sábado, 1 de enero de 2011

CARTAS A MI MADRE [Relato]



Murcia, julio 2071
  
Cuando la anciana escritora hizo su pausada aparición ante la prensa, el alboroto de los fotógrafos y periodistas se quebró. El murmullo entre los asistentes fue reduciéndose hasta quedar reducido a nada. Había hecho esperar a los medios de comunicación cincuenta y dos minutos. Cincuenta y dos minutos de tensa y ansiada espera.

Contemplar, de repente, a la diosa de la narración engalanada de un matiz nigérrimo, tan distinguido como inclemente y apariencia anacrónicamente victoriana, acercarse lentamente apoyada sobre su bastón a la mesa de prensa, constituía por sí solo un acontecimiento histórico: hacía más de tres décadas que no aparecía ante nadie. Nadie sabía de ella ni de su vida: todo a su alrededor constituía un absoluto e inquietante enigma. ¿Adónde va la bruma cuando se va? ¿A qué lugar de nuestra alma se marchan los besos que no se dan? ¿Y el olvido? Ella, al igual que la bruma, los besos evitados o el olvido, simplemente se había desvanecido. La gente, sus cientos de miles de lectores en todo el mundo, únicamente tenían acceso a su prodigiosa mente a través de sus publicaciones. Los impenitentes enamorados de sus novelas buscaban su rastro entre las migajas de sus letras. Tras ella, un denso manto de misterio y ocultación, se derramaba como una sombra amable y suave a la vez que la protegía como una muralla infranqueable de los curiosos. 

Existían, inevitablemente, cientos de preguntas flotando en el aire: su longeva vida quedaba de una manera dogmática al margen de cualquier acto social; su exagerado y casi febril ostracismo la recluía tenaz y permanentemente en su mansión, lejos de la ciudad. Ciudad que, por otra parte, había dejado de ser aquella minúscula, apacible y acogedora villa, para convertirse en pocos años en un deforme leviatán que extendía sin contemplaciones su feroz lengua de cemento y hormigón más allá de lo imaginable. Aunque, de todas formas, la realidad era sencillamente otra; su existencia paseaba lenta, tenue y tranquila entre cientos de libros, y seguramente entre todos y cada uno de sus recuerdos. Recuerdos, de los que no necesitaba escapar; vivía con ellos. Vivía dentro de ellos.

Automáticamente docenas de flashes, de las cámaras fotográficas, descargaron con furia su irreverencia dejando la sala súbitamente atrapada en impertinentes fogonazos. El silencio fue congelándose en las bocas de los asistentes. Tras unos instantes de afonía absoluta, su Agente literario y portavoz, inició con cierta vehemencia una rueda de prensa que apenas duró veinticinco minutos. El propósito: la presentación de su último libro, “Tras el Cristal”. Si bien sería justo indicar que, para el medio centenar de periodistas allí presentes, la finalidad última de aquel programa consistía fundamentalmente en intentar recoger el trofeo. El trofeo no era otra cosa que acceder a un encuentro en persona con la famosa novelista; objetivo, hasta el momento, muy próximo a lo imposible.

De hecho, a la batería de preguntas formuladas, contestó él mismo, sin intención de ceder la palabra a su representada. Desde su extraña y silenciosa atalaya, ella, únicamente se limitó a observar la muchedumbre.

El dorado almíbar de su mirada aún destellaba como una luciérnaga en la oscuridad de la noche; todavía conservaba, sin miedo, hermosos vestigios de una no muy lejana belleza robada por el tiempo. Tras la lacónica presentación del libro y su correspondiente parafernalia, la rueda de prensa parecía haber tocado fondo; los flashes dispararon convulsos sus últimos destellos. Después de aquello, los fotógrafos comenzaron a empaquetar delicadamente, con matices de liturgia, las cámaras, los trípodes y los teleobjetivos. Los reporteros, por su parte, se enzarzaron entre sí en conversaciones prosaicas y fuera de contexto y nada, en definitiva, presagiaba un inadvertido movimiento de piezas.

Sin embargo, una voz desde el fondo del salón hizo estallar “la pregunta” como una bestial e infame bomba de racimo; una insólita pregunta que dejó boquiabierta pero, sobre todo, turbada a la gente. Posiblemente la última pregunta que la ínclita escritora podía haberse imaginado que le harían nunca.
  
— ¿Qué es Penélope?

El silencio, como una gigantesca rueda de molino, aplastó los murmullos; la escritora que ya se disponía a bajar de la tarima, detuvo sus pasos como si repentinamente hubiese tropezado con una pared invisible. Se giró, despacio, sobre sí misma, y preguntó con una voz desconocida:
  
— ¿Quién ha dicho eso?

Unos y otros se miraron con caras de póquer. Todos se interrogaron ávidos buscando al dueño de la llave; la indescifrable llave que había provocado finalmente abrir la voz de aquella anciana mujer después de tanto tiempo. Apresuradamente se formó un vibrante y sonoro revuelo de voces. Un abrumador bisbiseo comenzó a silbar cada vez con más fuerza entre el público y los fotógrafos, en un abrir y cerrar de ojos, deshicieron lo hecho y se dispusieron a desembalar nuevamente sus artilugios.

Nadie contestó.

Aquella rara pregunta parecía quedar inicialmente falta de respuesta. La escritora, sin embargo, permaneció de pie, inmóvil, sólo aparentemente impertérrita. Los focos habían puesto de nuevo en marcha toda su potencia, a la vez que el haz de luz se estrellaba de golpe en su rostro, por lo que sus ojos fueron convirtiéndose por momentos en afiladas líneas escrutadoras. Esperó.

Intuía, en un pálpito, que el propietario de aquella pregunta poseía un universo oculto. Aquélla no era una pregunta más. No era una pregunta cualquiera. No era una pregunta hecha al azar. Ni siquiera una maldita casualidad. Segundos más tarde, aquella informe masa de personas comenzó a abrirse lentamente, como una cremallera, desde el fondo de la sala.

Un hombre de mediana edad se dibujó en el centro del claroscuro del pasillo que se había formado. Y, desde el mismo centro, fue caminando pausadamente pero con paso firme hasta encontrarse frente a ella. Aunque antes de eso, antes de salvar los dieciséis o diecisiete metros que separaban a ambos, aquel subrepticio personaje volvió a hacerse, una a una, toda la retahíla de preguntas que le habían llevado hasta allí. Todas las preguntas que le habían acompañado como sombras inquietantes y advenedizas en el curso de su vida. Sólo una persona en este mundo podía ayudarle: aquella anciana mujer.

Únicamente ella sabría responderle. Como también era inexcusable, ahora que advertía en su interior que ésta, su vida, se apagaba calladamente como una vela, encontrar respuestas. Darle a su existencia todo el sentido que él precisaba para poder morir en paz.

Se observaron en silencio. Ninguno quiso precipitarse a la hora de hablar. El extraño duelo de silencios tensó los ánimos de los asistentes. Efectivamente no se conocían. No se conocían de nada. No se habían visto probablemente nunca. Sin embargo, sus miradas, la manera de mirarse, la profundidad de sus ojos, su expresión, no decía exactamente lo mismo.

Volvió a preguntar:

— ¿Qué es Penélope?
— ¿Y usted? ¿Quién es usted? —inquirió visiblemente molesta.

El silencio volvió a instalarse entre las dos personas. El hombre dudó antes de continuar, pero la espera había sido demasiado larga y angustiosa; los años habían transcurrido pesadamente a la sombra de aquella sola respuesta. De ella dependía, de hecho, su quietud interior. Y a pesar de llevar media vida planteándose cómo sería su encuentro con la escritora, ahora que estaba delante de ella, a dos escasos metros, no tenía ni la certeza ni mucho menos la seguridad de cómo proseguir. El representante literario, en ese mismo instante quiso intervenir como un verdadero y agrio guardaespaldas, pero ella, sin apartar la vista a aquel desconocido, le hizo un expeditivo gesto para contener su iniciativa.

— Me llamo Héctor. Aunque me parece que eso es lo de menos. Soy tu hermanastro…        

Ella, que hasta entonces había sostenido el rostro debidamente tenso, comenzó a derretir sus facciones de dureza. Sus ojos almibarados se abrieron a partes iguales entre la incredulidad y la sorpresa. Por su parte, el silencio mantenido en la sala se desplomó fulminantemente para, a renglón seguido, estallar en miles las voces y sonidos metálicos procedentes de las cámaras fotográficas.

— ¿Qué está usted diciendo? ¿Quién es usted?
—Ya lo he dicho...

La mujer le miró fijamente. En realidad quiso taladrarlo con la mirada. Y anduvo más allá de su presencia: quiso investigarle desde su intuición y abrirle el alma para arrancarle de cuajo aquel secreto, pero sintió un velado vértigo. Al tiempo, dentro de su cerebro, una serie de fogonazos estallaron. Sus paredes interiores se empañaron de imágenes y recuerdos, de palabras que creía sepultadas en el tiempo. Todo terminó, finalmente, por amontonarse dentro de su mente y empezó a sentirse mal. De no haber sido por el séquito que la custodiaba hubiera terminado con seguridad en el suelo. Sólo gracias a la extrema prontitud de sus acompañantes no fue así. Con la presteza de una urgencia la sujetaron llevándosela, prácticamente en volandas, en medio del alboroto, fuera del local.

Faltaban todavía diez o doce minutos para las nueve de la mañana cuando el teléfono sonó. Su reiterada impertinencia terminó por bloquear definitivamente la concentración sobre el capítulo veintitrés del escritor. Llevaba trabajando en él toda la noche como un minero al aliento del resplandor de una pepita de oro, pero no había tenido demasiada suerte y gran parte de ésta la había dedicado a corregir por enésima vez lo escrito. Por todo ello, en el fondo, sentía cierta sensación de amargura. Sabía que, de una manera tácita, el tiempo ya no era otra cosa que su enemigo. Notaba en sus adentros cómo éste se le escapaba de entre los dedos sin apenas poder evitarlo.

De igual forma sentía con estremecimiento, como gotas de lluvia sobre el cristal, cómo la implacable y fría mano de la parca iba acariciándole despacio la espalda. Sabía que le esperaba sin impaciencia, oculta en un rincón de su calendario. Entre sus hojas. Con la mirada vacía y hueca. Con ese rostro inexpresivo, descolorido y ceniciento, que sólo la muerte posee. Desde allí, desde la grieta envuelta en números y días, desde el resquicio velado por los sueños y las angustias, le observaba sin prisa. Sabía que quería besarle. Presentía, sin engaños, que su gélido beso llegaría despacio e inflexible. Y que llegaría cualquier día, en cualquier momento. Lo cierto es que no le quedaba mucho tiempo. Los especialistas, en ese aspecto, habían sido determinantes:

“A lo sumo, nueve meses. Tal vez, con suerte, un año. Más no, desde luego. Su metástasis se encuentra en un estado excesivamente avanzado. La quimioterapia, a estas alturas, sería una absoluta pérdida de tiempo; le produciría un lacerante e innecesario dolor para el escaso beneficio que eso le supondría. Trataremos de que pueda sobrellevarlo con ciertas dosis de cloruro mórfico que, en todo caso, deberemos ir aumentando a medida que el dolor vaya siendo insostenible”.

El acontecimiento, sin embargo, no le había cogido por sorpresa ni por ello se había llevado las manos a la cabeza. Llevaba años intuyendo, como sólo los escritores son capaces de intuir, que algo perverso y cruel se gestaba en el interior de su cuerpo. De la sospecha fue pasando a los episodios de miedo. Más tarde, al monstruo de la evidencia y después, como única posibilidad, a la resignación. Desde aquel amargo estoicismo, reservado a muy pocos, una vez superada su crisis de angustia, decidió simplificar a dos razones sus últimos meses. Sus dos únicos objetivos se vieron reducidos a terminar el cuarto volumen de aquella tetralogía que llevaba preparando años, y a desentrañar la arcanidad de Penélope.

— Dígame...
— ¿Héctor? —sonó temblorosa pero firme una voz desde el otro lado del teléfono.
— Sí...
— Soy Aurora... Aurora Larraz.
— Sí, lo sé, lo suponía. Suponía que me llamarías.
— ¿Por qué está tan seguro de que le llamaría?
— Porque estás tan confusa como lo estoy yo. Necesitas saber tanto de mí como yo de ti. Precisas respuestas… —concluyó con rotundidad.
— Eso es cierto, no voy a negárselo. Necesito hablar con usted cuanto antes. Dígame dónde vive, mi chófer pasará a recogerle en una hora.

La mansión que Aurora Larraz poseía era sencillamente una obra de arte más; absolutamente fastuosa y espectacular. Su majestuosidad durante el día, rodeada por docenas de imponentes pinos centenarios, eucaliptos, palmeras y hermosísimos y vastos jardines babilónicos, se elevaba muda sobre el mundo, confiriéndole sin reservas toda la magia que una mujer así necesitaba. Aunque al llegar la noche una complicada y serena oscuridad a medias con el silencio seducía aquel mismo lugar. Era, entonces, cuando una esotérica túnica de misterio y niebla envolvía el castillo. Desde aquella inmensa fortaleza envuelta en la delicadeza de la paz infinita —pensó Héctor sin pudor al entrar al vestíbulo—, le era fácil. Muy fácil aislarse del mundo exterior y sumergirse de lleno en secretas y laberínticas historias, como sólo ella, Aurora Larraz, era capaz de hacerlo. Podía resultar hasta cómodo y fascinante mimetizarse en cada uno de sus personajes y pasear, como quien pasea bajo los árboles teñidos de cobre y otoño, por sus vidas. Y desde luego, por su mundo, olvidándose durante días, e incluso meses, que había otro ahí fuera.

“Una vela a Dios y otra al diablo”, rumió Héctor con media asta de sonrisa dibujada en los labios, mientras se adentraba en una confusión de corredores cóncavos escoltados por teas que danzaban en la penumbra. La maga de la creación, la dueña del sublime poder de la palabra, tenía por contraste reconocida fama de ser un espécimen antisocial, eremita, esquivo y excéntrico, lleno de manías. Su fugaz aparición, así lo había puesto de manifiesto, surgiendo ante docenas de periodistas ataviada con galas decimonónicas. Pero, ¿quién dijo que la genialidad tiene una sola mano? Ese, al fin y al cabo, era parte del precio. Impagable o no según quién lo juzgue. Sólo siendo un ser extraordinario se realizan cosas y actos desde la otra dimensión que a los demás siempre nos parecerán extravagantes. Así era Aurora Larraz: una criatura hondamente extraña. Y aquel su microcosmos. Su cárcel de cristal.

Sin embargo, Héctor, intuía que detrás de sus rarezas y su fingida vesania, sólo se escondía un denso velo de tribulación. Probablemente el origen de todo: la huida. Una huida de sí misma. De sus sombras hasta sus sombras. Y que de alguna forma, era lo único que había hecho: huir. Huir a ningún sitio. Huir a ninguna parte, pero huir. Huir en cada personaje, en cada historia, en cada palabra, en cada página, en cada libro. De ahí que se protegiese continuamente entre ellos, entre sus zozobras. Era una fórmula como otra de olvidar las propias. Huir a toda costa. Por pura necesidad. Por intuición. Por supervivencia. En el fondo, Héctor, estaba convencido que Aurora había vivido siempre buscando una estrella perdida. Que continuaba atrapada, sumergida en su amargura, en sus recuerdos y en sus miedos. Que vivía, que seguía angustiada. Envuelta en su propia bruma. En la frontera misma entre sus personajes y un mundo extrínseco y estúpido que no comprendía ni le importaba...

Pero, ¿qué diablos estaba diciéndose aquel estúpido? ¿Qué inmensa gilipollez se le asomaba al cerebro? ¿Por qué aquel torpe razonamiento si él era exactamente igual? ¿O es que su vida no había girado en esta dramática rueca de un modo similar? ¿Tenía que recordarse que él también había renunciado a todo? ¿Tenía que reprocharse con la más irónica de las burlas que, por escribir, había deshecho toda su vida? ¿Tenía que decirse que, por darles vida a sus personajes, había asesinado la suya? ¿Qué brutal sentimiento es ese que permite tamaña atrocidad? ¿Qué infame necesidad obliga al creador a crear? ¿Qué tormenta interior se desata en los sentimientos? ¿Qué cataclismo? ¿Qué angustia irreconocible se apodera de una persona para morir en vida y llegar como llegaba Héctor, moribundo y patético, aquella mañana de julio ante Aurora Larraz, buscando una estrella perdida?

— Pero siéntese, por favor. Aún no sé su apellido. ¿Un café —trató fingidamente de ser amable.
—Lorca. Héctor Lorca —respondió en un susurro—. No, gracias...

Aurora le miró directamente a los ojos mientras tomaba asiento. Los ojos no pueden mentir por mucho tiempo, por más que uno lo procure. Uno no puede esconderse detrás de la mirada permanentemente, no son murallas infranqueables. Antes o después se comete alguna equivocación: inapreciable para el que la sirve pero indispensable para el que la capta. Aurora estaba dispuesta a llegar hasta el final de aquel misterio. Y, aun a pesar de que aquel hombre la había tambaleado días atrás con aquella inesperada pregunta, la idea que más prevalecía dentro de su cabeza, más que cualquier otra razón, era que, aquel individuo, no era otra cosa que un estafador caza fortunas.

No intentaba evitarlo, era desconfiada. Ni ella misma, sin su administrador, era capaz de calcular su fortuna. Lo que sí sabía de muy buena tinta, es que existían individuos especializados en la caza y captura de fortunas, ideando para ello estrategias dignas de los mejores matemáticos. Aunque, desde luego, una cuestión sí que estaba clara: aquel nombre, el de Penélope, no podía ser un nombre elegido a la suerte, sin más, por aquel tipo, no. Sin descartar el hecho, aunque no lo recordase, de que a lo largo de su vida pudiera haber realizado un inoportuno comentario al respecto en algún instante.

A partir de ahí cabía la posibilidad, por qué no, una vez publicado en los diarios, que algún sujeto pretendiese sacar tajada. “No —se dijo por toda respuesta—. Eso jamás ha salido de los límites de mi corazón. Nadie ha sabido nunca ni el contenido, ni lo que oculta el misterio de ese nombre. Un nombre que, por cierto, no me pertenece.” Con toda seguridad tenía que haber algo sórdido y oscuro detrás de aquel inicuo carnaval. Además de existir algo categóricamente contundente e indiscutible: aquel detalle muy poca gente lo conocía y se remontaba en el tiempo a su adolescencia. Una adolescencia íntima que se traducía en el tiempo a sesenta y tantos años atrás. Desgraciadamente, no quedaba nadie en esta Tierra, salvo ella, que supiera qué significado tenía…  

La mirada de la anciana se afiló córvida.

— Dígame, señor Lorca, ¿a qué pretende jugar conmigo? Le advierto que como esto sea una travesura acabaré por descubrirlo. ¿Qué quiere? ¿Fama? ¿Dinero? ¿Ambas cosas?
— Te equivocas, Aurora, no quiero nada de eso. Y aunque persiguiera cualquiera de las cosas que estás proponiendo sería inútil.
— ¿Inútil? ¿Por qué?
— No podría disfrutarlo. Es tarde, muy tarde, demasiado tarde. Me estoy muriendo.

Una vez más, Aurora, quedó desarmada; como desnuda ante aquel hombre de melena plateada y ligeramente ondulada. Una vez más volvía a ganar con facilidad el extraño combate dialéctico. Durante quince o veinte larguísimos segundos no supo reaccionar. Estaba preparada para todas las respuestas, excepto para aquélla. No obstante era consciente que, bajar la guardia, podía ser un tremendo error y no lo hizo. Como tampoco dulcificó su posición.

— No sé todavía a qué está jugando, pero le anticipo que descubriré sus intenciones tarde o temprano —sentenció con fingida comodidad.

Héctor se limitó a mirarla sin matices. Pero en ningún instante sintió pánico ni bajo la vista, ni siquiera huyó del desafío visual que le arrojaba la escritora. En todo caso, repasó, en las treguas de silencio que se producían, los detalles más dominantes de la estancia donde se encontraba; los miles de volúmenes que se depositaban en las interminables estanterías de madera de nogal. Las armaduras que se emplazaban, enfrentadas e impolutas, custodiando cada uno de los lados de la inmensa y cobriza puerta de dos hojas.

Pero, sobre todo, la excelsa colección de instrumentos de combate que se disponía adecuadamente instalada en vitrinas a lo largo de la cámara. Armas y artilugios bélicos recorrían la historia, la vida, el odio y la muerte, atrapados e indolentes, en celdas de vidrio.

Espadas con guarnición de los siglos XVI y XVII; Schiavonas, Cinquedeas. Y de Solingen del siglo XVIII. Sables españoles e ingleses destinados a la caballería ligera y de marina para el abordaje. Punkos finlandeses, dagas Holbein, estiletes italianos, Gumías y bastones de estoque. Cris de los moros filipinos y de Sumatra. Barog, Shasqua, Talwar hindúes, Dagas Jambiya de los Balcanes, Kinjdal, Nimchas y Kaskaras sudanesas. Del mismo modo, armas de fuego de todas las épocas. Migueletes españoles y napolitanos del siglo XVII. Pistolas inglesas Plymouth de 1622. Mariettes de cuatro cañones de percusión avancarga, Pepperbox de doble acción de cuatro y cinco cañones. Revólveres Kerr, Smith & Wesson, Remington, Deringer, Army, Frontier, Peacemaker, Nagant soviéticos de martillo armado y Colt de acción simple. Las pistolas Bootlegger de percusión inferior, las británicas de seis tiros de percusión y avancarga y las célebres Smith & Wesson del siglo XIX de cañón basculante.

Todo un lujo. Un magno e interminable inventario de poder, codicia y destrucción, sólo al alcance de los privilegiados. Aunque por encima de aquel asombroso catálogo armamentístico, le distrajo la atención la enorme plataforma de ébano que se encontraba dispuesta junto al colosal mirador que abocaba directamente a los jardines; la mesa donde la escritora se entregaba cada día a la creación.

Aurora, de súbito en pié, alzó las manos inquietamente buscando retocarse el peinado de época. Un moño blanco y brillante que se encontraba perfectamente colocado. De igual forma, se alisó el vestido negro que estaba espléndidamente planchado, todo, en un gesto de mecánico desconcierto tratando de esquivar ahora la mirada frontal de Héctor. El hombre, al percibirlo, dibujó una sonrisa triste bajo su níveo bigote. Una sonrisa desigual de decepción.

— ¿Por qué, en vez de luchar contra mí, desconfiando en cada palabra, en cada gesto, no te planteas por un instante quién soy? No busco nada de ti —aseguró—. Si acaso en ti. ¿Por qué esa inquietud tapizada de arrogancia?

Mientras el hombre comenzaba a desarrollar sobre un tablero imaginario las piezas de juego de su inverosímil explicación, ella, las observaba con rigor. Las estudiaba. Se sentía anhelante por pillarle en un desacierto aun a sabiendas de que por el momento su secreto se mantenía a salvo. No estaba en absoluto dispuesta a darle pistas de ninguna naturaleza a aquel desconocido. Disponía del Rey. Lo sabía. La auténtica verdad. La auténtica historia. La partida acababa de comenzar.

— ¿Por qué —insistió Héctor— te cuesta tanto admitir que pueda ser tu hermanastro?

Aquel tuteo comenzaba a molestarle cada vez más. Le irritaba. Se encontraba sólo a un paso de preguntarle las veces que habían comido juntos para permitirse tales confianzas; Aurora era una persona terriblemente desabrida.

Una circunstancia repentina, sin embargo, paralizó su decisión. El hombre consultó brevemente su reloj. La anciana abrió sus pardos ojos de hojarasca de par en par. ¿Aquel reloj? ¡No podía ser! Intentó con titánico esfuerzo no perder el control.

— ¿Me permite ver su reloj de pulsera?
— Cómo no...

Cuando lo tuvo entre las manos, sintió un escalofrío. La caricia del recuerdo brotó sin aviso. Una sacudida recorrió el cuerpo de la escritora. El hombre volvió a sonreír ligeramente al comprobar con qué devoción sujetaba el reloj y asintió con prudencia. Lo examinó atentamente, con sumo cuidado. Alguien, hacía muchos años, le había hablado de él. O de uno exactamente igual...

— Sí —dijo antes que ella pudiera salir de su asombro—. Es un Tissot Porto, de cuerda. Edición limitada. Toda una reliquia, ¿verdad? Lo guardo con mucho cariño. Es de las pocas cosas que aún conservo...
— ¡Cómo tiene usted ése reloj! ¡Ese reloj no es suyo! ¡No le pertenece! —exclamó Aurora visiblemente alterada.
— Sí y no...
— ¿Cómo que sí y no?
— Es cierto, no es mío. Pero también es cierto que me pertenece —indicó harto de su recelo aun sin perder la calma.
— ¿Cómo que no es suyo y sin embargo le pertenece? ¿Cómo se entiende eso?
— Lo heredé —ajustó—. Por la expresión de tu cara puedo adivinar, sin embargo, que sabes perfectamente de lo que hablo. Sabes con total exactitud que este reloj era de papá —esgrimió con una seguridad aplastante mirándola a los ojos—. Y te diré algo más. Empiezo a estar harto de tus suspicacias sin sentido. No deberías juzgarme por anticipado. Deja que te pregunte lo que vengo buscando y me iré por donde he venido. Nadie mejor que yo puede comprender tu desasosiego, créeme. Pero no debo ni puedo admitir que pienses que soy un especulador. Entre otras razones porque no lo soy. No me hace falta. No me queda tiempo para ser lo que nunca he sido. Soy tan sólo un hombre normal. Enfermo, eso sí, pero normal. Tú y yo tenemos algo en común, te guste o no. Lo aceptes o no. Y realmente sería lo de menos de no ser porque preciso una explicación. Puedes dejarme relatarte lo que conozco y decirme lo que sabes. O, por el contrario, echarme de tu casa, en cuyo caso los dos habremos perdido la única oportunidad de saber quién era y cómo era nuestro padre...

El silencio desplegó un instante sus alas.

— ¿Qué es Penélope? —insistió.

El hombre estaba ganando la partida en su propia casa. Aurora se estaba derrumbando, lo sentía en su interior. Fuera, en los jardines, los magnolios despedían un intenso aroma. La anciana bajó levemente la cabeza y se quedó ausente. Tras un lapso de tiempo que resultó interminable, suspiró y preguntó sin fuerzas:

— ¿Qué quieres saber exactamente, Héctor? —le tuteó por primera vez.
— ¿Qué es “Pe né lo pe”? —vocalizó lentamente la pregunta de nuevo.

La anciana, vencida por el vuelco de los acontecimientos, quedó momentáneamente pensativa con el rostro hacia el suelo. Finalmente habló.

—… Penélope es una historia. Sólo una triste historia de amor y desamor. Una historia velada de encuentros y desencuentros. De luces y sombras. Sólo una historia envuelta en sueños inacabados. Una retahíla de versos inconclusos en los que va contándose el autor, a sí mismo, lo mucho que ha sufrido. Lo mucho que ha perdido en ese cruel periplo que supone vivir, hasta encontrar a su amada. Y la conclusión final de que el esfuerzo por llegar a ella ha merecido la pena pese a terminar perdiéndola. De ahí el nombre de Penélope… —indicó la escritora.

Sin dilación se levantó nuevamente del sillón donde se encontraba y se encaminó al mirador con la vista perdida y rota. Ahí se quedó frente a la cristalera, inmóvil, sin apartar la mirada del ventanal.

— Sólo eso, Héctor —prosiguió afligida—. Sólo es una historia de amor; puede que estúpida para el resto del mundo, pero sin duda la historia más bella que he conocido. La historia que mi... que nuestro padre fabricó cuando conoció a mi madre. Es un poemario inédito que aún conservo, escrito en un viejo libro de contabilidad; nueve poemas y un epílogo. Ya lo sabes: esa es Penélope. Una historia que marcó definitivamente un antes y un después en la vida de nuestro padre. Una historia que le hizo sufrir en silencio hasta el final de sus días. Ahora, dime tú. ¿Cómo sabes de la existencia de Penélope?
— Porque conservo, también inédita, la segunda parte...  —declaró Héctor esgrimiendo a media distancia un estrecho portafolio de piel negra del que en ningún momento se separó.

Aurora abrió los ojos en un gesto de sorpresa.

— ¿Qué? ¿Entonces sabías lo que significaba...?
— Sí. Lo sabía. O al menos podía imaginármelo. De todas formas debes perdonar mi insolencia. Necesitaba confirmar que lo que has dicho es cierto. Para mí, dadas las circunstancias, es de vital importancia. Eso, tanto como el hecho de que existiera una primera parte, ya que, tal y como está confeccionada la obra era lo más probable. Celebro que hayas sido sincera conmigo. Te lo agradezco. No sabes cuánto supone para mí...
— ¿Y qué quieres, entonces? —se giró sobre sí misma, desde donde se encontraba, espetando un tono de voz tan ofensivo como provocador—: ¿Los poemas? ¿Quieres los poemas de mi padre? ¿Las “Nueve Cartas a Penélope y de Regreso a Ítaca”?
— No, Aurora, no. En absoluto —dijo pidiéndole calma—. No quiero los poemas de mi padre. Esos poemas son tuyos. No has entendido nada...
— ¿Entonces?... —balbuceó confundida.

Héctor tragó saliva antes de poder pronunciar una palabra.

— Entonces, nada —razonó en el mismo tono paternalista que recordaba de su padre—. Al contrario. Vengo a entregarte, ahora que sé la historia completa, la Segunda Parte. Creo, que te corresponde a ti tenerla. Adonde yo me dirijo no me va ha hacer falta. Quiero que la tengas tú. Tú, a fin de cuentas, eres mi hermana mayor. Yo me iré antes que tú. Probablemente mucho antes.
Aurora había perdido la partida: jaque mate al Rey.

Héctor había dejado muda la situación. La escritora seguía de pie junto al mirador. Deshecha, pero en pie. En esta ocasión, no miraba por la ventana; miraba a Héctor. Sólo a él. El sol se apagaba en una agónica liturgia de colores, mientras se fugaba detrás de unas nubes de color añil que se dirigían hacia la costa. La claridad, como consecuencia de ese efecto, también perdía su intensidad y la estancia, hasta entonces luminosa, fue desdibujándose lentamente en una opaca y amable penumbra. De repente, dos lágrimas mudas, redondas y cristalinas, aparecieron en los dorados ojos de la anciana. Después atravesaron su rostro.

El hombre se levantó y fue hacia ella. La abrazó...          

La partida enmascaradamente había terminado. Y Aurora, supuestamente, perdido. Pero ahora sabía, tenía la seguridad, que no le importaba demasiado. Había encontrado a cambio a su hermano. A un hermano que nunca antes había existido para ella, porque jamás supo de su existencia. Tal vez, porque en aquella época andaba muy ajena a la vida de su padre. De hecho, comprendió su tremendo error el día en que lo hallaron muerto en su casa, sentado en un sillón, mirando por la ventana. Mirando sin ver.

Tampoco Héctor —ajustaba su memoria— había conseguido olvidar el momento relatado por su madre. Fue traumático para todos. En particular para ella. Su rostro, el de su padre, repleto de una aparente desesperanza, se hallaba quebrado. Su mirada sin vida sólo expresaba tristeza. Una inmensa e inacabable tristeza. Había muerto solo en un rincón como un perro apaleado. Esa misma razón fue la causa por la que tampoco, Aurora, se perdonó jamás el abandono que había ejercido sin proyectarlo. El hombre había ido muriendo lentamente ante la indiferencia de los demás. Ante la indiferencia de los suyos...

— Ya no le quedaba nada. Su mujer, mi madre —reflexionaba Aurora—, se enamoró de otro hombre. Se había marchado de la ciudad. Mi hermano se había ido con ella. Y yo, que por entonces estudiaba Derecho, estaba demasiado ocupada. Él no me contaba tampoco detalles de su vida. Sólo que andaba escribiendo esto o lo otro. Que si tal editorial le había propuesto un contrato. Que si cual… Nada en particular. Nunca supuse nada, creí verle fuerte en su soledad. Me equivocaba por completo. Cuando nos veíamos era para cenar y hablar sobre asuntos sin importancia. A veces sobre mis proyectos, que por entonces eran muchos. Pero lo cierto es que le abandoné; estaba solo y no me daba cuenta. No me daba maldita cuenta. Sólo pensaba en mí y en mis vanidosos castillos de arena y en mi puto egoísmo. Sin embargo, a él, sólo le quedaba su mundo. Su mundo como siempre. Su mundo como una amante fiel, como una Penélope. Un mundo como siempre dispuesto. Como siempre, solícito. Como siempre ahí; ahí donde se encuentran los buenos amigos, a pesar de que no los veas durante algún tiempo. O a pesar, incluso, de haber discutido en algún momento. Pero siempre con la enorme seguridad que produce saber que siguen ahí para ti. Con la certeza de saber dónde y a quién acudir. Él quiso hundirse definitivamente en su mundo; no se lo puedo reprochar, a mí me sucede lo mismo. Lo cierto, es que se dedicó a escribir durante la noche y a dormir por el día, durante años. Quería aislarse y lo consiguió. Quería vivir solo y lo consiguió. Quería morir solo y también lo logró...

El jardín parecía tener otro aroma. Las magnolias derramaban con más ímpetu que nunca su fragancia. El sol, purpúreo e ígneo, seguía precipitando su inexorable muerte hacia el mar en busca de sus fríos labios de plata. El crepúsculo se esparcía leve. Un soplo de aire fresco mecía con suavidad las copas más altas de los eucaliptos. Esa tarde, Aurora y Héctor, se cogieron de la mano como enamorados mientras paseaban lánguidamente por los jardines... ¡Ah!... ¡Qué importaba lo que pudiera pensar el servicio de ellos! Habían perdido mucho tiempo hasta aquel encuentro y ambos eran conscientes de lo poco que les quedaba.

Héctor Lorca había escuchado con atención todo lo que Aurora Larraz le había contado. Prácticamente no había abierto la boca; él era casi un bebé cuando sucedió aquello. Aurora, sin embargo, necesitaba hablar. Hablar mucho. Vomitar todo el desasosiego que almacenaba en su pecho. Necesitaba forzosamente que alguien como Héctor la perdonase; ella no había sido capaz de perdonarse así misma. La oscuridad, pendiente de los asuntos de la luz, se colaba en los jardines con pasos de silencio besando cada rincón. Robando claridad a la tarde herida. Oscureciendo las pétreas e impasibles expresiones de las gárgolas que, situadas en los vértices de la fuente, nos observaban. Automáticamente los temporizadores crepusculares se activaron para iluminar los pasillos de piedra por donde caminaban. Aunque, ni él ni ella, se percataron de que había oscurecido hasta ese punto; caminaban taciturnos, con la mirada baja. Muy despacio…

— Aurora —dijo Héctor mientras seguía fijando la mirada en el empedrado—: termina con esta agonía. Has sufrido demasiado. No es ni justo ni necesario este exceso de melancolía. Deja de buscar estrellas perdidas, deja de buscar sus lágrimas; todas ellas están en ti, en tus recuerdos… Papá murió solo, es cierto. Pero no vivió solo ni murió en soledad, créeme. No sabía casi nada de ti, por no decir absolutamente nada. Como te he contado esa, entre otras, ha sido mi gran deuda con él, si es que se puede expresar de esta manera. Apenas lo conocí. Lo poco que sabía de ti y lo que sé de él, es por mi madre.
— Cuéntame Héctor, cuéntame... —musitó ansiosa, Aurora.
— Supongo, que tiempo después de que papá se separara de tu madre, conoció a la mía. No podría decirte con exactitud de qué forma se conocieron, nunca llegué a enterarme. Y eso, en realidad, no importa mucho. Lo cierto es que, y te lo puedo garantizar, estaban hechos el uno para el otro. Mi madre, Alba, la cual falleció hace años y de la que llevo su apellido en primer lugar, era una mujer colmada de miedos y angustias. Vivía separada de un individuo insensible, intolerante y violento, que la condujo sin tregua por el angosto camino del terror y la incertidumbre. Durante años la maltrató sicológicamente hasta extremos despreciables. El sinuoso camino que le tocó padecer, naturalmente, le pasó factura. Fue perdiendo su autoestima y se vino fatalmente abajo. Su vida, en pocas palabras, se abocó con demasiada rapidez al precipicio donde cantan a la libertad los suicidas. Cada día se hallaba un poco más cerca. Y lo sabía, aunque no parecía importarle. Ya no le quedaban ilusiones ni recursos por los que luchar. Sus sueños, uno tras otro, habían ido evaporándose de su camino. Su paupérrima existencia había dejado de tener, incluso para ella misma, valor alguno. Los días iban sucediéndose entre sí con auténtica desesperación; con la sola idea, con la sola esperanza, de que llegase la noche para refugiarse lejos de los demás. Sólo para aislarse de aquel mundo exterior que tanto daño le producía. De hecho, había intentado sin éxito suicidarse en dos ocasiones. Quizá la tercera hubiera sido la definitiva... Pero no —Héctor corrigió radicalmente el tono de su voz dando, de repente, un timbre de cuento con final feliz—, porque, entonces, en ese preciso instante, apareció papá con su caballo blanco, su espada invencible y su capa color púrpura, rescatándola de las tinieblas...

Rieron juntos.

— Dicho así —atajó la escritora con voz dulce y baja— más parece un cuento de hadas que otra cosa...
— Es un cuento de hadas, Aurora, no lo dudes. Es todo un cuento de hadas...

La noche se cernió definitivamente. Olía a romero y azahar. Los magnolios en flor, envidiosos, exhibían en competencia sus blanquísimas flores en la oscuridad. Eran estrellas en el azul índigo del jardín. Héctor, había aceptado de buen grado cenar con su hermana. De esa forma tendrían ocasión de seguir hablando. Tenían que recuperar a toda costa el tiempo perdido, que era mucho.

— Necesito que me jures, por favor, que papá vivió sus últimos años en compañía de la mujer a la que amó. Que realmente logró burlar la tristeza. Que recuperó las riendas de su vida. Que no lo mató la soledad que parecía llevar escrita en la cara, al morir...
— Te lo juro —respondió Héctor mirándola a los ojos.

Se quedaron mudos contemplándose el uno al otro.

— ¿Sabes —observó Aurora con curiosidad— que te pareces a papá? No he querido reconocerlo hasta ahora, pero en ocasiones he tenido la impresión de estar hablando con él. Físicamente te pareces; la forma de tu pelo, tu bigote... Aunque papá era algo más bajito que tú. De todas maneras, empleas palabras y gestos que me recuerdan mucho a él. La primera vez que nos vimos en la rueda de prensa, ¿te acuerdas?, creí que había vuelto del más allá. Me dio un vuelco el corazón. Lo pasé mal, muy mal...

Volvieron a sonreír. 

— Héctor déjame que te haga una pregunta: ¿Duró mucho tiempo aquel amor entre nuestro padre y Alba? —inquirió la anciana.

El rostro de Héctor se oscureció.

— Ya sabes, hermana, que todas las historias de amor acaban mal. Y acaban mal, no porque en sí acaben mal, sino porque todo termina antes o después. Todo es finito. Nada es para siempre, ¿lo recuerdas? Ambos somos escritores y sabemos que el amor, en esencia, es un brebaje dulce que al llegar al estómago se transforma en una sustancia amarga ¿Es por ello amargo? ¿Es por ello dulce? ¡Quién lo sabe...! Es sólo el amor... Contestando a tu pregunta, te diré, que duró varios años. Puede que siete u ocho. De lo que sí estoy seguro es que mientras duró fueron felices, que no es poco. Vivieron los momentos de amor con intensidad, no alocadamente, pero sí con intensidad. Con mucha intensidad. Como si el mañana fuese una extraña palabra. Como si no existiese. Como si fuera un dígito desconocido en el calendario. Como si nunca fuera a llegar... El día que lo encontraste muerto en el salón de su casa yo cumplía dos años. Había quedado con mi madre y conmigo en recogernos. Íbamos a comer en un restaurante de la ciudad. Íbamos a celebrarlo. Desgraciadamente nunca llegó...

Aurora guardó silencio. Por un momento, su corazón volvió a encogerse. Los segundos se hicieron eternos. Luego, poco a poco, fue tranquilizándose. Quiso convencerse que Alba, la madre de Héctor, había amado a aquel hombre hasta los límites del amor. Y él a ella. Eso reconfortaba su inquietud y sus recuerdos. Era bálsamo en sus maltrechas heridas. Aunque también estaba inclinada a creer que, Alba, más allá de cualquier otra razón, lo que hacía era simplemente agradecerle que la hubiese rescatado a tiempo de las tinieblas que la sometían. Pero... ¿Es que únicamente existe una razón para el amor?

Héctor continuó hablando de muchas cuestiones. También Aurora. De unas cosas fueron pasando a otras y después a otras. La noche, entretanto, fue alargando sus dedos invisibles y envolvió la mansión y parte de los jardines. La interminable verja que rodeaba la residencia quedó definitivamente oculta por el crepúsculo y la hiedra. Tan sólo la escalinata y las torres bizantinas que sitiaban los ángulos de la fortaleza permanecieron deliberadamente iluminadas. Ninguno de los dos dejó de hablar; tenían tantas cosas que contarse y el tiempo tan escaso… Héctor, a través de la memoria de su hermana, conoció numerosos detalles y anécdotas de su padre, tal como necesitaba. Aurora quiso sentirse lentamente perdonada.

Con los primeros rayos de luz rosada que resbalaron sobre el parqué del salón, se despidieron. Se abrazaron y se besaron como lo que eran, como hermanos. Pero ninguno de los dos se atrevió a quedar para otro día. Un silencio tenso lo impidió. Algo en su interior les advertía que no volverían a encontrarse y evitaron hablar de ello. El hombre, a pesar de la oposición de ésta, acabó entregándole a la escritora el viejo Tissot y la Segunda Parte de “Nueve Cartas a Penélope y de Regreso a Ítaca”. Se titulaba “Memorias de un Naufragio”. Aurora recordó que su padre, en una ocasión, poco antes de fallecer, le había hablado de ellas.

Héctor se había marchado posiblemente para siempre. Se iba creyendo saber con certeza qué era Penélope, y qué había supuesto en la vida de su padre. Se marchaba en la confianza de, al fin, haber arrojado luz al enigma que durante años le había perseguido. El misterio había dejado de ser una sombra al acecho.

Penélope, en definitiva, no pretendía engañarse con falsos romanticismos, no había sido aquella mujer. Ni siquiera otra mujer. Había que buscar más allá de las palabras. Probablemente se trataba de la búsqueda introspectiva que todos los seres humanos tenemos como objetivo. Penélope era el nombre de un efecto. El efecto de producir paz interior. Todo aquello que fuera motivo de refugio o final de trayecto. Sólo, circunstancialmente, había sido aquella mujer. Porque sólo ciertos refugios están destinados al amor, se ponen bragas y tienen nombre de mujer.

Aurora, a su vez, se sintió incapaz de enseñarle las cartas que tiempo atrás escribiese a su madre. Tampoco, el escrito póstumo que su padre dejó escrito en su ordenador antes de morir. No lo merecía. Héctor, creía Aurora, debía seguir convencido hasta el final de sus días. Llevarse, por encima de todo, la imagen de que su padre había llegado a amar a Alba más que a ninguna otra persona. Que había sido su otra Penélope. Los dos, por tanto, a su manera, habían sido vencedores. Ambos oyeron lo que necesitaban escuchar. Ambos precisaban una respuesta. Y ambos creyeron haberla encontrado en las palabras del otro. Pero, era Aurora, la que en realidad creía haber ganado la partida. ¿O acaso intentaba mentirse oyendo de Héctor lo que tanto anhelaba? Ella poseía el Rey. Siempre había sido suyo. Ella sí sabía toda la verdad...

La verdad, sí. De acuerdo. Pero… ¿Cuál era la verdad? ¿La verdad de Héctor, o la verdad de Aurora?
La escritora subió a su cuarto. Buscó en una caja que cerraba celosamente con dos llaves. En él, unas cartas escritas a mano, dormían. Eran suyas. Comenzó a leer. Comenzó a recordar...



...



Murcia, 2010

Querida mamá,

De sobra sé que no te escribo ni te llamo lo suficiente. Reconozco que soy una chica informal, de verdad, no hace falta que me lo recuerdes continuamente. Deberías perdonar, eso sí, mi lamentable estado de ánimo. Actualmente se encuentra naufragando en los putos sótanos de El Corte Inglés, buscando una fórmula adecuada por la que sobrevivir. Creo que eso, cómo no, también lo heredé de mi padre. A menudo tiendo a hundirme. A veces, sin un motivo aparente. ¿O sí? Tengo cientos, miles, millones de preguntas que hacerme y, sin embargo, apenas respuestas que darme. Es, en todo caso, una cuestión difícil de explicar. Sólo puedo decirte, que es una sensación que se deja sentir en la mente, devastando todo lo que coge a su paso. ¡Es la hostia, me angustia mucho ser así! Lo único cierto, al final, es que me afectan con frecuencia cosas y actos que la mayoría de la gente ni siquiera percibe.

El curso académico está finalizando, lo sé. Y sé que debo tener paciencia, mucha paciencia. Paciencia esenia. Principalmente para no coger por el cuello todos los libros de Derecho Romano y hacer con ellos una pira, ahora que se acerca San Juan. No puedo evitarlo, la puta asignatura se me ha atragantado al igual que el viejo verde del catedrático. El hijo puta está más pendiente de mis piernas y mis tetas que de mis trabajos. Si vieras la cara de poseso que tiene... ¡Da pánico! Es el típico solterón, tímido e hipocondríaco, que vive con su anciana madre de 140 años. Y que ya, más que una anciana, es una momia: la hermana mayor de Moisés. Es el característico personaje que describiría sin ningún tipo de esfuerzo cualquier sicoanalista. Es diminuto e insignificante. Y su mirada, esquiva y huidiza. Acobardada. Siente pavor cuando dirige la vista a los demás. Le supone un terrible esfuerzo. Parece que hablase con la persona que está al lado, aunque al lado no haya nadie. Supongo que hablará con el amigo invisible y fiel con el que todos hemos conversado alguna vez.

Sin embargo, estoy convencida que detrás de sus gafas de culo de vaso, de concha marrón y cristal oscuro e impenetrable, existe, con seguridad, todo un mundo de amargura. Un microcosmos de frustración y catástrofe interior. Y, bien por cobardía, bien por angustia, su auténtica tragedia ha consistido en hundir su mediocre existencia entre libros y más libros de Derecho, como si ésta no pasara rápida. Total, que cuando ha venido a darse cuenta de lo que estaba perdiéndose, cuando ha llegado a la aciaga conclusión de que la vida se le escapaba entre libros y oposiciones a la cátedra, ya hacía décadas que había perdido de una manera imparable su oportunidad. Su tren se había quedado definitivamente varado entre los renglones de esos mismos volúmenes, mientras que el otro, el importante, el tren de su vida, pasaba de puntillas sin hacer ruido rumbo al olvido.

Cuando vino a hacer su propio balance, cuando pretendió desempolvar la brújula del cajón de los años y reaccionar, éste, se encontraba ya más cerca de Tegucigalpa que de cualquier otro sitio. ¡Y ahora quiere!... Ahora que nadie sería capaz de distinguir cuál es el verdadero parentesco entre los dos carcamales, y que podrían pasar con enorme facilidad por cualquier cosa; por figuras del museo de cera, por los hermanos Monsters...

Cualquier disparate que se te ocurra no sería del todo absurdo. ¡Hasta por marido y mujer! Pobrecillos, verdaderamente están los dos para echarlos al cubo de la basura sin ninguna piedad. Son dos reliquias del antiguo Egipto. Lo que yo te diga.

En fin, ¡joder! Comprendo perfectamente que no deja de ser un tío. Raro, eso sí, más raro que un ciempiés con bufanda, pero un tío. Una persona, al fin y al cabo. Claro, ahora el gachó, el señor Pergamino, está más solo, pero más “salido” que un exhibicionista en la puerta un colegio de monjas a las doce y cuarto.

Cualquier día, te lo digo en serio, tendré que recogerle las bolillas de los ojos del suelo cuando pase por su lado. Por lo demás todo continúa igual. Sin novedad en el frente.

Besos.



...



Hola mamá. ¿Qué tal?

Recibí la transferencia bancaria. Gracias. Te debo una. Las clases particulares que doy no son suficientes para llegar a final de mes. Y mucho menos, para pagar la reforma que hice en lo que era vuestra habitación de matrimonio. Finalmente, decidí tirar el tabique donde se encontraba el armario, para cedérselo al salón comedor. Paco, el cabrón de mi ex novio, se empeñó en darle más espacio al salón. Total, ¿para qué? ¿Para qué tanto espacio? Ahora me sobra. De todas maneras vivo sola de nuevo. Me he enterado, me lo ha dicho una amiga, que sale con otra tía, ¡pedazo de cerdo!...

Mira, que mi padre me lo avisó con tiempo; en cuanto se lo tiró a la cara: “Ese tío no me gusta nada, hija —me advirtió—. Me parece un fresco, un payaso y un caradura. Te va a hacer daño...” ¡Joder! ¡Qué poco se equivocó! Los presentimientos de mi padre siempre me dieron pánico.

Y hablando de otra cosa, ¿sabes que la otra tarde lo vi? Estuve charlando con él veinte minutos en la puerta de un bar. Quedamos en llamarnos cualquier noche para salir a cenar juntos. Iba con una mujer de su edad, poco más o menos. Me la presentó. No estaba mal, pero me da en la nariz que no hay nada serio entre ellos. Creo, que no es del estilo de mujer que le gusta a mi padre. ¡Si vieras cómo tiene el pelo...! ¿Te acuerdas del abuelo? Bueno, pues casi igual de blanco. Lleva esa media melena nacarina llena de rizos que a ti nunca te gustó, y barba. Por supuesto, tan o más blanca que la melena. Lo noté algo más animado que la otra vez. La vez anterior sí que estaba mal. Muy mal. Mal y borracho. Borracho como un escanciador. Esa noche, la noche que iba rematadamente ebrio, comenzó a hablarme de ti. No tenía otro tema en la boca por más que intentase conducirlo a otras materias de conversación.

Observo con cierta lástima que a pesar del tiempo transcurrido sigue enamorado de ti como un colegial. Él decía que no, que aquello era agua pasada, que la razón de quererte era sencillamente porque tú también le querías. Y que te quiso mientras tú le quisiste aunque, al principio —confesó—, tuviera que aprender a hacerlo. Pero tras la separación, decía, era absurdo, pero sobre todo inservible, continuar amando a quién no le amaba. Decía, que era una cuestión de orgullo y supervivencia, no un simple capricho. Sin embargo, los tres sabemos de sobra que eso ni fue así, ni de hecho es así. Sé que no ha logrado olvidarte. Lo puso de manifiesto; llevaba tatuado tu nombre en la mirada. ¡A mí, que soy su hija, no puede engañarme! Somos demasiado parecidos. Entre el “pelotazo” que llevaba y la melancolía que le atornillaba el alma por los cuatro costados, terminó con los ojos arrasados por las lágrimas. ¡El cabrón consiguió emocionarme!... Y eso que intenté por todos los medios no entrar en su maldito juego, pero ¡Joder con el tío! No pude evitarlo. Al final terminamos llorando como dos idiotas...

Recibe un beso. Otro para el hermano.



... 



Querida mamá,

¿Qué tal os va? Y mi hermano, ¿sigue tan gamberro como siempre? Confío en que esté cambiando, ya va siendo hora. Actualmente estoy saliendo con un chico que también estudia en la Facultad de Derecho. Y que, al igual que a mí, el Derecho Romano se le ha atragantado como una raspa de pescado. Esa es la razón por la que hemos hecho buenas migas; opina lo mismo que yo con respecto al catedrático. A veces, es nuestra única manera de vengarnos; nos tiramos toda la clase dibujándole en caricaturas. Nos reímos mucho. Javier es un chico muy divertido. Además coincidimos en muchas cosas. Creo que en casi todo, afortunadamente.

A lo que te iba: nos gusta imaginarnos al profesor con su paleolítica madre, en su casa. En una fastuosa e impresionante morada de principio de siglo XX, de estilo rococó. De esas que ya no se construyen porque, entre otras cosas, cuesta un huevo y la yema del otro. Y a la que, en todo caso, sólo los ricos tienen acceso. Por lo visto, yo tampoco lo sabía, ellos, los ricos, tienen más de un par. Como te puedes imaginar es un genuino vestigio de nobleza trasnochada. De esas de paragüero de madera noble repujada en el recibidor, espejos labrados a mano por los monjes de clausura de Santo Domingo de Silos —entre gregoriano y gregoriano— y pasillo angosto, tenebroso, kilométrico y aún peor aprovechado.

El caso es que nos imaginamos —ya lo dice mi padre con buen criterio: “La imaginación es la única sustancia que no cuesta dinero, ni necesita billete para viajar, siempre que te quedes sentadito”—, que ésta pueda ser un inaccesible, vetusto, silencioso y penumbroso santuario, repleto de velas vigilando fiel y solícitamente cada una de las sacras imágenes. A la vez que un penetrante y embriagador olor a incienso esparce invisible su aroma por cada una de las muchas estancias.

Y fotografías. Centenares de fotografías de sus antepasados más atávicos. Barbudos e impertérritos generales de ejércitos ya inexistentes, atiborrados hasta las cejas de todo tipo de condecoraciones. Orgullosos. Despóticos. Y que, montados a la grupa de sus rojizos y napoleónicos jamelgos despliegan ante el acojonado fotógrafo de la época, con increíble teatralidad, toda su pompa. Burros a caballo. Por supuesto, todo abarrotado de hieráticos y rocambolescos objetos que observan impasibles desde los ángulos oscuros y silentes, cómo el tiempo va marchitando sus vidas sin tener en cuenta su divina casta.

Por cierto, la otra noche cené con mi padre. Pasó a recogerme por casa. Luego nos fuimos andando hacía el centro. Ya sabes cómo es él. Y lo que le supone coger el coche en la ciudad. Así que fuimos dándonos un largo y relajado paseo. La noche era limpia y cálida. Él, como siempre, apenas cenó. Conforme iba entrado el rioja en su cuerpo iba filosofando con más pasión. Quería hablar. Necesitaba hacerlo. Me dejé llevar, no tenía prisa. Me preguntó por vosotros; por mi hermano y por ti. Por cómo te iban las cosas después de tu ascenso. Le contesté que afortunadamente bien. Más tarde, curioseó en tu relación, quiso saber si eras feliz. Ésa —creo yo— era, en realidad, la trama de la conversación reducida a una sola pregunta. Pregunta que perseguía hacerme desde el principio, sin saber de qué forma. Le respondí que sí, que eras feliz, aun sabiendo lo que eso iba a suponer en su actitud. Efectivamente no me equivoqué. Durante unos minutos enmudeció. Se limitó a beber vino y a fumar. Su rostro se ensombreció. 

— ¿Por qué te empeñas en que hurgue en tus llagas de esta forma?
— No lo sé —dijo con media sonrisa desigual dibujada en los labios—. No tengo una respuesta para eso. Ojalá. Seguramente no he aceptado la idea del todo…
— Ha pasado el tiempo, papá. Deberías pensar en ti, sólo en ti. No debes seguir abriéndote las venas por lo que no existe. El pasado sólo es pasado. El presente es lo que verdaderamente importa. El presente y, en cualquier caso, el futuro. Mamá, ya no forma parte de tu futuro, sino de tu pasado. Estás combatiendo inútilmente. Todavía intentas luchar contra los molinos creyendo que son gigantes. Y, ni tú eres D. Quijote, ni los gigantes son gigantes. Ya deberías saberlo...
— Lo sé, hija. Lo sé...

El silencio se solidificó. Se hizo eterno.

— Háblame de ti. Dime: ¿En qué nuevo proyecto estás trabajado actualmente? Háblame de él. Sé que tu último libro tuvo éxito. ¡Vas casi a libro por año, tío! 

Desde lo más profundo de mi interior arranqué fuerzas para no llorar. Sentía cómo me arrastraba hacia su derrumbamiento otra vez. El rechazo debe ser algo espantoso, pensé. Antes que papá, ya lo dijo con firmeza Pablo Neruda: “Es tan corto el amor... Es tan largo el olvido.”

— ¡No hago otra cosa...!
— Vale, eso es precisamente lo que querías ¿No?
— Bueno…
— ¿Cómo que bueno? ¿Qué es eso? —reproché en actitud de censura—. Eso es nuevo, tienes que explicármelo.
— Desde luego —expresó—. No voy a ocultarte que siempre quise ser escritor, sería mentir. Mucho antes de conocer a tu madre ya escribía. He escrito siempre. Desde siempre. Mucho antes de saber quería serlo. Era una extraña necesidad. Sólo con el tiempo llegué a tenerlo claro. Ése, precisamente, ha sido mi precio: la soledad. Los escritores pagamos precios altísimos por ser como somos. No somos mejores, acaso peores, pero sí diferentes. Sí —aseguró sin un asomo de duda—, yo quería ser escritor. Un buen escritor, por cierto. Pero al iniciar dicho objetivo fui descuidando, supongo, otras cuestiones. Esta aureola de gloria no vale de mucho si no tengo con quien compartirla del modo que proyectaba que fuese. No sé si me comprendes…
— Mamá nunca estuvo de acuerdo en eso. Ella siempre sostuvo que la causa, me refiero a la separación, no fue motivada porque dedicases tu tiempo libre a escribir. Ni porque te aislases los fines de semana como si no existiera nada más a tu alrededor, aunque imagino que inevitablemente algo habrá tenido que ver, sino por cientos de razones distintas. Básicamente, por tu carácter taciturno y solitario. Cuando no era escribir, era pintar, cuando no leer, cuando no el telediario, cuando no...
— ¿Y qué te he dicho al inicio de la conversación? —atajó— Que los escritores éramos diferentes, ¿no? Las personas no elegimos la vocación, aunque pueda parecerlo. Es la vocación quien elige a las personas. Los escritores tampoco escogemos. Es la vocación quien escoge a los escritores. Ésta es una profesión, si es que llega a serlo —advirtió con ironía sosteniendo la mirada por encima de las gafas—, silenciosa, solitaria, poco gratificante, letal y desagradecida. Sin embargo, es nuestro único medio de expresión. Es la necesidad, el desacuerdo permanente en el que vivimos, el que nos impulsa en las sombras a descubrir renglones. A través de ellos nos quejamos, pataleamos y lloramos poemas. Pero también, a través de ellos, somos capaces de crear nuestro mundo y soñar sin miedo a las caídas. La imaginación, desde su intangibilidad, nos rescata de la angustia permanente de la realidad. El escritor muy pocas veces soporta la realidad. Todo lo contrario: le asquea. Por eso se fuga. Sólo por eso...
— ¿Mamá sabía eso?
— Tu madre siempre supo eso —dio por hecho—. Ella supo siempre que vivía atrapado en un espacio que no me correspondía. Ella conocía, como pocos, que mis salidas eran siempre hacia el interior. Eso era escribir. Escribir me hacía y me hace sentirme vivo dentro de una realidad que no admito. Supongo, que a su manera, me apoyó hasta donde pudo. Un día, simplemente, se cansó. El resto ya lo conoces...
— ¿En algún momento estuviste dispuesto a sacrificar tu vocación por no perderla? Quiero recordar algo de eso...
— Sí —confesó—, cuando era demasiado tarde para retroceder. Ella ya había tomado una decisión al respecto.
— ¿Te arrepientes de ser escritor y del precio que has pagado? —quise indagar.
— ¿Te arrepientes tú de respirar? Es lo mismo. Lo necesito para vivir. Así que para nada —planteó en tono grave, sin orgullo—. Puedo sentirme solo, puedo sentirme rechazado e, incluso, hundirme con demasiada frecuencia en la melancolía de su recuerdo pero, al menos, no soy desdichado. Soy exactamente lo que quiero ser. Lo que en realidad me duele es que no me aceptase tal como soy. Siempre he sido así. Ésta no era una cuestión nueva para ella. No soy un compendio de virtudes, nunca lo he sido, pero la amé hasta donde supe. A la vista está que no fue suficiente…  

A esas alturas de la tertulia nos encontrábamos prácticamente solos en el restaurante. Los camareros, se notaba en sus miradas sanguinolentas, se morían de ganas por cerrar el local. Era cerca de la una de la madrugada. Tras pagar la cuenta donde, por cierto, nos clavaron como anchoas, salimos del local. Ya, en la puerta, pretendió echarme un brazo por encima del hombro. Fue gracioso pero no pudo hacerlo; con tacones era más alta que él. Así que entre risas y bromas se conformó con sujetarme del brazo como te hacía a ti.

Tomamos unas cuantas copas en el centro de la ciudad, aunque ya no volvimos a hablar del asunto. Dialogamos sobre mi carrera, lo que me estaba costando acabarla y sobre mi chico. Y cómo no podía ser de otra forma, terminé confesándole mi embrionaria pero galopante inquietud por escribir. No dijo nada, al menos en ese instante. Dejó que terminase mis argumentos. Me escuchaba con atención, y de vez en cuando esgrimía su sonrisa desigual como diciéndome que esa agitación no le era desconocida. Y que, por supuesto, desde hacía algún tiempo temía que acabara diciéndole precisamente eso; que quería ser escritora.

Una vez finalizado mi repertorio de sueños apuntó en tono pausado e insólito que efectivamente lo veía venir, utilizando, el muy cabrón, la misma pregunta que le había formulado anteriormente pero, esta vez, en mi contra.

— ¿Quieres ser escritora? ¿Estás dispuesta a pagar el precio que te va a costar?

Me sugirió, entonces, que mirase con atención el espejo de su vida y meditase detenidamente antes de dar pasos hacia el lugar del que no se puede regresar. A pesar de sus advertencias, le dije que sí, que lo tenía claro, soñaba con ser escritora. Estaba dispuesta a correr con las consecuencias.

Del mismo modo, comentó sin vanidad, que había firmado recientemente contrato con una editorial catalana por cinco años. A libro por año. De ahí las prisas y que editase con tanta rapidez. Me confesó que tenía la intención de publicar un nuevo libro, en esta ocasión, un recopilatorio cronológico de poemas y prosa poética que llevaba en danza desde que era muchacho. Saltándose el secreto profesional, me reveló el título: “Memorias de un Naufragio”. Se quejó una vez más, ya conoces a mi padre, de no soportar demasiado bien la ciudad. Que estaba considerando seriamente la posibilidad de marcharse a un pueblecito cercano que le tenía echado el ojo una temporada. Fuera de Murcia. Quizá a la playa. Quizá al monte. En todo caso, fuera. En fin, lo está decidiendo. Ya te contaré.

Besos. 



...



Querida mamá,

He sabido por tu carta que las cosas entre tu marido y tú no andan lo que se dice bien. ¿Estás atravesando otra crisis? Espero que no, que sólo sea un altibajo sin demasiada importancia. Ahora, después de tantos años, no deberías hacerte ciertos planteamientos que de nada servirían. Te digo a ti como le dije a mi padre hace meses: de nada vale rebuscar en los desperdicios del pasado. ¿Para qué? ¿Para mortificarte aún más? ¿De qué valdría?

Me da la impresión, espero no equivocarme al decírtelo, que al encontrarte más sola de lo que calculabas en una ciudad tan grande, de repente, has echado de menos los años que viviste con mi padre y lo que eso supuso. ¿Es que a tu edad aún no has averiguado que el amor no significa ausencia de dificultades, sino capacidad para solucionarlos? ¿O acaso esperabas, cambiando de cama, evitar los problemas? Si cabe, de mayor crueldad. Eso sólo tú lo sabrás. A lo mejor no era tan estúpido aquello que en más de una ocasión comentó mi padre: “Estamos haciendo una tragedia de algo posiblemente solucionable. Estamos magnificando la situación hasta extremos desmedidos. En las guerras, tendrías que saberlo, no existen vencedores y vencidos: sólo víctimas.”

También puede ser que, por esos caprichos que en ocasiones tiene la memoria, hayas imaginado cómo podría haber sido la vida con mi padre. Y quizá, que la situación, las putas diferencias, las críticas y el fuego cruzado que ambos establecisteis, se podía haber evitado con tan sólo un poco de paciencia y el propósito indiscutible de encender algo, que tú ya ni tenías ni sentías ni querías, dicho sea de paso, encender.

Las cosas, desde luego, podían haber sido muy distintas de lo que así fueron. Claro, que para eso, teníais que haber sido capaces de pensar sin egoísmos. De nada valdría ahora sacar cuentas. Hace años que os separasteis y los reproches que vertisteis por ambas partes pusieron de manifiesto vuestra incompatibilidad.

Sin embargo, lamento lo que me cuentas. Lamento que digas que tienes la amarga sensación de haberte equivocado, porque no puedes imaginarte lo que hemos sufrido mi hermano y yo por vuestras decisiones y hacia dónde nos han conducido. ¡Y cuántos años! Cuestión que ya, por otra parte, tampoco merece la pena discutir. Mi hermano, cualquier día, dentro de pocos años, se irá de casa. Se emancipará igual que lo hice yo; para vivir y llorar sus propias equivocaciones, pero alejado del hogar que previamente os encargasteis de deshacer. 

Con respecto a lo que me escribes, debo decirte, que el final de tu cuento era predecible, sabiendo por terceros quién es tu marido. Claro, que no hay más sordo que el que no quiere oír, ni más ciego que el que no quiere ver. Tú no quisiste hacer ninguna de las dos cosas. Presiento, por tanto, que aguantarás lo que haga falta y más. Sería catastrófico que el mundo olfatease tu equivocación; eso ya no puedes permitírtelo a estas alturas. Te quedarás allí, en la gran ciudad, consumiéndote como una vela, dedicada en exclusiva al regreso diario de un hombre del que comienzas a sospechar con criterio que te trueca, con frecuencia, por dos niñas de veintidós…

En fin, esperemos, no obstante, que tus sospechas sólo sean eso: sospechas. No debes alarmarte más de lo preciso por el hecho de que tu marido viaje últimamente con asiduidad. Presumo que eso es habitual en estos casos; es comercial como lo era papá hasta que pudo dedicarse a escribir.

Hace meses que no veo a mi padre. Aunque conociéndolo puedo imaginarme con poco lo que estará haciendo: escribir. Quizá, haya puesto en marcha la idea que le rondaba, la de marchase de la ciudad por un algún tiempo.

La última vez que hablé con él fue la noche que salimos otra vez a cenar y sobre un manuscrito que le presenté. Y su punto de vista al respecto. Por cierto, y dicho sea de paso, le resultó prometedor. Nada más.

He de llamarle. El caso es que lo he intentado en varias ocasiones, pero siempre ha surgido esa odiosa voz metálica diciéndome: “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento”. También es cierto, que he estado más liada que la pata de una momia y no he tenido muchas ocasiones. Entre el final de carrera, los viajes que he realizado y otros enredos que para qué contarte, he andado como zorra que cría a siete ¡Un verdadero desastre!


Besos.



...



Hola, mamá.

Te escribo con cierta preocupación. Siempre supimos que mi padre era un hombre solitario. Más que eso. Seguramente un eremita. Un maldito eremita en contra del mundo. Pero también me consta que detrás de ese semblante hosco, irascible, vehemente y estúpido, siempre se ocultó un niño asustado. Y en estos últimos años, si cabe, aún más. Tengo la amarga sensación de que en el fondo no ha hecho otra cosa que no sea huir de sí mismo. Eso es, precisamente, lo que me preocupa. No pretendo engañarte si te digo que mi turbación está más que justificada. Hace días recibí por sorpresa la llamada de Ramón de la Rosa, su editor. Supongo que mi padre, ante cualquier eventualidad que pudiera surgir, decidió darle mi número de teléfono. El caso es que me encontraba plácidamente en casa, estudiando, y te garantizo, créeme, que después de hablar con su editor nada fue lo mismo. 

Me preguntó por él, me preguntó si sabía algo de mi padre. ¡Claro, me quedé petrificada! ¡Era lo último que podía imaginarme! Me dijo, que no sabía absolutamente nada de él, que llevaba varios días intentando inútilmente localizarlo a través del móvil, que siempre estaba apagado, y que, por descontado, le había dejado docenas de mensajes en el contestador sin obtener respuesta. Una vez vale. Y dos. Y cinco… ¡Pero es que le había hecho cien llamadas con el mismo resultado!

Me comentaba que le resultaba muy extraño, entre otras razones, porque tenía que entregarle por correo electrónico el manuscrito de su próximo libro en una fecha determinada y ésta había transcurrido hacía días. No supe qué decirle pero comencé a sentirme mal. Enseguida noté cómo mi estómago se removía en mi interior. Yo misma —me dije—, llevaba semanas sin saber de él, intentándolo sin resultado, aunque sin concederle importancia al asunto. Así que, al advertir su inquietud al otro lado del teléfono, y como si de un extraño magnetismo se tratase, me transfirió también a mí un raro estremecimiento. Y no, no era únicamente por el perjuicio económico que pudiera derivarse del retraso de la edición, no. Ramón de la Rosa es, de facto, parte interesada como empresario literario, pero no era ésa precisamente la cuestión. Conoce bien a mi padre, son amigos desde hace años.

En sus palabras existía algo más que no supo o no quiso decirme. Inicialmente, traté de restarle importancia a la situación, advirtiéndole que los creadores son casi siempre seres un tanto insólitos de comportamientos arcanos y paranoicos, pero que, de todas formas, haría lo posible por localizarlo. Cabía, por qué no, la posibilidad de que le hubiese dado el “puntazo” y se hubiera marchado a un atolón desierto en la Polinesia. Pero, tras colgar el teléfono, reflexioné: “Seguro que no”. “De haber sido así, papá, me lo hubiese dicho”. “Además, él, me telefonea de cuando en cuando”… Entonces caí en la cuenta, por primera vez, del tiempo exacto que llevaba sin saber de él y me sentí peor. “Vive solo” —pensé—. “Puede estar enfermo. Puede que me haya necesitado. Puede que...” ¡Yo qué coño sé lo que podía estar sucediendo! La única verdad es que no sabía de él. 

Me quedé muy jodida y me reproché automáticamente la falta de interés por saber de mi padre. Durante unos minutos me quedé clavada en el sillón sin saber por dónde empezar. Finalmente opté de nuevo por llamarle por teléfono. Estuve llamándole toda la mañana. Yo misma quise resistirme a magnificar la situación aunque del mismo modo, el teléfono, continuó sin darme una respuesta. Sólo aquella odiosa voz metálica contestaba una y otra vez lo mismo: “El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura…” Con el último bocado, decidí, en un arrebato, ir a buscarlo a su casa. Actualmente vive, al menos, hasta donde yo sé, en un apartamento en las afueras de la ciudad. Estaba histérica. Histérica y dispuesta a echarle una bronca de puta madre cuando lo viera. Pero no fue así. En su casa no había nadie. Llamé al timbre, hice tiempo, pregunté a los vecinos. Nadie supo responderme; su incomunicación con el vecindario es rotunda. Apenas se relaciona. Bueno, qué te voy a contar, ya sabes cómo es.  

La tarde fue deslizándose mansamente en los aleros. Yo, mientras tanto, sentada en el coche, en la puerta de su casa, me terminé dos libros que tenía a medio; me fundí un paquete y medio de tabaco y me hice enterita una revista de crucigramas. Cuando me desesperé, me fui. Ya, en casa, lo intenté de nuevo hasta caer rendida, pero la cibernética voz parecía no tener otra copla: “El teléfono móvil al que llama...” Intento no dramatizar los hechos; prefiero creer que no ha sucedido nada a pesar de no estar localizable. De hecho, de haber sucedido algo, la policía se habría puesto en contacto o con Ramón o conmigo. Te llamaré en cuanto sepa algo del artista.

Un abrazo. Otro para mi hermano.



... 



Hola, mamá.

Sé que hace semanas que no te llamo. Y meses que no te escribo. Lo sé perfectamente, no hace falta que me lo recuerdes. También sabes que no he tenido gana, ni por supuesto ánimo. Hoy, de manera excepcional, he sacado a empujones mi voluntad y no te imaginas el esfuerzo que me está suponiendo. Llevo media hora delante del papel y no sé bien por dónde empezar. No me encuentro mejor si es ése tu único desasosiego.

No, no me encuentro nada bien. La vida me ha golpeado fuerte esta vez. No podía suponer, ni tan siquiera imaginar, que mi padre acabara sus días de la forma que lo ha hecho ¡Claro que también es culpa mía, nunca llegué a conocerlo del todo! Posiblemente, no me desvelé ni una sola noche con ese hecho. Nadie, en realidad, llegó a conocerlo. Ni siquiera tú, a pesar de haber estado casada con él tantos años. Como tampoco era tan cierto aquello que decías sobre mi padre. Que “Hubiera sido completamente feliz en una isla desierta”, haciendo de ello tu insalvable motivo para la separación. No. No era nada cierto. Podía ser una persona solitaria, eso es indiscutible. Los escritores somos por naturaleza personas introvertidas y adustas. Pero no estamos muertas. …Bueno, ahora, él sí. Hace meses que tengo una sola pregunta en el centro de mi mente. Una dura, pero inevitable pregunta que hacerme. Una pregunta que aletea en mi cerebro como una puta resaca: ¿Quién dejó a quién, él a la vida o la vida a él? Sospecho, con rabia y tristeza, que ambos fueron abandonándose. Que ambos fueron olvidándose. Que ambos fueron odiándose... 

La tarde que sonó el teléfono se suspendió por unos segundos el tiempo y mi pulso, súbitamente, se aceleró. Me encontraba cerca del aparato y, sin embargo, tuve la desconocida impresión de sentirme muy lejos. Incapaz de reaccionar, le oí sonar una y otra vez. No imaginaba quién podía ser. Podía tratarse de cualquier asunto sin importancia; un amigo, una amiga, un vendedor de enciclopedias, no sé… Pero no. Tenía un pálpito. Un extraño pálpito. Una voz interior aullaba en lo más recóndito de mi ser. Descolgué y pregunté. Cuando aquella voz cavernosa y aséptica, casi cruel, pronunció mi nombre y mis apellidos, las palabras se me hundieron en la garganta. Durante un tiempo que me pareció inmortal, no pude responder. Al identificarse, mis sospechas se rompieron en pedazos. Era la policía. Habían encontrado a papá muerto. ¡Muerto en su casa!... ¡El pánico se apoderó de mí…!

Cuando llegué me esperaba un cortejo de lo más tenebroso; dos coches de la policía, una ambulancia y un puñado de gente desconocida que se arremolinaba curioseando junto a la casa. El juez aún no había autorizado el levantamiento del cadáver, por lo que mi padre seguía en la misma posición en que muriese; sentado en su sillón, frente a la ventana que da a la avenida. El mismo sillón que seguramente tantas veces había sido testigo de su soledad. No era un sillón especial, ni siquiera cómodo, pero era su sillón. Desde él veía pasar la vida sin interés tardes enteras. También las noches, ahora lo sé. La vivienda escupía un insoportable y denso olor a muerte. 

Me aproximé a él. Debía identificarlo. Sus ojos, —o lo que quedaba de ellos— hundidos y sin vida, seguían abiertos. Seguían mirando sin interés la avenida. Tras el interminable protocolo policial, recorrer despacio todas las estancias, por si hubiese existido algún signo de violencia y después de serenarme, entré casi de puntillas en su despacho; la penumbra se adueñaba de la pequeña habitación. El ordenador continuaba encendido. En él había una carta guardada para ti, que te hago llegar textualmente.

Saludos.


Te dejo escrita en mi ordenador, sé que te llegará antes o después, la que será mi última carta. Durante años te escribí muchas, pero todas fueron de amor. En esta ocasión sólo será de despedida.

Charles Chaplin comentó una vez con su habitual ironía, refiriéndose a la vida, que ésta había dejado de ser un chiste para él; que no le veía la gracia. Yo, desde hace algún tiempo, opino de igual manera. La vida, lejos de serme atractiva, lejos de apasionarme, sólo me produce un tremendo cansancio. Se ha convertido en una pesada carga para soportarla. Ahora tiro con nostalgia de la memoria, con enorme facilidad, como quien sacara un libro de la estantería para ojearlo y recuerdo, cómo no, de forma pretérita, absurda e inservible, cuando tú y yo éramos jóvenes. Entonces, la vida, nos ofrecía su catálogo de colores. Unos colores amables e intensos en los que el amor presidía por encima de todo y de todos, nuestra existencia. Había mucho que hacer. Mucho por lo que luchar. Luego llegaron ellos, nuestros hijos, colmando nuestra felicidad; era lo mejor y más grande que podíamos desear. Era lo mejor que nos había pasado a ti y a mí. Y cuando estábamos convencidos, al menos yo, que todo nos había sucedido ya, en realidad, nada había comenzado aún. 

Al principio de nuestra relación las dudas se apoderaron en ocasiones de mí, tratando con frecuencia de quebrar mi espíritu abatido. Aun así. A pesar de los zarandeos y los vaivenes que me brindó la vida sabiendo que cuando me casé contigo no te amaba lo suficiente, porque yo, a diferencia tuya, sí arrastraba un pasado que olvidar; aun así, como digo, fui aprendiendo poema a poema a hacerlo. De ahí nacieron, no en vano, las Cartas a Penélope. No resultó cómodo, no creas. Pero finalmente aprendí a quererte. Sencillamente, porque deseaba quererte: quería regresar a casa. Mi vida, igual que la de Ulises, había sido hasta ese momento un periplo; una espeluznante travesía hacia en el interior de mi mente. Pero llegué a Ítaca. Al fin, regresaba a casa. Mi recóndito, mi extraño microcosmos se tranquilizaba. Enterraba su hacha de guerra y me ofrecía la paz que tanto anhelaba. Día a día y año tras año, me fui acostumbrado a ti y a tu manera de ser. Durante mucho tiempo nos amamos, estoy convencido. Lo sé. Seguíamos juntos, codo con codo, abriéndonos hueco en la vida. Sorteando nuestro destino; teníamos la fuerza de un ciclón.

De todas formas, olvidaste que los años van pasando, y que, en contra nuestra, castigan toda relación. Todo se hace más monótono, se va perdiendo la magia, aparece la rutina. Pero era sólo eso: simple rutina. Una rutina amable que no nos impedía, creía, ser felices. Más tarde, con un batir de alas negras, llegó el cansancio. Un largo y despiadado cansancio que se apoderó enseguida de nuestras almas. Aquel desfallecimiento se instaló con desahogo extendiendo, entre los dos, su sombra fría y devastadora. Sí, confieso aquí y ahora que yo, igual que tú, sentí en ocasiones ese mismo cansancio. ¿Quién no ha sentido ese cansancio alguna vez?

El final de un verano arrastró sus primeras sombras hasta mis ojos. El invierno me fue helando el corazón; tú ya no eras la misma. Alguien, de nombre injusto, te rondaba. Yo, en silencio, sin querer terminar de creérmelo lo sabía, lo adivinaba. Lo llevabas escrito en la mirada. Sólo eras una niña cuando te conocí, que no se te olvide nunca. Sin embargo, no quise luchar. Quise ver hasta dónde eras capaz de llegar. Entretanto, tú sin saberlo, o sí, ibas abriéndole el corazón a aquel individuo. Pude luchar, lo sé. Pero en vez de hacerlo, me cobijé en mi mundo. Me fui alejando de ti. Mi mundo seguía siéndome fiel, tú no. Continué escribiendo, escribiendo sin cesar. Escribiendo, por encima de la turbación que sentía. Escribiendo y describiendo la ansiedad que me ahogaba. Con frecuencia, me guarecí en el alcohol como un náufrago a su tabla y no quise tener en cuenta dos cuestiones, porque, en el fondo, ambas, habían dejado de importarme; había llegado la decepción. La primera, es que la angustia, aun así, continúa flotando por encima de sus cadáveres. La otra es que tú, mientras tanto, te refugiabas cada vez más en el payaso que te había robado el corazón. Habías destrozado mi amor esparciendo sus cenizas en el lodo de mi tristeza, pero, por encima de todo, habías descuartizado mi orgullo. 

Te pedí tiempo para dejar de amarte y, te advertí, serenamente, que jamás habría una vuelta atrás. Así fue. El amor es finito. Es cierto: dejé de quererte. Nunca, aunque sin acritud ni violencia, pude perdonar tu perfidia, tu felonía. Aprendí a caminar hacia atrás. Tuve que destejer, copa a copa, todo lo que te había dado. Todo lo que, hasta en ese instante, había sido de los dos. No fue nada fácil, créeme, pero tampoco volviste a hacerme daño por ese motivo. Sufrí mucho por los críos, eso sí, no voy a negártelo. Sin embargo, la capacidad de reacción en la infancia ante la adversidad resulta interminable. Es mucho más sólida que cuando uno es adulto; la fortaleza se agrieta con la edad aunque pueda parecer lo contrario. Forzosamente, ellos, no tuvieron elección; tuvieron que pagar un elevado precio por nuestros errores y nuestros pecados... Que Dios nos perdone.

Ahora, por fortuna, son mayores y cada uno de ellos tendrá que mirar hacia la vida con sus propios ojos. Tendrán que asumir sus aciertos y sus equivocaciones exactamente igual que lo hicimos tú y yo. No quisiera despedirme de ti, sin antes desearte la felicidad que yo no supe darte.


Hasta siempre. 



... 



Aurora no llegó a terminar de leer las últimas cartas, aunque eso no importaba demasiado; las conocía de memoria. Las había leído cientos, miles de veces. Las había escrito ella… 

Se hallaba acostada en su cama con ellas sobre el pecho. Parecía una reina. Una magnolia recién cortada. Su rostro se descubría sereno y pálido. Había llorado. 

Aquel día llovía vehementemente. Con despecho. El llanto en los cristales eran lágrimas de plata, lágrimas de ángeles, o tal vez, de estrellas perdidas. Aunque ella nunca llegó a saberlo...


                                                                                                   
                                                                           A mi hija Estíbaiz.



José Hernández Meseguer
Relatos Apócrifos... (O no tanto)
Murcia, 7 de julio de 2005





3 comentarios:

  1. Magistral relato! Mantiene un suspenso con alta dosis de realidad y mucho de prosa poética y poesía. (humildemente)
    "No me queda tiempo para ser lo que nunca he sido. Soy tan sólo un hombre normal"

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    1. Gracias, Miriam Paz, por tus palabras. Me ha gustado tu definición. Nunca mejor expresado un hecho que es "casi" autobiográfico; en él hay ciertamente dosis de realidad suficiente y sólo una parte de ficción la cual, afortunadamente, no fue premonitoria por muy poco. Menos mal... Un fuerte abrazo.

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  2. Mi marido me estaba engañando con mi amigo y casi lo perdí hasta que pude contactar con el gran Baba ubeji para pedir ayuda, él fue un gran ayudante, salvó mi matrimonio de la vergüenza y la vergüenza, restauró mi matrimonio justo como él Prometido, mi esposo ya no me engaña, que quiere salvar su relación o tiene algún tipo de problema que necesita soluciones, debe ponerse en contacto con él a través del correo electrónico: greatbabaubeji@gmail.com

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