martes, 2 de noviembre de 2010

MAREA ROJA, EL LABERINTO DE LA MENTE [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



1

En realidad, cuando la Comisión de la prisión le citó aquella temblorosa mañana de otoño, no parpadeó. Lo sabía. Lo esperaba desde hacía tiempo. Era una crónica sobradamente anunciada; no mantenía esperanzas en que sus abogados consiguieran conmutarle la pena pero, posiblemente, ni siquiera lo deseaba. Y en el fondo, los otros, aquellos mediocres picapleitos de medio pelo, tampoco: se sentían tremendamente acojonados ante su omnipotente presencia.

Y más que cualquier otra diversión y por matar el tiempo, éste, Zacarías, se divertía poniéndoles a prueba la capacidad mientras les describía con todo lujo de detalles, con una memoria precisa, exacta y fotográfica, cómo y de qué manera satisfizo sus instintos más abyectos a lo largo de los años martirizando, amputando y descuartizando, después a sus víctimas. Así que, después de todo, le parecía razonable que tampoco sus defensores quisieran ir más lejos de lo que podían legalmente intentarlo. Sabía, que incluso se sentirían aliviados cuando finalmente le condenasen a la pena capital. Le consideraban un monstruo, y la verdad es que lo era. No podía reprocharle a nadie el hecho; ya se había preocupado detenidamente de ganarse el título a pulso, aunque ése fuese un diploma circunstancial que le diera exactamente igual. No tenía el menor síntoma de arrepentimiento, tenía una labor mesiánica que cumplir y la cumplió. Era el azote y el instrumento de castigo de todos los pecadores viciosos y lascivos a los que asesinó, Dios le había hablado y así se lo había expresado.

Él, por su parte, sólo se había considerado desde el principio su mano izquierda: el brazo ejecutor de su sagrada misión; una vez concluida, ya no esperaba más. No le preocupaba aclarar sus motivos, como tampoco le inquietaba que nadie entendiera que él era, simplemente, la herramienta utilizada por el Poder Divino para depurar la raza humana. Pero también tenía claro que todo aquello tenía un precio que, por supuesto, iba a pagar con su vida. Por eso, y porque sabía de antemano que la súplica formulada por sus abogados ante el Gobernador era papel mojado y una pérdida de tiempo, se sentía tranquilo.


2

El eco lejano de unas pisadas, se dejaron oír metálicas sobre el pavimento acerado del corredor. Fueron cada vez más intensas y más metálicas. Se aproximaron hasta su celda. Mucho antes de llegar a ésta ya sabía, Zacarías Caín, en un presentimiento suficientemente fundado que había novedades.

Los herrajes de las cerraduras giraron violentas al abrirse y el mazazo retumbó en toda la galería cuando las rejas hicieron tope. Dos funcionarios de la prisión fueron a comunicarle que el alcaide iba a recibirlo para exponerle el resultado de la decisión última del Gobernador. Antes de que nadie pudiera hablar, les miró. Les miró fijamente y sonrió. Sabía que era el final, pero sonrió. Su mirada era absolutamente fría. Sus llameantes ojos azules mantenían una singular serenidad. No se alteró ni una sola molécula en su cuerpo. No sintió miedo; en cierto modo, también él quería terminar de una maldita vez con su peregrina existencia. En más de una ocasión le confesó con cierta ironía al psicólogo que si en algún momento le sacaban de allí volvería a cometer de nuevo las mismas atrocidades. Eso que iba a suceder, por fuerte que en apariencia pudiese parecer, era en definitiva lo mejor para todos.

El doctor Caín, o “Zag” como todos le llamaban allí dentro, era considerado por el resto de los reclusos como el temible y despiadado patriarca del crimen. Su historial delictivo se expandió como un reguero. Como una leyenda. Nadie, de hecho, quería acercarse demasiado a él. Entre la población de la cárcel era tan odiado como temido. Tenía creado a su alrededor un aura de misterio esotérico que nadie comprendía. No tenía amigos ni falta que le hacía. Vivía, únicamente, entre sus libros y su extraordinaria y enfermiza mente. Paseaba solo siempre, y, muy pocos, se acercaban de cuando en cuando a saludarle con cierta reverencia. Años atrás había tenido un serio enfrentamiento con el cabecilla de la sexta galería pero, Zag, le había puesto en el sitio que le correspondía estar. De ahí el exagerado respeto del que gozaba.

“El Gigante”, un bravucón de dos metros dieciocho de altura, era feo y abstracto; calvo, gordo, grasiento y maricón. Este individuo, de destacado labio leporino, pretendió sin suerte establecer la ley del más fuerte. Y aprovechando que Zacarías era nuevo allí, trató de impresionarle. Un día en las duchas, estando todos los internos desnudos, el gigantesco matón, se valió de la bruma que producía el vapor del agua al caer prácticamente hirviendo para retarle y humillarle. El tipo comenzó a provocarle. Trataba de que éste le masturbase y le realizase un buen trabajo: un “lavado de bajos”, como se conocía al hecho de la felación. La verdad, es que Zag fue muy expeditivo: hizo un breve amago de dejarse querer y una vez situado le arrancó de un mordisco, sin más, un buen trozo de pene. Con una tranquilidad asombrosa se lo escupió a la cara mientras aquél se retorcía de dolor sangrando y gritando como un cerdo.

La hazaña, sin embargo, le costó muy cara. Caín, estuvo en “el agujero” cincuenta y cinco días. A pan y agua. “El agujero”, era una celda de incomunicación extrema. La antesala del infierno; un ataúd hediondo de dos metros cincuenta por uno sesenta escaso. No había luz aunque, teóricamente, el reglamento de penitenciarias lo exigiese. Ni jergón. Ni manta. Nada. Sólo un potentísimo piloto rojo que se encendía cada hora durante unos instantes, acompañado de un estridente zumbador, para impedir por todos los medios que el confinado pegase ojo en ninguna circunstancia. La humedad era tan descomunal que se comía los muros. Las paredes estaban continuamente húmedas, chorreaban agua. Pero era de lo que se trataba: de infligir castigo psicológico a aquéllos. El castigo psicológico era mil veces peor que el físico. Lo deseable para la Dirección de la prisión hubiera sido, como ya había sucedido, que al terminar el castigo el preso hubiera muerto, y uno menos que mantener. Pero no. Zacarías, consiguió llegar hasta el final en su duro aislamiento.

Cuando le sacaron de allí, de aquel pozo infecto, Zag, era una completa piltrafa humana. Se encontraba en condiciones lamentables. Estaba peligrosamente demacrado y su pérdida de peso le situaba cerca de lo peor. Sus ojeras se esparcían como tiznajos en su cara, tenía demasiada fiebre, y no se sentía capaz de salir de allí por su propio pie. Tuvo que ser ayudado y, automáticamente, conducido a la enfermería. Pero en ningún momento se lamentó de su suerte ni de su destino. Del “Gigante” tampoco se supo más de lo que a él mismo le contaron posteriormente; se lo llevaron en un carruaje de urgencia al hospital. Luego, como es de imaginar, lo trasladarían a otro Centro. A partir de ese momento jamás fue molestado por nadie. El temor estaba servido.


3

Zacarías Caín era un personaje tan controvertido como misterioso. Poseía un pasado de sombras que se extendían a lo largo de su vida con cierta sacramentación y siniestralidad. Nadie había llegado a conocerle lo suficiente, pero tampoco él pretendía lo contrario. Rondaba la mediana edad, unos cincuenta años. El pelo canoso, hasta más abajo de los hombros, solía llevarlo recogido en una trenza o en cola. Medía un metro ochenta aproximadamente y su complexión se podía calificar de fuerte. Su mirada fue lo que más llamó mi atención desde el principio, desde que le conocí; era una mirada fría. Fría y absoluta. Tajante. Sin dudas. Devastadora. Inanimada y deshabitada. Se tenía por culto y ciertamente lo era. Devoró, en aquellos años de estancia en prisión, todos los libros de la biblioteca y muchos más que consiguió con el tiempo. Le gustaba leer. Principalmente, cualquier documentación relacionada con la carrera que había estudiado.

Antes de eso, de su turbio periplo en las calles de Londres, cursó medicina y llegó, incluso, a ejercer durante un tiempo la profesión. Pero, poco después, los fantasmas se instalaron en su mente de un modo definitivo y comenzó lentamente a extraviarse en la confusión sin límites de sus pesadillas. No consiguió resistir demasiado y terminó por abandonar el trabajo refugiándose permanentemente en el castillo de su solitaria y laberíntica alma. Pudo sobrevivir con comodidad gracias a que, económicamente, había pertenecido a una familia acaudalada y, aunque sus padres ya no vivían, las tierras y bienes que poseía le permitía una holgada posición social.

Todo en su vida arrancaba hacía al menos treinta años, siendo aún un muchacho. Como estudiante de medicina era un aventajado discípulo. Rápidamente destacó por sus trabajos de una manera excepcional. Tanto era así, que el catedrático de anatomía forense le ofreció participar en determinados ejercicios prácticos que se realizaban en la facultad. Y, precisamente, aquella tarde, el profesor F. Stone Mackenna le indicó que recibía el cadáver de una muchacha que había sido asesinada y violada horas antes. El cuerpo se encontraba en un “razonable” buen estado y le pedía a su alumno que le acompañase con la finalidad de observar de primera mano todo el proceso. Le garantizó que el espectáculo podía impresionarle, no iba a ser nada agradable.

Mientras el catedrático iba narrando a Zacarías, a grandes rasgos, lo que a tenor de los indicios podía haberle sucedido a la desdichada sin dar más importancia, éste, sin embargo, fue secretamente percibiendo en su cuerpo una profunda y extraña descarga. Se electrizó por completo con la descripción de los hechos. Durante unos segundos su imaginación le transportó y su cuerpo experimentó un aumento considerable de adrenalina que le recorrió de arriba abajo, abriéndole una desconocida sensación aletargada hasta entonces. Lo cierto es, que la imagen de la chica desnuda y muerta en un callejón le impresionó mucho más de lo humanamente soportable. Su excitación y lujuria se abocaron a un inédito abismo. Pero él, todavía, no sabía exactamente lo que estaba sucediendo, ni cómo calificarlo. No dijo nada a nadie pero sintió miedo. Un miedo irreconocible.


4

Esa misma tarde, antes de ir a la facultad, se masturbó mientras tuvo fuerzas para hacerlo. Una y otra vez. Como nunca lo había hecho. Nunca le parecía suficiente. El pene le dolía como una herida, pero la sola evocación mental de la joven le situaba en un grado de placer sin retorno. Jamás había tenido relaciones sexuales voluntariamente con nadie. Desde el comienzo de su vida y, por anómalas razones, la relación con el sexo opuesto le resultó depravada, pecaminosa y sucia.

Su madre siempre tuvo un comportamiento esquizoide y depresivo. Eso le afectó considerablemente. La deliberada indiferencia y falta de dedicación hacia el joven se manifestó muy pronto. Anna, que así se llamaba, deambuló con demasiada frecuencia entre extravagantes y desconocidas manías que la conducirían poco después, necesariamente, a un internamiento vitalicio en un sanatorio mental, dónde moriría sin apenas darse cuenta. Su padre, arqueólogo de renombrada e indiscutible reputación, pasaba inacabables temporadas fuera de casa. Desde el primer momento, se desentendió de los problemas familiares adoptando una distante y flemática indolencia. De manera que, entre el olvido a propósito de uno y la esquizofrenia permanente de la otra, que vivía en un mundo exclusivo, donde nadie más tenía cabida en él, el despistado joven quedó por completo a merced de la férrea tutela de la institutriz bretona de ascendencia alemana, Teodora Bedbur; una mujer cruel y sádica que le marcó hasta dónde pudo hacerlo. Hasta los límites de la razón.

Teodora, andaba a mitad de camino entre los cuarenta y los cincuenta años aunque no los aparentase. Los llevaba francamente bien. Era soltera y físicamente estaba de buen ver. De tez pálida y cenicienta, recogía su abundante, tupida y atezada cabellera, en un voluptuoso moño sobre la nuca. Aunque de su misterioso semblante, de su rostro demacrado, resaltaban como puñales, sus ojos: dos helados e  inquietos azabaches.

Después de tanto tiempo aún continuaba indeleble en el cerebro de Caín el siniestro siseo, en el suelo, del largo y pesado vestido negro de la institutriz cuando, al caminar por los oscuros y zigzagueantes pasillos de la residencia, la oía aproximarse a su habitación; a menudo, con cualquier estúpido pretexto.

Por lo más insignificante, ordenaba a Zacarías bajar al sótano y le castigaba fustigándole las piernas, el bajo vientre y las nalgas, hasta hacerle sangrar; ordenaba con un gesto de absoluta gravedad que se desnudase por completo. Le maniataba de brazos en cruz y le observaba con detenimiento por delante y por detrás con ademanes que el adolescente no entendía. Le sobaba el sexo hasta la total erección, y jadeaba mientras lo besaba; introduciéndole, simultáneamente, un dedo en el ano o el mango del vergajo, sodomizándolo. Velozmente, Teodora, se iniciaba por su cuenta, en una espiral de susurros ascendentes hasta llegar a convertirlos en un último grito final de enloquecido placer. Pasadas esas convulsiones guardaba un hondo silencio. Paulatinamente recobraba el aliento unos segundos. Suficientes para regresar a su actitud habitual. Con posterioridad le miraba llena de un odio incontenible y le insultaba, diciéndole, que era un inductor al pecado y un sucio bastardo, y que todo lo que a ella le sucedía era sólo por su culpa. Que era la encarnación del mal y debía ser castigado por ello. Y procedía, otra vez, a un castigo despiadado y metódico.

De madrugada solía volver a su cuarto. Encontraba al niño acurrucado en un rincón de la cama. Permanecía inmóvil y asustado sin poder dormir. Temblaba de temor. Teodora se acercaba despacio. Dejaba el candelabro sobre la mesita de noche y le susurraba al oído frases amables. Le tranquilizaba. Con la suave voz de un reptil le envolvía en delicadas caricias y volvía a desnudarlo, esta vez con sumo cuidado, pues su cuerpo se encontraba lacerado y llagado. Lamía cada una de las heridas con lujuria, porque la saliva —explicaba la institutriz—, aplicada con la boca, sanaba mucho antes. Después le mostraba sin prisas sus blancos y enormes pechos, y procedía como si quisiera amamantarlo, encajándole, casi a la fuerza, sus rígidos y rosados pezones en la boca para que los mamara con suavidad. Eso mitigaría el dolor que sentía —decía.

Acto seguido, calmaba sus contusiones con ungüentos y pomadas. Y, hasta que el sol se colaba a pedazos por las cristaleras de la ventana invadiendo con sus colores el horizonte que se resistía en un azul confuso, le leía sin descanso, como un martirio más, interminables y agotadores pasajes de la Biblia. Todo, repleto de innumerables ejemplos en los que el Bien, por encima de cualquier sufrimiento, circunstancia, tentación o dolor, acababa reinando y triunfando sobre el  Pecado y el Mal.

La sádica experiencia se repitió en muchas ocasiones igual e incluso de formas mucho más perversas y violentas. Durante años, aquel muchacho, se vio sometido a las monstruosas inclinaciones sádicas y pederastas de su educadora que, inevitablemente, con su desviada actitud, le empujó sin remisión a un tortuoso camino en el que se perdería de una manera vehemente e irracional.

El tiempo no se detuvo para nadie y fue tachando inexorablemente del calendario días, meses y años, pero Zacarías no la avisó, al contrario; se mantuvo en un callado y vengativo silencio. Aguardó, agazapado, el momento exacto de atacar y destrozar a su presa. La institutriz iba a pagar, finalmente, un alto precio por el engendro que se estaba concibiendo. Zacarías, desde su distorsionado mundo, fue adquiriendo una forma mentalmente diabólica, forma que ella no podía ni siquiera imaginar. Estaba demasiado entregada a un sexo embravecido y febril. El día que Teodora Bedbur comprendió el monstruo que había creado, fue el último de su vida.


5

Llegó a la facultad relativamente temprano. Una hora y media antes de lo previsto. Casi al mismo tiempo, la niebla, comenzaba a caer implacablemente sobre la ciudad. Estaba solo. Solo y nervioso. Dudó unos momentos, no esperó mucho más. Callejeó por los corredores del centro universitario hasta llegar a la sala. La fallecida estaba allí; muerta, desnuda, esperando su examen. Zacarías Caín, la observó. Sólo durante un minuto. Se sentía excitado desde que hablase con el profesor forense. La destapó. Su color quebrado y su desnudez empezaron a provocarle extraños espasmos. Notó en su piel un oculto oleaje; una marea roja que lo inundó todo de sangre. De odio incontenible. Se subió a la camilla y la besó. Cada vez con más virulencia. Besó sus jóvenes pechos tal y como se lo hacía a la institutriz; no importó la incipiente rigidez de sus músculos. La besó sin descanso. Con pasión.

Súbitamente el frenesí creció y acabó desbocándose; mordisqueó con más y más violencia las tetas de la muerta hasta que acabó arrancándole los pezones. Zacarías, en su enloquecida visión, sólo veía a Teodora Bedbur; la infame instructora. ¡Era ella la que yacía allí!, ¡merecía eso!, ¡merecía aquel castigo! Después la poseyó frenéticamente, sin tregua, con una potencia y erección bestiales; como no conocía. Como le exigía la aya que se lo hiciese mientras se ahogaba en su propio delirio. ¡Que se lo hiciese!, ¡que se lo hiciese, sin parar!, a la vez que le mostraba sin pudor un sexo húmedo y desafiante en la postura de copulación misionero. La marea iba subiendo y subiendo. Subiendo sin descanso; rompiendo sus propias fronteras mientras retumbaba en su mente la voz dominante y absoluta de Teodora: “más fuerte, más fuerte, más rápido, cabrón, no pares”.

El sacrilegio concluyó de un salto, hundiéndose en el nebuloso confín de la locura: devorando los genitales del cadáver. Arrancando y desgarrando con los dientes, la vulva que un día perteneciese a lo que había sido una hermosa joven. Estaba fuera de sí.

Lentamente, la ira, la marea roja que conoció ese día por primera vez, fue descendiendo hasta el nivel que le permitió recuperar la tranquilidad y la consciencia de lo que había hecho. Una vez que consiguió restablecer la serenidad, actuó: guardó en una gasa los pezones depositándolos en el bolsillo de su abrigo. Se lavó cuidadosamente, se atusó el largo y revuelto cabello limpiando a continuación los trozos de carne que delataban su recién estrenada necrofagia. Subió de nuevo a los pasillos de la facultad y evitó ser visto por nadie, abandonando por una de las puertas traseras la universidad.

La noche era ya cerrada y espesa cuando abandonó el recinto universitario. Las farolas, en las calles, iluminaban pobremente los callejones que morían en la parte vieja de la ciudad. Quería ir a casa. Lo necesitaba. Tras la experiencia sufrida era preciso descansar. Un sopor descomunal le había asaltado cayéndole encima como una losa. Temió, incluso, quedarse dormido. Estuvo cerca de que así fuera, si se hubiera relajado lo más mínimo después de violar el cadáver. Sólo una fuerza de voluntad sin precedentes le permitió salir del trance.  


6

Al día siguiente contaría una historia. Aún no sabía cuál. Estaba seguro que aquello causaría revuelo, cómo no podía ser de otra manera. Inventaría una buena coartada. Nadie le había llegado a ver entrar o salir de la universidad. Se cercioró cuidadosamente de borrar cualquier indicio que revelara su estancia en la sala en donde aún se hallaba el cuerpo mutilado. Al profesor Stone, fingidamente apesadumbrado, le engañaría aduciendo que un imprevisto ineludible le había hecho imposible acudir a la cita prevista. Éste le creería. La investigación llevada a cabo con posterioridad no diría lo contrario. No tenía por qué. Teodora se encargaría, no obstante, de fabricarle una disculpa consistente.

El gran enigma habría de pasear impunemente por la localidad durante una corta temporada. Meses después, un indigente, no muy lejos de allí, tendría que pagar con la horca un delito que nunca cometiese. Había que buscar un culpable: ese mismo valdría. Nadie le echaría de menos, era un paria. Se cerraba el caso y se pasaba página. El buen nombre de Zacarías estuvo a buen recaudo. No tenía por qué ser de otra forma. Los medios policíacos de la época permitían que un tipo medianamente inteligente saliese airoso de ciertas situaciones de riesgo. No existían todavía fórmulas excesivamente sofisticadas.

Mientras tanto, Caín, volvió a reflexionar acerca de lo acontecido esa misma tarde. Y hasta le apeteció la idea de continuar esa dinámica de suspense y misterio. Su vida era excesivamente plana y precisaba poner un poco de sal e intriga; hacerla sencillamente interesante. Sería, se dijo, como jugar al ratón y al gato. Nadie sospecharía jamás de un estudiante de buena reputación. Además, no estaba fichado, y en aquellos momentos en Londres existía una enorme oleada de asesinatos. Así que nada en principio iba a situarlo en el punto de sospecha de nadie y aún menos de la policía.

No se preguntó en ningún momento por qué había actuado así. No importaba. Se sentía bien, demasiado bien, y no necesitaba plantearse otras cuestiones. De camino a su domicilio se detuvo en una oscura y húmeda taberna abovedada del solitario barrio viejo. El hedor de la bodega rezumaba a alcohol y humedad a cincuenta metros de distancia. Cuando descendió por los escalones de madera, la luz del local le pareció demasiado escasa y lúgubre. Apenas le adivinaba el gesto de la cara al desdentado y gordinflón tabernero. Mejor. Tomó un par de whiskys de malta. Le supieron mejor que nunca. Bebió de un trago; luego, otro más, para celebrar su nuevo e incógnito “alter ego”. Se encontró aún mejor. Sólo seguía habiendo un problema. “Nada que no pueda tener solución” —pensó.

La excitación sexual, después de una hora, continuaba casi en todo su esplendor. Se palpó por encima del gabán los bolsillos con cierta satisfacción. En el derecho, sentía sin esfuerzo, los pezones amputados de la desgraciada del depósito lo que hizo que, automáticamente, le volviese a la mente un recuerdo excitante y lascivo. En el bolsillo izquierdo, conservaba todavía el bisturí que había tomado del laboratorio. Se encontraba cansado, pero la sola idea de repetir el ensayo reactivaba de nuevo su ansiedad y se sintió dispuesto. 

Sabía de sobra, que de continuar por aquel barrio, se toparía antes o después con alguna “trotona” al acecho de unos chelines que llevarse al bolso. Todas aquellas mujerzuelas no eran si no unas puercas pecadoras sobre las que iría cayendo, a partir de ese instante, implacablemente como una espada, la Justicia Divina. “Una verdadera escoria humana, un deshecho, es lo que son. Van a caer todas. Una detrás de otra” —pensó.

Estaba preparado para sembrar de víctimas la ciudad. Su decisión era demoledora pero necesaria. “Limpieza de estiércol es lo que necesita la ciudad”. 
         

7

Aquel era sólo el principio. El resto lo diría el tiempo. La lección se había convertido en un éxito alucinante que le arrancaba de cuajo las tinieblas de la mente. Devolver el odio que sentía por todas aquellas mujeres era lo menos que podía hacer. ¿Era por ello cruel? ¿Realmente? ...Bueno, quizá un poco, pero toda rosa aun a pesar de su hermoso e intenso color, tiene sus espinas. Sería necesario, por tanto, realizar sin titubeo, alguna que otra inmolación por el bien último de la comunidad. “No hay para tanto, sólo son putas”. Cualquier objetivo tiene su sacrificio, así que se encontraba en el buen camino. Estaba descubriendo, por momentos, lo dulce que podía ser El Castigo y la Ira Divina. Él era su mensajero en la Tierra. Sólo tenía que tomárselo con calma. Calma, inteligencia y cautela. 

Sin demasiada prisa tomó la dirección adecuada. La ciudad aparecía escondida por una intensa niebla. Escondida y dormida. Dulcemente dormida. El silencio de la noche estremecía las calles que parecían olvidadas por las gentes. Éstas, adoquinadas, se rompían en colores oscuros y húmedos al reflejo de los candiles que dormitaban su soledad apostados en las esquinas.

No tardó mucho en tropezar con una dama que hacía la calle. Sin ser demasiado tarde, la muchacha quería comenzar su trabajo. Un trabajo duro y neroniano, sin duda. Existían rumores entre ellas de andar con precaución. Siempre podía aparecer algún borracho o malhechor que les complicase la vida. También se había comentado en los corros, la existencia de algún que otro misterioso personaje que rondaba los callejones. Y, desde luego, lo que menos necesitaba Victoria, era eso. Ella estaba allí, bien lo sabía Dios, por pura necesidad. Por pura necesidad y por dos críos que apenas alcanzaba a mantener. En el momento que quedase preñada otra vez tendría que retirarse otro año por lo menos de las calles y supondría su ruina más absoluta. Eso sin despreciar lo que ya podía sucederle si algún cabrón de aquellos le contagiaba una sífilis o algo peor. Entonces no sabría cómo sobrevivir. Sin saber leer ni escribir, estaba expuesta a todo. Esa, por irónica que pudiera resultar, era su única salida en aquel pordiosero mundo. Estaba abocada incuestionablemente a hacer lo que hacía: prostituirse. Acariciaba la idea, no demasiado lejana, de retirarse relativamente joven y hallar, finalmente, un hombre honesto con quien compartir sus días.

Cuando vio venir calle arriba al joven Zacarías Caín recortando su silueta en la oscuridad, pensó que era lo más decente que le podía haber sucedido en muchas noches. Un señorito de capa y sombrero. De los que cada vez quedaban menos por aquellos cochambrosos y enmohecidos barrios. Sería un trabajo rápido y cómodo. Últimamente la clientela escaseaba con facilidad y la calidad dejaba aún más que desear. Tanto que resultaba vomitiva la mayor parte de las veces; besar a viejos infectados de piorrea o tambaleantes marineros venidos de Dios sabe qué lugar del mundo, comidos sin compasión por el escorbuto, era lo de diario. Es todo lo que hay. Y soportar en apariencia, estoicamente, los sobos más humillantes mientras tratas a toda costa de esbozar una sonrisa, no es sólo cuestión de no pensar en nada, dejar la mente en blanco y escupir para otro lado; es sin duda mucho más complejo... ¡Puto dinero! ¡Siempre el puto dinero!… ¡Si no fuera por los críos iba a permitir yo que estos babosos hijos de puta me tocaran un pelo!

Se rumiaba todo esto entre dientes al tiempo que trataba casi sin lograrlo de dibujar una forzada sonrisa para ponerla en sus delicados labios; tenía que trabajar sin remedio. No podía, ni debía hacerse más planteamientos. El anónimo personaje se aproximaba. Su esbelta figura se recortaba en la noche sólo quebrada, a veces, por la tenue luz de las farolas. Iba el uno hacia el otro. Pero Victoria escribía sin saberlo los últimos renglones de su destino.

Charlaron durante unos minutos y concretaron el precio. El portón amplío, discreto y vacío, les esperaba a ambos a la vuelta de la esquina. Era el lugar exacto para encuentros cortos. El hombre requería algo breve. Ella estuvo a punto de hacer palmas. Se consideraba una especialista en no perder más tiempo del exclusivamente necesario. Se besaron sin ardor, mecánicamente. Victoria empezó a sobarle para prepararlo. Una rauda felación lo pondría justo donde ella quería. Se levantaría la falda y poco más. Todo estaba meticulosamente calculado. A correr con la pasta y la propina. Y hasta otra. O hasta nunca.

No pensaba lo que hacía. Sólo quería acabar. Por eso no se percató de que el perverso galán ya tenía en su mano izquierda dispuesto un inquieto y afilado bisturí. La prostituta se levantó la amplia falda con las dos manos, sin mirar. No llevaba ropa interior. Se reclinó sobre la puerta y le pidió que la penetrase. Caín se apoyó sobre la mujer en un acto fingido y, en un santiamén, le introdujo el bisturí con la facilidad de un cuchillo sobre la mantequilla. Victoria abrió los ojos cuando notó el frío acero partiéndola por la mitad. Comenzó un raro grito que Zacarías ahogó taponándole la boca de manera casi hermética. Limpiamente, entonces, tiró del arma hacia arriba, hasta el estómago, haciéndose paso entre la carne con tremenda suavidad. En esa posición de inmovilidad mantuvo a la muchacha durante unos instantes. La mujer sacudió su cuerpo entre espasmos, cada vez más distantes unos de otros. En unos segundos se le escapó la vida. La sangre saltó a empujones como un grifo roto entre las piernas de la desdichada. Los intestinos se escaparon sin orden por todos los sitios. Descolgados, cayeron a borbotones; flácidos y calientes. El asesino erizado por la excitación eyaculaba sobre la infeliz que, poco a poco, se desvanecía en sus brazos.

La última mirada la puso sobre los pequeños que abandonaba a un incierto destino. ¿Qué iba a ser de ellos? ¿Quién los mantendría?


8

La noche enmudeció ante mis ojos cuando tuve que contemplar silencioso y sin remedio como aquel desalmado segaba una vida por el capricho mordaz de hacerlo. Allí, en la callada y tensa quietud, Victoria, moría desangrada. Sus ojos quedaron perdidamente entreabiertos y su boca sólo escupió en su postrer aliento algunas palabras que me resultaron ininteligibles. El desconocido abandonó el lugar fundiéndose con la espesa niebla. Sus pisadas fueron extinguiéndose lentamente tras él como voces del pasado. Yo me encontraba muy próximo a la chica porque sabía que ese era, irremediablemente, el curso de su destino y la miré con cierta pena y desesperanza.

Mientras languidecía en la acera el cuerpo ensangrentado de la joven, recogí su vida y sus exiguos sueños y también yo me marché.

Mi trabajo había concluido por el momento.

Zacarías no llegó a casa hasta el amanecer. Estuvo dando vueltas sin rumbo fijo. Perdido. Sabía perfectamente que su vida había dado un giro hacia lo desconocido y que no podría regresar. Seguramente él tampoco quería volver. Desde el fondo de su  realidad, desde el fondo más oculto de su ser, alguien, una sombra sin rostro, le estaba afrentando despiadadamente. Su “otro yo” le retaba. Le desafiaba a un duelo a muerte. Desde la oscuridad más absoluta, perversa y repugnante, los silencios de su despreciable alma elevaban sus voces y le llamaban para hundirlo sin misericordia. Para arrastrarlo sin compasión al averno más insondable.    

Le dediqué muchos años a aquel oscuro asesino que, en efecto, llenó de sangre las calles de la manera más escalofriante con los crímenes más repulsivos y espeluznantes. Pero siempre, a pesar de todo, actuó de una forma exhaustiva e inteligente. Procuraba, en muchas ocasiones, desviar la atención hacia pistas escabrosas y quebradas que terminaban en puntos muertos o sin sentido. Utilizaba un complicado y letal juego de ajedrez para fijarse las víctimas. Sabía todo o casi todo acerca de sus objetivos a batir. Y los angustiaba psicológicamente hasta el final. En ciertas circunstancias le gustaba comenzar recreándose en simples anónimos que, paralelamente, enviaba a la policía. Disfrutaba provocándoles. Decía que eran unos inútiles integrales. Se reía de ellos en sus barbas. Así podía estar meses. O años, de mil maneras diferentes. Por temporadas desaparecía sin dejar el menor rastro. De repente, sucedía. Alguien, en algún lugar, moría de la forma más monstruosa. Era él. Siempre tenía preparadas a varias personas en “jaque mate”. Al acabar estampaba su firma: un párrafo del Apocalipsis de San Juan. Con el tiempo, también fue eligiendo a niños porque estaba convencido que así les evitaría sufrir en la vida y pecar en un futuro.

Lo que en un principio era, según él, una labor simplemente mesiánica y puntual, fue derivando en una total y confusa obsesión. Abandonó el trabajo de médico que no le reportaba ninguna sensación especial y se refugió de lleno en la solemne y diabólica liturgia del crimen sistemático.

Le seguí la pista muy de cerca y por donde pasó, dejó, imborrable, el rastro amargo y lacerante de mi presencia: el oscuro sabor de la muerte. Durante décadas, la policía, persiguió sin éxito alguno a Zacarías sin que nadie supiera exactamente qué perseguía. Ni a quién. No existían móviles ni causas. Sólo escasos e inconexos datos. Tampoco huellas qué seguir: exclusivamente muertes. Los jefes del departamento de policía fueron sucediéndose uno tras otro sin más triunfo que el hecho de tener que asumir su total incapacidad para resolver el tremendo drama que se cernía sobre los ciudadanos como una epidemia.

En una ocasión descuartizó a una mujer a la que seccionó sus cuatro extremidades. Cada una de ellas apareció en un extremo de la ciudad con adivinanzas en verso. El premio fue la cabeza que apareció por último colgada dentro de una bolsa en el Puente de Londres. En otro momento utilizó un gancho de carnicero para extraer los ojos de su víctima; le arrancó la lengua y le vació el estómago. El asesino, muy hábilmente, nunca utilizó dos veces ni el mismo procedimiento ni el mismo tipo de arma, lo que desorientó hasta donde quiso a sus perros sabuesos.

Disfrutaba con el juego de la muerte. Sinceramente le apetecía. Sabía, además, que otros asesinos seguirían sus pasos pero desde su atalaya, se reía. Eran aficionados a su lado. La escuela del crimen metódico se había creado bajo su sangrienta y execrable cultura. Ciertamente sucedió así. De paso, muchas personas viles y despreciables quisieron aprovechar esa circunstancia para resolver sus diferencias con aquellos contra los que tenían cuentas pendientes de finiquitar. La fórmula era sencilla: cometer los homicidios del mismo modo, o de manera parecida, lo cual, aún complicaba más las investigaciones policiales. Cuando en ocasiones creían tener la certeza de haber atrapado por fin al psicópata, recibía entonces la comisaría de modo concreto y preciso un anónimo, diciéndoles que estaban perdiendo su precioso tiempo; que mientras ellos apaleaban y torturaban inútilmente al pobre desgraciado de turno pretendiendo que confesara lo inconfesable, estaba muriendo en tal o cuál lugar otra persona que atendía a unas características determinadas y que sería, por último, martirizada y ajusticiada de una forma definida. Después todo coincidía exactamente con lo expresado en la carta. Era él, nuevamente.

En resumen, todo resultaba ser un caos. Pero una cosa quedaba suficientemente clara: la originalidad tanto en los métodos como en las armas utilizadas era únicamente suya. Nadie había tenido jamás la ocurrencia degollar con una cuerda de piano hasta seccionar las cervicales. O vaciar todas las vísceras del cuerpo con un gancho de carnicero. O amputar cada una de las falanges de los dedos de las manos y los pies con alicates, antes de matar a sus víctimas.


9

La vida de Zacarías transcurrió planteándose continuamente la vida y la muerte de sus semejantes. Se aisló sólo para estudiar detenidamente a aquellos que quería asesinar. No tenía por qué existir una causa. Cualquier motivo podía ser la excusa perfecta para morir: si paseaba por la calle y observaba en alguien alguna cosa que por banal que pudiera resultar no le encajaba, se podía dar por muerta más tarde o más temprano. La seguía, la analizaba, estudiaba sus costumbres y hábitos y esperaba el momento. Ese era su oficio. Como observador era único: un peinado fuera de lo común o provocativo podía costarle a cualquier mujer la vida sin preámbulos. Unos zapatos llamativos, también. Cohabitaba en él un fetichismo anormal que, casi automáticamente, le exacerbaba la excitación. Luego, la obsesión iba creciendo dentro de su alma y su particular marea roja, hacía el resto.

Caín supo desde el principio, con tremenda exactitud, cómo y de qué forma quería cerrar el libro de sus días. Tantos años asesinando deliberadamente, riéndose de la justicia sin cometer errores, poniendo pistas sólo aptas para inteligentes pero sin encontrar por parte de la Ley la menor resistencia ni inspector que le demostrase su perspicacia, le llevaron, en ciertos aspectos, al aburrimiento. Él odiaba de antemano la angustiosa monotonía; huía de ella a toda costa, por eso había practicado el canibalismo en numerosas ocasiones, los desmembramientos y las amputaciones como sistema: cada víctima tenía una historia que contar. Y un sufrimiento por el que llorar y suplicar antes de morir.

Aún más allá de los límites de la vida, la necrofilia y la necrofagia, le reportaban desconocidas e intensas emociones por las que navegar en su marea roja. Pero empezaba a hastiarse progresivamente. Comenzaba a estar harto. Harto y cansado, lo presentía. Zacarías había experimentado en su vida demasiadas sensaciones, excepto su propia muerte, y el placer extremo que le produciría pagar a Teodora su inmensa deuda, aunque tenía la certeza que tarde o temprano habría de llegar. Como sabía, desde el fondo de su maldad, que necesitaba ser apresado. No de cualquier forma, sino de una manera esclarecida y digna de él. Si bien, eso, era relativamente difícil porque no encontraba entre la policía, rivales capaces de sitiarle y crearle una situación de inseguridad. Por más que lo intentaba con un mínimo de clase, claro, nada. Ni por esas. No eran lo suficientemente hábiles para cogerle.

Al final, Zag, llegaba solo a sus propias conclusiones; se planteaba serenamente que casi todas sus cuentas estaban saldadas, salvo una: Teodora Bedbur, la institutriz. Con la cual había convivido todo este tiempo en una relación esotérica de contubernio freudiano de amor y odio, de sadismo y masoquismo entremezclado y revuelto en un intrincado y nebuloso concepto. No se olvidaba de los largos años de tortura a los que había estado sometido. Tampoco se olvidaba, ni por un instante, de lo que eso significaba. No se olvidaba, no. Tan sólo seguía esperando.

La edad teñía suavemente de plata los cabellos de la institutriz quien, a pesar del tiempo, seguía manteniendo una figura envidiable. Su fogosidad en el sexo no tenía todavía ni límites, ni el menor síntoma de ir hacia la tranquilidad. En la cama seguía comportándose como lo que era: una verdadera ninfomaníaca que continuamente le exigía las más perversas prácticas. El traumatizado Zacarías era ante lo único que todavía, y sin saber por qué, seguía doblegándose. En su presencia, en la intimidad de la habitación, seguía siendo el muchacho aturdido y asustado de entonces. Ella dominaba la situación con severo rigor y él, humillado, acataba sin parpadear sus deseos. Aunque su odio y resentimiento fermentaban en la misma medida y cuando pensó en poner punto final a sus días, lógicamente, pensó en la señorita Bedbur: ella sería su obra maestra. El resumen de lo que años atrás ella misma había iniciado: su propia creación.

Caín no tenía la menor intención por su parte de seguir viviendo en un mundo tan anodino porque nada le importaba. No sentía apego al dinero. Nunca sintió esa necesidad. Tampoco le inquietó la posición social. Ni siquiera su fuerte patrimonio. El camino que se propuso, el de ser un ejecutor perfecto y ejemplar lo consideraba concluido. Por lo tanto, acabaría su obra y le pondría fáciles las pesquisas a la policía entregándose. Remataría, eso sí, su “Opus” riéndose de ellos de nuevo. Detenidamente, en las siguientes semanas, trazó con un tono dantesco y al tiempo espectacular, su última puesta en escena. Debía ser, simplemente, magistral.


10

La tarde de aquel día se fugaba en el cielo. Los colores vivos se adormecían y las sombras de los árboles que flanqueaban el camino que le llevaba de vuelta a su residencia se alargaban lentamente. Los cipreses, en hilera, aparecían ante él como un ejército de fantasmas perfectamente alineados, como fúnebres monjes sacados de un libro de terror. Presagiaban la muerte: mi presencia. Y así era de hecho. Silentes me anunciaban. El final de Bedbur estaba próximo.

Zacarías no se inmutaba por casi nada. Y cuando éste llegó a la mansión, la institutriz, le recibió y le atendió como siempre; con la rígida pero dispuesta actitud habitual. En la entrada de la residencia, en un disciplinado silencio, recogió de sus manos su capa, su sombrero de copa y su bastón. Él la miró un instante, sólo en aquél preciso segundo, sus ojos, le traicionaron; en su brillo flotaron sus intenciones. Pero, Bedbur, no observó ninguna diferencia a su acostumbrada compostura. Fue sólo un soplo. Por lo demás, Caín, era generalmente un hombre distante que sólo perdía su frío aspecto a solas con ella en la alcoba, cuando le arrastraba a empujones hasta la infancia; durante la jornada diaria, cada uno se mantenía en su lugar. Ese día el servicio doméstico de toda la mansión estaba libre y Teodora no pensó más allá de sus deseos. Como siempre sucedía en esos casos, por la noche, iría a visitarle a su dormitorio. En su aparente indiferencia acariciaba la idea permanente de que sería poseída hasta la extenuación.

La mañana siguiente, muy temprano, el doctor con su acostumbrada flema, telefoneó a la policía y les invitó a su domicilio. Se identificó como Zacarías Caín y a su vez como el asesino del Puente de Londres, leyenda con la cual era conocido el misterioso asesino. Al principio, éstos, no le dieron crédito recriminando como un mal chiste sus ganas de bromear. Su cáustico humor ante una situación tan seria no daba lugar al sarcasmo; el último cadáver aún estaba siendo analizado en el depósito. Pero Caín, pacientemente, insistió y dio datos concluyentes. Además, paralelamente, había convocado a periodistas de los diarios de más tirada. Aquello iba a ser un bombazo. Todas las alarmas se dispararon aunque en el fondo nadie terminaba de creérselo.

En muy pocos minutos se colapsaron las inmediaciones de su domicilio, en las afueras de la metrópoli. Al llegar la fuerza pública, éste los recibió en la entrada y les ofreció con cierta ironía, té. Después, candelabro en mano, les rogó que le acompañasen al sótano para admirar la soberbia obra. Por el momento nadie le esposó, no sabían muy bien a qué atenerse. Su gesto tampoco señalaba nada especial, no decía nada. Lo cierto es, que no habitaba en su mirada el miedo del asesino común; todo lo contrario, habitaba cierta satisfacción. Claro, que si algo de verdad existía en todo aquel macabro asunto era precisamente eso: que no era un asesino común. Naturalmente el absoluto dominio de la situación y la aparente ausencia de datos, despistó mucho más a los inspectores de policía allí presentes. Sólo una leve sonrisa se dibujaba en sus labios de un modo extraño.

Uno de los agentes que le seguía por los corredores de la antigua fortaleza comenzó a perder los nervios y trató de interrogarle pero el resto pidió calma. De todas formas él no contestó a ninguna pregunta. Tan sólo guardaba un hondo silencio. No quiso, en ningún momento, adelantar los acontecimientos. Mientras bajaban las empinadas escaleras de caracol que los conducía al subterráneo, otro pensó que aquello iba a resultar, al final, una pesada bufonada de aquel ricachón ocioso.

Cuando la pesada puerta de madera chirrió, y la luz de las antorchas y los flameros robaron oscuridad a la cripta, la gente quedó estupefacta y varios guardias retrocedieron espontáneamente comenzando a vomitar sin poder controlarse; el hedor era insoportable: allí estaba, Teodora Bedbur, atada con las manos en cruz; desnuda sobre un tremendo charco de sangre. Su cuerpo se encontraba abierto en canal desde el cuello hasta el vientre; el esternón aparecía brutalmente dividido en dos partes y una tabla se situaba en cuña, en la parte alta de éste, impidiendo el regreso de las costillas a su posición normal. El cadáver, completamente despellejado y abierto, les recordó con horror a las bestias en los mataderos. Dentro de él no quedaba ni una sola víscera, lo había vaciado por completo. Se había comido casi todo, excepto las tripas que se encontraban amontonadas en un cubo de zinc. Los pezones no los encontraron, desaparecieron en el lúgubre festín. Tampoco los ojos y la lengua, que reconoció, entre risas, habérselos comido una vez muerta. Por supuesto le había seccionado la cabeza, que se descolgaba del cielo de la bóveda sanguinolenta y gris como si de una lámpara de salón se tratase. Sujeta por la cabellera, pendía de una vieja y oxidada cadena que descendía del techo. Aunque, probablemente, lo más espantoso y espectacular de aquel proceso fue saber que no la mató primero para descuartizarla después, sino al revés; la torturó lenta y sistemáticamente amputándola en vida, hasta su muerte.


11

Zacarías Caín recordaba todo su extenso pasado en décimas de segundos a la vez que aquellos dos funcionarios entraban en su celda.

Una hora después, el alcaide más inquieto que el propio preso, le confirmaba personalmente lo que no constituía a esas alturas novedad alguna: sería ajusticiado por ahorcamiento en el patíbulo de la prisión en las próximas cuarenta y ocho horas.

La noche anterior a su ejecución, Zacarías, durmió como un niño. No soñó con nada. Ninguna sombra se interpuso en su mente. El alba, se levantó perezoso y cargado de brumas en una prisión que recortaba su negra y fantasmagórica figura en la niebla. Zacarías desayunó mejor que en otros muchos días, a pesar de la húmeda y ajada claridad. Rechazó de plano la visita del sacerdote del Centro porque decía no tener deudas pendientes con nadie. No lo necesitaba; había cumplido únicamente su misión. También la del médico que le ofrecía, bajo cuerda, una escamoteada dosis de opio para aliviar el miedo. Pero no le hacía falta; no lo sentía. Finalmente aceptó como obsequio una botella de whisky de malta. Se la bebió. Pero no por el temor de lo que le esperaba, sino por puro placer; sabía perfectamente lo que hacía.

Cuando colgaron por el cuello a Caín y su cuerpo se precipitó al vacío, sólo se oyó el seco chasquido del cuello al romperse. Las fuertes convulsiones pusieron fin a la dramática y oscura existencia de aquel criminal; un ser maligno dentro de sus propias sombras. Ninguno de los testigos hizo el menor comentario. Aguardaron en silencio unos minutos. Cuando el forense certificó la muerte del preso, los asistentes fueron abandonando el lugar.

Me quedé a solas con él.

La neblina pareció apoderarse del patio como una mano silenciosa y blanca. El cuerpo quieto y caliente aún se balanceaba sobre la cuerda.

No pude recoger absolutamente nada del condenado; buceé en su vida y sólo descubrí a un niño atormentado por la soledad, el miedo y el dolor. Terriblemente marcado por el olvido de un padre que se inhibió de su familia. Estigmatizado por la incoherencia y la inhabilidad de una madre para quererle. Señalado, en definitiva, por la ausencia del amor. Un niño sin ilusiones que cumplir y nada que desear. Un niño que no aprendió a ser niño antes que adulto. Que no jugó jamás. Que fue directamente empujado por la vida con todas sus fuerzas a un océano de pánicos. Un niño que sólo aprendió a odiar a cuantos le rodeaban. Que empezó a escribir en medio de las páginas de su existencia sin lo más necesario.

Esta vez, en mi mochila, no reuní sueños ni proyectos quebrantados como en tantas y tantas ocasiones. No existían. No había nada aparte de silencios. Y pensé que era lo mejor que podía suceder definitivamente.

¿Nada? ¿No había nada? En el fondo del saco notaba algo… ¡Sí! ¡Sí! ¡Es una voz lejana, muy lejana!... ¡La oigo! ¡La oigo! ¡Es el grito angustiado de un niño que solloza! ¡Que lloriquea y llama desesperadamente a su madre…! 



José Hdez. Meseguer
El Espectador Del Crepúsculo
Un Relato de la década de los 80.
Murcia.

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