lunes, 1 de noviembre de 2010

MORIR EN PRIMAVERA [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



Abril florecía tímidamente en las esquinas de aquel pueblecito pescador. Sin prisa. El paseo se vestía, un día más, de colores y la luz robaba soledad a las calles que se torcían, hasta lograr esconderse de la burlona claridad. Si bien, ésta, lentamente, extendía su mano luminosa a todos y cada uno de los rincones. Los árboles se engalanaban mostrando a la primavera sus verdes intensos y las flores se abrían sin pudor para exhibir con vehemencia y descaro sus aromas y matices. Eso fue precisamente lo que le hizo recordar, otra vez, que hubo un tiempo que se había quedado atrás, enredado en la turbulencia y la neblina del desamor; aquellos olores y tonos le encaramaban al recuerdo sin apenas pretenderlo. Había sufrido lo suficiente y estaba harto, pero no lo podía evitar. El recuerdo le asediaba. Le llevaba y le traía como si de un muñeco de trapo se tratara. Se encontraba a merced de las sombras de la memoria que jugaban con él a su entero capricho.

Le zarandeaban primero y le arrojaban después como una colilla; le escupían al presente, que era lo que más odiaba, y le dejaban en un rincón hasta la próxima vez. Hasta el próximo ataque de soledad. Hasta el próximo ataque de desamor. Hasta el próximo ataque de recuerdos. Hasta el próximo ataque de locura por un amor imposible que le convertía irrevocablemente en el más desgraciado de los mortales. Por todo eso, aquella primavera le era infinitamente dolorosa y entraba en su piel como un huracán; como una afilada cuchilla abriéndole cada una de las heridas. Lo cierto, es que a esas alturas no había conseguido superar la situación; se sentía acorralado y, además, ya no quería luchar más. Quería poner punto final a su desdichada aventura.

También, por ese motivo, yo estaba allí observándole desde un rincón de la pequeña habitación en silencio toda la tarde. Para ser el testigo de cómo un ser humano, derrotado y abatido hasta la ruina, escribía los últimos renglones de su existencia al considerarse incapaz de sobrevivir con ese bestial zarpazo en el corazón. El despreocupado e infantil jugueteo de los gorriones en los aleros le paseó por última vez, en el día que definitivamente se rompía, al momento en que la conoció años antes.

Quise recordar con él…


2
Corría la misma estación, abril, y él se abría paso a la vida con la fuerza de un torbellino, aunque en casa, la vida, no le iba bien. La excesiva autoridad de su padre y sus frustraciones personales establecieron entre ambos un abismo insalvable. Puede que, como todos los chicos a su edad, no tuviese las cosas claras, ni por supuesto demasiado diáfano el camino a seguir, pero de todas formas la mejor opción no era las palizas que recibía casi a diario de una manera tan cruenta. De forma, que el chico tenía claro que su situación no iba a continuar así por mucho tiempo y andaba entre la realidad y la ficción fabricándose un buen pretexto para desaparecer. Todo era cuestión de tiempo. Estaba a punto de cumplir los dieciocho y no aguantaría a partir de ese momento, un minuto más.

Como todos los solitarios, él, también tenía un Diario y le gustaba escribir. Era su refugio. Su talismán. Su único refugio. Su único amigo. Cada noche, sin tregua, se asía a él como el marino en un naufragio. Buscando a toda costa, desesperadamente, su tabla de salvación. En silencio, pero con la vehemencia suficiente por manchar la pureza de aquellas inmaculadas páginas. Con urgencia, con la inevitable necesidad de expresar la zozobra que le atenazaba. Era plenamente consciente de su falta de formación como escritor pero, en realidad, en aquel tiempo, eso no le preocupaba; el mañana carecía de valor. Aquella palabra le sonaba del todo extraña; era simplemente un complicado y lejano adverbio. No se planteaba el futuro de un modo inmediato. No escribía para nadie y sus palabras tampoco tenían destino. Sólo tenían la sagrada misión de rebotar dentro de él como en un árbol hueco, para oírlas y sentirse vivo; eran cartas y mensajes lanzados al viento. Escribía exclusivamente para él. Aquellas páginas sólo debían constituir la fuga inmediata y diaria a una situación que simplemente no aceptaba.

La musa de la inspiración no era otra que la angustia incontrolable de vivir en total desacuerdo con el paisaje que le rodeaba. Era su rebeldía personal. No necesitaba más. Intentaba, sin pasión, soportar la aplastante desidia del bachillerato. Y lógicamente, entre ascos, lo hacía a trancas y barrancas; era un estudiante mediocre sin apenas posibilidades. No porque fuese un idiota, sino más bien porque se encontraba sitiado entre su imaginación y la férrea disciplina de la realidad: su padre. Estaba harto de aguantar sus palizas inundadas de odio, sus traumas, sus complejos, sus frustraciones, sus fracasos y su iracundo e insoportable carácter. Y desde aquel turbio ángulo de resentimiento, por cierto recíproco, éste tampoco dudaba en qué fórmula aplicar para joderle y devolverle de algún modo las hostias que recibía, contraatacando, con o sin razón, donde más le dolía a su progenitor; siendo precisamente un “bala perdida”. Un mediocre y gris muchacho ante sus ojos: un perfecto fracasado.

Supuse, que el hecho de verse continuamente sumergido en la estúpida pero fatal guerra que se había establecido entre ambos, hizo que, por su propio pie, llegase un inevitable punto de inflexión ante el cual tuvo que tomar decisiones que en otra circunstancia posiblemente no se hubiese planteado. La cuestión estaba clara: aquella historia paterna le hastiaba ya lo suficiente cómo para seguir soportándola, por lo que comenzó a meditar en serio la única salida posible: escapar. Bien a través de su imaginación, como venía haciendo, bien estando lejos de casa. La diminuta y peregrina idea fue, en los meses siguientes, adquiriendo el volumen y el espacio necesarios hasta que se fijó en su mente como un imán. Lo tenía, creía, suficientemente estudiado: se iría del hogar y se lanzaría al abismo de lo desconocido. Empezaría una nueva vida en otro lugar, lejos de todo, y de todos. No miraría atrás. Se marcharía sereno sin temblarle la decisión ni la mano. A riesgo de cualquier cosa.


3
Esa tarde iba no sabía adónde, salió a la calle sin rumbo fijo. Su única intención era la de escapar del mundo de nuevo. Dudó durante unos instantes antes de decidirse a encaminarse en la dirección en la que finalmente lo hizo. Paralelamente el destino también tejía su red aquella primavera.

Lo cierto es que tropezó con sus ojos.

Ella le observaba mientras simulaba leer. Él, por su parte, andaba demasiado sumido en su laberinto personal como para fijarse en nada ni nadie. Pero, súbitamente, coincidieron en las miradas. De repente, se hizo la luz. Y en realidad, ahí empezó todo; tal y como comenzaría una extraña y maravillosa combustión espontánea. Poco después, comenzaron a charlar sin propósito y fueron conociéndose mejor. Al finalizar la tarde, acordaron en verse al día siguiente... y al otro. Y el otro, les llevó sin demasiadas excusas ni esfuerzos, al de más allá. Al final de la semana, el joven, como por encantamiento, se sentía amable pero también inevitablemente atrapado. Y sin saber cómo ni de qué manera acabó enamorándose. La muchacha, simplemente, se había colado de puntillas en la soledad de su vida. Por primera vez, en mucho tiempo, alguien le escuchaba cuando hablaba y eso le hacía sentirse bien. Es más: muy bien. La chica le idealizaba, y claro, él que mientras tanto se debatía sin ninguna suerte en su vida interior, se agarró a ese amor como la única esperanza de ser útil para alguien. Porque, también por primera vez, no era ridiculizado ni pisoteado. Se sentía seguro.

Los profundos e insondables ojos negros de la chica invadían e iluminaban de sobra todo el universo del joven, que se notaba subir el amor en la piel como una fiebre incontenible. La pasión iba conquistando terreno a la vez que se enredaba en todos los balcones de su juventud. El amor y la ilusión estaban ganando la partida; en muy pocos días se juraban un amor inquebrantable e indisoluble. Y juntos comenzaron a elevarse sobre el mundo, edificando un castillo de fantasía sólo habitable para los locos y los enfermos de amor. Y morirían juntos por amor como Romeo y Julieta, si era necesario.

Nada ni nadie los podría separar.

Su amor era tan grande que no tenía definiciones, barreras o límites. Espacio o tiempo. Era intemporal. Lo abarcaba todo. Estaba por encima de cualquier cosa. Los minutos se sucedieron demasiado rápidos para ellos, que ausentes de la realidad y el mundo, dibujaron su amor en las páginas más tiernas y blancas de su corta existencia. Aquella fiebre, alejada por supuesto de la frontera de la razón, cabalgó desbocada hasta perderse en abismos impenetrables… Sin embargo, la edad equivocaba su verdad; el tiempo les traicionaba. Afilaba las zarpas del desamor en la oscuridad. Apenas se conocieron una semana y un día triste y gris les sorprendió la despedida.

Con el corazón deshecho y las lágrimas invadiéndoles los ojos, se hicieron la promesa y el juramento de que salvaguardarían aquel amor por encima de advenedizos hasta reencontrarse para no volver a separarse nunca. La tragedia de la despedida sumió al muchacho, días más tarde, pero de forma rápida e inevitable en una situación sin retorno; fue perdiendo la poca autoestima que le quedaba y solitariamente fue recorriendo el largo camino de la hipocondría hasta llegar un páramo de infinita soledad del que no se puede regresar. Viajó hasta el castillo de la melancolía para encerrarse y no querer nada del mundo exterior que no fuese su alejado amor. No fue perdiendo amigos, no. Los fue rechazando o abandonando deliberadamente. No quería verlos. Huyó de ellos sin dar explicaciones. Necesitaba estar solo. Siempre solo. Y la luz del recuerdo de la muchacha se convirtió en su sombra y en una compañera perpetua.

Paulatinamente la flor de la juventud fue mustiándose. Su tremenda desazón y angustia sólo se veían aquietadas al reconstruir las escenas que había protagonizado con su princesa en el país de ensueño y magia; aunque, muy poco a poco y sin una explicación aparente, éstas, iban deshaciéndose también de un modo mágico entre sus dedos. Los días se petrificaban en el camino; pasaban despacio: como verdaderas torturas. Hundido en la gruta del desaliento, deseaba desesperadamente que llegase la noche para pensar en ella sin que nada ni nadie se interpusiese en su camino hacia la evocación. Recorría casi a diario y de un modo mecánico los lugares exactos en donde habían estado juntos y, en cada momento, era capaz de recordar con verdadera precisión las palabras de amor que, como ecos lejanos y antiguos, le llegaban a sus oídos sin cesar. Entonces, agazapado y destrozado, escondido del mundo, aquel inexperto amante que se encontraba perdido se rompía en un amargo llanto hasta quedar extenuado.

Los meses se sucedieron interminables y macilentos a la sombra del teléfono, dando la vida porque sonara una vez más. Las cartas de amor se hicieron diarios de docenas y docenas de páginas repletas de lágrimas y besos atrapados en el papel. Tanto uno como otro estuvieron carteándose meses y hasta había días que recibían cuatro cartas cada uno de ellos. Cartas llenas, colmadas de pasión, de celo y posesión por el ser querido. Documentos repletos de un amor casi irracional y envenenado… Pero sin querer saberlo, el amor en la distancia se quebraba más y más. Preocupados por la situación movilizaron sus ansias y su deseo. Pusieron remedios y se resistieron a la separación. Consiguieron verse algún tiempo después. Avivaron de nuevo la llama y restablecieron el rumbo, pero eran tan jóvenes que poco después la lejanía clavó otra vez despiadadamente sus garras haciendo de la separación una muralla demasiado alta para ser salvada.


4
Él le suplicó que no le abandonase. Se humilló sin importarle. Sólo necesitaba que le diera una oportunidad. Se querían demasiado cómo para tirar por la borda todo aquel amor: era muy grande. Demasiado cómo para no intentarlo. No podía ser tan desalmada. ¿Y todo lo que sentían? ¿Y las promesas de amor? ¿Y los besos? ¿Dónde se habían marchado? No. No podía destruirlo de esa forma. Ella, sin quererlo, ya se había convertido en el eje de su vida, en el secreto de sus sueños. En la razón de su vivir. En el equilibrio de sus días. En el delirio en sus noches frías. Era todo. Todo…

Sin embargo, un día, el teléfono dejó de sonar definitivamente y las cartas dejaron de llegar. Como cada día miraba el buzón en una extraña ansiedad casi irrefrenable y, como cada día, sólo encontraba el silencio por respuesta. La melancolía fue ahorcando sin contemplaciones ni miramientos a aquel desdichado que, forzosamente, se hundió en la sima de la tristeza. Sistemáticamente, la soga de angustia, se apretaba un poco más sobre sí en la desesperación, hasta que de una manera inevitable estableció su propia huida abocándose a la espantosa decisión de marcharse de casa. Entre otros motivos, porque ya lo tenía decidido hacía algún tiempo.

No le resultó nada fácil ni mucho menos cómodo dejar el nido, pero una vez que lo hubo hecho respiró con la seguridad de no haberse equivocado. La agonía formaría a partir de ese momento una carga imposible de evitar. Se marchó a la gran ciudad y allí empezó a comprender finalmente el juego cruel y maquiavélico que se gasta la vida con sus miedos, sus odios, y su olvido… En definitiva, el precio tan alto que se paga por vivir.

Hizo el servicio militar y trabajó eventualmente en diferentes cosas; descargó camiones, fregó platos en restaurantes, e incluso, durante meses, tocó la guitarra en un pub de corte antifascista y revolucionario. Indudablemente, aquella compañera de viajes, que era su guitarra, le hizo más tierna la soledad; en las letras de las canciones que componía aleteaba siempre la sombra imprecisa de aquella joven de melena azabache y su inmenso recuerdo como una asignatura que jamás llegaría a aprobar. El tiempo volaba por las aceras de la ciudad mucho más despacio de lo que nadie podía suponer. Se había convertido en un enemigo imbatible. Había intentado olvidarla sin conseguirlo; el fantasma de su recuerdo callejeaba por su cerebro con total impunidad. La memoria le pesaba demasiado. Era como una losa que debía arrastrar sin poder evitarlo. ¿Qué era de ella? ¿Sería feliz? ¿Se acordaría de él? No. Probablemente, no. Los años que tampoco se detenían en estas reflexiones; corrían, y a su paso, continuaban hiriéndole mortalmente. Y aunque él de vez en cuando le escribía, la respuesta era siempre la misma: el olvido. El más profundo y cruel  de los olvidos.

Tal como era de esperar, la vida, al margen de cualquier otra consideración siguió engañándole. Cambió de ciudad en un intento sin precedentes por estabilizar su vida, pero la lejana evocación de su cálida voz le perseguía donde quiera que iba; no conseguía de ninguna forma olvidar a aquella criatura. Sin embargo, ahora que los años habían pasado y gozaba de una perspectiva más fría y distante, había alcanzado un criterio: lo que más le dolía era que el abandono por su parte se había convertido en crueldad; en una crueldad despiadada y extrema. Algo aún más fuerte que el olvido es la indiferencia. Y la joven, una vez que había decidido concluir su aventura porque pensara que éste no era socialmente interesante, lejos de ofrecerle una explicación, se limitó a ignorarle. Nunca, en ningún momento, tuvo la gallardía de argumentar su abandono. Quizá, porque en el fondo de su alma, sabía que no tenía recursos para abrigar su postura y defender lo indefendible.

Seguramente, desde la cobardía, la chica pensó que eso era lo conveniente y se protegió en aquella frase tan desgastada, que rezaba que “el tiempo cura todas las heridas”. No cayó en la cuenta terrible que, con su indolente postura, no sólo abatía, sino que también destruía a un inexperto adolescente estúpidamente enamorado que sobrevivía a duras penas y era incapaz de salir de aquel agujero. El foso era cada vez más profundo y sus heridas incurables.


5
¿Quién puede ser tan imbécil de sucumbir ante una situación así? Pues él. La persona que tengo a escasos metros de mí, muriéndose. Creyó que el amor era un efecto indisoluble y eterno. ¡Qué estupidez! ¡Qué tremenda ingenuidad! Es demasiado joven para saber que, como todo, el amor es tan sólo un modo de vida. Una opción, simplemente.

El náufrago fue huyendo de sí mismo hacia ninguna parte. Y tropezó una y otra vez para llegar al mismo lugar; al pozo de su soledad. Deambuló sin rumbo en trabajos de medio pelo hasta llegar al pueblecito aquel. E, incluso, llegó a casarse. Aunque aquello, en el fondo, no era más que un juego histriónico para maquillar su profunda tristeza. La bufonada fuera de traste sólo le condujo a hundirse aún más en su propia zozobra: se casó como podía haberse pegado un tiro, el resultado, al final, hubiera sido casi el mismo. El horror y el desconsuelo de su vida completamente arrasada pesaban tanto ante la impotencia que sentía, que fue abandonándose a su suerte sin oponer la menor resistencia.

El tiempo que duró el matrimonio fue un caos absoluto, porque siempre como un testigo mudo e incómodo, aparecía la sangrante comparación. No lo disimulaba: pretendía, exigía ver en su mujer lo que aún era su antiguo y distante amor. Así, desde el principio, aquella incómoda situación empezó a situarle inevitablemente en el punto contrapuesto de su recién estrenada esposa. La diferencia de criterios comenzó a fluir tan rápidamente entre ellos, que ninguno de los dos fue capaz de frenar la avalancha. Se había metido en el lodo hasta el cuello y lo sabía. Eso no podía funcionar. Era imposible. Un disparate. Era una huida hacia delante. Y, como una crónica largamente anunciada, poco a poco, todo se fue definitivamente a la mierda. Y al final se volvió al principio. Ella le abandonó, y él se quedó como en el fondo deseaba estar: solo.

Y aquí está. Hecho auténtica una piltrafa. Totalmente destrozado y derrumbado sobre sus viejas cartas de amor y sobre sus recuerdos; vomitando toda la confusión de su alma. Vomitando todo el vértigo y la tristeza que le produce vivir.

La tarde, que ya agoniza, va alargando las sombras. Unas sombras que amenazan con mi presencia y dibujan en la pared del cuarto toda su inevitable pena. Sabe de sobra que todo ha terminado.

Hace días que no va a trabajar. Tampoco hay quién le espere ni fuera ni dentro. Así que nada importa.

Yo, desde mi rincón, le observo con lástima. No puedo decirle, aunque quisiera, que existen muy pocas cosas que merezcan la pena porque es tarde. Muy tarde. Me acerco a él y le miro. Pero su vista está perdida. Está naufragando en Dios sabe dónde. Sus ojos han perdido por fin la tristeza pero también el brillo. Sus pupilas andan extraviadas acercándose al abismo de donde jamás salió. Él sabe dónde quiere ir y yo estoy aquí para recogerlo. No hago otra cosa que cumplir su voluntad. Ha bebido un litro de alcohol con una caja de pastillas de orfidal.


Qué tibia es la tarde
bajo un fuego de luz,
dos bocas que arden
bajo el cielo azul.
La dicha más grande
fue vivir nuestro amor;
encontrarlo una tarde,
sentir... sentir tu cuerpo junto a mí
en esa noche de abril.
Soñar y así, poder vivir,
o morir de amor.

Qué clara es la noche,
qué claro está el mar;
dos cuerpos pasean
sin dejarse de mirar.
En las noches de estío
las estrellas nos ven
y alumbran el sitio
donde te besé,

donde yo sentí,
por primera vez, el amor...
Yo sé bien que volverás,
junto a mí, a soñar...
Soñar y así, poder vivir,
o morir de amor... 

He esperado unos minutos y como tenía que suceder, su cuerpo derrotado y muerto ha ido desplomándose sobre la mesa, en esta lánguida tarde de primavera. Su piel ha tomado un color ceniciento y su mirada ya no ve.

Sus manos ya no acariciarán su rostro, ni sus labios podrán decirle cuánto la amaban. Sus ojos no podrán mirarla y sus dedos no volverán a sentir la pasión de su cuerpo. Pero su corazón, que siempre fue en realidad de ella, jamás podrá volver ha dañarlo.



José Hdez. Meseguer


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