miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL MALDITO PRESENTIMIENTO [Relato]


He dormido muy mal, fatal. De hecho, casi nada. Apenas si he podido conciliar el sueño. He estado toda la noche dando vueltas y más vueltas en la cama, mientras una inquietante angustia me abrazaba. Al final, desesperado, acabé devorándome una cajetilla de tabaco en el balcón. Me sentía incapaz de tranquilizarme.

El caso, es que no tengo grandes motivos para sentirme mal; los niños van creciendo sin grandes contratiempos y eso ya es mucho, gracias a Dios, aunque me doy perfecta cuenta de que son unos perfectos cabrones depredadores, que a nosotros, los padres, nos sacarían los ojos con cuchara al menor descuido, si pudieran. Pero, ¿qué niño, en este siglo que se asoma, no es un poco así?

Y es que eso, lo de nacer en este siglo es bueno y cómodo, pero también es malo. Malo, porque en cualquier momento, y dado que la vida no deja de ser más que un oleaje traicionero y convulso en perpetuo movimiento, en el que tan pronto nos mantiene arriba creyéndonos dioses, como abajo, aplastándonos sin piedad; a la mayoría de ellos, ante un inesperado golpe de timón, seguramente, los dejaría completamente desamparados e indefensos. Indefensos, porque lo tienen todo con sólo desearlo; incluso mucho antes. Aunque la culpa, desde luego, no es más que nuestra. No tenemos por qué buscar ahí fuera: somos nosotros mismos. Los atiborramos continuamente de todas aquellas cosas que nosotros, a su edad, no pudimos ni siquiera soñar tener.

De esta manera, entre otras miles, vamos, sin querer darnos cuenta, haciéndoles un flaco favor; porque a la larga lo único que conseguimos es disminuir sus defensas y su espontaneidad. Y esa falta de inmunización, tan imprescindible para sobrevivir, se vuelve por su propio peso catastrófica, porque, de alguna manera, los incapacita para resolver situaciones reales y ciertas, muy alejadas de la fábula inocua de los juegos de ordenador. Ya que, los juegos de ordenador, no dejan de ser un juego —casi siempre inofensivo, porque todo hay que decirlo: ¡Algunos son la leche!—. Pero la vida, que es a lo que voy, por desgracia, nunca lo ha sido.

Y es que, en el fondo, tendríamos que reconocer con cierta tristeza que lo único que pretendemos a diario es comprar el cariño que somos incapaces de darles como consecuencia de la puta falta de tiempo con regalos y más regalos. En fin, es así, ¡qué le vamos a hacer! La gente de mi generación, los que terminamos con demasiadas prisas y pantalón corto el bachillerato, no tuvimos más cojones que brincar del nido cuanto antes... 

Por lo demás, mi vida, transcurre con cierta calma... Aunque, desde luego, no se parece en nada a cómo la soñaba cuando era un crío, ni mucho menos.

He agotado las tres cuartas partes de mi vida como anoche en la cama: dando vueltas. Siempre dando vueltas. Y sin darme cuenta, mis proyectos, lógicamente, fueron alejándose; ahora ya no los veo. Casi no los siento. En realidad, de aquella época, de mis fantasías de juventud, sólo me quedan heridas que han ido lentamente cicatrizando. Heridas, que ya apenas me molestan, ¿o sí? Sí, tal vez, sí. Si bien, he de reconocer que las soporto con relativa resignación; con el paso de los años las viejas erosiones de la frustración han ido transformándose en menos enemigas. Seguramente sean más amables con su víctima. Es un poco, quizá, lo mismo que sucede con el síndrome de Estocolmo. Ahora, a estas alturas, ambos, mis desilusiones y yo, guardamos juntos los restos de aquel naufragio como un recuerdo: en el cajón de los sueños inacabados.

No sé por qué razón la noche me ha parecido interminable. Llena de pesadillas. Debe ser la tensión que acumulo últimamente. Mi jefe me tiene harto, muy harto; estoy hasta las mismas pelotas de soportar su estúpida prepotencia. Pero, ¿qué puedo hacer? Es lo que hay; me encuentro con cincuenta años, a quince de jubilarme, pero a veinticinco de haberle podido mandar a tomar por donde amargan los pepinos con relativa comodidad...

Mientras me afeito, pienso. Me miro al espejo y me digo:

— ¡Qué feo te has quedao, cabrón! Nunca fuiste gran cosa, pero es que últimamente eres menos...

Siempre fui pequeño de estatura, eso fue inevitable; ya nací con esa condición. Recuerdo, que ya de crío, en el colegio de Los Frailes Capuchinos, muchos amigotes me decían: ¡Adiós David! ¡Hola David! ¿Cómo estás David? ¡Qué empeño! —respondía ingenuamente—; ¡Yo no me llamo David, me llamo Alejandro! Pero ellos seguían dale que dale con lo de llamarme David. Lo que entonces no podía siquiera suponer es que todo aquello no era más que una cruel y despiadada burla. Yo únicamente notaba que, tras llamarme David, los demás chicos se descojonaban de las risas. Hasta que un día alguien me lo dijo.

— Te llaman David, pero evitan decirte el apellido.
— ¿Y eso? ¿Qué tiene de gracioso mi apellido? —interrogué.
— El tuyo, nada —dijo—. Pero el que te han adjudicado, mucho. Automáticamente puse cara de haba; no tenía la menor idea de qué me hablaba.
— Sí, hombre, sí —quiso aclararme—; ¿Es que no lees tebeos? ¿No has oído hablar nunca de David el Gnomo? ¿Un enano que vive en el bosque?

La verdad es que por entonces la economía familiar no daba para nada. Ni entonces, ni después: nunca. Y los tebeos, como es natural, fueron en todo momento un lujo fuera de mi alcance. Mi padre casi siempre estaba en el paro; más parado que un reloj de corcho. Bueno, parado, parado, lo que se dice parado, tampoco. Porque cada tres por dos le decía a mi madre:

— Nena, voy a acercarme al bar.

O sea, que no. Era, más bien, un barril de cerveza en movimiento.

Pero lo cierto es que hasta ése instante nunca había oído hablar de aquel enano que vivía dentro de un árbol. Aunque después de aquello jamás se me olvidó ni su nombre..., ni las caras de aquellos hijos de puta.

Desgraciadamente tampoco fue por lo único que la gente se rió de mí. También fue inevitable que, a los veintitrés o veinticuatro añitos, me quedara más calvo que el pomo de una puerta... ¡Más listo de papeles que la hostia! ¡Joder! ¿Qué iba a hacer? Tampoco por eso iba a pegarme un tiro en la boca. Y lo que sí me parecía absolutamente ridículo era colocarme un bisoñé. Para colmo de desgracias, porque ya se sabe las desgracias nunca vienen solas, el poco pelo que me queda apenas se me ve, porque, además, lo tengo más blanco que un anuncio de detergente. Total: un cromo...

Mientras me afeito estoy planteándome que, quizá, debiera dejarme crecer la barba..., así, me digo con coñas, me parecería definitivamente al enano cabrón ese de David el Gnomo... No, realmente, no. Hace muchos años que dejé de desear ser más alto y más guapo. No, en serio, estoy pensando sólo y exclusivamente en la comodidad de no tener que afeitarme cada mañana; es un verdadero coñazo. Pero no sé cómo lo vería mi mujer, supongo que mal, como todo lo que salga de mí... Ya me queda menos, si me descuido llegaré tarde a trabajar y es justo lo que me faltaba para empezar bien el día.

El caso es que mientras me enjabono la cara para afeitarme, no puedo apartar de mí los sueños que he tenido. Y sé, con toda seguridad, que todo se debe únicamente a la tensión que arrastro. Me digo cien veces que no tengo grandes problemas y que, seguramente, estoy haciendo de todo esto una tragedia innecesaria. Y enseguida me vienen a la cabeza los críos. Ellos están bien; eso, sin duda, es lo más importante. Sí, aunque sean unos canallas, que se van a quedar en casa hasta que tengan la edad de jubilarse.

Me dicen que ellos no tienen la culpa: “Que me hubiera estado quietecito antes de echar el polvito”..., que la vida, fuera de casa, está muy jodida —es para lo único que este par de gandules sinvergüenzas me hacen caso a rajatabla. Para eso, y para sacarme la pasta por la jeta, sin dar un palo al agua—. Pero, bueno, lo que tampoco puedo hacer, aunque me den ganas, es echarlos...

Mucho más grave es lo que me sucede con Anita, mi mujer. Por eso creo que esta noche, sin pretenderlo, he soñado otra vez con Valentina, mi primera novia. Anita es demasiado proteccionista con los chicos, ante mí. Eso, unido al hecho de que, sin hablarlo entre nosotros, ambos sepamos, que atravesamos una crisis que ya dura años; crisis, que ha abierto a estas alturas un abismo seguramente insalvable. El resultado es que, a veces, al llegar a casa, tengo la amarga sensación de sentirme como un desconocido, como un extraño...

Creo que a su manera me quiere, pero eso: a su manera. Yo, lo que necesito, es que me quiera a la mía. No necesito que se me quiera porque se haya establecido un hábito que hay que continuar, sino porque realmente sea así. Aunque supongo que yo, a mi manera, tampoco le he facilitado las cosas; y al final, desde ese pacto silencioso, nos hemos limitado tan sólo a convivir... Hemos perdido la pasión el uno por el otro; nuestra vida en común se ha convertido en una formidable rutina.

Y eso es precisamente lo que me preocupa. Soy mal pensado; ¿para qué negarlo? Estoy convencido que me engaña con otro tío: con su jefe. Últimamente se engalana mucho. Quizá exageradamente. Se pone excesivamente guapa. Algunas mañanas, al levantarse, se quita las bragas de cuello alto que ha usado para dormir y se coloca unos tangas que me dan escalofríos. Yo la observo de reojo, mientras me hago el nudo de la corbata frente al espejo, y no digo nada; pero me quedo con la copla en silencio, al tiempo que noto como otro nudo se me forma en el estómago. ¿A cuento de qué se pone esas bragas...? ¡Ésta me la está pegando! Seguro.

Ya estoy en la escalera. Los chicos se marcharon esta mañana antes que yo. Gracias a Dios, hoy, ha habido suerte. He tenido el cuarto de baño para mí solo. Casi todos los días me sacan a empujones del baño y he de terminar de afeitarme en el recibidor.

Ahora, la del segundo derecha, una vieja cascarrabias, una momia, al verme bajar a través de la mirilla de su puerta, me asaltará para preguntarme cualquier gilipollez; con la única intención de saber cómo voy vestido o qué colonia me he puesto. Yo la esquivaré como buenamente pueda y miraré el reloj, diciéndole lo tarde que se me ha hecho. Siempre es igual; pura rutina. 

Mientras bajo por las escaleras vuelven de nuevo a mí las pesadillas que he tenido. En mi sueño, Valentina, me llamaba al teléfono móvil. Su voz sonaba como entonces; dulce, sensual y cristalina. No podía dar crédito a lo que me estaba pidiendo; me estaba diciendo que había regresado a la ciudad después de casi treinta años de ausencia. Quería verme, hablar conmigo. Durante un segundo pensé en Anita. Pero un segundo después me dije, ¿y por qué no? De todas formas, ella, ahora, estará jodiendo con su jefe encima de la mesa del despacho como una loba en celo. Ese cabrón le habrá quitado el tanga con los dientes, mientras Anita se deshace.

Me encuentro en no sé qué lugar con Valentina y la miro. Y pienso: “¡Joder, paisana, cómo pasan los años!”

Se ha cortado la melena a la altura del cuello. Está gorda, pero no demasiado, aunque sí comparado con el figurón que tenía en el sesenta y ocho, cuando nos conocimos. Es normal, el tiempo no pasa en balde. De todas formas, pienso, aún conserva buena parte de aquella belleza. Peor suerte he corrido yo, me digo automáticamente; que estoy para que “me den dos duros”: Feo, panzón, más calvo que Mortadelo y con un color de piel más blanco que el alabastro, aunque por dentro me encuentre más negro, más quemado y más tiznado que el cenicero de un bingo.

No sé qué más ocurre en ese sueño; no lo sé. Hubiera dado un brazo por seguir hundido en él más tiempo; nos quisimos mucho, aunque sólo nos sirviese para sufrir. Pero inmediatamente, sin motivo, el sueño se me deshace como se deshizo aquel amor de juventud. Cosas que pasan...

...Y empiezo a sentirme tenso. Tenso, como la cuerda de un arpa. Cada vez más. Comienzo a sudar por las cuatro esquinas de mi pequeño y orondo cuerpo de “litrona”; noto cómo la espuma burbujeante y efervescente me sobrepasa. Estoy, de repente, en la reunión anual de la empresa. Somos más de cien personas sentadas a lo largo de una interminable mesa en forma de “U”. El director nacional de ventas, en el interior de esa “U”, pasea nerviosamente, de un extremo a otro, con gestos y ademanes de psicópata. Sin embargo, controla perfectamente la situación; incluso a la gente que tiene a su espalda: los ve sin necesidad de mirarlos.

Y sigue paseándose y gritando como un energúmeno. Y me pregunto qué mierda hago aquí, si estas cosas me dan angustia. Y trato de fugarme con cuidado, mentalmente, de esa estúpida situación, exactamente igual que lo haría un condenado. Me vienen de pronto a la cabeza, las diez mil cosas que me hubiera apetecido hacer antes que encontrarme ahí. Y pienso con desesperanza que he venido a ser en la vida, por cojones, lo último que pretendía ser: comercial. Y regreso al presente, porque ese cabrón me está mirando con insistencia, con sus ojos de lagarto, y seguro que adivina lo lejos que me encuentro de la convención.

Al menor descuido echo a volar y me siento nuevamente libre; libre para soñar. Y me digo; si hubiera conseguido ser alguna de las cosas que deseaba ser, por ejemplo, escritor...

Ahora estaría en mi casita de la playa terminando mi novela, porque el editor pretendería meterme, a toda costa, los gatos por el culo y las prisas en el cuerpo. Me llamaría por teléfono para decirme que las navidades se echan encima y que hay que iniciar con urgencia la campaña publicitaria en los grandes almacenes, para lo cual necesita que termine cuanto antes. Pero yo, que por primera vez confío en mí plenamente, le pido calma. Y a pesar de que me quedan sólo tres meses, tengo todo el manuscrito en la cabeza. Y si me da la gana, que no me da, puedo terminar en quince días. Pero eso él no lo sabe ni falta que le hace; lo sé yo, que soy su creador, y es suficiente. Y miro a Anita que se encuentra a mi lado haciendo punto de cruz algunas veces, y otras, simplemente, se encuentra a mi lado, viéndome trabajar. Y su mirada azul me invade, lo llena todo.

Y cuando cae la tarde, y el vientre del ocaso se dibuja de carmín, salimos a pasear por la playa cogidos de la mano, sintiendo toda la agonía de la tarde que, sin remedio, cae al fin moribunda. Y mientras caminamos rumbo al chiringuito de la playa, a cenar sardinas fritas, hablamos con tranquilidad y confianza de nosotros; de lo que nos queremos, de lo que nos querremos, de los chicos; que de una puñetera vez se han largado de casa y han iniciado sus vidas formidablemente bien, de... de...

¿Qué me pasa? ¿Qué me sucede? De pronto suena un disparo mortífero y atroz; alguien, desde la Realidad, dispara. Dispara a matar. Y voy viendo poco a poco a Anita desnuda. Completamente desnuda en el despacho de su jefe; follando como una bestia parda, como jamás lo ha hecho conmigo. Como una ninfómana desbocada que al oír mi exclamación, se gira sin dejar de saltar y clavarse sobre su amante y dice con mordaz ironía:

— Sí, pero él sabe hacerlo. Tú, en cambio, no tienes ni puta idea. Eres un perdedor, un calvo inútil, una puta mierda de un metro sesenta...

Me quedo mirándola con desprecio, pero soy incapaz de contestar. Sólo pienso que, por lo menos, podía haber elegido un amante más adecuado, en vez de ese tío, que para colmo, es más feo que un parto de cucarachas. “¡Qué mal gusto tienes, zorra!” —me digo.

Otro disparo, éste aún mayor. Súbitamente el director nacional de ventas se acerca a mí. Yo comienzo a sudar con más rapidez. Los cristales de sus gafas de culo de vaso me impiden verle los pequeños y repugnantes ojos de lagarto, pero sé que están ahí detrás; examinándome con atención para precipitarse sobre mí como un reptil. Su mirada, sin vida, se detiene en mí. Comienza a infligirme un castigo atroz; sin límites. Mis ventas, este año, no han evolucionado conforme a las expectativas de la Compañía. De hecho, han caído, según él, mucho más de lo permisible. Me increpa con dureza y me insulta. Sus ojos de lagarto y su lengua viperina devoran mi orgullo sin piedad. Mientras me amenaza, me advierte y me chilla, por unas fugaces fracciones de segundo, sin embargo, siento cómo voy perdiendo el nauseabundo tono de su voz y apenas le oigo.

Pienso en los chicos. Si pierdo el trabajo nos vamos todos a la mierda. Adiós casa de la playa, adiós vacaciones, adiós coche, adiós regalos, adiós Reyes, adiós la poca calidad de vida que me pueda quedar, adiós piso recién comprado, adiós Anita definitivamente, adiós... 

Por todo eso regreso. Aunque hundido, regreso para ser humillado a placer. Él, mientras tanto, continúa vertiendo sobre mí su letal verborrea. Lo miro en silencio y advierto que es, si acaso, en el fondo, más pobre hombre aún que yo. Que es sólo un pobre hijo de puta; simplemente un perro de presa amaestrado para matar. Y me muerdo los labios y callo, como hacía Curro “El Palmo”. Todo ello, por no saltar y acuchillarlo; hace tan sólo unos años me hubiera levantado y me hubiera puesto a mear delante de ese cabrón. Pero ahora, tengo cincuenta malditos años, y cualquier error puede conducirme sin concesiones al patíbulo. No tengo más remedio que callarme...  

Menos mal —me digo al llegar a la oficina, con alivio—, que todo ha sido un mal sueño, únicamente un maldito sueño. Entro en mi despacho. La gente, en la delegación, hace su vida. Todo es aparentemente normal. Es sólo un día más; en ocasiones se agradece la monotonía. Enciendo mi ordenador. Me indica que tengo correo.

Lo abro. Dice:

“Sr. D. Alejandro Expósito, le comunico que el día veinte, a las ocho treinta A.M., queda convocado a la reunión anual que tendrá lugar en el Hotel Tal...
Venga provisto de su Cartera de Asuntos para analizarla pormenorizadamente.
Firmado el Director Nacional de Ventas.”

Me quedo con cara de torta. Se me entrecorta la respiración. Me quedo pálido. Más pálido que las paredes de un hospital para leprosos. Y sólo acierto a preguntarme:

¿Será todo esto un maldito presentimiento?




José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002



2 comentarios:

  1. A veces todo es sencillamente un mal sueño, hasta los pormenores más llevaderos...

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