jueves, 28 de octubre de 2010

DESTELLOS INVOLUNTARIOS DE LA MEMORIA [Textos Escogidos]



La mayor parte del tiempo que estuve destinado en Portbou viví solo prácticamente. Mi ex mujer, entonces mi mujer, pasaba largas temporadas en Figueras. Era un personaje demasiado simple y vulgar como para hablar mi mismo lenguaje. Proveníamos, además, de universos incompatibles. Así que, sin proponérnoslo pero sin evitarlo, tácitamente vivíamos en mundos desiguales y antagonistas.

Ella vivía sempiternamente volcada en su mortífera y enfermiza simpleza narcisista. Yo, mientras, naufragaba en mis poemas y en mis rotundos fracasos, evocando con más fuerza que nunca un viejo amor que continuaba instalado en mi vida como un cáncer. Viendo, impotente, cómo mis anhelos se hacían pedazos: cómo, simplemente, se destrozaban uno tras otro contra el insalvable muro de mi repugnante realidad.

La muerte de mi hijo Israel sólo contribuyó a encender aún más la llama del error cometido. Así que, cuando no ejercía mi profesión, deambulaba sin rumbo fijo por el pueblo como un auténtico gilipollas. Mi solitaria casa y mi vida, entretanto, se vestían de sombras cada vez más oscuras. Y en cada paso que daba se hacía más insoportable mi propia llegada. Porque la soledad de mi vida, no se encontraba únicamente en las paredes de mi casa a oscuras, sino entre las ocres y confusas paredes de mi mente. Al final, todo contribuía definitivamente; mi vida, era la ruina de un sueño construido sobre la soledad, la tristeza y el suicidio…

La angustia me acorralaba en todas las direcciones. Mis sentidos y mis sentimientos se habían trastornado, se habían cortocircuitado y no me respondían. Me urgía huir de aquella angustiosa situación como fuese, pero no sabía cómo hacerlo. Me sentía como un niño; asustado y perdido. Por esa razón precisaba salir solo a pasear, para escapar de la angustia que me producían las personas. Quería, necesitaba, a toda costa la soledad. Únicamente aquella vieja y polvorienta luna era fiel testigo e impasible espectador de las zozobras que azotaban mi corazón.

Fue, entonces, cuando decidí liberarme como fuera preciso del enorme error. Era consciente de la absoluta gravedad del asunto, no me engañaba. Aquello había sido una tremenda y brutal equivocación; volvía de nuevo a equivocarme, sólo que, en esta tragedia, me encontraba solo y angustiado frente a un destino turbio, implacable e incierto. Estaba dispuesto a pagar por ello y sabía bien de qué manera. Existían, únicamente, dos o tres salidas. La primera y más dura era escapar. Y la tuve muy en cuenta, demasiado. Otra, era continuar; seguir arrastrando mi angustia miserable. Y la tercera, que fue por la que opté, consistía en ir directamente a la prisión militar tres años.

Lo medité largamente y me preparé; tendría tres años por delante para aprender acerca de los desatinos de mi pasado. Después de intentar comer algo, lo primero que hice fue irme a una librería: compré una docena de libros, bolígrafos negros y tres grandes libretas rojas, que todavía conservo. A lo largo de la noche fui titulándolos: “Mis Gaviotas”, “Hojas de Otoño” y “Soledades y Otros Silencios”.

Ya estaba preparado. Ya estaba dispuesto a viajar al interior de mi mundo. Ya no necesitaba nada más. 

Era demasiado trivial el mundo exterior. Demasiado mediocre y estúpido. Necesitaba mi mundo interior. De no tenerlo, no sería Israel.
                                
                                        


José Hernández Meseguer