lunes, 1 de noviembre de 2010

DOS CITAS EN JERUSALÉN [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



1

Llevaba esperándole casi toda la tarde, sabía que de un momento a otro tenía que aparecer.

Estaba allí para cumplir una vez más mi misión. Ni me lo planteaba. Era pura rutina. La visión de mi oficio es absolutamente estoica. Indiferente. Nada me altera porque nada cambia el curso del destino. No tengo opinión. De nada vale que reconozca qué puede ser o no justo. Todo está escrito y, en cualquier caso, mi facultad es únicamente la poner un punto final en cada historia. Más dura cuanto más difícil, pero al fin y al cabo con los mismos resultados.

Todo es efímero y fugaz. Un leve susurro. Soy apocalíptico. Un misántropo. En realidad, como la misma vida, aunque sea la Muerte. Una, es prolongación de la otra; soy su consecuencia. No soy más que un Mensajero del Más Allá: un Elegido. Un Enviado, aunque la gente no lo acepte así y se empeñe en soñar; y mientras sueña, se asesine en nombre de no sé qué Dios, despedazándose sin piedad como no lo harían las bestias más carroñeras.

Soy Emisario y Notario del pobre, triste y solitario corazón de la gente que me llama. O para liberarse de su angustia o para recoger los proyectos destrozados de algún desdichado, porque otro se haya propuesto que así sea. Aunque, desgraciadamente, muchas veces suceda que esto no ocurra de manera individual, sino de un modo mucho más escalofriante y colectivo. Conozco muy bien el abismo y la miseria de la raza humana. Llevo siglos recogiendo sus promesas en el nombre del Bien. Todo son mentiras. La gente, sigue matándose y ejecutando los crímenes más execrables en el nombre de Dios. Y lo que resulta aún peor: seguirá haciéndolo mientras exista como una fórmula más de depuración, es su patética condición. Por esa razón, no me inquieto ni me altero. Sólo acudo a su llamada.

Reflexionaba acerca de todo esto mientras le esperaba, cuando me di cuenta que estaba anocheciendo.

Desde donde me encontraba, tenía un plano casi absoluto de la ciudad de Jerusalén perfectamente dividida: en primer lugar, sus interminables y robustas murallas exteriores, de unos quince metros de altura, pude calcular; el palacio de Herodes Antipas y detrás, hacia el norte, prácticamente alineada, la torre Antonia: dos soberbias y excelsas construcciones que se elevaban mudas sobre la ciudad. En su interior se dibujaba otra muralla, ésta algo menor, cerrando y seccionando la ciudad alta de la baja. Por lo demás, Jerusalén, era un complicado dédalo de cubos blancos dispuestos de un modo completamente anárquico. Sus callejuelas y callejas eran una extraña confusión sin orden aparente.

Mis excelentes sentidos sobrenaturales me permitían, sin necesidad ver, intuir el tremendo barullo de las gentes que se arremolinaban yendo y viniendo de un lado a otro de la urbe; más de cien mil almas se apretujaban en el espacio habilitado para una tercera parte. Preparaban a toda prisa la fiesta de la Pascua y ese evento, reunía allí, a gentes de todos los lugares de forma inexcusable. Era, también, un acto inevitable; gentes forasteras llegaban de todos los rincones de Judea, Galilea, Perea e Idumea, tanto de las ciudades griegas y romanas, como de las orillas del mar y de los inescrutables confines del desierto.

Torbellinos interminables de peregrinos se amontonaban hormigueando sobre el puente de Xistus, para ir de Sión al templo sobre el Moriah, y llevar la ofrenda a Yavé. Era el mes de Tishri, la noche de la fiesta de los tabernáculos, en el séptimo año del gobierno de Poncio Pilato en Jerusalén. Había que darse mucha prisa, el sol marcaba la hora quinta y muy pronto el cuerno de carnero sonaría en las terrazas del templo anunciando que el “Shabbat” estaba a punto de comenzar.

Así fue.

Poco después la ciudad enmudeció, en el preciso instante en que sonó el “shofa” en las murallas del templo. El corazón de Jerusalén se paralizó, también a sus habitantes. El sábado petrificaba al hebreo.

Nada podía ocurrir porque nada se podía hacer. El sonido extraño y lejano del cuerno del templo, transformaba en estatuas a las gentes. Las calles aparecían desiertas. Los candiles de aceite se apagaban en los hogares y también el fuego. Los ruidos cesaban y la vida se detenía. Las gentes no hablaban y el silencio se apoderaba de la situación como un monstruo implacable y cruel. Las personas debían quedarse en la posición en la que se hallasen; no podían comer, ni beber, ni hablar, ni efectuar acción alguna. Muchas de las batallas que los hebreos perdieron, lógicamente, se produjeron en sábado. No podían luchar. Se dejaban matar y esto lo sabían sus enemigos.

La tarde había sido incandescente pero ya comenzaba a atardecer. El sol, en su huida, dejaba ensangrentado el vientre del horizonte con tonos rojizos y violetas.

Un soplo de aire fresco se asomó refrescando a duras penas el silencio infernal, sólo quebrado por los ladridos lejanos de los cientos de perros salvajes que habitaban la lúgubre garganta del Hinnom, relativamente cerca de donde yo me encontraba situado; entre lecho del Cedrón y Gehenna, en el paraje conocido como la tierra marchita de Hakeldama. Allí, en ese mismo lugar, esperaba mi objetivo. Aún tuve ocasión, mientras el día perdía su color, de divisar al sur, la cinta de plata que me ofrecía el lago Asfálide. Desde mi lejanía y mi altitud, se reflejaba como una espada, limpia y brillante.

Un tiempo después le oí llegar.

La noche, entretanto, ya había devorado la ciudad y Jerusalén era, para entonces, una población de tumbas degolladas por el silencio.

Subía sin aliento apenas. Venía escalando, jadeando y gimiendo como una bestia herida, trepando por los escarpados peñascos, prácticamente exhausto. Sus ropajes estaban destrozados por los desgarros sufridos entre los erizados matorrales. Su “hagorah”, o faja oscura, la había arrojado por el acantilado a mitad de camino.  Traía el rostro desencajado. Su piel cetrina y extremadamente pálida me llamó la atención. Durante unos segundos se quedó inmóvil: pareció verme. Su mirada se clavó en mí. Pero no, no podía ser, ese hecho no era posible. Sólo miraba, pero no veía. Sus ojos estaban vacíos y rotos.


2

Era Judas. Judas el Iscariote u “hombre de Cairoth”, hijo de Simón. Un hombre notable y acomodado de Judea, antiguo discípulo de Juan el Bautista. Un hombre tan equivocado como atormentado por sus fantasmas. Un hombre, cuya enfermiza rebelión contra el yugo romano, le hizo perder la consciencia de adónde pretendía ir, haciendo algo que jamás se perdonaría: traicionar a su Maestro por treinta miserables “seqel” de plata. A cambio… ¡Había vendido al hombre que más amaba!…

Y no, la cuestión no radicaba en el dinero ni aquella había sido la causa, como tantas veces se aseguró siglos más tarde. No. De hecho, cuando comprendió la magnitud de la encerrona que habían tramado Caifás, Anás y los miembros del Sanedrín contra él, palideció. Tembló de miedo. Él sólo pretendía que le dieran una lección. Que lo apresaran. Que lo castigaran si era preciso, e incluso, que lo desterraran lejos de la Ciudad Santa. Quería, y era cierto, quitárselo de en medio, como fuera, pero nunca de esa forma. Nunca a aquel precio. Porque en el fondo de su alma, y aunque el Galileo con su disparatada actitud, le hubiese decepcionado gravemente, a su manera, seguía admirándole y amándole.

Era cierto que jamás le perdonaría, recordaba con vergüenza,  que entrase en la ciudad a lomos de un pollino…

¡Él…! ¡El Libertador político! ¡El Mesías! ¡El que intentaba devolver al pueblo la soberanía!… ¡Qué bochorno! ¡Qué ridículo! ¡A lomos de un asno! ¿Y éste va a ser nuestro Caudillo? Evocaba con angustia y desolación, sabiendo a la perfección que la tradición popular les prometía un líder que entraría, algún día, victorioso y omnipotente expulsando a los advenedizos de Israel, cercenando de raíz el yugo de la dominación extranjera… “Pero, desde luego, ése no era Jesús”, maldecía entre dientes.

Como tampoco había de pasarle por alto que no intercediera por su propio primo hermano, El Bautista. ¿Por qué? ¿Por qué practicaba una lucha pacífica con aquellos bastardos invasores? ¿Por qué? ¿Por qué, ante esos infames romanos, que les arrebataban impunemente las propiedades, obligándoles, además, a pagar diezmos y segundos diezmos, mientras ellos a duras penas sobrevivían en la más infinita de las pobrezas? ¿Qué clase de justicia era aquella? Se sentía profundamente dolido. Dolido y decepcionado. No. Definitivamente, el Nazareno, no era un libertador, sino un estúpido idealista. Un hombre situado más cerca de la utopía que de la realidad de su pueblo.

Cuando se unió al grupo, hacía tres años ya, pensaba que se integraba en un grupo de revolucionarios. De zelotes. Pero claro, el Rabí, ese maldito pacifista, el maestro de la palabrería y  la farándula, les había absorbido el seso al resto, o a buena parte de sus compañeros, con tanta charla y bienaventuranza. Y tanta parábola absurda. Sólo hablaba de perdonar. ¡Joder! ¿Perdonar? ¿Perdonar después que destrozan y esquilman tu pueblo…? —se preguntó, inflándose como un pavo. No, el Nazareno es un traidor.

Había reflexionado seriamente sobre la situación durante mucho tiempo y, finalmente, se inclinaba decididamente a abandonar aquel movimiento revolucionario de estúpidos soñadores que se conduciría por sí solo, inexorablemente, al fracaso más rotundo, razón por la que optó pactar con Caifás; el Galileo tendría un escarmiento y él un reconocimiento glorioso. Aunque, de todas formas, el destino andaría por caminos muy diferentes a los deseados: el Sanedrín urdió la trampa y éste cayó en ella.

Para cuando el Iscariote acertó a comprender profundidad de la jugada del sumo sacerdote y sus secuaces era demasiado tarde para retroceder. Jesús era capturado en el Huerto de Getsemaní.

El apóstata, no obstante, viéndose envuelto en el artificio que habían tramado, aún le quedó una importante carta que jugar, ésta era la Ley: La Misná.

Así, en un ataque de arrepentimiento, quiso deshacer el disparate cometido. Y podía según la Ley.

En lo que no cayó el desgraciado, fue en que, del mismo modo que no era legal juzgar procesos de sangre por la noche y el Sanedrín lo había llevado a cabo, o juzgar en la vigilia del sábado cometiendo delito, y el Sanedrín de igual manera lo hizo; los derechos que según La Misná tenía Judas en su Orden Quinto, los llamados Votos de Evaluación, también se los pasaron por el forro de las levitas. Y así, el traidor, se vio traicionado.

De nada le sirvió al Iscariote intentar deshacer el trato. La hermética negativa de los sacerdotes se vio acompañada de una sonada burla y carcajada  general, y Judas, furibundo y agonizante, no tuvo más remedio que abandonar la sala de las “Piedras Talladas”.

Todo había terminado para él.

Humillado y descompuesto tomó la dirección hacia el Atrio de las Mujeres. Entró en la sala de los “Cepillos” donde, con cierta sangre fría, sacó la bolsa de hule que contenía los siclos de plata, arrojándola  y pisoteándola en el suelo sin contemplaciones.

Casi al galope se dirigió al Atrio de los Gentiles, abriéndose paso a empujones entre la gente. Posteriormente descendió por el barrio bajo, perdiéndose en la impenetrable oscuridad de los torcidos y angostos callejones. Su corazón era un caballo desbocado y su sudor gélido como la misma muerte.

Mientras serpenteaba por el confuso laberinto de pasadizos y callejuelas de la fortaleza tratando de huir, repasó mentalmente, sin pretenderlo, algunas escenas y momentos vividos con el Rabí de Galilea.

Hubo una época en la que creyó en él ciegamente. Sin reservas. Fue, después, cuando comprendió que el Nazareno llevaba otra guerra totalmente distinta a la suya y ahí comenzaron las diferencias; no le era suficiente ser el tesorero y gozar de su total confianza, quería ser más. Quería serlo todo. Y el no conseguir su objetivo, el no poder girar la mentalidad de su líder, hizo que incuestionablemente se iniciaran los resquemores.

Recordó pasajes con Jesús a los que ahora le costaba dar crédito: los milagros. ¿Cómo un hombre tan poderoso podía verse humillado de esa manera? ¿Cómo era capaz de consentir tamaño desprecio? Judas no comprendía nada. Creía que el único camino a seguir era la sublevación: el terrorismo. La guerra y el “sicar” debajo del manto para asesinar, al menor descuido, a cualquier despistado legionario que hallase.

El desleal Judas ya no volvió a saber nada más de Jesucristo. La última vez que le viera sería en el Huerto de los Olivos, en Getsemaní, cuando besándole la mejilla le llamó “Rabí”, que era precisamente la contraseña convenida para que éste fuera detenido. El Maestro, en su inmenso poder de precognición soportó con tibieza su acorralamiento. Tenía asumido su papel y no opuso resistencia. No era esa su doctrina.

Antes de aquello, Jesús, se había puesto a prueba. Estando orando en Getsemaní, y durante unos instantes, dudó. Dudó mucho. Rezó como antes nunca lo había hecho. Tuvo miedo. Un miedo feroz que se apoderó de él y le atenazó la garganta y, como cualquier mortal, sintió pánico; un atroz y despiadado momento de angustia le recorrió el cuerpo de arriba abajo como una descarga eléctrica. Se le secó la boca, incapaz de segregar saliva, y comenzó de manera irracional e insuperable a sudar de forma sanguinolenta. Su frente, sienes y pómulos, enseguida se poblaron de diminutas gotas de sangre, mezcladas con sudor; sus capilares se habían fracturado en un golpe de tensión extrema, produciendo el encharcamiento de las glándulas sudoríparas y, como consecuencia de esto, la explosión hacia la piel de la sangre envuelta en sudor.

Su pulso perdió la cadencia habitual y monocórdica, para convertirse en un apresurado tambor de cómitre. Por un momento se encontró muy cerca de la crisis cardiaca; pero la tremenda fortaleza y capacidad de control de aquel hombre hizo someter su miedo, el cual, fue paulatinamente alejándose de él hasta convertirse casi en un ascetismo esenio.

Pese a ello y aun sabiéndose preso, el Galileo, todavía tuvo un gesto de gallardía que petrificó a los asistentes. Fue cuando Simón Pedro trató de salvar a su Maestro asestando a Malco, un siervo del pontífice, una tremenda cuchillada que le amputó la oreja. Jesús, a la sazón, recriminó duramente al apóstol y acto seguido colocó otra vez la oreja en la cabeza del aturdido muchacho. Eso no cambió el curso de los acontecimientos, pero sí hizo que durante unos segundos las personas que allí se encontraban se preguntaran los delitos que un hombre así podía cometer.


3

Nadie o muy pocos supieron que detrás de toda aquella maniobra de opinión pública, había desarrollada una maquinaria letal con una única intención: el Rabí era un hombre que alteraba al pueblo manifiestamente, y aquello era incómodo para unos y para otros. Políticamente no interesaba a nadie; las relaciones entre los hebreos y los romanos eran ya lo suficientemente tensas como para empeorar las circunstancias. Y, ciertamente, aquello no vino a mejorar la situación. Es más: sirvió como arma arrojadiza entre José ben Caifás, Anás, su suegro, los sacerdotes del templo, Herodes el tetrarca y Poncio Pilato, todo revuelto en un vulgar culebrón de descréditos que sólo ocasionaría la final crucifixión de un hombre sencillamente bueno.

A partir de aquel momento las situaciones sobrevinieron muy aprisa, aunque Judas no tuvo ocasión de enterarse.

Para cuando llevaron a Jesús ante la presencia de Anás, más tarde a la de Caifás, verdadero instigador y artífice de aquella miserable situación y después todos juntos, en comité, se entrevistaron con Poncio, al cual le correspondía dictar la orden final de crucifixión, era demasiado tarde. Todo había sido geométricamente calculado.

Entretanto, el Iscariote, desde la paupérrima soledad de su alma, reaccionó comenzando a encajar las piezas, dándose cuenta a destiempo del juego manipulador e impío que los sacerdotes del templo habían ejercido sobre él. Fue, entonces, cuando pensó en anular el acuerdo, puesto que la Ley estaba de su parte; se habían burlado de él y dedujo acertadamente que los reconocimientos públicos que le prometieran en ese sórdido pacto, no eran si no una farsa más para conseguir su único fin: buscar un chivo expiatorio, un Azazel al que inmolar.

Y aunque desesperadamente intentó regresar tras sus pasos, en un rescoldo de buena intención, fue un propósito completamente inútil.

Finalmente, Judas, avergonzado y hundido en la miseria de su desesperación, desaparecería de la ciudad en una callada y angustiosa oscuridad de la que jamás regresaría.

El Sanedrín había marchado en pleno con un Jesús maniatado a ver al procurador romano; éste, a su vez, lo remitía a Herodes en la impresión de que, en aquel hombre, no hallaba delito alguno.

Antipas era un extraño y áspero personaje devorado por una infinidad inimaginable de horribles úlceras; una enfermedad llamada “mentagra” y conocida así, porque las llagas siempre comenzaban a aparecer en el mentón. Esta grotesca caricatura de individuo, se encontraba demasiado ocupado como para atender este tipo de asuntos y si estaba unos días en Jerusalén para celebrar la Pascua, no era precisamente para ocuparse de temas tan prosaicos como los que pretendía adjudicarle el romano. El tetrarca no estaba para perder el tiempo, pero, finalmente, aunque con acusada desgana, terminó cediendo e interrogó al preso.

Sin embargo, de Jesús, sólo obtuvo el silencio por respuesta lo que enfureció aún más su mal humor. Así, ante la reiterada negativa del Nazareno a contestar a nada de lo que aquél le preguntaba, optó, entonces, por ridiculizarlo y enviarlo de vuelta al procurador Poncio.

El gobernador recibió nuevamente a Jesús, quien, hasta en tres ocasiones, intentó salvarle de la pena máxima; una de ellas, intentando conmutar la pena del Galileo por la de Barrabás, un zelote terrorista, depravado y asesino. Pero el pueblo ya se había cebado mortalmente sobre el futuro condenado por consejo previo del maquiavélico sacerdote Caifás.

Al final, Poncio, percibiendo la presión que ejercía el populacho; presión que progresaba sin medida y, además, le amenazaba y le advertía que liberando al reo no sería digno amigo del César, finalmente cedió; resolviendo para el preso la “Ibis ad Crucem” lavándose las manos en un gesto simbólico, declinando así toda suerte de responsabilidad en aquel asesinato, que recaería, inexcusablemente, sobre el pueblo hebreo al que tanto odiaba.

El desolado Judas recuperó, poco a poco, el aliento en la muda y opaca noche que le hería por última vez el corazón.

En una extraña pero firme seguridad inició la liturgia de su suicidio. Yo le observaba. Sentí cierta inquietud. Aquel desdichado no había podido superar su propia traición, porque antes que traicionar a nadie se había traicionado a sí mismo. Y su miserable comportamiento le decepcionaba más que ninguna otra cosa.

Un hombre bueno quedaba en las manos impuras de aquellos depredadores sin ninguna posibilidad. Sabía que no merecía seguir viviendo en esa iniquidad. Había sido un desertor y un amigo desleal. Jamás podría vivir con aquella sombra. Era excesiva  la amargura que sentía al haber vendido a su mejor amigo. Un instante antes de quitarse la vida, se preguntó por última vez aullando como un perro a un cielo de antracita:

— Si realmente eres El Hijo de Dios, dime… ¿Por qué me has elegido a mí? ¿Por qué yo, Dios mío? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí para tu inútil desenlace?

Llorando esta última pregunta se deshizo del cinto rojo y negro que llevaba a la cintura sin un gesto más de amargura o miedo. Ató el cordón en la gruesa rama de una vieja higuera que se descolgaba insólitamente en el filo mismo del barranco de Hakeldama; un paraje tan inhóspito como árido. A continuación, con el otro extremo, anudó su cuello. Vaciló un segundo, después saltó suspendiéndose en el vacío.

Durante unos momentos, los sonidos guturales se apoderaron del desdichado arrancándole la vida, pero el peso de éste y las convulsiones llegaron a ser tan violentas que el nudo se desarmó del árbol, precipitándose a un abismo de cuarenta metros.

Allí, en el fondo de la quebrada, quedó inerte el cuerpo sin vida del infortunado saduceo. Entre las rocas. Como un muñeco roto. Con el ceñidor alrededor del cuello y la cabeza descuartizada.

La noche se lo tragó en un suspiro y unos momentos después se instalaba de nuevo un silencio mortal. La turbulencia de su vida terminaba tal y como la había vivido: con desasosiego. Con profundo tormento y desesperanza.

Por un momento, me planteé, si no existía algo de verdad en todo lo que Judas se había preguntado antes de morir…


4

El día amanecía de nuevo caluroso pero claro como el mármol. Era excesivamente luminoso y desde primeras horas de la mañana se dibujaron en Palestina e Idumea, y sobre el mar Muerto, nubes que amenazantes subían desde el sur con un claro proyecto de tormenta. Abajo, en la ciudad, el preso llevaba ocho horas en los calabozos; atado, esperando la sanción de un pueblo sucio y enfermo de odio.

El gigantesco centurión era un verdadero experto en el castigo de la flagelación.

Ya, entre los soldados, tenía fama de ser un verdadero verdugo. Las legiones de Pannonia le bautizaron con el sobrenombre de “Cedo Alteram”, porque en los castigos que infligía entre los legionarios, aparte de crueldad, existía un estudiado método: apenas si había roto una fusta en los lomos del castigado cuando pedía “paso a otra”.

Los primeros cuarenta latigazos llegaron de la mano de dos romanos preparados para tal efecto. El primero de ellos, sostenía su “flagrum” o látigo corto; un mango metálico, forrado con piel, del que destacaban tres correas de unos cuarenta o cincuenta centímetros. En los extremos aparecían los astrágalos o tabas de carnero. El otro portaba un látigo de similares características, llamado “plumbata”; éste, en lugar de huesos de carnero, se armaba en su final con bolas de plomo.

La Ley judía hablaba de cuarenta latigazos —cuarenta menos uno; el último, de gracia—, pero Poncio, en su afán de remover la conciencia de los saduceos, machacó al reo doblándole el castigo. Relevó a aquellos oficiales, y ordenó a Lucilio proseguir el correctivo hasta los ochenta correazos. Los últimos golpes aplicados por el centurión fueron especialmente crueles y exactos; hasta el punto de conseguir derrumbar por fin al Rabí. Cuando concluyó la flagelación del Nazareno, su cuerpo, era un mapa sanguinolento de más de doscientas cincuenta  heridas.

Tambaleante, Jesús, abandonó el inmenso patio de la fortaleza del gobernador Poncio haciéndole sentar fuera, en un banco. El odio que los romanos le tenían a los judíos era atávico y carecía de límites, así que, poco después, cuando éste se recuperó brevemente volvieron a humillarle, esta vez, orinando sobre él, y escupiéndole. Entre burlas y chanzas, alguien apareció con unas soberbias zarzas que había arrancado de la parte de atrás de las caballerizas; se trataba de las temidas “ziziphus”, un arbusto muy corriente en  Palestina, cuyas púas torcidas y la mayoría en forma de gancho de carnicero, llegaban a tener hasta seis centímetros de longitud.

El soldado, con verdadera habilidad, compuso una forma de casco, de tal suerte, que el entramado arbusto quedó configurado con las púas en todas las direcciones como si del lomo un puerco espín se tratara.

De un brutal bastonazo, y sin previo aviso, le encajó aquel doloroso bacinete en la cabeza. Automáticamente, el Maestro, lanzó un alarido de dolor que recorrió las calles de la ciudadela. Segundos después, aparecieron unos gruesos chorros de sangre que, abriéndose paso en la maltrecha piel de Jesús, llegaron hasta el suelo.

Cuando el Nazareno apareció con aquel lamentable y martirizado aspecto, ya fuera del Pretorio, la encarnizada muchedumbre que le aguardaba, hizo un profundo silencio. Luego, poco a poco, algunos grupúsculos de individuos previamente sobornados por los sanedritas, se encargaron de iniciar coros cada vez más sonoros y voluminosos:

— ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

La ignorancia, maldad y sed de sangre y muerte de la multitud, terminó por adueñarse del gentío unificándose en una sola voz:

— ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

El cortejo partió de la Torre Antonia, donde se situaba el Pretorio. Los abovedados túneles los condujeron muy lentamente hacia un polvoriento camino. Tomarían, más tarde, rumbo hacia el noroeste de Jerusalén. Pero mucho antes de llegar a la Puerta de Damasco, es decir, a la altura exacta donde se dividen los caminos de Cesárea y Samaria de los que van a Betania y Jericó, bordearon la muralla septentrional por su cara oeste regresando hacia la Puerta de Efraín, encaminándose así, al Monte de la Calavera o Gólgota.

Abría la marcha un centurión que, por sus funciones, le llamaban “Exactor Mortis” o Cobrador de la Muerte. Detrás, le seguía un pregonero que llevaba en la mano un cartel en donde estaba escrito en hebreo, en griego y latín, la causa de la condenación. El final del texto rezaba: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.

Aquel Centurión, Longino, un veterano legionario de mediana edad, natural de Túsculo, cerca de Albania, era un hombre callado y discreto. Había combatido algunos años en Asia Menor y tenía como recuerdo de contienda, una profunda cicatriz que le atravesaba el rostro de extremo a extremo, y una mal disimulada cojera. Pero su corpulencia era tal que se imponía sin necesidad de palabras entre aquella chusma que se amontonaba al paso de los condenados como una marabunta humana. En el centro se situaba el Rabí, quien a duras penas mantenía el “Patibulum” con un peso muy aproximado a los cuarenta kilos.

Tras él, dos guerrilleros y salteadores de caminos, que también serían ajusticiados; se hacían llamar Gistas y Dismas. La fatal comitiva estaba flanqueada por ocho legionarios fuertemente armados, dispuestos a abrirse paso sin piedad con sus “gladius”, o sus “flagrum”; sobre todo, en ciertas callejas en las que la plebe se apilaba para presencia el espectáculo. Aunque lo cierto es que la mayor parte de las veces los latigazos recaían sobre el Galileo y los “zelotas” presos. El comité se cerraba por cuatro soldados más en la parte posterior.


5

El condenado a muerte ya había caído al suelo por cuarta vez, se encontraba casi exánime, y no era capaz de dar un paso. Había andado descalzo entre rocas y maleza trescientos metros y aún quedaban unos cien más hasta el Gólgota. Tenía los pies completamente ensangrentados por la formación pedregosa del terreno; las rocas eran verdaderas cuchillas. Sus aristas cortaban el aire caliente y viciado, y la maraña de arbustos que mantenía asestada en la cabeza le hería con sus agudas espinas sin la menor compasión.

Muy cerca de su destino final, una mujer que se encontraba bajo el arco de la Puerta de Efraín, se acercó valientemente y depositó en la reseca boca del reo unas pasas de Corinto. El Nazareno, consumido por los golpes recibidos, la miró con bondad, pero no fue capaz de articular una palabra. Longino, el centurión, tuvo un instante de piedad y disimuló el acto de coraje de la hebrea.

El último tramo por cubrir tuvo que realizarlos el Rabí de Galilea inevitablemente sostenido por dos verdugos.

Para concluir la escena otro corpulento personaje hizo su aparición: se trataba de Simón, natural de Cirene, un país del norte de África; había ido a Jerusalén a la celebración de la Pascua. Venía con sus dos hijos, Alejandro y Rufus. No conocía de nada al Galileo, ni los motivos por los que se hallaba allí a punto de ser crucificado, pero ante la orden dada por los soldados, no le quedó más remedio que transportar el “patibulum” hasta la cima de la Calavera.

Era la hora tercia cuando llegaron al cerro rocoso y calvo de la colina pelada. El panorama era dantesco: se erguía como un monstruo sobre las gentes. Allí, clavadas en lo alto del pináculo, las “stipes” o palos verticales de las cruces, se mostraban negras y siniestras como fantasmas. Tenían tres o quizá cuatro metros de altura.

Una tormenta de arena comenzó a silbar como una serpiente entre los palos y, de modo acelerado, el mediodía que desparramaba hasta ese momento en un sol violento y colérico sobre Judea, se metamorfoseó de un modo inverosímil hacia una tarde parda y cerrada.

Las nubes que yo había divisado al amanecer, procedentes del sur de Palestina, iban rápidamente tornándose en negros nubarrones. La galerna se cernía implacablemente sobre la Ciudad Santa, para azotarla.

A partir de ese momento todo ocurrió de un modo todavía más dramático: de una forma ciertamente profesional y metódica fueron clavando a uno tras otro en los “patibulum” e izándolos seguidamente, sobre cuerdas, hasta que éstos, los condenados, quedaron perfectamente ensartados en las “stipes”, palos verticales, o “staticulum”. Los alaridos de dolor se multiplicaron y durante seis interminables horas estuvieron aullando de dolor hasta sucumbir, en la hora nona.

Jesús fue, de los tres, el primero en morir debido al brutal castigo recibido; la presión arterial le había descendido notablemente como resultado de su posición de enclavamiento y, rápidamente, el oxigeno comenzó a llegar de una forma insuficiente a los músculos, al cerebro y a los pulmones, lo que afectó severamente a su ritmo cardíaco.

Mientras Jesús moría en silencio, sin una sola queja, aceptando su destino, a los delincuentes que se encontraban situados a su derecha e izquierda respectivamente, les ofrecieron vinagre con mirra, narcotizándolos, por lo que entraron en un profundo e irrecuperable sopor.

El Nazareno sabía perfectamente que había llegado al final de su camino.

Para entonces yo me encontraba muy próximo al crucificado, y sin acertar a saber cómo, me miró. Sólo él me vio. Sé que me vio. Lo sé. Me miró con un silencio estremecedor. Como nadie lo había podido hacer jamás. Y sentí miedo.

Es curioso, pero aquel hombre indefenso y pulverizado que perdía la vida por momentos, sabía quién era yo y por qué estaba allí. Tenía en su apaleado rostro una serena quietud…Tanta bondad. En su agonía, comprendí, que aquello era así porque seguía inexplicablemente amando a sus asesinos. No percibía en él ni odio ni rencor. Era aquél un hombre definitivamente bueno.

Algún tiempo después, mientras esperaba el momento, se incorporó súbitamente en el sedil de la pesada cruz para tomar aliento por última vez. Con la voz quebrada por el sufrimiento, exclamó, dirigiéndose a un cielo velado por brumas y rayos amenazantes:

— ¡Elí…! ¡Elí…! ¡Lema sabactaní!”—preguntándose por qué Dios le había abandonado, expiró.

Segundos más tarde le sobrevino nuevamente una crisis cardíaca entrando en un coma profundo e irreversible.

Cuando los legionarios se aproximaron con la intención de proceder al “crurifragium”, que no era otra cosa que rematar a los suspendidos en la cruz, dado que no podían permanecer allí, en el día del sábado que se acercaba, comprendieron que a Jesús no le haría falta. Ya había muerto.

La cuestión era sencilla y despiadada; les rompían las piernas a los crucificados. De esta cruel forma terminaban por asfixiarse definitivamente al no contar con el apoyo de los pies en el sedil. En el caso de Jesús, tal como comprobé, no hizo falta. No obstante, uno de los infantes encargado de la misión tomó su “pilum” descargando a corta distancia un tremendo lanzazo en el costado del cadáver del Rabí Galileo.

Casi inmediatamente, un líquido de carácter seroso e incoloro procedente de la pleura y el pulmón, se dejó escapar mezclado con la sangre del pericardio y la masa muscular.


6

Quedé en silencio observando al Cristo, al hombre y su tragedia. Pensé durante algún tiempo, si el sacrificio realizado por aquel mártir, inútil mártir sin causa, valía de algo.

Sabía con certidumbre que no. Que había sido una ofrenda estúpida; sencillamente porque la raza humana no la merece. No existe el amor entre los hombres, pese a que Jesús deseara albergar esperanza en ello. El devenir de los siglos ha puesto de manifiesto reiteradamente su mezquindad sin precedentes, su egoísmo y su ruindad. Su exiguo corazón no vale nada. Está podrido.

Medité con detenimiento sobre lo que había vivido en aquellas fechas en Jerusalén. La conclusión no servía para nada. No tenía utilidad.

Cualquier día nacería otro Nazareno y volverían a escupir sobre él de esa o cualquier otra manera. Y volverían a humillarlo y crucificarlo de esa o de cualquier otra forma. El resultado siempre es el mismo. Siempre será el mismo, mientras no cambie el corazón de las personas.

Me envolví en mi capa negra y miré por última vez el Gólgota. Se encontraba vacío. Dirigí mi vista, entonces, a una ciudad que parecía también vacía. Vacía como sus almas. Por último viajé a Hakeldama. Allí seguía aún el cuerpo destrozado del infeliz Judas.

Fui alejándome de todo. Con la suavidad del olvido. Mientras, los colores pálidos en el horizonte languidecían. Atardecía en silencio, la tormenta había pasado. Jerusalén dormía su agonía…

Jerusalén dormía su infamia.




José Hdez. Meseguer
El Espectador del Crepúsculo 
Murcia, 1981


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