lunes, 1 de noviembre de 2010

LA ESTRECHA SOMBRA DE LA PARABELLUM [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]


Amanecía en la ciudad.

El sol comenzaba a romper la oscuridad definitivamente. Se abría paso entre las tinieblas que cedían a una extraña claridad apagada. La calima se instaló en la megalópolis con un manto amarillo, sutil y turbio. La mañana tenía una rara sensación de angustia. Presagiaba ineludiblemente la muerte. Los trenes, procedentes de las provincias, llegaban afónicos y exhaustos, despidiendo, bajo las ruedas, un insoportable olor a gasóleo y aceite requemado. Hacía frío. Mucho frío. En su agonía, aquellas máquinas, silbaban de un modo estremecedor; entraban en la Estación sin aliento apenas. Casi moribundas. Al detenerse en el andén desplegaban virulentas alas de humo blanco y denso que reflejaban su profunda fatiga. Un agotamiento sólo comparable a la soledad de un poeta.
Mientras esto ocurría, la ciudad aún dormida, caminaba temblorosa en las sombras; el Metro se desperezaba lentamente llevando a hombros sus primeros pasajeros. El autobús, el “Nocturno” finalizaba su pesada ruta. El Mercado de Abastos comenzaba a latir de nuevo; los camiones habían descargado sus mercancías en Legazpi. Y el resto, en definitiva, pertenecía al horario de la mañana. Se iniciaba el día; un día como los demás, pero manchado de sangre. Un día que se presentaba sucio y opaco.
Un día, en el que sabía con absoluta certeza, que tenía una obligación inexcusable y debía asistir. Me habían dicho: “Tal día, a tal hora, tienes que estar. Es tu misión, lo sabes”.
Así, acostumbrado como estaba a presenciar a tanta desgracia, no me quedó más remedio. Y  allí estaba yo: esperando. Más helado que la misma muerte. Parecía, sin embargo un transeúnte más, aunque no era exactamente eso: el abrigo largo, hasta los pies, negro. La bufanda oscura, mi extraña figura, sólo para quien se hubiese detenido a mirarme; perilla cana, sombrero de ala ancha, mirada vacía, rostro afilado... Sé que nadie me dedicó un vistazo, parecía no existir. La gente tropezó conmigo y me esquivó ignorándome. Se perdían corriendo, doblando las esquinas; arrinconando sus miserias y sus miedos, haciendo un paréntesis en sus traumas y sus temores cotidianos. “Negándose los sueños, se mezclan unos y otros con el tiempo justo de olvidarse, en ese mismo instante” —pensé.
Pero todos en su vibrante ir y venir equivocaban, sin saberlo, su patética existencia. Porque yo estaba allí en una cita ineludible que en cualquier momento podía tocarle a cualquiera de ellos. Aunque en esta ocasión iba a recoger los trozos de sueños de un hombre porque, otro, estaba dispuesto a despedazarlos de la forma más miserable.
Aún era temprano y observé a la gente que, como digo, fluía en una hemorragia incontenible por calles y avenidas. Un inmenso hormiguero humano se extendía por la ciudad sin orden aparente. Y es que, pese a todo, me repetía incansablemente, aquello seguía siendo confuso para mí; no lograba acostumbrarme a tales acciones a pesar de estar tremendamente habituado a efectuar desastres entre la multitud. A mí siempre se me requería para este tipo de asuntos: lo mío era el trabajo sucio. Lo que nadie quería. No vestía de negro por capricho: era mi color. Era el color de la desesperanza, del final de trayecto. De cualquier trayecto.
Súbitamente apareció, le reconocí enseguida, aquella mirada me tenía dibujada en los ojos; tenía el espeso color de la muerte. Una enfermiza languidez en el rostro le delató: estaba manchado de odio. Gangrenado hasta la médula. Daba miedo. Recordé, entonces, sin poder evitarlo, todos los monstruos que llevo tan injustamente en mi mochila. A cuestas. Sin remedio. Sin sentido. Sin solución.
Se encendió un cigarrillo y miró nerviosamente a ambos lados de la acera: estaba descompuesto. Trató inútilmente de mantener la tranquilidad. No obstante, nadie pareció darse cuenta. Nadie, excepto yo, que le estudiaba los gestos. A cierta distancia le miré vislumbrando el día preciso y la hora en que también me tocaría ir a por él, no me dio pena. Su odio y su ansiedad incontenibles, eran verdaderas erupciones en su pobre y acabado corazón. No sentí piedad, sino asco. Sabía, porque es mi oficio, lo que venía a hacer. O mejor dicho, a deshacer: una vida. Era lo de menos.
Desde donde me encontraba situado no podía decir ni hacer nada, tampoco debía impedir su acción: sólo podía esperar. Existía un reloj incontrolable y desbocado que iba a determinar sin nadie saberlo —exclusivamente yo—, el límite de la vida de un hombre. Yo, como el espectador de un cuadro, iba a asistir en primera fila a la ejecución de un ciudadano. Mi deber era simple; recoger, metafóricamente hablando, los pedazos de cerebro cuando se desparramasen sobre el gélido asfalto, porque, en definitiva, yo no era un invitado cualquiera, sino precisamente “El no Invitado”. Pero el que, al final, inevitablemente, tiene que asistir a actos de esta catadura o de otras parecidas y dar fe de que están más muertos que la hostia.
Y así de rápido, aquel individuo de inquietante mirada, situó mentalmente a su víctima en el punto de mira. No terminó el Pall Mall; a medio lo tiró con cierta rabia. Lo estrujó en el suelo con la parte anterior del zapato sin mirar lo que hacía. Sin quitar la vista de su objetivo. Tenía los ojos inyectados en sangre. Probablemente, la noche anterior, los rescoldos de lo que fue su conciencia se acercaron a su alma y le tocaron la puerta. Eso debió joderle un disparate; él no deseaba albergar esa emoción. Huyó de sí mismo y deambuló por la ciudad perdido, tratando de convencerse que el cometido que iba a realizar era el adecuado. Que era la guerra, y las guerras son así. Recordó, secuencialmente, aquellos años de estudiante y los continuos enfrentamientos con la policía. Lo mal que lo pasó, su ideología política, y los años de rebelión y cárcel en su tierra natal antes de incorporarse a un grupo organizado... No quedaban tan atrás, aunque en ese instante los recordase muy lejanos. Tal vez confusos.
De pronto se angustió, la memoria es una extraña maquinaria; a veces funciona de un modo descarado e incoherente, pero afortunadamente también como la caja de un mago: con doble fondo. Porque, enseguida, un resorte de alarma infalible se puso en marcha; de modo automático, se recriminó sus segundos de flojedad y tolerancia, y siguió caminando en silencio hasta el primer bar que se encontró abierto. Entró y se tomó mil. Quiso deshacerse a toda prisa de las sombras de la mente; de aquel lastre que, sin pretenderlo, le pesaba como una capa mojada. El caso, sin embargo, no dejaba de ser curioso, porque cuantos más cubatas se zampaba más se le pegaba la capa.
Esa historia, la de matar a un tío, justificó mentalmente, no constituía ninguna novedad; tampoco era la primera vez. Había habido otras veces, él no era ningún aprendiz. Por otra parte era su trabajo; es como el que va a soldar o como el que conduce un autobús, un trabajo como otro cualquiera. Seguramente con menos desempleo y mejor pagado, nada más. De esta forma, y en la soledad de su monólogo, tomó tanto alcohol como pudo hasta que llegó el momento en que lo tuvo muy claro.
Las incómodas y parpadeantes luces azules del tugurio, le transportaron un segundo hasta el callejón en el que se refugió la primera vez que asesinó a una persona. Los destellos, le devolvieron a empujones a la calleja del barrio viejo de Pamplona. La policía le buscaba. Aun así, él, aunque un tanto asustado, sintió en su interior la fortaleza, la mesiánica satisfacción del deber cumplido. Apreció cierta taquicardia, sí, pero estaba al tanto por sus compañeros veteranos que esa sensación antes o después acabaría calmándose; era sólo cuestión de tiempo. Tiempo y experiencia. “Su acto sería importante”, eso era lo importante.
A partir de ese momento su hazaña quedaría registrada para siempre en todos los medios hablados y escritos. Lo de menos era aquel cabrón de guardia civil que estaba tumbado en el suelo con las tripas, las piernas y la cara hechas una mierda, repartidas en la acera, veinte metros a la redonda. Sabía que con el paso del tiempo dejaría de temblarle la mano y la conciencia. Terminaría por acostumbrándose al oficio. “Estas cosas llegarán a causarme indolencia. Llegarán a ser como callos en el culo de un mono”, se dijo. Y rumiando esto último asintió aplacando sus adentros. Apuró hasta el final el ron con coca cola y se despidió con un lacónico gesto.
A trompicones llegó a su habitación, debía descansar. Debía estar preparado para el día siguiente. No pensó demasiado, aunque le costó mucho conciliar el sueño. Había bebido a propósito, pero nada; dio ochenta vueltas en la cama. Finalmente se durmió. De madrugada, mucho antes de que sonara el despertador, se encontraba preparado para la jornada. Revisó por enésima vez su arma y los planes que le garantizaban la huida. Existían otras tres personas, estratégicamente situadas pendientes de la acción del verdugo, para sacarlo con velocidad extrema de la situación; la rapidez era determinante para el éxito de la operación, en cualquier caso.
Si bien, ésta, era especialmente sencilla: sólo se trataba de asestar dos putos disparos por la espalda en la nuca; a lo sumo tres, para rematarlo. No habría prácticamente y, salvo graves errores, capacidad de respuesta por parte de nadie; la gente, se quedaría pasmada o se tiraría al suelo acojonada. Aun así, era conveniente tener todos los detalles bajo control: pura rutina, aseveró con la seguridad de un profesional.
Naturalmente, yo, por mis largos siglos de experiencia, tenía la completa convicción de que los hechos y sus pajas mentales habían andado por ese camino con solo mirarle a la cara. Es mi trabajo.
Durante unos segundos le vi vacilar. Buscaba, sin lugar a dudas, el momento adecuado. Con cierto disimulo se tocó por encima de la cazadora lo que evidentemente era su “herramienta de trabajo”; su parabellum, recuerdo póstumo de un trabajo anterior. A partir de ese instante todo sucedió vertiginosamente.
Desde donde se encontraba, en la puerta de la pensión, aprovechó una salida en tromba de la gente del Metro para unirse a ellos, como uno más. Mientras tanto, al mismo paso de la gente que todavía caminaba adormilada, introdujo de una manera mecánica su mano en la pelliza. No parpadeó. Quitó el seguro y tiró del percutor hacia atrás, hasta la segunda posición. Se le acercó y se apostó prácticamente a sus espaldas.
Entretanto, un hombre como cualquier otro, de mediana edad pero con uniforme de militar, trataba inútilmente de calentarse al abrigo de sus propias bocanadas de vaho, exhaladas como una cortina de humo sobre sus manos. Ausente y desprevenido esperaba el momento de ser recogido por el coche oficial. Y como si de un mazazo se tratase, como un rayo devastador y vehemente, aquel individuo de mirada hueca y deshabitada, descerrajó como un mandato diabólico dos disparos sobre la cabeza del hombre, inundando, inmediatamente, de sangre y sesos, el pavimento.
Trozos de cráneo, fragmentos y esquirlas ensangrentadas, saltaron enloquecidas en todas las direcciones. Éste, cayó sobre su eje en el acto; como si alguien hubiese cortado de repente los hilos que le mantenían en pie. Quedó tendido en el suelo como una marioneta rota, mientras la vida se le escapaba a chorros por la nuca y la frente.
El pistolero lo tenía todo matemáticamente calculado. En fracciones de segundos un vehículo pasaba a toda hostia y lo recogía. Acto seguido, el automóvil se perdía como un suspiro en la vorágine de la gran ciudad chillando ruedas. Ambulancias. Coches de policía. Histerismo colectivo. Gritos. Llantos. Todo a la vez… pero todo tarde. Todo inútil. Un hombre moría entre espasmos, sin dar tiempo.
Yo estaba allí. Estaba allí porque siempre estoy donde hay dolor. Recogí, entonces del suelo, sin prisa, mientras la gente comenzaba a arremolinarse, sus anhelos, sus ansias, sus esperanzas, sus deseos, sus zozobras y sus inquietudes, que en el asfalto habían quedado rotas; destrozadas en mil pedazos.
Es mi trabajo. Es mi misión. Soy inalterable. Inamovible. Impasible. Soy El Ladrón de los Sueños. El Segador del Mañana. El Cronista del Ocaso. Soy el Dibujante de la Vida al Atardecer. El Ángel de la Muerte. Soy… El Espectador del Crepúsculo.




José Hdez. Meseguer


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