miércoles, 1 de diciembre de 2010

PRETÉRITO PLUSCUAMPERFECTO [Relato]



1

Los primeros años de mi vida transcurrieron veloces pero envueltos en un no sé qué. Cuando trato de evocarlos tengo la sensación de que he perdido algo que guardaba celosamente y que, con el caminar de los años, se me ha ido cayendo por un agujero del bolsillo del pantalón. De pronto, comprendo, que lo que escondía con tanto anhelo no es otra cosa que el recuerdo. Enseguida me lleno de extrañas nostalgias indescifrables y no se me va de la cabeza que lo que he extraviado no ha sido otra cosa que mi infancia.

Mis primeros años, me decía, pasaron vertiginosamente bajo un cielo turbio e inexplicable que, montando a la grupa del tiempo, no se detuvieron ni en los momentos que hubiera querido robar ni en aquellos que olvidé antes de odiar, ni siquiera en aquellos que ya ni recuerdo. Cabalgaron veloces como un alazán, burlando los años, para sacarme con demasiada prisa de la bruma donde, inevitablemente, se pierde mi memoria. Sin embargo, mis recuerdos, no son tan confusos para mí como para otros. Mucha gente huye de sus recuerdos de la infancia porque piensa que ya son irrecuperables. Y así es.

Pero que no valgan de nada, como en alguna ocasión he oído decir, eso sí que no es cierto. Todo mi caudal creativo está íntimamente ligado a mi infancia; diría que casi sin poder evitarlo. Arranco pedacitos con delicadeza para traerlos hasta estas líneas donde los deposito con sumo cariño. Porque mi infancia, que no fue precisamente la mejor, ni como para irse de fiesta cada vez que la mencione, sí al menos ha dejado en mí huellas, sentimientos imborrables y dibujos de cosas y paisajes; de tal manera que al repasar aquellos tiempos tengo la honda impresión de que se abriese ante mí un libro lleno de fotografías. Es como un cuadro o un reflejo: La mirada del Espejo. Excitante mientras llamo a la puerta del recuerdo. Mientras robo al pasado escenas que sólo podré ver con los ojos del niño que un día fui y que están inevitablemente grabadas a golpes de inocencia en mi corazón.

También, como no podía ser de otra manera, acuden grandes dosis de melancolía a esta pequeña reunión, porque me doy perfecta cuenta de que la vida pasa mucho más aprisa de lo que soy capaz de calcular. Rauda, virulenta y dañina casi siempre. Tan falta de magia y de buenos instantes; tan aburrida y tediosa otras... Pero siempre veloz. Como un destello. Un fogonazo que se estrella en mi cara sin darme tiempo a reaccionar apenas. Esa es la vida: una carrera a ningún lugar. No existe el tiempo. Es sólo un adverbio. Se escapa entre mis dedos.

Por eso, el recuerdo, es al fin lo que me queda. El poso de la vida es el recuerdo, que es a lo único que tengo opción, para decir a renglón seguido: “Qué mal o qué bien”. Por eso, siempre me digo, que cualquier tiempo pasado no fue mejor o peor, sino único. Y si quiero, según el instante, tiro de mis recuerdos para reír o para llorar. Para intentar no tropezar aquí, aunque eso precisamente no me preocupe demasiado, porque tropezaré un palmo más allá. Es así. Por esta razón, y porque cada recuerdo es único, es asimismo insustituible.



2

Me decía, que mi infancia no fue especial, aunque conservo recuerdos que, lejos de ser malos o buenos, son hijos de mi pluma. Y aletean a mi lado como sombras buenas que no dejan de invocarme que fui un niño especial y distinto.

Y mi recuerdo me arrastra hasta una clara noche de luna que, sobre un cielo limpio e intenso, brillaba maravillosamente encendida. Íbamos camino de Cáceres. El coche que tenía mi padre, el señor Agustín, un “dos caballos”, no tenía asientos traseros por lo que, las maletas, hacían de improvisados sustitutos. Mi madre, la señora Encarna, con eso de que la luna lucía enorme, comenzó a cantar una cancioncilla que por entonces estaba de moda: “Quisiera ser tan alta como la luna, ay, ay...” y nosotros, que éramos tres los hermanos, nos uníamos torpe y descompasadamente a la coplilla. Había también una canción que, el señor Agustín, cantó durante muchos años; me gustaba, o al menos, eso pensaba yo. Fue su canción preferida durante mucho tiempo; hablaba de un soldado y su fusil. A fuerza de oírsela cantar llegué a aprendérmela aunque ahora ya no la recuerde.

Los viajes duraban muchas horas, haciéndose largos, cansados e interminables; por eso, la mitad de ese tiempo, yo iba durmiendo como por encanto. Mi hermano mayor, Pedro, era el único de los tres que conseguía ir más tiempo despierto. Todo esto, me refiero a los viajes, sólo tenía una explicación; el oficio del señor Agustín: era viajante. Le había surgido allí, en Cáceres, un puesto de trabajo. Un buen puesto y mejor remunerado de lo que entonces estaban la mayoría. Implicaba, inexorablemente, el sacrificio de dejar atrás abuelos, amistades, patria chica y un montón de cosas más, pero no existían muchas alternativas que barajar...

Tengo recuerdos —un tanto difuminados quizá—, de mis años en aquellas tierras de conquistadores.

Vivíamos en un edificio antiguo, gris y soberbio. La vetusta entrada la formaba una lacia e inextinguible penumbra; un rancio portalón oscuro, frío e inquietante. Los escalones se vestían de un desgastado bermellón con bordes de madera. La baranda era simplemente de hierro. La escalinata, por el contrario, dibujaba a su paso una complicada y cerrada espiral que iba elevándome, de piso en piso, hasta mi vivienda. En el techo del interior del edificio aparecía vigilante, como un ojo recalcitrante y sin párpado, un tragaluz que iluminaba débilmente la estancia. Las paredes, oscuras y desconchadas, dejaban escapar en un hondo y húmedo silencio cierta soledad.

La residencia, sobradamente grande e inhóspita, aún se le antojaba mayor a mi madre debido a las prolongadas ausencias de mi padre. Un largo y angosto corredor me conducía sin temor al salón que con frecuencia se encontraba iluminado, alejando así, las temblorosas y ajadas manos de la oscuridad. Me llegan claramente a la memoria las noches de verano; a oscuras para evitar los mosquitos y a mi madre esperando a mi padre que regresaba con unos días libres. La espera se hacía larga, muy larga. Casi eterna. Aún puedo ver su rostro recortado en la semioscuridad de la habitación. También mi angustia se volvería esperanza cuando le viera aparecer; por fin arreglaría mi espada rota.



3

Pero de mis recuerdos de infancia en aquellas tierras deseo destacar especialmente uno: el colegio de frailes. Nunca quise ir, es la verdad. Me costaba llorar lo mío. Aquel colegio me resultaba inmenso. Infinito. También el edificio, los pasillos y las aulas me parecían inacabables. Como costumbre obligatoria, las tardes, se destinaban a rezar el rosario, y yo, también, como costumbre inevitable, me dormía. Se me antojaba insufrible; siempre pensaba que los niños se encontrarían algo más dispensados ante Dios por el hecho de ser niños. Y de esta inocua forma caía voluntariamente en el dulce sopor del primer misterio para despertarme cuando ya había concluido aquella soporífera liturgia.

Lo cierto, es que entre mis llantos por no querer ir al colegio y mis rabietas por culpa de mi espada —que seguía rompiéndose en el primer estornudo—, pasó el tiempo, y con él, nuestro nuevo traslado, en esta ocasión a Trujillo. De lo que recuerdo de aquel fantasmagórico caserón, la terraza, era mi lugar preferido, donde pasé muchas horas jugando con un gran caballo de cartón que mi padre, el señor Agustín, nos trajo en alguna ocasión.

Hoy sé que derroché con pasión muchas horas cabalgando sin descanso aquel fiel e inmóvil caballo policromado, que me transportó sin señal alguna de queja a los lugares más lejanos con tan sólo imaginarlo. Una noche, sin embargo, no recuerdo cual pudo ser el estúpido motivo, me enfadé seriamente con mi compañero de juegos y aventuras y, en un arrebato de ira, lo destrocé con un cuchillo de cocina.

Por más que después he rebuscado en mi memoria no he hallado la causa de mi enfado. Pero luego, en muchas ocasiones, lamenté con amargura, con lágrimas de adulto, haberme deshecho de mi leal Pegaso de feria cuyo único pecado fue hacerme soñar. Yo, a cambio, le pagué inmolándolo.

Trujillo era un pueblo solitario y desolado. Sus grandísimos caserones aparecían como gigantescos fantasmas al atardecer, y en sus calles de piedra, la hierba, se había comido casi todo el suelo. Recuerdo una pequeña plaza de adoquines que en las soñolientas tardes de otoño se dejaba mecer dulce como un beso. Rodeándola, se elevaban como lanzas, los ramajes deshojados y yertos de algunos árboles. En su centro se oía la suave canción que brotaba limpia y sin prisas de los enmohecidos grifos de bronce. El tibio sol hacía brillar el agua clara hasta romperla en la taza de mármol. En todo aquel ambiente, flotaba leve, ese olor a pueblo y establos que en las noches de verano se esparcía entre sus callejas como una quimera.

Me gustaba robar a la noche estrellada unos momentos para darme cuenta de que aquello no era una alucinación. Suponía una maravillosa realidad caminar —o soñar que he caminado— por esas calles en la solemne quietud de un pueblo dormido al anochecer y sentirlo más mío en la viscosa penumbra de sus callejones empinados, torcidos, pedregosos y estrechos. Esa extraña y confusa sensación hacían mi deseo más cierto, cada día, cuando el sol se hundía manchando de carmín el horizonte. Entonces, como una atracción inexplicable, me invadía esa inevitable necesidad de soledad que desde muy pequeño me sedujo con su voz desierta y antigua.



4

Cuando regresamos a mi tierra de nuevo, al principio, y mientras mis padres buscaban residencia, vivimos con los abuelos, "Mamafefa y Papé". Su casa, volvía a ser muy grande —supongo que, porque a mi edad, todo se me figuraba así—. Encima de ésta se levantaba otra vivienda; antiguamente estuvo destinada a la cría del gusano de seda. Pero, sin embargo, ahora, todo aquello había quedado convertido en un trastero. Allí devoré sin compasión, en las calurosas tardes de chicharra y siesta, la mayoría de mis tardes de infancia; investigando y revolviendo las cosas que poseían los abuelos: radios de cuando mi tío Pepe estudiaba electrónica, ropa, enredos y todo tipo de artilugios. También preciosos e inestimables relojes de bolsillo en los que empeñé mi paciencia y mi tiempo para ponerlos en marcha mientras los destrozaba.

Junto a la casa se encontraban las cuadras. En esa estancia, el Papé, tenía cerdos y el cuarto de los aperos. Más allá se encontraba la caseta donde “león” —el perro inseparable de mi niñez— velaba incansablemente por la seguridad de mis mayores con sus enronquecidos ladridos a la luna. Al final se situaba otro chamizo, en el cual, alguna vez hubo animales; aunque, ahora, sólo quedaban herramientas de labranza.

En una última prolongación de éste, aún existía una tranquera que servía de acceso a un minúsculo cuarto levantado con maderos y cañas. En este exiguo cuchitril, el abuelo, guardaba escrupulosamente ordenados, más utensilios de trabajo además de grano y pienso para los animales. La señora Encarna me contaba, que en la guerra, en ese cuartucho, su padre, el Papé, excavaba hoyos en el suelo —que después cubría con tablas, cañas y virutas de madera— en los cuales, escondía los pocos alimentos que podía conseguir: pan, aceite y embutidos; el fin justificaba los medios. El asunto fundamentalmente consistía en que cuando viniesen los “rojos” no los detectasen y de esta forma evitar que les quitasen las escasas provisiones de que disponían.

Por la parte de atrás corría —entre el cañaveral— una acequia. En otros tiempos, mi madre —siendo niña—, se bañaba. Yo también recuerdo haberlo hecho sujeto por la cintura a una soga. Pero, poco a poco, todo eso fue terminándose: en el preciso momento en que las fábricas comenzaron a verter sus desperdicios.

Por una estrecha y quebrada senda se llegaba sin tardanza a casa de mis tíos abuelos, Joaquín y tía Anita. Mantenían un pequeño negocio familiar debajo de casa; una carpintería. Nunca, por lo tanto, me faltó mi espada —a pesar de que éstas careciesen de esmeraldas en la empuñadura—, ni mis tacos de madera que no eran otra cosa que extraños vehículos, según su forma. Hasta que de un modo mágico, inconcebible y repentino, los transformaba en improvisados veleros suicidas navegando cauce abajo en la acequia rumbo a su fatal destino que no era otro que un tramo del azarbe llamado El Partidor, a pesar de que todo el mundo, coloquialmente, le llamaba “El Partior”.

“El Partior” era en realidad, un beso mortal, una trampa mortífera; una poza peligrosa en donde el agua se arremolinaba violentamente ejerciendo sobre su víctima una macabra tracción hacia el interior. Madre, la señora Encarna, nos había advertido hasta la saciedad del riesgo; de hecho, no quería vernos cerca de aquel lugar. Decía, que la posibilidad de caer por descuido era enorme; en más de una ocasión habían tenido que sacar a alguna persona de ese lugar.

Una vez, ella, también cayó. Pero, aun a pesar de los maternos consejos recibidos, a mí, en mi inconsciencia, seguía gustándome arrojar piedras al agua imaginando un cruento bombardeo aéreo. De igual manera, improvisaba lanzas —cañas— que precipitaba sin mucho acierto contra las ratas que descaradamente asomaban sus temblorosos hocicos como vulgares porteras. Y cómo no, los imprescindibles tacos de madera que, por arte de magia, volvían a cambiar su naturaleza para trocarse al momento en feroces proyectiles en busca de algún despistado roedor.

De regreso a casa, solía hacerlo por una corta, ancha y arenosa senda que limitaba el huerto del cauce de la acequia. En el mismísimo centro del atajo, inalterablemente situado como la estatua de una plaza, crecía alimentado por la abundante humedad del canal un compacto arbusto del que brotaban sin cesar cientos de desordenadas y minúsculas flores nacaradas: la tímida y serena Dama de Noche. Un denso y embriagador perfume envolvía la atmósfera cada tarde.



5

Aún hoy, después de tantos años, su aroma, sigue transportándome en un extraño encantamiento a aquellos carriles repletos de humedad. Veredas cargadas de intensos olores de azahar en sus huertos liberaban sin pudor sus peregrinas fragancias. La memoria, de forma inexcusable, me devuelve al pasado y se apresura a vestirme el pantalón corto, a revolverme el pelo, y a dejar en mi mirada la inocencia de un niño que se asomaba a la vida lleno de sueños por cumplir.

Guardo un recuerdo indeleble, íntimo y especial de los atardeceres, cuando el sol se rompía lentamente, a pedazos, entre las cañas y sus resplandores cárdenos y marchitos arrancaban destellos violáceos a los jopos del cañaveral. El cielo enrojecido parecía quemarse sobre el horizonte en una agónica liturgia. Me gustaba sentir cómo la invisible languidez se esparcía entre los limoneros y la calima se instalaba en los huertos, en las ígneas noches de verano como si fuera un duende bueno arrancado de un cuento de hadas. Los sonidos iban paulatinamente cesando; como un reloj que fuera quedándose sin cuerda. Sin vida. Despacio. Sin prisa.

A mi paso, alguna vez se oía en el agua el opaco zambullir de las ranas. El día perdía su color y su luz, y todo el paisaje se dibujaba ahora dolorosamente azulado. La soledad tomaba el relevo; se apoderaba de la tarde que caía herida de muerte en los templados brazos de la penumbra. Los grillos entonaban su “cri-cri” y comenzaban a tatuarse en el cielo los primeros luceros. “Dentro de un momento serán miles. Millones. Incontables millones —pensaba yo—. Y suave y fresca como una caricia, casi olvidada, el terciopelo de la noche me hará un guiño y me iré caminando en silencio, por la senda, rumbo a casa”.

Sin darme apenas cuenta el cielo iba apuñalándose de estrellitas, poblando el firmamento los destellos sutiles de los astros. Allí, en la oscuridad, se recortaba la tenue luz de la vivienda. Madre me llamaba, la cena estaba a punto pero yo no contestaba. Iba caminando hacia ella sin acelerar el paso. No quería perderme ni un solo instante de la maravilla que, sin querer, me brindaba la noche.

Cenábamos, sin que pudiera hacerse el menor comentario; al abuelo no le gustaba que se hablase en la mesa. Así que, mientras cenaba, iba deteniéndome en los rostros y en lo que hacían los demás; la forma de beber, de cortar el pan, de comer...  Recuerdo, que los techos del comedor eran tan sobradamente altos que, junto a la débil claridad que producía la bombilla, el ambiente, se desenvolvía en un paisaje desolado y triste; aunque, ahora, al recordarlo, ponga un nostálgico matiz de cariño. Los abuelos, claro, ya murieron hace algunos años.



6

El día que mataron a Kennedy yo tenía seis años.

Mi padre, el señor Agustín, en el comedor de la casa recién comprada, intentaba sin mucha suerte, ni estilo, arreglar una persiana en lo alto de una escalera de madera. Refunfuñaba. A pesar de que el verano había pasado de largo y nos encontrábamos más cerca de las Navidades que de cualquier otra fecha, aquel mediodía, sin embargo, era excesivamente caluroso. Nos habíamos trasladado de la casa de los abuelos al barrio de San Buenaventura hacía unas semanas; tal vez menos.

Frente al televisor recién adquirido, en blanco y negro, mis hermanos y yo nos paralizábamos sin poder evitarlo presidiendo el espectáculo de la caja tonta. Aquella “Sadrián” constituía toda una novedad, un lujo. Ya que, hasta aquel momento, el único ruido de fondo que podía apreciarse en la mayoría de las casas era la radio de galena; los seriales radiofónicos de P. Iglesias, “el Zorro”, con su “Hotel La Sola Cama”, el consultorio sentimental de Helena Francis, el Carrusel Deportivo y los anuncios del Cola Cao: “...Yo soy aquel negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola Cao...” que resonaban bastante rudimentariamente, tras las membranas de cartón del receptor. Lo cierto es que se había colado un serio competidor en la vida radiofónica de Boby Deglané y del escritor y comentarista, D. Ramón Gómez de la Serna.

Ese día siempre lo inmortalizaré porque, hasta entonces, las noticias pertenecían exclusivamente a la radio. De repente, mi padre, en un acto que en un principio no nos pareció venir a cuento, en lo alto de la escalerilla, nos exigió a voz en grito silencio. Naturalmente el silencio se aplastó contra nosotros aun sin entender el porqué. El señor Agustín, descendió apresuradamente y se aproximó a la tele. Su rostro se afiló y frunció el ceño. Se colocó bien las gafas que habían ido deslizándosele lentamente a lo largo de la nariz. Giró la ruleta que proporcionaba volumen al aparato. Las imágenes, que me parecieron una maravilla de la tecnología —y así era— hoy, diría, que son una auténtica birria; pero, claro, también debiéramos tener en cuenta a la hora de juzgar, el pequeño detalle del tiempo. Y que han pasado como el que no quiere la cosa “solamente” treinta y nueve años.

La falta de nitidez era considerable (hoy, cualquiera se hubiera marchado directamente al oculista pensando que tiene un serio problema de enfoque visual). El presentador, desde las seiscientas veinticinco líneas del aparato, graciosamente llamado radiovisor —cosa, que hasta no demasiado tiempo antes sólo habían sido 240, y antes de eso, el sistema Baird, de 30 y 90 líneas—, recién acicalado para la ocasión lo comentaba sin disimular cierto estremecimiento escénico.

Era la última hora.

—“Última hora: J.F.Kennedy ha sido asesinado. El magnicidio ha tenido lugar en la ciudad de Dallas. Una hora más tarde, Lee Harvey Oswald es detenido como presunto autor del crimen”—. El trágico suceso estuvo dando tumbos durante días, como un tiovivo, en los dos únicos canales que existían; la primera y la segunda. Aunque me atrevería a decir que ni eso. El segundo canal raramente conseguíamos sintonizarlo. La intensidad de la nieve, en la pantalla, era casi absoluta. Aun así, a nadie en casa parecía importarle. El artilugio, con sus precarias posibilidades, constituía por sí solo un auténtico acontecimiento.



7

Es cierto. No deseo negarlo. Con frecuencia, con mucha frecuencia, recurro a mi pasado, ¿por qué no? ¿Qué escritor no? Es el disco duro que contiene exactamente lo que somos. Y me refugio en él, como si fuera un sedoso pero cálido impermeable que pretendiese protegerme, en cierto modo, del presente. El pasado, mi pasado, es la capacidad que tiene mi memoria para hacerme sobrevivir en este presente que a menudo me asedia y me angustia. El pasado, como siempre, me lleva de la mano y me hace sentir completamente vivo. El pasado son las tardes de verano en el trastero, en casa de mis abuelos.

El pasado me devuelve la belleza incomparable de las noches estrelladas y el olor de azahar que se desprendía de los huertos. El pasado vuelve a tener el aroma inconfundible de los días azules que ardían bajo el cielo de septiembre mientras el sol abrasaba los membrilleros. El pasado me atrapa y me invita. El pasado me devuelve a mi vieja y querida Estación de trenes y a su inmenso batallón de máquinas abandonadas en las vías muertas. El pasado, desde el pasado, me susurra viejas canciones olvidadas al oído. Y me deja, al mismo tiempo, recuerdos que almaceno de uno en uno en el igniscente desván de mi cerebro. Me acerca al color de caramelo y al olor a barniz de mi primera guitarra. Me sumerge en la inalterable melancolía de mi primera canción. En la pasión de mis primeros dibujos...

El pasado envía excitantes, desdibujados y pornográficos fotogramas a mi mente. Y me ahoga sin reparos en la lágrima, cálida y amarga de mi primer poema. También, sin poder o querer evitarlo, me aplasta inflexible bajo el peso del estúpido y cruel recuerdo de mi primer amor. El pasado: esa intensa y aromática sensación. El pasado: ese mismo que, a veces, me zarandea de aquí para allá, sin permiso... Aunque no me importa. No me enfado. Ni me quejo. Ya no. Ya es tarde. Ahora, incluso lo agradezco. Me gusta recordar. Es importante recordar.

Aunque sé que debo hacerlo con sumo cuidado. Porque también tengo numerosos recuerdos que pueden hacerme naufragar si me descuido.

Recuerdos, que pueden hundirme en un embravecido mar de espinosos e hirientes sentimientos: en las brumas. Brumas que jamás he superado por completo. Recuerdos que, todavía hoy, de cuando en cuando, me asaltan y tratan de colarse con absoluto descaro e irreverencia en mi vida. Recuerdos que, aún hoy, retallan sin previo aviso. Recuerdos de ayer. Recuerdos de siempre. Recuerdos para siempre. Siempre recuerdos. Recuerdos indelebles. Duros y amargos.

Recuerdos que morirán conmigo. Recuerdos que, alguna vez, me han arrastrado sin piedad al foso más oscuro y cavernoso de la mente. Recuerdos que entonces, más que nunca, me condujeron al siniestro y profundo abismo de la soledad y la hipocondría.

Y todo, me digo, por la puta culpa de mi sensibilidad, que se me abrió paso a empujones, en las sombras, bordeando un peligro incalculable e inconsciente. Es por ello que mis emociones, sufrieron mucho más de lo previsto. No estaba preparado, no creo que nadie pueda estarlo. Eran tiempos imprevistos, confusos y difíciles: el amor y el odio tenían la misma apariencia, se vestían de la misma forma; e incluso podía ser una misma cosa.



8

Sobre todos los recuerdos que almaceno de mi niñez, que son muchos, conservo en mi alma de una forma íntima y un tanto especial, las tardes de invierno. Aquellas tardes, pardas y frías, que desde la ventana de mi cuarto vi languidecer tantas veces en silencio.

Había dejado de llover. Yo, en mi cuarto, sonreía con maldad en silencio, mientras planeaba un diabólico ataque de los indios a los últimos soldados de “Fort Lee” —la última palabra la robé de la marca de mis pantalones tejanos; el proyecto me pareció importante—. La fortificación descansaba idílicamente en los verdes y veteados prados de la colcha de mi cama, a un paso del “Abismo del Diablo” —el gran precipicio lo formaba la altura de ésta— y a escasas millas —un par de palmos— de las “Cuevas de Satán” —que no eran sino los cajones y estanterías de mi armario de formica empotrado—. Guardando la retaguardia se hallaba un pequeño cerro —mi almohada—, único camino de acceso, por cierto, a las Cuevas de Satán desde donde se situaban los buenos, en pequeños grupos, para hacerles las cosas aún más difíciles a los malos que, mira por donde, resultaban ser los indios.

Ahí mismo se situaban implacables los francotiradores. Estratégicamente se trataba de una posición perfecta o casi perfecta en todos los sentidos, de no ser por el temible “Halcón Negro”, un indio listo donde los hubiere; ya que, el muy canalla, había estudiado bien la situación. Y como medida había adoptado la fórmula de atacar creando varios frentes sincrónicamente; además de ser, junto con Viriato, el creador de la guerra de guerrillas. Al final, pese a tocarle las pelotas a los buenos, acabaría perdiendo la batalla porque para eso era el malo —cosa que en la realidad, por desgracia, nunca sucede.

En otras ocasiones, cambiando de escenario y de época, hacía de la mesa de despacho del señor Agustín, un repentino Chicago. En el cual, en su asfalto de formica, derrapaban sin piedad los coches de la policía en su desesperado intento por atrapar a los gángsters. Los libros, el gran cenicero amarillo de anís francés “Pernod” y el pisapapeles; todos ellos formaban los edificios y las calles de las ciudades de mi imaginación, dando rienda suelta a las diferentes composiciones arquitectónicas que iban surgiéndome.



9

Iba diciéndome que jugaba. Estaba haciendo el tiempo suficiente hasta que la lluvia cesase. Llovía tranquilamente dos largas horas.

Súbitamente, en aquella tarde macilenta, algo me llegó como un susurro y quedé inundado en un extraño silencio. Me volví hacia la ventana y aparté los visillos. Después dejé caer mi frente sobre el cristal y se empañó con mi aliento. Me sentí triste y abatido. Miré la tarde hundida e inhóspita; el cielo grisáceo la envolvía entristeciéndola. Al fondo, la suave lluvia, formó un manto sutil de neblina. Unos vencejos revolotearon un momento en mi ventana; luego, al darse cuenta de mi presencia, saltaron como suicidas al vacío. A lo lejos, como un recorte, se levantaban los edificios. Y por encima de todos ellos, la catedral; como un inmenso dios de piedra.

La Estación se encontraba como siempre, sola. Sola, solitaria y sombría. En su sombría soledad, dejaba escapar un inquietante silencio de angustia. Sólo unas viejas y negras máquinas de tren abandonadas eran hieráticos testigos de su melancolía.

Cuando nos conocimos —la Estación y yo—, yo era muy crío aún; sin embargo, ella era una anciana. Los fríos y duros inviernos le habían asestado tremendas puñaladas en los tejadillos grises y deslucidos del andén. Las paredes, amarillentas, hinchadas y desconchadas por la humedad aparecían cruelmente pintarrajeadas. En el suelo, las enormes grietas abiertas como llagas a lo largo del interminable corredor de cemento, permitían a la hierba extenderse de una manera absolutamente anárquica. Eran verdaderas arterias trepando sin descanso por las delgadas columnas que luchaban incansables por mantener aún en pie aquel viejo monstruo de hierro, cemento y uralita.

De este lado, junto al campo de la vía, se elevaba una hilera de árboles deshojados un poco antes de tiempo.

En ese fugaz instante recordaba como un destello de luz mis tardes de verano en aquella desabrigada ciudad de gigantes dormidos; el inmenso cementerio que constituían todas aquellas herrumbrosas máquinas de tren abandonadas en hilera. Aupado en cualquiera de ellas me sentía importante creyendo que era capaz de hacer caminar aquel dinosaurio metálico sin la ayuda de nadie. De nuevo, mi fantasía, me hacía creer que efectuaba un trabajo tan extremado y difícil que sólo yo podía realizar.

Un poco después, cuando la tarde se desplomó definitivamente, la Estación se hundió en el silencio más profundo. Y las amarillentas lucecitas del andén me hablaron, otra vez, de un tiempo antiguo. Del olvido y la injusticia de la gente. Y de su infinita tristeza.



10

Pasaba la mayor parte del tiempo mirando por la ventana.

Deseando crecer. Deseando hacerme mayor. Porque desde mi pequeño mundo la gente mayor era importante. Tenía prisa por encontrarme con la vida cara a cara. Me sentía convencido que mi niñez no era otra cosa que la antesala de un gran sueño que se encontraba ahí, esperándome. Por esa razón miraba por la ventana... Miraba y soñaba. La vida iba a recibirme con los brazos abiertos para mostrarme su catálogo; para convertir en realidad todos mis sueños y ambiciones.

Pero no sabía nada... Era eso, sólo un niño que desde mi Árbol del Ahorcado esperaba el gran momento...

De todas formas, tú, mi vieja y querida Estación, has sido mi vida. Has sido el más perfecto de mis pasados. Mi Pretérito Pluscuamperfecto.

Ya lo fuiste cuando yo aún no andaba. Cuando sólo era el momento ingrávido en el espacio y en el tiempo. Cuando iba por la vida sin lastres, sin nada qué arrastrar. Sin nada que perder. Sin nada que olvidar. Cuando sobrevolaba tus caminos de hierro sin agujeros en las alas ni medias suelas en el alma. Y mis velas eran tersas y mi norte claro y firme. Eran aquellas tardes imprecisas de sueños extraños donde todo flotaba mágico en el ambiente. Los colores eran distintos y tú crecías conmigo en todas mis ilusiones como un fantasma bueno y fiel.

Era, en aquellas tardes, cuando paseábamos de la mano sin miedo y recorríamos con los ojos cerrados cada palmo de mi niñez. Todo estaba por hacer. Todo quedaba por descubrir. Los días se estrellaban como un chorro de luz en un cielo tremendamente azul. Y nosotros, todos, que entonces éramos diferentes, nos mirábamos sin rencor porque el odio y la envidia eran palabras que todavía no existían en nuestro diccionario.

Has sido mi vida. Toda mi vida. Mi amante incansable. Mi punto de partida a cualquier parte. Mi final de trayecto siempre. Te recuerdo con cariño. Supones mucho para mí. Casi todo. Representas la parte más sagrada de mi infancia. Has sido, tú lo sabes, mi musa en muchas ocasiones. Mi ventana abierta a la imaginación cuando ya no me quedaba nada. Has sido una increíble carta de amor, donde soñar era el acto más sencillo. Y mi refugio cuando todo ha estado perdido y no me ha quedado fe ni aliento para continuar. Has sido parte de mí y de mi ayer. De aquellos días poblados de infancia y de aquel inmenso Pegaso blanco que fue mi niñez.

Ahora nada de eso tiene la menor importancia. Todo ha terminado. Todo terminó hace mucho tiempo. Yo soy simplemente mayor y tú... Tú una autovía.

Como por encanto la tarde perdió su escaso color y me fue llamando la noche con su callada oscuridad. Hubo un rincón en el cielo que dejó mostrar tímidamente algunos astros. Trémulos, tiritaron leves en el espacio infinito con delicados y suaves tonos azules. El viento nocturno comenzó a peinar con intensidad la ciudad adormitada. Las calles se vistieron de silencio y el asfalto brilló con fuerza al reflejo de la luz de las farolas. Nuevamente se deshilaron las nubes en una clara llovizna que se hacía casi inapreciable pero que, sin embargo, continuó hasta el amanecer.

Eran, sin remedio, días de invierno. Melancolía.

Amanecía con pereza. Con cierta hipocondría. Con un cielo apagado la mayor parte de las veces. En otros momentos un rayo furtivo se escapaba para llegar agonizante hasta mí, pero pronto se convertía en un recuerdo.



11

Me lo repito constantemente. Una y mil veces. Cada vez que evoco mi infancia; ese inmenso Pegaso blanco que fue mi niñez. Aquel era un estado incólume pero altamente vulnerable. Y así fue. Así tenía que ser, supongo.

El caso es que fui asomándome a la vida de reojo, sin ningún temor, y ésta me atrapó. Me embriagó con sus sueños y sus promesas. Me envolvió con sus engaños. Con falsas deidades. No tuve en cuenta, ni por un instante, el precio tan alto que iba a pagar por vivir. El precio de hacerme mayor. El impagable precio que suponía el estúpido afán de querer crecer para encontrarme, súbitamente, en un viaje hacia lo desconocido pero sin retorno porque ya no existía billete de vuelta. Y es que, inevitablemente, la pandilla de críos de barrio. De Huerto. De Estación de trenes desolada. De pedradas al sol y tardes sumergidos en el sotobosque del huerto de membrilleros, comenzaba a desdibujase.

Y también las tardes y las noches. Esas noches en las que, tras las ígneas puestas de sol, la brisa se dejaba sentir como un soplo bendito y vivificante en nuestros sudorosos y exánimes rostros mientras apurábamos los primeros Celtas Cortos. El espontáneo y opaco chapoteo de los anfibios era la llamada. La contraseña. La señal. El relevo: la tarde azul y candente caía finalmente en los amables brazos de la noche que, de un modo mágico, se poblaba de luminosas y temblorosas lucecitas. Era el momento. Era el suspiro de la noche. Era, de nuevo, el tiempo del olor a azahar y Galán de Noche. Era el instante irrepetible. Era la extraña comunión del silencio conmigo.

Era la infancia porque hasta entonces el tiempo tenía un valor cero. Era completamente virtual y quimérico. No suponía gran cosa, y a la vez lo era todo, porque era exclusivamente nuestro. Las agujas del reloj se encontraban detenidas siempre en el mismo lugar. La sombra del tiempo era ignorada y a la vez inexistente en un sencillo y abstracto concepto. No existía el exterior. Nada ni nadie ante el que comparecer y rendir cuentas, por lo que no tenía más interés que el interés de servirnos a nosotros mismos. Aunque no. Aquello no era precisamente así sino, justamente, todo lo contrario; éramos nosotros los advenedizos. Los recién llegados al baile de máscaras.

Walt Disney había fallecido hacía cuatro años para desgracia de todos. Mi padre, el señor Agustín, me había regalado el verano anterior, creo recordar, mi primer disco. Se trataba de Jean Jacques, el niño francés que cantó en Eurovisión “Mama, Mama”, mientras que a mi hermano Pedro le obsequió, por sus buenas notas, con el de “La Mañana”, de Al Bano; y a mi madre, la señora Encarna, con uno de Antonio Machín. Julio Iglesias, ese año, nos representaba en ese mismo festival con “Gwendolyne”. Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, triunfaba por todo el mundo casi diez años ya. El “paso grande para la humanidad” que prometiese Kennedy ocho años antes, se veía cristalizado de la mano de los astronautas, Armstrong, Aldrin y Collins, con la llegada del hombre a la Luna. Finalizaba la guerra de Biafra, aunque a la de Vietnam aún le quedasen cinco trágicos años por delante. Moría de un ataque cardíaco el ex-presidente de Francia Charles De Gaulle.

El álbum “Let it be”, servía como broche final al grupo más carismático del siglo XX, los Beatles. Simon & Garfunkel se situaban en el número uno de las listas de éxitos con su tema, “Cecilia”. Kenny Rogers & The First Edition, por su parte, también lo conseguía en Inglaterra. Barry Ryan, con su acento tan personal y romántico, me cantaba en español “Eloise” y “Love is Love”. Los Pequenikes, mientras tanto, versionaban con su habitual destreza un tema de J.S. Bach, “Aria” y me regalaban el oído con su “El Tiempo Vuela”. Los Kerouacs, levantaban ampollas en honor de Dylan, con su “Isla de Wight”. Lou Christie, me hacía soñar con “She Sold Me Magic”. Jimmy Hendrix moría como consecuencia de una sobredosis de barbitúricos y alcohol.

Y yo, desde mi absoluta torpeza, andaba mis primeras posturas en la guitarra de la mano de mi entrañable amigo Paco Fuster.



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De todas formas, a pesar de los millones de cosas que ocurrían ahí fuera, a pesar de empezar tener cada vez con más frecuencia la desconocida pero inquietante sensación de que el mundo no era precisamente como yo lo había imaginado; a pesar de todo eso, es que dentro, mi mundo interior, mi pequeño mundo, también se venía abajo. Se desmoronaba. Se desvanecía. Simplemente, se quebraba.

Para esas fechas, mi cerebro naufragaba entre el bachillerato, la escuela de arte y mi vocación de cantautor. Sobrevivía a duras penas a las inescrutables traducciones de latín para hundirme, a renglón seguido, en los verbos polirrizos de griego con verdadera angustia y desesperación. Precisamente yo, que hasta ese momento habría jurado sobre la Biblia que el cielo era siempre azul y la gente no moría; que llevar pantalón largo era una novedad inenarrable; que fumarse un “Celtas” en el Huerto de los Membrillos era un verdadero orgasmo; que lo prohibido resultaba seductor y fascinante, y que, en realidad, todo estaba por hacer y no llevaba remiendos en el corazón ni medias suelas en el alma intuí que algo no funcionaba como debía...

Mis diecisiete primaveras me asaltaron un día de abril y me dejaron boquiabierto sin saber qué hacer ni adónde ir. En ese momento comprendí que mi niñez me hacía un corte de mangas y me daba la espalda. Se me desbocó la juventud hacia el acantilado de la confusión y el caos, y comencé a tropezar en todas y cada una de las zancadillas que, cruelmente, me trenzaba la vida.

Huí sin destino de mí mismo como una carta sin remite. Sin rumbo. Sin dirección. Razón, por la cual, no me instalé en aquella pandilla como yo hubiera querido. Mi inquietud, el desamor y la infinita soledad que me abrazaba en aquel tiempo no me permitieron ver con la claridad que me hubiese hecho falta. Era muy joven pero, principalmente, atravesaba unas circunstancias personales que me dejaron claramente expuesto al ataque “in misericorde” de los demás. Y sin darme cuenta, como sucede en estas cosas, me refugié en un amor virulento, convulsivo, desmedido y febril que atacó encarnizadamente mis emociones. Y, naturalmente, me despedazó sin miramientos del mismo modo en que despedazaría cualquier enfermedad: para dejarme mortalmente herido a la sombra oscura e infinita de mi angustia. Sólo la edad fue encargándose, mucho más tarde, de una manera sistemática de desgastar lo que me parecía insalvable para llevarlo a un cierto estado de rutina...



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Me cuento todo esto en una situación colmada de nostalgias en la que se agolpan en mi cerebro los recuerdos. Unos recuerdos intransferibles que me acercan a unos muchachos que, en la Redonda, veían pasar la vida cada tarde, al salir del instituto. Distantes de la angustia, atravesábamos los días sin pensar demasiado en nada. Éramos felices. Los problemas no eran más que palabras extrañas y esotéricas que se asomaban a nuestros labios, aunque en realidad no las usábamos con la debida propiedad.

Como me digo, mis compañeros de juego y tardes en la Redonda a la luz de las farolas y canciones en la guitarra, mis amigos de entonces, habían elegido caminos más fáciles o menos equivocados que yo. En todo caso más convenientes. Volverían a un nuevo curso en el instituto. Pero yo me separaba de ellos; mis sueños corrían con pies de pluma aún. Me marchaba a otra ciudad. Me iba de casa por primera vez. Y aquello, pese a lo que pensaran los demás, a pesar de todo, me afligía de una forma extraordinaria; mucho más de lo que mis amigos y mi familia podían sospechar, aunque nadie parecía darse cuenta.

El problema, mi problema, no calaba en los demás de forma suficiente. Unos me miraban como a un bicho raro y estúpido: opinaban que tan sólo era un perdedor. Un vagabundo y nómada soñador de medio pelo que, a muy corto plazo, iba a estrellarse sin remedio. Un pobre diablo sin solución. Otros, muy pocos, por el contrario, envidaban mi carácter y mi valor: era muy joven, pero invariablemente tenía trazado mi destino: Madrid. Allí, acometería con todas mis ansias el gran proyecto: cantar en televisión y dedicarme en cuerpo y alma a lo que más deseaba; la música —todavía conservo intacto en la mente el fogonazo del impacto que me causó llegar a la gran ciudad con todos mis sueños hilvanados entre las costuras de mi aliento.

Pero ni unos ni otros entendieron jamás la verdadera razón. No supieron interpretar en ningún instante la melancolía y el desamor que existía en mi mirada. La profunda tristeza que invadía y gobernaba mi alma. ¿Dónde estaban mis amigos? ¿Dónde?

…En el fondo, después de tantos años, después de recibir sin piedad las más brutales puñaladas, después de tantas batallas perdidas, para ser sincero al fin, ahora que casi todo me importa una puñetera mierda; ahora, quizá ahora, tendría que decir también, que tampoco les inquietaban tanto mis sentimientos a esa gente que me rodeaba pero a la vez me olvidaba con su infinita indiferencia.

Como una premonición violenta y satánica, como un oráculo infame y demoledor, los vaivenes fueron empujándome hacia un abismo desconocido e irreparable. Fui rebotando de fracaso en fracaso; siempre haciendo aguas. Siempre naufragando estrepitosamente. Razón, por la cual, huí de mí mismo para no llegar a ninguna parte. Únicamente, la pluma y la memoria, fueron testigos a media luz de mis naufragios; unas veces me sirvieron para reprocharme lo necio que había sido. Y otras para no volver a caer en los anzuelos mortíferos que me había tendido la vida. Y en cualquier caso para recordarme que no siempre el pasado fue mejor.



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Aunque en este punto debiera ser justo y advertirme que el motivo con ser importante no me parece suficiente.

Por eso no pretendo esconderme detrás de estas líneas y engañarme a mí mismo. Sigo considerándome un recalcitrante detractor de todo cuanto signifique hacerse mayor. Entre otras cosas, porque hace tiempo que lo soy, y sé de qué color es este paño. Puede que en el fondo no sea más que un acto de cobardía, no me atrevería a discutirlo. Pero es que lo que dejé atrás, aparte de la infancia, fue la inocencia: el cielo azul, los primeros cigarrillos y el descubrimiento de lo prohibido con los ojos redondos del niño que fui. Todo eso, claro está, ahora no supone novedad alguna; vivimos excesivamente hundidos, profusamente sumergidos en la iniquidad y en la autodestrucción. Ese es el precio.

Infatigablemente he pretendido esquivar lo inevitable y evidentemente, ése, el origen por el que me dieron de hostias de todos los tamaños y colores. He de admitir, con cierto rencor y decepción, que estuvo bien como entrenamiento. Los molinos serán siempre molinos por mucho que D. Quijote se empeñe en pensar otra cosa. Lo único que puede suceder es que uno se estrelle contra ellos... Nada más.



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Todo ha sido tan rápido, Dios mío, me digo con frecuencia...  Hoy me siento aquí, amarrado a mis recuerdos con una rara sensación de soledad y hasta la tarde ajada me empuja a la aflicción. Cierro un momento los ojos y dejo de escribir. Tomo un cigarrillo y fumo. El aroma del Pall Mall invade el ambiente y se vuelve gris. Sí, me siento un poco triste, ¿por qué negármelo? Siempre digo que recordar tiene sus inconvenientes; la tristeza se me enreda con facilidad.

Estoy solo en casa. Me apetece tomar una copa. Me levanto al mini bar para servírmela. Sí, me digo, eso haré. Y me encamino al comedor con la sana intención de tomarme un cubata de ron con coca cola y restablecer mi ánimo. De repente algo me paraliza; examino con sumo cuidado la botella de ron como si fuese un explosivo a punto de estallar. ¿Qué me sucede? ¿Qué me pasa…?

Es verdad: es un explosivo a punto de estallar, me digo con precaución. Porque aunque lo disimule él es un auténtico enemigo emboscado.

Es extraño. Oculto. Poliédrico. Camaleónico. Bestial. Infame. Cruel. Despiadado con los hipocondríacos. Aliado de los gilipollas como yo. Comparsa del juego. Cómplice de la bobada. De la farándula. De la estupidez sin fundamento. De la sombra sin recuerdo. De la lágrima inoportuna. Del llanto sin remedio. Del olvido sin fondo, sin final, inútil. De la oscuridad del alma. De los necios metafísicos. De los idiotas que vivimos a contraluz de los sueños. De los poetas rotos. De los escritores que sobrevivimos invadidos por los fantasmas que pueblan el recuerdo. De los seres solos porque solamente éste es nuestro destino: la soledad. La soledad..., porque ella es nuestra musa inalterable, y porque ella misma llena nuestro vaso de soledad.

Es socio de nuestros fracasos. Espectador mudo de nuestras historias de desamor. Biógrafo silente de nuestros naufragios. Compañero de viaje imprevisto y desconocido. Tan absolutamente falso como una moneda de madera. Tan absolutamente disfrazado de amigo como la serpiente del Paraíso. Tan estúpidamente necesario que me da miedo pensarlo cuando me encuentro solo. Cuando estoy solo. Cuando me siento solo.



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Entonces —me digo y le digo con la mirada fija, en silencio—, emboscado, mimetizado, me miras entre las sombras. Me abocas al vértigo. A la autocompasión. Me acechas. Me espías y casi siempre me traicionas. Me observas en el más hondo de los silencios. Esperas a que caiga. A que me encuentre, una vez más, en tu punto de mira hecho pedazos. O por el recuerdo o por el olvido. Para, entonces, recogerme como un trapo o como un fardo. O como el despojo de un perro atropellado en la carretera.

Eres frío. Agazapado, esperas mi caída. Casi siempre me encuentras en el camino hecho una mierda y, entonces, me aplastas sin piedad. Pero sucede que, también a veces, vestido de humo, de luces azules y amarillas, cuando estoy solo y me siento mi propia isla; cuando dibujo mi propia soledad, apareces entre mis brumas como un fantasma y me llamas. Y me atrapas. Te vistes de amigo y me invitas. Después me asesinas sin pudor. Lo sé. Más tarde, cuando todo ha pasado, mis recuerdos y mis miedos continúan; siguen flotando.

Yo sigo estando solo y tengo una enorme resaca. Y tú, tú te has marchado a buscar otro imbécil tan triste como yo...

En décimas de segundo soy capaz de comprender que lo que voy hacer no me conviene, y tras luchar contra mi deseo un tiempo que se me antoja eterno, desando mis pasos hasta el despacho para seguir escribiendo.

He de pensar... Debo pensar en cosas más agradables, como por ejemplo, en Mariona: me parece una excelente opción. ¿Qué será de ella? Hace siglos que no la veo. En realidad, desde el verano del setenta y cinco, cuando su novio regresó de la Academia General del Aire. Pero, ¿cómo será ahora? ¡Qué pregunta!... ¡Dios sabe! ¡Ha pasado tanto tiempo! Seguramente ni la conocería si la viera por la calle. Las personas cambiamos por fuera y por dentro demasiado en muy poco tiempo. Aunque desde luego, lo que realmente me importa ahora de ella, no es ella en sí, sino su eterno recuerdo. El recuerdo de aquella dorada tarde que, como cada tarde, suavemente, iba deshaciendo sus colores.



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Los tonos pálidos y violáceos tomaron el relevo en el más profundo de los silencios. Sin darme cuenta comenzaba a anochecer. Yo, tumbado en mi cama, fumaba. Había una paz casi infinita.

Una aterciopelada brisa inició en las copas más altas de los árboles un suave aleteo de hojas, y de alguna manera, el ambiente igniscente de aquella tarde de septiembre se vio abrogado, o al menos sí suavizado, por el soplo tenue y estimulante del crepúsculo. Siempre había soñado tener una casa como aquélla. Era ideal. Escapada de la ciudad. Evadida de los ruidos y las gentes. Oculta. Disimulada entre grandísimas acacias, pinos centenarios y limoneros. Tan sólo la caricia fresca del ángelus era fiel testigo de la penumbra de mi estancia y la soledad que me acuchillaba el alma. Para mí, recuerdo, aquéllas eran fechas difíciles y extrañas. De sueños ambiguos y confusos; de dioses de barro. De ídolos caídos, de regustos amargos, y de amores inacabados, inolvidables y pretéritos.

El caso es que, súbitamente, una canción se dejó oír en mi viejo equipo de música sumergiendo en notas musicales mi cuarto. Era “Amor de Verano”. La melodía, inmediatamente, pobló de encanto mi habitación. Y, sin poder evitarlo, me dejé llevar de la mano de la melancolía para, a su vez, deshilarme en los brazos amables y dolorosos del recuerdo de Mariona.

Mariona era varios años mayor que yo. Estudiaba Románicas desde hacía varios cursos, mientras yo aún luchaba a brazo partido contra mi aplastante desidia por finalizar el bachillerato. Era una verdadera diosa; rubia como el trigo. Sus ojos, de color caramelo, se paseaban por los míos  sin el menor disimulo; con absoluta desvergüenza. Y su boca, carnosa y sensual, me asediaba en silencio, a cada paso; me di cuenta enseguida. La diferencia entre los dos, era que yo, en aquellos días, no había pasado de la masturbación ni de los desnudos en los libros de arte que tenía en el comedor, el señor Agustín. Y en consecuencia, me sentía más inocente que la misma paloma de la paz.

Mariona, sin embargo, poseía cierta experiencia. Había entre los dos, aparte de esta cuestión, distancias superlativas. Nuestros horizontes eran distintos y distantes. Mi gran error fue, cómo no, enamorarme, mientras ella jugaba conmigo a su antojo; hecho, que supe después. La conocí a través de su hermano Abraham. Estudiábamos —o no— juntos en la misma academia de verano. Casi todas las tardes terminábamos en su casa con cualquier excusa. Charlábamos y tocábamos la guitarra hasta hartarnos. Era el único tiempo libre del que disponíamos al cabo de la jornada.

Corría en volandas el mes de julio, y francamente, creía que era más importante abrir una ventana de colores en mi vida a estudiar los putos verbos polirrizos, los cuales, sabía que nunca llegaría a aprobar. La asignatura de griego se me había atragantado: era un hecho cruel, pero definitivo; con aquel catedrático fascista y orejudo no tenía la menor posibilidad. Mucho menos, después de haberle llamado a voz en grito, en mitad de la clase: “Dictador, imbécil y cretino” cuestión que, por otra parte, no me parecía mentira. Aquello fue, lo reconozco, un desahogo a destiempo que me costó caro. Pero estaba harto. Harto de sus humillaciones. Harto de sus continuas provocaciones y de sus lacerantes ofensas. Valió la pena, por tanto, ese segundo inmortal: verle palidecer de repente, para observarle después cual víscera tumefacta y sanguinolenta, con el careto de tarugo totalmente desencajado y los ojos inyectados en un odio irracional.



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Pero mucho más allá de esa anécdota caricaturesca, quiero recordar, en qué forma la vida me abrió sus pétalos prohibidos mostrándome sin pudor su tercer y gran pecado capital aquella tarde plomiza de verano, donde el temor a lo desconocido personalizó su papel con retorcido desprecio.

Nos encontrábamos solos. Su hermano, discreto y cauto, se dio perfecta cuenta de la tormenta que se avecinaba entre Mariona y yo. Y se marchó con el pretexto de comprar tabaco a un estanco que, casualmente, se encontraba en el otro extremo de la ciudad. Desde el principio, noté la lasciva atracción de su mirada y una insólita electricidad en sus pupilas que fueron, inevitablemente, a posarse en las mías. Mi nerviosismo creció de un modo particular. Sus ojos eran inacabables faros en la noche. Insondables. Abismales. Cálidos y sensuales. Su pelo, suelto y amplio, se derramaba sobre sus hombros redondos en rizos de oro.

Ambos elementos hicieron irrepetible aquel mágico encuentro. Ciertamente, la situación no se hizo esperar. No titubeó. Lentamente, se aproximó al sillón de dos plazas en el que yo me encontraba sentado y posó sobre mis labios un beso largo, profundo e interminable. Su lengua, se enzarzó con la mía, en una danza difícil de expresar.

Automáticamente noté la vertiginosa aceleración de mi pulso en una carrera hacia no sé qué lugar, pero, creo, que también mis sentidos se desbocaron en ese preciso momento. Mi sexo se endureció. Busqué con desconocido instinto sus pechos que, prestos, aparecieron ante mí solemnes y majestuosos al desabrochar su camisa blanca. Espléndidos, saltaron blancos y tersos. Mis dedos inexpertos juguetearon con sus rosados pezones que, como atalayas, se hicieron firmes torres en un cuerpo atrapado por el deseo. Pronto, mi boca, por primera vez abandonó la suya, para lamer sus senos enhiestos. Mientras vibraba en mi acometida, ella, dejó caer sin casualidad su mano en mi sexo que ya se angustiaba dentro del pantalón; iba a reventar.

Inesperadamente se levantó del sofá y frente a mí, en jarras, dejó resbalar una sonrisa amplia, luminosa y perversa. Hizo un breve silencio. Después me susurró:

— ¿Quieres hacer el amor?

Sin esperar una respuesta por mi parte, se levantó la falda y, sin quitársela, se bajó la braguita ofreciéndome su sexo: un sexo húmedo, rubio y rizado. Mariona me lo acercó aún más, más... Poco a poco lo puso en mi boca, y yo hundí sin preámbulos mis labios en él. Me inundé de su calor. De su pasión. De su vida que, entonces, y por un momento, fue sólo mía: exclusivamente mía. Mía, y del segundo eterno e inagotable que paralizó nuestros relojes en el reloj de la vida cuando su cuerpo, sudado y tembloroso, se estremeció bajo el mío aquella cenicienta y mustia tarde de julio.



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Tardes como aquella fueron sucediéndose sin interrupción. Su cuerpo, aparentemente frágil y delicado, se transformaba. Se convertía en un río de lava ardiente sumido en la lujuria incontenible del deseo cada vez que hacíamos el amor. Mariona: ¡La diosa del amor! Tenía mucho que aprender de una mujer así. Aunque, seguramente, era lo más sencillo del mundo; me dejaba hacer. Obedecía sin rechistar como un esclavo fiel. ¡Cuántos enigmas permanecían ocultos hasta entonces! Las paredes de su habitación, los posters de sus cantantes preferidos y su inmensa legión de muñequitas de porcelana, sentadas como espectadores en el anfiteatro de las lejas, fueron impávidos testigos de nuestros deseos sin límite, de nuestras caricias y de nuestros besos.

Las ojeras, el decaimiento y el exceso de cansancio, no tardaron en manifestarse con grandes pancartas sobre mi rostro, disparando la alarma en mis padres. Parecían “pinturas de guerra” —y así era—. Cada día que pasaba aumentaba de una manera desproporcionada y alarmante mi deterioro. Mis ojeras se tornaron violáceas y la señora Encarna llegó a preocuparse realmente ante mi aspecto quebradizo y lamentable. Las vitaminas comenzaron a entrar por docenas en mi estómago, a la vez que, largas e insufribles letanías, llovían sin tregua sobre mis pobres oídos acerca de la enfermedad que, sin duda, provocaba la masturbación.

El señor Agustín, a todo esto, me observaba en silencio. Disimulaba, haciendo como que leía a D. Marcial Lafuente Estefanía. De vez en cuando, eso sí, me miraba de hito en hito por encima de las gafas y fruncía el entrecejo.

La verdad es que Mariona se esforzaba por complacerme. Y el feliz resultado de sus entregas es que iba secándome rápida y sistemáticamente en cada sesión que, en ocasiones, entre juegos, podía durar horas. Pero, y ésta sería la gran pregunta, ¿cómo evitar lo que era imposible evitar? Era superior a mi escasa voluntad. No siempre podía apetecerme su encanto sexual pero es completamente cierto que ella sabía excitarme con sus largas y prolongadas felaciones. ¿Cómo negarme? Resultaba imposible. ¿Cómo evadirlo, cuando desplegaba ante mí desvergonzada y maliciosamente su descomunal y extraordinario trasero? ¿Cómo convencerla de que no me apetecía?, si abierta de piernas musitaba suspirando:

—Cómeme toda.

Fue curiosísimo descubrir en qué forma aprobé finalmente el “griego”, con sobresaliente, sin estudiar una sola declinación.

Pero como cualquier historia, ésta, también llegó a su fin. No pensé ni por un instante que Mariona se cansara precisamente del contubernio que mantenía conmigo, sino más bien que su novio regresaba de la Academia General del Aire con su flamante y recién estrenado uniforme de teniente.

Sin mediar una explicación, ni tan solo una palabra acerca de lo nuestro, me olvidó. ¿Me olvidó? Nunca lo supe. Nunca lo sabré. Qué más daba. Yo no la olvidaría.



20

Algo me trajo de vuelta en ese punto, seguramente la impotencia de no haberla vuelto a ver desde entonces. Probablemente, Mariona, no tardaría en casarse con aquel ingenuo oficial de dos estrellas de seis puntas y dos hermosos cuernos para el que con tanto anhelo reservaba su virginidad...

Definitivamente había anochecido. Fuera, en la calle, se oía la monocorde balada de los grillos. Dentro, Manolo y Ramón, seguían entonando “Amor de Verano” incansablemente.

Ese mismo año había terminado la guerra más larga del siglo; la guerra de Vietnam. Una guerra, que había dejado a 58.000 norteamericanos y a 3.000.000 de vietnamitas, tumbados entre los pantanos. Una guerra que, aún hoy, mantiene a 1.621 soldados americanos como prisioneros de guerra; los llamados, según la jerga del Pentágono: Mias. Nacía el sistema “Microsoft” de la mano de Bill Gates y Paul Allen. Había comenzado otra guerra; esta vez en Líbano. Guerra, que hundiría en la miseria al país. Franco moriría en noviembre.

El grupo Bee Gees, y su hermoso e inigualable “Trafalgar”, destrozaba mi existencia al devolverme a mis recuerdos; me transportaba al pasado, al más doloroso de mis pasados... Pero era como una droga; tampoco yo quería rehusarlo. Y se acercaba, en silencio, con cada hoja que caía del calendario, el inevitable momento de irme de casa por un largo período. Aquel verano era el último que estaría en casa durante varios años. Mi vida iba a cambiar radicalmente. De golpe, y sin excusas, iba a incorporarme al podrido mundo de los adultos.

Y ahora, veintisiete años después de todo aquello; veintisiete años después de abandonar definitivamente el Huerto de los Membrilleros, la Redonda y la Estación de trenes con la lección aprendida y la mochila vacía; con la experiencia que se le supone a una persona de cuarenta y cinco años, vuelvo de nuevo a reconstruir pesadamente el recuerdo con la sensación de que, al final, he olvidado más que aprendido. Y perdido más que ganado. Y de que, tan sólo, puedo rebuscar en el ayer a pedacitos; he de reflexionar milímetro a milímetro. Soy consciente de que han sucedido a mi alrededor mil..., diez mil, un millón de cosas.

Durante esa larga época, Sylvester Stallone, arrasó en las taquillas con su película “Rocky”. La célebre escritora de novelas policíacas, Agatha Christie, nos dejaba. John Travolta, alias Tony Manero, nos levantaba de los asientos y nos ponía a bailar con su “Fiebre de sábado  noche”. Leónidas Breznev, secretario del Partido Comunista, asumía la presidencia del Soviet Supremo. George Lucas y su película “La guerra de las Galaxias”, conseguía uno de los mayores éxitos del cine.



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Elvis, por el contrario, se apagaba a los cuarenta y dos años reforzando así su condición de mito. Y el cáncer, acallaba para siempre la voz del cantautor belga, Jacques Brel, a los cuarenta y nueve años. También, durante ese tiempo, moría la que fuera primera ministra de Israel, Golda Meir. En Guyana, novecientos miembros de la secta apocalíptica “Templo del Pueblo” se suicidarían siguiendo las directrices de su líder, Jim Jones. La madre Teresa de Calcuta —Agnes Gonxha— recibía un premio justo: El Nobel de la Paz, por su abnegada dedicación a los pobres. Marion Michael Morrison, conocido como John Wayne, disparaba por última vez sus pistolas. Sin embargo, otro vaquero, éste de medio pelo, llegaba a la Casa Blanca; Ronald Reagan.

El psicópata, Mark Chapman, daba muerte a John Lennon desvaneciéndose de esta forma las esperanzas de miles de “fans” que aguardaban el regreso del mítico grupo británico. El Papa, recibía en la plaza de San Pedro, tres disparos del agresor extremista Ali Agca, dejando al Pontífice gravemente herido. Katherine Hepburn conseguía a los setenta y tres años, un nuevo Oscar por su interpretación en la película “El estanque dorado”. Y la empresa IBM lanzaba al mercado su primer ordenador personal, el PC.

Con cuarenta y dos millones de copias distribuidas en todo el mundo, “Thriller” fue el LP más vendido de la historia y el mejor álbum del descafeinado Michael Jackson. Y por primera vez en la historia, se implantaba un corazón artificial en un ser humano. Aunque fallecía en Los Ángeles uno de los actores más emblemáticos del cine norteamericano, Henry Fonda y Elena Dmitrovnie Diakonova, Gala, esposa y musa del genial Salvador Dalí. También, en ese período, fallecía en accidente de tráfico la ex actriz y princesa de Mónaco, Grace Kelly. E.T., arrasaba en las pantallas, Italia ganaba el Campeonato Mundial de Fútbol y Argentina provocaba al Gobierno Británico, invadiendo las islas de las Malvinas.

Yuri Andropov sucedía a Leónidas Breznev al frente del Partido Comunista soviético y era nombrado jefe de Estado. Gabriel García Márquez recibía el premio Nobel de Literatura. Indira Gandhi era asesinada en Nueva Delhi. Y se conseguía aislar el virus de inmunodeficiencia humana HIV, SIDA, identificado tres años antes; lo que no impidió que al año siguiente, el actor norteamericano Rock Hudson, falleciera como consecuencia de esta misma enfermedad. Mijail Gorbachov revolucionaba la URSS basándose en sus dos principios: La “perestroika” o reestructuración y la “glasnost” o apertura. Orson Welles, el “enfant terrible” de Hollywood, fallecía víctima de un ataque al corazón. Las imágenes de la niña Omayra Sánchez, ahogada en el barro a pesar de los esfuerzos por rescatarla, darían la vuelta al mundo. Tras setenta y tres años aparecían los primeros restos del “Titanic”.



22

La literatura universal perdía al escritor argentino Jorge Luis Borges, y Olof Palme, defensor de las libertades, caía asesinado. Reagan asumía la responsabilidad del caso “Irangate” reconociendo su implicación en la venta de armas a Irán. Fred Astaire fallecía a los ochenta y ocho años. Bush ocupaba la Casa Blanca, y la publicación de “Versos satánicos” pasarían a la historia como una de las más polémicas de todos los tiempos. Escrito por Salman Rushdie, autor inglés de origen hindú, el libro satirizaría al Corán lo que provocaría la inmediata reacción de los integristas islámicos. En Irán, el ayatolá Jomeini condenaría a muerte al autor poniendo precio a su cabeza. Al año siguiente, Jomeini fallecería, y también, para desgracia de todos los que amamos su arte, el genial e incomparable Salvador Dalí; máximo exponente del surrealismo pictórico.

El actor californiano Kevin Costner inyectaba un poco de aire fresco al tradicional “western” americano “Bailando con lobos”. Se terminaba la era de Augusto Pinochet, y Nelson Mandela recuperaba su libertad. Ava Gardner moría a los sesenta y ocho años en Londres. Octavio paz obtenía el premio Nobel de Literatura. El SIDA se cobraba la vida de Freddie Mercury, y “Magic” Johnson, se retiraba del baloncesto por la misma causa. Clinton vencía a George Bush en las elecciones presidenciales de E.E.U.U. El Primer Ministro británico John Major anunciaba en rueda de prensa la separación de los príncipes de Gales, y Mike Tyson era condenado a seis años de prisión por la violación de una menor. Federico Fellini había muerto, y el accidente nuclear de Siberia sembraría la alerta mundial ante el temor de un nuevo “Chernobil”.

De la mano de Steven Spielberg, aparecían los primeros dinosaurios reportando un éxito cinematográfico sin precedentes, aunque el aplauso de la crítica se lo llevaría “La lista de Schindler”. Rusia invadía Chechenia, y en Sarajevo, Milosevic mientras tanto, continuaba su particular y sanguinaria campaña de limpieza étnica ante la mirada impasible de las fuerzas internacionales. La antigua URSS y E.E.U.U., se darían la mano en el espacio a través del transbordador espacial americano “Atlantis” y la estación orbital soviética “Mir”, a más de veinticinco mil kilómetros por hora. Y Tom Hansks, y su “Forrest Gump”, conseguían seis estatuillas.

El hallazgo de Atapuerca confirmaría que el europeo más antiguo conocido hasta el momento habitó en la meseta norte española, y que lo hizo mucho antes de lo pensado: 750.000 años. Hasta entonces, las muestras encontradas sólo permitían remitirse hasta 500.000 años. Dichos sondeos convertían a Atapuerca en la fuente arqueológica básica para conocer el pasado del continente.

Kasparov derrotaba en el campeonato mundial de ajedrez a la computadora “Deep Blue”, un potente ordenador diseñado por IBM con una capacidad para calcular más de doscientos millones de movimientos por segundo. Moría el ex presidente de la República francesa, Mitterrand, y nacía bajo la tutela de la compañía “Disney” el primer largometraje animado por ordenador, “Toy Story”. El coche en el que viajaba “Lady Di” y su acompañante, el millonario egipcio Dodi Al Fayed, se estrellaba en el Pont de A´lma, de París. Fallecía Deng Xiaoping. Y en Florida, el diseñador italiano Gianni Versace, era asesinado.

También moría a los ochenta y siete años, la madre Teresa de Calcuta, siendo elegida la hermana Nirmala para continuar su misión humanitaria. Poco después moría la Voz: Frank Sinatra. Saramago era galardonado con el Nobel de Literatura, y el caso “Lewinsky” tambaleaba con fuerza la Casa Blanca.



23

Y vuelvo a repetirme, por enésima vez; “ha sido todo tan rápido”. En un abrir y cerrar de ojos me marchaba de casa por primera vez. Mientras tanto todo al alrededor iba sucediendo con la fuerza de un ciclón; a veces me enteraba, a veces, no.

Para mí todo era acelerado y fugaz. El tiempo ya no era el mismo; su valor cero, súbitamente, abría los ojos de aguja y emborronaba mi cielo azul de septiembre; empezaba a cronometrarme.

La Estación de trenes, el Huerto y la Redonda, iban difuminándose con extraña urgencia entre los renglones de mis poemas y la distancia. Desde mi posición, me hallaba desatinadamente agobiado en el principio de esa carrera que se llama vida. Yo solo iba a enfrentarme al mundo con una mochila repleta de sueños por realizar. Todo estaba por hacer, me repetía. La vida me esperaba para recibirme con los brazos abiertos. Lo que entonces no podía imaginarme, ni por asomo, es que la vida me recibía para envolverme, pero también, cómo no, para atraparme en un abrazo mortal. Y es que, la vida, a todos, desde el principio, nos sitúa en un fatal tablero de ajedrez y nos empuja, a partir de ahí, a batirnos diariamente —como putos peones—, a muerte, para no llegar a ningún lugar. Como mucho, y es mucho decir, hasta la otra parte del tablero; esto es, llegar a cierta edad hechos un verdadero asco. Llenos de complicaciones de salud y toda suerte de achaques.

Pero antes, mucho antes de acercarnos a esa patética situación en la que indefectiblemente estamos en los brazos de los demás hasta para limpiarnos el culo, o, para algo tan prosaico como es el hecho de sacarnos la chorra y mear —si es que no llevamos a esas alturas una sonda—, hemos de atravesar un largo, tortuoso y maquiavélico periplo. Hemos de crear nuestra propia guerra hacia los demás para sobrevivir en esta puñetera y jodida jungla de asfalto; ser los mejores. Los más rápidos. Saltar continuamente, sin desfallecer, vallas y reválidas a costa de lo que sea y de quien sea. Incluso pisando. Hemos de trazarnos líneas rectas y derribar en ese acto, sin el menor asomo de duda, todo lo que se interponga en nuestro objetivo. Sin piedad, como en la guerra: matar o morir. Así de cierto. Así de triste.

Por eso, y por cien mil razones más que pudieran acudirme a la cabeza, no me apetece ser mayor. Aunque, creo, que eso ya no tiene remedio. Hay gente que depende de mí, y eso —también, como a todos—, es lo que diariamente me empuja a seguir saltando forzosamente mis propias vallas aunque llegue agonizante o no llegue. Y obviamente, desde esa amarga perspectiva, casi todo puede suceder; desde que ésta —la vida— pueda putearme impunemente y quitarme la libertad, pasando por el terrible acto de humillarme sin consideración, hasta ponerme a renglón seguido en la amarga tesitura de tener que matar o morir. Pero, eso sí: lo que nunca, nunca podrá arrebatarme es mi mundo interior. Ése, es sólo mío.

Aún me queda en la piel y en el alma esa rebeldía y de hecho, creo, que esa es la única razón por lo que me tiro, las horas muertas delante de mi imaginación, pegado al ordenador; sigo siendo, a pesar de todo, el niño que siempre fui, o que nunca dejé de ser... En el fondo nada ha cambiado. Aun habiendo pasado tantos años. Aunque haya cambiado tanto que costaría reconocerlo. Aunque lleve gafas y comiencen a dibujárseme las canas. Aunque los achaques me den sus primeros avisos. Aunque me haya atiborrado de problemas y tantos como en su mayor parte innecesarios, y casi siempre estúpidos. Problemas, que ahora, me ocupan la mente de un modo voraz. Que me bloquean. Que no me permiten disfrutar. Que me hacen pasar las noches en blanco y ver con desolación, cómo avanzan las agujas en el reloj sin poder pegar un ojo. Las mismas que, precisamente antes, estuvieran detenidas en un rincón de la infancia.

Problemas, que despiadadamente me atenazan la garganta y me impiden respirar. No pasa nada, me digo con ironía, tampoco es para tanto. Tan solo tengo lo que quería. ¿No es lo que deseaba? Pues eso. Y a continuación, pienso: jódete.



24

El hecho de que todos, o casi todos, vivimos atrapados en un mundo de locura; aprisionados por un exceso inhumano de obligaciones y falta de sensibilidad, no lo digo yo; no soy ningún iluminado: es la puñetera verdad. Es un completo axioma cargado de argumentos tan sólidos como contundentes. En muy pocas ocasiones —cada vez menos; ya no nos queda tiempo ni para eso—, nos detenemos unos minutos para mirarnos y ver con cierta agonía, que esta carrera infernal que es vivir, nos lleva de un modo tan irracional como violento a gastar la vida en el presente, y si se quiere, en el futuro.

Aun así, continúo revelándome, y por mi parte, puedo y quiero caer una y mil veces en la frecuencia del tema, en la añoranza suspendida de la infancia y en el Pegaso blanco. En las desgastadas palabras de nostalgia y en la vieja milonga. En El Pretérito Pluscuamperfecto que supuso mi niñez y en la Estación de trenes que había junto a mi casa.

Y pese a que la realidad se antepone con fuerza a mis deseos de huir hacia lo que obviamente se aleja de mi existencia; por suerte, mis hijos, desde su pequeña presencia, me devuelven a empujones a lo que muchos de nosotros hemos olvidado.

Dicen las malas lenguas que Walt Disney era un perfecto déspota; un tirano y un cabrón. Yo sinceramente opino que el hombre que fue capaz de crear tanta belleza se desvía aunque no lo pretenda de la imagen que le han querido colgar las lenguas viperinas. Todos somos de alguna manera, alguna vez, un poco —o un mucho— así. Y además, para colmo de miserias, no somos genios. Así que, “Nunc et Semper” Walt. Gracias por hacerme soñar todavía junto a mis hijos. Ese es precisamente mi desafío a pesar de que me suponga un atrevido forcejeo mental. Ese es mi objetivo y mi reto. Mi reto, y el muro casi infranqueable cuando trato de colarme, sin ir más lejos, en el mundo de Peter Pan; debo realizar un terrible esfuerzo. Debo desplegar una faraónica voluntad de concentración. Si bien, por otro lado, esto me indica una incógnita relativamente sencilla de interpretar; he extraviado el elemento indispensable: la inocencia.

La vida, galopa al alrededor con la virulencia de un vendaval. Y me siento triste al pensar que todo sucede con demasiada prisa para nada. Todo supone una exhalación estúpida y sin mucho sentido. Casi todos los que hemos conseguido atravesar la invisible línea de la infancia para llegar con más o menos suerte hasta donde nos encontramos, hemos olvidado lo importante que ha sido ser y sentirse niño; que escrito de esta forma puede no decir gran cosa. Pero que, sin embargo, a mí personalmente, me exige recordar que las tardes tenían otro color. Había olor de azahar en los huertos y los tonos eran tan vivos y excitantes que explotaban en chorros de luz en los calurosos días de verano. También noches de estío. Bóvedas infinitas salpicadas de estrellas que me hacían guiños azules para avisarme que, con cada paso que daba en el huerto donde solía jugar, iba, inevitablemente, perdiendo la niñez.



25

Me queda tu recuerdo, Peter. Tu incalculable recuerdo. Por eso, ahora, cada vez que vuelvo a ver con mis hijos tu película, colmada de símbolos y señales, abro mi mente de par en par como si de una ventana se tratase. Y me esfuerzo hasta mis propios límites para regresar contigo, sin querer evitarlo, a ese fantástico mundo de colores y sueños. Y vibro con los destellos de la noche mientras recortas tu felina figura en el tejado de la casa de Wendy. Me atrapa el vértigo cuando sobrevuelo el Támesis, el Puente de Londres y la inmensa ciudad que duerme en los lánguidos brazos de la neblina.

Y surcamos el cielo, todos juntos; tú, Wendy, Juan, el pequeño Miguel, su osito, mi niñez y yo. Todos juntos en un vuelo de gaviotas. Atravesando y desafiando el tiempo que nos acecha desalmado. Despiadado. Cruel e implacable. Agazapado, espera el momento de vestirnos de responsabilidad y cargarnos con la pesada mochila del deber. Aunque el instante, único e irrepetible de poder fugarse en un sueño al País de Nunca Jamás, vale la pena: es puro y singular.

Y tiemblo de emoción al alcanzar el alba en un tiempo que no existe. Un tiempo irreal que paraliza las agujas del reloj en tanto llegamos a nuestro destino; la segunda estrella a la derecha. Ahí está. Ya la veo. Mi cuerpo ingrávido se burla de la suave brisa que me acaricia. Soy mi propia fantasía. Enseguida me lleno del valor del aprendiz para pelear con Garfio, en una guerra de broma que no acabará mientras dure la niebla de la inocencia. Con un Garfio que nunca pudo perdonar a Peter, no por cortarle la mano, sino porque, desde entonces, aquel inmenso cocodrilo no desea comer otra cosa que no sea el Capitán. Y danzar con los indios al compás del fuego en una noche brillante que se ilumina mágica bajo un cielo vigilado por sus dos amarillentas lunas. Y vivir para siempre con los Niños Perdidos en su Árbol del Ahorcado.

Aun así. Aun siendo tan malos todos los piratas y todos los indios de la tribu, y muchos más que llegaran después, no tendrían nada que hacer aquí, en esta absurda realidad; aquí, entre tanto político de medio pelo. Entre tanta gente enferma de odio; de un odio irracional y sin término. Entre asesinos que disparan a bocajarro, a un palmo de sus víctimas, sin ofrecerles la oportunidad de pedir perdón por nada. Entre tanta mala gente que dispone de un modo tan gratuito de la vida de los niños, de los hombres y las mujeres. De los ancianos, del destino y la suerte de los pobres currantes...

A ti te evoco, Peter. Para ti escribo.

También para mí; no lo olvides nunca, te lo ruego. No olvides lo que eres y lo que representas. El día que crezcas y te hagas mayor, muchos niños que hoy te miran con los ojos abiertos y redondos, perderán su punto de referencia y vivirán de un modo estúpido en su estúpida realidad. Y cómo no, tendrán comportamientos estúpidos que los harán completamente estúpidos. Tan estúpidos y solemnes, como a todos los que hemos olvidado que debes seguir viviendo en cada uno de nosotros, los adultos, aunque sólo sea en el corazón.



José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2001





 

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