miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL VÉRTIGO DE LA PÁGINA EN BLANCO [Relato]



No es que Tobías sintiera el vértigo de la página en blanco, no. Hasta entonces, casi nunca, afortunadamente, había tenido esa angustiosa y lacerante sensación. Le gustaba escribir. Era lo que más le gustaba hacer.

Una imagen. Un pensamiento. Un desafío: el reto de la expresión. ¿Miedo a la página inmaculada? No, en absoluto. Pero luego, ¿qué? ¿Sería capaz de contar otra cosa? Ese era el duelo y la cuestión. Y la tensión. Era emocionante. Siempre existía un motivo: a veces violento. Demasiado como para arrojarse al abismo indefinido sin saber, en muchos casos, por dónde empezar. Así que el asunto consistía básicamente en dar vueltas y más vueltas por esa neblina que en ocasiones flota en la cabeza de los escritores, hasta saber con certeza qué pieza mover debidamente para no encontrarse, de repente, en jaque mate.

Aunque de todas formas, en muchos momentos, le era preciso y necesario saltar. Saltar, aun teniendo la impresión de tener las manos atadas a la espalda. Generalmente esa sensación de pánico iba desapareciendo a medida que iba adentrándose en la espesura de la página porque, enseguida, comenzaba a encontrar a su paso rostros y formas sobre las que ir modelando el trabajo. Era la creación puesta a sus pies. Estaba pariendo el texto sin darse cuenta; estaba dándole calor y color a su inquietud. Subía y bajaba; se movía en cualquier dirección, sin control. A la derecha, a la izquierda; no importaba en qué sentido pudiera ir. Sólo sabía que iba. Era lo único.

Se elevaba y se hundía en el líquido efervescente de la idea como concepto y se impregnaba de su olor. Se transformaba, se mimetizaba; se camaleonizaba dentro de las palabras que aparecían de repente, a borbotones, como una tubería que reventase a su paso. Y de nuevo las dejaba atrás como las líneas blancas que señalasen una autopista. Desde su vehículo mental todo era veloz y difuminado. “Ahora –solía decir presintiendo su propio clímax– debo pararme y pensar. La idea está naciendo bajo mis dedos y la noto, la siento. A veces me duele. Otras, me hiere. Pero es lo que amo tanto. Lo que necesito. Es la idea, es la inspiración... es la vida”.

Sin embargo, últimamente —feroz ironía del destino—, tampoco tenía una explicación razonable para determinar con exactitud, a qué debía aquella extraña y aplastante sequedad mental que le impedía conectar con éxito las sensaciones y transportarlas apropiadamente, con soltura, al papel. Notaba las ideas asomarse desde sus entrañas y revolotear; se alborotaban en su cerebro como danzarinas dementes, sí... Pero antes de poder capturarlas, por un caprichoso e ilógico efecto de magia, le hacían un corte de manga, esfumándose. Aunque, seguramente, lo más desconcertante era pensar que el tiempo pasaba veloz y la fecha de presentación del manuscrito al Certamen Literario, también...

Esa noche se acostó tarde. A diferencia de otras veces, en esta ocasión, no intentó escribir una sola palabra en su ordenador aun sabiendo con terrible seguridad la angustia que eso le suponía. Sabía que el tiempo se consumía sin poder evitarlo: el Relato seguía latiendo en su máquina, pero continuaba cruelmente anclado e inacabado en la página doscientos treinta y seis. Y la desesperanza, por toda respuesta, le hacía sospechar que al día siguiente, el escrito, continuaría en el mismo párrafo incapaz de haber generado una sola idea, pero con menos tiempo por delante. Mientras que las letras, indiferentes a su agonía, seguirían bailando sarcásticas delante de él.

¿Qué hacer para esquivar aquel alud que se precipitaba con furia sobre él atenazándole la imaginación? ¿Cómo evitarlo? Automáticamente, éstas, todas las ideas, se escapaban de su mente como desperdicios en una bolsa de basura mal cerrada. Y los tumefactos y rancios argumentos, se deshacían en partículas ante sus ojos. Por primera vez se sentía por entero bloqueado frente a aquel artefacto sin vida ni sueños que le juzgaba y le examinaba con su luz artificial como si de un advenedizo se tratase; se sentía continuamente acechado desde la esquina derecha de la pantalla por “Rocky”, su ayudante de Office. Teniendo, por supuesto, la incómoda sensación de que, también él, estaba harto de esperar a que decidiese poner los dedos de una puñetera vez sobre el teclado para contarle algo. Incluso el guiño del cursor se burlaba de su vacío; sus impertinentes parpadeos le anunciaban que la tarde ya se había desplomado hacía muchas horas. Segundos, minutos y horas que habían ido transcurriendo en la más absoluta desesperación, sin nada a cambio.

Quizá a partir de aquel preciso instante le fuese imposible continuar describiendo el mundo desde su ventana tal como lo veía. Ni tan sólo escribir lo que sentía —calculó con desánimo—. Y todo porque, simplemente, se sentía apresado; impotente y entumecido en su intento por trasladar sus espacios imaginarios, su volatería, al papel. Las palabras, sin saber por qué, se negaban a enlazarse. “Puede —tuvo que admitir— que mi imaginación haya llegado al mismo fondo. A esa sima silenciosa, letal y opaca, en donde el léxico, la elocuencia y el discurso desobedecen a las ideas hasta que acaban disolviéndose en el vértigo... En el vértigo profundo de la página en blanco que destruye al escritor. Tal vez he agotado todos mis recuerdos; mi mente se ha secado y no soy capaz de rescatar y desempolvar del desván de mi cerebro las sensaciones, ni siquiera de analizarlas”.

El Relato quedaría definitivamente inconcluso y Tobías a esas alturas lo sabía de sobra; el Certamen Literario pasaría de largo. Habría otros, desde luego, y otras oportunidades también. Pero el problema no era tanto el evento como el hecho de descubrir con desolación la incapacidad que le desprotegía como escritor...

Pese a que era muy tarde ya, y se encontraba hundido, necesitó, en un extraño impulso, escribir con urgencia un correo electrónico a la joven escritora de prestigio que había estado leyendo recientemente. Suponía que nadie mejor que ella le entendería; necesitaba expresarle su zozobra, sus sentimientos y sus postreros impulsos, con las últimas bocanadas de aliento del escritor que hasta entonces había sido. No sabía si volvería a serlo, no lo sabía. Como tampoco sabía si sería capaz de encontrar de nuevo las laberínticas y turbulentas esquinas que llevan a la imaginación...


...



Estimada Ana:


El otro día regresé a casa silencioso. Me encontraba solo y decidí leer de nuevo su libro “El Oficio de Escritor”. Ya, en su prefacio, comprendí por su manera de escribir una perfecta comunicación escritor / lector. Y desde luego, es de lo que se trata, ¿verdad? Apenas leídas unas páginas decidí que tenía que expresarle por escrito, como no podía ser de otra manera, mis emociones. ¿Por qué? No lo sé. Pues ni yo mismo tendría, en ese sentido, una respuesta exacta que ofrecerle. Aunque intentaré contárselo pretendiendo en todo momento no aburrirla.

Por lo pronto, eso usted lo sabe bien, a los escritores, seamos profesionales o no, se nos empañan los ojos cuando hablamos de nuestras inquietudes, proyectos, ideas, etcétera... Cosa que, por lo visto, pasa muy desapercibida para la mayoría de los humanos. Y es ésa la cuestión y el “olvido” casi siempre premeditado de la gente que nos rodea lo que en cierto modo nos empuja y acerca a la soledad. Una soledad indescriptible y mágica que, al mismo tiempo, nos hace distintos y distantes. Los demás, por su parte, nos enfundan en un aura de misterio que no pueden ni quieren entender, y nos catalogan como a seres esotéricos y metafísicos de extrañas y paranoicas conductas. Supongo que algo de verdad exista en todo eso. No puedo decir que no. Es más, diría, que es completamente cierto: nuestra sensibilidad, por lo general, se encuentra situada en otra dimensión.

La soledad del escritor es mucha y confusa. En ese aspecto sé que no le descubro nada particularmente nuevo. Pero otórgueme el honor de escribirle como si no supiese el hecho...

A lo largo de mi vida los vaivenes y los zarandeos han sido una constante y se me han presentado de muchas y diversas maneras. En la mayoría de los casos he hecho aguas naufragando estrepitosamente. Jamás me sentí comprendido por nadie y eso me hizo huir de mí mismo para llegar a ninguna parte.

Viví y trabajé en Madrid y Barcelona, y en otros muchos sitios. El periplo de Ulises podía haber sido un paseo por la Gran Vía comparado conmigo. He hecho, un poco de todo; cantautor, pintor, militar, vendedor, camarero, empresario... En fin, una interminable longaniza de sueños estúpidos y frustrantes imposibles de contar aquí por poco que quisiera extenderme. Como puede observar, así, a grandes líneas, me vi envuelto en una espiral de deseos que consciente o inconscientemente me hicieron fracasar sin cesar. Una y otra vez. De nuevo, la única constante fue la pluma y la memoria; unas veces para reprocharme lo estúpidamente necio que había sido. Otras, para no volver a caer en las trampas mortales que me había tendido la vida. Y en cada caso, para recordarme, que no siempre el pasado fue mejor.

Comencé a escribir a los catorce años, en silencio y en secreto. A lo largo de los años, como le he comentado, me vi envuelto en extrañas historias casi siempre impropias de mi edad. Y llegué a los veinticinco, despistado, sin saber qué iba a ser de mí, ni de mi vida. Deambulé perdido de trabajo en trabajo sin más gloria que una exigua nómina a fin de mes y todos mis sueños por cumplir. Decidí, entonces, dejar de escribir. ¿Para qué escribía? ¿Para quién? Yo no abandonaba mis inquietudes, ¡eran ellas las que se habían alejado de mí con tanta burla como desprecio! ¿Qué podía importar añadir un sueño más a la interminable lista de las frustraciones? Nada. Así que, una patada, y al puto cajón del olvido.

Lo cierto, es que hace unos años comenzó nuevamente en mí la rara inquietud de escribir; percibí un brote. Me realicé un chequeo, un balance: me había equilibrado emocionalmente. Mis sueños –mis fracasos personales e íntimos–, quedaban muy atrás. Tan alejados que ya no me hacían sufrir, no esperaba nada de ellos. Sucede como con el amor; cuando dejas de creer en él, deja de hacerte daño. Fue cuando me planteé: ¿Y si recojo del arcón de los sueños todos los poemas que tengo, y todos los cuentos y narraciones que poseo, las meto dentro de un ordenador, les doy forma y color, e intento hacer algo serio?

Y ahí precisamente me hallaba; en la fase de reconstrucción del escritor que creía que llevaba dentro, hasta ocurrirme lo que me ha sucedido; que me he quedado completamente seco y agónico, como un pez en el maletero de un coche, intentado destapar la polvorienta caja de las ansiedades y los sueños que siempre he tenido.

En fin, no quiero cansarla con mis reflexiones. Permítame, una vez más, agradecerle el paseo de su mirada por estas líneas. Por este ramillete de sueños imprecisos y quimeras que han hecho a veces de mí una sombra apuntalada y ruinosa a punto del derribo. Es triste, muy triste, ver pasar la vida sin nada que te inquiete. Pero, ¿cómo es, cuando, intentando no morir en la apatía, ves de qué manera tan absurda se te escapa detrás de las cosas que más anhelas sin llegar a alcanzarlas? Podría escribirle hojas y hojas sobre un tema tan manido como es éste. Pero se me olvida que estoy escribiendo una carta a una escritora profesional y que, al fin y al cabo, lo que yo le cuento no le significa nada extraordinario. Porque la verdadera realidad de estos momentos de desaliento, soledad y zozobra, como usted muy bien sabrá, es que ni ésta es una sensación desconocida para nosotros ni posiblemente vale de nada..., excepto para sufrir en silencio.


Atentamente, 


...


Unas semanas más tarde, Tobías, recibió de la afamada escritora una carta. En ella, le exhortaba a continuar trabajando a pesar de lo tortuoso e ingrato del camino. Sin embargo, no quiso despedirse de él sin antes citar textualmente el último tramo de la introducción del libro, La Guía del Escritor:

[...] Finalmente, nos gustaría aprovechar esta tribuna para animar a todos aquellos que no consigan coronar con éxito el camino de la publicación, a que piensen que eso no es signo de fracaso. No conseguir la publicación de una obra, nunca deberá cuestionar su sentido. El simple deseo de crearla da validez completa a la existencia de cualquier obra. Ser un creador: ése es el éxito. La divulgación o el respeto de los otros frente a lo que hacemos deberían ser anécdotas frente al hecho, inmenso y limpio de vanidades, de crear. Así, siempre conviene tener presente la frase de Emily Dickinson reforzada por esta otra del novelista John Fowles: “Ser poeta es todo, ser conocido como poeta no es nada”. […]


José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto




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