miércoles, 1 de diciembre de 2010

CARTA AL MUCHACHO DE PIEL TRIGUEÑA [Desde Las Sombras...]



Nadie. Ni tú mismo sospechabas, querido Pablo, que aquella incandescente tarde de junio, volabas con las alas rotas. Totalmente destrozadas. Era el puto destino. Era ése destino, miserable y cruel, el que te esperaba escondido en la curva de la carretera, a mediodía, para burlarse sin la menor misericordia de ti. De ti, y de todos los que te queríamos. De todos cuantos esperábamos verte crecer e incorporarte con ansias a un mundo decepcionante, repleto de espejismos y farándulas. Infectado de cómicos y mascaradas.

Pero no. Tampoco.

No tenía calculada tu asistencia. Por lo visto no deseaba que gozaras, ni tan siquiera, de los pocos y fugaces momentos agradables que ofrece la vida. Iba a robarte, a arrancarte sin compasión, esos breves instantes. Iba a despedazar tus proyectos y tus sueños. Tu recién estrenada vida que se asomaba, temblorosa e inquieta, sin figurarse lo corta que era.

Desde aquí, Pablo, desde la penumbra quebrada que supone vivir sin aliento, arrastrando la agonía del recuerdo, te llamo. Con el corazón roto. Descuartizado. Hecho jirones. Vencido. Herido de muerte. Desangrándose, sin remedio, por una causa nueva. Por una llaga eterna e indeleble. Evoco tu imagen aleteando en mi memoria como un fantasma. Como una resaca. Como una pesadilla. Con tu muerte clavada en mi alma como una estaca. Como una sombra que se infiltrase de puntillas en mis sueños. Con la angustia necesaria para hacerme vomitar soledad y palabras manchadas de desesperanza. Así te escribo.

No sé dónde estás. No sé hacia dónde te has marchado. No sé qué sientes. Sólo puedo hablarte con tristeza y rabia del hueco que has abierto como una herida en los demás, aunque la vida continúe su paso como si nada hubiese sucedido. Como si aquella curva jamás hubiese existido. Como si aquel día, sólo hubiese sido un día más, y al terminar, se hubiera borrado automáticamente sin pena ni gloria del calendario.

Aquí el sol sigue alumbrando cálido y la lluvia mojando despacio. Las gentes siguen siendo crueles y sus odios enfermizos. Continúan destrozándose por el placer de hacerlo. Y lo hacen sin sentimientos. Sin un segundo de tregua ni reflexión. Y Dios, como casi siempre, señalando nuestra suerte equivocándose de enemigo.

Dondequiera que te encuentres, Pablo. Desde esa dimensión, te evoco. Te nombro. En la confianza serena de que puedes reírte sin rubor de nuestras sórdidas miserias y nuestras lamentables conductas. Desde aquí, desde las sombras tenebrosas del infierno, hasta la luz infinita de la eternidad.

Adiós sobrino. Hasta siempre. Adiós, muchacho de piel trigueña.
              

José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto




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