Hasta el próximo ataque de desamor. Hasta el próximo ataque de recuerdos. Hasta el próximo ataque de locura por un amor imposible que le convertía irrevocablemente en el más desgraciado de los mortales. Por todo eso, aquella primavera le era infinitamente dolorosa y entraba en su piel como un huracán; como una afilada cuchilla abriéndole cada una de las heridas. Lo cierto, es que a esas alturas no había conseguido superar la situación; se sentía acorralado y, además, ya no quería luchar más. Quería poner punto final a su desdichada aventura.

También, por ese motivo, yo estaba allí observándole desde un rincón de la pequeña habitación en silencio toda la tarde. Para ser el testigo de cómo un ser humano, derrotado y abatido hasta la ruina, escribía los últimos renglones de su existencia al considerarse incapaz de sobrevivir con ese bestial zarpazo en el corazón. El despreocupado e infantil jugueteo de los gorriones en los aleros le paseó por última vez, en el día que definitivamente se rompía, al momento en que la conoció años antes.

Quise recordar con él…


2
Corría la misma estación, abril, y él se abría paso a la vida con la fuerza de un torbellino, aunque en casa, la vida, no le iba bien. La excesiva autoridad de su padre y sus frustraciones personales establecieron entre ambos un abismo insalvable. Puede que, como todos los chicos a su edad, no tuviese las cosas claras, ni por supuesto demasiado diáfano el camino a seguir, pero de todas formas la mejor opción no era las palizas que recibía casi a diario de una manera tan cruenta. De forma, que el chico tenía claro que su situación no iba a continuar así por mucho tiempo y andaba entre la realidad y la ficción fabricándose un buen pretexto para desaparecer. Todo era cuestión de tiempo. Estaba a punto de cumplir los dieciocho y no aguantaría a partir de ese momento, un minuto más.

Como todos los solitarios, él, también tenía un Diario y le gustaba escribir. Era su refugio. Su talismán. Su único refugio. Su único amigo. Cada noche, sin tregua, se asía a él como el marino en un naufragio. Buscando a toda costa, desesperadamente, su tabla de salvación. En silencio, pero con la vehemencia suficiente por manchar la pureza de aquellas inmaculadas páginas. Con urgencia, con la inevitable necesidad de expresar la zozobra que le atenazaba. Era plenamente consciente de su falta de formación como escritor pero, en realidad, en aquel tiempo, eso no le preocupaba; el mañana carecía de valor. Aquella palabra le sonaba del todo extraña; era simplemente un complicado y lejano adverbio. No se planteaba el futuro de un modo inmediato. No escribía para nadie y sus palabras tampoco tenían destino. Sólo tenían la sagrada misión de rebotar dentro de él como en un árbol hueco, para oírlas y sentirse vivo; eran cartas y mensajes lanzados al viento. Escribía exclusivamente para él. Aquellas páginas sólo debían constituir la fuga inmediata y diaria a una situación que simplemente no aceptaba.

La musa de la inspiración no era otra que la angustia incontrolable de vivir en total desacuerdo con el paisaje que le rodeaba. Era su rebeldía personal. No necesitaba más. Intentaba, sin pasión, soportar la aplastante desidia del bachillerato. Y lógicamente, entre ascos, lo hacía a trancas y barrancas; era un estudiante mediocre sin apenas posibilidades. No porque fuese un idiota, sino más bien porque se encontraba sitiado entre su imaginación y la férrea disciplina de la realidad: su padre. Estaba harto de aguantar sus palizas inundadas de odio, sus traumas, sus complejos, sus frustraciones, sus fracasos y su iracundo e insoportable carácter. Y desde aquel turbio ángulo de resentimiento, por cierto recíproco, éste tampoco dudaba en qué fórmula aplicar para joderle y devolverle de algún modo las hostias que recibía, contraatacando, con o sin razón, donde más le dolía a su progenitor; siendo precisamente un “bala perdida”. Un mediocre y gris muchacho ante sus ojos: un perfecto fracasado.

Supuse, que el hecho de verse continuamente sumergido en la estúpida pero fatal guerra que se había establecido entre ambos, hizo que, por su propio pie, llegase un inevitable punto de inflexión ante el cual tuvo que tomar decisiones que en otra circunstancia posiblemente no se hubiese planteado. La cuestión estaba clara: aquella historia paterna le hastiaba ya lo suficiente cómo para seguir soportándola, por lo que comenzó a meditar en serio la única salida posible: escapar. Bien a través de su imaginación, como venía haciendo, bien estando lejos de casa. La diminuta y peregrina idea fue, en los meses siguientes, adquiriendo el volumen y el espacio necesarios hasta que se fijó en su mente como un imán. Lo tenía, creía, suficientemente estudiado: se iría del hogar y se lanzaría al abismo de lo desconocido. Empezaría una nueva vida en otro lugar, lejos de todo, y de todos. No miraría atrás. Se marcharía sereno sin temblarle la decisión ni la mano. A riesgo de cualquier cosa.


3
Esa tarde iba no sabía adónde, salió a la calle sin rumbo fijo. Su única intención era la de escapar del mundo de nuevo. Dudó durante unos instantes antes de decidirse a encaminarse en la dirección en la que finalmente lo hizo. Paralelamente el destino también tejía su red aquella primavera.

Lo cierto es que tropezó con sus ojos.

Ella le observaba mientras simulaba leer. Él, por su parte, andaba demasiado sumido en su laberinto personal como para fijarse en nada ni nadie. Pero, súbitamente, coincidieron en las miradas. De repente, se hizo la luz. Y en realidad, ahí empezó todo; tal y como comenzaría una extraña y maravillosa combustión espontánea. Poco después, comenzaron a charlar sin propósito y fueron conociéndose mejor. Al finalizar la tarde, acordaron en verse al día siguiente... y al otro. Y el otro, les llevó sin demasiadas excusas ni esfuerzos, al de más allá. Al final de la semana, el joven, como por encantamiento, se sentía amable pero también inevitablemente atrapado. Y sin saber cómo ni de qué manera acabó enamorándose. La muchacha, simplemente, se había colado de puntillas en la soledad de su vida. Por primera vez, en mucho tiempo, alguien le escuchaba cuando hablaba y eso le hacía sentirse bien. Es más: muy bien. La chica le idealizaba, y claro, él que mientras tanto se debatía sin ninguna suerte en su vida interior, se agarró a ese amor como la única esperanza de ser útil para alguien. Porque, también por primera vez, no era ridiculizado ni pisoteado. Se sentía seguro.

Los profundos e insondables ojos negros de la chica invadían e iluminaban de sobra todo el universo del joven, que se notaba subir el amor en la piel como una fiebre incontenible. La pasión iba conquistando terreno a la vez que se enredaba en todos los balcones de su juventud. El amor y la ilusión estaban ganando la partida; en muy pocos días se juraban un amor inquebrantable e indisoluble. Y juntos comenzaron a elevarse sobre el mundo, edificando un castillo de fantasía sólo habitable para los locos y los enfermos de amor. Y morirían juntos por amor como Romeo y Julieta, si era necesario.

Nada ni nadie los podría separar.

Su amor era tan grande que no tenía definiciones, barreras o límites. Espacio o tiempo. Era intemporal. Lo abarcaba todo. Estaba por encima de cualquier cosa. Los minutos se sucedieron demasiado rápidos para ellos, que ausentes de la realidad y el mundo, dibujaron su amor en las páginas más tiernas y blancas de su corta existencia. Aquella fiebre, alejada por supuesto de la frontera de la razón, cabalgó desbocada hasta perderse en abismos impenetrables… Sin embargo, la edad equivocaba su verdad; el tiempo les traicionaba. Afilaba las zarpas del desamor en la oscuridad. Apenas se conocieron una semana y un día triste y gris les sorprendió la despedida.

Con el corazón deshecho y las lágrimas invadiéndoles los ojos, se hicieron la promesa y el juramento de que salvaguardarían aquel amor por encima de advenedizos hasta reencontrarse para no volver a separarse nunca. La tragedia de la despedida sumió al muchacho, días más tarde, pero de forma rápida e inevitable en una situación sin retorno; fue perdiendo la poca autoestima que le quedaba y solitariamente fue recorriendo el largo camino de la hipocondría hasta llegar un páramo de infinita soledad del que no se puede regresar. Viajó hasta el castillo de la melancolía para encerrarse y no querer nada del mundo exterior que no fuese su alejado amor. No fue perdiendo amigos, no. Los fue rechazando o abandonando deliberadamente. No quería verlos. Huyó de ellos sin dar explicaciones. Necesitaba estar solo. Siempre solo. Y la luz del recuerdo de la muchacha se convirtió en su sombra y en una compañera perpetua.

Paulatinamente la flor de la juventud fue mustiándose. Su tremenda desazón y angustia sólo se veían aquietadas al reconstruir las escenas que había protagonizado con su princesa en el país de ensueño y magia; aunque, muy poco a poco y sin una explicación aparente, éstas, iban deshaciéndose también de un modo mágico entre sus dedos. Los días se petrificaban en el camino; pasaban despacio: como verdaderas torturas. Hundido en la gruta del desaliento, deseaba desesperadamente que llegase la noche para pensar en ella sin que nada ni nadie se interpusiese en su camino hacia la evocación. Recorría casi a diario y de un modo mecánico los lugares exactos en donde habían estado juntos y, en cada momento, era capaz de recordar con verdadera precisión las palabras de amor que, como ecos lejanos y antiguos, le llegaban a sus oídos sin cesar. Entonces, agazapado y destrozado, escondido del mundo, aquel inexperto amante que se encontraba perdido se rompía en un amargo llanto hasta quedar extenuado.

Los meses se sucedieron interminables y macilentos a la sombra del teléfono, dando la vida porque sonara una vez más. Las cartas de amor se hicieron diarios de docenas y docenas de páginas repletas de lágrimas y besos atrapados en el papel. Tanto uno como otro estuvieron carteándose meses y hasta había días que recibían cuatro cartas cada uno de ellos. Cartas llenas, colmadas de pasión, de celo y posesión por el ser querido. Documentos repletos de un amor casi irracional y envenenado… Pero sin querer saberlo, el amor en la distancia se quebraba más y más. Preocupados por la situación movilizaron sus ansias y su deseo. Pusieron remedios y se resistieron a la separación. Consiguieron verse algún tiempo después. Avivaron de nuevo la llama y restablecieron el rumbo, pero eran tan jóvenes que poco después la lejanía clavó otra vez despiadadamente sus garras haciendo de la separación una muralla demasiado alta para ser salvada.


4
Él le suplicó que no le abandonase. Se humilló sin importarle. Sólo necesitaba que le diera una oportunidad. Se querían demasiado cómo para tirar por la borda todo aquel amor: era muy grande. Demasiado cómo para no intentarlo. No podía ser tan desalmada. ¿Y todo lo que sentían? ¿Y las promesas de amor? ¿Y los besos? ¿Dónde se habían marchado? No. No podía destruirlo de esa forma. Ella, sin quererlo, ya se había convertido en el eje de su vida, en el secreto de sus sueños. En la razón de su vivir. En el equilibrio de sus días. En el delirio en sus noches frías. Era todo. Todo…

Sin embargo, un día, el teléfono dejó de sonar definitivamente y las cartas dejaron de llegar. Como cada día miraba el buzón en una extraña ansiedad casi irrefrenable y, como cada día, sólo encontraba el silencio por respuesta. La melancolía fue ahorcando sin contemplaciones ni miramientos a aquel desdichado que, forzosamente, se hundió en la sima de la tristeza. Sistemáticamente, la soga de angustia, se apretaba un poco más sobre sí en la desesperación, hasta que de una manera inevitable estableció su propia huida abocándose a la espantosa decisión de marcharse de casa. Entre otros motivos, porque ya lo tenía decidido hacía algún tiempo.

No le resultó nada fácil ni mucho menos cómodo dejar el nido, pero una vez que lo hubo hecho respiró con la seguridad de no haberse equivocado. La agonía formaría a partir de ese momento una carga imposible de evitar. Se marchó a la gran ciudad y allí empezó a comprender finalmente el juego cruel y maquiavélico que se gasta la vida con sus miedos, sus odios, y su olvido… En definitiva, el precio tan alto que se paga por vivir.

Hizo el servicio militar y trabajó eventualmente en diferentes cosas; descargó camiones, fregó platos en restaurantes, e incluso, durante meses, tocó la guitarra en un pub de corte antifascista y revolucionario. Indudablemente, aquella compañera de viajes, que era su guitarra, le hizo más tierna la soledad; en las letras de las canciones que componía aleteaba siempre la sombra imprecisa de aquella joven de melena azabache y su inmenso recuerdo como una asignatura que jamás llegaría a aprobar. El tiempo volaba por las aceras de la ciudad mucho más despacio de lo que nadie podía suponer. Se había convertido en un enemigo imbatible. Había intentado olvidarla sin conseguirlo; el fantasma de su recuerdo callejeaba por su cerebro con total impunidad. La memoria le pesaba demasiado. Era como una losa que debía arrastrar sin poder evitarlo. ¿Qué era de ella? ¿Sería feliz? ¿Se acordaría de él? No. Probablemente, no. Los años que tampoco se detenían en estas reflexiones; corrían, y a su paso, continuaban hiriéndole mortalmente. Y aunque él de vez en cuando le escribía, la respuesta era siempre la misma: el olvido. El más profundo y cruel  de los olvidos.

Tal como era de esperar, la vida, al margen de cualquier otra consideración siguió engañándole. Cambió de ciudad en un intento sin precedentes por estabilizar su vida, pero la lejana evocación de su cálida voz le perseguía donde quiera que iba; no conseguía de ninguna forma olvidar a aquella criatura. Sin embargo, ahora que los años habían pasado y gozaba de una perspectiva más fría y distante, había alcanzado un criterio: lo que más le dolía era que el abandono por su parte se había convertido en crueldad; en una crueldad despiadada y extrema. Algo aún más fuerte que el olvido es la indiferencia. Y la joven, una vez que había decidido concluir su aventura porque pensara que éste no era socialmente interesante, lejos de ofrecerle una explicación, se limitó a ignorarle. Nunca, en ningún momento, tuvo la gallardía de argumentar su abandono. Quizá, porque en el fondo de su alma, sabía que no tenía recursos para abrigar su postura y defender lo indefendible.

Seguramente, desde la cobardía, la chica pensó que eso era lo conveniente y se protegió en aquella frase tan desgastada, que rezaba que “el tiempo cura todas las heridas”. No cayó en la cuenta terrible que, con su indolente postura, no sólo abatía, sino que también destruía a un inexperto adolescente estúpidamente enamorado que sobrevivía a duras penas y era incapaz de salir de aquel agujero. El foso era cada vez más profundo y sus heridas incurables.


5
¿Quién puede ser tan imbécil de sucumbir ante una situación así? Pues él. La persona que tengo a escasos metros de mí, muriéndose. Creyó que el amor era un efecto indisoluble y eterno. ¡Qué estupidez! ¡Qué tremenda ingenuidad! Es demasiado joven para saber que, como todo, el amor es tan sólo un modo de vida. Una opción, simplemente.

El náufrago fue huyendo de sí mismo hacia ninguna parte. Y tropezó una y otra vez para llegar al mismo lugar; al pozo de su soledad. Deambuló sin rumbo en trabajos de medio pelo hasta llegar al pueblecito aquel. E, incluso, llegó a casarse. Aunque aquello, en el fondo, no era más que un juego histriónico para maquillar su profunda tristeza. La bufonada fuera de traste sólo le condujo a hundirse aún más en su propia zozobra: se casó como podía haberse pegado un tiro, el resultado, al final, hubiera sido casi el mismo. El horror y el desconsuelo de su vida completamente arrasada pesaban tanto ante la impotencia que sentía, que fue abandonándose a su suerte sin oponer la menor resistencia.

El tiempo que duró el matrimonio fue un caos absoluto, porque siempre como un testigo mudo e incómodo, aparecía la sangrante comparación. No lo disimulaba: pretendía, exigía ver en su mujer lo que aún era su antiguo y distante amor. Así, desde el principio, aquella incómoda situación empezó a situarle inevitablemente en el punto contrapuesto de su recién estrenada esposa. La diferencia de criterios comenzó a fluir tan rápidamente entre ellos, que ninguno de los dos fue capaz de frenar la avalancha. Se había metido en el lodo hasta el cuello y lo sabía. Eso no podía funcionar. Era imposible. Un disparate. Era una huida hacia delante. Y, como una crónica largamente anunciada, poco a poco, todo se fue definitivamente a la mierda. Y al final se volvió al principio. Ella le abandonó, y él se quedó como en el fondo deseaba estar: solo.

Y aquí está. Hecho auténtica una piltrafa. Totalmente destrozado y derrumbado sobre sus viejas cartas de amor y sobre sus recuerdos; vomitando toda la confusión de su alma. Vomitando todo el vértigo y la tristeza que le produce vivir.

La tarde, que ya agoniza, va alargando las sombras. Unas sombras que amenazan con mi presencia y dibujan en la pared del cuarto toda su inevitable pena. Sabe de sobra que todo ha terminado.

Hace días que no va a trabajar. Tampoco hay quién le espere ni fuera ni dentro. Así que nada importa.

Yo, desde mi rincón, le observo con lástima. No puedo decirle, aunque quisiera, que existen muy pocas cosas que merezcan la pena porque es tarde. Muy tarde. Me acerco a él y le miro. Pero su vista está perdida. Está naufragando en Dios sabe dónde. Sus ojos han perdido por fin la tristeza pero también el brillo. Sus pupilas andan extraviadas acercándose al abismo de donde jamás salió. Él sabe dónde quiere ir y yo estoy aquí para recogerlo. No hago otra cosa que cumplir su voluntad. Ha bebido un litro de alcohol con una caja de pastillas de orfidal.


Qué tibia es la tarde
bajo un fuego de luz,
dos bocas que arden
bajo el cielo azul.
La dicha más grande
fue vivir nuestro amor;
encontrarlo una tarde,
sentir... sentir tu cuerpo junto a mí
en esa noche de abril.
Soñar y así, poder vivir,
o morir de amor.

Qué clara es la noche,
qué claro está el mar;
dos cuerpos pasean
sin dejarse de mirar.
En las noches de estío
las estrellas nos ven
y alumbran el sitio
donde te besé,

donde yo sentí,
por primera vez, el amor...
Yo sé bien que volverás,
junto a mí, a soñar...
Soñar y así, poder vivir,
o morir de amor... 

He esperado unos minutos y como tenía que suceder, su cuerpo derrotado y muerto ha ido desplomándose sobre la mesa, en esta lánguida tarde de primavera. Su piel ha tomado un color ceniciento y su mirada ya no ve.

Sus manos ya no acariciarán su rostro, ni sus labios podrán decirle cuánto la amaban. Sus ojos no podrán mirarla y sus dedos no volverán a sentir la pasión de su cuerpo. Pero su corazón, que siempre fue en realidad de ella, jamás podrá volver ha dañarlo.



José Hdez. Meseguer


ÚLTIMA ESTACIÓN, ÚLTIMO VIAJE [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



(UN ENSAYO APÓCRIFO, acerca de cómo El Espectador del Crepúsculo hubiese deseado imaginar su encuentro con el poeta Antonio Machado.)

...

Llevaba observándolo toda la tarde. Mi mirada perseguía sus escasos movimientos en la penumbra fragmentada del vagón. Apenas había hablado durante todo el trayecto con la anciana que iba sentada junto a él, a su lado izquierdo.

En realidad, creo, que únicamente se limitó a mirar a través de la ventana ignorando a los demás pasajeros. Yo me encontraba prácticamente enfrente. Envuelto en mi capa oscura. El sombrero ocultaba mi rostro sin vida. Casi siempre lo hace, aunque de todas formas nadie puede verme. Sólo mis ojos destacaban como dagas en la oscuridad; con el brillo espeso y mudo de la muerte. La gente únicamente puede intuirme en contadas ocasiones y, generalmente, cuando detecta mi presencia, su situación ya ha pasado irrevocablemente a ser historia.

Antonio, siempre había sido una persona introvertida y distante. Su mirada sólo expresaba un profundo cansancio en el alma. Por eso yo estaba allí esa tarde. En silencio. Como el Espectador que soy. Intemporal. Infatigable. Esperando el momento ineludible de encontrarnos cara a cara, semanas más tarde, tanto con Ana, su madre, como con el viejo profesor, en el pueblecito francés de Coulliure. Creo que los dos supimos, desde el principio, que Portbou iba a ser, sin duda ninguna, su última estación. Su último viaje.

Es más, yo que lo sabía todo, o casi todo acerca de aquel hombre, recordaba, que en alguna ocasión hubiese escrito algo acerca de ese último viaje, e incluso, de nuestro encuentro.

La edad había sido amable con él y en su rostro sólo se dibujaban suaves pliegues. La vida, lejos de tratarle mejor o peor, pasó por alto ciertos detalles que obviamente hacía que se conservase mejor. Aunque, como él mismo hubiera aclarado: “las verdaderas llagas las llevo dentro, en el alma”.

Lo cierto es, que poco o nada importaba entonces aquella cuestión; era el poeta el que estaba desgastado y vencido.

Mientras iba dando pinceladas a su vida y a mis recuerdos, él, continuaba su viaje en solitario lejanamente perdido en los complicados caminos de su mente. La mirada, clavada en el infinito; manteniendo el más profundo olvido al paisaje que, difuminado, corría veloz al paso de la locomotora. Las imágenes, aparecían en las ventanas del vagón como aquellas películas mudas en blanco y negro, únicamente alimentadas por el monocorde latido acelerado de la máquina del tren.

Sin apenas darnos cuenta, la tarde, se dejó querer en los brazos de la noche y los colores, que hasta aquel momento habían sido cristalinos, fueron perdiendo la vida hasta convertirse en sombras. Ya no conseguía ver su rostro. Solamente su silueta, como si estuviese detenida. Pero sabía que no dormía. Nunca dormía en el tren. Hubiera ofrecido la eternidad por saber qué flotaba, en esos precisos instantes, en la cabeza de aquel soñador, aunque yo, como Cronometrador de la Vida de todos los humanos, me lo podía imaginar. Revisaba su pasado palmo a palmo. Verso a verso. Sueño a sueño. Poema a poema, en una extraña confesión. Era un soñador de su pasado. Un soñador, ligero de equipaje, en un vagón de tercera con billete sólo de ida hacia la gloria.

Recuerdo bien, como si fuera ayer, cuando me evocó amargamente. Con vehemente decepción. Como un suicida en el acantilado de la desesperanza. Dispuesto a liberarse a toda costa de su angustia. Pero su momento no había llegado aún. Todavía tendría mucho que recorrer por la soledad de sus renglones y sus versos, tanto como en su tren de tercera. Aunque, indefectiblemente, el recuerdo de Leonor le estigmatizara y, a menudo, le llamara con su voz de lejana angustia para recordarle lo solo que se encontraba…Y le hiciera manchar sus poemas con las lágrimas de su inevitable memoria. Esas quimeras siempre habrían de acompañarle y también, cómo no, hasta el pueblo pescador.

Cuando entramos en los andenes de la estación de Portbou, ésta, apareció ante nuestros ojos, inmensa; como un gigante brutal, ennegrecido e interminable. De sus altísimos techos se descolgaban largos y raquíticos cables que terminaban en minúsculas luces amarillentas, iluminando débilmente la marchita claridad de los oscuros y pulidos corredores de cemento.

Mientras tanto, una sólida niebla, apresaba la aldea desde la puesta de sol, invadiendo las calles que permanecían dormidas y húmedas. El reloj de la Estación no decía absolutamente nada: sus agujas, instaladas en las cuatro y cinco minutos, contemplaban impasibles a los pasajeros que, a esas altas horas de la madrugada, apilados, se disponían a descender poco a poco como un rosario, decrépitos y fatigados, tras una interminable y agotadora jornada en tren.

La mayoría de ellos eran sus propios protagonistas. Protagonistas sin excusa de un éxodo inevitable, consecuencia de una insensata y despiadada guerra en la que no hubo ni vencedores ni vencidos; sólo muertos y más muertos. Sólo víctimas, en una estúpida contienda que me había hecho trabajar infatigablemente durante tres largos años.

Iba diciéndome todo esto cuando el ensordecedor aullido del  tren, anunció nuestra llegada a la estación devolviéndome de una bofetada a la realidad, rompiendo el silencio. El agudísimo y estridente silbido, se coló como un cañón por las enlutadas dependencias del viejo y destartalado apeadero. Enseguida, unas gruesas y macizas cortinas de vapor se escaparon desplegándose en voluptuosas nubes blancas por los laterales de la máquina nodriza. Minutos más tarde, el armazón de hierros, comenzó a mover de nuevo su grave y oneroso cuerpo; efectuaba un cambio de vías para mirar al sur. El trayecto diseñado era en un principio hasta la localidad francesa de Cervére, pero, debido a la guerra civil, la frontera con Francia permanecía cerrada siendo la estación término, Portbou.

Después de bajar del vagón no sin cierta dificultad y desorientación, pude ver como la anciana se asía del brazo del poeta y, juntos, cargados de maletas y paso lento, emprendieron la marcha por las empinadas calles, camino de la pensión. Les observé, mientras desaparecían en la densidad de la bruma. Finalmente sólo quedó el eco de sus pisadas que fue extinguiéndose hasta convertirse en un distante recuerdo.

Aún no había amanecido completamente, pero la villa ya no era aquel complicado juego de lucecitas; ni la niebla tan impenetrable y sólida como horas atrás. Por el contrario, la  claridad que se asomaba con cierto temor, se filtraba con relativa facilidad en el traslúcido velo de la calima; aunque, en ningún momento, se hizo totalmente dueña de la situación.

Desde mi posición, podía ver con cierta exactitud el hostal en donde el viejo profesor de francés y su madre, fijarían la residencia  una semana.  Quedaba, precisamente, frente a los embarcaderos que formaban sin querer el pequeño paseo marítimo y malecón a la vez.

“L´Ancora”, era, además de una lúgubre hospedería sin apenas clientela, el punto de partida cada amanecer de los pescadores que se reunían allí, cada mañana, para aliviarse del frío desayunándose con la “barrecha”; y poder así, arrancarle al mar y a su alma gélida y solitaria, sus plateados habitantes.

A eso de las diez de la mañana, apareció el bueno de don Antonio con su sempiterno sombrero, su abrigo y su bastón.

Arropado de bufanda, dirigió sus pasos lentos hasta el paseo de la arboleda. Al llegar, se detuvo y contempló con cierto detalle los enormes chopos deshojados por el invierno que, desnudos y esqueléticos, le mostraron un ramaje completamente inerte que parecía pedir clemencia al cielo. Situados en hilera, ofrecieron su melancólico aspecto a un poeta que estaba acostumbrado a leer en ellos toda su tristeza, aunque no por eso dejó de sentir una serena inquietud. Tras dibujar aquella larga hipocondría en un pedazo de su alma deambuló sin rumbo aparente, como un fantasma, por una aldea de calles torcidas, solitarias y oscuras. Eran callejas ajusticiadas por la soledad y el miedo.

Seguí sus pasos hasta el espigón.

Allí, bajo un cielo pardo, sucio y amenazante, se detuvo. Petrificado e inmóvil, como la mujer de Lot, observó un mar embravecido que levantaba sin miramientos su carne de agua... ¡De siglos de soledad! Para destrozarse suicida entre las rocas que, inalterables, presenciaban su hecatombe. El mar, se sabía consciente de su muerte y, sin embargo, una y otra vez, incansablemente, rearmaba sus legiones de espuma y sal en una venganza sin medida ni tiempo, para empujarlas sin pudor sobre un pueblo que le olvidaba a cada paso...


En este día de otoño,
otoño de mi vida,
otoño de mis sueños,
otoño de mi alma herida,
quiero mirarte, mar.
También, a esa esperanza vieja y polvorienta,
que abre llagas de cristal
en mi viejo corazón de poeta
y en tus largos caminos de sal...

Esta mañana fría y gris de febrero
se esparce como un río
sobre mi cuerpo.
El viento azota las calles de este pueblo,
y me siento a solas con mi quimera
que me brota como un fuego
lento que me abrasa. Otoño de mi primavera.
Primavera de mi otoño.
Pero no quiero recordar, no quiero.

Sólo necesito verte para sentir tu inmensidad,
tu grandeza sobre mi soledad;
necesito verte esta mañana fría y gris de febrero,
levantándote ante el mundo.
Levantando tus olas de crestas nacarinas
sobre el pequeño muelle
y golpear las rocas con la fuerza
de una primavera sin nada que olvidar,
levantando tu inmenso ejército
como un dios cargado de odio
y sangre.

Te esparces.
Te hundes, pero creces
sobre un pueblo que te olvida;
golpeas esta parte del mundo
porque odias..., porque has amado.

¡Rompe tus cadenas!
¡Levanta tu carne de siglos!
¡Levanta tu inmensa cabellera!
y azota este pueblo,
azota el puerto.
 
Azota mi quimera
para sentirla más alma,
para sentirla más alma en este día gris de otoño,
en este otoño de mi primavera. 


Registró el horizonte de punta a punta, como un viejo y cansado marino que esperara ver algo que nunca llegará.

El viento de febrero, mientras tanto, aleteaba en las cornisas. Estaba muy próximo el momento de nuestro encuentro, los dos lo sabíamos. En pocos días tendría que ofrecerle sin pretextos el sutil y callado beso de la muerte en un abrazo de descanso y cerrar para siempre sus ojos.

Quizá, cuando miraba la línea imprecisa del horizonte, me esperaba a mí. Nunca lo supe. Nunca lo sabré. Qué más daba. Aquella vieja máquina de tren sabía perfectamente que Portbou era su última estación.

Antonio también sabía que aquel era su último viaje.

Y quise dejarle solo ante un mar que, como él, vomitaba convulso, toda su soledad.



José Hdez. Meseguer
Relatos Del Espectador Del Crepúsculo.
Portbou, 1980