miércoles, 1 de diciembre de 2010

MI MUJER Y LA OTRA [Relato]



Ya he perdido la cuenta del tiempo que hace que no practico sexo con mi mujer. Anda siempre demasiado liada. Quiero suponer que no está para nadie, excepto para su trabajo. Es de las que aún cree que cuando muera el dueño de la empresa para la que con tanto cariño trabaja va a heredarla. Pero la única verdad en todo esto, que es lo que realmente importa, es que lentamente parece que ha ido olvidándose de mí. Cuando llega a casa, a las tantas, me doy cuenta que cae fulminada al sofá; se deja caer en él con necesidad, y su mirada, en muy poco tiempo, va agrietándose hasta quedar finalmente reducida a la fina línea del rímel que aún conserva.

Hubo un tiempo, cuando los chicos todavía vivían en casa, en el que por muy agotados que estuviésemos, ella y yo, se hacía imposible lograr el silencio que hoy se desgarra con descaro por el pasillo de casa. Antes, mi hijo, cuando era chico, había que acostarlo a pescozones y decirle no menos de quinientas veces, cada noche, que dejara de dar balonazos contra las paredes y las puertas. Pero claro, de eso ya hace mucho tiempo. Quizá demasiado.

Los muchachos fueron haciéndose mayores sin darnos cuenta. Una tarde, mi hija me anunció que se casaba. No era un acto improvisado, no; llevaba varios años saliendo con aquel estudiante de arquitectura, pero he de reconocer que me pilló por sorpresa y tuve que sujetarme al sillón. Durante un segundo fui incapaz de fijar en mi cerebro la imagen de aquella guapa mujer que me hablaba con vehemencia de los proyectos de su vida.

Mientras hablaba de mil cosas, sentí como mi mente me alejaba de la conversación y aún la vi dando vueltas en su cuna sin poder conciliar el sueño, intentando superar la ansiedad que le producía la ausencia del chupete o lo que ya quedaba de él, sólo un trozo de goma. En este momento, al recordar aquellos años, la vista se me va involuntariamente hacia Sansón y Dalila —que digo yo, que serán macho y hembra, sino menuda faena les hemos hecho durante este montón de años—, las dos tortuguitas que le compré.

Sus ojos esféricos, y en cierto modo melancólicos, me observan atentamente desde la urna de cristal. Aunque, desde luego, no se parecen en nada a aquellos bichejos que adquirí una tarde en la calle de Los Bolos, no, ni mucho menos. Ahora, estas dos bestias parecen criaturas procedentes del Averno, sus caparazones podrían pasar por maletas de muestrario; son tremendas. No obstante, sé que detrás de esos rostros arrugados, impertérritos y milenarios, subyace una extraña tristeza; seguramente la echan de menos. Debería hablar con Estíbaliz —me digo— para que les devuelva algo de calor a estos animales tan fríos.

—Papá, papá, ¿estás oyendo lo que digo? Te estoy diciendo que me caso dentro de dos meses.

El chico, sin embargo, era de otra pasta y tardó bastante más; antes quiso viajar y conocer mundo, a pesar de mis advertencias.

—Hijo —dije—, no es por nada, pero debes créeme; el mundo se encuentra demasiado enfermo. No está precisamente como para conocerlo. Pero en fin...

Lógicamente y como era de esperar no me hizo el menor caso porque, aquélla, era una cuestión que ya tenía decidida de antemano. Lo que él no sospechaba, es que yo, eso, también me lo suponía mucho antes de que me preguntase nada. En realidad, la conversación no giró en ningún momento como una consulta ni aquello era una pregunta; si acaso, necesitaba por mi parte un gesto de aprobación. Para ser sincero, no lo vi mal, aunque me faltasen argumentos para verlo bien. Únicamente observé el hecho con preocupación; no se marchaba precisamente de visita turística a Cuenca, sino a “conocer mundo”.

Efectivamente, pensaba y pienso, que el mundo está algo podrido, pero básicamente peligroso. Y claro, esperar de mí que viese bien un “viajecito de un par de años” era mucho esperar, por muy tolerante que pueda considerarme. No obstante, es que el periplo del chico, que comenzaba en Turquía, finalizaba en Java. Y no hace falta que cuente aquí el acojone que tuvimos su madre y yo durante los catorce meses que duró la broma.

Sí, al final, el viaje sólo duró catorce meses. Y desde entonces, nunca ha querido ser demasiado explícito al respecto. Es más: evita hablar del tema. Noto, enseguida, cómo se tensa como una cuerda de guitarra. Su madre y yo sólo sabemos que cuando entró por la puerta de casa, su aspecto era catastrófico y lamentable; había perdido más de veinte kilos de peso y su rostro amarillento y sucio llegó a preocuparnos tanto que temimos lo peor. Tras un periodo de recuperación, y supongo que de reflexión, volvió a centrar su vida y no hace mucho se casó con Rosa, su novia de toda la vida. De todas formas, a estas alturas, no necesito saber nada más. No me hace falta saber qué pudo ocurrir ahí fuera, soy bastante más viejo que él y posiblemente me asustaría conocer la verdad; lo realmente importante es que se encuentra de nuevo en casa.

Y es que la vida, entre bromas y sustos, ha ido arrancando día a día sin piedad las hojas de aquel calendario, a pesar de que cuando pagábamos la hipoteca y el coche recién comprado se nos figurase interminable. Sí. Como también supo buscar pacientemente agujeros y costuras por donde colarse para atravesar nuestra existencia. Lo cierto es que, éstas mismas; las paredes y puertas, que tan duramente castigase mi hijo en el pasado, ahora, se limitan a observarnos con burla y venganza entre las sombras en el más descarado de los silencios.

La casa es grande. Y con los años me resulta aún mayor. Recuerdo con añoranza que entonces tenía que andar pendiente de que las luces de casa no estuviesen todas encendidas al mismo tiempo; aquello no parecía una casa, ¡parecía una feria! Sin embargo, ahora, la media luz de mi mesa de despacho, resume toda la soledad que me invade. Así que cuando la nostalgia tira de mí, como ahora mismo, me levanto y enciendo la luz del comedor... y también la de la cocina. No me gustan las sombras, tengo muchas en mi vida. No necesito más.

Hace un rato que llamó mi mujer. Esta noche tampoco vendrá a cenar, me ha dicho que tiene mucho trabajo en la fábrica; que están en temporada alta y tiene que ponerse de acuerdo, esta noche, sin falta, con los compradores en Italia, Inglaterra y Francia para lanzar a toda prisa los camiones con los cargamentos de fruta y verdura. De no ser así, dice, sería la ruina. Yo ya no le digo nada; hace tiempo que admito sin rechistar todo lo que, según ella, tiene que hacer. Aunque no puedo evitar preguntarme qué se encuentra más en ruina, si su empresa o nuestro matrimonio. Día tras día, mes tras mes, año tras año, ha ido diciéndome exactamente las mismas palabras sin variar una sola coma; ya me conozco bien el cuento y ha dejado de importarme.

Las distancias entre Irene y yo, en silencio, han ido creciendo brutalmente hasta extremos sin retorno. Antes, hace mucho tiempo, como cualquier pareja, echábamos nuestros polvetes; nosotros jamás pudimos hacer el amor, eso es sólo para los ricos. Pero bueno, a nuestra manera, nos divertíamos. Salíamos a cenar y nos clavábamos, sin prisa, una botellita de Rioja para hacer boca. Después de cenar siempre caían, sin querer evitarlo, unos cuantos “gin tonics”. Y al final terminábamos poniéndonos un poco idiotas y cardíacos, y subíamos metiéndonos mano en el ascensor como dos adolescentes para llegar al tálamo, hechos dos tigres... Pero ha llovido mucho desde aquello. Ha corrido mucha agua —aunque sea sucia— por debajo del Puente de la Virgen de los Peligros.

Al principio, cuando empecé a notar su desidia y su falta de iniciativa en la cama improvisé por mi cuenta ciertos recursos; películas porno, ropa interior sugerente para ella, escapadas los fines de semana solos a algún hotelito... E, incluso, muchas más cosas, por cierto inconfesables. Pero nada funcionó y rápidamente volvimos al mismo punto de partida, aunque con más decepción por mi parte con los años. La rutina y el cansancio fueron instalándose en nuestras vidas lentamente como un factor insalvable y monolítico de consecuencias irreparables. Así que, con mis cincuenta y un tacos, y aún de cierto buen ver, sólo podía suceder lo previsible.

Un día, no hace mucho, conocí a una joven; dieciocho añitos muy bien elaborados. Pasó lo que tenía que pasar... que me la cepillé en la primera oportunidad que me brindó. Y algunas veces más. Si por ella hubiera sido el romance podía haber continuado en el tiempo, pero llegó un instante en el que inevitablemente tuve que detenerme y reflexionar; su juventud y su amor comenzaban a darme pánico y al final deshice aquella relación bruscamente. Al principio intentó complicarme la vida y me acojonó, pero después conoció a un muchacho y afortunadamente se olvidó de mí; era lo que debía suceder.

No era una fulana, sino una chica de lo más normal que simplemente se dejó impresionar por la experiencia. Aparte de que yo, tengo que decirlo, tampoco andaba buscando una mujer para enamorarme. Tengo claro, a mi pesar, que continúo enamorado de Irene aunque la muy borde sea una lápida en la cama. Lo que yo precisaba y sigo precisando es estrictamente un desahogo a tiempo: a mí las putas me gustan muy putas y sin ningún tipo de romanticismo; para romántico ya estaba Bécquer.

Sin embargo, lo veía venir, hace unos años volví a enamorarme. No pude evitarlo.

Esta es una historia que creía olvidada, lo juro, pero... No sé si la soledad puede haberme influido, supongo que sí. Supongo que el llegar a casa y sentirla vacía cada día, debe haberme puesto fáciles las cosas.

Supongo que la necesidad, la estúpida necesidad que tenemos los humanos para complicarnos la vida innecesariamente, es superior a esa otra voz interior que en el fondo del cerebro nos grita hasta quedarse afónica: “¡No seas gilipollas, no te compliques la existencia! ¡No seas mendrugo! ”.

Pero, por otra parte, pienso: apenas me quedan unos años de vida; según las estadísticas, puede que veinte o veinticinco, quizá menos. Quizá más, nunca se sabe. Entonces... ¿Quién o qué me lo impide? ¿Por qué no puedo mantener un pequeño gran amor? Un secreto. Un mundo. Una ilusión donde sentirme vivo en cada minuto. ¿Por qué no? Yo, al menos, sí necesito sentirme vivo...

Lo cierto, es que aquel amor que durante tanto tiempo creí dormido, un día me sorprendió llamando de nuevo a mi puerta. De alguna inesperada manera irrumpió en mi vida invadiendo con desvergüenza y alegría las paredes y las sombras de mi mente. ¿La esperaba? Muchas veces me he preguntado eso mismo y la única respuesta que puedo darme, es que, tal vez, sí. Posiblemente, sí. Sí, aunque ni yo mismo lo supiese. Sí, aunque una vez la abandonase. Ella, siempre fiel, había estado esperándome. No tenía la menor prisa; la muy zorra sabía de sobra que en algún momento de nuestras vidas nos encontraríamos, que todo era cuestión de tiempo. Ya me lo advirtió a pesar de que yo no quisiera creerla.

— A mí —dijo con ironía— si algo me sobra es tiempo; tengo todo el tiempo del mundo...

¡Y es que esta mujer es la hostia! Encima se permite el lujazo de decirme “que estaba escrito”.

Yo me encarnizo y respondo:

—¡No me jodas con tu prepotencia! ¿Cómo ibas a saberlo?

Aunque para mis adentros, sin que se me note, reconozca que es completamente cierto. Es verdad: en algún sitio debe estar escrito porque esto no es normal. Desde que la conocí, siendo yo apenas un chaval de huerto de membrilleros y estaciones de trenes, estuvimos condenados a enamorarnos. Más tarde, durante un tiempo, nos carteamos... Pero, claro, han pasado tantas cosas después... ¡Tantas!, que lo último que podía imaginarme a estas alturas es que iba a volver a entrar en mi vida como un huracán despendolado.

Cuando hablo con ella, lo cual hago con cierta frecuencia, enseguida se apresura a reprocharme:

—Acuérdate, te lo advertí —me censura cariñosamente—; por mucho que discutamos y por mucho que nos enfademos, por mucho que nos demos la espalda mientras dormimos, no puedes alejarte de mí. No puedes, aunque quisieras, ya lo intentaste y mírate...

Y lo cierto que es que vuelve a ser cierto. Y por eso me callo.

Se ha colado en mi vida, pero también en mis sueños y en mis entretelas. Esto es cojonudo porque resulta que apenas me deja respirar, y a veces, llega a agobiarme. En fin, ¡qué le voy a hacer! Me siento atrapado por sus encantos como un tonto. En alguna ocasión salimos a pasear y nos cogemos de la mano como dos enamorados. ¡Joder!, si es que lo somos, si es que lo estamos. Aunque no siempre tenemos por qué ir así, por ahí, ya somos suficientemente adultos; a veces, simplemente hablamos y nos contamos nuestras historias. Claro, todo esto, con absoluta discreción. Si viene alguien, calla: es muy prudente. Entonces, como si fuera invisible, se limita a oír y observar.

La verdad es que es un encanto, casi siempre. Casi siempre, lo digo bien. Porque, como ella sostiene; también, en ocasiones, vuelan los platos entre nosotros. Cuando se pone insoportable no hay dios que la aguante. Además de que, 'agradecimiento', después menos. Tiene un genio del copón y es más maniática que la madre que la parió. Y lo peor de eso es que me ha transmitido sus mismas puñeteras manías. Por esa razón hay momentos en los que la estrangularía sin parpadear. La verdad, es que lo nuestro es un amor un tanto freudiano: amor / odio.

Pese a todo, aun siendo tan rabuda y tan seca como es, en el fondo no es mala. Creo que lo que nos sucede más bien es que, como en toda relación de pareja, ella y yo, también atravesamos nuestras épocas de crisis y nuestras depresiones. Pero he de decir, en honor a la verdad, que nuestros momentos de gloria son únicos. La compenetración llega a su grado máximo con terrible virulencia y nuestros éxtasis son ciertamente brutales...

¿Cómo es ella? Ella es... su mirada... no sé exactamente cuál es el color de su mirada; puede que sea un color indefinido, ahora que lo pienso con detenimiento. Lo que sí está claro es que mira conmigo en cualquier dirección; me remonta, sin hacerme sentir miedo, al más oscuro de mis pasados. A pesar de que en muchas circunstancias, su mirada, me hiere profundamente. Y puede que, aun así, por instantes, me invada la angustia y el vértigo mientras sobrevuelo mis recuerdos.

Pero sigo sin sucumbir al miedo, porque, con la otra mano, me aferro a la experiencia y al presente. Ella, entonces, me devuelve la mirada y no dice nada; sólo me observa desde un ángulo de mi memoria, y luego, entre los dos, como dos críos, ponemos patas arriba toda mi historia, todas mis añoranzas, todas mis nostalgias y todas mis fobias. Rebuscamos, sin apenas descanso, en todos los huecos de mi alma; entre las aristas asimétricas de mi vida y siento ser Dios.

Y en ese preciso, frenético, extasiante e irrepetible momento, dispongo a mi entero capricho del Bien y del Mal. E, incluso, estoy por encima. Todo se encuentra en mi cerebro. Poseo el infinito poder de Dios para Hacer o Deshacer. El poder de un Dios Justiciero, de un Dios Exterminador, de un Dios Crítico, de un Dios Implacable, de un Dios Sumiso, de un Dios Soñador, de un Dios Abatido, de un Dios Destruido, de un Dios Solo.

Quito, pongo, rompo, antepongo, superpongo, justifico, mato, destruyo, edifico, anulo, asesino, dibujo, amo, odio, lloro, canto...

Yo, le entrego a ella todo eso que en definitiva es mi ser. Ella, poco a poco, le da forma y color; la hace latir, brotar. De repente, comienza a enviarme rápidos y eléctricos impulsos a la mente. Y yo... yo, tan sólo me dejo llevar, comienzo a escribir.

 
José Hernández Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002




2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias, amig@, por tus comentarios, estos son el aliento de cualquier escritor; los autores no seríamos nada sin vosotros. Gracias de nuevo.

      Eliminar