miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL OJO DE LA IGUANA [Relato]


Lleva toda la tarde mirándome, me doy cuenta. Cree que soy un completo imbécil que no ha detectado su nauseabundo olor rondándome. No me dice nada, pero me observa con atención, con su ojo de iguana; está pendiente de mí, por si levanto la cabeza más de lo habitual, y llamarme la atención. Este déspota disfruta humillándome. Treinta y ocho años, cuatro meses, dos semanas y cinco días al servicio de la iguana, no me han proporcionado ningún derecho. Al contrario; me han despojado del poco orgullo que aún me quedaba. Y así, de esta manera tan triste, transcurre mi vida en este teatro de guiñol, donde el único payaso soy yo. Donde, si se encuentra de buen humor he de hacer de bufón, de enano; y si por el contrario está estreñido, o no ha follado con su mujer y se encuentra de mala hostia, pago las consecuencias con sus insultos de energúmeno. Lo advierto enseguida; en cuanto entra por la puerta. Su mirada inquisitoria de Torquemada, le delata.

Necesito respirar. Tomar aire. Levantar la cabeza. Fumar. Necesito levantarme y fumarme un cigarrillo. Daría una mano por encenderme un pitillo, aún me quedaría la otra para sujetarlo. Necesito pensar más allá de la angustia que me produce esta desvencijada mesa de despacho. Pensar en otra cosa, que no sea esta mierda diaria que me consume. Hay tantas cosas en las que pensar.

O dar un paseo. O tomarme una copa. O irme de putas al pueblo de al lado... ¡Qué sé yo! Cualquier cosa, estoy agobiado. El trabajo se me amontona en la mesa. Tengo cientos y cientos de papeles por resolver y no me siento capaz; hoy, me darán las tantas antes de que me mire con su prepotencia, con su ojo de iguana, y me haga un gesto de aprobación para poder marcharme. Me siento angustiado. Disimulo, hago como que trabajo, pero los expedientes por resolver siguen ahí, mirándome; igual que hace dos horas. 

Si pudiera evadirme. Si fuera capaz de conseguirlo. Hay tantas cosas que me gustaría hacer. Por ejemplo, levantarme de mi mesa y acercarme a la suya. Y tener la valentía de preguntarle, por qué es así de cabrón conmigo. Preguntarle si tiene algún problema que yo le pudiera resolver. Preguntarle, por qué es tan ácido. Preguntarle, por qué paga conmigo su mal humor. Preguntarle, por qué no podemos ser amigos, él y yo, ya que no conseguí serlo de su padre. Preguntarle, por qué el mundo es su enemigo... O levantarme y, directamente, darle un puñetazo en esa gran cara de perro pachón y, a continuación, bajarme la bragueta y mearme en todo su odio y mi indecisión. Mi maldita indecisión, que es la verdadera culpable de llevar aquí toda la vida como un cobarde incapaz de atravesar esa puerta y no volver.

¿Por qué? ¿Por qué he tardado tanto tiempo en darme cuenta? ¿De qué manera he diseñado mi vida para llegar a esta trágica conclusión? ¿Por qué no tuve los debidos cojones de jugarme el tipo detrás de alguno de los sueños que en su momento rondaron mi vida? Ahora ya es tarde para todo; hasta para soñar aquí sentado. Ahora no me queda más remedio que tragarme sus humillaciones al precio que me las quiera hacer pagar. Ahora sólo me queda la realidad que yo mismo me he forjado. Ahora sólo debo pensar en terminar cuanto antes esta montaña de papeles que me observa amenazadora y marcharme a casa.

¿A casa? ¿Y para qué? ¿Quién me espera en casa? ¿Quién está sufriendo por mi tardanza? ¿A quién le importa? Tras morir mamá me quedé más solo todavía. Por lo menos antes ella me esperaba. Al llegar al portal de casa, distinguía la luz de la cocina encendida y el olor a sopa que se expandía por el hueco de la escalera como un perfume reconfortante. Y aunque llegase abrumado por las coces de este animal, el olor a sopa menguaba mi tribulación. Ella me preguntaba cómo había ido el trabajo. Yo tiraba balones fuera aunque por dentro me sintiese calcinado.

— Ya sabes, mamá… Como siempre.

Hacía años que no comentaba nada más. Quizá sólo eso. Únicamente eso. Era lo que ella quería oír. Lo que necesitaba oír. Ella se preocupaba en exceso si las cosas no me iban como calculaba.

Hubo un tiempo, hace muchos años, cuando pretendía a Lourdes, en el que se me pasó por la cabeza mandar a la mierda al padre de Ojo de Iguana. Lourdes me animaba a tomar esa decisión; queríamos casarnos, pero aquel negrero frenaba económicamente cualquier intento. De esa forma era impensable formar un hogar medianamente en condiciones. Así que lo hablé con mamá. Pero el disgusto fue tal que cayó enferma; su obsesión era que yo continuase en el puesto que papá había dejado poco antes de morir.

—Ya vendrán tiempos mejores, hijo mío. Tú, aguanta, que la calle está muy mala, aguanta...

Y aguanté.

Quien no aguantó tanto fue Lourdes. Durante algún tiempo intentó por las buenas hacerme ver, que así, de aquella manera, jamás podríamos plantearnos formar un hogar, ni mucho menos, tener hijos. Le pedí paciencia para hacerle comprender a mamá que mi vida dependía, en parte, de mis propias iniciativas; que quería casarme, que tenía proyectos, que nada se terminaba por el hecho de despedirme de aquel sitio. Que existían cientos, miles de empresas aparte de aquella, a las que llevarles la contabilidad. O incluso, por qué no, cambiar de profesión y probarme en otras cosas. Pero, enseguida, me saltaba al cuello como una serpiente con aquello de que era un mal hijo y un maldito egoísta. Que ya no me importaba lo que pudiera sucederle, ni la quería. Y que sí, que me fuera, que la dejara que se muriese en la calle como si fuera una perra. 

Al final, en mi titubeo, me encontré entre el fuego cruzado de mamá y de Lourdes. Entre el egoísmo de mamá y mi profunda cobardía. Entre mi apocamiento y las ganas de vivir de Lourdes. Y Lourdes hizo lo que tenía que hacer; marcharse de mi vida y encontrar a un hombre digno de ella. Un hombre..., no una mierda. Mamá, al vuelo, hizo también lo que tenía que hacer: echar tierra sobre el cadáver.

— Ya vendrá otra, hijo, será por mujeres, ¡uhm!..., no tengas prisa; primero sitúate. Ya verás, ya. Tendrás que quitártelas como moscas.

Y así fue, lo de las moscas, digo. Lourdes se casó, buscó su oportunidad y se casó. Y yo me quedé con mamá que era lo que quería desde el principio. Después de aquello, ya no volví a acercarme jamás a una mujer con ánimo de casarme. Únicamente de desahogarme. 

El tiempo pasó entre balances y cuentas. Entre cuentas y balances. Entre días grises y más cuentas. Y entre tanta cuenta y cuenta mis cuentas dejaron de salirme. Mis sueños, mis pocos sueños, lentamente, comenzaron a difuminarse. A extinguirse. A burlarse de mi puerca existencia.

Un día, el padre de Ojo de Iguana, murió. Le dio un “jamacuco” y palmó. Sería, sin duda, el más rico del cementerio, pero allí estaba bien; había comprado de por vida un dúplex adosado con hermosas y cálidas vistas al averno. Esa tarde, al salir del velatorio, la única tarde que el cabrón echó la persiana al negocio, fui de bar en bar hasta que me emborraché. Me gasté la paga semanal en cuatro o cinco horas hasta que me puse como una puta vinagrera: morado. Tenía que celebrarlo. Tenía que celebrar que había un hijo de puta menos en este condenado mundo. Un hijo de puta que, de paso, antes, se había llevado por delante a mi pobre viejo. Se había preocupado cuidadosamente de asediar a mi padre durante cuarenta y cinco años hasta que consiguió acabar con su vida.

Mamá soportó relativamente bien la muerte de papá. Pero realidad quien mejor lo pasó fue él, que dejó de soportar al mundo, incluyendo a mamá. Papá era de aquellos que hacía horas extras por no verla. Prefería ver la cara de perro pachón al padre de Ojo de Iguana, trece horas al día, a soportar la presión que mamá le infligía diariamente. Mamá era absorbente como una compresa. Y más insoportable que una ópera en bosquimano. Tenía la extraña virtud de sacar de quicio la paciencia del santo Job. Y de todos los que nos encontrábamos cerca. Era como un martillo neumático en los oídos. Como una taladradora. Su monomanía era ir detrás de papá vigilando y corrigiendo todo cuanto hacía o decía. A papá parecía darle igual, pero sólo parecía; porque, para sorpresa de mamá, papá, tenía una cosita en el pecho que late y se llama corazón. Y con demasiada frecuencia su carácter manso y achicado se veía pisoteado.

No tardé en comprender lo que se me venía encima. Me lo vino a decir, precisamente él, en su lecho de muerte:

— Ahí te quedas con eso, macho, que yo me largo…

Y expiró.

Manolo, mi hermano, se lo montó mejor; también tengo que decir que su carácter, sin fisuras, no era como el mío. Y poco después de que el viejo contable descansara por fin, se marchó de casa. Manolo sí que había defraudado a mamá, jamás sería sacerdote. De hecho, llevaba media vida en el seminario luchando consigo mismo y con mamá, que no sabía qué hacer para garantizarse el cielo. Pero a Manolo lo que verdaderamente le divertía era tocar el saxo. Y como mucho cantar en misa, no tener que decirla en latín. Unos meses antes de ordenarse sacerdote, le echó un par de huevos al asunto y colgó definitivamente la sotana para tomar el saxo. El saxo y a Mercedes, una feligresa del pueblo que estaba de muy buen ver.

Marisa, mi hermana, tampoco tardó en darse el piro. Se marchó a otro pueblo donde, dijo, encontró un trabajo como dependienta en un supermercado. Eso fue, al menos, lo que contó. Aunque, sin embargo, siempre pensé que aquello no era más que un simple pretexto para huir de las implacables garras de mamá. Marisa, desde jovencita, fue un verdadero encanto; alegre, resuelta, espontánea y sensible. Llegó a tener una docena de pretendientes, casi todos formales, en secreto. Pero cada vez que decidía dar el paso de presentarlos en casa, surgían los problemas. La sombra de mamá se cernía sobre ellos ferozmente. Y es que mamá era más dura que un canto; a todos los chicos le sacaba algún defecto como poco. A algunos más. Era lógico: “Todos los hombres son iguales, unos auténticos cerdos” —aseguraba—. Y en el momento que se le ocurriese dar un beso, lo siguiente sería abrirse de piernas. Y lo siguiente una barriga de aquí te espero. ¿Y para qué negarlo? Mamá, desde su infinita magnanimidad, tenía decidido su futuro de antemano. Tanto el suyo propio como el de la moza; ansiaba que Marisita fuera monja en el asilo de ancianos que había a las afueras del pueblo. Era otra manera de garantizarse futuros cuidados.

Pero no. Aquello tampoco le salió como ella tenía calculado y de la noche a la mañana, Marisa, se escapó con un muchacho que preparaba oposiciones para la Guardia Civil. Lo que pudo suceder no lo sé, llevo sin verla una pila de tiempo. Pero a través de una carta que recibí hace unos años, pude percibir que las cosas no funcionaron como ella misma hubiera deseado. Desde luego, lo del supermercado no era cierto, porque nunca lo había sido. Aunque no mintió al decir que estaba de dependienta. Efectivamente estaba de dependienta. De dependienta en un club de carretera llamado “Gente Cachonda”.

Mamá nunca supo a qué se dedicaba exactamente, le importó un bledo. Tampoco quería leer sus cartas. Jamás me preguntó por ella; decía que para todos los efectos había muerto. Tanto es así, que una tarde, la sorprendí en la escalera contándole a la vecina del tercero un extraño y fantasmagórico suceso, de su cosecha particular, claro. Y que a la pobre Marisita, finalmente, la habían enterrado en Santiago de Compostela, de donde era natural su difunta abuela. Nunca pudo perdonarle que no quisiera ser monja en el asilo de ancianos: esa era toda su desazón. Mamá no llegó a comprender que la única opción que tenemos las personas es la de intentar elegir nuestro destino. A Manolo, la última vez que le vi fue precisamente en el entierro de mamá. No gana mucho dinero, me contaba, pero es feliz haciendo lo que le gusta; tiene su propia orquesta y Mercedes, ahora su mujer, canta en ella. Es feliz, eso es lo más importante. Lo único importante. Hace precisamente lo que quiere. No le pide más a la vida.

Yo, sin embargo, me quedé con mamá. Mi vida, desde entonces hasta ahora, podría resumirse en una postal. Ésta fue pasando al alrededor mío, y yo, alrededor de mamá y del trabajo de contable. Ojo de Iguana tomó el relevo en la galera, digo en la empresa, reanudando con brío la asfixiante labor de su padre. Siguió, incansable, golpeando el tambor cual sanguinario cómitre para que ni yo ni nadie en la empresa perdiera el ritmo un solo segundo. Mi cobardía continuó danzando a su son; empujando con fuerza mi cabeza contra la mesa, impidiéndome ver la cantidad de metas que dejaba atrás o simplemente abandonaba. Y todo cuanto me rodeaba volvió a ser como siempre; gris, plano y sin sentido. Sin alicientes. Los días, las semanas, los meses y los años, fueron calcándose unos encima de otros. Y mis sueños buscaron otras costas donde anidar. Mi burda existencia transcurrió a la sombra macilenta de un paisaje tan absurdo como desalentador. Y mamá fue arrugándose lentamente entre el brasero de la salita de estar, su radio de galena, sus comadreos con las vecinas en el patio de luces y la cocina.

Una mañana, un domingo al levantarme, me extrañó que mamá no me hubiese preparado el desayuno como era habitual, y que aún siguiese en la cama. Ella, bien por costumbre, bien porque aprovechara para ir a misa de siete, invariablemente se levantaba temprano. Aunque luego, el resto del día, estuviese dormitando al menor descuido en el filo de un tomate, a pesar de que, según ella, nunca dormía.

— ¡Mamá, mamá! —llamé desde el quicio de la puerta de su habitación.

Mamá no contestó. Insistí pero nada; mamá seguía sin responder...

— Su madre ha muerto durante la noche, mientras dormía —explicó el médico forense—. No se preocupe, no ha sufrido. Parece como si hubiese presentido su propio final, tenía el rosario entre las manos.
— Puede ser, pero no lo creo —dije mirando el rosario.

El médico me miró poniendo cara de batracio.

— ¿Cómo dice?
— Digo que no lo creo.
— ¿Y eso?
— Mamá nunca dormía. Y, además, ese rosario no era suyo, es del cura.
— ¿Cómo lo sabe?
— Porque es de azabache.

El médico continuó patidifuso. No entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo.

— Sí, hombre, sí, yo se lo explico; mamá, en su tiempo libre, que era todo, se dedicaba a vender escapularios, Biblias y rosarios. Y sé que ése concretamente era del cura por el tipo de piedra que lleva. Lo que sucede es que no se lo había pagado todavía, y mamá, cansada de esperar, se lo arrebató en un descuido en la novena del jueves mientras oraban un gloriapatri. Y conociendo a mamá como la conocía, es más probable —advertí al doctor—, que, más que rezando, estuviese maldiciendo a D. Ramón, el cura. Porque el rosario cuesta una pasta gansa y ella ya se lo había pagado al representante.

Mamá murió. A pesar de todo, la enterramos lo más cristianamente que pudimos. Y a pesar que D. Ramón, en la misa que le ofició, le tiró dos o tres indirectas, lo que tampoco me pareció nada elegante por su parte. Por un momento temí que mamá, que tenía muy mala baba, se levantase del féretro, le arañase la cara y al tiempo le increpase: ¡Págame el rosario, moroso!

Marisa, mi hermana, me llamó por teléfono. Me preguntó si necesitaba algo. Pero no, no necesitaba nada. Lourdes también fue con su marido y sus tres hijos a darme el pésame, me preguntó lo mismo. Le dije que no. No era momento para decirle que lo que en realidad necesitaba era su compañía, y que había sido un idiota y un cretino por dejarla escapar tan tontamente.

Cuando esa tarde llegué a casa, me sentí más solo que nunca. Ésta se encontraba en penumbras y el silencio se esparcía con violencia por las habitaciones y el pasillo. Sólo se oía el monocorde el tic-tac del reloj de pared que hay en el comedor. Entré en la habitación de mamá, aún se olía a su perfume de colonia Myrurgia. Después fui a la cocina. La hornilla estaba tan apagada y fría como lo estaba mamá. Supe con desolación que nunca volvería a hacerme sopa. Tampoco el desayuno. Estaba solo. Me había quedado solo para el fin de mis días. Mis amigos, en esos años en los que yo me quedé bajo las faldas de mamá, fueron decidiendo su propio camino; fueron casándose y marchándose del pueblo sin mirar atrás. Todos, excepto yo, que me he quedado aquí incapaz de moverme. La cobardía a tomar decisiones y mi falta de espíritu han paralizado, como paraliza la picadura de una serpiente, cada uno de mis sueños.

Ahora, el pueblo, sus calles desiertas, la vieja plaza, el casino, la iglesia, la fábrica, Ojo de Iguana y yo mismo, sólo somos fantasmas del mismo cementerio. De este cementerio.

Tengo la patética impresión que el tiempo se hubiese sentado a nuestro lado para vernos envejecer. El reloj de la vida continúa caminando fuera de esta aldea, lejos de este lugar. Pero aquí, sin embargo, parece haberse detenido con excesiva crueldad. Parece haberse olvidado de nosotros. Y supongo que así será hasta el último de mis días.

Me he ido haciendo viejo. Los años han ido depositándose con venganza en los ángulos de mi alma para llegar hasta donde me encuentro; frente a esta mesa sucia y paleolítica atiborrada de papelotes y soledad. Frente a Ojo de Iguana, que se retuerce de gusto con mi dolor. Como si él no se encontrase tan solo como yo. Como si a él no le ocurriese lo mismo que a mí. Como si su herencia, que es la vieja fábrica y vivir en este maldito pueblo, no fuesen su condena y su castigo, igual que el mío.




José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002




2 comentarios:

  1. Hola. He cometido la desfachatez de nominar tu blog para este premio.
    Mira esto, por favor:
    https://relatosdescerebrados.blogspot.com.es/2016/11/premio-liebster-awards.html
    Un saludo y suerte

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    1. Estimado amigo, bendita desfachatez la tuya. Gracias, por tu incondicional apoyo. Veré dicha página y te informaré sobre los acontecimientos que puedan surgir. Un fuerte abrazo.

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