miércoles, 1 de diciembre de 2010

MEMORIAS DE UNA HERIDA [Relato]



Aún no puedo imaginar cómo he llegado a esto. A este precipicio. A este abismo. Aunque no hace falta ser demasiado inteligente para darse uno cuenta de que yo, a mi manera, por mi forma de ser, he contribuido en buena medida a mi destrucción. Pero lo único cierto a estas alturas es que todo me importa un auténtico carajo: una mierda. Y que me la trae completamente floja que a partir mañana el sol salga por el Este, por el Oeste, que no aparezca, o se cuele por el retrete del cuarto de baño; tanto como si cayese, de repente, una auténtica tormenta de pollas de punta  —puede que algunas y algunos hasta lo agradeciesen—. Yo no. A mí me da igual.

No tengo trabajo, ni me importa, pero tampoco tengo mujer ni hijos a los que le interese saber si estoy muriéndome de cáncer o si, simplemente, cené anoche. Mi vida ha ido derrumbándose estrepitosa pero sistemáticamente en cada paso como un castillo de naipes. Y por el contrario, sólo la vieja herida de la frustración ha sido la única que se ha desplegado por mi cuerpo y por mi mente invadiendo poco a poco, cómodamente, mi ser. Ahora es tarde para todo, excepto para morir. Ahora nada me preocupa. Nada me inquieta; únicamente la estilográfica. Mi estilográfica, que no sé qué cojones le pasa, que no escribe.

Y es que, antes de irme caminando tranquilamente hacia el Puente Viejo para despanzurrarme como una mierda de paloma sobre el pestilente río, o arrojarme a la autovía sin motivo alguno para no hacerlo, quiero escribir mi última carta. Así, de esta estúpida manera, quiero dar gracias a la vida... ¡A esta vida patética y llena de mierda, que desde el principio me metió en un saco para darme de hostias! Pero nada, la puta estilográfica sigue sin escribir. ¡Me cago en la leche!

Me pregunto, sin pasión, qué sucederá. Qué cruzará por la mente de las personas que conozco una vez que me haya suicidado aunque es fácil llegar a la conclusión: nada. Absolutamente nada: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

— No, si ya lo decía yo, se veía venir, siempre me resultó algo extravagante y desequilibrado.
— Quizá —dirá la otra—, pero es que los soñadores, los románticos y los perdedores no tienen cabida aquí, y él, para su desgracia, era un poco las tres cosas.

Por eso, y porque hace muchas lunas que perdí en algún sitio la autoestima, me digo que les den a todos por el culo. Sólo deseo que la estilográfica escriba de una maldita vez, que me tiene gangrenado; me costó un pastón, y ahora, que por una vez tengo que escribir algo serio, deja de funcionar la condenada. Ojalá siempre hubiera tenido las ideas tan claras como las tengo hoy. Ojalá hubiera sido capaz de triunfar escribiendo porque la gente, ya se sabe, siempre apuesta a caballo ganador.

— No, si ya lo decía yo, se veía venir, siempre me resultó un chico entregado a la escritura. Era su vocación.
— Quizá  —dirá la otra—, pero es que los soñadores y los románticos jamás serán unos perdedores. Al contrario; si no fuese por los destellos de su sensibilidad... Si ellos no fuesen capaces de hacernos vibrar con su literatura, sus historias, su poesía, o su música, los demás no tendríamos acceso a muchas de las referencias que continuamente nos llegan a través de su imaginación. El resto somos incapaces de soñar. Somos demasiado “grises”. Demasiado “planos”. Demasiado “casposos”. Estaba claro, llegaría alto.

Pero no. Nada de eso va a suceder, seguro. Sería de puta madre, pero no. Entre otras cosas, porque nunca ha sucedido. Y no va a suceder, a pesar de que al mundo le hace más falta el poder de la imaginación de lo que él mismo es capaz de sospechar. No. Definitivamente, no Eso no le sucede a ningún aficionado. Eso no pasa ni en las películas. Y menos a mí, que si me cayese de espaldas tendría la inmensa suerte de romperme la polla. Eso hubiera sido lo deseable, pero no era para mí. Durante años me rompí la columna por ese sueño para nada. Pero por otra parte es lo más normal del mundo; es lo lógico: soy un auténtico perdedor.

Durante años fui vagando de editorial en editorial, arrastrándome como un perro apaleado entre los editores para no conseguir más que exiguos contratos que me hicieron, finalmente, renunciar a esa posibilidad. Por eso, entre otros asuntos, estoy aquí intentando redactar mi última carta, si la puñetera estilográfica me deja; porque toda mi puta vida ha sido sólo eso: un trazo estúpido y sin sentido. La herida me duele cada día un poco más. Y cada día noto cómo se me hace más y más enorme. Tan grande que me invade. Tan monstruosa que me come. Tan tremenda que me absorbe la vida. Y siento, además, cómo en mi interior, ella, a codazos, con el paso de los años se me ha ido haciendo paso en el alma hasta machacarla. En fin, que lo tengo decidido, que me voy dando un paseo hasta el Puente Viejo y me tiro de una puñetera vez.

Lo que no tengo muy claro es lo que puede pasarme. Porque tengo tantísima suerte, que después de arrojarme tengo cojones a quedarme parapléjico en una silla de ruedas. ¡Sería el colmo! No, quizá debiera renunciar por seguridad a esa idea. El Puente Viejo no es tan alto; podría romperme una uña y, como mucho, por la mierda que arrastra el río, pillar alguna infección. Seguramente lo conveniente sería que me precipitara sobre la autovía. Sí. La posibilidad de error es ínfima; circulan cientos de vehículos a toda hostia... Claro que bastante es que lo intente para que se encuentren todos detenidos en el atasco y vaya a caer encima de cualquiera de ellos y tenga, además, que pagarle al dueño todos los desperfectos ocasionados. Tengo que pensar. He de pensar en algo seguro...

Mi pluma sigue sin escribir. He destrozado un montón de hojas intentando que escriba, la “hijaputa” está sacándome de quicio. Va a acabar más rápido conmigo de lo que lo haría el arsénico. Es lo único que me faltaba. ¡Me cago en sus muertos!

Me está rondando por la cabeza una idea perversa; irme directamente a la tienda donde la compré y coger a aquella dependienta con cara de zueco, por el cuello, meterle la pluma hasta las amígdalas y preguntarle que de qué han servido las treinta y seis mil pelas que me gasté, si no puedo despedirme por escrito... Aunque, ¿de qué vale pensar en eso, ahora que me queda lo justo para retirarme como los toreros? ¿De qué vale ésta y cualquier otra consideración? Es sólo una pérdida de tiempo que no me lleva más que a agotar los pocos momentos que me quedan.

Puede que a esta situación haya llegado, y nunca lo he puesto en duda, por mi carácter; aunque siga siendo cierto que la vida me ha jugado muchas putadas.

Un sábado por la mañana, Claudia me lo dejó bien claro:

— “Mañana me largo. Los niños vienen conmigo a casa de mi madre. Te llamará mi abogado. Espero que llevemos el tema como adultos”.

Me quedé con cara de buñuelo.

Llevábamos casados casi treinta y dos años y eso no era ninguna broma. Reconozco que no estoy tan “civilizado” ni soy tan “maduro”, ni tan “duro”, ni “dos reales”, ni puta falta que me hace ser como los americanos, que tienen la poca vergüenza y los cuernos a gavillas. Allí, antes estas situaciones, nadie se altera. “To er mundo e güeno”. Cornudos, amantes, ex amantes, futuros amantes... todos pueden ser amigos. Todos revueltos, ¡hala!... Yo lamento ser tan corto de miras, esta miopía no me permite ni me admite ciertas licencias...

Sin embargo, Claudia por lo visto, llevaba mucho tiempo cocinando a fuego lento el sórdido asunto. Sufriéndolo, según ella, mucho tiempo en silencio, como lo del anuncio de las almorranas.

De esto hace dos años ahora, pero sigue clavada como una estaca en mi cerebro el instante en que la vi marcharse. Entonces creí que el mundo se me venía encima, y así era para mí. Todos mis esquemas, de pronto, perdían contacto. Se hacían harina.

Aún recuerdo la cara de gilipollas que se me quedó. Y cómo me quedé sentado en el sofá del comedor sin ni siquiera parpadear. Sin reaccionar mucho tiempo. Buscando la medalla. Por lo menos tres días. No comí. No cené. Dormí allí mismo cuando el sueño me hizo presa. Y exactamente igual el día siguiente. Y el siguiente. Simplemente me limité a clavar los ojos en la ventana y fui hundiéndome lentamente en el foso sin límite de la depresión, hasta llegar a esos traumáticos momentos en los que hubiera dado un huevo por no existir. Hubiera deseado morir como tanta gente muere: de repente. Sin más. Sin explicación. De sopetón. De pronto te da un palo y a la mierda. Se acabaron de una vez todos los problemas. Uno se queda hecho un pajarito, acurrucado en el sillón, mientras la vida se le va yendo. Y un mes después, los bomberos, tiran abajo la puerta de casa y te encuentran momificado, pero a ti te suda la polla a vino tinto con sifón. Que te embarguen los pavos. Te entierran y a otra cosa, mariposa. El que venga detrás que arree.

Desgraciadamente no me sucedió nada, salvo el hecho de perder dos o tres kilos. El miércoles, finalmente, en medio de aquel lacerante silencio, tiré de mi apolillada voluntad y decidí vestirme, afeitarme y asearme; ya parecía un indigente más de Jesús Abandonado. Y, además, llevaba dos días sin ir por la oficina, ni dar señales de vida. De todas formas nadie de la oficina se había puesto en contacto conmigo, lo cual agradecí tremendamente. Suponía, sin embargo, que la mesa de mi despacho estaría hasta el techo de asuntos por resolver.

Pero no. Sorprendentemente, la mesa, estaba más limpia que el culo de un chaval. No había un solo papel; únicamente, un sobre pequeño y blanco en el centro.

— ¡Qué buena gente!... —me dije— No sé cómo se habrán enterado, pero entre todos han decidido, por lo visto, aliviarme el trabajo acumulado. Son unos tíos cojonudos. Menos mal que por lo menos todavía queda gente buena en este mundo.

Al entrar en la oficina algunos compañeros me miraron y me preguntaron con cierto interés que cómo me encontraba.

— Bueno… —musité— he tenido días mejores.

No tenía cerca ningún espejo para mirarme, pero había estado afeitándome en casa y sabía que mi aspecto resultaba bastante patético y delator.

— Chico, no sabes cómo lamento lo que te ha ocurrido.
— Gracias... Son cosas que pasan —respondí sin ánimo.
— Claro, claro, pero después de nueve años, es una auténtica putada lo que te ha hecho.
— De eso nada, macho; iba para treinta y dos años de casado.

Emilio me miró con cara de póker.

— ¡Joder! Saca las cuentas; me casé en el...

Emilio y los otros dos compañeros se miraron sin comprender.

— ¿De qué coño estás hablando, Luis? —preguntaron.
— ¡Hombre! Saca las cuentas; yo estaba recién licenciado. Eso fue en el año...
— ¡Para!, ¡Para!... ¿Qué? ¿De qué me estás hablando? —insistió Emilio.
— ¡Joder! Emilio, no te enteras...
— Me parece que aquí el que no se entera eres tú —atajó.
— Vamos a ver si nos aclaramos o llamamos a un guardia —expuse—. Estoy hablándote de Claudia, mi mujer. Pensaba, estaba convencido, que sabíais lo que ha ocurrido; que me ha dejado, que se ha largado, que me ha dicho, “chao bambino”...

El silencio se aplastó entre los presentes. Sólo Emilio se quedó frente a mí, paralizado como un espantapájaros. Los demás, uno empezó a carraspear ferozmente y se perdió tras su mesa como por arte de magia. El otro, por la otra banda, fue a coger el teléfono que, según él, sonaba en un despacho, en el quinto capullo. Total: que me quedé únicamente con Emilio, que continuaba mirándome con los ojos abiertos, como si fuera un extraterrestre de vacaciones en Marbella.

— O sea, que no lo sabes... —concluyó.
— ¿Saber, qué? ¿Qué he de saber?

Noté como Emilio se hundía.

— ¡Joder, tío! Cómo lo siento...
— ¿Sentir qué? Me cago en la puta, Emilio ¿Qué pasa? ¿Qué tienes que sentir?
— Encima de tu mesa... —dijo con la voz áspera, mientras giraba la cabeza en dirección al escritorio evitando por todos los medios mi mirada.

Miré la mesa. Vi un sobre. El sobre. Se leía desde lejos: Confidencial.

Entonces, por primera vez, la mesa me pareció inmensa y extrañamente vacía. Abrí el sobre: era mi despido.

Tuve, inevitablemente, que leer cuatro o cinco veces aquel exiguo párrafo para darme cuenta que me habían puesto en la puta calle sin demasiadas explicaciones. Aquello, por otra parte, no era en absoluto una cuestión personal, ni mucho menos. Se trataba, tan sólo, de una razón presupuestaria. Había que desprenderse de personal como si de lastre se tratara. Había que aligerar carga aunque la acción bestial y demoledora supusiese el completo hundimiento de una familia en la miseria por tiempo indefinido. Pero... ¿Qué cojones estaba tratando de decirme a mí mismo? ¿Qué cuento me estaba contando? ¿Qué podía importarle a todo un Consejo de Administración la suerte de una persona que a fin de cuentas sólo era el número seiscientos cuarenta y uno? ¿Es que alguno de aquellos individuos sin rostro conocía a mi familia? ¿O le importaba? ¿O es que acaso nos bañábamos juntos, en verano, en la playa de Los Alcázares?

“S.A. no significa Sociedad Anónima, me dije. Significa: Sin Alma”. Serán bastardos, hijos de puta. ¿Dónde creen que puedo ir con mi edad? ¡Serán cabrones...! Sentí cómo la sangre galopaba por mis venas, acelerada. Una corriente eléctrica me sacudió de arriba abajo. La herida latía como un tambor dentro de mi cerebro. También en mi pecho y en mi estómago. Comenzaba a dolerme terriblemente. Los ojos se me inyectaron de sangre y lágrimas.
Emilio continuaba paralizado delante de mí.

— Cálmate, tío. Verás como todo se arregla...
— ¿Que me calme? ¿Que me calme? —grité— ¿Me estás pidiendo que me calme?

En ese instante dirigí la mirada automáticamente, a través de las mamparas de la oficina, a mi jefe de departamento. Bueno, a mi ex jefe ya. Lo fulminé. Si las miradas hubieran matado, ese día, aquel cabrón no va a desayunar; se hubiera quedado electrificado en el sillón. Me devolvió la mirada. Pero un segundo después no tuvo más cojones que desviarla. Sabía perfectamente el putadón que me habían hecho... ¡Joder si lo sabía! ¡Claro que lo sabía! Durante una fracción de tiempo, dudé. No sabía si entrar allí en su despacho y partirle la cara directamente, si sacarle los ojos con un bolígrafo, o si lo mejor era ir a mi casa, traerme la escopeta de caza y abrirle el estómago en canal.

— Cálmate Luis, por favor...
— ¡Déjame en paz!

A medida que me aproxima a su despacho, vi como aquel pusilánime se arrugaba como una pasa detrás de su mesa. Apenas se le veía la cabeza...

— ¿Qué clase de marranada es esta, después de nueve años?
— Cierra la puerta del despacho, Luis. A nadie le importa lo que hablemos. Cierra la puerta y déjame explicártelo...
— ¿Que cierre la puerta? ¿Para qué? ¿Para que la gente no oiga lo cerdo que eres? ¿Por qué no has despedido a Carmela, tu secretaria, que solamente lleva en esta leonera dos años y medio y, además, es soltera y no tiene cargas familiares?
— No se trata de eso, Luis...
— Yo sí que te voy a decir de una puta vez por todas de lo que se trata, sapo venenoso —interrumpí. Llevaba mucho tiempo acumulando en mi interior la pócima de la impotencia. Aquel negrero, cabrón, llevaba varios años amargándome la existencia sin miramientos de ningún tipo. Humillándome hasta la extenuación. Limpiándose con sarcasmo la polla en las cortinas de mi alma. Yo, sin embargo, aguantaba. Aguantaba y rezaba con todas mis fuerzas por no perder los papeles y meterle, en un arrebato, la cabeza bajo las ruedas de mi coche. Aguantaba, bien lo sabía Dios, como podía, el tirón, por la familia; por los niños, por la puta hipoteca... Cualquier otro día, seguramente, me hubiera arrastrado a sus pies como un gusano y le hubiera chupado el culo. Pero ahora que Claudia me había abandonado, no me quedaban motivos ni excusas por las que luchar. Todo, en realidad, me importaba una puta mierda. Por esa sencilla razón, ese día, aquel hijo de Belcebú, iba a enterarse de la factura que le tenía preparada. Iba a escupirle a la cara todo el asco y el rencor que sentía.

— Ya sé que prefieres —dije con mordacidad—, si has de despedir a alguien, cargarte al que peor te cae. Es lo normal en estos casos. No hace falta que me cuentes milongas, pedazo de cabrón. Ya sé, también, que no tengo ratón para taladrar. Ni unas tetas para que me las sobes. Ni siquiera una boca carnosa y sensual para mamar. Por supuesto, si yo fuera tía, procuraría no cruzarme contigo ni en misa. Pero, claro, siempre hay una mierda para un tiesto. Ese es el caso de Carmela. Y es que la pobre tampoco da mucho de sí.

Mi ex jefe iba palideciendo por momentos. En los pasillos se oían murmullos.

— Pero eso sí, te sugiero —apunté con sarcasmo—, que en lo sucesivo, cuando folles con Carmela, no tires el condón a la papelera que luego canta como Plácido Domingo por bulerías...
Mi ex jefe, para entonces, ya estaba blanco como la cal. No parpadeaba. Sus ojos de huevo permanecían inmóviles y absortos. Y Carmela, la secretaria, había desaparecido misteriosamente de la escena... y de la oficina.

— Lo que tampoco sé —continué sin piedad para rematar la faena— es lo que pensará de todo esto el paquidermo de tu mujer, pero prometo encargarme de todo, no te preocupes...

Unas gotas gordas y transparentes se dejaron ver por su frente y su sien. Fuera, en los pasillos, el murmullo del personal, aumentaba. Él no dijo nada. No pudo. Cuando salí de la oficina me sentí ligeramente mejor. Extrañamente mejor. La herida había dejado de dolerme provisionalmente aunque suponía que después, con el tiempo, recuperaría de nuevo la molestia. Aun así, en ese instante me sentí bien y eso era lo importante. Por fin había conseguido vomitar todo el odio que atenazaba mi espíritu.

La maldita pluma me tiene negro, sigue sin escribir. Me están dando unas ganas locas de clavársela a la dependienta en los ojos. Y sigo sin decidir aún el método para quitarme del medio. Soy bastante cobardica ante el dolor, lo reconozco, aunque no sé exactamente por qué; si más que me duele vivir no me va a doler morir. Y, además, es sólo una vez.

Podría, sin embargo, como mejor opción, tomarme una caja entera de pastillas. Entraría en un sopor absurdo y fabuloso. Extraordinario. Más tarde en coma. Y finalmente... En fin, luego se acabaría toda esta mierda. Porque, claro, eso de ahorcarme, desde luego, que no. No quiero ni pensarlo. Hace tiempo tuve un amigo que se suicidó, pero eso, al pobre, le costó dos intentos. Solamente él sabrá, dondequiera que se encuentre ahora, lo que tuvo que sufrir la primera vez. Yo no quisiera sufrir más de lo estrictamente necesario; hay que ser pragmático hasta para quitarse del medio. ¡Tiene cojones la cosa...!

Ya no me interesa nada, ni trabajar, pero es lo lógico en estos casos, quiero suicidarme; no tengo por qué salir a las ocho de la mañana rumbo a la oficina y en el desayuno aprovechar el tiempo. Estas cosas uno las hace cuando le da la gana, ya que, de todas maneras, es lo último que va tener que hacer.

Sin embargo, cuando entonces me despidieron de la oficina no me lo tomé tan mal. Al contrario; encontré cierta quietud. E incluso, fugazmente, abracé la peregrina idea de que: “No hay mal que por bien no venga”, me dije. “A lo mejor, hasta encuentro un curro que me guste y comienzo mi vida por otro sitio”. ¿Por qué no? Quizá, puestos a soñar, encuentro una chavala y quién sabe... ¡Pero qué va! Lo único que yo podía encontrar era si acaso una pulmonía.

Aquello fue sólo una ilusión óptica. Sólo la necesidad de querer sobrevivir. El paso del tiempo fue poniendo de manifiesto sus maquiavélicas intenciones. Yo, por mi parte, acabé derrumbándome miserablemente sobre mis escasos sueños para llegar hasta donde me encuentro.

Por aquellas fechas ya rondaba una edad relativamente peligrosa laboralmente hablando. Pero conforme fueron excluyendo mi candidatura en los diferentes puestos de trabajo a los que me iba presentando, fui dándome cuenta exacta de hasta que punto mi vida se hallaba mucho más en ruinas de lo que yo mismo había calculado.

Un domingo, para sorpresa mía, leí en la prensa como una bendición caída del cielo un anuncio de trabajo. Buscaban un comercial, con o sin experiencia, y sin importar la edad. Jamás había sido comercial; no tenía ni pajolera idea de cuál podía ser mi misión, pero suponía que la de vender. Tampoco me habían partido nunca el culo y, a muy pesar mío, la vida, últimamente, no hacía otra cosa por mí que no fuera eso. Así que pensé que intentándolo no perdería mucho más de lo que ya me había quitado.

A todo esto seguía sin tener grandes noticias sobre Claudia, mi ex mujer. Ella personalmente no me llamaba. Ni siquiera parecía importarle si vivía o si había adquirido un apartamento de una habitación en el Residencial Campo Santo de Espinardo. Aunque, por una amiga común, supe que sabía que las cosas no me iban precisamente viento en popa. Le había llegado el comentario que me había quedado sin empleo y que hurgaba como un loco por la ciudad en busca de algo que llevarme a la boca. Esa y no otra fue la razón de su única llamada.

— ¿Necesitas algo?
— Sí. Supongo que sí. Un revólver.
— Anda, deja de decir tonterías.
— No las digo, no... Y a ti, ¿qué tal te va?
— Con mucho trabajo, no puedo quejarme. ¿Puedo hacer algo por ti?
— La verdad es que sí. Podrías venir a casa y echar un polvete conmigo. Estoy bastante falto.
— Estoy hablando en serio.
— ¡Toma, y yo!
— Por favor, Luis...
— Está bien, está bien. Por intentarlo que no sea...
— La verdad es que no puedo ayudarte de otra manera, pero de pasta sé que estoy mejor que tú. Así que hasta que te recuperes económicamente no me pases dinero, quédatelo. A ti te hace más falta que a mí.

Era cierto. Me costaba reconocerlo, pero así era. En el fondo de mi ser agradecí el gesto. Su voz, al otro lado del teléfono, sonó vivificante: fue como un soplo de aire fresco en mi ígnea herida. Durante un segundo quise recordarla de nuevo, aunque nunca había dejado de ser así. La sentí junto a mí. Seguía, sin poder evitarlo, cautivado por aquella mujer, no me importaba reconocerlo. Sin embargo, también resultaba evidente que ella no sentía lo mismo por mí. Si acaso, de quedarle alguna emoción, le quedaba lástima. Sólo por eso me había llamado. De sobra sabía que con su marcha mi facultad de recuperación sería prácticamente nula; sabía que me pulverizaba. Sabía que seguía siendo el eje indiscutible de mi existencia. Le hubiera supuesto menos esfuerzo meter mi corazón dentro de una batidora. ¿Quién puede arreglar un corazón destrozado?, recordé que entonaban The Bee Gees... Por supuesto nadie. Pero supongo que la vida es así; casi siempre se pierde más que se gana. Y ella, en este juego de vivir, había extraviado el amor. Su desgaste, con el paso del tiempo, había sido mucho más fuerte que sus sentimientos.

Ella, por su manera de ser, siempre demostró ser más fuerte que yo. Había tenido la capacidad de comenzar. La fortaleza suprema de empezar su vida por otro sitio. Yo, sin embargo, me quedé contra las cuerdas absolutamente idiotizado y cualquier intento resultaba aún más inservible que el anterior. Para colmo de desgracias, mi edad, mi maldita edad, suponía el mayor de todos los obstáculos para intentar recomponer mi vida. Y, desde luego, ese sí que era un hecho imposible de salvar. Sin trabajo, ¿Dónde quedaría la poca autoestima que pudiera tener? Y a partir de ahí, de esa teoría... ¿Qué mujer se acercaría a un paria como yo? ¿Alguna desesperada? No deseaba limosnas emocionales. Era lo que menos necesitaba. Pero lo que sí quedaba claro es que me hacía falta el dinero.

— Te lo agradezco. A ti no voy a engañarte, estoy “canino” —dije sin fuerza— estoy más tieso que el árbol del ahorcado. Además, ya sabes, sin trabajo...
— No te preocupes, cuídate, ciao...

Claudia no quiso herirme más de lo ya lo había hecho. Sabía que me encontraba completamente hundido. Por eso evitó decirme lo demás. No quiso decirme que había otro hombre en su vida. Poco después de acabar conmigo conoció a otro tipo. Lo supe por esta amiga común. Como sabía que era feliz con él; no era cuestión de encabronar más el asunto. ¿Para qué? A fin de cuentas, Claudia, era libre; podía hacer lo que le diese la gana. Yo era el que se sentía preso en la jaula de cristal y tampoco quise decírselo. Mi orgullo herido frenaba las palabras de angustia en mi garganta. No quería decirle abiertamente lo que se me paseaba por la cabeza cada vez con más frecuencia. No pretendía asustarla ni mucho menos hacerla culpable de mi posible decisión. Aún me quedaban ciertas esperanzas. Únicamente me plantearía definitivamente saltar desde mi jaula al vacío si no encontraba un solo motivo por el que seguir aquí.

La mañana que me presenté en la agencia de publicidad, intenté por todos los medios olvidar que mi herida crepitaba en mi interior como una vieja puerta. Tenía que intentar sobreponerme. Razón por la que me puse mi mejor traje, aunque sabía que cualquiera podría darse cuenta enseguida de mi estado económico. El traje estaba bien, pero se veía un tanto pasado de moda. No era exactamente de la época de los romanos, pero se notaba claramente que la última vez que me lo había puesto, aparte de pesar quince kilos menos, los guardias de pito iban en bicicleta. “Pero bueno —me dije— esto es lo que hay; si fuera a pedir trabajo con un traje de Giorgio Armani, de veinte mil duros, sería todavía más decepcionante. Sería la inequívoca señal de que alguna vez los he tenido para poder comprarme un traje tan ganso. Y no. He vivido sin penurias económicas, pero sin lujos; el trabajo de administrativo no se encuentra ni medio bien pagado.”

Pensé que tenía que haber sido otra cosa como, por ejemplo ejecutivo. Un ejecutivo agresivo, con traje de Armani, de veinte mil duros. Un tipo de personaje, como esos que van por el mundo como si todo les perteneciese. Un triunfador. Por eso, entre otras cosas, Claudia, me había dejado. Ella sí había sabido elegir y enrollarse con un menda que respiraba pasta por un tubo y trajes de Armani de veinte mil duros. Y es que, como canta Moncho, “Las palomas van donde hay pan”.

Lo que no sé es cuanto le va durar. Porque estoy seguro de que no la quiere como yo. Nadie puede querer a esa mujer como yo. Y además, me consta, que la ventaja y a la vez desventaja de ser un triunfador es que este tipo de individuos no quieren nunca a nadie, excepto a sí mismos. Jamás, bajo ningún concepto, entregan su corazón. Por lo que tampoco me extrañaría que cualquier día fuera ella la abandonada... Y no, no debería estar pensando en esto mientras me hago el nudo de la corbata, porque soy muy facilón y podría estar apretándome el puto nudo sobre el cuello hasta que me quedara fuerza para hacerlo. Ya sé que no merece que la quiera. Me lo digo todos los días, setenta u ochenta veces; cada vez que se cuela su imagen en mi cerebro. Pero tampoco consigo apartarla de mí definitivamente. Hace casi un año que se fue y parece que hubiera sido anteayer cuando salió por la puerta para no regresar... 

Cuando entré en la agencia de publicidad me recibió una hembra, rubia, con dos “razones de peso” tan descomunales como inimaginables. Dos kilómetros de pierna y apenas un palmo de falda. “Eso es un buen cocido y no las latas precocinadas que me preparo yo…” —pensé rápidamente—. Al caminar detrás de ella, rumbo a la sala de espera, el vaivén de su culo terminó por ponerme enfermo. Bueno, el vaivén de su culo, y la señal, casi en la cintura, del tanga. Fui imaginándomela desnuda sólo con el tanga. ¡Y, claro, lo que pasa!; como iba últimamente tan escaso cuando vine a darme cuenta estaba más empalmado que un exhibicionista en la puerta de un colegio. “Menos mal —pensé con alivio— que de algo tiene que servirme la chaqueta. Ya no podré decir jamás que no me ha sacado nunca de un apuro”.

La chica, desde luego, por la sonrisa que me regaló tuvo que imaginarse algo.

La decoración de la oficina me pareció espectacular pero sobre todo original. Los detalles estaban bien estudiados. La luz entraba a espuertas a través de las cristaleras. Allí, por supuesto, el que no encajaba de ninguna forma era yo. “…Y seguramente —recapacité con horror— la chica no imaginaba nada de lo que rondaba en mi cabeza; quizá sólo pensaba lo ridículamente mal vestido que iba.”

El tipo de la agencia me tuvo en aquella sala de espera tres cuartos de hora comiéndome las uñas; como si supiera, antes de conocerme, que era un “pringao”. Cuando al fin me recibió, supe que no le causé buena impresión. Me observó de hito en hito; una ligera ironía se asomó a sus labios. Eso me jodió ya de entrada.

Pero lo peor no fue eso…

— Usted puede ganar aquí lo que desee —entró.

Y empezó como un suicida, poco después, a hacerme números de lo que podía ganar.

— … Porque si tú —me tuteó a la primera de cambio— haces todos los días tantos contratos —me pareció una barbaridad—, al veinte por ciento, al mes... ¡tanto! —me dijo otra barbaridad para impresionarme—. Claro —me advirtió—, que primero los contratos tienen que haberse cobrado, lo que significa...
— Lo que significa —atajé— que cobraré mis primeras comisiones dentro de un par de meses, más o menos, con suerte.
— Bueno sí, pero cuando empieces a generar y a cobrar contratos entrarás en una dinámica periódica.
— Sí, en unos seis meses, ¿no? —comenté con un pelín de coña.
—Tal vez antes, depende de ti.
— Al menos —pensé en voz alta intentando consolarme—, tendré un dinero para gastos, kilometraje, dietas, no sé...
— No eres demasiado optimista ¿eh, chaval? Hay que ser más positivo; si lo fueras, no estarías diciendo lo que dices. Eso es lo de menos. Un buen comercial puede ganar tanta pasta que lo menos importante es lo que a ti te preocupa.
— No es que me preocupe, o no —repliqué—. Lo que tampoco pretendo es que me cueste dinero trabajar, si no vaya un negocio... Sobre todo para mí.
— Nada, nada, tienes que ser más positivo, hombre —dijo, quitándole importancia a mi lamento y a lo que no le interesaba discutir.
— Ya, pero...
— Bueno, que no sea ese el problema. Te adelanto mañana por la mañana diez mil pelas a cuenta y ya está.
— ¿Diez mil por semana?
— No, no, diez mil este mes... Ya te las descontaré de tu primer contrato. Aquí el capítulo de gastos no existe.

Le miré a la cara fijamente. Ya empezábamos mal, me dije. Ya empezaba a joderme antes de entrar. La herida, dentro de mí, se agitaba.

— No obstante —expuse—, necesitará mi DNI y mi cartilla de la Seguridad Social para hacerme el contrato de trabajo.
— No hace falta.
— ¿Cómo?
— Que no hace falta. El contrato es, de momento, mercantil. Si más adelante vemos que funcionas te daremos de alta.
— Ya. Y si no es mucho preguntar... ¿Cuál va a ser mi sueldo?
— ¿Cómo dices?
— Que si no es mucho preguntar...
— No, si te oído —espetó.
— ¿Entonces?
— Aquí no hay sueldo, ya te he dicho que podrás ganar lo que te de la gana...
— Claro… ¿Y el trabajo a realizar? Porque, supongo, que tendrán ustedes una magnifica cartera de clientes que, de alguna manera, garantice los ingresos del comercial en tales condiciones.
— No exactamente. Verás: la labor del comercial consiste precisamente en eso; en abrir y crear su propia cartera visitando polígonos industriales y empresas, ofreciendo inserciones en la prensa local y cuñas publicitarias en radio.
— Y todo eso, ¿a comisión pura y dura?
— Efectivamente. Lo has entendido perfectamente.

La herida tocó fondo. Se me abrió en el estómago y en el cerebro como una lechuga mustia. Me levanté de la silla, no pude aguantar más…

— Lo que he entendido perfectamente es que usted es un cabroncete con los ojos malos y los pies torcidos, por decirlo de forma benigna. Además, me pregunto, por qué mientras me está diciendo toda esta sarta de atrocidades no se ríe. Debiera hacerlo, ¡sí, hombre!, es lo único que le falta para ser un perfecto hijo de puta. Ahora puedo explicarme cómo tiene esta oficina... Con la sangre de las personas que han pasado por aquí. ¡Váyase a la puta mierda!

Ni siquiera me molesté en cerrar la puerta al salir. Mientras bajaba por las escaleras con el humor de un hurón, dudé si subir de nuevo y darle un puñetazo a aquel cretino que aún pensaba que era una lástima que la esclavitud en el mundo fuese a menos, pero no estaba de humor cómo para mancharme las manos de mierda, así que olvidé el asunto.

Experiencias humillantes como aquella infelizmente tuve varias; en otra ocasión, una empresa de venta piramidal, pretendía que, además de ir a comisión, les comprase un determinado lote de productos cosméticos, que era, en realidad, el auténtico negocio de aquellos sinvergüenzas: aprovecharse sin parpadear de los pobres desgraciados y de sus ínfimos ahorros.

En fin, el tiempo fue pasando; mi vida y mi autoestima encogiendo, las oportunidades de trabajo disipándose entre humillaciones y mi herida engordando. Y como consecuencia, mis esperanzas esfumándose. Se me acabó el paro. También el subsidio. Los “amigos” fueron, por supuesto, los primeros en evaporarse. Claudia, no me reclamaba dinero, de todas formas me hubiera sido imposible dárselo, pero a cambio tampoco volvió a llamarme: me había tachado de su vida. Su olvido era cruel y definitivo. Mi patético estado era cada día más ruinoso, por lo que evitaba ver a los niños. ¿Qué podía decirles? ¿Podía ser eso lo que esperaban de un padre? Al final, casi prefería que me recordasen como a un bastardo, el cual se había olvidado de ellos, a que me viesen en la situación catastrófica de derribo que me encontraba. Eran pequeños, con el paso del tiempo se olvidarían de mí. Lo superarían. Era injusto, pero en cierto modo aconsejable. Yo había dejado de ser una referencia para cualquiera de ellos; si acaso, como mucho, una vergüenza.

El tiempo, como una zarpa cruel se me fue echando encima despiadadamente. No tenía adónde ir. Tampoco sabía si quería ir a algún sitio. La herida, ya en metástasis, me golpeaba en el cerebro con más insistencia que nunca. Con auténtica reverberación. Fue, entonces, cuando comencé seriamente a plantearme el final. El puto final. ¿A quién podía importarle mi muerte si tan poco importaba a nadie mi vida? Lo mejor era terminar. Y terminar cuanto antes con esta farsa. Dejé de sentirme mal de lo mal que me encontraba. Todo alrededor carecía de valor. Nada me importaba. De hecho, nada me importa. Por esa irónica razón deseo dejar escrita esta carta. La pluma, ya hasta los cojones, la he clavado en la pared. He cogido un bolígrafo. Total, para decir adiós, sólo basta una palabra.

Estoy harto de perder. Necesito descansar. El más allá no puede ser peor que esto. Pero sí quisiera, antes de irme, decir lo poco que vale la vida cuando uno pierde los pocos motivos que le quedan para aferrarse a ella. No puedo reprochar a Claudia que haya dejado de quererme. El amor es un sentimiento, no un contrato de trabajo en el que cuando a una de las partes no le interesa continuarlo se rescinde ¿O sí…?

En todo caso yo no podía exigirle a Claudia más amor del que ella era capaz de ofrecerme; supongo que me entregó el que pudo o supo darme. En el fondo, es gracioso, debiera agradecer su sinceridad. Es simplemente, que yo, en mi caso, no puedo. No he podido dejar de amarla. Ella ha ocupado mi universo con su luz. Para mí es completamente imposible seguir sin ella, así que me marcho. Sin prisa. Sin pausa. Con la conciencia en paz. Me marcho sin reproches. Con la mochila de los sueños vacía. A lo sumo con una última y agónica pregunta en el pensamiento: ¿Por qué tuviste que dejar de amarme, Claudia?  


José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002




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