lunes, 1 de noviembre de 2010

NO ENVÍES ROSAS A ARLINGTON [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



Cruzó la calle como una exhalación, sin mirar. Su paso era firme y sereno. Le costaba muy poco imaginarse así mismo enfundado en su rutilante uniforme de soldado de los Estados Unidos. Flamante y repleto a reventar de medallas al valor. Cuando regresase lo haría de una manera épica. Gloriosa. Estaba plenamente seguro. Sería la envidia de sus amigos y el cuchicheo impertinente y atrevido entre las chicas que le examinarían con ojos insinuantes. Demostraría a todos que era un líder. Un ganador.

En la entrada, se detuvo unos instantes y volvió a preguntarse por enésima ocasión, si pese a las apariencias y las buenas intenciones, aquello que había pensado hacer era lo que realmente quería, pero no supo contestarse de una manera rotunda en ningún sentido. En el fondo tampoco él lograba verse como soldado, pero sólo era una cuestión de tiempo. Se acostumbraría. Las Fuerzas Armadas le proporcionaban un empleo estable; era, en definitiva, lo que pretendía. Lo que sí tenía meridianamente claro es que su futuro no pasaba en modo alguno por seguir siendo un vulgar mecánico el resto de su vida reparando motores de dos tiempos, quince horas diarias, para llevar a casa un mendrugo de pan. Tenía que pensar en el mañana y el taller no le presentaba las expectativas de éxito que esencialmente necesitaba.

Neville, esperaba algo más de la vida que no fuera únicamente arreglar coches. Esperaba de la vida el triunfo absoluto. Si por el contrario decidía quedarse en el pueblo, posiblemente, algún día, podría llegar a ser el dueño del negocio… ¿Pero y qué? ¿Qué suponía eso? ¿Iba a ser ése todo su porvenir? ¿Y sus sueños? ¿Y su ambición? ¿Dónde quedarían? ¿Para cuando los dejaba? ¿Para cuando tuviera cien años? Definitivamente, no.

Cuando Neville entreabrió la pesada puerta de la Oficina de Reclutamiento creía tener las cosas medianamente elaboradas. Lo tenía casi todo pensado y decidido. Y optó por no darle más vueltas al asunto: al final se alistaba en el Ejército. Allí, en la Oficina, naturalmente, tras rellenar y firmar media docena de documentos, aplaudieron su actitud y su postura patriótica. No pudo evitarlo; se hinchó de orgullo como un pavo real.

Meses antes, Aurora Donaggio y él habían discutido seriamente. De hecho habían cortado su relación. Ninguno de los dos parecía tener las cosas demasiado claras; ella le exigía continuamente un futuro con un mínimo de solidez para plantearse boda algún día, y de paso, le recriminaba duramente su falta de iniciativas. Decía, que su ocupación fuera del trabajo era, exclusivamente, jugar al billar americano y beber cerveza con los “amigotes” en lugar de preocuparse por conseguir un trabajo mejor remunerado. Y en realidad era así, pero, porque el pueblo, aquel maldito y castigado pueblo, no brindaba muchas más posibilidades que no fueran esas o trabajar en el campo como jornalero.

De manera que cuando por casualidad unos Marines en misión de reclutamiento, le informaron de la gloriosa y excelsa labor a realizar y de todo un futuro colmado de triunfos y logros, su cerebro, enseguida, se llenó de extrañas sensaciones y vio los cielos abiertos. Comprendió, inmediatamente, que sus problemas estaban resueltos pero no se lo dijo a Aurora. Estaban enfadados y por el momento no se lo comentaría. Tendría la sangre fría de marcharse sin decirle una sola palabra, y a la vuelta, en uno de los permisos que le concedieran iría, entonces, a visitarla. ¡Ése sería su primer éxito! Y la forma de demostrarle que tenía inquietudes y ganas de triunfar. Todo por ella. Todo por Aurora. Todo porque, aunque no se lo dijese, la adoraba.

La Academia de Formación serían sólo ocho semanas; ocho semanas pasan pronto, lo soportaría, se dijo. Después, el destino. Medio año más tarde regresaría con unos días de permiso. Hablaría con sus padres. Cuando terminase la guerra, que no sería muy larga, “porque los limones del Vietcong no tenían nada qué hacer”, volvería. Se casarían y tendrían, a partir de entonces, toda una vida para estar juntos.

Neville sonreía con malicia mientras trazaba en un segundo su vida. Neville, sonreía, al pensar la cara que pondría Aurora cuando le viera aparecer impecablemente vestido como un general tras su extraña ausencia.

Yo, como el Espectador del Crepúsculo que soy, observé mudo una vez más, desde un rincón de su alma, sus sueños. Unos sueños de cristal a punto de quebrarse. Pero no podía hacer absolutamente nada. Como siempre, me limité a guardar un doloroso silencio, cuando, envuelto en la oscuridad, se fue. El muchacho desapareció del pueblo una noche. Antes pidió a sus padres que bajo ningún pretexto le comentaran a la chica sus proyectos. Tenía que constituir una auténtica sorpresa.

Pero en contra de lo que Neville había imaginado su castillo de proyectos se vino abajo de un zarpazo. La presión en la Academia, desde el comienzo, fue insostenible y el azote psicológico, tremendo y cruel. Estaban preparándolo, en el fondo, para saber morir y, por supuesto, para matar.

Tardó pocos días en comprender que se había equivocado por completo y tembló de temor, pero ya era tarde. Su compromiso con el Ejército estaba lacrado con  el sabor  y el color de la sangre. No existía la vuelta atrás. No había posibilidad de retorno. Ahora podía ser llevado con absoluta facilidad ante un Consejo de Guerra y ser fusilado si se negaba a luchar. Estaba en las caprichosas manos del destino. Era un número. Sólo un número que podía existir o eliminarse de un plumazo. Su vida ya no le pertenecía. Su vida no valía nada; apenas unos centavos. El tiempo que transcurrió en la Academia se hizo interminable y tortuoso. Las semanas se detuvieron en el calendario; contó, como un convicto, los minutos y los segundos que faltaban para poder escapar de allí.

Por fin, una mañana, recibió su destino: Vietnam: 1er. Batallón Infantería de Marines. El tiempo que debía estar en aquel remoto país seguía siendo una incógnita aunque quiso abrazar la promesa, cada vez más alejada y contradictoria, que aquel robusto soldado le había hecho; aquel Marine le garantizó con la mano puesta sobre el pecho que todo aquello sería una verdadera “excursión” por el Mar de China Meridional.

Algo muy oculto, como un presentimiento, comenzaba a latir despacio en su corazón y le decía que su equivocación le arrastraría a consecuencias irreparables y fue, entonces, cuando decidió romper su promesa para refugiarse de nuevo en Aurora. Ahora la necesitaba más que nunca. Más de lo que ella jamás se podría imaginar; se encontraba atemorizado y profundamente solo. Tan solo, tan abatido…






Delta del Mekong. 7 de abril, de 1.964

Querida mía:

Aún no sé muy bien qué hago aquí. Después de muchas noches intentando conciliar el sueño sin poder dormir y días sin apenas descansar en esta gigantesca e interminable plataforma metálica al que llaman “Midway”, me pregunto qué hago aquí. ¿Por qué tuve que venir a este lugar? ¿Por qué? He pasado semanas enteras oteando un horizonte  vacío sin ver otra cosa que no sea el mar. Me produce cierta soledad.

Al llegar a esta parte del mundo, éste cambió; los monzones del Paralelo le embravecieron: le hicieron amenazante, las lluvias torrenciales le enojaron. Tú sabes que tenía verdaderos deseos de ver el mar, pero no así. No de esta manera. Esto es completamente distinto a lo que siempre he soñado. Los días se suceden demasiado lentos y soñolientos dentro este amasijo de aceros que cruje como si fuera a desmontarse en cualquier momento.

Aunque ciertos momentos se cargan de tensión cuando nos hablan los veteranos. Se llenan de incertidumbre y miedo cuando nos cuentan lo que nos vamos a encontrar en este infierno.

Ellos ríen enloquecidos cuando hablan de este asunto, parecen unos jodidos trastornados. Y me acojona pensar si la locura que sufren no es más que la consecuencia de su experiencia. Nunca he pretendido ser héroe de un modo consciente. Las medallas al valor que me imaginé en el uniforme fueron sólo para impresionarte. Para sentirme importante ante ti. Y tú, orgullosa de mí. Sólo eso. Créeme. No me da vergüenza reconocerlo. Las tumbas están repletas de héroes y no tengo ninguna prisa por verlos.

En esencia, pienso, que muchos de estos soldados veteranos que vienen hasta aquí a ocupar nuevos destinos se sienten como yo o peor incluso. No sé aún lo que me espera con absoluta certeza, ellos sí. Sus actitudes me turban, están idiotizados; se quedan suspendidos, de súbito, en puntos inexistentes. Suelen guardar prolongadas y desordenadas pausas entre conversación y conversación y, únicamente, éstas, están alimentadas por el alcohol y la marihuana. Les noto aturdidos. Fuera de sí. Quieren, a cualquier precio, maquillar un terror que se les hace indómito y se les escapa de las manos.

Detrás de sus risas nerviosas existe un miedo casi incontrolable que les delata cuando hablan de antiguos compañeros; y de pronto, se instala un silencio entre ellos que se podría masticar. Y Bajan la vista. Y vuelven a beber y a fumar. Lo presiento: subyace, aunque deban disimularlo, un pánico que les muerde el alma. A estas alturas, a toda esta gente les da igual que nos asustemos o no, pero ningún superior les va a permitir quebrar con antelación la moral de los novatos así que, en muchas ocasiones, callan y no nos desvelan sus experiencias. Prefieren hacer chistes sobre las putas amarillas que se follan.

Estoy asustado, no puedo evitarlo. Desde que salí de Arizona hacia la Academia Militar no he dejado de pensar en que me equivoqué estrepitosamente eligiendo esta absurda puerta de salida. Seguramente pagaré caro el error, pero… ¿Qué hago ahora? ¿Qué puedo hacer? Te escribo con una angustia feroz e inaplazable. Me domina. No puedo evitarlo. No soy capaz de sujetar ni mi inquietud ni mi pulso. Hemos llegado a nuestro destino. Me quedan tan sólo unos minutos para imaginarte de nuevo hasta que recoja mi equipaje.

Me han contado muchas cosas. Historias. Mentiras y verdades. Déjame soñar que aún estoy contigo. Aléjame de la oscuridad que me atenaza… Aléjame, con tu recuerdo, de este momento.



29 de abril

No sé en qué lugar me encuentro. No tengo la menor idea. Tan sólo sé que camino en hilera con cientos de compañeros, atravesando laderas y montañas. Estamos exhaustos; caminamos sin descanso durante dieciocho o veinte horas seguidas y siempre, con cien ojos y treinta kilos de mochila, aparte de las municiones reglamentarias y el “M-16” (fusil de asalto). Tampoco sé hacia dónde nos llevan. Dicen que a Saigón (Ho Chi Minh).

Podría perderme en cuanto me separara de los demás sólo un metro. Esto es un auténtico laberinto de arbustos y pantanos. Los Jefes de la Unidad, nos previenen de los “bodois” (soldados Nortvietnamitas). Son auténticos camaleones en la selva. Suelen atacar en pequeños comandos que, generalmente, perecen. Utilizan una estrategia aparentemente anárquica. Pero que, repetida en distintas ocasiones, consigue fracturar las mayores columnas armadas. Sus sandalias, de neumáticos, son silenciosas y no dejan apenas rastro. No son grandes especialistas pero sí grandes disciplinados y pueden suponer desagradables sorpresas para nosotros.

Lo cierto es que yo, por el momento, aún no he visto a nadie. Ni siquiera de lejos. Parece que no existiesen. Sé que no, que están en algún lugar, no muy lejos de nosotros, acechándonos. Se ha extendido el rumor, no sé hasta qué punto cierto, de que esta gente tiene minado todo el territorio de “Rompepies” (minas camufladas en el suelo).

También, que han construido más doscientos kilómetros de túneles subterráneos por toda la región, a través de los cuales, se desplazan para transportar armas y piezas de artillería. Montan por las noches las baterías de disparo y como no tienen demasiadas posibilidades económicas, actúan y las vuelven a desmontar pieza a pieza. Las transportan por los túneles, o en bicicletas, por la selva, hasta el siguiente punto. De forma sistemática. Con voluntad de hierro. No tienen otros métodos, pero no puedo evitar preguntarme que, si es cierto que tienen la fuerza de voluntad de excavar toda la región a pico y pala sin necesidad de máquinas o transportar las piezas de artillería una por una, a mano… ¿De qué será realmente capaz esta raza?

De hecho, cada vez más cerca, oímos la reverberación de la artillería pesada. Los cañones de los Vietcong. Pero, aun así, sigue pareciéndome una tierra abandonada, únicamente poblada por pájaros tropicales y extraños insectos del tamaño de almendras. Dormimos dos horas al día en turnos, cuando podemos, y casi siempre bajo una copiosa y vasta lluvia que saca a estos tremendos insectos de sus agujeros para pasearse con total impunidad por encima de nosotros en cuanto nos descuidamos.

Ahora estoy de guardia. Y sé que no debiera escribirte. Tengo que estar sumamente atento. Todavía me supone un esfuerzo importante distinguir los ruidos que libera la jungla a mi alrededor y me sobresalto con frecuencia. Pero no puedo olvidar tampoco que tus ojos puedan ser testigos en toda su grandeza de mi soledad y deseo compartir contigo, desde estas líneas, este soplo de extraña soledad. Solamente tú puedes saber, exactamente, lo que quiero decir; aunque no sea más que a trompicones, con torpes y desafortunadas palabras por mi parte.

Pero quiero arrastrarte hasta aquí, para que, por un instante, podamos de nuevo volver estar juntos. Y, juntos, escapemos de esta locura que se cierne sobre mí. Quiero que seas capaz de perdonar mis diecinueve años y mis actitudes infantiles. Sé que hice mal alistándome en el Ejército sin que lo supieras. Fue un impulso estúpido y me arrepiento. En aquel momento me sentí demasiado herido en mi orgullo. Ahora ya no puedo retroceder. Sólo quiero rezar para que pase el tiempo lo más rápido posible y pueda vivir para contarlo. Debo dejarte, mi amor, mi turno de guardia ha pasado, pero debo descansar. Me espera una terrible y dura jornada.

Siempre tuyo, Neville.



Base Camp  Jhonson. 22 de junio, de 1.964

Puedes creerlo. No tengas ninguna duda. Hace apenas un mes que me he enterado que el presidente John F. Kennedy fue sido asesinado en la ciudad de Dallas.

Lo cierto de esta situación es que estamos tan alejados del mundo que parece que fue hace un millón de años cuando salí de mi pueblo. Las noticias llegan con meses de retraso, cuando llegan. El sargento me comentó que sí, que el presidente había sido asesinado, pero no hace un mes como yo creía, sino siete. Las cosas que he visto y vivido en este tiempo me han hecho cambiar dramáticamente los conceptos sobre todo lo que me rodea.

Voy a ponerte un poco al día de lo ocurrido en este tiempo de mi vida, aquí en Vietnam.

Para empezar, te diré, que, tras semanas de intensas caminatas por la selva, la intención final del mando era establecer una Base compacta y estratégica que incluye helicópteros de combate rápido y artillería pesada. Seremos un total de mil quinientos individuos aproximadamente aunque, cada sección tiene sus propios encargos con independencia del resto. Lógicamente todo está coordinado por el coronel Hogan. La Base de Operaciones Johnson debe su nombre a un tipo que no sé exactamente quién es. Creo que un senador de la Casa Blanca. Personaje, que, según he escuchado, ha relevado transitoriamente a Kennedy en los asuntos concernientes a Vietnam.

Sin duda, este cabrón, está manejando tranquilamente entre copa y copa la vida de los veinticinco mil cretinos que nos jugamos la piel en esta península amarilla, segundo a segundo.

Hace unos meses éramos dieciocho mil los tontos, pero, claro, con el asesinato del presidente se teme una escalada comunista y no están dispuestos, en absoluto, a permitirlo. Para Washington, el caso vietnamita, es un supuesto ya previsto en la agenda Truman y escenificado con la teoría de las fichas de dominó: “Si cae Indochina, caerán Birmania, Tailandia, Malasia...”.

Según he oído, los americanos de las altas esferas, los que no se juegan ni una uña en todo esto, se sienten terriblemente acojonados. El secretario de Estado, un tal J. Foster Dulles, nombraba la posibilidad, incluso, de una Australia comunista si no se frenaba tajantemente este oleaje amarillo. Pero, en realidad, todo esto que te escribo es una imbecilidad, porque hasta a mí me importa una mierda. No deseo saber absolutamente nada de esos cabrones que nos han engañado con grandes promesas. Con grandes inyecciones de patriotismo para traernos aquí; a morir entre juncos, fiebres desconocidas y mosquitos de palmo y medio.

Desde aquí, desde la Base, partimos antes del amanecer en pequeños pelotones de no más de cinco personas; un sargento, un cabo y tres o cuatro soldados, hacia las misiones que nos encargan y que no siempre son de lo más honrado. Pero yo no he venido desde tan lejos, no he recorrido más de diez mil kilómetros para intentar cambiar el mundo. Sino a sobrevivir en él y marcharme. No soy ningún juez. No quiero serlo. ¿Quién dijo que la guerra fuese un acto honrado? Paso tanto miedo como la gente que vive desde hace siglos en estos arrozales. Y si yo aún no sé lo que hago aquí, ¿cómo voy a saber si está bien o mal lo que realizo?

Aunque creo que no. Creo, sinceramente, que hemos venido a joderles. Ellos, los “Vietcong”, al igual que yo, sólo intentan sobrevivir. Es obvio que luchen hasta el final. Con todas las consecuencias. No podría, aunque quisiera, reprocharles nada; somos, nosotros, los advenedizos. Y en definitiva, todos, las víctimas en una guerra que nadie quisimos si exceptuamos en este juego a los fabricantes de armas, ropa, servicios e industrias colaterales y alimentos elaborados exclusivamente para el ejército. El gran negocio de los ricos y los poderosos al servicio de los desgraciados, que somos el resto. ¿Irónico, verdad?

De todas las formas no voy a engañarme ni a mortificarme; no quiero sentirme responsable de toda esta mierda. No pretendo pensar casi nunca que vaya a terminar mis días en esta selva. Yo no elegí de un modo deliberado este macabro escenario, eso creo, al menos. Debo reconocer, sin embargo, que me engañé a mí mismo tanto como los que me mintieron diciendo que sería un héroe. “La excursión” que nos prometieron por la jungla se ha convertido en un monstruo sediento de sangre que nos va a devorar. Las cosas se complican por momentos y el entusiasmo se quiebra. Esto no se parece en nada a un “juego”. La historia se está invirtiendo. Y David, una vez más, puede vencer a Goliath. Ya sucedió.

La realidad y la evidencia, en ocasiones, se abren paso burlándose de mi ansiedad y me sumergen en un estado de angustia indescriptible, y pienso sin querer. Vuelvo a naufragar en mis miedos. Y sí, puede que muera aquí, soy consciente. Ya he visto morir a muchos de mis compañeros en esta guerra infame y diabólica; unos han sucumbido en trampas mortales o en enfrentamientos directos con el enemigo. Otros, en bombardeos o bajo la mano invisible de los francotiradores. Y puede que esté escrito que yo sea uno más. Quizá el próximo. ¿Por qué no? Uno más dentro de este engranaje histriónico, humillante y sin sentido, que es el exterminio por el exterminio.

O puede ocurrir que no. Que sea el verdugo. Que sea yo el que mate a algunos amarillos más y desgarre, sin saberlo, familias enteras. Esto es así. Es la guerra. La guerra es cruel y sólo puede dejar tras su paso estelas de crueldad. Estamos abocados por ambos bandos a combatir, es lo que únicamente sabemos. Y lo que sabremos. El odio que sentimos los unos por los otros no es más que producto del miedo. Un miedo irracional y sin control que se apodera de nosotros cuando salimos de patrulla y no tenemos la certeza de que vayamos a regresar, ni cómo, ni de qué manera. Esa tensión, te aseguro, que transforma.

El otro día perdimos tres de nuestros compañeros. Otro, quedó sin piernas y un brazo, al pisar un “Rompepies”. Íbamos siete soldados en la expedición. Quedó completamente destrozado. Lloraba como un niño y llamaba suplicante a su madre. Todos estábamos asustados. Nos tendieron una emboscada. Estoy seguro que nos esperaban camuflados en el follaje de la jungla. Disparamos en todas las direcciones posibles hasta conseguir localizar el fuego de mortero que nos asediaba. El “M 16” me ardía en las manos. Aguantamos como pudimos. Utilizamos diecisiete o dieciocho veces el “cascanueces” (lanzagranadas), y así, conseguimos resistir.

Mandamos un mensaje de SOS por radio y dimos nuestras coordenadas de localización. En apenas doce minutos llegaron los helicópteros que arrasaron por completo la zona con NAPALM. Sé que matamos a un grupo considerable de “cong”. Mientras trasladaban a López, el puertorriqueño, en uno de los helicópteros de salvamento, le administraron una fuerte dosis de morfina para que pudiera soportar el horrible dolor que sufría. Le dijimos que se pondría bien, que todo iría bien, pero sabemos que será muy poco probable. ¿Quién va a devolverle las piernas y el brazo izquierdo que ahora y siempre le van a faltar?

No. No creo que volvamos a verlo.



Base Camp Johnson. 3 de enero, de 1.965

Ya sé que hace meses que no recibes cartas mías. Perdóname. Esta maldita guerra está destrozándome por dentro y por fuera. Mis sentimientos van embruteciéndose por momentos. No me comprendo a mí mismo. Me siento cambiado. Todo me asquea y no me importa nada una puta mierda. Aquí, entre tanta muerte, me siento otro cadáver. Las matanzas son, cada vez, un poco más parte de nosotros. Tanto, que empiezan a no importarme un carajo, tampoco. Estoy perdiendo el sentido de las cosas, y la razón y la lógica, no siempre se encuentran dónde las necesito.

Creo que me estoy volviendo loco sin saberlo. Sin darme cuenta. Esta sinrazón me está conduciendo a lugares de los que no estoy seguro de poder regresar.

Esta carta es, únicamente, lo que puedo ofrecerte. Sólo tengo desaliento y temor. Los tambores de la guerra no quieren cesar y yo me encuentro tan solo una vez más…

Te amo.



10 de  diciembre 1.965

Querida mía. Querida Aurora:

Te escribo la que puede resultar ser mi última carta. Es cierto que he perdido poco a poco toda esperanza de volver. Sí, desgraciadamente, creo que sí. Comprendo que no quieras que ahogue el ánimo, pero he visto tanta desgracia que ya no acaricio ese sueño como meses atrás; ha ido difuminándose.

Aquí todo se encuentra detenido en el tiempo, se pierde la noción y llega, incluso, a no importarme. Hace dos días comentaban los Jefes de la Sección que cuando regresemos (los que regresemos) de la misión a la que nos envían obtendremos posiblemente la licencia. Eso sólo significa una cosa: es difícil que volvamos. Es un encargo arduo y peligroso. De varias semanas en la jungla sin apenas soporte logístico, ya que tiene que realizarse en el más estricto de los secretos. Hemos de intentar liberar a toda costa a los “mias” (desaparecidos en combate) y atravesar gran parte del territorio enemigo.

Nunca he sabido con total seguridad en qué punto de la península me encuentro por lo que no sé lo que tardaremos en llegar. Ya me lo dirán. La única verdad es que desde que me confirmaron que yo era uno de los enviados no puedo dormir. Sólo nos han anunciado hacia dónde tenemos que dirigirnos: a un campo de prisioneros que se encuentra al norte de Laos, cerca de un pueblo llamado Sieng. Vamos alrededor de veinticinco expedicionarios.

Aquí, en una radio del barracón, suena, Bing Crosby “Sueño con unas Navidades Blancas”. Pero, en realidad, con quien sueño es contigo. Contigo y con mis padres. Les echo mucho de menos, no saben cuánto. Sobre todo, a mi madre. Son días muy especiales para ella y sé que estará llorando mi ausencia, aunque esté plenamente convencida que mi servicio a la patria merece la pena. Qué equivocada está la pobre…Y de qué poco le va a valer su desvelo.

Puede que lo único que reciba, con suerte, sea un hombre demolido mentalmente por lo que ha vivido aquí.

Con mala suerte, cualquier cosa: desde el cuerpo mutilado y destrozado de un muchacho, hasta el despojo humano de lo que fue. Pasando por la telegráfica carta de agradecimiento del ejército, una bandera americana y una posdata impecablemente redactada en la que diga, que el cuerpo del héroe caído en acto de servicio, lo mandarán cuando tengan cojones a recomponer todas sus piezas (si las encuentran, claro, sino otras parecidas, hay de sobra), en avión. “No se preocupen”. “Gracias por los servicios prestados a su Patria”.

Perdóname esta ironía recubierta de espanto y angustia.

Te quiere, Neville.



...



Tal y como había sido previsto, dos días después, el comando “Delta”, compuesto por veinticinco individuos, se adentró en la espesura de la jungla. La noche, ciega y sin luna, se los tragó en el más profundo de los misterios. Los engulló, sin misericordia, en una aventura suicida y silenciosa, a través de una inmensa confusión de arbustos, pantanos y extraños terrenos, guiados por la mano de una desdibujada esperanza y un mapa plastificado con datos escasos e imprecisos. Con la convicción, no exenta de pánico, de conseguir el preciso objetivo trazado o morir en el empeño.

Neville tampoco no era el despistado y atolondrado principiante al que abocaron una sórdida primavera a morir en las playas de Indochina. No. Era todo un veterano. Iba para dos años que se jugaba el cuello casi a diario y había tenido que asistir ineludiblemente a muchos actos que, finalmente, le transformaron. En el fondo de su alma, puede que siguiera siendo el jovenzuelo pecoso e imberbe de pelirroja y revuelta cabellera. Pero, desde luego, en dos años se puede cambiar mucho por fuera y por dentro. Y Neville, ahora, se había convertido en una persona recelosa y hosca. Le costaba muy poco enzarzarse en una pelea y, aún menos, esgrimir su machete dentado por la colilla de un cigarrillo de opio o por el sucio culo de un whisky. Su carácter, seco y furibundo, le alejaba mucho del chico inseguro y temeroso que yo conociera.

Siempre existe una primera vez para todo. Y la primera vez de Neville llegó el día que tuvo que descargar la munición de su arma contra un soldado Vietcong que, de improvisto, se le vino encima en un reconocimiento rutinario. Eso le traumatizó. Tuvo tanto miedo que llegó a regalarle al soldado vietnamita la mitad de su cargador. Pasó la noche casi sin dormir, e incluso, atravesó una especie de fiebre desconocida como resultado del enfrentamiento. La secuencia inconfundible de aquel desdichado saltando sobre él se repetía en su mente sin descanso.

Pero el muchacho pelirrojo le arrancó a la vida, otras experiencias, si cabe, más duras de tragar. Y por las propias leyes de la compensación y la supervivencia, Neville, fue encalleciendo su corazón hasta hacerlo callar. De otra manera le hubiera sido imposible sobrevivir y lo sabía con total seguridad. De hecho, no era solamente un veterano sino, además, uno de los mejores supervivientes antihéroe. Aquella guerra le repugnaba tanto como al resto de sus compañeros y no se sentía orgulloso, pero quería seguir viviendo. Necesitaba seguir viviendo para Aurora.

En los meses siguientes se aislaron por completo del mundo. Nada a su alrededor tenía la menor referencia. Atravesaron como un fantasma que anduviese de puntillas el paralelo dieciocho para meterse de lleno en la ratonera. Sólo una emisora les mantenía unidos como un cordón umbilical al Campamento Base. En ocasiones de emergencia, bien para demoler, bien para abrirse paso, telefoneaban por radio al Centro de Operaciones Logísticas y en una rápida y fugaz incursión de apoyo, los aviones sembraban de “lluvia de fuego” (NAPALM) y caos el contorno, destruyendo toda señal de vida tras su paso.

Claro que, como en todas las cosas, aquí también existía el derecho al desacierto y de vez en cuando, “por error”, arrasaban aldeas de civiles que nada tenía que ver con aquello. Es lo que estos cabrones que dirigen el destino de los demás han bautizado como “daños colaterales” para evitar llamarlo por su verdadero nombre. Y lo único cierto es que me hacían trabajar sin dar abasto. Los sueños destrozados de cientos de miles de personas se me almacenaban sin poder apenas enviarlos a su destino.

Después, como un efecto de magia “houdiniesco”, desaparecían. En eso consistía el juego; en jugar, puntualmente, a la eliminación de puntos estratégicos que fueran inevitables. Y digo mal cuando realizo este ejercicio de memoria, ya que, a decir verdad, a los ingenieros de la guerra más que exterminar, que ya lo hacían, les interesaba especialmente dejar al enemigo destrozado e inutilizado, para que, el resto de los efectivos, dedicasen sus esfuerzos a recoger sus trozos. Todos los que estaban haciendo esa labor, lógicamente, no se dedicaban a combatir.

Por su parte, los contraataques de la División 316 norvietnamita y sus “T 54” (tanques), apostados en la jungla tampoco se hacían esperar, pero únicamente los soldados que habían sido enviados al mismo centro del infierno sufrían las trágicas consecuencias.

En aquella interminable aventura fueron cayendo uno tras otro, sin contemplaciones, los soldados americanos, compañeros de Neville. El destino jugaba con aquellos muchachos a su entero capricho; Robert, fue misteriosamente devorado por la noche y jamás se llegó a encontrar su cuerpo. Casares, Morrison y el cabo, De Paula, murieron repeliendo distintos e inesperados ataques enemigos. Walter, murió de una forma estúpida al pisar una “Barbie” (bomba enterrada en el suelo). Graves, murió dos días más tarde, por incauto: probó, de manos de una pequeña “cong” que amablemente se le acercó en una aldea, el “mouc nam” (salsa de pescado fermentada), pero no se dio cuenta que entre la carne del pez se encontraban camuflados trozos de cuchillas de afeitar. Su muerte fue espantosa: murió retorciéndose sin que los demás pudieran hacer nada por el desgraciado.

La impotencia se convirtió en una ira irrefrenable para el resto de los soldados que, enloquecidos, desarrollaron una cruel y sangrienta matanza. Caro le costó a los aldeanos el bufonesco gesto de héroes absurdos en guerras absurdas: fueron sacados a empujones de sus chozas, los ancianos, las mujeres y los niños, e inmediatamente fusilados sin miramientos. Algunas de las jóvenes, antes de morir, también fueron brutalmente violadas, sus casas quemadas y los cochinos de las granjas, tiroteados. No quedó nadie para contar de qué forma tan idiota se puede morir. Pero su Emperador y líder, Ho Chi Minh, eso sí, estaría orgulloso de su inmolación.

Otros, como Dashiell, Carson, Rainer o Woolf, se quedaron atrás, en las minas subterráneas de zigzag, o en pugnas directas con las cañoneras de río, traficantes de opio, o helicópteros 6051 vietnamitas. Y, así, una larga lista de hombres fue dejándose la vida en aquel desalmado e inútil periplo a cambio de nada.

Al final, cuando todo parecía indicar que estaban ya situados sobre su objetivo, quedaban solamente un sargento, un cabo y cuatro soldados; que armados de un valor innegable decidieron concluir su misión. Con un poco de suerte rescatarían a los prisioneros y después se licenciarían con honores.

Neville, en sus adentros, volvía a sonreír. Veía de nuevo luz al final del túnel. Quedaba, según lo previsto, lo más sencillo. Las indicaciones recibidas les daban a éstos cuatro minutos cuarenta y cinco segundos para liberar a los “mias”. A partir de ese momento llamarían por radio y, velozmente, en seis minutos, un “Buey” (helicóptero de combate) les recogería. Ahí terminaba por fin su cometido.

Durante horas, agazapados en la maleza, bajo una incesante y opaca lluvia, estudiaron y analizaron con detenimiento los movimientos de los vigilantes. Había muy pocos. Eso facilitaba las cosas: cuatro de ellos se encargarían de efectuar entre los soldados “cong” la llamada “puerta del viento” (acuchillamiento en la nuca). Los otros dos, simultáneamente, pondrían cargas temporizadas en las torres de la radio y control para incomunicarles y ganar tiempo. Y, entretanto, aprovechando la confusión sacarían de las jaulas de bambú que se encontraban bajo tierra a los prisioneros. Uno de los cuatro encargados de realizar la “puerta del viento”, concretamente, el cabo Winston, un chico de color de Seattle, a su vez, instalaría adecuadamente el mortero y la “granada M-26”, para arruinar cualquier intento de huida de los “bodois” hacia el sotobosque.

Todo estaba calculado con una precisión milimétrica. Casi perfecta.

Al anochecer continuaba lloviendo torrencialmente sobre aquel putrefacto agujero con la particularidad de que, una densa  y opaca niebla, se había apoderado de esa remota parte del mundo. Sincronizados los relojes, se pintaron las caras para mimetizarse con su entorno de un modo exacto. Casi mecánicamente se pusieron en marcha y comenzaron a bajar por la ladera reptando en un silencio sepulcral, como serpientes, hasta llegar a la misma alambrada de espinos en un tiempo que les pareció eterno. Pero no importaba, porque darle paso a la noche era una baza más a su favor. No podían ser descubiertos. Con el soporte de sus gafas de visión nocturna y sus miradas atentas e inquietas, estudiaron mientras se deslizaban, de punta a punta, los lugares exactos a los que debían acceder.

Una vez dentro, una lacónica mirada entre ellos bastó para poner de nuevo los marcadores a cero y separarse en dos grupos. La noche y la oscuridad habían capturado por completo el campo de prisioneros. Sólo el silencio, alguna vez, se fracturaba con los extraños sonidos que producían los habitantes nocturnos de la selva.

Metódicamente fueron ocupando sus respectivas posiciones y aniquilando, uno tras otro, a los centinelas del campamento. Todo lo planeado, se cumplió matemáticamente, de no ser por un pequeño detalle...

Cuando Neville inició la tarea de abrir las jaulas de bambú en dónde se suponía que debían estar los prisioneros americanos que les darían por fin el pasaporte de vuelta a casa, comprobó, con auténtico desconcierto, que éstas se encontraban vacías. Completamente vacías.

La sangre, súbitamente, se le heló en las venas; simplemente no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no estaban enjaulados los “mias”? Durante unos instantes, el chico pelirrojo de Arizona, estuvo paralizado haciéndose mil preguntas aunque la respuesta, desgraciadamente, no tardó en llegarle.

Como por encanto los seis expedicionarios supervivientes quedaron mirándose a la cara sin saber qué hacer. Cada Marine, desde su puesto, observó a su compañero respectivo con cara de póker. De repente, el silencio quedó definitivamente estrangulado cuando el ensordecedor zumbido de los rotores de los helicópteros 6051, norvietnamitas, aparecieron verticalmente inflamando de terror el cielo negro que hasta ese segundo les había protegido. La tremenda potencia de los focos que provenía de éstos invadió la noche dejando al descubierto sus intenciones.

Naturalmente, de una manera automática, los soldados americanos accionaron todos los resortes a su alcance, y por el momento, hicieron detonar todas las cargas preparadas. Los medios de que disponían no eran demasiados pero su armamento debía frenar al menos un poco los abyectos movimientos de los Vietcong. Las cargas situadas en las torres de la radio y control respectivamente contrarrestaron la sorpresa recibida; en un gran estruendo, uno de los pájaros mecánicos voló por los aires en mil pedazos envuelto en llamas. Después se vino abajo. Igualmente, el fuego de mortero y el lanzagranadas “M 26” repelió durante unos minutos la situación, pero los “bodois”, en esta ocasión, eran demasiados, y el primero en caer bajo el implacable fuego ametrallador fue, J.J.Winston, después, J.T., y, más tarde, el sargento primero Faulkner. El resto, se esparció fundiéndose en la espesura de la selva en un último y desesperado intento por salvar la piel.

Lo que jamás supo Neville, ni por supuesto ninguno de sus compatriotas, es que fueron miserablemente utilizados y que, deliberadamente, los mandaron como corderos al matadero. La tremenda felonía y sórdida maniobra del Mando americano consistió en despistar desde un principio a los Vietcong haciéndoles creer “de vez en cuando” que tenían situados a los infiltrados en su zona. Aunque, misteriosamente, éstos, aparecían y desaparecían a su control lo que hacía que, inevitablemente, aquéllos, estuvieran ocupados buscando aquel esotérico comando.

La verdad, no obstante, era mucho más sencilla, amarga y devastadora.

Y es que, paralelamente, desde otro punto completamente distinto y distante de la península extremo oriental, otro grupo militar, más numeroso, tremendamente organizado, y de elite, se encargaba de “venderle” puntualmente al enemigo “ciertas pistas de localización”, traicionando los pasos de sus compañeros. Porque, el comando que en realidad había sido nombrado para rescatar a los prisioneros no era el “Delta”, sino el “Alpha”. Entretanto el primero se jugaba la vida en la jungla sirviendo de conejillo, el segundo, ganaba el tiempo suficiente de movimiento y podía, así, con cierta tranquilidad, rescatar sanos y salvos a los “desaparecidos en combate” o “mias”.

Desgraciadamente, Neville, pertenecía al primero.

Dicho de otra forma: habían empujado de una manera absoluta, cruel y terriblemente consciente, a un puñado de hombres a morir voluntariamente mientras que, desde la perspectiva cobriza que ofrece un buen bourbon de reserva, unos militares sin moral ni escrúpulos, repletos condecoraciones, cuyos hijos estudiaban cómodamente derecho en la universidad, trenzaban, sin prisas, oportunamente, la maquiavélica manera de rescatar a los “desaparecidos” del norte de Laos, que no eran otros que, compromisos políticamente adquiridos y viejos camaradas de la Academia de Wets Point.

Tres años más tarde, una expedición americana, encontró los restos de los soldados, Conrad, Auster, y por último, Neville.

En uno de los bolsillos de éste, hallaron la carta que, Neville, escribió a, Aurora, poco antes de morir.



Querida mía,

“No envíes rosas a Arlington. No soy un soldado desconocido. Tengo nombre. Sé donde nací y en qué lugar voy a morir. Mándalas aquí, al norte del Paralelo Dieciocho. Mi tumba será ésta. Aquí moriré, lo sé. Sobre mí, algún día, crecerá la yerba que hoy arrasa el NAPALM. Sobre mí, nacerán nuevas y limpias esperanzas de paz. No soy ningún desconocido. Soy el futuro.

No hace falta que mandes rosas a Arlington. Aquí estoy, al norte del Paralelo Dieciocho. Aquí te esperaré. En el silencio quebrado de la selva. En la paz infinita de mi conciencia. He de asumir mis pecados y los de los demás, pero ya es tarde para cualquier otra consideración.

Aquí estaré, amada mía. Esperando tus rosas rojas. Desde mi silencio, te veré un día. Cualquier día. Un día de sol. Un día que romperá para siempre el miedo y la penumbra.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

Para siempre tuyo, Neville”.



Nadie, excepto yo, supo jamás cómo fueron los minutos finales en la vida de aquel chico de cabellos rojos y de la de sus dos compañeros que, despavoridos, se internaron nuevamente en la frondosidad de la selva.

La persecución implacable de la “guardia roja” les hizo huir sin dirección. El miedo y el desconocimiento del terreno que pisaban les sumergieron en la total desorientación haciendo que, cada uno de ellos, optara por caminos diferentes. Les pisaban los talones. Neville fue alcanzado horas más tarde por los disparos de sus perseguidores que, dándole por muerto, no le remataron. Y allí, en el lecho del río dónde había sido herido de muerte quedó tumbado.

El  impertinente goteo de la lluvia sobre la cara, le devolvió a una vida que se le escapaba a borbotones por los cuatro costados. A rastras, dejando detrás de sí un abundante y desparramado reguero de sangre, consiguió llegar hasta el abrigo de una gigantesca y centenaria acacia que impasible, como yo, le observó en silencio. Con las fuerzas diezmadas se aplicó como pudo esterilizantes y coagulantes en polvo, pero fue prácticamente inútil. Las heridas le manaban sangre a espuertas y supo que su final estaba cercano. Unos trozos de lona le sirvieron, ocasionalmente, para taponar los agujeros. El dolor crecía dentro él por segundos haciéndose cada vez más insoportable. Le abría en canal, desgarrándolo, como si estuvieran partiéndole a trozos con una sierra.

Neville había visto morir a muchos hombres y por la situación de los impactos de bala recibidos, estaba convencido que aquello no presentaba otro final que no fuera el que él mismo presentía. Hurgó en su “tres cuartos” hasta conseguir unas pastillas de morfina. Tomó tantas como encontró. Eso calmaría temporalmente el dolor. Después… ya no le harían falta. Sabía que le quedaban unos minutos y quiso dedicárselos a Aurora. La última mirada, el último aliento, el último soplo de vida, se los mandaba en esos renglones a su único y gran amor.

Así tenía que ser. Y así fue. La vida, poco a poco, huyó de su mirada que quedó perdida y rota. Todo había terminado definitivamente.

Le miré en silencio. La tarde, que hasta entonces se había mostrado plagada de matices intensos, desapareció jugando al escondite. Y lentamente, bajo un cielo rojo preñado de agonía y muerte, la suavidad de los colores le ofreció el relevo a la quietud. Los moradores de la selva también callaron su incomprensible lenguaje.

Soy el Espectador del Crepúsculo. Soy intemporal. Amoral. Desde el principio de la Eternidad. Hasta el fin. Todo ser viviente me teme. Pero todos me buscan para saciar su sed incansablemente. He visto a través de los siglos las injusticias, los crímenes y los asesinatos más perversos, crueles y desalmados. La guerra de Vietnam es uno de los ejemplos más escalofriantes y absurdos.





DATOS PARA NO OLVIDAR JAMÁS:

* La ofensiva del Tet por parte de la guerrilla comunista ocasionó, cuantiosas bajas por ambas partes, mostrando a los norteamericanos, que habían tocado fondo.
* Nick Ut, no en vano, ganó el premio Pulitzer, fotografiando el horror: una niña llamada Kim Phuc tocada de NAPALM.
* Aún hoy, al menos ante la ley norteamericana, queda una lista de 1.621 soldados como prisioneros de guerra. En realidad son MIAS, según la jerga del Pentágono.
* En 1967 había en Vietnam del Sur 600.000 soldados estadounidenses.
* Ha sido la guerra más larga del siglo.
* El presidente Clinton, misteriosamente, se “libró”.
* Los soldados americanos veteranos excombatientes, los inválidos de la guerra, a su regreso, fueron recibidos con hostilidad, y tuvieron serios problemas de aceptación. Muchos de ellos, no lo superaron jamás. De la tragedia, nació el llamado síndrome de Vietnam.
* Murieron 58.000 soldados norteamericanos entre 1957 y 1975, y 3.000.000 de vietnamitas.
* Se realizaron 448.000 incursiones aéreas al precio de 5.737 millones de dólares.
* Estados Unidos arrojó 14.000.000 de toneladas de bombas. Diez veces más que en la Segunda Guerra Mundial.
* El costo total de la guerra para los Estados Unidos fue de 102.517 millones dólares, 17 veces el presupuesto de Vietnam del Norte.




Nota:

Datos recogidos del periodista y Corresponsal de guerra, Manu Leguineche.




José Hdez. Meseguer
Relatos Del Espectador Del Crepúsculo

 


2 comentarios:

  1. Lo presiento: subyace, aunque deban disimularlo, un pánico que les muerde el alma.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Más que subyacer pánico, a mi juicio, aflora una inmensa falta de humanidad; que nadie crea que las guerras terminarán, los humanos somos depredadores por naturaleza. Ya lo dijo un gran pensador: 'El hombre es un lobo para el hombre'. Triste pero cierto.

      Eliminar