lunes, 1 de noviembre de 2010

LA ESTRECHA SOMBRA DE LA PARABELLUM [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]


Amanecía en la ciudad.

El sol comenzaba a romper la oscuridad definitivamente. Se abría paso entre las tinieblas que cedían a una extraña claridad apagada. La calima se instaló en la megalópolis con un manto amarillo, sutil y turbio. La mañana tenía una rara sensación de angustia. Presagiaba ineludiblemente la muerte. Los trenes, procedentes de las provincias, llegaban afónicos y exhaustos, despidiendo, bajo las ruedas, un insoportable olor a gasóleo y aceite requemado. Hacía frío. Mucho frío. En su agonía, aquellas máquinas, silbaban de un modo estremecedor; entraban en la Estación sin aliento apenas. Casi moribundas. Al detenerse en el andén desplegaban virulentas alas de humo blanco y denso que reflejaban su profunda fatiga. Un agotamiento sólo comparable a la soledad de un poeta.
Mientras esto ocurría, la ciudad aún dormida, caminaba temblorosa en las sombras; el Metro se desperezaba lentamente llevando a hombros sus primeros pasajeros. El autobús, el “Nocturno” finalizaba su pesada ruta. El Mercado de Abastos comenzaba a latir de nuevo; los camiones habían descargado sus mercancías en Legazpi. Y el resto, en definitiva, pertenecía al horario de la mañana. Se iniciaba el día; un día como los demás, pero manchado de sangre. Un día que se presentaba sucio y opaco.
Un día, en el que sabía con absoluta certeza, que tenía una obligación inexcusable y debía asistir. Me habían dicho: “Tal día, a tal hora, tienes que estar. Es tu misión, lo sabes”.
Así, acostumbrado como estaba a presenciar a tanta desgracia, no me quedó más remedio. Y  allí estaba yo: esperando. Más helado que la misma muerte. Parecía, sin embargo un transeúnte más, aunque no era exactamente eso: el abrigo largo, hasta los pies, negro. La bufanda oscura, mi extraña figura, sólo para quien se hubiese detenido a mirarme; perilla cana, sombrero de ala ancha, mirada vacía, rostro afilado... Sé que nadie me dedicó un vistazo, parecía no existir. La gente tropezó conmigo y me esquivó ignorándome. Se perdían corriendo, doblando las esquinas; arrinconando sus miserias y sus miedos, haciendo un paréntesis en sus traumas y sus temores cotidianos. “Negándose los sueños, se mezclan unos y otros con el tiempo justo de olvidarse, en ese mismo instante” —pensé.
Pero todos en su vibrante ir y venir equivocaban, sin saberlo, su patética existencia. Porque yo estaba allí en una cita ineludible que en cualquier momento podía tocarle a cualquiera de ellos. Aunque en esta ocasión iba a recoger los trozos de sueños de un hombre porque, otro, estaba dispuesto a despedazarlos de la forma más miserable.
Aún era temprano y observé a la gente que, como digo, fluía en una hemorragia incontenible por calles y avenidas. Un inmenso hormiguero humano se extendía por la ciudad sin orden aparente. Y es que, pese a todo, me repetía incansablemente, aquello seguía siendo confuso para mí; no lograba acostumbrarme a tales acciones a pesar de estar tremendamente habituado a efectuar desastres entre la multitud. A mí siempre se me requería para este tipo de asuntos: lo mío era el trabajo sucio. Lo que nadie quería. No vestía de negro por capricho: era mi color. Era el color de la desesperanza, del final de trayecto. De cualquier trayecto.
Súbitamente apareció, le reconocí enseguida, aquella mirada me tenía dibujada en los ojos; tenía el espeso color de la muerte. Una enfermiza languidez en el rostro le delató: estaba manchado de odio. Gangrenado hasta la médula. Daba miedo. Recordé, entonces, sin poder evitarlo, todos los monstruos que llevo tan injustamente en mi mochila. A cuestas. Sin remedio. Sin sentido. Sin solución.
Se encendió un cigarrillo y miró nerviosamente a ambos lados de la acera: estaba descompuesto. Trató inútilmente de mantener la tranquilidad. No obstante, nadie pareció darse cuenta. Nadie, excepto yo, que le estudiaba los gestos. A cierta distancia le miré vislumbrando el día preciso y la hora en que también me tocaría ir a por él, no me dio pena. Su odio y su ansiedad incontenibles, eran verdaderas erupciones en su pobre y acabado corazón. No sentí piedad, sino asco. Sabía, porque es mi oficio, lo que venía a hacer. O mejor dicho, a deshacer: una vida. Era lo de menos.
Desde donde me encontraba situado no podía decir ni hacer nada, tampoco debía impedir su acción: sólo podía esperar. Existía un reloj incontrolable y desbocado que iba a determinar sin nadie saberlo —exclusivamente yo—, el límite de la vida de un hombre. Yo, como el espectador de un cuadro, iba a asistir en primera fila a la ejecución de un ciudadano. Mi deber era simple; recoger, metafóricamente hablando, los pedazos de cerebro cuando se desparramasen sobre el gélido asfalto, porque, en definitiva, yo no era un invitado cualquiera, sino precisamente “El no Invitado”. Pero el que, al final, inevitablemente, tiene que asistir a actos de esta catadura o de otras parecidas y dar fe de que están más muertos que la hostia.
Y así de rápido, aquel individuo de inquietante mirada, situó mentalmente a su víctima en el punto de mira. No terminó el Pall Mall; a medio lo tiró con cierta rabia. Lo estrujó en el suelo con la parte anterior del zapato sin mirar lo que hacía. Sin quitar la vista de su objetivo. Tenía los ojos inyectados en sangre. Probablemente, la noche anterior, los rescoldos de lo que fue su conciencia se acercaron a su alma y le tocaron la puerta. Eso debió joderle un disparate; él no deseaba albergar esa emoción. Huyó de sí mismo y deambuló por la ciudad perdido, tratando de convencerse que el cometido que iba a realizar era el adecuado. Que era la guerra, y las guerras son así. Recordó, secuencialmente, aquellos años de estudiante y los continuos enfrentamientos con la policía. Lo mal que lo pasó, su ideología política, y los años de rebelión y cárcel en su tierra natal antes de incorporarse a un grupo organizado... No quedaban tan atrás, aunque en ese instante los recordase muy lejanos. Tal vez confusos.
De pronto se angustió, la memoria es una extraña maquinaria; a veces funciona de un modo descarado e incoherente, pero afortunadamente también como la caja de un mago: con doble fondo. Porque, enseguida, un resorte de alarma infalible se puso en marcha; de modo automático, se recriminó sus segundos de flojedad y tolerancia, y siguió caminando en silencio hasta el primer bar que se encontró abierto. Entró y se tomó mil. Quiso deshacerse a toda prisa de las sombras de la mente; de aquel lastre que, sin pretenderlo, le pesaba como una capa mojada. El caso, sin embargo, no dejaba de ser curioso, porque cuantos más cubatas se zampaba más se le pegaba la capa.
Esa historia, la de matar a un tío, justificó mentalmente, no constituía ninguna novedad; tampoco era la primera vez. Había habido otras veces, él no era ningún aprendiz. Por otra parte era su trabajo; es como el que va a soldar o como el que conduce un autobús, un trabajo como otro cualquiera. Seguramente con menos desempleo y mejor pagado, nada más. De esta forma, y en la soledad de su monólogo, tomó tanto alcohol como pudo hasta que llegó el momento en que lo tuvo muy claro.
Las incómodas y parpadeantes luces azules del tugurio, le transportaron un segundo hasta el callejón en el que se refugió la primera vez que asesinó a una persona. Los destellos, le devolvieron a empujones a la calleja del barrio viejo de Pamplona. La policía le buscaba. Aun así, él, aunque un tanto asustado, sintió en su interior la fortaleza, la mesiánica satisfacción del deber cumplido. Apreció cierta taquicardia, sí, pero estaba al tanto por sus compañeros veteranos que esa sensación antes o después acabaría calmándose; era sólo cuestión de tiempo. Tiempo y experiencia. “Su acto sería importante”, eso era lo importante.
A partir de ese momento su hazaña quedaría registrada para siempre en todos los medios hablados y escritos. Lo de menos era aquel cabrón de guardia civil que estaba tumbado en el suelo con las tripas, las piernas y la cara hechas una mierda, repartidas en la acera, veinte metros a la redonda. Sabía que con el paso del tiempo dejaría de temblarle la mano y la conciencia. Terminaría por acostumbrándose al oficio. “Estas cosas llegarán a causarme indolencia. Llegarán a ser como callos en el culo de un mono”, se dijo. Y rumiando esto último asintió aplacando sus adentros. Apuró hasta el final el ron con coca cola y se despidió con un lacónico gesto.
A trompicones llegó a su habitación, debía descansar. Debía estar preparado para el día siguiente. No pensó demasiado, aunque le costó mucho conciliar el sueño. Había bebido a propósito, pero nada; dio ochenta vueltas en la cama. Finalmente se durmió. De madrugada, mucho antes de que sonara el despertador, se encontraba preparado para la jornada. Revisó por enésima vez su arma y los planes que le garantizaban la huida. Existían otras tres personas, estratégicamente situadas pendientes de la acción del verdugo, para sacarlo con velocidad extrema de la situación; la rapidez era determinante para el éxito de la operación, en cualquier caso.
Si bien, ésta, era especialmente sencilla: sólo se trataba de asestar dos putos disparos por la espalda en la nuca; a lo sumo tres, para rematarlo. No habría prácticamente y, salvo graves errores, capacidad de respuesta por parte de nadie; la gente, se quedaría pasmada o se tiraría al suelo acojonada. Aun así, era conveniente tener todos los detalles bajo control: pura rutina, aseveró con la seguridad de un profesional.
Naturalmente, yo, por mis largos siglos de experiencia, tenía la completa convicción de que los hechos y sus pajas mentales habían andado por ese camino con solo mirarle a la cara. Es mi trabajo.
Durante unos segundos le vi vacilar. Buscaba, sin lugar a dudas, el momento adecuado. Con cierto disimulo se tocó por encima de la cazadora lo que evidentemente era su “herramienta de trabajo”; su parabellum, recuerdo póstumo de un trabajo anterior. A partir de ese instante todo sucedió vertiginosamente.
Desde donde se encontraba, en la puerta de la pensión, aprovechó una salida en tromba de la gente del Metro para unirse a ellos, como uno más. Mientras tanto, al mismo paso de la gente que todavía caminaba adormilada, introdujo de una manera mecánica su mano en la pelliza. No parpadeó. Quitó el seguro y tiró del percutor hacia atrás, hasta la segunda posición. Se le acercó y se apostó prácticamente a sus espaldas.
Entretanto, un hombre como cualquier otro, de mediana edad pero con uniforme de militar, trataba inútilmente de calentarse al abrigo de sus propias bocanadas de vaho, exhaladas como una cortina de humo sobre sus manos. Ausente y desprevenido esperaba el momento de ser recogido por el coche oficial. Y como si de un mazazo se tratase, como un rayo devastador y vehemente, aquel individuo de mirada hueca y deshabitada, descerrajó como un mandato diabólico dos disparos sobre la cabeza del hombre, inundando, inmediatamente, de sangre y sesos, el pavimento.
Trozos de cráneo, fragmentos y esquirlas ensangrentadas, saltaron enloquecidas en todas las direcciones. Éste, cayó sobre su eje en el acto; como si alguien hubiese cortado de repente los hilos que le mantenían en pie. Quedó tendido en el suelo como una marioneta rota, mientras la vida se le escapaba a chorros por la nuca y la frente.
El pistolero lo tenía todo matemáticamente calculado. En fracciones de segundos un vehículo pasaba a toda hostia y lo recogía. Acto seguido, el automóvil se perdía como un suspiro en la vorágine de la gran ciudad chillando ruedas. Ambulancias. Coches de policía. Histerismo colectivo. Gritos. Llantos. Todo a la vez… pero todo tarde. Todo inútil. Un hombre moría entre espasmos, sin dar tiempo.
Yo estaba allí. Estaba allí porque siempre estoy donde hay dolor. Recogí, entonces del suelo, sin prisa, mientras la gente comenzaba a arremolinarse, sus anhelos, sus ansias, sus esperanzas, sus deseos, sus zozobras y sus inquietudes, que en el asfalto habían quedado rotas; destrozadas en mil pedazos.
Es mi trabajo. Es mi misión. Soy inalterable. Inamovible. Impasible. Soy El Ladrón de los Sueños. El Segador del Mañana. El Cronista del Ocaso. Soy el Dibujante de la Vida al Atardecer. El Ángel de la Muerte. Soy… El Espectador del Crepúsculo.




José Hdez. Meseguer


MORIR EN PRIMAVERA [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



Abril florecía tímidamente en las esquinas de aquel pueblecito pescador. Sin prisa. El paseo se vestía, un día más, de colores y la luz robaba soledad a las calles que se torcían, hasta lograr esconderse de la burlona claridad. Si bien, ésta, lentamente, extendía su mano luminosa a todos y cada uno de los rincones. Los árboles se engalanaban mostrando a la primavera sus verdes intensos y las flores se abrían sin pudor para exhibir con vehemencia y descaro sus aromas y matices. Eso fue precisamente lo que le hizo recordar, otra vez, que hubo un tiempo que se había quedado atrás, enredado en la turbulencia y la neblina del desamor; aquellos olores y tonos le encaramaban al recuerdo sin apenas pretenderlo. Había sufrido lo suficiente y estaba harto, pero no lo podía evitar. El recuerdo le asediaba. Le llevaba y le traía como si de un muñeco de trapo se tratara. Se encontraba a merced de las sombras de la memoria que jugaban con él a su entero capricho.

Le zarandeaban primero y le arrojaban después como una colilla; le escupían al presente, que era lo que más odiaba, y le dejaban en un rincón hasta la próxima vez. Hasta el próximo ataque de soledad. Hasta el próximo ataque de desamor. Hasta el próximo ataque de recuerdos. Hasta el próximo ataque de locura por un amor imposible que le convertía irrevocablemente en el más desgraciado de los mortales. Por todo eso, aquella primavera le era infinitamente dolorosa y entraba en su piel como un huracán; como una afilada cuchilla abriéndole cada una de las heridas. Lo cierto, es que a esas alturas no había conseguido superar la situación; se sentía acorralado y, además, ya no quería luchar más. Quería poner punto final a su desdichada aventura.

También, por ese motivo, yo estaba allí observándole desde un rincón de la pequeña habitación en silencio toda la tarde. Para ser el testigo de cómo un ser humano, derrotado y abatido hasta la ruina, escribía los últimos renglones de su existencia al considerarse incapaz de sobrevivir con ese bestial zarpazo en el corazón. El despreocupado e infantil jugueteo de los gorriones en los aleros le paseó por última vez, en el día que definitivamente se rompía, al momento en que la conoció años antes.

Quise recordar con él…


2
Corría la misma estación, abril, y él se abría paso a la vida con la fuerza de un torbellino, aunque en casa, la vida, no le iba bien. La excesiva autoridad de su padre y sus frustraciones personales establecieron entre ambos un abismo insalvable. Puede que, como todos los chicos a su edad, no tuviese las cosas claras, ni por supuesto demasiado diáfano el camino a seguir, pero de todas formas la mejor opción no era las palizas que recibía casi a diario de una manera tan cruenta. De forma, que el chico tenía claro que su situación no iba a continuar así por mucho tiempo y andaba entre la realidad y la ficción fabricándose un buen pretexto para desaparecer. Todo era cuestión de tiempo. Estaba a punto de cumplir los dieciocho y no aguantaría a partir de ese momento, un minuto más.

Como todos los solitarios, él, también tenía un Diario y le gustaba escribir. Era su refugio. Su talismán. Su único refugio. Su único amigo. Cada noche, sin tregua, se asía a él como el marino en un naufragio. Buscando a toda costa, desesperadamente, su tabla de salvación. En silencio, pero con la vehemencia suficiente por manchar la pureza de aquellas inmaculadas páginas. Con urgencia, con la inevitable necesidad de expresar la zozobra que le atenazaba. Era plenamente consciente de su falta de formación como escritor pero, en realidad, en aquel tiempo, eso no le preocupaba; el mañana carecía de valor. Aquella palabra le sonaba del todo extraña; era simplemente un complicado y lejano adverbio. No se planteaba el futuro de un modo inmediato. No escribía para nadie y sus palabras tampoco tenían destino. Sólo tenían la sagrada misión de rebotar dentro de él como en un árbol hueco, para oírlas y sentirse vivo; eran cartas y mensajes lanzados al viento. Escribía exclusivamente para él. Aquellas páginas sólo debían constituir la fuga inmediata y diaria a una situación que simplemente no aceptaba.

La musa de la inspiración no era otra que la angustia incontrolable de vivir en total desacuerdo con el paisaje que le rodeaba. Era su rebeldía personal. No necesitaba más. Intentaba, sin pasión, soportar la aplastante desidia del bachillerato. Y lógicamente, entre ascos, lo hacía a trancas y barrancas; era un estudiante mediocre sin apenas posibilidades. No porque fuese un idiota, sino más bien porque se encontraba sitiado entre su imaginación y la férrea disciplina de la realidad: su padre. Estaba harto de aguantar sus palizas inundadas de odio, sus traumas, sus complejos, sus frustraciones, sus fracasos y su iracundo e insoportable carácter. Y desde aquel turbio ángulo de resentimiento, por cierto recíproco, éste tampoco dudaba en qué fórmula aplicar para joderle y devolverle de algún modo las hostias que recibía, contraatacando, con o sin razón, donde más le dolía a su progenitor; siendo precisamente un “bala perdida”. Un mediocre y gris muchacho ante sus ojos: un perfecto fracasado.

Supuse, que el hecho de verse continuamente sumergido en la estúpida pero fatal guerra que se había establecido entre ambos, hizo que, por su propio pie, llegase un inevitable punto de inflexión ante el cual tuvo que tomar decisiones que en otra circunstancia posiblemente no se hubiese planteado. La cuestión estaba clara: aquella historia paterna le hastiaba ya lo suficiente cómo para seguir soportándola, por lo que comenzó a meditar en serio la única salida posible: escapar. Bien a través de su imaginación, como venía haciendo, bien estando lejos de casa. La diminuta y peregrina idea fue, en los meses siguientes, adquiriendo el volumen y el espacio necesarios hasta que se fijó en su mente como un imán. Lo tenía, creía, suficientemente estudiado: se iría del hogar y se lanzaría al abismo de lo desconocido. Empezaría una nueva vida en otro lugar, lejos de todo, y de todos. No miraría atrás. Se marcharía sereno sin temblarle la decisión ni la mano. A riesgo de cualquier cosa.


3
Esa tarde iba no sabía adónde, salió a la calle sin rumbo fijo. Su única intención era la de escapar del mundo de nuevo. Dudó durante unos instantes antes de decidirse a encaminarse en la dirección en la que finalmente lo hizo. Paralelamente el destino también tejía su red aquella primavera.

Lo cierto es que tropezó con sus ojos.

Ella le observaba mientras simulaba leer. Él, por su parte, andaba demasiado sumido en su laberinto personal como para fijarse en nada ni nadie. Pero, súbitamente, coincidieron en las miradas. De repente, se hizo la luz. Y en realidad, ahí empezó todo; tal y como comenzaría una extraña y maravillosa combustión espontánea. Poco después, comenzaron a charlar sin propósito y fueron conociéndose mejor. Al finalizar la tarde, acordaron en verse al día siguiente... y al otro. Y el otro, les llevó sin demasiadas excusas ni esfuerzos, al de más allá. Al final de la semana, el joven, como por encantamiento, se sentía amable pero también inevitablemente atrapado. Y sin saber cómo ni de qué manera acabó enamorándose. La muchacha, simplemente, se había colado de puntillas en la soledad de su vida. Por primera vez, en mucho tiempo, alguien le escuchaba cuando hablaba y eso le hacía sentirse bien. Es más: muy bien. La chica le idealizaba, y claro, él que mientras tanto se debatía sin ninguna suerte en su vida interior, se agarró a ese amor como la única esperanza de ser útil para alguien. Porque, también por primera vez, no era ridiculizado ni pisoteado. Se sentía seguro.

Los profundos e insondables ojos negros de la chica invadían e iluminaban de sobra todo el universo del joven, que se notaba subir el amor en la piel como una fiebre incontenible. La pasión iba conquistando terreno a la vez que se enredaba en todos los balcones de su juventud. El amor y la ilusión estaban ganando la partida; en muy pocos días se juraban un amor inquebrantable e indisoluble. Y juntos comenzaron a elevarse sobre el mundo, edificando un castillo de fantasía sólo habitable para los locos y los enfermos de amor. Y morirían juntos por amor como Romeo y Julieta, si era necesario.

Nada ni nadie los podría separar.

Su amor era tan grande que no tenía definiciones, barreras o límites. Espacio o tiempo. Era intemporal. Lo abarcaba todo. Estaba por encima de cualquier cosa. Los minutos se sucedieron demasiado rápidos para ellos, que ausentes de la realidad y el mundo, dibujaron su amor en las páginas más tiernas y blancas de su corta existencia. Aquella fiebre, alejada por supuesto de la frontera de la razón, cabalgó desbocada hasta perderse en abismos impenetrables… Sin embargo, la edad equivocaba su verdad; el tiempo les traicionaba. Afilaba las zarpas del desamor en la oscuridad. Apenas se conocieron una semana y un día triste y gris les sorprendió la despedida.

Con el corazón deshecho y las lágrimas invadiéndoles los ojos, se hicieron la promesa y el juramento de que salvaguardarían aquel amor por encima de advenedizos hasta reencontrarse para no volver a separarse nunca. La tragedia de la despedida sumió al muchacho, días más tarde, pero de forma rápida e inevitable en una situación sin retorno; fue perdiendo la poca autoestima que le quedaba y solitariamente fue recorriendo el largo camino de la hipocondría hasta llegar un páramo de infinita soledad del que no se puede regresar. Viajó hasta el castillo de la melancolía para encerrarse y no querer nada del mundo exterior que no fuese su alejado amor. No fue perdiendo amigos, no. Los fue rechazando o abandonando deliberadamente. No quería verlos. Huyó de ellos sin dar explicaciones. Necesitaba estar solo. Siempre solo. Y la luz del recuerdo de la muchacha se convirtió en su sombra y en una compañera perpetua.

Paulatinamente la flor de la juventud fue mustiándose. Su tremenda desazón y angustia sólo se veían aquietadas al reconstruir las escenas que había protagonizado con su princesa en el país de ensueño y magia; aunque, muy poco a poco y sin una explicación aparente, éstas, iban deshaciéndose también de un modo mágico entre sus dedos. Los días se petrificaban en el camino; pasaban despacio: como verdaderas torturas. Hundido en la gruta del desaliento, deseaba desesperadamente que llegase la noche para pensar en ella sin que nada ni nadie se interpusiese en su camino hacia la evocación. Recorría casi a diario y de un modo mecánico los lugares exactos en donde habían estado juntos y, en cada momento, era capaz de recordar con verdadera precisión las palabras de amor que, como ecos lejanos y antiguos, le llegaban a sus oídos sin cesar. Entonces, agazapado y destrozado, escondido del mundo, aquel inexperto amante que se encontraba perdido se rompía en un amargo llanto hasta quedar extenuado.

Los meses se sucedieron interminables y macilentos a la sombra del teléfono, dando la vida porque sonara una vez más. Las cartas de amor se hicieron diarios de docenas y docenas de páginas repletas de lágrimas y besos atrapados en el papel. Tanto uno como otro estuvieron carteándose meses y hasta había días que recibían cuatro cartas cada uno de ellos. Cartas llenas, colmadas de pasión, de celo y posesión por el ser querido. Documentos repletos de un amor casi irracional y envenenado… Pero sin querer saberlo, el amor en la distancia se quebraba más y más. Preocupados por la situación movilizaron sus ansias y su deseo. Pusieron remedios y se resistieron a la separación. Consiguieron verse algún tiempo después. Avivaron de nuevo la llama y restablecieron el rumbo, pero eran tan jóvenes que poco después la lejanía clavó otra vez despiadadamente sus garras haciendo de la separación una muralla demasiado alta para ser salvada.


4
Él le suplicó que no le abandonase. Se humilló sin importarle. Sólo necesitaba que le diera una oportunidad. Se querían demasiado cómo para tirar por la borda todo aquel amor: era muy grande. Demasiado cómo para no intentarlo. No podía ser tan desalmada. ¿Y todo lo que sentían? ¿Y las promesas de amor? ¿Y los besos? ¿Dónde se habían marchado? No. No podía destruirlo de esa forma. Ella, sin quererlo, ya se había convertido en el eje de su vida, en el secreto de sus sueños. En la razón de su vivir. En el equilibrio de sus días. En el delirio en sus noches frías. Era todo. Todo…

Sin embargo, un día, el teléfono dejó de sonar definitivamente y las cartas dejaron de llegar. Como cada día miraba el buzón en una extraña ansiedad casi irrefrenable y, como cada día, sólo encontraba el silencio por respuesta. La melancolía fue ahorcando sin contemplaciones ni miramientos a aquel desdichado que, forzosamente, se hundió en la sima de la tristeza. Sistemáticamente, la soga de angustia, se apretaba un poco más sobre sí en la desesperación, hasta que de una manera inevitable estableció su propia huida abocándose a la espantosa decisión de marcharse de casa. Entre otros motivos, porque ya lo tenía decidido hacía algún tiempo.

No le resultó nada fácil ni mucho menos cómodo dejar el nido, pero una vez que lo hubo hecho respiró con la seguridad de no haberse equivocado. La agonía formaría a partir de ese momento una carga imposible de evitar. Se marchó a la gran ciudad y allí empezó a comprender finalmente el juego cruel y maquiavélico que se gasta la vida con sus miedos, sus odios, y su olvido… En definitiva, el precio tan alto que se paga por vivir.

Hizo el servicio militar y trabajó eventualmente en diferentes cosas; descargó camiones, fregó platos en restaurantes, e incluso, durante meses, tocó la guitarra en un pub de corte antifascista y revolucionario. Indudablemente, aquella compañera de viajes, que era su guitarra, le hizo más tierna la soledad; en las letras de las canciones que componía aleteaba siempre la sombra imprecisa de aquella joven de melena azabache y su inmenso recuerdo como una asignatura que jamás llegaría a aprobar. El tiempo volaba por las aceras de la ciudad mucho más despacio de lo que nadie podía suponer. Se había convertido en un enemigo imbatible. Había intentado olvidarla sin conseguirlo; el fantasma de su recuerdo callejeaba por su cerebro con total impunidad. La memoria le pesaba demasiado. Era como una losa que debía arrastrar sin poder evitarlo. ¿Qué era de ella? ¿Sería feliz? ¿Se acordaría de él? No. Probablemente, no. Los años que tampoco se detenían en estas reflexiones; corrían, y a su paso, continuaban hiriéndole mortalmente. Y aunque él de vez en cuando le escribía, la respuesta era siempre la misma: el olvido. El más profundo y cruel  de los olvidos.

Tal como era de esperar, la vida, al margen de cualquier otra consideración siguió engañándole. Cambió de ciudad en un intento sin precedentes por estabilizar su vida, pero la lejana evocación de su cálida voz le perseguía donde quiera que iba; no conseguía de ninguna forma olvidar a aquella criatura. Sin embargo, ahora que los años habían pasado y gozaba de una perspectiva más fría y distante, había alcanzado un criterio: lo que más le dolía era que el abandono por su parte se había convertido en crueldad; en una crueldad despiadada y extrema. Algo aún más fuerte que el olvido es la indiferencia. Y la joven, una vez que había decidido concluir su aventura porque pensara que éste no era socialmente interesante, lejos de ofrecerle una explicación, se limitó a ignorarle. Nunca, en ningún momento, tuvo la gallardía de argumentar su abandono. Quizá, porque en el fondo de su alma, sabía que no tenía recursos para abrigar su postura y defender lo indefendible.

Seguramente, desde la cobardía, la chica pensó que eso era lo conveniente y se protegió en aquella frase tan desgastada, que rezaba que “el tiempo cura todas las heridas”. No cayó en la cuenta terrible que, con su indolente postura, no sólo abatía, sino que también destruía a un inexperto adolescente estúpidamente enamorado que sobrevivía a duras penas y era incapaz de salir de aquel agujero. El foso era cada vez más profundo y sus heridas incurables.


5
¿Quién puede ser tan imbécil de sucumbir ante una situación así? Pues él. La persona que tengo a escasos metros de mí, muriéndose. Creyó que el amor era un efecto indisoluble y eterno. ¡Qué estupidez! ¡Qué tremenda ingenuidad! Es demasiado joven para saber que, como todo, el amor es tan sólo un modo de vida. Una opción, simplemente.

El náufrago fue huyendo de sí mismo hacia ninguna parte. Y tropezó una y otra vez para llegar al mismo lugar; al pozo de su soledad. Deambuló sin rumbo en trabajos de medio pelo hasta llegar al pueblecito aquel. E, incluso, llegó a casarse. Aunque aquello, en el fondo, no era más que un juego histriónico para maquillar su profunda tristeza. La bufonada fuera de traste sólo le condujo a hundirse aún más en su propia zozobra: se casó como podía haberse pegado un tiro, el resultado, al final, hubiera sido casi el mismo. El horror y el desconsuelo de su vida completamente arrasada pesaban tanto ante la impotencia que sentía, que fue abandonándose a su suerte sin oponer la menor resistencia.

El tiempo que duró el matrimonio fue un caos absoluto, porque siempre como un testigo mudo e incómodo, aparecía la sangrante comparación. No lo disimulaba: pretendía, exigía ver en su mujer lo que aún era su antiguo y distante amor. Así, desde el principio, aquella incómoda situación empezó a situarle inevitablemente en el punto contrapuesto de su recién estrenada esposa. La diferencia de criterios comenzó a fluir tan rápidamente entre ellos, que ninguno de los dos fue capaz de frenar la avalancha. Se había metido en el lodo hasta el cuello y lo sabía. Eso no podía funcionar. Era imposible. Un disparate. Era una huida hacia delante. Y, como una crónica largamente anunciada, poco a poco, todo se fue definitivamente a la mierda. Y al final se volvió al principio. Ella le abandonó, y él se quedó como en el fondo deseaba estar: solo.

Y aquí está. Hecho auténtica una piltrafa. Totalmente destrozado y derrumbado sobre sus viejas cartas de amor y sobre sus recuerdos; vomitando toda la confusión de su alma. Vomitando todo el vértigo y la tristeza que le produce vivir.

La tarde, que ya agoniza, va alargando las sombras. Unas sombras que amenazan con mi presencia y dibujan en la pared del cuarto toda su inevitable pena. Sabe de sobra que todo ha terminado.

Hace días que no va a trabajar. Tampoco hay quién le espere ni fuera ni dentro. Así que nada importa.

Yo, desde mi rincón, le observo con lástima. No puedo decirle, aunque quisiera, que existen muy pocas cosas que merezcan la pena porque es tarde. Muy tarde. Me acerco a él y le miro. Pero su vista está perdida. Está naufragando en Dios sabe dónde. Sus ojos han perdido por fin la tristeza pero también el brillo. Sus pupilas andan extraviadas acercándose al abismo de donde jamás salió. Él sabe dónde quiere ir y yo estoy aquí para recogerlo. No hago otra cosa que cumplir su voluntad. Ha bebido un litro de alcohol con una caja de pastillas de orfidal.


Qué tibia es la tarde
bajo un fuego de luz,
dos bocas que arden
bajo el cielo azul.
La dicha más grande
fue vivir nuestro amor;
encontrarlo una tarde,
sentir... sentir tu cuerpo junto a mí
en esa noche de abril.
Soñar y así, poder vivir,
o morir de amor.

Qué clara es la noche,
qué claro está el mar;
dos cuerpos pasean
sin dejarse de mirar.
En las noches de estío
las estrellas nos ven
y alumbran el sitio
donde te besé,

donde yo sentí,
por primera vez, el amor...
Yo sé bien que volverás,
junto a mí, a soñar...
Soñar y así, poder vivir,
o morir de amor... 

He esperado unos minutos y como tenía que suceder, su cuerpo derrotado y muerto ha ido desplomándose sobre la mesa, en esta lánguida tarde de primavera. Su piel ha tomado un color ceniciento y su mirada ya no ve.

Sus manos ya no acariciarán su rostro, ni sus labios podrán decirle cuánto la amaban. Sus ojos no podrán mirarla y sus dedos no volverán a sentir la pasión de su cuerpo. Pero su corazón, que siempre fue en realidad de ella, jamás podrá volver ha dañarlo.



José Hdez. Meseguer


ÚLTIMA ESTACIÓN, ÚLTIMO VIAJE [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



(UN ENSAYO APÓCRIFO, acerca de cómo El Espectador del Crepúsculo hubiese deseado imaginar su encuentro con el poeta Antonio Machado.)

...

Llevaba observándolo toda la tarde. Mi mirada perseguía sus escasos movimientos en la penumbra fragmentada del vagón. Apenas había hablado durante todo el trayecto con la anciana que iba sentada junto a él, a su lado izquierdo.

En realidad, creo, que únicamente se limitó a mirar a través de la ventana ignorando a los demás pasajeros. Yo me encontraba prácticamente enfrente. Envuelto en mi capa oscura. El sombrero ocultaba mi rostro sin vida. Casi siempre lo hace, aunque de todas formas nadie puede verme. Sólo mis ojos destacaban como dagas en la oscuridad; con el brillo espeso y mudo de la muerte. La gente únicamente puede intuirme en contadas ocasiones y, generalmente, cuando detecta mi presencia, su situación ya ha pasado irrevocablemente a ser historia.

Antonio, siempre había sido una persona introvertida y distante. Su mirada sólo expresaba un profundo cansancio en el alma. Por eso yo estaba allí esa tarde. En silencio. Como el Espectador que soy. Intemporal. Infatigable. Esperando el momento ineludible de encontrarnos cara a cara, semanas más tarde, tanto con Ana, su madre, como con el viejo profesor, en el pueblecito francés de Coulliure. Creo que los dos supimos, desde el principio, que Portbou iba a ser, sin duda ninguna, su última estación. Su último viaje.

Es más, yo que lo sabía todo, o casi todo acerca de aquel hombre, recordaba, que en alguna ocasión hubiese escrito algo acerca de ese último viaje, e incluso, de nuestro encuentro.

La edad había sido amable con él y en su rostro sólo se dibujaban suaves pliegues. La vida, lejos de tratarle mejor o peor, pasó por alto ciertos detalles que obviamente hacía que se conservase mejor. Aunque, como él mismo hubiera aclarado: “las verdaderas llagas las llevo dentro, en el alma”.

Lo cierto es, que poco o nada importaba entonces aquella cuestión; era el poeta el que estaba desgastado y vencido.

Mientras iba dando pinceladas a su vida y a mis recuerdos, él, continuaba su viaje en solitario lejanamente perdido en los complicados caminos de su mente. La mirada, clavada en el infinito; manteniendo el más profundo olvido al paisaje que, difuminado, corría veloz al paso de la locomotora. Las imágenes, aparecían en las ventanas del vagón como aquellas películas mudas en blanco y negro, únicamente alimentadas por el monocorde latido acelerado de la máquina del tren.

Sin apenas darnos cuenta, la tarde, se dejó querer en los brazos de la noche y los colores, que hasta aquel momento habían sido cristalinos, fueron perdiendo la vida hasta convertirse en sombras. Ya no conseguía ver su rostro. Solamente su silueta, como si estuviese detenida. Pero sabía que no dormía. Nunca dormía en el tren. Hubiera ofrecido la eternidad por saber qué flotaba, en esos precisos instantes, en la cabeza de aquel soñador, aunque yo, como Cronometrador de la Vida de todos los humanos, me lo podía imaginar. Revisaba su pasado palmo a palmo. Verso a verso. Sueño a sueño. Poema a poema, en una extraña confesión. Era un soñador de su pasado. Un soñador, ligero de equipaje, en un vagón de tercera con billete sólo de ida hacia la gloria.

Recuerdo bien, como si fuera ayer, cuando me evocó amargamente. Con vehemente decepción. Como un suicida en el acantilado de la desesperanza. Dispuesto a liberarse a toda costa de su angustia. Pero su momento no había llegado aún. Todavía tendría mucho que recorrer por la soledad de sus renglones y sus versos, tanto como en su tren de tercera. Aunque, indefectiblemente, el recuerdo de Leonor le estigmatizara y, a menudo, le llamara con su voz de lejana angustia para recordarle lo solo que se encontraba…Y le hiciera manchar sus poemas con las lágrimas de su inevitable memoria. Esas quimeras siempre habrían de acompañarle y también, cómo no, hasta el pueblo pescador.

Cuando entramos en los andenes de la estación de Portbou, ésta, apareció ante nuestros ojos, inmensa; como un gigante brutal, ennegrecido e interminable. De sus altísimos techos se descolgaban largos y raquíticos cables que terminaban en minúsculas luces amarillentas, iluminando débilmente la marchita claridad de los oscuros y pulidos corredores de cemento.

Mientras tanto, una sólida niebla, apresaba la aldea desde la puesta de sol, invadiendo las calles que permanecían dormidas y húmedas. El reloj de la Estación no decía absolutamente nada: sus agujas, instaladas en las cuatro y cinco minutos, contemplaban impasibles a los pasajeros que, a esas altas horas de la madrugada, apilados, se disponían a descender poco a poco como un rosario, decrépitos y fatigados, tras una interminable y agotadora jornada en tren.

La mayoría de ellos eran sus propios protagonistas. Protagonistas sin excusa de un éxodo inevitable, consecuencia de una insensata y despiadada guerra en la que no hubo ni vencedores ni vencidos; sólo muertos y más muertos. Sólo víctimas, en una estúpida contienda que me había hecho trabajar infatigablemente durante tres largos años.

Iba diciéndome todo esto cuando el ensordecedor aullido del  tren, anunció nuestra llegada a la estación devolviéndome de una bofetada a la realidad, rompiendo el silencio. El agudísimo y estridente silbido, se coló como un cañón por las enlutadas dependencias del viejo y destartalado apeadero. Enseguida, unas gruesas y macizas cortinas de vapor se escaparon desplegándose en voluptuosas nubes blancas por los laterales de la máquina nodriza. Minutos más tarde, el armazón de hierros, comenzó a mover de nuevo su grave y oneroso cuerpo; efectuaba un cambio de vías para mirar al sur. El trayecto diseñado era en un principio hasta la localidad francesa de Cervére, pero, debido a la guerra civil, la frontera con Francia permanecía cerrada siendo la estación término, Portbou.

Después de bajar del vagón no sin cierta dificultad y desorientación, pude ver como la anciana se asía del brazo del poeta y, juntos, cargados de maletas y paso lento, emprendieron la marcha por las empinadas calles, camino de la pensión. Les observé, mientras desaparecían en la densidad de la bruma. Finalmente sólo quedó el eco de sus pisadas que fue extinguiéndose hasta convertirse en un distante recuerdo.

Aún no había amanecido completamente, pero la villa ya no era aquel complicado juego de lucecitas; ni la niebla tan impenetrable y sólida como horas atrás. Por el contrario, la  claridad que se asomaba con cierto temor, se filtraba con relativa facilidad en el traslúcido velo de la calima; aunque, en ningún momento, se hizo totalmente dueña de la situación.

Desde mi posición, podía ver con cierta exactitud el hostal en donde el viejo profesor de francés y su madre, fijarían la residencia  una semana.  Quedaba, precisamente, frente a los embarcaderos que formaban sin querer el pequeño paseo marítimo y malecón a la vez.

“L´Ancora”, era, además de una lúgubre hospedería sin apenas clientela, el punto de partida cada amanecer de los pescadores que se reunían allí, cada mañana, para aliviarse del frío desayunándose con la “barrecha”; y poder así, arrancarle al mar y a su alma gélida y solitaria, sus plateados habitantes.

A eso de las diez de la mañana, apareció el bueno de don Antonio con su sempiterno sombrero, su abrigo y su bastón.

Arropado de bufanda, dirigió sus pasos lentos hasta el paseo de la arboleda. Al llegar, se detuvo y contempló con cierto detalle los enormes chopos deshojados por el invierno que, desnudos y esqueléticos, le mostraron un ramaje completamente inerte que parecía pedir clemencia al cielo. Situados en hilera, ofrecieron su melancólico aspecto a un poeta que estaba acostumbrado a leer en ellos toda su tristeza, aunque no por eso dejó de sentir una serena inquietud. Tras dibujar aquella larga hipocondría en un pedazo de su alma deambuló sin rumbo aparente, como un fantasma, por una aldea de calles torcidas, solitarias y oscuras. Eran callejas ajusticiadas por la soledad y el miedo.

Seguí sus pasos hasta el espigón.

Allí, bajo un cielo pardo, sucio y amenazante, se detuvo. Petrificado e inmóvil, como la mujer de Lot, observó un mar embravecido que levantaba sin miramientos su carne de agua... ¡De siglos de soledad! Para destrozarse suicida entre las rocas que, inalterables, presenciaban su hecatombe. El mar, se sabía consciente de su muerte y, sin embargo, una y otra vez, incansablemente, rearmaba sus legiones de espuma y sal en una venganza sin medida ni tiempo, para empujarlas sin pudor sobre un pueblo que le olvidaba a cada paso...


En este día de otoño,
otoño de mi vida,
otoño de mis sueños,
otoño de mi alma herida,
quiero mirarte, mar.
También, a esa esperanza vieja y polvorienta,
que abre llagas de cristal
en mi viejo corazón de poeta
y en tus largos caminos de sal...

Esta mañana fría y gris de febrero
se esparce como un río
sobre mi cuerpo.
El viento azota las calles de este pueblo,
y me siento a solas con mi quimera
que me brota como un fuego
lento que me abrasa. Otoño de mi primavera.
Primavera de mi otoño.
Pero no quiero recordar, no quiero.

Sólo necesito verte para sentir tu inmensidad,
tu grandeza sobre mi soledad;
necesito verte esta mañana fría y gris de febrero,
levantándote ante el mundo.
Levantando tus olas de crestas nacarinas
sobre el pequeño muelle
y golpear las rocas con la fuerza
de una primavera sin nada que olvidar,
levantando tu inmenso ejército
como un dios cargado de odio
y sangre.

Te esparces.
Te hundes, pero creces
sobre un pueblo que te olvida;
golpeas esta parte del mundo
porque odias..., porque has amado.

¡Rompe tus cadenas!
¡Levanta tu carne de siglos!
¡Levanta tu inmensa cabellera!
y azota este pueblo,
azota el puerto.
 
Azota mi quimera
para sentirla más alma,
para sentirla más alma en este día gris de otoño,
en este otoño de mi primavera. 


Registró el horizonte de punta a punta, como un viejo y cansado marino que esperara ver algo que nunca llegará.

El viento de febrero, mientras tanto, aleteaba en las cornisas. Estaba muy próximo el momento de nuestro encuentro, los dos lo sabíamos. En pocos días tendría que ofrecerle sin pretextos el sutil y callado beso de la muerte en un abrazo de descanso y cerrar para siempre sus ojos.

Quizá, cuando miraba la línea imprecisa del horizonte, me esperaba a mí. Nunca lo supe. Nunca lo sabré. Qué más daba. Aquella vieja máquina de tren sabía perfectamente que Portbou era su última estación.

Antonio también sabía que aquel era su último viaje.

Y quise dejarle solo ante un mar que, como él, vomitaba convulso, toda su soledad.



José Hdez. Meseguer
Relatos Del Espectador Del Crepúsculo.
Portbou, 1980
 

DOS CITAS EN JERUSALÉN [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



1

Llevaba esperándole casi toda la tarde, sabía que de un momento a otro tenía que aparecer.

Estaba allí para cumplir una vez más mi misión. Ni me lo planteaba. Era pura rutina. La visión de mi oficio es absolutamente estoica. Indiferente. Nada me altera porque nada cambia el curso del destino. No tengo opinión. De nada vale que reconozca qué puede ser o no justo. Todo está escrito y, en cualquier caso, mi facultad es únicamente la poner un punto final en cada historia. Más dura cuanto más difícil, pero al fin y al cabo con los mismos resultados.

Todo es efímero y fugaz. Un leve susurro. Soy apocalíptico. Un misántropo. En realidad, como la misma vida, aunque sea la Muerte. Una, es prolongación de la otra; soy su consecuencia. No soy más que un Mensajero del Más Allá: un Elegido. Un Enviado, aunque la gente no lo acepte así y se empeñe en soñar; y mientras sueña, se asesine en nombre de no sé qué Dios, despedazándose sin piedad como no lo harían las bestias más carroñeras.

Soy Emisario y Notario del pobre, triste y solitario corazón de la gente que me llama. O para liberarse de su angustia o para recoger los proyectos destrozados de algún desdichado, porque otro se haya propuesto que así sea. Aunque, desgraciadamente, muchas veces suceda que esto no ocurra de manera individual, sino de un modo mucho más escalofriante y colectivo. Conozco muy bien el abismo y la miseria de la raza humana. Llevo siglos recogiendo sus promesas en el nombre del Bien. Todo son mentiras. La gente, sigue matándose y ejecutando los crímenes más execrables en el nombre de Dios. Y lo que resulta aún peor: seguirá haciéndolo mientras exista como una fórmula más de depuración, es su patética condición. Por esa razón, no me inquieto ni me altero. Sólo acudo a su llamada.

Reflexionaba acerca de todo esto mientras le esperaba, cuando me di cuenta que estaba anocheciendo.

Desde donde me encontraba, tenía un plano casi absoluto de la ciudad de Jerusalén perfectamente dividida: en primer lugar, sus interminables y robustas murallas exteriores, de unos quince metros de altura, pude calcular; el palacio de Herodes Antipas y detrás, hacia el norte, prácticamente alineada, la torre Antonia: dos soberbias y excelsas construcciones que se elevaban mudas sobre la ciudad. En su interior se dibujaba otra muralla, ésta algo menor, cerrando y seccionando la ciudad alta de la baja. Por lo demás, Jerusalén, era un complicado dédalo de cubos blancos dispuestos de un modo completamente anárquico. Sus callejuelas y callejas eran una extraña confusión sin orden aparente.

Mis excelentes sentidos sobrenaturales me permitían, sin necesidad ver, intuir el tremendo barullo de las gentes que se arremolinaban yendo y viniendo de un lado a otro de la urbe; más de cien mil almas se apretujaban en el espacio habilitado para una tercera parte. Preparaban a toda prisa la fiesta de la Pascua y ese evento, reunía allí, a gentes de todos los lugares de forma inexcusable. Era, también, un acto inevitable; gentes forasteras llegaban de todos los rincones de Judea, Galilea, Perea e Idumea, tanto de las ciudades griegas y romanas, como de las orillas del mar y de los inescrutables confines del desierto.

Torbellinos interminables de peregrinos se amontonaban hormigueando sobre el puente de Xistus, para ir de Sión al templo sobre el Moriah, y llevar la ofrenda a Yavé. Era el mes de Tishri, la noche de la fiesta de los tabernáculos, en el séptimo año del gobierno de Poncio Pilato en Jerusalén. Había que darse mucha prisa, el sol marcaba la hora quinta y muy pronto el cuerno de carnero sonaría en las terrazas del templo anunciando que el “Shabbat” estaba a punto de comenzar.

Así fue.

Poco después la ciudad enmudeció, en el preciso instante en que sonó el “shofa” en las murallas del templo. El corazón de Jerusalén se paralizó, también a sus habitantes. El sábado petrificaba al hebreo.

Nada podía ocurrir porque nada se podía hacer. El sonido extraño y lejano del cuerno del templo, transformaba en estatuas a las gentes. Las calles aparecían desiertas. Los candiles de aceite se apagaban en los hogares y también el fuego. Los ruidos cesaban y la vida se detenía. Las gentes no hablaban y el silencio se apoderaba de la situación como un monstruo implacable y cruel. Las personas debían quedarse en la posición en la que se hallasen; no podían comer, ni beber, ni hablar, ni efectuar acción alguna. Muchas de las batallas que los hebreos perdieron, lógicamente, se produjeron en sábado. No podían luchar. Se dejaban matar y esto lo sabían sus enemigos.

La tarde había sido incandescente pero ya comenzaba a atardecer. El sol, en su huida, dejaba ensangrentado el vientre del horizonte con tonos rojizos y violetas.

Un soplo de aire fresco se asomó refrescando a duras penas el silencio infernal, sólo quebrado por los ladridos lejanos de los cientos de perros salvajes que habitaban la lúgubre garganta del Hinnom, relativamente cerca de donde yo me encontraba situado; entre lecho del Cedrón y Gehenna, en el paraje conocido como la tierra marchita de Hakeldama. Allí, en ese mismo lugar, esperaba mi objetivo. Aún tuve ocasión, mientras el día perdía su color, de divisar al sur, la cinta de plata que me ofrecía el lago Asfálide. Desde mi lejanía y mi altitud, se reflejaba como una espada, limpia y brillante.

Un tiempo después le oí llegar.

La noche, entretanto, ya había devorado la ciudad y Jerusalén era, para entonces, una población de tumbas degolladas por el silencio.

Subía sin aliento apenas. Venía escalando, jadeando y gimiendo como una bestia herida, trepando por los escarpados peñascos, prácticamente exhausto. Sus ropajes estaban destrozados por los desgarros sufridos entre los erizados matorrales. Su “hagorah”, o faja oscura, la había arrojado por el acantilado a mitad de camino.  Traía el rostro desencajado. Su piel cetrina y extremadamente pálida me llamó la atención. Durante unos segundos se quedó inmóvil: pareció verme. Su mirada se clavó en mí. Pero no, no podía ser, ese hecho no era posible. Sólo miraba, pero no veía. Sus ojos estaban vacíos y rotos.


2

Era Judas. Judas el Iscariote u “hombre de Cairoth”, hijo de Simón. Un hombre notable y acomodado de Judea, antiguo discípulo de Juan el Bautista. Un hombre tan equivocado como atormentado por sus fantasmas. Un hombre, cuya enfermiza rebelión contra el yugo romano, le hizo perder la consciencia de adónde pretendía ir, haciendo algo que jamás se perdonaría: traicionar a su Maestro por treinta miserables “seqel” de plata. A cambio… ¡Había vendido al hombre que más amaba!…

Y no, la cuestión no radicaba en el dinero ni aquella había sido la causa, como tantas veces se aseguró siglos más tarde. No. De hecho, cuando comprendió la magnitud de la encerrona que habían tramado Caifás, Anás y los miembros del Sanedrín contra él, palideció. Tembló de miedo. Él sólo pretendía que le dieran una lección. Que lo apresaran. Que lo castigaran si era preciso, e incluso, que lo desterraran lejos de la Ciudad Santa. Quería, y era cierto, quitárselo de en medio, como fuera, pero nunca de esa forma. Nunca a aquel precio. Porque en el fondo de su alma, y aunque el Galileo con su disparatada actitud, le hubiese decepcionado gravemente, a su manera, seguía admirándole y amándole.

Era cierto que jamás le perdonaría, recordaba con vergüenza,  que entrase en la ciudad a lomos de un pollino…

¡Él…! ¡El Libertador político! ¡El Mesías! ¡El que intentaba devolver al pueblo la soberanía!… ¡Qué bochorno! ¡Qué ridículo! ¡A lomos de un asno! ¿Y éste va a ser nuestro Caudillo? Evocaba con angustia y desolación, sabiendo a la perfección que la tradición popular les prometía un líder que entraría, algún día, victorioso y omnipotente expulsando a los advenedizos de Israel, cercenando de raíz el yugo de la dominación extranjera… “Pero, desde luego, ése no era Jesús”, maldecía entre dientes.

Como tampoco había de pasarle por alto que no intercediera por su propio primo hermano, El Bautista. ¿Por qué? ¿Por qué practicaba una lucha pacífica con aquellos bastardos invasores? ¿Por qué? ¿Por qué, ante esos infames romanos, que les arrebataban impunemente las propiedades, obligándoles, además, a pagar diezmos y segundos diezmos, mientras ellos a duras penas sobrevivían en la más infinita de las pobrezas? ¿Qué clase de justicia era aquella? Se sentía profundamente dolido. Dolido y decepcionado. No. Definitivamente, el Nazareno, no era un libertador, sino un estúpido idealista. Un hombre situado más cerca de la utopía que de la realidad de su pueblo.

Cuando se unió al grupo, hacía tres años ya, pensaba que se integraba en un grupo de revolucionarios. De zelotes. Pero claro, el Rabí, ese maldito pacifista, el maestro de la palabrería y  la farándula, les había absorbido el seso al resto, o a buena parte de sus compañeros, con tanta charla y bienaventuranza. Y tanta parábola absurda. Sólo hablaba de perdonar. ¡Joder! ¿Perdonar? ¿Perdonar después que destrozan y esquilman tu pueblo…? —se preguntó, inflándose como un pavo. No, el Nazareno es un traidor.

Había reflexionado seriamente sobre la situación durante mucho tiempo y, finalmente, se inclinaba decididamente a abandonar aquel movimiento revolucionario de estúpidos soñadores que se conduciría por sí solo, inexorablemente, al fracaso más rotundo, razón por la que optó pactar con Caifás; el Galileo tendría un escarmiento y él un reconocimiento glorioso. Aunque, de todas formas, el destino andaría por caminos muy diferentes a los deseados: el Sanedrín urdió la trampa y éste cayó en ella.

Para cuando el Iscariote acertó a comprender profundidad de la jugada del sumo sacerdote y sus secuaces era demasiado tarde para retroceder. Jesús era capturado en el Huerto de Getsemaní.

El apóstata, no obstante, viéndose envuelto en el artificio que habían tramado, aún le quedó una importante carta que jugar, ésta era la Ley: La Misná.

Así, en un ataque de arrepentimiento, quiso deshacer el disparate cometido. Y podía según la Ley.

En lo que no cayó el desgraciado, fue en que, del mismo modo que no era legal juzgar procesos de sangre por la noche y el Sanedrín lo había llevado a cabo, o juzgar en la vigilia del sábado cometiendo delito, y el Sanedrín de igual manera lo hizo; los derechos que según La Misná tenía Judas en su Orden Quinto, los llamados Votos de Evaluación, también se los pasaron por el forro de las levitas. Y así, el traidor, se vio traicionado.

De nada le sirvió al Iscariote intentar deshacer el trato. La hermética negativa de los sacerdotes se vio acompañada de una sonada burla y carcajada  general, y Judas, furibundo y agonizante, no tuvo más remedio que abandonar la sala de las “Piedras Talladas”.

Todo había terminado para él.

Humillado y descompuesto tomó la dirección hacia el Atrio de las Mujeres. Entró en la sala de los “Cepillos” donde, con cierta sangre fría, sacó la bolsa de hule que contenía los siclos de plata, arrojándola  y pisoteándola en el suelo sin contemplaciones.

Casi al galope se dirigió al Atrio de los Gentiles, abriéndose paso a empujones entre la gente. Posteriormente descendió por el barrio bajo, perdiéndose en la impenetrable oscuridad de los torcidos y angostos callejones. Su corazón era un caballo desbocado y su sudor gélido como la misma muerte.

Mientras serpenteaba por el confuso laberinto de pasadizos y callejuelas de la fortaleza tratando de huir, repasó mentalmente, sin pretenderlo, algunas escenas y momentos vividos con el Rabí de Galilea.

Hubo una época en la que creyó en él ciegamente. Sin reservas. Fue, después, cuando comprendió que el Nazareno llevaba otra guerra totalmente distinta a la suya y ahí comenzaron las diferencias; no le era suficiente ser el tesorero y gozar de su total confianza, quería ser más. Quería serlo todo. Y el no conseguir su objetivo, el no poder girar la mentalidad de su líder, hizo que incuestionablemente se iniciaran los resquemores.

Recordó pasajes con Jesús a los que ahora le costaba dar crédito: los milagros. ¿Cómo un hombre tan poderoso podía verse humillado de esa manera? ¿Cómo era capaz de consentir tamaño desprecio? Judas no comprendía nada. Creía que el único camino a seguir era la sublevación: el terrorismo. La guerra y el “sicar” debajo del manto para asesinar, al menor descuido, a cualquier despistado legionario que hallase.

El desleal Judas ya no volvió a saber nada más de Jesucristo. La última vez que le viera sería en el Huerto de los Olivos, en Getsemaní, cuando besándole la mejilla le llamó “Rabí”, que era precisamente la contraseña convenida para que éste fuera detenido. El Maestro, en su inmenso poder de precognición soportó con tibieza su acorralamiento. Tenía asumido su papel y no opuso resistencia. No era esa su doctrina.

Antes de aquello, Jesús, se había puesto a prueba. Estando orando en Getsemaní, y durante unos instantes, dudó. Dudó mucho. Rezó como antes nunca lo había hecho. Tuvo miedo. Un miedo feroz que se apoderó de él y le atenazó la garganta y, como cualquier mortal, sintió pánico; un atroz y despiadado momento de angustia le recorrió el cuerpo de arriba abajo como una descarga eléctrica. Se le secó la boca, incapaz de segregar saliva, y comenzó de manera irracional e insuperable a sudar de forma sanguinolenta. Su frente, sienes y pómulos, enseguida se poblaron de diminutas gotas de sangre, mezcladas con sudor; sus capilares se habían fracturado en un golpe de tensión extrema, produciendo el encharcamiento de las glándulas sudoríparas y, como consecuencia de esto, la explosión hacia la piel de la sangre envuelta en sudor.

Su pulso perdió la cadencia habitual y monocórdica, para convertirse en un apresurado tambor de cómitre. Por un momento se encontró muy cerca de la crisis cardiaca; pero la tremenda fortaleza y capacidad de control de aquel hombre hizo someter su miedo, el cual, fue paulatinamente alejándose de él hasta convertirse casi en un ascetismo esenio.

Pese a ello y aun sabiéndose preso, el Galileo, todavía tuvo un gesto de gallardía que petrificó a los asistentes. Fue cuando Simón Pedro trató de salvar a su Maestro asestando a Malco, un siervo del pontífice, una tremenda cuchillada que le amputó la oreja. Jesús, a la sazón, recriminó duramente al apóstol y acto seguido colocó otra vez la oreja en la cabeza del aturdido muchacho. Eso no cambió el curso de los acontecimientos, pero sí hizo que durante unos segundos las personas que allí se encontraban se preguntaran los delitos que un hombre así podía cometer.


3

Nadie o muy pocos supieron que detrás de toda aquella maniobra de opinión pública, había desarrollada una maquinaria letal con una única intención: el Rabí era un hombre que alteraba al pueblo manifiestamente, y aquello era incómodo para unos y para otros. Políticamente no interesaba a nadie; las relaciones entre los hebreos y los romanos eran ya lo suficientemente tensas como para empeorar las circunstancias. Y, ciertamente, aquello no vino a mejorar la situación. Es más: sirvió como arma arrojadiza entre José ben Caifás, Anás, su suegro, los sacerdotes del templo, Herodes el tetrarca y Poncio Pilato, todo revuelto en un vulgar culebrón de descréditos que sólo ocasionaría la final crucifixión de un hombre sencillamente bueno.

A partir de aquel momento las situaciones sobrevinieron muy aprisa, aunque Judas no tuvo ocasión de enterarse.

Para cuando llevaron a Jesús ante la presencia de Anás, más tarde a la de Caifás, verdadero instigador y artífice de aquella miserable situación y después todos juntos, en comité, se entrevistaron con Poncio, al cual le correspondía dictar la orden final de crucifixión, era demasiado tarde. Todo había sido geométricamente calculado.

Entretanto, el Iscariote, desde la paupérrima soledad de su alma, reaccionó comenzando a encajar las piezas, dándose cuenta a destiempo del juego manipulador e impío que los sacerdotes del templo habían ejercido sobre él. Fue, entonces, cuando pensó en anular el acuerdo, puesto que la Ley estaba de su parte; se habían burlado de él y dedujo acertadamente que los reconocimientos públicos que le prometieran en ese sórdido pacto, no eran si no una farsa más para conseguir su único fin: buscar un chivo expiatorio, un Azazel al que inmolar.

Y aunque desesperadamente intentó regresar tras sus pasos, en un rescoldo de buena intención, fue un propósito completamente inútil.

Finalmente, Judas, avergonzado y hundido en la miseria de su desesperación, desaparecería de la ciudad en una callada y angustiosa oscuridad de la que jamás regresaría.

El Sanedrín había marchado en pleno con un Jesús maniatado a ver al procurador romano; éste, a su vez, lo remitía a Herodes en la impresión de que, en aquel hombre, no hallaba delito alguno.

Antipas era un extraño y áspero personaje devorado por una infinidad inimaginable de horribles úlceras; una enfermedad llamada “mentagra” y conocida así, porque las llagas siempre comenzaban a aparecer en el mentón. Esta grotesca caricatura de individuo, se encontraba demasiado ocupado como para atender este tipo de asuntos y si estaba unos días en Jerusalén para celebrar la Pascua, no era precisamente para ocuparse de temas tan prosaicos como los que pretendía adjudicarle el romano. El tetrarca no estaba para perder el tiempo, pero, finalmente, aunque con acusada desgana, terminó cediendo e interrogó al preso.

Sin embargo, de Jesús, sólo obtuvo el silencio por respuesta lo que enfureció aún más su mal humor. Así, ante la reiterada negativa del Nazareno a contestar a nada de lo que aquél le preguntaba, optó, entonces, por ridiculizarlo y enviarlo de vuelta al procurador Poncio.

El gobernador recibió nuevamente a Jesús, quien, hasta en tres ocasiones, intentó salvarle de la pena máxima; una de ellas, intentando conmutar la pena del Galileo por la de Barrabás, un zelote terrorista, depravado y asesino. Pero el pueblo ya se había cebado mortalmente sobre el futuro condenado por consejo previo del maquiavélico sacerdote Caifás.

Al final, Poncio, percibiendo la presión que ejercía el populacho; presión que progresaba sin medida y, además, le amenazaba y le advertía que liberando al reo no sería digno amigo del César, finalmente cedió; resolviendo para el preso la “Ibis ad Crucem” lavándose las manos en un gesto simbólico, declinando así toda suerte de responsabilidad en aquel asesinato, que recaería, inexcusablemente, sobre el pueblo hebreo al que tanto odiaba.

El desolado Judas recuperó, poco a poco, el aliento en la muda y opaca noche que le hería por última vez el corazón.

En una extraña pero firme seguridad inició la liturgia de su suicidio. Yo le observaba. Sentí cierta inquietud. Aquel desdichado no había podido superar su propia traición, porque antes que traicionar a nadie se había traicionado a sí mismo. Y su miserable comportamiento le decepcionaba más que ninguna otra cosa.

Un hombre bueno quedaba en las manos impuras de aquellos depredadores sin ninguna posibilidad. Sabía que no merecía seguir viviendo en esa iniquidad. Había sido un desertor y un amigo desleal. Jamás podría vivir con aquella sombra. Era excesiva  la amargura que sentía al haber vendido a su mejor amigo. Un instante antes de quitarse la vida, se preguntó por última vez aullando como un perro a un cielo de antracita:

— Si realmente eres El Hijo de Dios, dime… ¿Por qué me has elegido a mí? ¿Por qué yo, Dios mío? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí para tu inútil desenlace?

Llorando esta última pregunta se deshizo del cinto rojo y negro que llevaba a la cintura sin un gesto más de amargura o miedo. Ató el cordón en la gruesa rama de una vieja higuera que se descolgaba insólitamente en el filo mismo del barranco de Hakeldama; un paraje tan inhóspito como árido. A continuación, con el otro extremo, anudó su cuello. Vaciló un segundo, después saltó suspendiéndose en el vacío.

Durante unos momentos, los sonidos guturales se apoderaron del desdichado arrancándole la vida, pero el peso de éste y las convulsiones llegaron a ser tan violentas que el nudo se desarmó del árbol, precipitándose a un abismo de cuarenta metros.

Allí, en el fondo de la quebrada, quedó inerte el cuerpo sin vida del infortunado saduceo. Entre las rocas. Como un muñeco roto. Con el ceñidor alrededor del cuello y la cabeza descuartizada.

La noche se lo tragó en un suspiro y unos momentos después se instalaba de nuevo un silencio mortal. La turbulencia de su vida terminaba tal y como la había vivido: con desasosiego. Con profundo tormento y desesperanza.

Por un momento, me planteé, si no existía algo de verdad en todo lo que Judas se había preguntado antes de morir…


4

El día amanecía de nuevo caluroso pero claro como el mármol. Era excesivamente luminoso y desde primeras horas de la mañana se dibujaron en Palestina e Idumea, y sobre el mar Muerto, nubes que amenazantes subían desde el sur con un claro proyecto de tormenta. Abajo, en la ciudad, el preso llevaba ocho horas en los calabozos; atado, esperando la sanción de un pueblo sucio y enfermo de odio.

El gigantesco centurión era un verdadero experto en el castigo de la flagelación.

Ya, entre los soldados, tenía fama de ser un verdadero verdugo. Las legiones de Pannonia le bautizaron con el sobrenombre de “Cedo Alteram”, porque en los castigos que infligía entre los legionarios, aparte de crueldad, existía un estudiado método: apenas si había roto una fusta en los lomos del castigado cuando pedía “paso a otra”.

Los primeros cuarenta latigazos llegaron de la mano de dos romanos preparados para tal efecto. El primero de ellos, sostenía su “flagrum” o látigo corto; un mango metálico, forrado con piel, del que destacaban tres correas de unos cuarenta o cincuenta centímetros. En los extremos aparecían los astrágalos o tabas de carnero. El otro portaba un látigo de similares características, llamado “plumbata”; éste, en lugar de huesos de carnero, se armaba en su final con bolas de plomo.

La Ley judía hablaba de cuarenta latigazos —cuarenta menos uno; el último, de gracia—, pero Poncio, en su afán de remover la conciencia de los saduceos, machacó al reo doblándole el castigo. Relevó a aquellos oficiales, y ordenó a Lucilio proseguir el correctivo hasta los ochenta correazos. Los últimos golpes aplicados por el centurión fueron especialmente crueles y exactos; hasta el punto de conseguir derrumbar por fin al Rabí. Cuando concluyó la flagelación del Nazareno, su cuerpo, era un mapa sanguinolento de más de doscientas cincuenta  heridas.

Tambaleante, Jesús, abandonó el inmenso patio de la fortaleza del gobernador Poncio haciéndole sentar fuera, en un banco. El odio que los romanos le tenían a los judíos era atávico y carecía de límites, así que, poco después, cuando éste se recuperó brevemente volvieron a humillarle, esta vez, orinando sobre él, y escupiéndole. Entre burlas y chanzas, alguien apareció con unas soberbias zarzas que había arrancado de la parte de atrás de las caballerizas; se trataba de las temidas “ziziphus”, un arbusto muy corriente en  Palestina, cuyas púas torcidas y la mayoría en forma de gancho de carnicero, llegaban a tener hasta seis centímetros de longitud.

El soldado, con verdadera habilidad, compuso una forma de casco, de tal suerte, que el entramado arbusto quedó configurado con las púas en todas las direcciones como si del lomo un puerco espín se tratara.

De un brutal bastonazo, y sin previo aviso, le encajó aquel doloroso bacinete en la cabeza. Automáticamente, el Maestro, lanzó un alarido de dolor que recorrió las calles de la ciudadela. Segundos después, aparecieron unos gruesos chorros de sangre que, abriéndose paso en la maltrecha piel de Jesús, llegaron hasta el suelo.

Cuando el Nazareno apareció con aquel lamentable y martirizado aspecto, ya fuera del Pretorio, la encarnizada muchedumbre que le aguardaba, hizo un profundo silencio. Luego, poco a poco, algunos grupúsculos de individuos previamente sobornados por los sanedritas, se encargaron de iniciar coros cada vez más sonoros y voluminosos:

— ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

La ignorancia, maldad y sed de sangre y muerte de la multitud, terminó por adueñarse del gentío unificándose en una sola voz:

— ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

El cortejo partió de la Torre Antonia, donde se situaba el Pretorio. Los abovedados túneles los condujeron muy lentamente hacia un polvoriento camino. Tomarían, más tarde, rumbo hacia el noroeste de Jerusalén. Pero mucho antes de llegar a la Puerta de Damasco, es decir, a la altura exacta donde se dividen los caminos de Cesárea y Samaria de los que van a Betania y Jericó, bordearon la muralla septentrional por su cara oeste regresando hacia la Puerta de Efraín, encaminándose así, al Monte de la Calavera o Gólgota.

Abría la marcha un centurión que, por sus funciones, le llamaban “Exactor Mortis” o Cobrador de la Muerte. Detrás, le seguía un pregonero que llevaba en la mano un cartel en donde estaba escrito en hebreo, en griego y latín, la causa de la condenación. El final del texto rezaba: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.

Aquel Centurión, Longino, un veterano legionario de mediana edad, natural de Túsculo, cerca de Albania, era un hombre callado y discreto. Había combatido algunos años en Asia Menor y tenía como recuerdo de contienda, una profunda cicatriz que le atravesaba el rostro de extremo a extremo, y una mal disimulada cojera. Pero su corpulencia era tal que se imponía sin necesidad de palabras entre aquella chusma que se amontonaba al paso de los condenados como una marabunta humana. En el centro se situaba el Rabí, quien a duras penas mantenía el “Patibulum” con un peso muy aproximado a los cuarenta kilos.

Tras él, dos guerrilleros y salteadores de caminos, que también serían ajusticiados; se hacían llamar Gistas y Dismas. La fatal comitiva estaba flanqueada por ocho legionarios fuertemente armados, dispuestos a abrirse paso sin piedad con sus “gladius”, o sus “flagrum”; sobre todo, en ciertas callejas en las que la plebe se apilaba para presencia el espectáculo. Aunque lo cierto es que la mayor parte de las veces los latigazos recaían sobre el Galileo y los “zelotas” presos. El comité se cerraba por cuatro soldados más en la parte posterior.


5

El condenado a muerte ya había caído al suelo por cuarta vez, se encontraba casi exánime, y no era capaz de dar un paso. Había andado descalzo entre rocas y maleza trescientos metros y aún quedaban unos cien más hasta el Gólgota. Tenía los pies completamente ensangrentados por la formación pedregosa del terreno; las rocas eran verdaderas cuchillas. Sus aristas cortaban el aire caliente y viciado, y la maraña de arbustos que mantenía asestada en la cabeza le hería con sus agudas espinas sin la menor compasión.

Muy cerca de su destino final, una mujer que se encontraba bajo el arco de la Puerta de Efraín, se acercó valientemente y depositó en la reseca boca del reo unas pasas de Corinto. El Nazareno, consumido por los golpes recibidos, la miró con bondad, pero no fue capaz de articular una palabra. Longino, el centurión, tuvo un instante de piedad y disimuló el acto de coraje de la hebrea.

El último tramo por cubrir tuvo que realizarlos el Rabí de Galilea inevitablemente sostenido por dos verdugos.

Para concluir la escena otro corpulento personaje hizo su aparición: se trataba de Simón, natural de Cirene, un país del norte de África; había ido a Jerusalén a la celebración de la Pascua. Venía con sus dos hijos, Alejandro y Rufus. No conocía de nada al Galileo, ni los motivos por los que se hallaba allí a punto de ser crucificado, pero ante la orden dada por los soldados, no le quedó más remedio que transportar el “patibulum” hasta la cima de la Calavera.

Era la hora tercia cuando llegaron al cerro rocoso y calvo de la colina pelada. El panorama era dantesco: se erguía como un monstruo sobre las gentes. Allí, clavadas en lo alto del pináculo, las “stipes” o palos verticales de las cruces, se mostraban negras y siniestras como fantasmas. Tenían tres o quizá cuatro metros de altura.

Una tormenta de arena comenzó a silbar como una serpiente entre los palos y, de modo acelerado, el mediodía que desparramaba hasta ese momento en un sol violento y colérico sobre Judea, se metamorfoseó de un modo inverosímil hacia una tarde parda y cerrada.

Las nubes que yo había divisado al amanecer, procedentes del sur de Palestina, iban rápidamente tornándose en negros nubarrones. La galerna se cernía implacablemente sobre la Ciudad Santa, para azotarla.

A partir de ese momento todo ocurrió de un modo todavía más dramático: de una forma ciertamente profesional y metódica fueron clavando a uno tras otro en los “patibulum” e izándolos seguidamente, sobre cuerdas, hasta que éstos, los condenados, quedaron perfectamente ensartados en las “stipes”, palos verticales, o “staticulum”. Los alaridos de dolor se multiplicaron y durante seis interminables horas estuvieron aullando de dolor hasta sucumbir, en la hora nona.

Jesús fue, de los tres, el primero en morir debido al brutal castigo recibido; la presión arterial le había descendido notablemente como resultado de su posición de enclavamiento y, rápidamente, el oxigeno comenzó a llegar de una forma insuficiente a los músculos, al cerebro y a los pulmones, lo que afectó severamente a su ritmo cardíaco.

Mientras Jesús moría en silencio, sin una sola queja, aceptando su destino, a los delincuentes que se encontraban situados a su derecha e izquierda respectivamente, les ofrecieron vinagre con mirra, narcotizándolos, por lo que entraron en un profundo e irrecuperable sopor.

El Nazareno sabía perfectamente que había llegado al final de su camino.

Para entonces yo me encontraba muy próximo al crucificado, y sin acertar a saber cómo, me miró. Sólo él me vio. Sé que me vio. Lo sé. Me miró con un silencio estremecedor. Como nadie lo había podido hacer jamás. Y sentí miedo.

Es curioso, pero aquel hombre indefenso y pulverizado que perdía la vida por momentos, sabía quién era yo y por qué estaba allí. Tenía en su apaleado rostro una serena quietud…Tanta bondad. En su agonía, comprendí, que aquello era así porque seguía inexplicablemente amando a sus asesinos. No percibía en él ni odio ni rencor. Era aquél un hombre definitivamente bueno.

Algún tiempo después, mientras esperaba el momento, se incorporó súbitamente en el sedil de la pesada cruz para tomar aliento por última vez. Con la voz quebrada por el sufrimiento, exclamó, dirigiéndose a un cielo velado por brumas y rayos amenazantes:

— ¡Elí…! ¡Elí…! ¡Lema sabactaní!”—preguntándose por qué Dios le había abandonado, expiró.

Segundos más tarde le sobrevino nuevamente una crisis cardíaca entrando en un coma profundo e irreversible.

Cuando los legionarios se aproximaron con la intención de proceder al “crurifragium”, que no era otra cosa que rematar a los suspendidos en la cruz, dado que no podían permanecer allí, en el día del sábado que se acercaba, comprendieron que a Jesús no le haría falta. Ya había muerto.

La cuestión era sencilla y despiadada; les rompían las piernas a los crucificados. De esta cruel forma terminaban por asfixiarse definitivamente al no contar con el apoyo de los pies en el sedil. En el caso de Jesús, tal como comprobé, no hizo falta. No obstante, uno de los infantes encargado de la misión tomó su “pilum” descargando a corta distancia un tremendo lanzazo en el costado del cadáver del Rabí Galileo.

Casi inmediatamente, un líquido de carácter seroso e incoloro procedente de la pleura y el pulmón, se dejó escapar mezclado con la sangre del pericardio y la masa muscular.


6

Quedé en silencio observando al Cristo, al hombre y su tragedia. Pensé durante algún tiempo, si el sacrificio realizado por aquel mártir, inútil mártir sin causa, valía de algo.

Sabía con certidumbre que no. Que había sido una ofrenda estúpida; sencillamente porque la raza humana no la merece. No existe el amor entre los hombres, pese a que Jesús deseara albergar esperanza en ello. El devenir de los siglos ha puesto de manifiesto reiteradamente su mezquindad sin precedentes, su egoísmo y su ruindad. Su exiguo corazón no vale nada. Está podrido.

Medité con detenimiento sobre lo que había vivido en aquellas fechas en Jerusalén. La conclusión no servía para nada. No tenía utilidad.

Cualquier día nacería otro Nazareno y volverían a escupir sobre él de esa o cualquier otra manera. Y volverían a humillarlo y crucificarlo de esa o de cualquier otra forma. El resultado siempre es el mismo. Siempre será el mismo, mientras no cambie el corazón de las personas.

Me envolví en mi capa negra y miré por última vez el Gólgota. Se encontraba vacío. Dirigí mi vista, entonces, a una ciudad que parecía también vacía. Vacía como sus almas. Por último viajé a Hakeldama. Allí seguía aún el cuerpo destrozado del infeliz Judas.

Fui alejándome de todo. Con la suavidad del olvido. Mientras, los colores pálidos en el horizonte languidecían. Atardecía en silencio, la tormenta había pasado. Jerusalén dormía su agonía…

Jerusalén dormía su infamia.




José Hdez. Meseguer
El Espectador del Crepúsculo 
Murcia, 1981


NO ENVÍES ROSAS A ARLINGTON [Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]



Cruzó la calle como una exhalación, sin mirar. Su paso era firme y sereno. Le costaba muy poco imaginarse así mismo enfundado en su rutilante uniforme de soldado de los Estados Unidos. Flamante y repleto a reventar de medallas al valor. Cuando regresase lo haría de una manera épica. Gloriosa. Estaba plenamente seguro. Sería la envidia de sus amigos y el cuchicheo impertinente y atrevido entre las chicas que le examinarían con ojos insinuantes. Demostraría a todos que era un líder. Un ganador.

En la entrada, se detuvo unos instantes y volvió a preguntarse por enésima ocasión, si pese a las apariencias y las buenas intenciones, aquello que había pensado hacer era lo que realmente quería, pero no supo contestarse de una manera rotunda en ningún sentido. En el fondo tampoco él lograba verse como soldado, pero sólo era una cuestión de tiempo. Se acostumbraría. Las Fuerzas Armadas le proporcionaban un empleo estable; era, en definitiva, lo que pretendía. Lo que sí tenía meridianamente claro es que su futuro no pasaba en modo alguno por seguir siendo un vulgar mecánico el resto de su vida reparando motores de dos tiempos, quince horas diarias, para llevar a casa un mendrugo de pan. Tenía que pensar en el mañana y el taller no le presentaba las expectativas de éxito que esencialmente necesitaba.

Neville, esperaba algo más de la vida que no fuera únicamente arreglar coches. Esperaba de la vida el triunfo absoluto. Si por el contrario decidía quedarse en el pueblo, posiblemente, algún día, podría llegar a ser el dueño del negocio… ¿Pero y qué? ¿Qué suponía eso? ¿Iba a ser ése todo su porvenir? ¿Y sus sueños? ¿Y su ambición? ¿Dónde quedarían? ¿Para cuando los dejaba? ¿Para cuando tuviera cien años? Definitivamente, no.

Cuando Neville entreabrió la pesada puerta de la Oficina de Reclutamiento creía tener las cosas medianamente elaboradas. Lo tenía casi todo pensado y decidido. Y optó por no darle más vueltas al asunto: al final se alistaba en el Ejército. Allí, en la Oficina, naturalmente, tras rellenar y firmar media docena de documentos, aplaudieron su actitud y su postura patriótica. No pudo evitarlo; se hinchó de orgullo como un pavo real.

Meses antes, Aurora Donaggio y él habían discutido seriamente. De hecho habían cortado su relación. Ninguno de los dos parecía tener las cosas demasiado claras; ella le exigía continuamente un futuro con un mínimo de solidez para plantearse boda algún día, y de paso, le recriminaba duramente su falta de iniciativas. Decía, que su ocupación fuera del trabajo era, exclusivamente, jugar al billar americano y beber cerveza con los “amigotes” en lugar de preocuparse por conseguir un trabajo mejor remunerado. Y en realidad era así, pero, porque el pueblo, aquel maldito y castigado pueblo, no brindaba muchas más posibilidades que no fueran esas o trabajar en el campo como jornalero.

De manera que cuando por casualidad unos Marines en misión de reclutamiento, le informaron de la gloriosa y excelsa labor a realizar y de todo un futuro colmado de triunfos y logros, su cerebro, enseguida, se llenó de extrañas sensaciones y vio los cielos abiertos. Comprendió, inmediatamente, que sus problemas estaban resueltos pero no se lo dijo a Aurora. Estaban enfadados y por el momento no se lo comentaría. Tendría la sangre fría de marcharse sin decirle una sola palabra, y a la vuelta, en uno de los permisos que le concedieran iría, entonces, a visitarla. ¡Ése sería su primer éxito! Y la forma de demostrarle que tenía inquietudes y ganas de triunfar. Todo por ella. Todo por Aurora. Todo porque, aunque no se lo dijese, la adoraba.

La Academia de Formación serían sólo ocho semanas; ocho semanas pasan pronto, lo soportaría, se dijo. Después, el destino. Medio año más tarde regresaría con unos días de permiso. Hablaría con sus padres. Cuando terminase la guerra, que no sería muy larga, “porque los limones del Vietcong no tenían nada qué hacer”, volvería. Se casarían y tendrían, a partir de entonces, toda una vida para estar juntos.

Neville sonreía con malicia mientras trazaba en un segundo su vida. Neville, sonreía, al pensar la cara que pondría Aurora cuando le viera aparecer impecablemente vestido como un general tras su extraña ausencia.

Yo, como el Espectador del Crepúsculo que soy, observé mudo una vez más, desde un rincón de su alma, sus sueños. Unos sueños de cristal a punto de quebrarse. Pero no podía hacer absolutamente nada. Como siempre, me limité a guardar un doloroso silencio, cuando, envuelto en la oscuridad, se fue. El muchacho desapareció del pueblo una noche. Antes pidió a sus padres que bajo ningún pretexto le comentaran a la chica sus proyectos. Tenía que constituir una auténtica sorpresa.

Pero en contra de lo que Neville había imaginado su castillo de proyectos se vino abajo de un zarpazo. La presión en la Academia, desde el comienzo, fue insostenible y el azote psicológico, tremendo y cruel. Estaban preparándolo, en el fondo, para saber morir y, por supuesto, para matar.

Tardó pocos días en comprender que se había equivocado por completo y tembló de temor, pero ya era tarde. Su compromiso con el Ejército estaba lacrado con  el sabor  y el color de la sangre. No existía la vuelta atrás. No había posibilidad de retorno. Ahora podía ser llevado con absoluta facilidad ante un Consejo de Guerra y ser fusilado si se negaba a luchar. Estaba en las caprichosas manos del destino. Era un número. Sólo un número que podía existir o eliminarse de un plumazo. Su vida ya no le pertenecía. Su vida no valía nada; apenas unos centavos. El tiempo que transcurrió en la Academia se hizo interminable y tortuoso. Las semanas se detuvieron en el calendario; contó, como un convicto, los minutos y los segundos que faltaban para poder escapar de allí.

Por fin, una mañana, recibió su destino: Vietnam: 1er. Batallón Infantería de Marines. El tiempo que debía estar en aquel remoto país seguía siendo una incógnita aunque quiso abrazar la promesa, cada vez más alejada y contradictoria, que aquel robusto soldado le había hecho; aquel Marine le garantizó con la mano puesta sobre el pecho que todo aquello sería una verdadera “excursión” por el Mar de China Meridional.

Algo muy oculto, como un presentimiento, comenzaba a latir despacio en su corazón y le decía que su equivocación le arrastraría a consecuencias irreparables y fue, entonces, cuando decidió romper su promesa para refugiarse de nuevo en Aurora. Ahora la necesitaba más que nunca. Más de lo que ella jamás se podría imaginar; se encontraba atemorizado y profundamente solo. Tan solo, tan abatido…






Delta del Mekong. 7 de abril, de 1.964

Querida mía:

Aún no sé muy bien qué hago aquí. Después de muchas noches intentando conciliar el sueño sin poder dormir y días sin apenas descansar en esta gigantesca e interminable plataforma metálica al que llaman “Midway”, me pregunto qué hago aquí. ¿Por qué tuve que venir a este lugar? ¿Por qué? He pasado semanas enteras oteando un horizonte  vacío sin ver otra cosa que no sea el mar. Me produce cierta soledad.

Al llegar a esta parte del mundo, éste cambió; los monzones del Paralelo le embravecieron: le hicieron amenazante, las lluvias torrenciales le enojaron. Tú sabes que tenía verdaderos deseos de ver el mar, pero no así. No de esta manera. Esto es completamente distinto a lo que siempre he soñado. Los días se suceden demasiado lentos y soñolientos dentro este amasijo de aceros que cruje como si fuera a desmontarse en cualquier momento.

Aunque ciertos momentos se cargan de tensión cuando nos hablan los veteranos. Se llenan de incertidumbre y miedo cuando nos cuentan lo que nos vamos a encontrar en este infierno.

Ellos ríen enloquecidos cuando hablan de este asunto, parecen unos jodidos trastornados. Y me acojona pensar si la locura que sufren no es más que la consecuencia de su experiencia. Nunca he pretendido ser héroe de un modo consciente. Las medallas al valor que me imaginé en el uniforme fueron sólo para impresionarte. Para sentirme importante ante ti. Y tú, orgullosa de mí. Sólo eso. Créeme. No me da vergüenza reconocerlo. Las tumbas están repletas de héroes y no tengo ninguna prisa por verlos.

En esencia, pienso, que muchos de estos soldados veteranos que vienen hasta aquí a ocupar nuevos destinos se sienten como yo o peor incluso. No sé aún lo que me espera con absoluta certeza, ellos sí. Sus actitudes me turban, están idiotizados; se quedan suspendidos, de súbito, en puntos inexistentes. Suelen guardar prolongadas y desordenadas pausas entre conversación y conversación y, únicamente, éstas, están alimentadas por el alcohol y la marihuana. Les noto aturdidos. Fuera de sí. Quieren, a cualquier precio, maquillar un terror que se les hace indómito y se les escapa de las manos.

Detrás de sus risas nerviosas existe un miedo casi incontrolable que les delata cuando hablan de antiguos compañeros; y de pronto, se instala un silencio entre ellos que se podría masticar. Y Bajan la vista. Y vuelven a beber y a fumar. Lo presiento: subyace, aunque deban disimularlo, un pánico que les muerde el alma. A estas alturas, a toda esta gente les da igual que nos asustemos o no, pero ningún superior les va a permitir quebrar con antelación la moral de los novatos así que, en muchas ocasiones, callan y no nos desvelan sus experiencias. Prefieren hacer chistes sobre las putas amarillas que se follan.

Estoy asustado, no puedo evitarlo. Desde que salí de Arizona hacia la Academia Militar no he dejado de pensar en que me equivoqué estrepitosamente eligiendo esta absurda puerta de salida. Seguramente pagaré caro el error, pero… ¿Qué hago ahora? ¿Qué puedo hacer? Te escribo con una angustia feroz e inaplazable. Me domina. No puedo evitarlo. No soy capaz de sujetar ni mi inquietud ni mi pulso. Hemos llegado a nuestro destino. Me quedan tan sólo unos minutos para imaginarte de nuevo hasta que recoja mi equipaje.

Me han contado muchas cosas. Historias. Mentiras y verdades. Déjame soñar que aún estoy contigo. Aléjame de la oscuridad que me atenaza… Aléjame, con tu recuerdo, de este momento.



29 de abril

No sé en qué lugar me encuentro. No tengo la menor idea. Tan sólo sé que camino en hilera con cientos de compañeros, atravesando laderas y montañas. Estamos exhaustos; caminamos sin descanso durante dieciocho o veinte horas seguidas y siempre, con cien ojos y treinta kilos de mochila, aparte de las municiones reglamentarias y el “M-16” (fusil de asalto). Tampoco sé hacia dónde nos llevan. Dicen que a Saigón (Ho Chi Minh).

Podría perderme en cuanto me separara de los demás sólo un metro. Esto es un auténtico laberinto de arbustos y pantanos. Los Jefes de la Unidad, nos previenen de los “bodois” (soldados Nortvietnamitas). Son auténticos camaleones en la selva. Suelen atacar en pequeños comandos que, generalmente, perecen. Utilizan una estrategia aparentemente anárquica. Pero que, repetida en distintas ocasiones, consigue fracturar las mayores columnas armadas. Sus sandalias, de neumáticos, son silenciosas y no dejan apenas rastro. No son grandes especialistas pero sí grandes disciplinados y pueden suponer desagradables sorpresas para nosotros.

Lo cierto es que yo, por el momento, aún no he visto a nadie. Ni siquiera de lejos. Parece que no existiesen. Sé que no, que están en algún lugar, no muy lejos de nosotros, acechándonos. Se ha extendido el rumor, no sé hasta qué punto cierto, de que esta gente tiene minado todo el territorio de “Rompepies” (minas camufladas en el suelo).

También, que han construido más doscientos kilómetros de túneles subterráneos por toda la región, a través de los cuales, se desplazan para transportar armas y piezas de artillería. Montan por las noches las baterías de disparo y como no tienen demasiadas posibilidades económicas, actúan y las vuelven a desmontar pieza a pieza. Las transportan por los túneles, o en bicicletas, por la selva, hasta el siguiente punto. De forma sistemática. Con voluntad de hierro. No tienen otros métodos, pero no puedo evitar preguntarme que, si es cierto que tienen la fuerza de voluntad de excavar toda la región a pico y pala sin necesidad de máquinas o transportar las piezas de artillería una por una, a mano… ¿De qué será realmente capaz esta raza?

De hecho, cada vez más cerca, oímos la reverberación de la artillería pesada. Los cañones de los Vietcong. Pero, aun así, sigue pareciéndome una tierra abandonada, únicamente poblada por pájaros tropicales y extraños insectos del tamaño de almendras. Dormimos dos horas al día en turnos, cuando podemos, y casi siempre bajo una copiosa y vasta lluvia que saca a estos tremendos insectos de sus agujeros para pasearse con total impunidad por encima de nosotros en cuanto nos descuidamos.

Ahora estoy de guardia. Y sé que no debiera escribirte. Tengo que estar sumamente atento. Todavía me supone un esfuerzo importante distinguir los ruidos que libera la jungla a mi alrededor y me sobresalto con frecuencia. Pero no puedo olvidar tampoco que tus ojos puedan ser testigos en toda su grandeza de mi soledad y deseo compartir contigo, desde estas líneas, este soplo de extraña soledad. Solamente tú puedes saber, exactamente, lo que quiero decir; aunque no sea más que a trompicones, con torpes y desafortunadas palabras por mi parte.

Pero quiero arrastrarte hasta aquí, para que, por un instante, podamos de nuevo volver estar juntos. Y, juntos, escapemos de esta locura que se cierne sobre mí. Quiero que seas capaz de perdonar mis diecinueve años y mis actitudes infantiles. Sé que hice mal alistándome en el Ejército sin que lo supieras. Fue un impulso estúpido y me arrepiento. En aquel momento me sentí demasiado herido en mi orgullo. Ahora ya no puedo retroceder. Sólo quiero rezar para que pase el tiempo lo más rápido posible y pueda vivir para contarlo. Debo dejarte, mi amor, mi turno de guardia ha pasado, pero debo descansar. Me espera una terrible y dura jornada.

Siempre tuyo, Neville.



Base Camp  Jhonson. 22 de junio, de 1.964

Puedes creerlo. No tengas ninguna duda. Hace apenas un mes que me he enterado que el presidente John F. Kennedy fue sido asesinado en la ciudad de Dallas.

Lo cierto de esta situación es que estamos tan alejados del mundo que parece que fue hace un millón de años cuando salí de mi pueblo. Las noticias llegan con meses de retraso, cuando llegan. El sargento me comentó que sí, que el presidente había sido asesinado, pero no hace un mes como yo creía, sino siete. Las cosas que he visto y vivido en este tiempo me han hecho cambiar dramáticamente los conceptos sobre todo lo que me rodea.

Voy a ponerte un poco al día de lo ocurrido en este tiempo de mi vida, aquí en Vietnam.

Para empezar, te diré, que, tras semanas de intensas caminatas por la selva, la intención final del mando era establecer una Base compacta y estratégica que incluye helicópteros de combate rápido y artillería pesada. Seremos un total de mil quinientos individuos aproximadamente aunque, cada sección tiene sus propios encargos con independencia del resto. Lógicamente todo está coordinado por el coronel Hogan. La Base de Operaciones Johnson debe su nombre a un tipo que no sé exactamente quién es. Creo que un senador de la Casa Blanca. Personaje, que, según he escuchado, ha relevado transitoriamente a Kennedy en los asuntos concernientes a Vietnam.

Sin duda, este cabrón, está manejando tranquilamente entre copa y copa la vida de los veinticinco mil cretinos que nos jugamos la piel en esta península amarilla, segundo a segundo.

Hace unos meses éramos dieciocho mil los tontos, pero, claro, con el asesinato del presidente se teme una escalada comunista y no están dispuestos, en absoluto, a permitirlo. Para Washington, el caso vietnamita, es un supuesto ya previsto en la agenda Truman y escenificado con la teoría de las fichas de dominó: “Si cae Indochina, caerán Birmania, Tailandia, Malasia...”.

Según he oído, los americanos de las altas esferas, los que no se juegan ni una uña en todo esto, se sienten terriblemente acojonados. El secretario de Estado, un tal J. Foster Dulles, nombraba la posibilidad, incluso, de una Australia comunista si no se frenaba tajantemente este oleaje amarillo. Pero, en realidad, todo esto que te escribo es una imbecilidad, porque hasta a mí me importa una mierda. No deseo saber absolutamente nada de esos cabrones que nos han engañado con grandes promesas. Con grandes inyecciones de patriotismo para traernos aquí; a morir entre juncos, fiebres desconocidas y mosquitos de palmo y medio.

Desde aquí, desde la Base, partimos antes del amanecer en pequeños pelotones de no más de cinco personas; un sargento, un cabo y tres o cuatro soldados, hacia las misiones que nos encargan y que no siempre son de lo más honrado. Pero yo no he venido desde tan lejos, no he recorrido más de diez mil kilómetros para intentar cambiar el mundo. Sino a sobrevivir en él y marcharme. No soy ningún juez. No quiero serlo. ¿Quién dijo que la guerra fuese un acto honrado? Paso tanto miedo como la gente que vive desde hace siglos en estos arrozales. Y si yo aún no sé lo que hago aquí, ¿cómo voy a saber si está bien o mal lo que realizo?

Aunque creo que no. Creo, sinceramente, que hemos venido a joderles. Ellos, los “Vietcong”, al igual que yo, sólo intentan sobrevivir. Es obvio que luchen hasta el final. Con todas las consecuencias. No podría, aunque quisiera, reprocharles nada; somos, nosotros, los advenedizos. Y en definitiva, todos, las víctimas en una guerra que nadie quisimos si exceptuamos en este juego a los fabricantes de armas, ropa, servicios e industrias colaterales y alimentos elaborados exclusivamente para el ejército. El gran negocio de los ricos y los poderosos al servicio de los desgraciados, que somos el resto. ¿Irónico, verdad?

De todas las formas no voy a engañarme ni a mortificarme; no quiero sentirme responsable de toda esta mierda. No pretendo pensar casi nunca que vaya a terminar mis días en esta selva. Yo no elegí de un modo deliberado este macabro escenario, eso creo, al menos. Debo reconocer, sin embargo, que me engañé a mí mismo tanto como los que me mintieron diciendo que sería un héroe. “La excursión” que nos prometieron por la jungla se ha convertido en un monstruo sediento de sangre que nos va a devorar. Las cosas se complican por momentos y el entusiasmo se quiebra. Esto no se parece en nada a un “juego”. La historia se está invirtiendo. Y David, una vez más, puede vencer a Goliath. Ya sucedió.

La realidad y la evidencia, en ocasiones, se abren paso burlándose de mi ansiedad y me sumergen en un estado de angustia indescriptible, y pienso sin querer. Vuelvo a naufragar en mis miedos. Y sí, puede que muera aquí, soy consciente. Ya he visto morir a muchos de mis compañeros en esta guerra infame y diabólica; unos han sucumbido en trampas mortales o en enfrentamientos directos con el enemigo. Otros, en bombardeos o bajo la mano invisible de los francotiradores. Y puede que esté escrito que yo sea uno más. Quizá el próximo. ¿Por qué no? Uno más dentro de este engranaje histriónico, humillante y sin sentido, que es el exterminio por el exterminio.

O puede ocurrir que no. Que sea el verdugo. Que sea yo el que mate a algunos amarillos más y desgarre, sin saberlo, familias enteras. Esto es así. Es la guerra. La guerra es cruel y sólo puede dejar tras su paso estelas de crueldad. Estamos abocados por ambos bandos a combatir, es lo que únicamente sabemos. Y lo que sabremos. El odio que sentimos los unos por los otros no es más que producto del miedo. Un miedo irracional y sin control que se apodera de nosotros cuando salimos de patrulla y no tenemos la certeza de que vayamos a regresar, ni cómo, ni de qué manera. Esa tensión, te aseguro, que transforma.

El otro día perdimos tres de nuestros compañeros. Otro, quedó sin piernas y un brazo, al pisar un “Rompepies”. Íbamos siete soldados en la expedición. Quedó completamente destrozado. Lloraba como un niño y llamaba suplicante a su madre. Todos estábamos asustados. Nos tendieron una emboscada. Estoy seguro que nos esperaban camuflados en el follaje de la jungla. Disparamos en todas las direcciones posibles hasta conseguir localizar el fuego de mortero que nos asediaba. El “M 16” me ardía en las manos. Aguantamos como pudimos. Utilizamos diecisiete o dieciocho veces el “cascanueces” (lanzagranadas), y así, conseguimos resistir.

Mandamos un mensaje de SOS por radio y dimos nuestras coordenadas de localización. En apenas doce minutos llegaron los helicópteros que arrasaron por completo la zona con NAPALM. Sé que matamos a un grupo considerable de “cong”. Mientras trasladaban a López, el puertorriqueño, en uno de los helicópteros de salvamento, le administraron una fuerte dosis de morfina para que pudiera soportar el horrible dolor que sufría. Le dijimos que se pondría bien, que todo iría bien, pero sabemos que será muy poco probable. ¿Quién va a devolverle las piernas y el brazo izquierdo que ahora y siempre le van a faltar?

No. No creo que volvamos a verlo.



Base Camp Johnson. 3 de enero, de 1.965

Ya sé que hace meses que no recibes cartas mías. Perdóname. Esta maldita guerra está destrozándome por dentro y por fuera. Mis sentimientos van embruteciéndose por momentos. No me comprendo a mí mismo. Me siento cambiado. Todo me asquea y no me importa nada una puta mierda. Aquí, entre tanta muerte, me siento otro cadáver. Las matanzas son, cada vez, un poco más parte de nosotros. Tanto, que empiezan a no importarme un carajo, tampoco. Estoy perdiendo el sentido de las cosas, y la razón y la lógica, no siempre se encuentran dónde las necesito.

Creo que me estoy volviendo loco sin saberlo. Sin darme cuenta. Esta sinrazón me está conduciendo a lugares de los que no estoy seguro de poder regresar.

Esta carta es, únicamente, lo que puedo ofrecerte. Sólo tengo desaliento y temor. Los tambores de la guerra no quieren cesar y yo me encuentro tan solo una vez más…

Te amo.



10 de  diciembre 1.965

Querida mía. Querida Aurora:

Te escribo la que puede resultar ser mi última carta. Es cierto que he perdido poco a poco toda esperanza de volver. Sí, desgraciadamente, creo que sí. Comprendo que no quieras que ahogue el ánimo, pero he visto tanta desgracia que ya no acaricio ese sueño como meses atrás; ha ido difuminándose.

Aquí todo se encuentra detenido en el tiempo, se pierde la noción y llega, incluso, a no importarme. Hace dos días comentaban los Jefes de la Sección que cuando regresemos (los que regresemos) de la misión a la que nos envían obtendremos posiblemente la licencia. Eso sólo significa una cosa: es difícil que volvamos. Es un encargo arduo y peligroso. De varias semanas en la jungla sin apenas soporte logístico, ya que tiene que realizarse en el más estricto de los secretos. Hemos de intentar liberar a toda costa a los “mias” (desaparecidos en combate) y atravesar gran parte del territorio enemigo.

Nunca he sabido con total seguridad en qué punto de la península me encuentro por lo que no sé lo que tardaremos en llegar. Ya me lo dirán. La única verdad es que desde que me confirmaron que yo era uno de los enviados no puedo dormir. Sólo nos han anunciado hacia dónde tenemos que dirigirnos: a un campo de prisioneros que se encuentra al norte de Laos, cerca de un pueblo llamado Sieng. Vamos alrededor de veinticinco expedicionarios.

Aquí, en una radio del barracón, suena, Bing Crosby “Sueño con unas Navidades Blancas”. Pero, en realidad, con quien sueño es contigo. Contigo y con mis padres. Les echo mucho de menos, no saben cuánto. Sobre todo, a mi madre. Son días muy especiales para ella y sé que estará llorando mi ausencia, aunque esté plenamente convencida que mi servicio a la patria merece la pena. Qué equivocada está la pobre…Y de qué poco le va a valer su desvelo.

Puede que lo único que reciba, con suerte, sea un hombre demolido mentalmente por lo que ha vivido aquí.

Con mala suerte, cualquier cosa: desde el cuerpo mutilado y destrozado de un muchacho, hasta el despojo humano de lo que fue. Pasando por la telegráfica carta de agradecimiento del ejército, una bandera americana y una posdata impecablemente redactada en la que diga, que el cuerpo del héroe caído en acto de servicio, lo mandarán cuando tengan cojones a recomponer todas sus piezas (si las encuentran, claro, sino otras parecidas, hay de sobra), en avión. “No se preocupen”. “Gracias por los servicios prestados a su Patria”.

Perdóname esta ironía recubierta de espanto y angustia.

Te quiere, Neville.



...



Tal y como había sido previsto, dos días después, el comando “Delta”, compuesto por veinticinco individuos, se adentró en la espesura de la jungla. La noche, ciega y sin luna, se los tragó en el más profundo de los misterios. Los engulló, sin misericordia, en una aventura suicida y silenciosa, a través de una inmensa confusión de arbustos, pantanos y extraños terrenos, guiados por la mano de una desdibujada esperanza y un mapa plastificado con datos escasos e imprecisos. Con la convicción, no exenta de pánico, de conseguir el preciso objetivo trazado o morir en el empeño.

Neville tampoco no era el despistado y atolondrado principiante al que abocaron una sórdida primavera a morir en las playas de Indochina. No. Era todo un veterano. Iba para dos años que se jugaba el cuello casi a diario y había tenido que asistir ineludiblemente a muchos actos que, finalmente, le transformaron. En el fondo de su alma, puede que siguiera siendo el jovenzuelo pecoso e imberbe de pelirroja y revuelta cabellera. Pero, desde luego, en dos años se puede cambiar mucho por fuera y por dentro. Y Neville, ahora, se había convertido en una persona recelosa y hosca. Le costaba muy poco enzarzarse en una pelea y, aún menos, esgrimir su machete dentado por la colilla de un cigarrillo de opio o por el sucio culo de un whisky. Su carácter, seco y furibundo, le alejaba mucho del chico inseguro y temeroso que yo conociera.

Siempre existe una primera vez para todo. Y la primera vez de Neville llegó el día que tuvo que descargar la munición de su arma contra un soldado Vietcong que, de improvisto, se le vino encima en un reconocimiento rutinario. Eso le traumatizó. Tuvo tanto miedo que llegó a regalarle al soldado vietnamita la mitad de su cargador. Pasó la noche casi sin dormir, e incluso, atravesó una especie de fiebre desconocida como resultado del enfrentamiento. La secuencia inconfundible de aquel desdichado saltando sobre él se repetía en su mente sin descanso.

Pero el muchacho pelirrojo le arrancó a la vida, otras experiencias, si cabe, más duras de tragar. Y por las propias leyes de la compensación y la supervivencia, Neville, fue encalleciendo su corazón hasta hacerlo callar. De otra manera le hubiera sido imposible sobrevivir y lo sabía con total seguridad. De hecho, no era solamente un veterano sino, además, uno de los mejores supervivientes antihéroe. Aquella guerra le repugnaba tanto como al resto de sus compañeros y no se sentía orgulloso, pero quería seguir viviendo. Necesitaba seguir viviendo para Aurora.

En los meses siguientes se aislaron por completo del mundo. Nada a su alrededor tenía la menor referencia. Atravesaron como un fantasma que anduviese de puntillas el paralelo dieciocho para meterse de lleno en la ratonera. Sólo una emisora les mantenía unidos como un cordón umbilical al Campamento Base. En ocasiones de emergencia, bien para demoler, bien para abrirse paso, telefoneaban por radio al Centro de Operaciones Logísticas y en una rápida y fugaz incursión de apoyo, los aviones sembraban de “lluvia de fuego” (NAPALM) y caos el contorno, destruyendo toda señal de vida tras su paso.

Claro que, como en todas las cosas, aquí también existía el derecho al desacierto y de vez en cuando, “por error”, arrasaban aldeas de civiles que nada tenía que ver con aquello. Es lo que estos cabrones que dirigen el destino de los demás han bautizado como “daños colaterales” para evitar llamarlo por su verdadero nombre. Y lo único cierto es que me hacían trabajar sin dar abasto. Los sueños destrozados de cientos de miles de personas se me almacenaban sin poder apenas enviarlos a su destino.

Después, como un efecto de magia “houdiniesco”, desaparecían. En eso consistía el juego; en jugar, puntualmente, a la eliminación de puntos estratégicos que fueran inevitables. Y digo mal cuando realizo este ejercicio de memoria, ya que, a decir verdad, a los ingenieros de la guerra más que exterminar, que ya lo hacían, les interesaba especialmente dejar al enemigo destrozado e inutilizado, para que, el resto de los efectivos, dedicasen sus esfuerzos a recoger sus trozos. Todos los que estaban haciendo esa labor, lógicamente, no se dedicaban a combatir.

Por su parte, los contraataques de la División 316 norvietnamita y sus “T 54” (tanques), apostados en la jungla tampoco se hacían esperar, pero únicamente los soldados que habían sido enviados al mismo centro del infierno sufrían las trágicas consecuencias.

En aquella interminable aventura fueron cayendo uno tras otro, sin contemplaciones, los soldados americanos, compañeros de Neville. El destino jugaba con aquellos muchachos a su entero capricho; Robert, fue misteriosamente devorado por la noche y jamás se llegó a encontrar su cuerpo. Casares, Morrison y el cabo, De Paula, murieron repeliendo distintos e inesperados ataques enemigos. Walter, murió de una forma estúpida al pisar una “Barbie” (bomba enterrada en el suelo). Graves, murió dos días más tarde, por incauto: probó, de manos de una pequeña “cong” que amablemente se le acercó en una aldea, el “mouc nam” (salsa de pescado fermentada), pero no se dio cuenta que entre la carne del pez se encontraban camuflados trozos de cuchillas de afeitar. Su muerte fue espantosa: murió retorciéndose sin que los demás pudieran hacer nada por el desgraciado.

La impotencia se convirtió en una ira irrefrenable para el resto de los soldados que, enloquecidos, desarrollaron una cruel y sangrienta matanza. Caro le costó a los aldeanos el bufonesco gesto de héroes absurdos en guerras absurdas: fueron sacados a empujones de sus chozas, los ancianos, las mujeres y los niños, e inmediatamente fusilados sin miramientos. Algunas de las jóvenes, antes de morir, también fueron brutalmente violadas, sus casas quemadas y los cochinos de las granjas, tiroteados. No quedó nadie para contar de qué forma tan idiota se puede morir. Pero su Emperador y líder, Ho Chi Minh, eso sí, estaría orgulloso de su inmolación.

Otros, como Dashiell, Carson, Rainer o Woolf, se quedaron atrás, en las minas subterráneas de zigzag, o en pugnas directas con las cañoneras de río, traficantes de opio, o helicópteros 6051 vietnamitas. Y, así, una larga lista de hombres fue dejándose la vida en aquel desalmado e inútil periplo a cambio de nada.

Al final, cuando todo parecía indicar que estaban ya situados sobre su objetivo, quedaban solamente un sargento, un cabo y cuatro soldados; que armados de un valor innegable decidieron concluir su misión. Con un poco de suerte rescatarían a los prisioneros y después se licenciarían con honores.

Neville, en sus adentros, volvía a sonreír. Veía de nuevo luz al final del túnel. Quedaba, según lo previsto, lo más sencillo. Las indicaciones recibidas les daban a éstos cuatro minutos cuarenta y cinco segundos para liberar a los “mias”. A partir de ese momento llamarían por radio y, velozmente, en seis minutos, un “Buey” (helicóptero de combate) les recogería. Ahí terminaba por fin su cometido.

Durante horas, agazapados en la maleza, bajo una incesante y opaca lluvia, estudiaron y analizaron con detenimiento los movimientos de los vigilantes. Había muy pocos. Eso facilitaba las cosas: cuatro de ellos se encargarían de efectuar entre los soldados “cong” la llamada “puerta del viento” (acuchillamiento en la nuca). Los otros dos, simultáneamente, pondrían cargas temporizadas en las torres de la radio y control para incomunicarles y ganar tiempo. Y, entretanto, aprovechando la confusión sacarían de las jaulas de bambú que se encontraban bajo tierra a los prisioneros. Uno de los cuatro encargados de realizar la “puerta del viento”, concretamente, el cabo Winston, un chico de color de Seattle, a su vez, instalaría adecuadamente el mortero y la “granada M-26”, para arruinar cualquier intento de huida de los “bodois” hacia el sotobosque.

Todo estaba calculado con una precisión milimétrica. Casi perfecta.

Al anochecer continuaba lloviendo torrencialmente sobre aquel putrefacto agujero con la particularidad de que, una densa  y opaca niebla, se había apoderado de esa remota parte del mundo. Sincronizados los relojes, se pintaron las caras para mimetizarse con su entorno de un modo exacto. Casi mecánicamente se pusieron en marcha y comenzaron a bajar por la ladera reptando en un silencio sepulcral, como serpientes, hasta llegar a la misma alambrada de espinos en un tiempo que les pareció eterno. Pero no importaba, porque darle paso a la noche era una baza más a su favor. No podían ser descubiertos. Con el soporte de sus gafas de visión nocturna y sus miradas atentas e inquietas, estudiaron mientras se deslizaban, de punta a punta, los lugares exactos a los que debían acceder.

Una vez dentro, una lacónica mirada entre ellos bastó para poner de nuevo los marcadores a cero y separarse en dos grupos. La noche y la oscuridad habían capturado por completo el campo de prisioneros. Sólo el silencio, alguna vez, se fracturaba con los extraños sonidos que producían los habitantes nocturnos de la selva.

Metódicamente fueron ocupando sus respectivas posiciones y aniquilando, uno tras otro, a los centinelas del campamento. Todo lo planeado, se cumplió matemáticamente, de no ser por un pequeño detalle...

Cuando Neville inició la tarea de abrir las jaulas de bambú en dónde se suponía que debían estar los prisioneros americanos que les darían por fin el pasaporte de vuelta a casa, comprobó, con auténtico desconcierto, que éstas se encontraban vacías. Completamente vacías.

La sangre, súbitamente, se le heló en las venas; simplemente no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no estaban enjaulados los “mias”? Durante unos instantes, el chico pelirrojo de Arizona, estuvo paralizado haciéndose mil preguntas aunque la respuesta, desgraciadamente, no tardó en llegarle.

Como por encanto los seis expedicionarios supervivientes quedaron mirándose a la cara sin saber qué hacer. Cada Marine, desde su puesto, observó a su compañero respectivo con cara de póker. De repente, el silencio quedó definitivamente estrangulado cuando el ensordecedor zumbido de los rotores de los helicópteros 6051, norvietnamitas, aparecieron verticalmente inflamando de terror el cielo negro que hasta ese segundo les había protegido. La tremenda potencia de los focos que provenía de éstos invadió la noche dejando al descubierto sus intenciones.

Naturalmente, de una manera automática, los soldados americanos accionaron todos los resortes a su alcance, y por el momento, hicieron detonar todas las cargas preparadas. Los medios de que disponían no eran demasiados pero su armamento debía frenar al menos un poco los abyectos movimientos de los Vietcong. Las cargas situadas en las torres de la radio y control respectivamente contrarrestaron la sorpresa recibida; en un gran estruendo, uno de los pájaros mecánicos voló por los aires en mil pedazos envuelto en llamas. Después se vino abajo. Igualmente, el fuego de mortero y el lanzagranadas “M 26” repelió durante unos minutos la situación, pero los “bodois”, en esta ocasión, eran demasiados, y el primero en caer bajo el implacable fuego ametrallador fue, J.J.Winston, después, J.T., y, más tarde, el sargento primero Faulkner. El resto, se esparció fundiéndose en la espesura de la selva en un último y desesperado intento por salvar la piel.

Lo que jamás supo Neville, ni por supuesto ninguno de sus compatriotas, es que fueron miserablemente utilizados y que, deliberadamente, los mandaron como corderos al matadero. La tremenda felonía y sórdida maniobra del Mando americano consistió en despistar desde un principio a los Vietcong haciéndoles creer “de vez en cuando” que tenían situados a los infiltrados en su zona. Aunque, misteriosamente, éstos, aparecían y desaparecían a su control lo que hacía que, inevitablemente, aquéllos, estuvieran ocupados buscando aquel esotérico comando.

La verdad, no obstante, era mucho más sencilla, amarga y devastadora.

Y es que, paralelamente, desde otro punto completamente distinto y distante de la península extremo oriental, otro grupo militar, más numeroso, tremendamente organizado, y de elite, se encargaba de “venderle” puntualmente al enemigo “ciertas pistas de localización”, traicionando los pasos de sus compañeros. Porque, el comando que en realidad había sido nombrado para rescatar a los prisioneros no era el “Delta”, sino el “Alpha”. Entretanto el primero se jugaba la vida en la jungla sirviendo de conejillo, el segundo, ganaba el tiempo suficiente de movimiento y podía, así, con cierta tranquilidad, rescatar sanos y salvos a los “desaparecidos en combate” o “mias”.

Desgraciadamente, Neville, pertenecía al primero.

Dicho de otra forma: habían empujado de una manera absoluta, cruel y terriblemente consciente, a un puñado de hombres a morir voluntariamente mientras que, desde la perspectiva cobriza que ofrece un buen bourbon de reserva, unos militares sin moral ni escrúpulos, repletos condecoraciones, cuyos hijos estudiaban cómodamente derecho en la universidad, trenzaban, sin prisas, oportunamente, la maquiavélica manera de rescatar a los “desaparecidos” del norte de Laos, que no eran otros que, compromisos políticamente adquiridos y viejos camaradas de la Academia de Wets Point.

Tres años más tarde, una expedición americana, encontró los restos de los soldados, Conrad, Auster, y por último, Neville.

En uno de los bolsillos de éste, hallaron la carta que, Neville, escribió a, Aurora, poco antes de morir.



Querida mía,

“No envíes rosas a Arlington. No soy un soldado desconocido. Tengo nombre. Sé donde nací y en qué lugar voy a morir. Mándalas aquí, al norte del Paralelo Dieciocho. Mi tumba será ésta. Aquí moriré, lo sé. Sobre mí, algún día, crecerá la yerba que hoy arrasa el NAPALM. Sobre mí, nacerán nuevas y limpias esperanzas de paz. No soy ningún desconocido. Soy el futuro.

No hace falta que mandes rosas a Arlington. Aquí estoy, al norte del Paralelo Dieciocho. Aquí te esperaré. En el silencio quebrado de la selva. En la paz infinita de mi conciencia. He de asumir mis pecados y los de los demás, pero ya es tarde para cualquier otra consideración.

Aquí estaré, amada mía. Esperando tus rosas rojas. Desde mi silencio, te veré un día. Cualquier día. Un día de sol. Un día que romperá para siempre el miedo y la penumbra.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

Para siempre tuyo, Neville”.



Nadie, excepto yo, supo jamás cómo fueron los minutos finales en la vida de aquel chico de cabellos rojos y de la de sus dos compañeros que, despavoridos, se internaron nuevamente en la frondosidad de la selva.

La persecución implacable de la “guardia roja” les hizo huir sin dirección. El miedo y el desconocimiento del terreno que pisaban les sumergieron en la total desorientación haciendo que, cada uno de ellos, optara por caminos diferentes. Les pisaban los talones. Neville fue alcanzado horas más tarde por los disparos de sus perseguidores que, dándole por muerto, no le remataron. Y allí, en el lecho del río dónde había sido herido de muerte quedó tumbado.

El  impertinente goteo de la lluvia sobre la cara, le devolvió a una vida que se le escapaba a borbotones por los cuatro costados. A rastras, dejando detrás de sí un abundante y desparramado reguero de sangre, consiguió llegar hasta el abrigo de una gigantesca y centenaria acacia que impasible, como yo, le observó en silencio. Con las fuerzas diezmadas se aplicó como pudo esterilizantes y coagulantes en polvo, pero fue prácticamente inútil. Las heridas le manaban sangre a espuertas y supo que su final estaba cercano. Unos trozos de lona le sirvieron, ocasionalmente, para taponar los agujeros. El dolor crecía dentro él por segundos haciéndose cada vez más insoportable. Le abría en canal, desgarrándolo, como si estuvieran partiéndole a trozos con una sierra.

Neville había visto morir a muchos hombres y por la situación de los impactos de bala recibidos, estaba convencido que aquello no presentaba otro final que no fuera el que él mismo presentía. Hurgó en su “tres cuartos” hasta conseguir unas pastillas de morfina. Tomó tantas como encontró. Eso calmaría temporalmente el dolor. Después… ya no le harían falta. Sabía que le quedaban unos minutos y quiso dedicárselos a Aurora. La última mirada, el último aliento, el último soplo de vida, se los mandaba en esos renglones a su único y gran amor.

Así tenía que ser. Y así fue. La vida, poco a poco, huyó de su mirada que quedó perdida y rota. Todo había terminado definitivamente.

Le miré en silencio. La tarde, que hasta entonces se había mostrado plagada de matices intensos, desapareció jugando al escondite. Y lentamente, bajo un cielo rojo preñado de agonía y muerte, la suavidad de los colores le ofreció el relevo a la quietud. Los moradores de la selva también callaron su incomprensible lenguaje.

Soy el Espectador del Crepúsculo. Soy intemporal. Amoral. Desde el principio de la Eternidad. Hasta el fin. Todo ser viviente me teme. Pero todos me buscan para saciar su sed incansablemente. He visto a través de los siglos las injusticias, los crímenes y los asesinatos más perversos, crueles y desalmados. La guerra de Vietnam es uno de los ejemplos más escalofriantes y absurdos.





DATOS PARA NO OLVIDAR JAMÁS:

* La ofensiva del Tet por parte de la guerrilla comunista ocasionó, cuantiosas bajas por ambas partes, mostrando a los norteamericanos, que habían tocado fondo.
* Nick Ut, no en vano, ganó el premio Pulitzer, fotografiando el horror: una niña llamada Kim Phuc tocada de NAPALM.
* Aún hoy, al menos ante la ley norteamericana, queda una lista de 1.621 soldados como prisioneros de guerra. En realidad son MIAS, según la jerga del Pentágono.
* En 1967 había en Vietnam del Sur 600.000 soldados estadounidenses.
* Ha sido la guerra más larga del siglo.
* El presidente Clinton, misteriosamente, se “libró”.
* Los soldados americanos veteranos excombatientes, los inválidos de la guerra, a su regreso, fueron recibidos con hostilidad, y tuvieron serios problemas de aceptación. Muchos de ellos, no lo superaron jamás. De la tragedia, nació el llamado síndrome de Vietnam.
* Murieron 58.000 soldados norteamericanos entre 1957 y 1975, y 3.000.000 de vietnamitas.
* Se realizaron 448.000 incursiones aéreas al precio de 5.737 millones de dólares.
* Estados Unidos arrojó 14.000.000 de toneladas de bombas. Diez veces más que en la Segunda Guerra Mundial.
* El costo total de la guerra para los Estados Unidos fue de 102.517 millones dólares, 17 veces el presupuesto de Vietnam del Norte.




Nota:

Datos recogidos del periodista y Corresponsal de guerra, Manu Leguineche.




José Hdez. Meseguer
Relatos Del Espectador Del Crepúsculo