miércoles, 1 de diciembre de 2010

LA VIDA EN EL TEJADO [Relato]



Llevaba demasiados años sobreviviendo, de tejado en tejado, sin hacer apenas ruido. Deslizándome siempre en el más profundo de los silencios, como una sombra, en la oscuridad impenetrable de aquella inmensa ciudad. Intentando, a toda costa, arañar el viejo disco ambarino que algunas veces se instalaba con descaro en el cielo. Aquel amarillento, mudo y boquiabierto testigo, me perseguía incansablemente en cada rincón, abriendo en la noche mis instintos más felinos para empujarme a recorrer de una en una las tenebrosas terrazas de los edificios.

Por lo demás, mi vida, casi siempre apacible y tranquila, transcurría entre la infinita soledad de las azoteas y la afonía quebrada y falaz de una urbe convulsa y esquizofrénica. Y sólo cuando el día se desplomaba al fin, y agónico escribía sus últimos renglones en los alambres de los patios, el rostro del silencio asomaba palmo a palmo su hocico con insegura timidez. Era entonces cuando su desdibujado color me llevaba y me traía sin indecisiones por los aleros de una ciudad que imaginaba interminable. Mi extraordinaria precisión me precipitaba en la noche por las oquedades más recónditas como lo que era: un funámbulo tuerto. Para observar, en primera fila, una metrópoli agotada bajo las almohadillas de mis patas. Allí, desde el vértice inalcanzable de las aristas simétricas de las tejas, me sentía como un semi dios; recortando en la oscuridad mi silente y gatuna figura.

Pero también a veces, mi recalcitrante e irreflexiva curiosidad, me llevaba a visitar a aquel humano que continuamente, sin cesar, escribía. Por el día y por la noche, a todas horas. Dale que dale. Mi presencia, desde luego, apenas significaba algo para él; que me observaba un segundo y otro después me ignoraba por completo para seguir escribiendo. Desde su ventana, expectante y taciturno, veía pasar la vida pero era incapaz de detenerse, tenía que seguir. Tenía que escribir aquel maldito libro. ¡Tenía que terminarlo! Por temporadas, incluso había abandonado la idea; estaba harto de hundirse una y otra vez en la misma mierda para llegar de nuevo al mismo y fatal punto de partida. Porque, en muchas ocasiones, esa misma y desgastada idea, se había vuelto contra él como se revuelven las serpientes y los malos amigos, que es lo mismo.

De repente, una tarde estúpida y plomiza, se encontró prisionero; tan obstruido, tan atrapado en aquel entramado opaco y confuso, que poco a poco fue perdiendo de vista la realidad. Y fusionó, sin pretenderlo, la ficción y lo que le rodeaba en un único y extraño concepto. Y asomó su gris existencia a la ventana para descubrir que la vida no se había detenido ni un instante desde que él decidiera esconderse del mundo; que seguía ahí, caminando, a pesar de su feroz oposición. Y por primera vez en mucho tiempo observó a la gente que iba y venía. Y que era él, en todo caso, el que se quedaba atrás en la rueca de la vida. Que ésta, en las calles, seguía impulsando con absoluto aburrimiento el monocorde latido en el corazón de la gente.

Yo, por alguna razón relativamente parecida, llevaba también años sin atreverme a descender a los callejones; años atrás, había perdido sin contemplaciones uno de mis ojos como consecuencia de la perdigonada de un mocoso, y mi pánico, desde entonces, era atroz. Pero esa noche, sin saber exactamente por qué, decidí abocarme a las calles. Al llegar, la gente desde sus vehículos, por algún motivo que todavía hoy desconozco, comenzó histéricamente a chillar y volví a asustarme. Y sin poder controlarme, corrí calle abajo.

Los que advirtieron mi presencia, al verme con un palmo de lomo erizado, se paralizaron y me abrieron camino. Pero la mayoría no se dio cuenta y continuó caminando mecánicamente hacia el foso de su gris existencia, dentro de aquella absurda maquinaria, que llamaban ciudad. Sin embargo, dos mujeres con las que topé, cayeron directamente al suelo; sus bolsas se desparramaron violentamente. Alguien, al pasar, aprovechó la confusión para llevárselas.

Un coche salía a la avenida, era monstruosa.

El conductor, me vio a mí, esquivándome, pero no frenó a tiempo, no pudo. Y un tipo que iba en bicicleta saltó por los aires; al caer, por la forma en que lo hizo, seguramente estaría muerto: muerto y desarticulado como un muñeco roto. La gente que en ese momento salía del Metro como ganado en una estampida, con la única intención de tomar oxígeno, retrocedió sobre sus pasos hasta amontonarse. De repente, nadie quiso avanzar.

Nadie sabía lo que estaba sucediendo ahí fuera; lo cierto, es que se desplomaron unos sobre otros. Algunos, muchos, fueron escaleras abajo. Una chica, rubia y menuda, perdió su zapato en la barahúnda. Volvieron a rodar bolsas y paquetes por el suelo. Un hombre pequeño, a unos metros de donde me encontraba, me miró; se quedó mirándome un tanto boquiabierto, pero en realidad no era a mí a quien veía: su mirada se encontraba extraviada y, en el fondo, tan angustiada como la mía.

Su pequeña presencia; el sombrero negro y redondo del que descendía el minúsculo ser se detuvo un segundo. Sus ojos, esféricos y tristes; su bigote inacabado y sus gafitas de John Lennon sólo ofrecieron lástima. Acababan de despedirlo de la empresa donde trabajaba, en la empresa donde se había dejado sin reservas treinta años de su existencia. Treinta años que, en un momento, se iban a la puta mierda por el agujero de una de aquellas alcantarillas. 

—“Ese hijo de puta”... —pensó mientras me observaba—: ¿Qué voy a decir en casa? ¿Cómo voy a decírselo a mi familia? ¿De qué forma voy a explicar que un ordenador es más preciso y más rentable que yo, y que el cabrón de mi jefe, pensando únicamente en la salud de su cuenta corriente, ha decidido, sin temblarle el pulso, reemplazarme...? Hay que ver, de qué poco han servido los años que he estado dejándome la piel en cada asiento; ni mis desvelos, ni mis días de fiesta, ni las horas de sueño que he sacrificado delante de esa miserable mesa de formica, intentando cuadrar balances... Las máquinas, esos malditos artefactos sin alma, han destrozado mi vida...

Quería acabar con todo; no sabía adónde iba, pero tampoco le importaba. No iba a casa, había perdido el rumbo, deambulaba como un espectro. Nada le importaba. Ya no. Ya era tarde. Su diminuto rostro sólo reflejaba desesperanza, zozobra y melancolía; una melancolía absurda pero irrecuperable. Las máquinas habían desvalijado su necia y opaca vida de un zarpazo. 

En el revuelo, una anciana tropezó; fue al suelo. Nadie pareció darse cuenta, o no importó, pero le falló el desgastado corazón. Desde el suelo intentó desesperadamente abrir la boca para tomar aire, pero no pudo. Poco a poco fue quedándose agónica como un pez fuera del agua. Los coches, entretanto, seguían rugiendo sobre el asfalto de charol. Y aquel furgón de reparto inesperadamente se estrelló contra el escaparate de un comercio y volcó la carga. 

Un cartero solitario, entre la multitud enardecida, caminaba lento; atento al número de la calle que iba buscando: era su última carta. Al fondo, en una esquina, tres jóvenes intentaban abrir un vehículo recién comprado. Su flamante dueño, un viajante, acababa de hipotecarse hasta las cejas para adquirirlo, pero eso, ¿a quién de los tres le importaba realmente? 

Una mujer de cabellera morena salió del hotel. Besó lacónica pero apasionadamente en la boca a un hombre alto y moreno. Todavía llevaba el pelo mojado. Después subió las solapas de su abrigo, la noche era fría. Pero no fue por eso por lo que se abrigó; no quería ser reconocida por un grupo de personas con las que iba a cruzarse, no iba sola. Iba fuertemente cogida del brazo de un hombre que no era precisamente su marido. Su marido, un desempleado de los miles que había en la ciudad, estaba en casa cuidando de Adrián y de Héctor.

Ella, la mujer, sin embargo, había advertido a su esposo debidamente que ese día se retrasaría más de la cuenta, la reunión era importante... ¡Vaya si lo era! Acababa de echar unos polvos salvajes con un compañero de trabajo que era la exacta antítesis de su cónyuge. Se sentía feliz, se le veía en la carita. Se sentía tremendamente feliz: agotadamente feliz. Había gozado como hacía tiempo. La tarde había sido intensa y repleta de sexo, de un sexo brutal y desconocido. Ya había olvidado casi por completo a qué sabía una buena dosis de polvos; había conseguido al fin arrancarle una astilla a su asquerosa monotonía, ¡había recuperado por unas horas el tiempo perdido! Y lo normal era que no ocurriese nada; eso sucedía todos los días a patadas, en todos los sitios, nadie tenía por qué enterarse, ¿o sí?... Al pasar, dos personas que la conocían pusieron cara de anchoa parapléjica: 

— ¡Hostias! ¿Has visto cómo ha besado al tío? ¿No es esa la mujer de...?
— ¡Sí, joder, ya lo creo! —exclamó el otro con perplejidad.

En el extremo de la calle dos vendedores discutían. Las ventas les habían bajado estrepitosamente. Ese día tampoco se habían comido una puñetera rosca a pesar de haberse pateado toda la ciudad de esquina a esquina; así llevaban toda la semana. Estaban desesperados y temían lo peor.

— No hay forma de hacer un seguro de vida —comentaba uno de ellos con desánimo—. En cambio, los objetivos han subido como la espuma. Este año nos van a machacar...
 — Relájate —decía el alto con más aplomo—. No caigas en el temor, aguanta. No te dejes influir tanto por el cabrón de tu jefe, ya sabes que es un acojonado y un depresivo de mierda, que lo único que pretende es trasladarnos su propia angustia. ¿A quién va a encontrar que tenga los huevos que nosotros tenemos? Anda, tomemos unas copas, necesitas desconectar. Estás tenso. Conozco un sitio... unas niñitas que son la hostia, están para chuparse los dedos. La mayoría son suramericanas, las demás ucranianas y de por ahí: auténticos bellezones...

El tercero, el más gordito, se encontraba un poco separado. Llevaba enganchado al teléfono móvil quince minutos sin parar.

— No te preocupes, Amelia, que no tardo. En cuanto termine la reunión que tenemos voy a casa. No, que no —decía con ojos vidriosos—, que no me paso, de verdad, que no bebo más...
  
Súbitamente comenzó a diluviar. Las personas comenzaron a arremolinarse. A correr de un lado para otro. Pero la vieja continuó tumbada en la acera, agonizando como una perca. El chofer del furgón de reparto miraba con desolación el destrozo y se llevaba las manos a la cabeza. Mientras, el dueño del comercio, congestionado, al borde del infarto, se cagaba en todo lo habido y por haber y de paso intentaba por todos los medios sacudirle unos puñetazos al conductor. Las dos mujeres, mientras tanto, seguían buscando ingenuamente sus paquetes por la calle.

— Oiga, por favor, señor, ¿no habrá visto usted...?

La policía y las ambulancias habían llegado: el conductor del vehículo se encontraba aturdido y algo bebido; le dio un ataque de nervios, parecía que se hubiese vuelto loco, estaba destrozado. Pero más destrozado se encontraba el tipo de la bicicleta, que fue directamente a parar al depósito de cadáveres. Aquella muchacha, la rubia y menuda, en la boca del Metro, buscaba insistentemente su zapato. Pero no había observado que, con el tropel de gente saliendo apresuradamente de la estación, el zapato, también había ido rodando y se encontraba pulverizado en la mitad de la calzada; los coches y los autobuses, al pasar, lo habían pulverizado. El cartero se alejaba exhausto; había encontrado su última dirección, dejaba su última carta.

Los jóvenes ladrones también se marchaban; se llevaban el coche recién estrenado. Los vendedores, al fondo, cobijados de la lluvia, continuaban discutiendo: el bajito seguía sin salir de su tribulación; su cobardía y su inseguridad le paralizaban. El alto, entretanto, tenía serias dudas: no sabía a qué “puticlub” marcharse. Y el gordito, un tanto alejado, continuaba hablando sin cesar por el teléfono móvil, prometiéndole a Amelia que no llegaría tarde. La mujer infiel prometía “fidelidad” a su amante. Le susurraba al oído lo maravillosamente bien que la había follado, con la apática despreocupación de que su marido, mientras tanto, ajeno a su perfidia, estaba en casa al cuidado de los pequeños.

El hombrecillo se fue. Se alejó en silencio, como una sombra. Se dejó arrastrar por las quimeras que le apretaban el ánimo reventado. Una vez más maldijo su puta estampa y su mala suerte. Y continuó calle abajo sin saber exactamente lo que iba a decir cuando llegase a casa, si llegaba. Su sombra menguante también le fue siguiendo, sin saber adónde iba. Solo, desapareció en el primer callejón que se encontró. Su sombrero negro, hundido hasta las orejas, sus ojos esféricos y tristes, su bigote inacabado, sus gafitas de John Lennon y su aspecto enclenque le hacían parecer aún más patético e insignificante.

En la primera oportunidad que tuve a mi alcance, no dudé; volví a encaramarme, completamente aterrorizado, a la azotea más próxima... ¡Y más alta! ¡Como alma que lleva el diablo! ¡Aquello no era para mí!, no señor. Me juré por mis muertos más recientes que nunca más descendería hasta aquel pandemónium. Viviría para siempre recluido en la infinita soledad de las azoteas como un eremita; intentando arañar a toda costa, en las noches de luna, la vieja y polvorienta figura que flotaba en el cielo. Seguiría procurando complicarle la vida al despistado gorrión de turno; juguetearía con insolencia entre los cachivaches de los trasteros en las somnolientas y abrasadoras tardes de verano y al llegar el crepúsculo volvería a observar inalterable, desde los ángulos inaccesibles de las tejas, el hormiguero humano. Aquello me resultaría más sencillo, sin duda. Todo antes que intentar vivir entre aquellos enloquecidos seres.

Al subir tropecé de nuevo con el escritor que me observó un instante. Y como si hubiese adivinado mi caótico periplo, me sonrió. Después, como siempre, me ignoró para seguir escribiendo.

Es la puta sal de la vida. Esa sal que nos rescata y nos maneja. Que nos aplasta como a colillas o nos eleva sin saber muy bien adónde, pero a otra dimensión. Es la sal de la vida. La sal de esta vida sosa y llena de matices mediocres y grises. Historias tristes. Historias grises. Historias de la calle. Historias de gente sola, que se siente y vive sola. De gente que nace, permanece y muere sola, en la cárcel de su soledad. De gente que camina de puntillas. De gente anónima con la que a menudo tropezamos sin saberlo. O sin importarnos. De gente que escribe los párrafos de su existencia en silencio; zambullidos en la penuria de su alma. O en la miseria de su corazón.
  
Son cosas de la vida. Importantes o sin importancia según quién las mira. Historias que pasan desapercibidas y que, sin embargo, nos rodean. Historias breves. Crónicas. Notas en papel usado. Cosas de la gente que va por la calle, por las aceras…





José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002



1 comentario:

  1. Que tal colage de escenas!!!! Estupendo relato, sin palabras!!!!

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