lunes, 1 de noviembre de 2010

ÚLTIMA ESTACIÓN, ÚLTIMO VIAJE [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



(UN ENSAYO APÓCRIFO, acerca de cómo El Espectador del Crepúsculo hubiese deseado imaginar su encuentro con el poeta Antonio Machado.)

...

Llevaba observándolo toda la tarde. Mi mirada perseguía sus escasos movimientos en la penumbra fragmentada del vagón. Apenas había hablado durante todo el trayecto con la anciana que iba sentada junto a él, a su lado izquierdo.

En realidad, creo, que únicamente se limitó a mirar a través de la ventana ignorando a los demás pasajeros. Yo me encontraba prácticamente enfrente. Envuelto en mi capa oscura. El sombrero ocultaba mi rostro sin vida. Casi siempre lo hace, aunque de todas formas nadie puede verme. Sólo mis ojos destacaban como dagas en la oscuridad; con el brillo espeso y mudo de la muerte. La gente únicamente puede intuirme en contadas ocasiones y, generalmente, cuando detecta mi presencia, su situación ya ha pasado irrevocablemente a ser historia.

Antonio, siempre había sido una persona introvertida y distante. Su mirada sólo expresaba un profundo cansancio en el alma. Por eso yo estaba allí esa tarde. En silencio. Como el Espectador que soy. Intemporal. Infatigable. Esperando el momento ineludible de encontrarnos cara a cara, semanas más tarde, tanto con Ana, su madre, como con el viejo profesor, en el pueblecito francés de Coulliure. Creo que los dos supimos, desde el principio, que Portbou iba a ser, sin duda ninguna, su última estación. Su último viaje.

Es más, yo que lo sabía todo, o casi todo acerca de aquel hombre, recordaba, que en alguna ocasión hubiese escrito algo acerca de ese último viaje, e incluso, de nuestro encuentro.

La edad había sido amable con él y en su rostro sólo se dibujaban suaves pliegues. La vida, lejos de tratarle mejor o peor, pasó por alto ciertos detalles que obviamente hacía que se conservase mejor. Aunque, como él mismo hubiera aclarado: “las verdaderas llagas las llevo dentro, en el alma”.

Lo cierto es, que poco o nada importaba entonces aquella cuestión; era el poeta el que estaba desgastado y vencido.

Mientras iba dando pinceladas a su vida y a mis recuerdos, él, continuaba su viaje en solitario lejanamente perdido en los complicados caminos de su mente. La mirada, clavada en el infinito; manteniendo el más profundo olvido al paisaje que, difuminado, corría veloz al paso de la locomotora. Las imágenes, aparecían en las ventanas del vagón como aquellas películas mudas en blanco y negro, únicamente alimentadas por el monocorde latido acelerado de la máquina del tren.

Sin apenas darnos cuenta, la tarde, se dejó querer en los brazos de la noche y los colores, que hasta aquel momento habían sido cristalinos, fueron perdiendo la vida hasta convertirse en sombras. Ya no conseguía ver su rostro. Solamente su silueta, como si estuviese detenida. Pero sabía que no dormía. Nunca dormía en el tren. Hubiera ofrecido la eternidad por saber qué flotaba, en esos precisos instantes, en la cabeza de aquel soñador, aunque yo, como Cronometrador de la Vida de todos los humanos, me lo podía imaginar. Revisaba su pasado palmo a palmo. Verso a verso. Sueño a sueño. Poema a poema, en una extraña confesión. Era un soñador de su pasado. Un soñador, ligero de equipaje, en un vagón de tercera con billete sólo de ida hacia la gloria.

Recuerdo bien, como si fuera ayer, cuando me evocó amargamente. Con vehemente decepción. Como un suicida en el acantilado de la desesperanza. Dispuesto a liberarse a toda costa de su angustia. Pero su momento no había llegado aún. Todavía tendría mucho que recorrer por la soledad de sus renglones y sus versos, tanto como en su tren de tercera. Aunque, indefectiblemente, el recuerdo de Leonor le estigmatizara y, a menudo, le llamara con su voz de lejana angustia para recordarle lo solo que se encontraba…Y le hiciera manchar sus poemas con las lágrimas de su inevitable memoria. Esas quimeras siempre habrían de acompañarle y también, cómo no, hasta el pueblo pescador.

Cuando entramos en los andenes de la estación de Portbou, ésta, apareció ante nuestros ojos, inmensa; como un gigante brutal, ennegrecido e interminable. De sus altísimos techos se descolgaban largos y raquíticos cables que terminaban en minúsculas luces amarillentas, iluminando débilmente la marchita claridad de los oscuros y pulidos corredores de cemento.

Mientras tanto, una sólida niebla, apresaba la aldea desde la puesta de sol, invadiendo las calles que permanecían dormidas y húmedas. El reloj de la Estación no decía absolutamente nada: sus agujas, instaladas en las cuatro y cinco minutos, contemplaban impasibles a los pasajeros que, a esas altas horas de la madrugada, apilados, se disponían a descender poco a poco como un rosario, decrépitos y fatigados, tras una interminable y agotadora jornada en tren.

La mayoría de ellos eran sus propios protagonistas. Protagonistas sin excusa de un éxodo inevitable, consecuencia de una insensata y despiadada guerra en la que no hubo ni vencedores ni vencidos; sólo muertos y más muertos. Sólo víctimas, en una estúpida contienda que me había hecho trabajar infatigablemente durante tres largos años.

Iba diciéndome todo esto cuando el ensordecedor aullido del  tren, anunció nuestra llegada a la estación devolviéndome de una bofetada a la realidad, rompiendo el silencio. El agudísimo y estridente silbido, se coló como un cañón por las enlutadas dependencias del viejo y destartalado apeadero. Enseguida, unas gruesas y macizas cortinas de vapor se escaparon desplegándose en voluptuosas nubes blancas por los laterales de la máquina nodriza. Minutos más tarde, el armazón de hierros, comenzó a mover de nuevo su grave y oneroso cuerpo; efectuaba un cambio de vías para mirar al sur. El trayecto diseñado era en un principio hasta la localidad francesa de Cervére, pero, debido a la guerra civil, la frontera con Francia permanecía cerrada siendo la estación término, Portbou.

Después de bajar del vagón no sin cierta dificultad y desorientación, pude ver como la anciana se asía del brazo del poeta y, juntos, cargados de maletas y paso lento, emprendieron la marcha por las empinadas calles, camino de la pensión. Les observé, mientras desaparecían en la densidad de la bruma. Finalmente sólo quedó el eco de sus pisadas que fue extinguiéndose hasta convertirse en un distante recuerdo.

Aún no había amanecido completamente, pero la villa ya no era aquel complicado juego de lucecitas; ni la niebla tan impenetrable y sólida como horas atrás. Por el contrario, la  claridad que se asomaba con cierto temor, se filtraba con relativa facilidad en el traslúcido velo de la calima; aunque, en ningún momento, se hizo totalmente dueña de la situación.

Desde mi posición, podía ver con cierta exactitud el hostal en donde el viejo profesor de francés y su madre, fijarían la residencia  una semana.  Quedaba, precisamente, frente a los embarcaderos que formaban sin querer el pequeño paseo marítimo y malecón a la vez.

“L´Ancora”, era, además de una lúgubre hospedería sin apenas clientela, el punto de partida cada amanecer de los pescadores que se reunían allí, cada mañana, para aliviarse del frío desayunándose con la “barrecha”; y poder así, arrancarle al mar y a su alma gélida y solitaria, sus plateados habitantes.

A eso de las diez de la mañana, apareció el bueno de don Antonio con su sempiterno sombrero, su abrigo y su bastón.

Arropado de bufanda, dirigió sus pasos lentos hasta el paseo de la arboleda. Al llegar, se detuvo y contempló con cierto detalle los enormes chopos deshojados por el invierno que, desnudos y esqueléticos, le mostraron un ramaje completamente inerte que parecía pedir clemencia al cielo. Situados en hilera, ofrecieron su melancólico aspecto a un poeta que estaba acostumbrado a leer en ellos toda su tristeza, aunque no por eso dejó de sentir una serena inquietud. Tras dibujar aquella larga hipocondría en un pedazo de su alma deambuló sin rumbo aparente, como un fantasma, por una aldea de calles torcidas, solitarias y oscuras. Eran callejas ajusticiadas por la soledad y el miedo.

Seguí sus pasos hasta el espigón.

Allí, bajo un cielo pardo, sucio y amenazante, se detuvo. Petrificado e inmóvil, como la mujer de Lot, observó un mar embravecido que levantaba sin miramientos su carne de agua... ¡De siglos de soledad! Para destrozarse suicida entre las rocas que, inalterables, presenciaban su hecatombe. El mar, se sabía consciente de su muerte y, sin embargo, una y otra vez, incansablemente, rearmaba sus legiones de espuma y sal en una venganza sin medida ni tiempo, para empujarlas sin pudor sobre un pueblo que le olvidaba a cada paso...


En este día de otoño,
otoño de mi vida,
otoño de mis sueños,
otoño de mi alma herida,
quiero mirarte, mar.
También, a esa esperanza vieja y polvorienta,
que abre llagas de cristal
en mi viejo corazón de poeta
y en tus largos caminos de sal...

Esta mañana fría y gris de febrero
se esparce como un río
sobre mi cuerpo.
El viento azota las calles de este pueblo,
y me siento a solas con mi quimera
que me brota como un fuego
lento que me abrasa. Otoño de mi primavera.
Primavera de mi otoño.
Pero no quiero recordar, no quiero.

Sólo necesito verte para sentir tu inmensidad,
tu grandeza sobre mi soledad;
necesito verte esta mañana fría y gris de febrero,
levantándote ante el mundo.
Levantando tus olas de crestas nacarinas
sobre el pequeño muelle
y golpear las rocas con la fuerza
de una primavera sin nada que olvidar,
levantando tu inmenso ejército
como un dios cargado de odio
y sangre.

Te esparces.
Te hundes, pero creces
sobre un pueblo que te olvida;
golpeas esta parte del mundo
porque odias..., porque has amado.

¡Rompe tus cadenas!
¡Levanta tu carne de siglos!
¡Levanta tu inmensa cabellera!
y azota este pueblo,
azota el puerto.
 
Azota mi quimera
para sentirla más alma,
para sentirla más alma en este día gris de otoño,
en este otoño de mi primavera. 


Registró el horizonte de punta a punta, como un viejo y cansado marino que esperara ver algo que nunca llegará.

El viento de febrero, mientras tanto, aleteaba en las cornisas. Estaba muy próximo el momento de nuestro encuentro, los dos lo sabíamos. En pocos días tendría que ofrecerle sin pretextos el sutil y callado beso de la muerte en un abrazo de descanso y cerrar para siempre sus ojos.

Quizá, cuando miraba la línea imprecisa del horizonte, me esperaba a mí. Nunca lo supe. Nunca lo sabré. Qué más daba. Aquella vieja máquina de tren sabía perfectamente que Portbou era su última estación.

Antonio también sabía que aquel era su último viaje.

Y quise dejarle solo ante un mar que, como él, vomitaba convulso, toda su soledad.



José Hdez. Meseguer
Relatos Del Espectador Del Crepúsculo.
Portbou, 1980
 

2 comentarios:

  1. Magnífico, amigo. Me ha gustado mucho.

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    1. Gracias, amigo, por tus palabras; es un Relato un tanto esotérico, pero a mí también me gustó componerlo.

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