miércoles, 1 de diciembre de 2010

CARTA AL MUCHACHO DE PIEL TRIGUEÑA [Desde Las Sombras...]



Nadie. Ni tú mismo sospechabas, querido Pablo, que aquella incandescente tarde de junio, volabas con las alas rotas. Totalmente destrozadas. Era el puto destino. Era ése destino, miserable y cruel, el que te esperaba escondido en la curva de la carretera, a mediodía, para burlarse sin la menor misericordia de ti. De ti, y de todos los que te queríamos. De todos cuantos esperábamos verte crecer e incorporarte con ansias a un mundo decepcionante, repleto de espejismos y farándulas. Infectado de cómicos y mascaradas.

Pero no. Tampoco.

No tenía calculada tu asistencia. Por lo visto no deseaba que gozaras, ni tan siquiera, de los pocos y fugaces momentos agradables que ofrece la vida. Iba a robarte, a arrancarte sin compasión, esos breves instantes. Iba a despedazar tus proyectos y tus sueños. Tu recién estrenada vida que se asomaba, temblorosa e inquieta, sin figurarse lo corta que era.

Desde aquí, Pablo, desde la penumbra quebrada que supone vivir sin aliento, arrastrando la agonía del recuerdo, te llamo. Con el corazón roto. Descuartizado. Hecho jirones. Vencido. Herido de muerte. Desangrándose, sin remedio, por una causa nueva. Por una llaga eterna e indeleble. Evoco tu imagen aleteando en mi memoria como un fantasma. Como una resaca. Como una pesadilla. Con tu muerte clavada en mi alma como una estaca. Como una sombra que se infiltrase de puntillas en mis sueños. Con la angustia necesaria para hacerme vomitar soledad y palabras manchadas de desesperanza. Así te escribo.

No sé dónde estás. No sé hacia dónde te has marchado. No sé qué sientes. Sólo puedo hablarte con tristeza y rabia del hueco que has abierto como una herida en los demás, aunque la vida continúe su paso como si nada hubiese sucedido. Como si aquella curva jamás hubiese existido. Como si aquel día, sólo hubiese sido un día más, y al terminar, se hubiera borrado automáticamente sin pena ni gloria del calendario.

Aquí el sol sigue alumbrando cálido y la lluvia mojando despacio. Las gentes siguen siendo crueles y sus odios enfermizos. Continúan destrozándose por el placer de hacerlo. Y lo hacen sin sentimientos. Sin un segundo de tregua ni reflexión. Y Dios, como casi siempre, señalando nuestra suerte equivocándose de enemigo.

Dondequiera que te encuentres, Pablo. Desde esa dimensión, te evoco. Te nombro. En la confianza serena de que puedes reírte sin rubor de nuestras sórdidas miserias y nuestras lamentables conductas. Desde aquí, desde las sombras tenebrosas del infierno, hasta la luz infinita de la eternidad.

Adiós sobrino. Hasta siempre. Adiós, muchacho de piel trigueña.
              

José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto




EL VÉRTIGO DE LA PÁGINA EN BLANCO [Relato]



No es que Tobías sintiera el vértigo de la página en blanco, no. Hasta entonces, casi nunca, afortunadamente, había tenido esa angustiosa y lacerante sensación. Le gustaba escribir. Era lo que más le gustaba hacer.

Una imagen. Un pensamiento. Un desafío: el reto de la expresión. ¿Miedo a la página inmaculada? No, en absoluto. Pero luego, ¿qué? ¿Sería capaz de contar otra cosa? Ese era el duelo y la cuestión. Y la tensión. Era emocionante. Siempre existía un motivo: a veces violento. Demasiado como para arrojarse al abismo indefinido sin saber, en muchos casos, por dónde empezar. Así que el asunto consistía básicamente en dar vueltas y más vueltas por esa neblina que en ocasiones flota en la cabeza de los escritores, hasta saber con certeza qué pieza mover debidamente para no encontrarse, de repente, en jaque mate.

Aunque de todas formas, en muchos momentos, le era preciso y necesario saltar. Saltar, aun teniendo la impresión de tener las manos atadas a la espalda. Generalmente esa sensación de pánico iba desapareciendo a medida que iba adentrándose en la espesura de la página porque, enseguida, comenzaba a encontrar a su paso rostros y formas sobre las que ir modelando el trabajo. Era la creación puesta a sus pies. Estaba pariendo el texto sin darse cuenta; estaba dándole calor y color a su inquietud. Subía y bajaba; se movía en cualquier dirección, sin control. A la derecha, a la izquierda; no importaba en qué sentido pudiera ir. Sólo sabía que iba. Era lo único.

Se elevaba y se hundía en el líquido efervescente de la idea como concepto y se impregnaba de su olor. Se transformaba, se mimetizaba; se camaleonizaba dentro de las palabras que aparecían de repente, a borbotones, como una tubería que reventase a su paso. Y de nuevo las dejaba atrás como las líneas blancas que señalasen una autopista. Desde su vehículo mental todo era veloz y difuminado. “Ahora –solía decir presintiendo su propio clímax– debo pararme y pensar. La idea está naciendo bajo mis dedos y la noto, la siento. A veces me duele. Otras, me hiere. Pero es lo que amo tanto. Lo que necesito. Es la idea, es la inspiración... es la vida”.

Sin embargo, últimamente —feroz ironía del destino—, tampoco tenía una explicación razonable para determinar con exactitud, a qué debía aquella extraña y aplastante sequedad mental que le impedía conectar con éxito las sensaciones y transportarlas apropiadamente, con soltura, al papel. Notaba las ideas asomarse desde sus entrañas y revolotear; se alborotaban en su cerebro como danzarinas dementes, sí... Pero antes de poder capturarlas, por un caprichoso e ilógico efecto de magia, le hacían un corte de manga, esfumándose. Aunque, seguramente, lo más desconcertante era pensar que el tiempo pasaba veloz y la fecha de presentación del manuscrito al Certamen Literario, también...

Esa noche se acostó tarde. A diferencia de otras veces, en esta ocasión, no intentó escribir una sola palabra en su ordenador aun sabiendo con terrible seguridad la angustia que eso le suponía. Sabía que el tiempo se consumía sin poder evitarlo: el Relato seguía latiendo en su máquina, pero continuaba cruelmente anclado e inacabado en la página doscientos treinta y seis. Y la desesperanza, por toda respuesta, le hacía sospechar que al día siguiente, el escrito, continuaría en el mismo párrafo incapaz de haber generado una sola idea, pero con menos tiempo por delante. Mientras que las letras, indiferentes a su agonía, seguirían bailando sarcásticas delante de él.

¿Qué hacer para esquivar aquel alud que se precipitaba con furia sobre él atenazándole la imaginación? ¿Cómo evitarlo? Automáticamente, éstas, todas las ideas, se escapaban de su mente como desperdicios en una bolsa de basura mal cerrada. Y los tumefactos y rancios argumentos, se deshacían en partículas ante sus ojos. Por primera vez se sentía por entero bloqueado frente a aquel artefacto sin vida ni sueños que le juzgaba y le examinaba con su luz artificial como si de un advenedizo se tratase; se sentía continuamente acechado desde la esquina derecha de la pantalla por “Rocky”, su ayudante de Office. Teniendo, por supuesto, la incómoda sensación de que, también él, estaba harto de esperar a que decidiese poner los dedos de una puñetera vez sobre el teclado para contarle algo. Incluso el guiño del cursor se burlaba de su vacío; sus impertinentes parpadeos le anunciaban que la tarde ya se había desplomado hacía muchas horas. Segundos, minutos y horas que habían ido transcurriendo en la más absoluta desesperación, sin nada a cambio.

Quizá a partir de aquel preciso instante le fuese imposible continuar describiendo el mundo desde su ventana tal como lo veía. Ni tan sólo escribir lo que sentía —calculó con desánimo—. Y todo porque, simplemente, se sentía apresado; impotente y entumecido en su intento por trasladar sus espacios imaginarios, su volatería, al papel. Las palabras, sin saber por qué, se negaban a enlazarse. “Puede —tuvo que admitir— que mi imaginación haya llegado al mismo fondo. A esa sima silenciosa, letal y opaca, en donde el léxico, la elocuencia y el discurso desobedecen a las ideas hasta que acaban disolviéndose en el vértigo... En el vértigo profundo de la página en blanco que destruye al escritor. Tal vez he agotado todos mis recuerdos; mi mente se ha secado y no soy capaz de rescatar y desempolvar del desván de mi cerebro las sensaciones, ni siquiera de analizarlas”.

El Relato quedaría definitivamente inconcluso y Tobías a esas alturas lo sabía de sobra; el Certamen Literario pasaría de largo. Habría otros, desde luego, y otras oportunidades también. Pero el problema no era tanto el evento como el hecho de descubrir con desolación la incapacidad que le desprotegía como escritor...

Pese a que era muy tarde ya, y se encontraba hundido, necesitó, en un extraño impulso, escribir con urgencia un correo electrónico a la joven escritora de prestigio que había estado leyendo recientemente. Suponía que nadie mejor que ella le entendería; necesitaba expresarle su zozobra, sus sentimientos y sus postreros impulsos, con las últimas bocanadas de aliento del escritor que hasta entonces había sido. No sabía si volvería a serlo, no lo sabía. Como tampoco sabía si sería capaz de encontrar de nuevo las laberínticas y turbulentas esquinas que llevan a la imaginación...


...



Estimada Ana:


El otro día regresé a casa silencioso. Me encontraba solo y decidí leer de nuevo su libro “El Oficio de Escritor”. Ya, en su prefacio, comprendí por su manera de escribir una perfecta comunicación escritor / lector. Y desde luego, es de lo que se trata, ¿verdad? Apenas leídas unas páginas decidí que tenía que expresarle por escrito, como no podía ser de otra manera, mis emociones. ¿Por qué? No lo sé. Pues ni yo mismo tendría, en ese sentido, una respuesta exacta que ofrecerle. Aunque intentaré contárselo pretendiendo en todo momento no aburrirla.

Por lo pronto, eso usted lo sabe bien, a los escritores, seamos profesionales o no, se nos empañan los ojos cuando hablamos de nuestras inquietudes, proyectos, ideas, etcétera... Cosa que, por lo visto, pasa muy desapercibida para la mayoría de los humanos. Y es ésa la cuestión y el “olvido” casi siempre premeditado de la gente que nos rodea lo que en cierto modo nos empuja y acerca a la soledad. Una soledad indescriptible y mágica que, al mismo tiempo, nos hace distintos y distantes. Los demás, por su parte, nos enfundan en un aura de misterio que no pueden ni quieren entender, y nos catalogan como a seres esotéricos y metafísicos de extrañas y paranoicas conductas. Supongo que algo de verdad exista en todo eso. No puedo decir que no. Es más, diría, que es completamente cierto: nuestra sensibilidad, por lo general, se encuentra situada en otra dimensión.

La soledad del escritor es mucha y confusa. En ese aspecto sé que no le descubro nada particularmente nuevo. Pero otórgueme el honor de escribirle como si no supiese el hecho...

A lo largo de mi vida los vaivenes y los zarandeos han sido una constante y se me han presentado de muchas y diversas maneras. En la mayoría de los casos he hecho aguas naufragando estrepitosamente. Jamás me sentí comprendido por nadie y eso me hizo huir de mí mismo para llegar a ninguna parte.

Viví y trabajé en Madrid y Barcelona, y en otros muchos sitios. El periplo de Ulises podía haber sido un paseo por la Gran Vía comparado conmigo. He hecho, un poco de todo; cantautor, pintor, militar, vendedor, camarero, empresario... En fin, una interminable longaniza de sueños estúpidos y frustrantes imposibles de contar aquí por poco que quisiera extenderme. Como puede observar, así, a grandes líneas, me vi envuelto en una espiral de deseos que consciente o inconscientemente me hicieron fracasar sin cesar. Una y otra vez. De nuevo, la única constante fue la pluma y la memoria; unas veces para reprocharme lo estúpidamente necio que había sido. Otras, para no volver a caer en las trampas mortales que me había tendido la vida. Y en cada caso, para recordarme, que no siempre el pasado fue mejor.

Comencé a escribir a los catorce años, en silencio y en secreto. A lo largo de los años, como le he comentado, me vi envuelto en extrañas historias casi siempre impropias de mi edad. Y llegué a los veinticinco, despistado, sin saber qué iba a ser de mí, ni de mi vida. Deambulé perdido de trabajo en trabajo sin más gloria que una exigua nómina a fin de mes y todos mis sueños por cumplir. Decidí, entonces, dejar de escribir. ¿Para qué escribía? ¿Para quién? Yo no abandonaba mis inquietudes, ¡eran ellas las que se habían alejado de mí con tanta burla como desprecio! ¿Qué podía importar añadir un sueño más a la interminable lista de las frustraciones? Nada. Así que, una patada, y al puto cajón del olvido.

Lo cierto, es que hace unos años comenzó nuevamente en mí la rara inquietud de escribir; percibí un brote. Me realicé un chequeo, un balance: me había equilibrado emocionalmente. Mis sueños –mis fracasos personales e íntimos–, quedaban muy atrás. Tan alejados que ya no me hacían sufrir, no esperaba nada de ellos. Sucede como con el amor; cuando dejas de creer en él, deja de hacerte daño. Fue cuando me planteé: ¿Y si recojo del arcón de los sueños todos los poemas que tengo, y todos los cuentos y narraciones que poseo, las meto dentro de un ordenador, les doy forma y color, e intento hacer algo serio?

Y ahí precisamente me hallaba; en la fase de reconstrucción del escritor que creía que llevaba dentro, hasta ocurrirme lo que me ha sucedido; que me he quedado completamente seco y agónico, como un pez en el maletero de un coche, intentado destapar la polvorienta caja de las ansiedades y los sueños que siempre he tenido.

En fin, no quiero cansarla con mis reflexiones. Permítame, una vez más, agradecerle el paseo de su mirada por estas líneas. Por este ramillete de sueños imprecisos y quimeras que han hecho a veces de mí una sombra apuntalada y ruinosa a punto del derribo. Es triste, muy triste, ver pasar la vida sin nada que te inquiete. Pero, ¿cómo es, cuando, intentando no morir en la apatía, ves de qué manera tan absurda se te escapa detrás de las cosas que más anhelas sin llegar a alcanzarlas? Podría escribirle hojas y hojas sobre un tema tan manido como es éste. Pero se me olvida que estoy escribiendo una carta a una escritora profesional y que, al fin y al cabo, lo que yo le cuento no le significa nada extraordinario. Porque la verdadera realidad de estos momentos de desaliento, soledad y zozobra, como usted muy bien sabrá, es que ni ésta es una sensación desconocida para nosotros ni posiblemente vale de nada..., excepto para sufrir en silencio.


Atentamente, 


...


Unas semanas más tarde, Tobías, recibió de la afamada escritora una carta. En ella, le exhortaba a continuar trabajando a pesar de lo tortuoso e ingrato del camino. Sin embargo, no quiso despedirse de él sin antes citar textualmente el último tramo de la introducción del libro, La Guía del Escritor:

[...] Finalmente, nos gustaría aprovechar esta tribuna para animar a todos aquellos que no consigan coronar con éxito el camino de la publicación, a que piensen que eso no es signo de fracaso. No conseguir la publicación de una obra, nunca deberá cuestionar su sentido. El simple deseo de crearla da validez completa a la existencia de cualquier obra. Ser un creador: ése es el éxito. La divulgación o el respeto de los otros frente a lo que hacemos deberían ser anécdotas frente al hecho, inmenso y limpio de vanidades, de crear. Así, siempre conviene tener presente la frase de Emily Dickinson reforzada por esta otra del novelista John Fowles: “Ser poeta es todo, ser conocido como poeta no es nada”. […]


José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto




MEMORIAS DE UNA HERIDA [Relato]



Aún no puedo imaginar cómo he llegado a esto. A este precipicio. A este abismo. Aunque no hace falta ser demasiado inteligente para darse uno cuenta de que yo, a mi manera, por mi forma de ser, he contribuido en buena medida a mi destrucción. Pero lo único cierto a estas alturas es que todo me importa un auténtico carajo: una mierda. Y que me la trae completamente floja que a partir mañana el sol salga por el Este, por el Oeste, que no aparezca, o se cuele por el retrete del cuarto de baño; tanto como si cayese, de repente, una auténtica tormenta de pollas de punta  —puede que algunas y algunos hasta lo agradeciesen—. Yo no. A mí me da igual.

No tengo trabajo, ni me importa, pero tampoco tengo mujer ni hijos a los que le interese saber si estoy muriéndome de cáncer o si, simplemente, cené anoche. Mi vida ha ido derrumbándose estrepitosa pero sistemáticamente en cada paso como un castillo de naipes. Y por el contrario, sólo la vieja herida de la frustración ha sido la única que se ha desplegado por mi cuerpo y por mi mente invadiendo poco a poco, cómodamente, mi ser. Ahora es tarde para todo, excepto para morir. Ahora nada me preocupa. Nada me inquieta; únicamente la estilográfica. Mi estilográfica, que no sé qué cojones le pasa, que no escribe.

Y es que, antes de irme caminando tranquilamente hacia el Puente Viejo para despanzurrarme como una mierda de paloma sobre el pestilente río, o arrojarme a la autovía sin motivo alguno para no hacerlo, quiero escribir mi última carta. Así, de esta estúpida manera, quiero dar gracias a la vida... ¡A esta vida patética y llena de mierda, que desde el principio me metió en un saco para darme de hostias! Pero nada, la puta estilográfica sigue sin escribir. ¡Me cago en la leche!

Me pregunto, sin pasión, qué sucederá. Qué cruzará por la mente de las personas que conozco una vez que me haya suicidado aunque es fácil llegar a la conclusión: nada. Absolutamente nada: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

— No, si ya lo decía yo, se veía venir, siempre me resultó algo extravagante y desequilibrado.
— Quizá —dirá la otra—, pero es que los soñadores, los románticos y los perdedores no tienen cabida aquí, y él, para su desgracia, era un poco las tres cosas.

Por eso, y porque hace muchas lunas que perdí en algún sitio la autoestima, me digo que les den a todos por el culo. Sólo deseo que la estilográfica escriba de una maldita vez, que me tiene gangrenado; me costó un pastón, y ahora, que por una vez tengo que escribir algo serio, deja de funcionar la condenada. Ojalá siempre hubiera tenido las ideas tan claras como las tengo hoy. Ojalá hubiera sido capaz de triunfar escribiendo porque la gente, ya se sabe, siempre apuesta a caballo ganador.

— No, si ya lo decía yo, se veía venir, siempre me resultó un chico entregado a la escritura. Era su vocación.
— Quizá  —dirá la otra—, pero es que los soñadores y los románticos jamás serán unos perdedores. Al contrario; si no fuese por los destellos de su sensibilidad... Si ellos no fuesen capaces de hacernos vibrar con su literatura, sus historias, su poesía, o su música, los demás no tendríamos acceso a muchas de las referencias que continuamente nos llegan a través de su imaginación. El resto somos incapaces de soñar. Somos demasiado “grises”. Demasiado “planos”. Demasiado “casposos”. Estaba claro, llegaría alto.

Pero no. Nada de eso va a suceder, seguro. Sería de puta madre, pero no. Entre otras cosas, porque nunca ha sucedido. Y no va a suceder, a pesar de que al mundo le hace más falta el poder de la imaginación de lo que él mismo es capaz de sospechar. No. Definitivamente, no Eso no le sucede a ningún aficionado. Eso no pasa ni en las películas. Y menos a mí, que si me cayese de espaldas tendría la inmensa suerte de romperme la polla. Eso hubiera sido lo deseable, pero no era para mí. Durante años me rompí la columna por ese sueño para nada. Pero por otra parte es lo más normal del mundo; es lo lógico: soy un auténtico perdedor.

Durante años fui vagando de editorial en editorial, arrastrándome como un perro apaleado entre los editores para no conseguir más que exiguos contratos que me hicieron, finalmente, renunciar a esa posibilidad. Por eso, entre otros asuntos, estoy aquí intentando redactar mi última carta, si la puñetera estilográfica me deja; porque toda mi puta vida ha sido sólo eso: un trazo estúpido y sin sentido. La herida me duele cada día un poco más. Y cada día noto cómo se me hace más y más enorme. Tan grande que me invade. Tan monstruosa que me come. Tan tremenda que me absorbe la vida. Y siento, además, cómo en mi interior, ella, a codazos, con el paso de los años se me ha ido haciendo paso en el alma hasta machacarla. En fin, que lo tengo decidido, que me voy dando un paseo hasta el Puente Viejo y me tiro de una puñetera vez.

Lo que no tengo muy claro es lo que puede pasarme. Porque tengo tantísima suerte, que después de arrojarme tengo cojones a quedarme parapléjico en una silla de ruedas. ¡Sería el colmo! No, quizá debiera renunciar por seguridad a esa idea. El Puente Viejo no es tan alto; podría romperme una uña y, como mucho, por la mierda que arrastra el río, pillar alguna infección. Seguramente lo conveniente sería que me precipitara sobre la autovía. Sí. La posibilidad de error es ínfima; circulan cientos de vehículos a toda hostia... Claro que bastante es que lo intente para que se encuentren todos detenidos en el atasco y vaya a caer encima de cualquiera de ellos y tenga, además, que pagarle al dueño todos los desperfectos ocasionados. Tengo que pensar. He de pensar en algo seguro...

Mi pluma sigue sin escribir. He destrozado un montón de hojas intentando que escriba, la “hijaputa” está sacándome de quicio. Va a acabar más rápido conmigo de lo que lo haría el arsénico. Es lo único que me faltaba. ¡Me cago en sus muertos!

Me está rondando por la cabeza una idea perversa; irme directamente a la tienda donde la compré y coger a aquella dependienta con cara de zueco, por el cuello, meterle la pluma hasta las amígdalas y preguntarle que de qué han servido las treinta y seis mil pelas que me gasté, si no puedo despedirme por escrito... Aunque, ¿de qué vale pensar en eso, ahora que me queda lo justo para retirarme como los toreros? ¿De qué vale ésta y cualquier otra consideración? Es sólo una pérdida de tiempo que no me lleva más que a agotar los pocos momentos que me quedan.

Puede que a esta situación haya llegado, y nunca lo he puesto en duda, por mi carácter; aunque siga siendo cierto que la vida me ha jugado muchas putadas.

Un sábado por la mañana, Claudia me lo dejó bien claro:

— “Mañana me largo. Los niños vienen conmigo a casa de mi madre. Te llamará mi abogado. Espero que llevemos el tema como adultos”.

Me quedé con cara de buñuelo.

Llevábamos casados casi treinta y dos años y eso no era ninguna broma. Reconozco que no estoy tan “civilizado” ni soy tan “maduro”, ni tan “duro”, ni “dos reales”, ni puta falta que me hace ser como los americanos, que tienen la poca vergüenza y los cuernos a gavillas. Allí, antes estas situaciones, nadie se altera. “To er mundo e güeno”. Cornudos, amantes, ex amantes, futuros amantes... todos pueden ser amigos. Todos revueltos, ¡hala!... Yo lamento ser tan corto de miras, esta miopía no me permite ni me admite ciertas licencias...

Sin embargo, Claudia por lo visto, llevaba mucho tiempo cocinando a fuego lento el sórdido asunto. Sufriéndolo, según ella, mucho tiempo en silencio, como lo del anuncio de las almorranas.

De esto hace dos años ahora, pero sigue clavada como una estaca en mi cerebro el instante en que la vi marcharse. Entonces creí que el mundo se me venía encima, y así era para mí. Todos mis esquemas, de pronto, perdían contacto. Se hacían harina.

Aún recuerdo la cara de gilipollas que se me quedó. Y cómo me quedé sentado en el sofá del comedor sin ni siquiera parpadear. Sin reaccionar mucho tiempo. Buscando la medalla. Por lo menos tres días. No comí. No cené. Dormí allí mismo cuando el sueño me hizo presa. Y exactamente igual el día siguiente. Y el siguiente. Simplemente me limité a clavar los ojos en la ventana y fui hundiéndome lentamente en el foso sin límite de la depresión, hasta llegar a esos traumáticos momentos en los que hubiera dado un huevo por no existir. Hubiera deseado morir como tanta gente muere: de repente. Sin más. Sin explicación. De sopetón. De pronto te da un palo y a la mierda. Se acabaron de una vez todos los problemas. Uno se queda hecho un pajarito, acurrucado en el sillón, mientras la vida se le va yendo. Y un mes después, los bomberos, tiran abajo la puerta de casa y te encuentran momificado, pero a ti te suda la polla a vino tinto con sifón. Que te embarguen los pavos. Te entierran y a otra cosa, mariposa. El que venga detrás que arree.

Desgraciadamente no me sucedió nada, salvo el hecho de perder dos o tres kilos. El miércoles, finalmente, en medio de aquel lacerante silencio, tiré de mi apolillada voluntad y decidí vestirme, afeitarme y asearme; ya parecía un indigente más de Jesús Abandonado. Y, además, llevaba dos días sin ir por la oficina, ni dar señales de vida. De todas formas nadie de la oficina se había puesto en contacto conmigo, lo cual agradecí tremendamente. Suponía, sin embargo, que la mesa de mi despacho estaría hasta el techo de asuntos por resolver.

Pero no. Sorprendentemente, la mesa, estaba más limpia que el culo de un chaval. No había un solo papel; únicamente, un sobre pequeño y blanco en el centro.

— ¡Qué buena gente!... —me dije— No sé cómo se habrán enterado, pero entre todos han decidido, por lo visto, aliviarme el trabajo acumulado. Son unos tíos cojonudos. Menos mal que por lo menos todavía queda gente buena en este mundo.

Al entrar en la oficina algunos compañeros me miraron y me preguntaron con cierto interés que cómo me encontraba.

— Bueno… —musité— he tenido días mejores.

No tenía cerca ningún espejo para mirarme, pero había estado afeitándome en casa y sabía que mi aspecto resultaba bastante patético y delator.

— Chico, no sabes cómo lamento lo que te ha ocurrido.
— Gracias... Son cosas que pasan —respondí sin ánimo.
— Claro, claro, pero después de nueve años, es una auténtica putada lo que te ha hecho.
— De eso nada, macho; iba para treinta y dos años de casado.

Emilio me miró con cara de póker.

— ¡Joder! Saca las cuentas; me casé en el...

Emilio y los otros dos compañeros se miraron sin comprender.

— ¿De qué coño estás hablando, Luis? —preguntaron.
— ¡Hombre! Saca las cuentas; yo estaba recién licenciado. Eso fue en el año...
— ¡Para!, ¡Para!... ¿Qué? ¿De qué me estás hablando? —insistió Emilio.
— ¡Joder! Emilio, no te enteras...
— Me parece que aquí el que no se entera eres tú —atajó.
— Vamos a ver si nos aclaramos o llamamos a un guardia —expuse—. Estoy hablándote de Claudia, mi mujer. Pensaba, estaba convencido, que sabíais lo que ha ocurrido; que me ha dejado, que se ha largado, que me ha dicho, “chao bambino”...

El silencio se aplastó entre los presentes. Sólo Emilio se quedó frente a mí, paralizado como un espantapájaros. Los demás, uno empezó a carraspear ferozmente y se perdió tras su mesa como por arte de magia. El otro, por la otra banda, fue a coger el teléfono que, según él, sonaba en un despacho, en el quinto capullo. Total: que me quedé únicamente con Emilio, que continuaba mirándome con los ojos abiertos, como si fuera un extraterrestre de vacaciones en Marbella.

— O sea, que no lo sabes... —concluyó.
— ¿Saber, qué? ¿Qué he de saber?

Noté como Emilio se hundía.

— ¡Joder, tío! Cómo lo siento...
— ¿Sentir qué? Me cago en la puta, Emilio ¿Qué pasa? ¿Qué tienes que sentir?
— Encima de tu mesa... —dijo con la voz áspera, mientras giraba la cabeza en dirección al escritorio evitando por todos los medios mi mirada.

Miré la mesa. Vi un sobre. El sobre. Se leía desde lejos: Confidencial.

Entonces, por primera vez, la mesa me pareció inmensa y extrañamente vacía. Abrí el sobre: era mi despido.

Tuve, inevitablemente, que leer cuatro o cinco veces aquel exiguo párrafo para darme cuenta que me habían puesto en la puta calle sin demasiadas explicaciones. Aquello, por otra parte, no era en absoluto una cuestión personal, ni mucho menos. Se trataba, tan sólo, de una razón presupuestaria. Había que desprenderse de personal como si de lastre se tratara. Había que aligerar carga aunque la acción bestial y demoledora supusiese el completo hundimiento de una familia en la miseria por tiempo indefinido. Pero... ¿Qué cojones estaba tratando de decirme a mí mismo? ¿Qué cuento me estaba contando? ¿Qué podía importarle a todo un Consejo de Administración la suerte de una persona que a fin de cuentas sólo era el número seiscientos cuarenta y uno? ¿Es que alguno de aquellos individuos sin rostro conocía a mi familia? ¿O le importaba? ¿O es que acaso nos bañábamos juntos, en verano, en la playa de Los Alcázares?

“S.A. no significa Sociedad Anónima, me dije. Significa: Sin Alma”. Serán bastardos, hijos de puta. ¿Dónde creen que puedo ir con mi edad? ¡Serán cabrones...! Sentí cómo la sangre galopaba por mis venas, acelerada. Una corriente eléctrica me sacudió de arriba abajo. La herida latía como un tambor dentro de mi cerebro. También en mi pecho y en mi estómago. Comenzaba a dolerme terriblemente. Los ojos se me inyectaron de sangre y lágrimas.
Emilio continuaba paralizado delante de mí.

— Cálmate, tío. Verás como todo se arregla...
— ¿Que me calme? ¿Que me calme? —grité— ¿Me estás pidiendo que me calme?

En ese instante dirigí la mirada automáticamente, a través de las mamparas de la oficina, a mi jefe de departamento. Bueno, a mi ex jefe ya. Lo fulminé. Si las miradas hubieran matado, ese día, aquel cabrón no va a desayunar; se hubiera quedado electrificado en el sillón. Me devolvió la mirada. Pero un segundo después no tuvo más cojones que desviarla. Sabía perfectamente el putadón que me habían hecho... ¡Joder si lo sabía! ¡Claro que lo sabía! Durante una fracción de tiempo, dudé. No sabía si entrar allí en su despacho y partirle la cara directamente, si sacarle los ojos con un bolígrafo, o si lo mejor era ir a mi casa, traerme la escopeta de caza y abrirle el estómago en canal.

— Cálmate Luis, por favor...
— ¡Déjame en paz!

A medida que me aproxima a su despacho, vi como aquel pusilánime se arrugaba como una pasa detrás de su mesa. Apenas se le veía la cabeza...

— ¿Qué clase de marranada es esta, después de nueve años?
— Cierra la puerta del despacho, Luis. A nadie le importa lo que hablemos. Cierra la puerta y déjame explicártelo...
— ¿Que cierre la puerta? ¿Para qué? ¿Para que la gente no oiga lo cerdo que eres? ¿Por qué no has despedido a Carmela, tu secretaria, que solamente lleva en esta leonera dos años y medio y, además, es soltera y no tiene cargas familiares?
— No se trata de eso, Luis...
— Yo sí que te voy a decir de una puta vez por todas de lo que se trata, sapo venenoso —interrumpí. Llevaba mucho tiempo acumulando en mi interior la pócima de la impotencia. Aquel negrero, cabrón, llevaba varios años amargándome la existencia sin miramientos de ningún tipo. Humillándome hasta la extenuación. Limpiándose con sarcasmo la polla en las cortinas de mi alma. Yo, sin embargo, aguantaba. Aguantaba y rezaba con todas mis fuerzas por no perder los papeles y meterle, en un arrebato, la cabeza bajo las ruedas de mi coche. Aguantaba, bien lo sabía Dios, como podía, el tirón, por la familia; por los niños, por la puta hipoteca... Cualquier otro día, seguramente, me hubiera arrastrado a sus pies como un gusano y le hubiera chupado el culo. Pero ahora que Claudia me había abandonado, no me quedaban motivos ni excusas por las que luchar. Todo, en realidad, me importaba una puta mierda. Por esa sencilla razón, ese día, aquel hijo de Belcebú, iba a enterarse de la factura que le tenía preparada. Iba a escupirle a la cara todo el asco y el rencor que sentía.

— Ya sé que prefieres —dije con mordacidad—, si has de despedir a alguien, cargarte al que peor te cae. Es lo normal en estos casos. No hace falta que me cuentes milongas, pedazo de cabrón. Ya sé, también, que no tengo ratón para taladrar. Ni unas tetas para que me las sobes. Ni siquiera una boca carnosa y sensual para mamar. Por supuesto, si yo fuera tía, procuraría no cruzarme contigo ni en misa. Pero, claro, siempre hay una mierda para un tiesto. Ese es el caso de Carmela. Y es que la pobre tampoco da mucho de sí.

Mi ex jefe iba palideciendo por momentos. En los pasillos se oían murmullos.

— Pero eso sí, te sugiero —apunté con sarcasmo—, que en lo sucesivo, cuando folles con Carmela, no tires el condón a la papelera que luego canta como Plácido Domingo por bulerías...
Mi ex jefe, para entonces, ya estaba blanco como la cal. No parpadeaba. Sus ojos de huevo permanecían inmóviles y absortos. Y Carmela, la secretaria, había desaparecido misteriosamente de la escena... y de la oficina.

— Lo que tampoco sé —continué sin piedad para rematar la faena— es lo que pensará de todo esto el paquidermo de tu mujer, pero prometo encargarme de todo, no te preocupes...

Unas gotas gordas y transparentes se dejaron ver por su frente y su sien. Fuera, en los pasillos, el murmullo del personal, aumentaba. Él no dijo nada. No pudo. Cuando salí de la oficina me sentí ligeramente mejor. Extrañamente mejor. La herida había dejado de dolerme provisionalmente aunque suponía que después, con el tiempo, recuperaría de nuevo la molestia. Aun así, en ese instante me sentí bien y eso era lo importante. Por fin había conseguido vomitar todo el odio que atenazaba mi espíritu.

La maldita pluma me tiene negro, sigue sin escribir. Me están dando unas ganas locas de clavársela a la dependienta en los ojos. Y sigo sin decidir aún el método para quitarme del medio. Soy bastante cobardica ante el dolor, lo reconozco, aunque no sé exactamente por qué; si más que me duele vivir no me va a doler morir. Y, además, es sólo una vez.

Podría, sin embargo, como mejor opción, tomarme una caja entera de pastillas. Entraría en un sopor absurdo y fabuloso. Extraordinario. Más tarde en coma. Y finalmente... En fin, luego se acabaría toda esta mierda. Porque, claro, eso de ahorcarme, desde luego, que no. No quiero ni pensarlo. Hace tiempo tuve un amigo que se suicidó, pero eso, al pobre, le costó dos intentos. Solamente él sabrá, dondequiera que se encuentre ahora, lo que tuvo que sufrir la primera vez. Yo no quisiera sufrir más de lo estrictamente necesario; hay que ser pragmático hasta para quitarse del medio. ¡Tiene cojones la cosa...!

Ya no me interesa nada, ni trabajar, pero es lo lógico en estos casos, quiero suicidarme; no tengo por qué salir a las ocho de la mañana rumbo a la oficina y en el desayuno aprovechar el tiempo. Estas cosas uno las hace cuando le da la gana, ya que, de todas maneras, es lo último que va tener que hacer.

Sin embargo, cuando entonces me despidieron de la oficina no me lo tomé tan mal. Al contrario; encontré cierta quietud. E incluso, fugazmente, abracé la peregrina idea de que: “No hay mal que por bien no venga”, me dije. “A lo mejor, hasta encuentro un curro que me guste y comienzo mi vida por otro sitio”. ¿Por qué no? Quizá, puestos a soñar, encuentro una chavala y quién sabe... ¡Pero qué va! Lo único que yo podía encontrar era si acaso una pulmonía.

Aquello fue sólo una ilusión óptica. Sólo la necesidad de querer sobrevivir. El paso del tiempo fue poniendo de manifiesto sus maquiavélicas intenciones. Yo, por mi parte, acabé derrumbándome miserablemente sobre mis escasos sueños para llegar hasta donde me encuentro.

Por aquellas fechas ya rondaba una edad relativamente peligrosa laboralmente hablando. Pero conforme fueron excluyendo mi candidatura en los diferentes puestos de trabajo a los que me iba presentando, fui dándome cuenta exacta de hasta que punto mi vida se hallaba mucho más en ruinas de lo que yo mismo había calculado.

Un domingo, para sorpresa mía, leí en la prensa como una bendición caída del cielo un anuncio de trabajo. Buscaban un comercial, con o sin experiencia, y sin importar la edad. Jamás había sido comercial; no tenía ni pajolera idea de cuál podía ser mi misión, pero suponía que la de vender. Tampoco me habían partido nunca el culo y, a muy pesar mío, la vida, últimamente, no hacía otra cosa por mí que no fuera eso. Así que pensé que intentándolo no perdería mucho más de lo que ya me había quitado.

A todo esto seguía sin tener grandes noticias sobre Claudia, mi ex mujer. Ella personalmente no me llamaba. Ni siquiera parecía importarle si vivía o si había adquirido un apartamento de una habitación en el Residencial Campo Santo de Espinardo. Aunque, por una amiga común, supe que sabía que las cosas no me iban precisamente viento en popa. Le había llegado el comentario que me había quedado sin empleo y que hurgaba como un loco por la ciudad en busca de algo que llevarme a la boca. Esa y no otra fue la razón de su única llamada.

— ¿Necesitas algo?
— Sí. Supongo que sí. Un revólver.
— Anda, deja de decir tonterías.
— No las digo, no... Y a ti, ¿qué tal te va?
— Con mucho trabajo, no puedo quejarme. ¿Puedo hacer algo por ti?
— La verdad es que sí. Podrías venir a casa y echar un polvete conmigo. Estoy bastante falto.
— Estoy hablando en serio.
— ¡Toma, y yo!
— Por favor, Luis...
— Está bien, está bien. Por intentarlo que no sea...
— La verdad es que no puedo ayudarte de otra manera, pero de pasta sé que estoy mejor que tú. Así que hasta que te recuperes económicamente no me pases dinero, quédatelo. A ti te hace más falta que a mí.

Era cierto. Me costaba reconocerlo, pero así era. En el fondo de mi ser agradecí el gesto. Su voz, al otro lado del teléfono, sonó vivificante: fue como un soplo de aire fresco en mi ígnea herida. Durante un segundo quise recordarla de nuevo, aunque nunca había dejado de ser así. La sentí junto a mí. Seguía, sin poder evitarlo, cautivado por aquella mujer, no me importaba reconocerlo. Sin embargo, también resultaba evidente que ella no sentía lo mismo por mí. Si acaso, de quedarle alguna emoción, le quedaba lástima. Sólo por eso me había llamado. De sobra sabía que con su marcha mi facultad de recuperación sería prácticamente nula; sabía que me pulverizaba. Sabía que seguía siendo el eje indiscutible de mi existencia. Le hubiera supuesto menos esfuerzo meter mi corazón dentro de una batidora. ¿Quién puede arreglar un corazón destrozado?, recordé que entonaban The Bee Gees... Por supuesto nadie. Pero supongo que la vida es así; casi siempre se pierde más que se gana. Y ella, en este juego de vivir, había extraviado el amor. Su desgaste, con el paso del tiempo, había sido mucho más fuerte que sus sentimientos.

Ella, por su manera de ser, siempre demostró ser más fuerte que yo. Había tenido la capacidad de comenzar. La fortaleza suprema de empezar su vida por otro sitio. Yo, sin embargo, me quedé contra las cuerdas absolutamente idiotizado y cualquier intento resultaba aún más inservible que el anterior. Para colmo de desgracias, mi edad, mi maldita edad, suponía el mayor de todos los obstáculos para intentar recomponer mi vida. Y, desde luego, ese sí que era un hecho imposible de salvar. Sin trabajo, ¿Dónde quedaría la poca autoestima que pudiera tener? Y a partir de ahí, de esa teoría... ¿Qué mujer se acercaría a un paria como yo? ¿Alguna desesperada? No deseaba limosnas emocionales. Era lo que menos necesitaba. Pero lo que sí quedaba claro es que me hacía falta el dinero.

— Te lo agradezco. A ti no voy a engañarte, estoy “canino” —dije sin fuerza— estoy más tieso que el árbol del ahorcado. Además, ya sabes, sin trabajo...
— No te preocupes, cuídate, ciao...

Claudia no quiso herirme más de lo ya lo había hecho. Sabía que me encontraba completamente hundido. Por eso evitó decirme lo demás. No quiso decirme que había otro hombre en su vida. Poco después de acabar conmigo conoció a otro tipo. Lo supe por esta amiga común. Como sabía que era feliz con él; no era cuestión de encabronar más el asunto. ¿Para qué? A fin de cuentas, Claudia, era libre; podía hacer lo que le diese la gana. Yo era el que se sentía preso en la jaula de cristal y tampoco quise decírselo. Mi orgullo herido frenaba las palabras de angustia en mi garganta. No quería decirle abiertamente lo que se me paseaba por la cabeza cada vez con más frecuencia. No pretendía asustarla ni mucho menos hacerla culpable de mi posible decisión. Aún me quedaban ciertas esperanzas. Únicamente me plantearía definitivamente saltar desde mi jaula al vacío si no encontraba un solo motivo por el que seguir aquí.

La mañana que me presenté en la agencia de publicidad, intenté por todos los medios olvidar que mi herida crepitaba en mi interior como una vieja puerta. Tenía que intentar sobreponerme. Razón por la que me puse mi mejor traje, aunque sabía que cualquiera podría darse cuenta enseguida de mi estado económico. El traje estaba bien, pero se veía un tanto pasado de moda. No era exactamente de la época de los romanos, pero se notaba claramente que la última vez que me lo había puesto, aparte de pesar quince kilos menos, los guardias de pito iban en bicicleta. “Pero bueno —me dije— esto es lo que hay; si fuera a pedir trabajo con un traje de Giorgio Armani, de veinte mil duros, sería todavía más decepcionante. Sería la inequívoca señal de que alguna vez los he tenido para poder comprarme un traje tan ganso. Y no. He vivido sin penurias económicas, pero sin lujos; el trabajo de administrativo no se encuentra ni medio bien pagado.”

Pensé que tenía que haber sido otra cosa como, por ejemplo ejecutivo. Un ejecutivo agresivo, con traje de Armani, de veinte mil duros. Un tipo de personaje, como esos que van por el mundo como si todo les perteneciese. Un triunfador. Por eso, entre otras cosas, Claudia, me había dejado. Ella sí había sabido elegir y enrollarse con un menda que respiraba pasta por un tubo y trajes de Armani de veinte mil duros. Y es que, como canta Moncho, “Las palomas van donde hay pan”.

Lo que no sé es cuanto le va durar. Porque estoy seguro de que no la quiere como yo. Nadie puede querer a esa mujer como yo. Y además, me consta, que la ventaja y a la vez desventaja de ser un triunfador es que este tipo de individuos no quieren nunca a nadie, excepto a sí mismos. Jamás, bajo ningún concepto, entregan su corazón. Por lo que tampoco me extrañaría que cualquier día fuera ella la abandonada... Y no, no debería estar pensando en esto mientras me hago el nudo de la corbata, porque soy muy facilón y podría estar apretándome el puto nudo sobre el cuello hasta que me quedara fuerza para hacerlo. Ya sé que no merece que la quiera. Me lo digo todos los días, setenta u ochenta veces; cada vez que se cuela su imagen en mi cerebro. Pero tampoco consigo apartarla de mí definitivamente. Hace casi un año que se fue y parece que hubiera sido anteayer cuando salió por la puerta para no regresar... 

Cuando entré en la agencia de publicidad me recibió una hembra, rubia, con dos “razones de peso” tan descomunales como inimaginables. Dos kilómetros de pierna y apenas un palmo de falda. “Eso es un buen cocido y no las latas precocinadas que me preparo yo…” —pensé rápidamente—. Al caminar detrás de ella, rumbo a la sala de espera, el vaivén de su culo terminó por ponerme enfermo. Bueno, el vaivén de su culo, y la señal, casi en la cintura, del tanga. Fui imaginándomela desnuda sólo con el tanga. ¡Y, claro, lo que pasa!; como iba últimamente tan escaso cuando vine a darme cuenta estaba más empalmado que un exhibicionista en la puerta de un colegio. “Menos mal —pensé con alivio— que de algo tiene que servirme la chaqueta. Ya no podré decir jamás que no me ha sacado nunca de un apuro”.

La chica, desde luego, por la sonrisa que me regaló tuvo que imaginarse algo.

La decoración de la oficina me pareció espectacular pero sobre todo original. Los detalles estaban bien estudiados. La luz entraba a espuertas a través de las cristaleras. Allí, por supuesto, el que no encajaba de ninguna forma era yo. “…Y seguramente —recapacité con horror— la chica no imaginaba nada de lo que rondaba en mi cabeza; quizá sólo pensaba lo ridículamente mal vestido que iba.”

El tipo de la agencia me tuvo en aquella sala de espera tres cuartos de hora comiéndome las uñas; como si supiera, antes de conocerme, que era un “pringao”. Cuando al fin me recibió, supe que no le causé buena impresión. Me observó de hito en hito; una ligera ironía se asomó a sus labios. Eso me jodió ya de entrada.

Pero lo peor no fue eso…

— Usted puede ganar aquí lo que desee —entró.

Y empezó como un suicida, poco después, a hacerme números de lo que podía ganar.

— … Porque si tú —me tuteó a la primera de cambio— haces todos los días tantos contratos —me pareció una barbaridad—, al veinte por ciento, al mes... ¡tanto! —me dijo otra barbaridad para impresionarme—. Claro —me advirtió—, que primero los contratos tienen que haberse cobrado, lo que significa...
— Lo que significa —atajé— que cobraré mis primeras comisiones dentro de un par de meses, más o menos, con suerte.
— Bueno sí, pero cuando empieces a generar y a cobrar contratos entrarás en una dinámica periódica.
— Sí, en unos seis meses, ¿no? —comenté con un pelín de coña.
—Tal vez antes, depende de ti.
— Al menos —pensé en voz alta intentando consolarme—, tendré un dinero para gastos, kilometraje, dietas, no sé...
— No eres demasiado optimista ¿eh, chaval? Hay que ser más positivo; si lo fueras, no estarías diciendo lo que dices. Eso es lo de menos. Un buen comercial puede ganar tanta pasta que lo menos importante es lo que a ti te preocupa.
— No es que me preocupe, o no —repliqué—. Lo que tampoco pretendo es que me cueste dinero trabajar, si no vaya un negocio... Sobre todo para mí.
— Nada, nada, tienes que ser más positivo, hombre —dijo, quitándole importancia a mi lamento y a lo que no le interesaba discutir.
— Ya, pero...
— Bueno, que no sea ese el problema. Te adelanto mañana por la mañana diez mil pelas a cuenta y ya está.
— ¿Diez mil por semana?
— No, no, diez mil este mes... Ya te las descontaré de tu primer contrato. Aquí el capítulo de gastos no existe.

Le miré a la cara fijamente. Ya empezábamos mal, me dije. Ya empezaba a joderme antes de entrar. La herida, dentro de mí, se agitaba.

— No obstante —expuse—, necesitará mi DNI y mi cartilla de la Seguridad Social para hacerme el contrato de trabajo.
— No hace falta.
— ¿Cómo?
— Que no hace falta. El contrato es, de momento, mercantil. Si más adelante vemos que funcionas te daremos de alta.
— Ya. Y si no es mucho preguntar... ¿Cuál va a ser mi sueldo?
— ¿Cómo dices?
— Que si no es mucho preguntar...
— No, si te oído —espetó.
— ¿Entonces?
— Aquí no hay sueldo, ya te he dicho que podrás ganar lo que te de la gana...
— Claro… ¿Y el trabajo a realizar? Porque, supongo, que tendrán ustedes una magnifica cartera de clientes que, de alguna manera, garantice los ingresos del comercial en tales condiciones.
— No exactamente. Verás: la labor del comercial consiste precisamente en eso; en abrir y crear su propia cartera visitando polígonos industriales y empresas, ofreciendo inserciones en la prensa local y cuñas publicitarias en radio.
— Y todo eso, ¿a comisión pura y dura?
— Efectivamente. Lo has entendido perfectamente.

La herida tocó fondo. Se me abrió en el estómago y en el cerebro como una lechuga mustia. Me levanté de la silla, no pude aguantar más…

— Lo que he entendido perfectamente es que usted es un cabroncete con los ojos malos y los pies torcidos, por decirlo de forma benigna. Además, me pregunto, por qué mientras me está diciendo toda esta sarta de atrocidades no se ríe. Debiera hacerlo, ¡sí, hombre!, es lo único que le falta para ser un perfecto hijo de puta. Ahora puedo explicarme cómo tiene esta oficina... Con la sangre de las personas que han pasado por aquí. ¡Váyase a la puta mierda!

Ni siquiera me molesté en cerrar la puerta al salir. Mientras bajaba por las escaleras con el humor de un hurón, dudé si subir de nuevo y darle un puñetazo a aquel cretino que aún pensaba que era una lástima que la esclavitud en el mundo fuese a menos, pero no estaba de humor cómo para mancharme las manos de mierda, así que olvidé el asunto.

Experiencias humillantes como aquella infelizmente tuve varias; en otra ocasión, una empresa de venta piramidal, pretendía que, además de ir a comisión, les comprase un determinado lote de productos cosméticos, que era, en realidad, el auténtico negocio de aquellos sinvergüenzas: aprovecharse sin parpadear de los pobres desgraciados y de sus ínfimos ahorros.

En fin, el tiempo fue pasando; mi vida y mi autoestima encogiendo, las oportunidades de trabajo disipándose entre humillaciones y mi herida engordando. Y como consecuencia, mis esperanzas esfumándose. Se me acabó el paro. También el subsidio. Los “amigos” fueron, por supuesto, los primeros en evaporarse. Claudia, no me reclamaba dinero, de todas formas me hubiera sido imposible dárselo, pero a cambio tampoco volvió a llamarme: me había tachado de su vida. Su olvido era cruel y definitivo. Mi patético estado era cada día más ruinoso, por lo que evitaba ver a los niños. ¿Qué podía decirles? ¿Podía ser eso lo que esperaban de un padre? Al final, casi prefería que me recordasen como a un bastardo, el cual se había olvidado de ellos, a que me viesen en la situación catastrófica de derribo que me encontraba. Eran pequeños, con el paso del tiempo se olvidarían de mí. Lo superarían. Era injusto, pero en cierto modo aconsejable. Yo había dejado de ser una referencia para cualquiera de ellos; si acaso, como mucho, una vergüenza.

El tiempo, como una zarpa cruel se me fue echando encima despiadadamente. No tenía adónde ir. Tampoco sabía si quería ir a algún sitio. La herida, ya en metástasis, me golpeaba en el cerebro con más insistencia que nunca. Con auténtica reverberación. Fue, entonces, cuando comencé seriamente a plantearme el final. El puto final. ¿A quién podía importarle mi muerte si tan poco importaba a nadie mi vida? Lo mejor era terminar. Y terminar cuanto antes con esta farsa. Dejé de sentirme mal de lo mal que me encontraba. Todo alrededor carecía de valor. Nada me importaba. De hecho, nada me importa. Por esa irónica razón deseo dejar escrita esta carta. La pluma, ya hasta los cojones, la he clavado en la pared. He cogido un bolígrafo. Total, para decir adiós, sólo basta una palabra.

Estoy harto de perder. Necesito descansar. El más allá no puede ser peor que esto. Pero sí quisiera, antes de irme, decir lo poco que vale la vida cuando uno pierde los pocos motivos que le quedan para aferrarse a ella. No puedo reprochar a Claudia que haya dejado de quererme. El amor es un sentimiento, no un contrato de trabajo en el que cuando a una de las partes no le interesa continuarlo se rescinde ¿O sí…?

En todo caso yo no podía exigirle a Claudia más amor del que ella era capaz de ofrecerme; supongo que me entregó el que pudo o supo darme. En el fondo, es gracioso, debiera agradecer su sinceridad. Es simplemente, que yo, en mi caso, no puedo. No he podido dejar de amarla. Ella ha ocupado mi universo con su luz. Para mí es completamente imposible seguir sin ella, así que me marcho. Sin prisa. Sin pausa. Con la conciencia en paz. Me marcho sin reproches. Con la mochila de los sueños vacía. A lo sumo con una última y agónica pregunta en el pensamiento: ¿Por qué tuviste que dejar de amarme, Claudia?  


José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002




LA VIDA EN EL TEJADO [Relato]



Llevaba demasiados años sobreviviendo, de tejado en tejado, sin hacer apenas ruido. Deslizándome siempre en el más profundo de los silencios, como una sombra, en la oscuridad impenetrable de aquella inmensa ciudad. Intentando, a toda costa, arañar el viejo disco ambarino que algunas veces se instalaba con descaro en el cielo. Aquel amarillento, mudo y boquiabierto testigo, me perseguía incansablemente en cada rincón, abriendo en la noche mis instintos más felinos para empujarme a recorrer de una en una las tenebrosas terrazas de los edificios.

Por lo demás, mi vida, casi siempre apacible y tranquila, transcurría entre la infinita soledad de las azoteas y la afonía quebrada y falaz de una urbe convulsa y esquizofrénica. Y sólo cuando el día se desplomaba al fin, y agónico escribía sus últimos renglones en los alambres de los patios, el rostro del silencio asomaba palmo a palmo su hocico con insegura timidez. Era entonces cuando su desdibujado color me llevaba y me traía sin indecisiones por los aleros de una ciudad que imaginaba interminable. Mi extraordinaria precisión me precipitaba en la noche por las oquedades más recónditas como lo que era: un funámbulo tuerto. Para observar, en primera fila, una metrópoli agotada bajo las almohadillas de mis patas. Allí, desde el vértice inalcanzable de las aristas simétricas de las tejas, me sentía como un semi dios; recortando en la oscuridad mi silente y gatuna figura.

Pero también a veces, mi recalcitrante e irreflexiva curiosidad, me llevaba a visitar a aquel humano que continuamente, sin cesar, escribía. Por el día y por la noche, a todas horas. Dale que dale. Mi presencia, desde luego, apenas significaba algo para él; que me observaba un segundo y otro después me ignoraba por completo para seguir escribiendo. Desde su ventana, expectante y taciturno, veía pasar la vida pero era incapaz de detenerse, tenía que seguir. Tenía que escribir aquel maldito libro. ¡Tenía que terminarlo! Por temporadas, incluso había abandonado la idea; estaba harto de hundirse una y otra vez en la misma mierda para llegar de nuevo al mismo y fatal punto de partida. Porque, en muchas ocasiones, esa misma y desgastada idea, se había vuelto contra él como se revuelven las serpientes y los malos amigos, que es lo mismo.

De repente, una tarde estúpida y plomiza, se encontró prisionero; tan obstruido, tan atrapado en aquel entramado opaco y confuso, que poco a poco fue perdiendo de vista la realidad. Y fusionó, sin pretenderlo, la ficción y lo que le rodeaba en un único y extraño concepto. Y asomó su gris existencia a la ventana para descubrir que la vida no se había detenido ni un instante desde que él decidiera esconderse del mundo; que seguía ahí, caminando, a pesar de su feroz oposición. Y por primera vez en mucho tiempo observó a la gente que iba y venía. Y que era él, en todo caso, el que se quedaba atrás en la rueca de la vida. Que ésta, en las calles, seguía impulsando con absoluto aburrimiento el monocorde latido en el corazón de la gente.

Yo, por alguna razón relativamente parecida, llevaba también años sin atreverme a descender a los callejones; años atrás, había perdido sin contemplaciones uno de mis ojos como consecuencia de la perdigonada de un mocoso, y mi pánico, desde entonces, era atroz. Pero esa noche, sin saber exactamente por qué, decidí abocarme a las calles. Al llegar, la gente desde sus vehículos, por algún motivo que todavía hoy desconozco, comenzó histéricamente a chillar y volví a asustarme. Y sin poder controlarme, corrí calle abajo.

Los que advirtieron mi presencia, al verme con un palmo de lomo erizado, se paralizaron y me abrieron camino. Pero la mayoría no se dio cuenta y continuó caminando mecánicamente hacia el foso de su gris existencia, dentro de aquella absurda maquinaria, que llamaban ciudad. Sin embargo, dos mujeres con las que topé, cayeron directamente al suelo; sus bolsas se desparramaron violentamente. Alguien, al pasar, aprovechó la confusión para llevárselas.

Un coche salía a la avenida, era monstruosa.

El conductor, me vio a mí, esquivándome, pero no frenó a tiempo, no pudo. Y un tipo que iba en bicicleta saltó por los aires; al caer, por la forma en que lo hizo, seguramente estaría muerto: muerto y desarticulado como un muñeco roto. La gente que en ese momento salía del Metro como ganado en una estampida, con la única intención de tomar oxígeno, retrocedió sobre sus pasos hasta amontonarse. De repente, nadie quiso avanzar.

Nadie sabía lo que estaba sucediendo ahí fuera; lo cierto, es que se desplomaron unos sobre otros. Algunos, muchos, fueron escaleras abajo. Una chica, rubia y menuda, perdió su zapato en la barahúnda. Volvieron a rodar bolsas y paquetes por el suelo. Un hombre pequeño, a unos metros de donde me encontraba, me miró; se quedó mirándome un tanto boquiabierto, pero en realidad no era a mí a quien veía: su mirada se encontraba extraviada y, en el fondo, tan angustiada como la mía.

Su pequeña presencia; el sombrero negro y redondo del que descendía el minúsculo ser se detuvo un segundo. Sus ojos, esféricos y tristes; su bigote inacabado y sus gafitas de John Lennon sólo ofrecieron lástima. Acababan de despedirlo de la empresa donde trabajaba, en la empresa donde se había dejado sin reservas treinta años de su existencia. Treinta años que, en un momento, se iban a la puta mierda por el agujero de una de aquellas alcantarillas. 

—“Ese hijo de puta”... —pensó mientras me observaba—: ¿Qué voy a decir en casa? ¿Cómo voy a decírselo a mi familia? ¿De qué forma voy a explicar que un ordenador es más preciso y más rentable que yo, y que el cabrón de mi jefe, pensando únicamente en la salud de su cuenta corriente, ha decidido, sin temblarle el pulso, reemplazarme...? Hay que ver, de qué poco han servido los años que he estado dejándome la piel en cada asiento; ni mis desvelos, ni mis días de fiesta, ni las horas de sueño que he sacrificado delante de esa miserable mesa de formica, intentando cuadrar balances... Las máquinas, esos malditos artefactos sin alma, han destrozado mi vida...

Quería acabar con todo; no sabía adónde iba, pero tampoco le importaba. No iba a casa, había perdido el rumbo, deambulaba como un espectro. Nada le importaba. Ya no. Ya era tarde. Su diminuto rostro sólo reflejaba desesperanza, zozobra y melancolía; una melancolía absurda pero irrecuperable. Las máquinas habían desvalijado su necia y opaca vida de un zarpazo. 

En el revuelo, una anciana tropezó; fue al suelo. Nadie pareció darse cuenta, o no importó, pero le falló el desgastado corazón. Desde el suelo intentó desesperadamente abrir la boca para tomar aire, pero no pudo. Poco a poco fue quedándose agónica como un pez fuera del agua. Los coches, entretanto, seguían rugiendo sobre el asfalto de charol. Y aquel furgón de reparto inesperadamente se estrelló contra el escaparate de un comercio y volcó la carga. 

Un cartero solitario, entre la multitud enardecida, caminaba lento; atento al número de la calle que iba buscando: era su última carta. Al fondo, en una esquina, tres jóvenes intentaban abrir un vehículo recién comprado. Su flamante dueño, un viajante, acababa de hipotecarse hasta las cejas para adquirirlo, pero eso, ¿a quién de los tres le importaba realmente? 

Una mujer de cabellera morena salió del hotel. Besó lacónica pero apasionadamente en la boca a un hombre alto y moreno. Todavía llevaba el pelo mojado. Después subió las solapas de su abrigo, la noche era fría. Pero no fue por eso por lo que se abrigó; no quería ser reconocida por un grupo de personas con las que iba a cruzarse, no iba sola. Iba fuertemente cogida del brazo de un hombre que no era precisamente su marido. Su marido, un desempleado de los miles que había en la ciudad, estaba en casa cuidando de Adrián y de Héctor.

Ella, la mujer, sin embargo, había advertido a su esposo debidamente que ese día se retrasaría más de la cuenta, la reunión era importante... ¡Vaya si lo era! Acababa de echar unos polvos salvajes con un compañero de trabajo que era la exacta antítesis de su cónyuge. Se sentía feliz, se le veía en la carita. Se sentía tremendamente feliz: agotadamente feliz. Había gozado como hacía tiempo. La tarde había sido intensa y repleta de sexo, de un sexo brutal y desconocido. Ya había olvidado casi por completo a qué sabía una buena dosis de polvos; había conseguido al fin arrancarle una astilla a su asquerosa monotonía, ¡había recuperado por unas horas el tiempo perdido! Y lo normal era que no ocurriese nada; eso sucedía todos los días a patadas, en todos los sitios, nadie tenía por qué enterarse, ¿o sí?... Al pasar, dos personas que la conocían pusieron cara de anchoa parapléjica: 

— ¡Hostias! ¿Has visto cómo ha besado al tío? ¿No es esa la mujer de...?
— ¡Sí, joder, ya lo creo! —exclamó el otro con perplejidad.

En el extremo de la calle dos vendedores discutían. Las ventas les habían bajado estrepitosamente. Ese día tampoco se habían comido una puñetera rosca a pesar de haberse pateado toda la ciudad de esquina a esquina; así llevaban toda la semana. Estaban desesperados y temían lo peor.

— No hay forma de hacer un seguro de vida —comentaba uno de ellos con desánimo—. En cambio, los objetivos han subido como la espuma. Este año nos van a machacar...
 — Relájate —decía el alto con más aplomo—. No caigas en el temor, aguanta. No te dejes influir tanto por el cabrón de tu jefe, ya sabes que es un acojonado y un depresivo de mierda, que lo único que pretende es trasladarnos su propia angustia. ¿A quién va a encontrar que tenga los huevos que nosotros tenemos? Anda, tomemos unas copas, necesitas desconectar. Estás tenso. Conozco un sitio... unas niñitas que son la hostia, están para chuparse los dedos. La mayoría son suramericanas, las demás ucranianas y de por ahí: auténticos bellezones...

El tercero, el más gordito, se encontraba un poco separado. Llevaba enganchado al teléfono móvil quince minutos sin parar.

— No te preocupes, Amelia, que no tardo. En cuanto termine la reunión que tenemos voy a casa. No, que no —decía con ojos vidriosos—, que no me paso, de verdad, que no bebo más...
  
Súbitamente comenzó a diluviar. Las personas comenzaron a arremolinarse. A correr de un lado para otro. Pero la vieja continuó tumbada en la acera, agonizando como una perca. El chofer del furgón de reparto miraba con desolación el destrozo y se llevaba las manos a la cabeza. Mientras, el dueño del comercio, congestionado, al borde del infarto, se cagaba en todo lo habido y por haber y de paso intentaba por todos los medios sacudirle unos puñetazos al conductor. Las dos mujeres, mientras tanto, seguían buscando ingenuamente sus paquetes por la calle.

— Oiga, por favor, señor, ¿no habrá visto usted...?

La policía y las ambulancias habían llegado: el conductor del vehículo se encontraba aturdido y algo bebido; le dio un ataque de nervios, parecía que se hubiese vuelto loco, estaba destrozado. Pero más destrozado se encontraba el tipo de la bicicleta, que fue directamente a parar al depósito de cadáveres. Aquella muchacha, la rubia y menuda, en la boca del Metro, buscaba insistentemente su zapato. Pero no había observado que, con el tropel de gente saliendo apresuradamente de la estación, el zapato, también había ido rodando y se encontraba pulverizado en la mitad de la calzada; los coches y los autobuses, al pasar, lo habían pulverizado. El cartero se alejaba exhausto; había encontrado su última dirección, dejaba su última carta.

Los jóvenes ladrones también se marchaban; se llevaban el coche recién estrenado. Los vendedores, al fondo, cobijados de la lluvia, continuaban discutiendo: el bajito seguía sin salir de su tribulación; su cobardía y su inseguridad le paralizaban. El alto, entretanto, tenía serias dudas: no sabía a qué “puticlub” marcharse. Y el gordito, un tanto alejado, continuaba hablando sin cesar por el teléfono móvil, prometiéndole a Amelia que no llegaría tarde. La mujer infiel prometía “fidelidad” a su amante. Le susurraba al oído lo maravillosamente bien que la había follado, con la apática despreocupación de que su marido, mientras tanto, ajeno a su perfidia, estaba en casa al cuidado de los pequeños.

El hombrecillo se fue. Se alejó en silencio, como una sombra. Se dejó arrastrar por las quimeras que le apretaban el ánimo reventado. Una vez más maldijo su puta estampa y su mala suerte. Y continuó calle abajo sin saber exactamente lo que iba a decir cuando llegase a casa, si llegaba. Su sombra menguante también le fue siguiendo, sin saber adónde iba. Solo, desapareció en el primer callejón que se encontró. Su sombrero negro, hundido hasta las orejas, sus ojos esféricos y tristes, su bigote inacabado, sus gafitas de John Lennon y su aspecto enclenque le hacían parecer aún más patético e insignificante.

En la primera oportunidad que tuve a mi alcance, no dudé; volví a encaramarme, completamente aterrorizado, a la azotea más próxima... ¡Y más alta! ¡Como alma que lleva el diablo! ¡Aquello no era para mí!, no señor. Me juré por mis muertos más recientes que nunca más descendería hasta aquel pandemónium. Viviría para siempre recluido en la infinita soledad de las azoteas como un eremita; intentando arañar a toda costa, en las noches de luna, la vieja y polvorienta figura que flotaba en el cielo. Seguiría procurando complicarle la vida al despistado gorrión de turno; juguetearía con insolencia entre los cachivaches de los trasteros en las somnolientas y abrasadoras tardes de verano y al llegar el crepúsculo volvería a observar inalterable, desde los ángulos inaccesibles de las tejas, el hormiguero humano. Aquello me resultaría más sencillo, sin duda. Todo antes que intentar vivir entre aquellos enloquecidos seres.

Al subir tropecé de nuevo con el escritor que me observó un instante. Y como si hubiese adivinado mi caótico periplo, me sonrió. Después, como siempre, me ignoró para seguir escribiendo.

Es la puta sal de la vida. Esa sal que nos rescata y nos maneja. Que nos aplasta como a colillas o nos eleva sin saber muy bien adónde, pero a otra dimensión. Es la sal de la vida. La sal de esta vida sosa y llena de matices mediocres y grises. Historias tristes. Historias grises. Historias de la calle. Historias de gente sola, que se siente y vive sola. De gente que nace, permanece y muere sola, en la cárcel de su soledad. De gente que camina de puntillas. De gente anónima con la que a menudo tropezamos sin saberlo. O sin importarnos. De gente que escribe los párrafos de su existencia en silencio; zambullidos en la penuria de su alma. O en la miseria de su corazón.
  
Son cosas de la vida. Importantes o sin importancia según quién las mira. Historias que pasan desapercibidas y que, sin embargo, nos rodean. Historias breves. Crónicas. Notas en papel usado. Cosas de la gente que va por la calle, por las aceras…





José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002



EL OJO DE LA IGUANA [Relato]


Lleva toda la tarde mirándome, me doy cuenta. Cree que soy un completo imbécil que no ha detectado su nauseabundo olor rondándome. No me dice nada, pero me observa con atención, con su ojo de iguana; está pendiente de mí, por si levanto la cabeza más de lo habitual, y llamarme la atención. Este déspota disfruta humillándome. Treinta y ocho años, cuatro meses, dos semanas y cinco días al servicio de la iguana, no me han proporcionado ningún derecho. Al contrario; me han despojado del poco orgullo que aún me quedaba. Y así, de esta manera tan triste, transcurre mi vida en este teatro de guiñol, donde el único payaso soy yo. Donde, si se encuentra de buen humor he de hacer de bufón, de enano; y si por el contrario está estreñido, o no ha follado con su mujer y se encuentra de mala hostia, pago las consecuencias con sus insultos de energúmeno. Lo advierto enseguida; en cuanto entra por la puerta. Su mirada inquisitoria de Torquemada, le delata.

Necesito respirar. Tomar aire. Levantar la cabeza. Fumar. Necesito levantarme y fumarme un cigarrillo. Daría una mano por encenderme un pitillo, aún me quedaría la otra para sujetarlo. Necesito pensar más allá de la angustia que me produce esta desvencijada mesa de despacho. Pensar en otra cosa, que no sea esta mierda diaria que me consume. Hay tantas cosas en las que pensar.

O dar un paseo. O tomarme una copa. O irme de putas al pueblo de al lado... ¡Qué sé yo! Cualquier cosa, estoy agobiado. El trabajo se me amontona en la mesa. Tengo cientos y cientos de papeles por resolver y no me siento capaz; hoy, me darán las tantas antes de que me mire con su prepotencia, con su ojo de iguana, y me haga un gesto de aprobación para poder marcharme. Me siento angustiado. Disimulo, hago como que trabajo, pero los expedientes por resolver siguen ahí, mirándome; igual que hace dos horas. 

Si pudiera evadirme. Si fuera capaz de conseguirlo. Hay tantas cosas que me gustaría hacer. Por ejemplo, levantarme de mi mesa y acercarme a la suya. Y tener la valentía de preguntarle, por qué es así de cabrón conmigo. Preguntarle si tiene algún problema que yo le pudiera resolver. Preguntarle, por qué es tan ácido. Preguntarle, por qué paga conmigo su mal humor. Preguntarle, por qué no podemos ser amigos, él y yo, ya que no conseguí serlo de su padre. Preguntarle, por qué el mundo es su enemigo... O levantarme y, directamente, darle un puñetazo en esa gran cara de perro pachón y, a continuación, bajarme la bragueta y mearme en todo su odio y mi indecisión. Mi maldita indecisión, que es la verdadera culpable de llevar aquí toda la vida como un cobarde incapaz de atravesar esa puerta y no volver.

¿Por qué? ¿Por qué he tardado tanto tiempo en darme cuenta? ¿De qué manera he diseñado mi vida para llegar a esta trágica conclusión? ¿Por qué no tuve los debidos cojones de jugarme el tipo detrás de alguno de los sueños que en su momento rondaron mi vida? Ahora ya es tarde para todo; hasta para soñar aquí sentado. Ahora no me queda más remedio que tragarme sus humillaciones al precio que me las quiera hacer pagar. Ahora sólo me queda la realidad que yo mismo me he forjado. Ahora sólo debo pensar en terminar cuanto antes esta montaña de papeles que me observa amenazadora y marcharme a casa.

¿A casa? ¿Y para qué? ¿Quién me espera en casa? ¿Quién está sufriendo por mi tardanza? ¿A quién le importa? Tras morir mamá me quedé más solo todavía. Por lo menos antes ella me esperaba. Al llegar al portal de casa, distinguía la luz de la cocina encendida y el olor a sopa que se expandía por el hueco de la escalera como un perfume reconfortante. Y aunque llegase abrumado por las coces de este animal, el olor a sopa menguaba mi tribulación. Ella me preguntaba cómo había ido el trabajo. Yo tiraba balones fuera aunque por dentro me sintiese calcinado.

— Ya sabes, mamá… Como siempre.

Hacía años que no comentaba nada más. Quizá sólo eso. Únicamente eso. Era lo que ella quería oír. Lo que necesitaba oír. Ella se preocupaba en exceso si las cosas no me iban como calculaba.

Hubo un tiempo, hace muchos años, cuando pretendía a Lourdes, en el que se me pasó por la cabeza mandar a la mierda al padre de Ojo de Iguana. Lourdes me animaba a tomar esa decisión; queríamos casarnos, pero aquel negrero frenaba económicamente cualquier intento. De esa forma era impensable formar un hogar medianamente en condiciones. Así que lo hablé con mamá. Pero el disgusto fue tal que cayó enferma; su obsesión era que yo continuase en el puesto que papá había dejado poco antes de morir.

—Ya vendrán tiempos mejores, hijo mío. Tú, aguanta, que la calle está muy mala, aguanta...

Y aguanté.

Quien no aguantó tanto fue Lourdes. Durante algún tiempo intentó por las buenas hacerme ver, que así, de aquella manera, jamás podríamos plantearnos formar un hogar, ni mucho menos, tener hijos. Le pedí paciencia para hacerle comprender a mamá que mi vida dependía, en parte, de mis propias iniciativas; que quería casarme, que tenía proyectos, que nada se terminaba por el hecho de despedirme de aquel sitio. Que existían cientos, miles de empresas aparte de aquella, a las que llevarles la contabilidad. O incluso, por qué no, cambiar de profesión y probarme en otras cosas. Pero, enseguida, me saltaba al cuello como una serpiente con aquello de que era un mal hijo y un maldito egoísta. Que ya no me importaba lo que pudiera sucederle, ni la quería. Y que sí, que me fuera, que la dejara que se muriese en la calle como si fuera una perra. 

Al final, en mi titubeo, me encontré entre el fuego cruzado de mamá y de Lourdes. Entre el egoísmo de mamá y mi profunda cobardía. Entre mi apocamiento y las ganas de vivir de Lourdes. Y Lourdes hizo lo que tenía que hacer; marcharse de mi vida y encontrar a un hombre digno de ella. Un hombre..., no una mierda. Mamá, al vuelo, hizo también lo que tenía que hacer: echar tierra sobre el cadáver.

— Ya vendrá otra, hijo, será por mujeres, ¡uhm!..., no tengas prisa; primero sitúate. Ya verás, ya. Tendrás que quitártelas como moscas.

Y así fue, lo de las moscas, digo. Lourdes se casó, buscó su oportunidad y se casó. Y yo me quedé con mamá que era lo que quería desde el principio. Después de aquello, ya no volví a acercarme jamás a una mujer con ánimo de casarme. Únicamente de desahogarme. 

El tiempo pasó entre balances y cuentas. Entre cuentas y balances. Entre días grises y más cuentas. Y entre tanta cuenta y cuenta mis cuentas dejaron de salirme. Mis sueños, mis pocos sueños, lentamente, comenzaron a difuminarse. A extinguirse. A burlarse de mi puerca existencia.

Un día, el padre de Ojo de Iguana, murió. Le dio un “jamacuco” y palmó. Sería, sin duda, el más rico del cementerio, pero allí estaba bien; había comprado de por vida un dúplex adosado con hermosas y cálidas vistas al averno. Esa tarde, al salir del velatorio, la única tarde que el cabrón echó la persiana al negocio, fui de bar en bar hasta que me emborraché. Me gasté la paga semanal en cuatro o cinco horas hasta que me puse como una puta vinagrera: morado. Tenía que celebrarlo. Tenía que celebrar que había un hijo de puta menos en este condenado mundo. Un hijo de puta que, de paso, antes, se había llevado por delante a mi pobre viejo. Se había preocupado cuidadosamente de asediar a mi padre durante cuarenta y cinco años hasta que consiguió acabar con su vida.

Mamá soportó relativamente bien la muerte de papá. Pero realidad quien mejor lo pasó fue él, que dejó de soportar al mundo, incluyendo a mamá. Papá era de aquellos que hacía horas extras por no verla. Prefería ver la cara de perro pachón al padre de Ojo de Iguana, trece horas al día, a soportar la presión que mamá le infligía diariamente. Mamá era absorbente como una compresa. Y más insoportable que una ópera en bosquimano. Tenía la extraña virtud de sacar de quicio la paciencia del santo Job. Y de todos los que nos encontrábamos cerca. Era como un martillo neumático en los oídos. Como una taladradora. Su monomanía era ir detrás de papá vigilando y corrigiendo todo cuanto hacía o decía. A papá parecía darle igual, pero sólo parecía; porque, para sorpresa de mamá, papá, tenía una cosita en el pecho que late y se llama corazón. Y con demasiada frecuencia su carácter manso y achicado se veía pisoteado.

No tardé en comprender lo que se me venía encima. Me lo vino a decir, precisamente él, en su lecho de muerte:

— Ahí te quedas con eso, macho, que yo me largo…

Y expiró.

Manolo, mi hermano, se lo montó mejor; también tengo que decir que su carácter, sin fisuras, no era como el mío. Y poco después de que el viejo contable descansara por fin, se marchó de casa. Manolo sí que había defraudado a mamá, jamás sería sacerdote. De hecho, llevaba media vida en el seminario luchando consigo mismo y con mamá, que no sabía qué hacer para garantizarse el cielo. Pero a Manolo lo que verdaderamente le divertía era tocar el saxo. Y como mucho cantar en misa, no tener que decirla en latín. Unos meses antes de ordenarse sacerdote, le echó un par de huevos al asunto y colgó definitivamente la sotana para tomar el saxo. El saxo y a Mercedes, una feligresa del pueblo que estaba de muy buen ver.

Marisa, mi hermana, tampoco tardó en darse el piro. Se marchó a otro pueblo donde, dijo, encontró un trabajo como dependienta en un supermercado. Eso fue, al menos, lo que contó. Aunque, sin embargo, siempre pensé que aquello no era más que un simple pretexto para huir de las implacables garras de mamá. Marisa, desde jovencita, fue un verdadero encanto; alegre, resuelta, espontánea y sensible. Llegó a tener una docena de pretendientes, casi todos formales, en secreto. Pero cada vez que decidía dar el paso de presentarlos en casa, surgían los problemas. La sombra de mamá se cernía sobre ellos ferozmente. Y es que mamá era más dura que un canto; a todos los chicos le sacaba algún defecto como poco. A algunos más. Era lógico: “Todos los hombres son iguales, unos auténticos cerdos” —aseguraba—. Y en el momento que se le ocurriese dar un beso, lo siguiente sería abrirse de piernas. Y lo siguiente una barriga de aquí te espero. ¿Y para qué negarlo? Mamá, desde su infinita magnanimidad, tenía decidido su futuro de antemano. Tanto el suyo propio como el de la moza; ansiaba que Marisita fuera monja en el asilo de ancianos que había a las afueras del pueblo. Era otra manera de garantizarse futuros cuidados.

Pero no. Aquello tampoco le salió como ella tenía calculado y de la noche a la mañana, Marisa, se escapó con un muchacho que preparaba oposiciones para la Guardia Civil. Lo que pudo suceder no lo sé, llevo sin verla una pila de tiempo. Pero a través de una carta que recibí hace unos años, pude percibir que las cosas no funcionaron como ella misma hubiera deseado. Desde luego, lo del supermercado no era cierto, porque nunca lo había sido. Aunque no mintió al decir que estaba de dependienta. Efectivamente estaba de dependienta. De dependienta en un club de carretera llamado “Gente Cachonda”.

Mamá nunca supo a qué se dedicaba exactamente, le importó un bledo. Tampoco quería leer sus cartas. Jamás me preguntó por ella; decía que para todos los efectos había muerto. Tanto es así, que una tarde, la sorprendí en la escalera contándole a la vecina del tercero un extraño y fantasmagórico suceso, de su cosecha particular, claro. Y que a la pobre Marisita, finalmente, la habían enterrado en Santiago de Compostela, de donde era natural su difunta abuela. Nunca pudo perdonarle que no quisiera ser monja en el asilo de ancianos: esa era toda su desazón. Mamá no llegó a comprender que la única opción que tenemos las personas es la de intentar elegir nuestro destino. A Manolo, la última vez que le vi fue precisamente en el entierro de mamá. No gana mucho dinero, me contaba, pero es feliz haciendo lo que le gusta; tiene su propia orquesta y Mercedes, ahora su mujer, canta en ella. Es feliz, eso es lo más importante. Lo único importante. Hace precisamente lo que quiere. No le pide más a la vida.

Yo, sin embargo, me quedé con mamá. Mi vida, desde entonces hasta ahora, podría resumirse en una postal. Ésta fue pasando al alrededor mío, y yo, alrededor de mamá y del trabajo de contable. Ojo de Iguana tomó el relevo en la galera, digo en la empresa, reanudando con brío la asfixiante labor de su padre. Siguió, incansable, golpeando el tambor cual sanguinario cómitre para que ni yo ni nadie en la empresa perdiera el ritmo un solo segundo. Mi cobardía continuó danzando a su son; empujando con fuerza mi cabeza contra la mesa, impidiéndome ver la cantidad de metas que dejaba atrás o simplemente abandonaba. Y todo cuanto me rodeaba volvió a ser como siempre; gris, plano y sin sentido. Sin alicientes. Los días, las semanas, los meses y los años, fueron calcándose unos encima de otros. Y mis sueños buscaron otras costas donde anidar. Mi burda existencia transcurrió a la sombra macilenta de un paisaje tan absurdo como desalentador. Y mamá fue arrugándose lentamente entre el brasero de la salita de estar, su radio de galena, sus comadreos con las vecinas en el patio de luces y la cocina.

Una mañana, un domingo al levantarme, me extrañó que mamá no me hubiese preparado el desayuno como era habitual, y que aún siguiese en la cama. Ella, bien por costumbre, bien porque aprovechara para ir a misa de siete, invariablemente se levantaba temprano. Aunque luego, el resto del día, estuviese dormitando al menor descuido en el filo de un tomate, a pesar de que, según ella, nunca dormía.

— ¡Mamá, mamá! —llamé desde el quicio de la puerta de su habitación.

Mamá no contestó. Insistí pero nada; mamá seguía sin responder...

— Su madre ha muerto durante la noche, mientras dormía —explicó el médico forense—. No se preocupe, no ha sufrido. Parece como si hubiese presentido su propio final, tenía el rosario entre las manos.
— Puede ser, pero no lo creo —dije mirando el rosario.

El médico me miró poniendo cara de batracio.

— ¿Cómo dice?
— Digo que no lo creo.
— ¿Y eso?
— Mamá nunca dormía. Y, además, ese rosario no era suyo, es del cura.
— ¿Cómo lo sabe?
— Porque es de azabache.

El médico continuó patidifuso. No entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo.

— Sí, hombre, sí, yo se lo explico; mamá, en su tiempo libre, que era todo, se dedicaba a vender escapularios, Biblias y rosarios. Y sé que ése concretamente era del cura por el tipo de piedra que lleva. Lo que sucede es que no se lo había pagado todavía, y mamá, cansada de esperar, se lo arrebató en un descuido en la novena del jueves mientras oraban un gloriapatri. Y conociendo a mamá como la conocía, es más probable —advertí al doctor—, que, más que rezando, estuviese maldiciendo a D. Ramón, el cura. Porque el rosario cuesta una pasta gansa y ella ya se lo había pagado al representante.

Mamá murió. A pesar de todo, la enterramos lo más cristianamente que pudimos. Y a pesar que D. Ramón, en la misa que le ofició, le tiró dos o tres indirectas, lo que tampoco me pareció nada elegante por su parte. Por un momento temí que mamá, que tenía muy mala baba, se levantase del féretro, le arañase la cara y al tiempo le increpase: ¡Págame el rosario, moroso!

Marisa, mi hermana, me llamó por teléfono. Me preguntó si necesitaba algo. Pero no, no necesitaba nada. Lourdes también fue con su marido y sus tres hijos a darme el pésame, me preguntó lo mismo. Le dije que no. No era momento para decirle que lo que en realidad necesitaba era su compañía, y que había sido un idiota y un cretino por dejarla escapar tan tontamente.

Cuando esa tarde llegué a casa, me sentí más solo que nunca. Ésta se encontraba en penumbras y el silencio se esparcía con violencia por las habitaciones y el pasillo. Sólo se oía el monocorde el tic-tac del reloj de pared que hay en el comedor. Entré en la habitación de mamá, aún se olía a su perfume de colonia Myrurgia. Después fui a la cocina. La hornilla estaba tan apagada y fría como lo estaba mamá. Supe con desolación que nunca volvería a hacerme sopa. Tampoco el desayuno. Estaba solo. Me había quedado solo para el fin de mis días. Mis amigos, en esos años en los que yo me quedé bajo las faldas de mamá, fueron decidiendo su propio camino; fueron casándose y marchándose del pueblo sin mirar atrás. Todos, excepto yo, que me he quedado aquí incapaz de moverme. La cobardía a tomar decisiones y mi falta de espíritu han paralizado, como paraliza la picadura de una serpiente, cada uno de mis sueños.

Ahora, el pueblo, sus calles desiertas, la vieja plaza, el casino, la iglesia, la fábrica, Ojo de Iguana y yo mismo, sólo somos fantasmas del mismo cementerio. De este cementerio.

Tengo la patética impresión que el tiempo se hubiese sentado a nuestro lado para vernos envejecer. El reloj de la vida continúa caminando fuera de esta aldea, lejos de este lugar. Pero aquí, sin embargo, parece haberse detenido con excesiva crueldad. Parece haberse olvidado de nosotros. Y supongo que así será hasta el último de mis días.

Me he ido haciendo viejo. Los años han ido depositándose con venganza en los ángulos de mi alma para llegar hasta donde me encuentro; frente a esta mesa sucia y paleolítica atiborrada de papelotes y soledad. Frente a Ojo de Iguana, que se retuerce de gusto con mi dolor. Como si él no se encontrase tan solo como yo. Como si a él no le ocurriese lo mismo que a mí. Como si su herencia, que es la vieja fábrica y vivir en este maldito pueblo, no fuesen su condena y su castigo, igual que el mío.




José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002