sábado, 30 de octubre de 2010

HERIDO DE DESAMOR Y MUERTE [Textos Escogidos]



Aquella noche había bebido mucho. Mucho más de lo que aguantaba.
Mucho más de lo debido pero no me importaba porque ya, en realidad, nada me importaba.
Estaba celebrando, a mi manera, la muerte de mi hijo Israel.
También, cómo no, la muerte irrevocable del niño que una vez había sido.
También la del poeta y escritor que me atormentaban
y perseguían como una sombra.

Estaba celebrando mi propio hundimiento.
El hundimiento de una vida inútil, estéril y sin dirección.
Celebraba la agonía del desamor. La decepción.
La angustia del amor inconcluso. El fracaso permanente.
Los proyectos agotados.
Y lo celebraba ante un Dios impío y cruel que me odiaba y me olvidaba.

Salí del bar, por la parte de atrás,
a un oscuro y laberíntico callejón con las esperanzas rotas.
Miré calle abajo: amanecía.
El sol, como yo, se desangraba por los cuatro costados.
También, como yo, estaba herido de desamor y muerte.

                                                                       
                                                                                         


José Hernández Meseguer

RECUERDOS... [Textos Escogidos]



El silencio, el inmenso y doloroso silencio de la tarde,
se hizo hueco a empujones en mi pobre
y desolada alma que andaba perdida y huérfana.
Naufragaba a la deriva sin poder
ni querer evitarlo, en un embravecido mar
de espinosos e hirientes recuerdos: entre mis brumas.

Entre brumas que jamás he llegado a superar por completo.
Recuerdos que, todavía hoy, de cuando en cuando,
me asaltan y tratan de colarse con absoluto descaro
e irreverencia en mi vida.
Recuerdos que, aún hoy, retallan sin previo aviso.

Recuerdos de ayer.
Recuerdos de siempre.
Recuerdos para siempre.
Recuerdos indelebles.
Recuerdos que morirán conmigo.

Recuerdos que, alguna vez,
me han arrastrado sin piedad al foso más oscuro y cavernoso de la mente.
Recuerdos que, entonces,
más que nunca, me condujeron al siniestro y profundo abismo
de la soledad y la hipocondría…

En silencio vi caer la tarde y su inmensidad.
El llanto de la lluvia en el cristal ofreció un poco de calma
a mi dolor aunque no a mi eterna tristeza;
sus lágrimas descuartizaron la poca voluntad
que me quedaba para aferrarme al presente.
Y todo, en un nostálgico y mágico ritual,
me transportó automáticamente
a lugares y días cenicientos de mi infancia y adolescencia;
a casa de Ángel, al huerto, a la Redonda
y a tantos y tantos lugares que ya ni recuerdo.
Aunque, lo que sí supe con rotunda certeza,
era lo lejos que me encontraba de todo aquello.
   
                                       
                                               


José Hernández Meseguer


EL PASADO [Textos Escogidos]



Con frecuencia recurro a mi pasado;
me refugio en él como si fuera un suave impermeable
que pretendiese protegerme del presente.
El pasado, mi pasado, es la capacidad que tiene mi memoria
para hacerme sobrevivir en este presente
que me asedia y me angustia.
El pasado, como siempre,
me lleva de la mano
y me hace sentir completamente vivo.

El pasado, son las tardes de verano en el trastero, en casa de mis abuelos.
El pasado, tiene el sabor de las noches estrelladas
y del olor a azahar
que se desprendía de los huertos.
Tiene el aroma inconfundible de los días azules
que ardían bajo el cielo de septiembre,
mientras el sol abrasaba los membrilleros.

El pasado me atrapa y me invita.
El pasado, me devuelve a mi vieja y querida
Estación de trenes y a su inmensa legión de máquinas
abandonadas en las vías muertas.
El pasado, desde el pasado, me susurra canciones olvidadas al oído.
Y me deja recuerdos que almaceno, de uno en uno, en el ígneo desván de mi cerebro.

Me acerca al color de caramelo
y al olor a barniz de mi primera guitarra.
Me sumerge en la melancolía de mi primera canción.
En la pasión de mis primeros dibujos.
El pasado envía excitantes, desdibujados y pornográficos fotogramas a mi mente.
Y me ahoga en la lágrima cálida y amarga de mi primer poema.
También me aplasta, inflexible, bajo el peso del estúpido y cruel recuerdo de mi primer amor.

El pasado… Esa intensa y aromática sensación.
El pasado, ese mismo que, a veces, me zarandea de aquí para allá, sin permiso.
Aunque no importa. No me enfado. Ni me apeno.
Ya no. Ya es tarde. Ahora incluso lo agradezco.
Me gusta recordar. Es importante recordar.

Sin embargo,
en ocasiones, aun cuando no quisiera regresar
hasta aquí, aun cuando quisiera seguir siendo un niño más en el País de Nunca Jamás,
una extraña sensación me aleja.
Y, aunque me aferre con todas mis fuerzas al niño que fui y no quisiera regresar,
de repente, una mano invisible me arranca y me convierte en adulto.
                                               
                              


José Hernández Meseguer

ERA LA INFANCIA... [Textos Escogidos]



La tarde, en aquel huerto,
caía como por encanto sin darnos cuenta.
Como un soplo único y bendito.
Pero, a la vez, nos ofrecía en silencio
una tranquilizadora y reconfortante brisa.
Los colores intensos, luminosos y metálicos,
iban difuminándose lentamente en el cañar.
El sol, aparecía quebrado y herido
entre sus lanzas, mientras sus cilindros
amarillos agonizaban violáceos.
Después, se dormían despacio
y todo quedaba atrapado por el silencio,
al intermitente canto de los grillos
y el croar de las ranas.

El espontáneo y opaco chapoteo de los anfibios
en la acequia era la llamada.
Era la contraseña. Era la señal. Era el relevo.
La tarde azul y candente caía finalmente en los amables brazos
de la noche, que mágica, se poblaba
de luminosas e inquietas lucecitas.
Era el momento. Era el suspiro intenso
y vivificante de la noche. Era el tiempo
del olor a Azahar y a Galán de Noche.
Era el instante irrepetible.
Era la extraña comunión del silencio conmigo.
Era la infancia...                                                      




José Hernández Meseguer


ELLA JAMÁS ESTUVO AHÍ... [Textos Escogidos]



No podía evitarlo, la sensación de angustia era muy superior a su fuerza de voluntad.
Día tras día, se notaba languidecer sin poder oponer resistencia.
La vida, en un momento, perdía su color y su sentido. Ya no quería vivir.
Nada le importaba lo más mínimo; aquella minúscula mujer arrasaba su existencia
mientras, él, petrificado, se sentía incapaz de sobreponerse.
Jamás pudo ni quiso perdonarla.

Fue abandonándose en direcciones equivocadas
para volver siempre al mismo lugar: a su fracaso. A su recuerdo.
Un recuerdo, que nunca logró arrancar por completo de su mente.
Los años pasaron de forma inquietante,
vacíos, estúpidos y llenos de despropósitos.
A cambio, irónicamente,
se dedicó a evocar en sus versos
y sus poemas a la persona que más daño le había hecho.
En raras ocasiones logró dejar de mirar hacia atrás, lo que, obviamente,
no le permitió construir una vida serena...

Aunque, quizá, todo fuese una mentira desde el principio.
Una amarga mentira.
Quizá todo fuese producto de la soledad de su imaginación.
Quizá nunca tuvo diecisiete años.
Quizá nunca se enamoró de ella.
Quizá, ella, jamás estuvo ahí...
                                                                                        
                                                                       


José Hernández Meseguer

SUEÑOS de CEMENTO [Textos Escogidos]



Cuando llegó por primera vez a la gran ciudad, enseguida, un interminable cúmulo de sensaciones se apoderaron de él. Venía de un lugar muy distinto, apacible y tranquilo; así que algo, de un modo inmediato, pareció atenazar su garganta hasta que vomitó.

Huía sin saber hacia adónde, aunque sabía muy bien por qué. Y esa misma razón le impulsaba a escapar. Necesitaba huir. Entonces le fue absolutamente necesario. Necesitaba fugarse con todas las fuerzas de sus recuerdos. Unos recuerdos que continuamente le torturaban y le impedían ver las cosas con la suficiente objetividad. Recuerdos de imágenes y cosas que había vivido mil veces, y que, como una pesada resaca, rebotaban en su cabeza una y otra vez, sin piedad. Unos recuerdos que, con extraña violencia, crepitaban sin cesar en el interior de su mente. No pensó nunca, en ningún instante, que en aquella inmensa ciudad iba a encontrarse tan perdido y abandonado pero ocurrió; una feroz angustia recorrió su alma y le destrozó. Empezaba a vivir. Empezaba a pagar, una a una, todas sus facturas pendientes. Era mayor.

Perdido. Completamente perdido y desorientado recorrió hasta el anochecer, calles y avenidas con el macuto a la espalda en busca de una pensión. Todo era por entero distinto a cómo lo había imaginado. La inquietud, a partir de ese momento, creció entre las sombras que proyectaban los enormes edificios y al mismo tiempo notó cómo los sueños se desvanecían en una inevitable y profunda melancolía. Todo pareció cruel y desalmado. Tremendamente injusto e irracional.

¿Qué hacía allí? La confusión ocupaba por completo su cerebro. ¿Tan grande era su desesperación que no le permitió mirar hacia los dos lados? ¿Valía la pena aquel suicidio…?

Tenía solamente dos o tres respuestas que darse. Pero, en aquel momento, ninguna de ellas servía de nada. Únicamente para situarle frente a su angustiosa realidad. Únicamente para situarle, de manera precisa, frente a la silla eléctrica de su tristeza y desesperación en la desconocida e inacabable ciudad que moría con él aquella lacia y mustia tarde de principios de octubre de 1975.

Aprendió a vivir lentamente, con esfuerzo, con torpeza; jamás entendió bien ni le importó lo que le rodeaba. Vivió con la gente, lejos de ella. Aprendió a odiar en la convulsión que suponía el día a día. Y el recelo y la desconfianza se alojaron en su vida como sistema de seguridad. Vivía en una ciudad imprevista, llena de trampas, y tuvo que aprender; no le quedaban opciones. No había demasiado sitio para el lamento. La ciudad le devoraba. El tiempo se le consumía entre los dedos y sentía sus sueños rotos sobre el asfalto. Eran, solamente, sueños de cemento.

Los anhelos, las frustraciones y sus huidas, se mezclaban entre sí desordenadamente. Cada vez resultaba más difícil distinguir unas sensaciones de otras. Al final, desde el caos absoluto y fatal que le invadía, todos los intentos iban derrumbándose hasta llegar al desgastado bloc cuadriculado para convertirse en poemas que le sangraban por los cuatro costados. Vivía perdido en la gran ciudad. Vivía perdido en su mundo. Perdido y confuso. Era un náufrago en la gran urbe. Un náufrago que vivía atado a unos sueños de cemento que inevitablemente le arrastraban al fondo de océano.




José Hernández Meseguer


UN LUGAR DONDE NO MUERAN LOS SUEÑOS [Textos Escogidos]


                                                                                                   
                                                                                                        Al eterno recuerdo de Mihanna.


Lázaro Clermont salió de comisaria con la urgente intención de regresar a la pensión. Necesitaba descansar aunque sólo fuese una hora. Los pies le dolían como nunca. La noche, al final, se había cruzado con el día desapareciendo y la ciudad, como cada amanecer, recobraba nuevamente el pulso; un pulso convulso y esquizofrénico lleno de ruidos, gritos y golpes.

—Señor —indicó el conserje—, han traído un sobre para usted.

Clermont enarcó las cejas con gesto de incredulidad y sorpresa. Nadie, prácticamente, sabía que se encontraba de nuevo en la ciudad. Miró al conserje. Luego al sobre que éste le ofrecía. Era un sobre de tamaño B4, de color naranja, acolchado. Desconfió. Lo examinó por ambos lados, con cuidado, sin abrirlo, ni apretarlo.

—   ¿Quién le ha dado esto? ¿Cómo era?
—   No sabría decirle… —encogió los hombros poniendo cara de idiota—. Sólo sé, que era negro, muy negro. Y muy alto. No me ha dicho su nombre y aunque me lo hubiera dicho, probablemente, no me acordaría; estos tíos tienen unos nombres que son la hostia...

En el sobre, únicamente, aparecían dos iniciales escritas con rotulador grueso: M.U.

Subió a la habitación. La carta permanecía cerrada. La dejó encima de la mesa. No quiso abrirla de manera inmediata. Un sobre cerrado es muy llamativo y casi nadie puede superar la tentación de no abrirlo sin darse tiempo a pensar. Sin embargo, él, se movía en circuitos de alto riesgo en los que no podía permitirse determinados deslices. Podía resultarle cara una rápida e irreflexiva conducta. Trató de recordar si había hablado con alguien acerca de dónde iba a hospedarse aquellos próximos días. Es posible que sí. A la misma policía sin ir más lejos; a ellos les había facilitado la dirección de dónde se hospedaría. Además, por otro lado, tenía concertada la habitación semanas antes de llegar. Y, efectivamente, era muy posible que lo hubiera dicho en alguna conversación. Desde hacía muchos años, ya de estudiante, paraba por costumbre en aquel lugar.

No quiso acelerarse. Pulsó el interruptor de la lámpara de la mesilla de noche; ésta, brilló potente y molesta. Y aunque el sobre era acolchado intentó averiguar si en el interior podía haber otra cosa que no fuera papel. Y sí, existía una minúscula pieza que podía ser metálica. Por lo demás, no parecía que hubiese ningún mecanismo, cables, ni nada por el estilo. Aunque nada, absolutamente, nada podía descartarse. Esa posible pieza podía ser, sin ir más lejos, la trampa. Debía ser prudente.

Sin prisas, con pulso firme, fue abriendo lentamente el sobre. Cuando tuvo acceso al interior, comprobó el contenido. Había una llave con un número y una hoja de papel. En él unas líneas. La carta llevaba una fecha muy anterior, de ocho meses antes.



Mi amor:

Sólo unas líneas para despedirme de ti. La vida y el tiempo se me escapan entre los dedos sin poder evitarlo. Estoy muy enferma, los médicos no me dan más que unas semanas de vida.

Quiero decirte, que para cuando tú hayas recibido la que será mi última carta es muy probable que haya fallecido. Pero no, no quiero que sufras. No vale la pena. Tú has continuado la vida sin mí y me alegro. Yo, en cambio, no pude aceptarla sin ti… qué se le va hacer. Todos estos años se han sucedido lentos, al abrigo de una estúpida esperanza que jamás llegó. Tú conseguiste olvidar mis sueños, pero yo he vivido en el olvido por realizar los tuyos.

Aquí tienes la única llave: es la llave de un lugar elegido. Cuando lo encuentres sabrás, sin dudas, de qué hablo. Es “Un lugar donde nunca mueren los sueños”. ¿Te acuerdas?   

Te quiere, hasta la eternidad, no lo olvides nunca,
Mihanna Urkabonga Daoçao.



A medida que la mirada fue incorporándose al documento, los ojos de Lázaro no pudieron reprimir por más tiempo unas imprevistas lágrimas que, ávidas, se deslizaron aprisa por su rostro. La densidad, pronto, emborronó su visión y las letras danzaron confusas delante de él. De súbito, el mundo acabó por desplomarse frente a él; sintió en su corazón un tremendo apretón. La soledad del cuarto le había atenazado. Se quedó en silencio, mirando hacia ninguna parte; confundido y aturdido. En ese instante podía haber entrado su peor pesadilla por la puerta, silbando, y seguramente, éste, le hubiese puesto el cuello sin pensarlo. Todo, en un segundo, parecía haber perdido por un efecto de magia, su incuestionable valor.

Se tumbó en la cama. Volvió a leer la carta cinco o seis veces más. Despacio. Adentrándose en cada palabra, en cada frase, en cada recuerdo. Cómo no iba a acordarse de Mihanna. Y cómo, al mismo tiempo, había conseguido olvidarla de aquella desalmada forma.

Durante un tiempo, corto pero intenso, un verano escasamente, había ocupado cada esquina de su vida, cada rincón y cada hueco de su alma con violencia. Eran muy jóvenes cuando se conocieron, quizá demasiado. Pero esa circunstancia no impidió que el amor se abriese paso entre ellos y se implantara con enorme fuerza en sus corazones. Aunque, como suele suceder, al fuego incontrolado de la pasión, cada uno de ellos, le llamara con el paso del tiempo de una manera distinta.

A la vez que el verano ardía entre las calles de la ciudad con furia, Mihanna y Lázaro, se conocían en la biblioteca municipal. Era una auténtica lindeza: era la negrita más hermosa y encantadora que había visto nunca. Detrás de aquella extraña y reservada delicadeza, quedaban clavados en el recuerdo, para siempre, sus ojos. Eran destellos en la noche oscura. Sus ojos glaucos y rabiosamente verdes eran como los cedros del Líbano; de insultante y venenosa belleza. Y de una mirada tan inquietante y profunda como las aguas de un estanque. Desde el principio, sin poder evitarlo, se sintió atrapado por ellos.

También, desde el principio, fueron soñando demasiado aprisa, tal vez. Eran jóvenes y sus almas corrían despreocupadas y veloces sin remiendos todavía irreparables. La vida les esperaba en cada esquina. Les tendía los brazos para recibirlos. Unos brazos, fuertes seguros y amables. Todo estaba por realizar. Todo estaba por construir. Y los dos caminaban hacia ella sin premura.

La palabra “mañana” existía tan sólo porque se hallaba incluida en el diccionario. Pero en sí, aquel adverbio de tiempo se les escapaba; no les preocupaba, no les afectaba. Era lo normal. Sólo tenía un valor virtual y un tanto esotérico. El presente era lo realmente importante. Lo realmente intenso. Lo único. Y lo cierto, es que desde el fondo de su inexperiencia estaban completamente acertados. Porque el ayer es pasado y, en consecuencia, inevitable. Y porque el mañana es del todo incierto. De tal suerte, que cada palabra que se escribe, como cada segundo que se sucede, va perdiéndose; unas, para quedarse atrapadas en el resto de las otras palabras escritas, los otros para hundirse en el fondo de las horas que se convierten posteriormente en días y años.

Uno puede intentar, si quiere, escribir otra palabra que sea físicamente igual, textualmente igual y que signifique exactamente lo mismo pero aquella que uno ha escrito queda para siempre atrapada aunque se suprima. Los segundos, de igual manera, se nos cuelan. Nos atraviesan la vida como diminutos alfileres, sólo en apariencia indoloros.

Lo que pensamos, lo que vivimos, lo que decimos, todo va convirtiéndose a partir de ese momento en pasado. Un pasado siempre irrecuperable.

Lo único que jamás se detiene es el tiempo. Para nada. Para nadie. Bajo ningún concepto. Con ningún pretexto.

Desde esa aplastante y voraz conclusión, desde el hecho inevitable que nos advierte que el pasado no existe y el futuro tampoco, ya que cuando nos llega no es futuro, porque está aquí, y es presente, y en realidad tampoco es cierto, porque automáticamente se transforma en pasado, sólo nos queda para vivir el presente. Siempre el presente. Pero no en el sentido de tiempo verbal, estricto y codificado. Sino en el hecho único y exclusivo que marca con extraordinaria intensidad las emociones del “momento a momento”, que son las que no han de regresar. Todo ello, pesar de que en muchas ocasiones nos parezcan iguales.

Es necesario y vital. Es preciso intensificar con pasión el destello de cada instante porque es irrepetible. Porque es el mismo que se diluye entre el segundo que se aproxima y el que ahora mismo acaba de pasar mientras escribo esta parrafada. El mismo que, insobornablemente, nos envía sin posibilidad de retorno continuamente al pasado. Y en ese complicado perímetro, los tres tiempos de nuevo, a su vez, quedan inevitablemente ligados.

Mihanna y Lázaro, a su manera, lo sabían bien y vivían cada día como si fuera el último —recordaba Clermont— tumbado en la cama. ¿Qué había pasado, entonces? ¿Cómo había podido olvidar con tanta facilidad la primera vez que hizo el amor y lo que eso representaba? ¿Cómo? ¿Por qué? —quiso recordar—. ¿En tan adulto y en tan absurdo se había convertido que no conseguía reconstruir con nitidez aquel amor? ¿Cuál era aquel lugar del que Mihanna le hablaba? ¿Cuál era aquel lugar “donde nunca mueren los sueños”? ¿Cómo había podido olvidar su nombre?

—…Un momento —trató de esforzarse—; todo parece que hubiese ocurrido hace un millón de años… ¿Qué me ha estado ocurriendo? La agobiante realidad y los problemas me han estado asediando de tal manera que he ido olvidando mis propios sueños. Es —se reprochó— como si nunca los hubiese tenido. Parece que, como Peter Pan, yo también hubiese perdido mi sombra. Eso, desde luego, es lo peor que puede ocurrirle a una persona; que pierda sus sueños. Es como perderlo todo. Sin sueños, uno queda sin timón, sin rumbo, a la deriva, permanente e inevitablemente abocado a la tristeza. Seguramente es lo que ella, en su carta, trataba de decirme; quizá, ese lugar, no exista más que en la imaginación de cada uno y mientras ésta se mantiene viva, mientras continúa latiendo, también sigue existiendo ese maravilloso lugar donde los sueños nunca mueren —reflexionó.

Lázaro volvió a leer la carta una vez más. Pero, ¿y la llave? ¿Qué secreto escondía la llave?

Tenía que hacer memoria, Mihanna le enviaba un último mensaje. Tenía que recordar lo que había vivido, si quería llegar a comprender el enigma. En cierto modo, estaba obligándole a no olvidar lo que ella había sentido por él; estaba exigiéndole que evocara, una vez más, el pasado. Mihanna había muerto en dos sentidos, únicamente si así él lo deseaba: una por enfermedad, sí. Pero también por la cruel agonía del olvido; por la devastadora melancolía que ocasiona cualquier amor inconcluso. Y desde el más allá, desde el recuerdo, le reclamaba, al menos, su atención. “Pero yo he vivido por realizar los tuyos” —volvió a leer con cierta angustia.

Fue entonces cuando comenzó a recordar la tarde en la pensión... ¿Cómo era posible haber olvidado aquello?

De un salto, invocó de repente, la inmensa hermosura de su desnudez; cuando ella, sin avisarle, se despojó de sus ropas para convertirse en una diosa que, desnuda, emergía de la incandescente penumbra del cuarto. La sublime belleza de su cuerpo, el intenso y brillante ébano de su piel. Su vientre perfecto, inmaculado. Sus pechos firmes, ardientes. Era una magnifica y excelsa diosa que, silenciosa, se mostraba ante un atolondrado muchacho que, confuso, abría los ojos sin dar apenas crédito al espectáculo. El rubor trepó por su semblante sin poder contenerlo. Ella cogió sus manos. Se las acercó a los pechos. El corazón del chico saltaba dentro de él, taquicárdico.

—No te preocupes, amor. Tranquilízate. ¿Nunca has hecho el amor?

Él no respondió. No pudo. Negó con la cabeza.

—No importa. Yo tampoco. Pero no tenemos prisa.

Lentamente fue desnudándole y besándole. Una prenda, después otra, hasta que los dos quedaron completamente desnudos. Poco a poco fueron fundiéndose en un abrazo cada vez más intenso, hasta que hicieron el amor.

¿Cómo había podido olvidar aquella primera vez? ¿Y su mágico encuentro? Nadie debiera olvidar su primera vez. Exhaustos y sudados se dejaron caer en la cama. La tarde, mustia y pálida, mientras tanto, se colaba agonizante entre los visillos de la ventana de la habitación enviándoles un último beso de halos anaranjados. Tumbados boca arriba, rieron. Eran felices.

— ¿Con qué sueñas cuando sueñas, “Cler”? —abrevió dulcemente.
— Sueño, con muchas cosas, como todos, supongo… —respondió sin apartar la vista del techo.
— ¿Cómo qué? Quiero saber todo de ti —dijo ella.
— A veces, sueño con mi infancia. Aún me veo jugando por estas calles. Me gusta recordar lo que he sido, me siento bien así.
—  ¿Fuiste feliz?
—  La felicidad es una palabra excesivamente complicada... no lo sé con exactitud. Supongo, que no todo lo que quería en aquel momento. Cuando no se sabe, siempre se quiere más. Aunque la infancia, aun así, ofrece por defecto un maravilloso rincón donde casi todo es realizable. Yo, entonces —echó una ojeada a sus recuerdos— era tan crío que no me daba cuenta de esas cosas, pero en casa, la sombra de los problemas económicos aleteaba continuamente. Mi padre deshizo sus pulmones año tras año, en silencio, en la fundición, mientras yo jugaba a la trompa y a los cromos. Consumió su vida como una vela, entre toberas de fuel, improvisando milagros para acabar la semana. Éramos muchos hermanos y hasta el último segundo, el pobre, estuvo escupiendo óxidos. Crecí con la solemne promesa de morir de cualquier otra forma menos de ésa. Se lo debo. Es demasiado triste morir con la sensación de que tu vida ha sido una puta mierda. Mi padre murió así.
— ¿Hace mucho que murió?
—Sí, algunos años. Once.
—Lo siento —murmuró.
—No importa. Ya no tiene importancia. A lo mejor ninguna. Por fin ha descansado de la puerca existencia que le tocó vivir. Fueron muchos, cuarenta y tantos años, hecho un cabrón intentando dar de comer a siete críos y una mujer. Cuarenta y tantos años dejándose, cada día, hasta el último centímetro de piel en el empeño. Cuarenta y tantos años llevando a casa hasta la última peseta que ganaba sin darse un respiro; acorralado continuamente por una vida miserable e infame... Y todo para acabar enfermo y podrido en un rincón a los cincuenta y pocos. Una auténtica tragedia. Una mierda.
—Eres joven pero, sin embargo, hablas como si hubieses vivido mucho. Eso me gusta —dijo con satisfacción.
—La falta de pan y los calzones remendados enseñan mucha filosofía callejera —dijo esbozando una leve sonrisa. Enseñan de todo. Bueno, casi de todo... En algunos aspectos he sido virgen hasta hace diez minutos.

Los dos se miraron, sonrieron y se besaron.

¿Y qué más te ha enseñado la vida?
— A saber, al menos, lo que no quiero hacer. Deseo trazarme algo que de verdad me apetezca y luchar hasta la muerte por conseguir mi objetivo —indicó con seguridad—. Posiblemente lejos de aquí. La ciudad me agobia demasiado. Es como una camisa nueva, incómoda y rigurosa. Es claustrofóbica. 
— ¿Y qué es lo que te gustaría hacer?
—Ahora mismo, no lo sé. Quizá algo relacionado con los animales; veterinaria, por ejemplo. No lo sé, quizás zoología. Los animales me gustan mucho. Creo que tenemos mucho que aprender de sus comportamientos.

Mihanna le miró en silencio y sonrió. Después le preguntó:

— ¿Te gustaría tener un lugar dónde no muriesen tus sueños, no?
—   Eso es, exactamente, lo que deseo —señaló Lázaro—. Un lugar donde jamás mueran mis sueños.

Con esa última evocación aún burbujeando sobre en su mente, Clermont, dio un repentino salto de la cama. Sintió escalofríos. Volvió, por enésima vez, a leer la carta. También acababa de recordar con precisión lo que Mihanna le dijo: “un lugar donde no muriesen los sueños”. Sí y, además, efectivamente, lo había leído…

Sólo que ahora, como un fogonazo de luz, sabía con exactitud cómo y por qué había nacido aquella frase, puesto que, “aquella primera vez” fue determinante para ambos. Lo que sucedía es que, el recuerdo, subyacía miserablemente aplastado por los años y la monotonía de su vida. No, no se trata simplemente de una frase elegida al azar, esto debe tener otro sentido —se dijo—. “Pero yo he vivido por realizar los tuyos” —leyó—. Pensó un minuto más en silencio.

Ahora estaba completamente seguro. Mihanna no se refería a los sueños únicamente, sino a un lugar concreto “dónde poder soñar”, dijo mirando fijamente la llave.




José Hernández Meseguer