sábado, 1 de enero de 2011

CONFESIONES APÓCRIFAS DE UN ESCRITOR IMPASIBLE Y PERDULARIO [Relato]



Había trabajado duro durante todo el día. Tenía, medio atorada, entre la mente y las manos, una fabulosa historia que relatar. En ese esotérico duelo me hallaba. Tenía que conseguir arrancar la idea de mis entrañas de la misma forma que un gemólogo tallaría y encajaría un collar de diamantes. Con exquisita delicadeza. Migaja a migaja. Inmaculada e intacta. Sin perder ni una sola de las divinas piezas que lo componen. Debía, por tanto, desde ese lugar desconocido del cerebro, extraer el concepto con sumo cuidado y depositarlo a toda prisa en mis manos. Y ya, una vez ahí, y con toda suerte de equilibrios, conducirlo suave hasta el papel con el estilo que me caracterizaba. Ese era el reto. Tal era el pulso.

Aunque el hecho no me inquietaba más de lo previsto; nadie como yo sabía hacerlo. Por otra parte, mi profesionalidad y mi “saber hacer”, eran casi ilimitados en ese terreno. Ahí me movía como pez en el agua. Con la elegancia y la soltura de una sirena. Con aquel Relato, cuyo registro de inscripción al Certamen me hallaba próximo, estaba convencido de ganar el siguiente Concurso Literario. De hecho, mi seguridad y presuntuosidad no eran para nada gratuitas; la publicación de tres libros de renombrado éxito y un cuarto a punto de ver la luz, avalaban mi sosiego y arrogancia.

La mágica elevación de la creación en este punto me había secuestrado de tal manera, que la tarde se me había echado encima sin darme cuenta. El llanto de la lluvia en los cristales suponía una dulce canción de cuna que, lejos de molestarme, mecía mis ideas, y a su ritmo, dóciles y gráciles, brotaban a borbotones bajo el teclado de mi ordenador con verdadera fluidez. El tiempo pareció detenerse. Pero en cambio la noche, imparable, me hizo encender lámparas en ciertos puntos de la vivienda para atenuar la creciente oscuridad que devoraba el resto de las estancias.

Entonces me detuve y caí en la cuenta exacta de lo que me dolía la espalda: llevaba más de doce horas sentado en el escritorio. Únicamente me había levantado en cuatro ocasiones; la primera para beber agua, la segunda para entrar al aseo, la tercera para encender las lámparas y la cuarta para arrancar dos granos de uva a un racimo deslucido que se moría de soledad en la cocina. La falta de cigarrillos suponía, dicho sea de paso, una tregua inevitable. Podía, sin mucho esfuerzo, pasar sin comer, sin beber y hasta sin dormir, mientras me centraba de pleno en la liturgia de la creación pero, sin fumar, no. Rotundamente no.

Fue ese el efecto que inexorablemente me empujó a la calle aquella noche, que finalmente se dibujaba clara en su oscuridad. La lluvia detuvo su nana, y unas postreras lágrimas apresuraron su muerte desde los árboles hasta el suelo, donde yacían indolentes retales imperfectos y tornasolados espejos. Las farolas, en el paseo, amarillearon sus corazones hasta la incandescencia y me invitaron un instante a tomar un sorbo de aire puro. Súbitamente me apeteció andar sin dirección. Y también, súbitamente, sentí hambre. Toda el hambre que, durante horas, había permanecido en respetuoso silencio no reclamando mi atención y cuidado a las puertas de mi descalabrado estómago.

Con un pie delante de otro, encaminé mis pasos a un restaurante cercano donde solía, con cierta frecuencia, parar a comer o a cenar. De camino, sin embargo, fui hilvanando la manera de proseguir mi historia tratando de ajustar debidamente el río de ideas que como dementes en una fiesta de cumpleaños, en el manicomio, cabrioleaban en el interior de mi mente. En aquel local, los camareros me conocían de sobra, me sentía cómodo. Era del todo gratificante cenar como en casa, pero allí. Entre otras razones, porque me sabía un torpe total y absoluto maniobrando en el cuarto de las sartenes.

La silenciosa y luminosa mano del éxito no había llegado con la suficiente comodidad a todos y cada uno de los rincones de mi existencia y ésa, obviamente, era una de las evidencias más notorias; la cocina. Aunque subrepticiamente hubiese otras muchas sombras de peor talante. El hecho de que el local estuviese casi al completo de clientela no importó. De inmediato me acomodaron en una mesa, junto a la puerta. Y por ser viernes, umbral de un dilatado puente, me di un antojo mientras el colesterol observaba de reojo mis intenciones: dos huevos fritos con las puntillas doraditas y un gran pimiento verde presidiendo el plato. Todo ello, asediado por una generosa guarnición de patatas fritas. Cómo no, una ensalada típica murciana para contrarrestar la ingesta gallinácea. De beber, una botella de agua y un octavo de vino de rioja.

En el tiempo en el que preparaban mi cena, aproveché para llamar a mis hijas por el teléfono móvil. Les pregunté qué tal las trataba la vida. Llevaba algunas semanas sin saber de ellas y quise cerciorarme de que todo les marchaba según lo previsto. Mi ex, como no podía ser de otra manera, no quiso acercarse al teléfono. Me conformé con oír sus alaridos y una retahíla interminable de insultos como ruido de fondo, actitud que comprendí perfectamente sin inmutarme. Seguía dolida conmigo, después de cinco años, por mi execrable pero inevitable forma de ser. Le hice padecer mucho hasta que se hartó de mí. Lo sé. Soy, cómo bien decía ella, un asqueroso pecador réprobo. Mi conducta incontrolable me hace ser así. No puedo, ni lo podía evitar. Me gustaban todas las mujeres… ¡Hasta la mía! Bueno, hasta mi ex.

Mi responsabilidad en la Administración como directivo deslumbrante, por otro lado, me facilitaba las cosas en cada momento hasta perder la vergüenza y la poca moral que anidaban en mí. Por lo que, sin gran esfuerzo por mi parte, me cepillé a una cantidad de tías nada despreciable de todas las condiciones sociales y civiles. Hay mucha zorra trepadora suelta por ahí dispuesta a hacer lo que haga falta por escalar. Claro, yo, desde mi latente debilidad carnal sabía sacar partido a cada ocasión. Todo un contrasentido. Aunque ¿Qué es en sí el ser humano, sino precisamente eso: una profunda y permanente confusión?

El hecho, el axioma, es tanto así, que aun percibiendo a la especie femenina desde una óptica de inevitable enemistad, al tiempo, lo admito, las contemplo con auténtica veneración; son pequeños y adorables seres sin los cuales tampoco se puede vivir. Las otras, las casadas o emparejadas, casi todas, son antes o después asequibles y vulnerables. Pero sobre todo, y ante todo, demasiado bellas para andar con un solo hombre.

Era y soy por definición un truhán; un cabrón inmoral que atrapo lo que deseo sin importarme una mierda a quién pertenezca. Un depredador, un falso romántico, un romántico emboscado, un falso trovador, un filibustero, un canalla sin escrúpulos, un lobo enfundado en piel de cordero, repleto de excelente y maquillada palabrería con la que disfruto encandilando a mi presa con un único y exclusivo fin: echarle el guante encima. O mejor: debajo. ¿Después? Después nada. Nada de nada. Vivo solo. Me gusta vivir solo. ¡Soy escritor...!

Todas las mujeres, después de folladas, quieren pasar factura instalándose en tu casa y en tu vida. Mi oficio de literato no me permite compartir romances demasiado tiempo; prefiero su recuerdo, su aroma. El sutil aroma que durante días se derrama por mi casa y reposa a mi lado. La fragancia que durante muchas horas permanece atrapada en mis dedos. El intenso bálsamo que resbala desde su cuerpo hasta mi boca y desde mi boca, serpenteando por mis sentidos, hasta mi pluma. Para, definitivamente, ser en mi memoria sólo unos versos. Sólo un poema. La magia de un instante. O por expresarlo de una forma menos sentimental: sólo muesca en el revolver…

De manera, que a la hora de divisar una posible presa, me lo planteaba de una forma escasa, sucia, anárquica y sin dobleces: intentar tomar al primer golpe de timón y sin muchos preámbulos ni prejuicios lo que me gustaba; fuera de quien fuera, daba igual.

Ya me encontraba prácticamente en los postres, cuando reparé en una pareja que se situaba en la mesa, justo al lado de la mía; a un metro y medio escasamente.

Charlaban de cosas intrascendentes, no lo recuerdo con exactitud. Aunque automáticamente, sin querer evitarlo, me fijé en ella. Era una mujer morena, de unos cuarenta años. Él, por el contrario, un tipo de lo más normal; de más o menos, su misma edad. Me importó lo justo. Mientras les atendía el camarero establecían largos silencios en su diálogo, ocasión que aprovechaban para juguetear con sus teléfonos. Intencionadamente resbalé mi mirada sobre ella, examinándola con detalle. Era una hembra de crines onduladas de color de azabache, cuyos atezados rizos descansaban leves en las atalayas de sus hombros. Su perfil se divisaba amable y suave. El rostro ligeramente elíptico y nariz pequeña. Y sobre ésta, dos sublimes ojazos precisos que, perfectamente situados, se deslizaban sobre el óvalo de su cara expresando por sí solos un inquietante mundo interior y una pasión retenida a punto de estallar.

Desde mi posición, ella, quedaba de perfil y por su ligero vientre, intuí, que había sido madre en alguna ocasión al menos. Mantenía la espalda recta, en una posición oblicua respecto al plano de la mesa en la que apoyaba ambos codos, poniendo de manifiesto dos enormes y hermosos pechos. Su risa era un cascabel sonoro y limpio. Y su boca, sensual, explícita y levemente carnosa.

Por un instante, mi imaginación se desligó de mi cuerpo fugándose de aquel restaurante. Se elevó a una dimensión confusa y diferente.

Me la imaginé desnuda, en mi casa, haciéndome el amor. Era un volcán en erupción, una diosa fastuosa y dorada que emergía resplandeciente ante mí y me rescataba, amándome, de este puñetero mundo de mierda. Una ninfa atrapada en el deseo. Una y otra vez, desnudos en el sofá, hacíamos el amor con violencia. Sin pausa. Con frenética lujuria, devoraba cada palmo de mi piel sin darme apenas tiempo a recuperarme. Me sentía exhausto y sometido. Pero ella, insaciable, imparable como un alud que se despeñara, recorría metódicamente mi cuerpo agitado y sudoroso con su lengua, haciendo de mí su esclavo más fiel. Durante unos segundos interrumpíamos nuestro juego desenfrenado para beber un sorbo de cava que, reposado y glacial, nos observaba sin prisa desde el recipiente empañado. El final de un cigarrillo, abría de nuevo un combate de sexo embravecido que concluía en una espiral de jadeos, disolviéndose mansos por las estancias de la casa hasta quedar reducidos a gemidos entrecortados.

El oportuno comentario del camarero que servía ambas mesas, sirvió de excusa perfecta para establecerme un puente con la pareja y, así, iniciar el diálogo. Hablamos de cosas sin la menor importancia para mí; yo, en un forzado disimulo, sólo estaba pendiente de ella. De su sonrisa, y otra vez, la imaginé conmigo. La luz de su mirada iluminaba mis partes más oscuras, soñando que podía ser capaz de enamorarme de aquella mujer con sólo una caída de pestañas sobre mí. La política, el trabajo y algunos temas más, nos acercaron a conversar abiertamente, atravesando el “usted” para llegar al “tú”. Era precisamente lo que pretendía; una aproximación.

Su acompañante, de quien más tarde supe que era divorciado, al igual que ella, absolutamente ajeno mis lúbricos pensamientos, se levantó de su asiento en un gesto de cordialidad y me extendió su tarjeta de visita. Seguimos hablando como si tal cosa. Mientras lo hacíamos estudié la situación ¿De qué manera podría conocerla más de cerca? ¿De qué manera podría entrar en su círculo sin revelar mis abyectas intenciones? Probablemente la única fórmula a mi alcance fuese el detalle. La galantería de invitarles a la botella del mejor vino espumoso que hubiese en el establecimiento. Así lo hice. Raudo, al chasquido de mis dedos, el camarero que nos atendía depositaba en su mesa una botella de “Juve & Camps”.

Los dos agradecieron el gesto. Pero su gesto, el de él concretamente, me importaba un huevo. La mueca de correspondencia en realidad la esperaba de ella, que me arrojó una flecha emponzoñada en la sonrisa. La luz de aquella sonrisa nuevamente volvió a brillar para mí como un candil en la noche templada. A medida que su prometido iba hablando conmigo, con palabras huecas y sordas que iban directamente a mi papelera personal de reciclaje sin escucharlas, mis ojos, de soslayo, se posaban en el balcón de un escote que ocultaba, por el momento, el inevitable volumen de dos pechos tal y como yo los imaginaba; magnos y redondos, coronados en su cima por unos pezones relativamente pequeños y rosados.

Para colmo de suertes la fortuna quiso venir de la mano.

No tenía la menor intención de descorrer ante aquellos dos desconocidos la cortina de mi verdadera identidad, mi verdadera vocación, que era la de novelista. Pero por alguna razón que hoy no recuerdo, comenté que poseía tres publicaciones; una cuarta a punto de parir y una quinta en cierne. Sin sospechar lo que pasaría a continuación, y como si de una bomba lapa se tratara, estalló ante mis ojos la veta que me marcaría el camino hasta llegar a ella. El acompañante imprevistamente mudó el rostro y guardó un exiguo silencio. Luego, comentó con cierta sorpresa, que él también escribía si bien era, aún, un humilde aprendiz. No obstante, señaló con cierta decepción, había publicado dos libros por el ineludible camino de la autofinanciación. ¡Ahí precisamente lo vi claro! La línea a seguir, a partir de ese célebre segundo de confidencia, se ajustaba asumiendo que un error por mi parte podía dar al traste con mis propósitos. Porque claro, allí, sin duda, el advenedizo era yo.

Tras un relámpago de cálculo, opté por jugar mis cartas con la máxima atención, intentando en todo momento mostrarme interesado en sus proyectos. La maniobra era relativamente sencilla de distinguir; iba a manipular las fantasías y las emociones de aquel majadero para intentar seducir a su novia, eligiendo de entrada una credencial ganadora: llenar a aquel bobo de Coria la cabeza de chismes, de ideales e inquietudes. E incluso estaba dispuesto, desde la fiebre que aquella hembra me provocaba, a llegar aún más lejos; hasta dónde él mismo fuese capaz de llegar. Era, para mí, un asunto insignificante. Casi sin valor.

Venturosamente gozaba de una excelente salud económica y de inmejorables relaciones entre las más altas esferas sociales y literarias del país. Lo importante, me dije, es no provocar disputas innecesarias. Si él se consideraba a sí mismo un buen autor, y lo demostraba, claro, publicaría sin excesivas trabas, lo que tampoco significaría necesariamente nada importante. Podría publicar cien veces y no conseguir encajar un solo ejemplar en el mercado. Existen miles de autores buenos, y muy buenos, que son y serán, de por vida, completos desconocidos. Pero además, y en cualquier caso... ¿Qué me importaba?

Aquella cuestión en concreto no gozaba de la menor relevancia para mí; me daba exactamente lo mismo. Aunque al menos una cosa si era cierta, maduré con una mueca casi invisible que rozó mi sonrisa en un acto de verdadera morbosidad: cuanto más trabajo tenga este tipo, más tiempo libre tendrá ella. Tal vez, en su agradecimiento…

Ella, en consecuencia, era, esa noche, lo único bonito y mágico que me había sucedido. Y sin saber exactamente por qué, fue convirtiéndose en mi objetivo. En una de mis prioridades. Tenía que llegar hasta ella e intentar besarla. Besarla cómo seguramente aquel individuo no sabría hacerlo. Acariciarla cómo probablemente aquel patoso no sabía siquiera que existía. Comerla de tal forma, y con tanta fogosidad, que nunca pudiera olvidarme. Eso, eso tan sólo, era lo que me preocupaba: sentirla mía. Sentirla encima de mí o sentirla a través de mí, dejándose devorar complacida.

Los tres, como si de amigos entrañables se tratase, brindamos por la amistad y el buen rollo que desde esa noche nacía en nuestros corazones. Y una vez más elevamos nuestras copas al techo en señal de alianza. Les hice saber con media sinceridad que aquella noche, sin quererlo, me habían salvado de una tristeza cierta, ya que, últimamente me encontraba algo melancólico por la reciente ruptura con la que había sido mi novia hasta hacía escasamente semanas. Y sentirme, sin venir a cuento, arropado por una amistad que se prometía duradera era para mí de suma importancia. Sin embargo, como ya he dicho, aquello no era si no una franqueza a medias. Una media verdad para ocultar la otra media. La verdadera causa de mi júbilo y mi progresivo tartamudeo, era aquella mujer. Sólo aquella mujer.

Engullido por la emoción del momento cometí, si acaso, un error imperdonable. Si bien creí firmemente que aquel pardillo no se había percatado adecuadamente de mis intenciones. O quizá, por el contrario, que se encontraba dispuesto a pagar “el precio” por ser escritor, mercadeando con su novia como aval. Fue exactamente al preguntarle, en clave de chiste, pero ocultando un sanguinario globo sonda, si me vendía su novia; a lo que contestó, sin perder el mismo tono de humor, que esa pregunta debía hacérsela directamente a ella. Lo que Ariadna señaló continuación, evitando mi mirada, casi ruborizada, no me sorprendió en absoluto. En todo caso, alimentó aún más mi grado de ansiedad al decir que no estaba en venta. Porque una señora, por puta que pueda ser, nunca descubrirá sus fines; te enterarás dos segundos antes. Y de cualquier manera siempre se hará de rogar como si fuese la última mujer sobre la Tierra.

En un último intento de exhibición pagué la totalidad de la cena extendiendo con cierto desprecio mi tarjeta de crédito sobre la mesa, demostrando intencionadamente la auténtica seguridad de mis actos y consiguiendo así, de paso, un magnifico golpe de efecto que, por cierto, les deslumbró. Argumento que posteriormente esgrimí para pedirles que puesto que habían sido invitados, lo menos que podían hacer por mí, era, devolverme la invitación en una cafetería cercana al lugar cuando terminaran de cenar, a lo que ambos accedieron sin sombra de duda y de buen grado. Un último brindis, por mi parte, sirvió de broche para la despedida. Les dejé, allí, en el restaurante, con el cava a medio consumir… Aunque fuese yo el que en realidad comenzaba insólitamente a consumirse. El que ardía bajo el fuego de mi propia concupiscencia. El que sentía en el interior la feroz invasión de la vehemencia. El que podía acariciar la íntima y creciente espiral del deseo. La imparable emoción de lo prohibido. Estreché sin pasión la mano del neófito y me incliné ante ella con una leve reverencia en un gesto de caballerosidad, que más que otra cosa pretendía indicar: me muero por volverte a ver…

La tela de araña se había tejido. Sólo cabía esperar resultados.

De camino a casa regresé inquieto. Aún no sabía calcular cuál podía ser el resultado de aquella caza encubierta. No poseía datos suficientes. Mi histórico se remontaba únicamente a sesenta minutos. En ese tiempo, por intuitivo que pudiera ser, se alojaban cientos, cuando no miles de variables que quedaban suspendidas en el aire de la oscuridad formando una terrible y enigmática interrogación. Las ideas literarias que arrastraba al comienzo de la noche se habían evaporado en mi cerebro de forma inexplicable. Imprevisiblemente habían dejado de interesarme. Habría otras. Sin duda, muchas más. Ahora lo que verdaderamente perturbaba mi ánimo, era la llamada “causa – efecto”. Lo que entre ellos pudieran estar hablando de mí, tras abandonar el local. Sus conclusiones. Su veredicto. ¿Volvería a verla? ¿Volvería a mirar de nuevo los ojos que tanta paz me habían regalado en tan poco tiempo?

Ardía en deseos por descubrirlo, aun a riesgo de destrozar una relación que, de manera cierta, envidiaba. ¿Qué me importaba a mí aquel imbécil con aspiraciones de escritor? Nada, un puto cero a la izquierda. Importaba exclusivamente mi vida como un hecho de supervivencia. Los débiles de espíritu y los fracasados quedan atrás, sumergidos en su propia inmundicia. Tenía que averiguar cuanto antes si lo que mis ansias perseguían era, o no, un espejismo, dentro del laberinto en el que de súbito me encontraba envuelto.

Ya en mi domicilio, lo primero que hice fue afeitarme y ducharme. Disponía de una hora antes de encontrarnos de nuevo. En el fondo, no albergaba un porcentaje excesivamente elevado de esperanzas de volver a verla, por lo que, en un estúpido acceso de melancolía fui desinflándome como un globo de feria. Y a pesar de que una soledad mordaz y desalentadora comenzaba con odio a hurgar en mis heridas de escritor, algo superior a mí, impuro e incandescente, me impedía olvidarla. Su divino rostro y su mirada se encontraban cincelados a buril en mi atormentado cerebro. Con el agua caliente de la ducha sobre mi cabeza, volví a pensar en ella y soñé despierto que venía a mi casa.

El largo puente que se le venía encima la había dejado sola en la ciudad. Su novio, con toda una longaniza de sueños por cumplir y la firme promesa por mi parte de publicarle, se había derretido antes de tiempo. Había desaparecido. Su vehículo y sus ilusiones lo habían secuestrado para conducirlo hasta un solitario apartamento en la playa, donde se volcaría de lleno por demostrarme a su vuelta que era un escritor cojonudo y que merecía una oportunidad. De tal suerte que no sabiendo muy bien qué hacer para mitigar la soledad, Ariadna, venía a verme. Necesitaba consejo. Se sentía abandonada por aquel descerebrado. Se hallaba confundida e inmersa en la sima de una depresión que, sin duda, iba a más.

Cuando el timbre de la puerta anunció la llegada de una persona, me encontraba en pleno duelo intelectual con mi creación y me molestó soberanamente la interrupción. ¿Quién cojones será…? Mascullé entre dientes. Mi mal humor desapareció cuando, para mi sorpresa, comprobé por la mirilla que se trataba de ella. Me pregunté, un segundo, qué marea podía haberla traído hasta mi isla. Venía radiante y mágica como una novia. Enseguida detecté mis hormonas galopar en silencio a través de mi cuerpo que se excitó con su sola presencia.

La hice pasar y la invité a tomar algo. Pidió un gin tonic. A pesar de su indeleble belleza, su rostro denunciaba la huella de un llanto fugitivo. Había estado sollozando toda la tarde por culpa de aquel ciego y decimonónico mequetrefe; se sentía desolada y rota. Me preguntó qué hacía. Cuando le describí a qué que me dedicaba aquella descolorida tarde de viernes quiso marcharse, a lo que me negué con rotundidad. En un santiamén apagué el ordenador sin preocuparme de guardar en él los últimos cambios. Dejé que se desahogara sin interrumpirla. Necesitaba volcar su pena. Vomitar la decepción que sin ella misma percibirlo, o sí, la acercaba un poco más a la enredadera de mis brazos. Le di todo el tiempo que precisó para expulsar aquella aura perniciosa de desamparo que le embargaba.

Mientras me relataba inquietamente el inevitable motivo de su zozobra, yo, delineaba para mis adentros la línea más recta para seducirla y llevármela a la cama.

Tomé con calma la situación, no debía precipitarme bajo ningún concepto aun cuando mi excitación fuera ganando terreno dentro de mi bragueta. Debía, ante todo, no hacer notar mi finalidad tapizándola a ultranza de una amistad diáfana y sin propósitos. La oportunidad, el momento, se encontraba cada vez más cercano, me dije; lo presentía en su actitud. Mi olfato de experimentado predador me advertía que en cualquier instante podía producirse una situación… “la situación”.

Y que sería, partir de ahí, cuando ella me cedería el paso tomando yo categóricamente las riendas. En aquella imaginaria partida dialéctica, en ocasiones, tuve que dejarme manejar; retroceder, ocultarme y guardar silencio, para ir descubriendo a golpes de conversación la fórmula más adecuada hasta llegar a ella. También, de paso, debía inexcusablemente ir más allá de las desgarradas palabras que brotaban sin cesar de sus labios, y de sus ojazos, que no sabía si me asediaban. Y de su boca, que imaginaba en mí. Debía llegar hasta el final para averiguar qué había detrás de aquella derrumbada mujer y cuales en resumidas cuentas podían ser sus intenciones, si las había.

Hasta el momento solo contaba con un único punto de partida y no era, según se mire, demasiado: había venido a mi casa. Eso podía decir tantas cosas como no decir absolutamente nada. El cruce de caminos estaba servido. Desde esa situación podía optar por favorecer o perjudicar cualquier otra. O por el momento tener calma, me insistí. Ariadna, entretanto, sumergida por completo en sus palabras de lamento, no reparó en que estudiaba milimétricamente cada uno de sus gestos; la dirección de su mirada, el rictus de sus labios, la solemne posición de sus dedos al coger la copa, o al fumar, el perfil que dibujaba su garganta al beber… Intenté por cualquier medio aprenderme su cuerpo de memoria para que desde la huella que éste pudiese dejar en mí, deshacerlo más tarde, con el tiempo, en renglones e historias lejanas, todavía por inventar.

Tres gin tonics más tarde, medio paquete de cigarrillos en el cenicero y una vez encontrada la ocasión, comencé una escalada de sinceros halagos a su forma de ser y a su estilo. No me contestó. Su respuesta, seguramente la mejor, fue sonreírme. La tarde se había escapado sin nosotros reparar en ello, pero los estigmas en un cielo gravemente arañado por senderos de tono púrpura así lo anunciaban. La noche, sin hacerse esperar, atrapaba entre sus fauces la mano pequeña del crepúsculo y escupía desde la negrura sus primeras luces. Las sombras, por instantes, se acribillaban de estrellas y una suave y cálida brisa se descolgó como un duendecillo de los aleros, procedente del sur.

Detrás de aquella primera sonrisa, conseguí robarle cada vez con más frecuencia simpáticos gestos de comodidad que terminaron en risas; en risas cristalinas que, sólo por momentos, hicieron olvidar mis intenciones. Hablamos, sin intervalos, de cientos de temas que no gozaban de gran importancia. Pero también de cuestiones serias. Ineludiblemente, desde nuestra respectiva experiencia, de cosas que nos habían sucedido y señalado para bien o para mal. De lo que habíamos aprendido en relación a lo acaecido y de las máximas que la vida, con ironía, nos había servido como plato único. La existencia de Ariadna no había sido nada fácil y su futuro seguro que tampoco iba a pasar a la historia de los cuentos con final feliz; era una mujer asediada por problemas de difícil tramitación y eso, lo confieso, me asustó.

Claro que escapar como un prófugo de la conversación y encogerme de hombros pondría de manifiesto mi jugada y que sus problemas, en realidad, me la traían floja. A mi edad, eso lo sabía de sobra, cuando uno habla con una mujer de cierta edad tiene que estar emocionalmente dispuesto a este tipo de vaivenes. Vaivenes que si logras soslayar con la mejor y más hipócrita de tus caras, triunfas. Hay, necesariamente, que dar la impresión que esperan de ti; otra postura que no sea exactamente ésa es un error que te saca automáticamente de la jugada. Uno tiene que ofrecer sin reservas un talante de absoluto compromiso. Debe sepultarse hasta las cejas en ese papel, en el papel de amigo incondicional, aunque sólo sea hasta meter. Luego, bueno, luego ya hablaremos…

Comienzas como estrategia a instalar pretextos más o menos sólidos; unas veces podrás argumentarlos, otros ni eso. Que si el trabajo, que si el libro está a medio y no ves la forma de acabarlo, que si las interminables correcciones de texto como consecuencia inevitable de tu pertinaz perfeccionismo. Que si te niegas a coger el teléfono, o a descolgarlo. Que si desapareces de la ciudad los fines de semana sin dejar rastro. Y a dar, como final de obra, calladas por respuesta hasta que se aburra... Hasta que se harte de tu indiferencia y te mande a tomar por el culo, que es justamente lo que andabas buscando. A ese tipo de acción se le llama vulgarmente hacer una “muesca en el revolver”. ¿Por qué? Pues sencilla y llanamente porque no necesito una mujer para otra cosa. Y porque existe, o al menos debería existir, una ley matemática que advirtiera más o menos en estos términos: “Cuanto más des menos te quedará. Moraleja: no des.”

Puede que resulte difícil explicar el concepto de “alma”. Y si anidara en algún sitio, que no lo sé, debería tener capacidad. Yo, personalmente, lo último que esperaba encontrar en el fondo de mi alma aquella noche, que idealizaba fantástica, era una tía con problemas, ya que, para problemas, ya tenía yo los míos. De modo que apresuré mis planes, por si acaso. No quería verme afectado por tanta desgracia o, lejos de cualquier otro plan, terminaríamos los dos llorando a moco tendido.

Comimos algo, lo que me sirvió de subterfugio para cambiar de conversación y llevármela sutilmente al terreno del hechizo. Se dejó arrastrar sin demasiado ruego por aquel vericueto; quizá, ella, en el fondo, también necesitaba dejar de castigarse y recuperar por un momento su habitual sonrisa. Y sin que exista una línea a tal efecto que pueda señalar y separar dos conversaciones, aunque sí un comportamiento divisorio que las sitúa, llegamos por asalto a un feudo desconocido que ambos, tácitamente, decidimos explorar: ese fue el promover sin mucho fundamento pero con tremendo acierto, tímidas bromas que como un bálsamo fueron, paso a paso, disminuyendo la desolación y la tensión que acumulaba. De postre cava. Dos botellas de un excelente espumoso que celosamente guardaba en el frigorífico para batallas de alcoba de esta categoría, aguardaron silentes y gélidas su turno para espumar en nuestras copas. Los inquietos y dorados guiños de las burbujas fueron anfitriones indispensables para escoltarnos inconscientemente hasta situarnos en el sofá.

Entre risa y risa, la araña tejía su geométrica red.

Con premeditada resolución me acomodé a su lado, en el sofá, testigo y cómplice de otras noches de amor vertido, y volvimos a brindar por la amistad; por que, ésta, durara eternamente. Y por el cretino de su novio: porque no sabía, ni se podía imaginar, lo que se estaba perdiendo. La afilada arista de aquella espontánea pero ocurrente declaración pavimentada de progresiva decepción, me sirvió taimadamente como arma arrojadiza; decidiendo, en un santiamén, aprovecharla utilizándola subliminalmente a fin de menoscabar la ya deteriorada imagen de aquel necio, que, a buen seguro, se encontraba a cien kilómetros de la ciudad sobrevolando estúpidos laberintos de ensueño, grandeza y páginas en blanco. Ariadna me escuchó en silencio; con los ojos temblorosos y agrietados sobre la copa, incapaz de alzarlos. En ese instante tuve la certeza de estar muy cerca de ella, de haber herido de muerte su maltrecha línea de flotación.

Cuando devolvió su mirada a la mía, el vértice de sus ojos acumulaba toda la angustia en lágrimas que, de súbito, estallaron serpenteando mejillas abajo. Me abrazó en un largo sollozo. Recogí su abrazo, enredándola en los míos y la besé. Después busqué su boca que, entreabierta y húmeda, me esperaba. Detuvimos el paso del tiempo en un beso casi eterno que nos enlazó de forma definitiva. Del salón sigiloso sólo provenía a golpes secos el sonido del corazón, opaco y fatigado, de mi reloj de pared. El resto de la vivienda era una afonía maquillada de sombras. La noche había despedazado finalmente los últimos halos de luz y el mundo había desaparecido detrás de nuestras bocas humeantes. Únicamente, Ariadna y yo, éramos supervivientes en aquel acontecimiento. Sin mediar palabra tomé su mano y la conduje al dormitorio.

Presidiendo el lecho, como cabecera, la réplica de un fabuloso bajel nos observaba indolente, navegando sus propios mares de secreto y olvido; soñando, tal vez, arrecifes de soledad y rosados corales de agonía bajo la rocosa mirada del tiempo. Así, la sesgada media luz que llegaba moribunda desde la calle desenterraba pretéritas, amarillas y polvorientas lunas, en apócrifas noches de tempestad. Y hasta tenía, de cuando en cuando, la fingida y corsaria sensación de oír crujir con violencia los palos y la mesana de aquella fastuosa embarcación mientras se ahuecaban sus velas. Pulsé la luz indirecta de la mesita de noche que se proyectó contra el techo creando una nueva y suave penumbra. Ella se detuvo a mi lado estremecida. Tomé, como presuponía que tendría que hacer, el relevo en un escenario completamente inexplorado para Ariadna. Lentamente fui desabrochando los botones de su blusa. Su mirada, inquieta, buscó la mía.

Volví a depositar en sus labios un hondo y apasionado beso. Sus pechos, tal y como los había imaginado, enormes y redondos, saltaron mostrándome su desnudez. Los acaricié suavemente. Después, mi lengua anhelante, buscó sus pezones. Sentí la poderosa agitación de su pecho en mí. Al tiempo que hurgaba buscando la cremallera de su falda, sus manos buscaron el cinturón de mi pantalón. Casi a la misma vez nuestros cuerpos, liberados de la ropa, se encontraron frente a frente en el duelo de amor ineludible que comenzaba entre ambos.

Quince minutos, tres cigarrillos y dos copas de ron jamaicano fueron argumentos suficientes como para devolver a mi alma de nuevo una impaciencia insoportable. Había transcurrido una hora y dieciocho minutos. No llegaban. Recapacité. Probablemente había ido mucho más rápido de lo que admitía por sí misma la situación. Nadie, excepto yo, tenía la culpa de que mientras me duchaba mi lascivo pensamiento hubiera volado sin control y hubiese ansiado tomar a aquella mujer en la misma forma en que mi mente lo había dispuesto. Las cosas, me dije, con contrariedad, no suceden como uno las pretende, sino como suceden.

Puede que, a estas horas, esos dos estén todavía descojonándose de la risa a mi costa. O puede que hayan intuido mis propósitos. Quizá, me recriminé, desvelé la jugada antes de tiempo, aunque juraría que la bordé. Él, el bisoño, parecía entusiasmado, desde luego; parecía disfrutar como nunca de la conversación, pero nunca se sabe, claro. Tal vez, cuando le pregunté si me vendía su novia, la cagué, no lo sé. O quién sabe; a lo mejor ha sido ella. Las mujeres van siempre por delante de las jugadas; ha detectado mis pensamientos a través de mis miradas y no le ha convencido para nada lo que ha visto encerrado en el fondo de mis ojos. Puede, sencillamente, que me haya equivocado. Que haya errado el tiro. Fascinada, parecía, y cuando he comentado de vernos después y tomar una copa tampoco le ha parecido mal.

De todas formas no debería precipitarme tan rápido sobre este asunto, pensé, tratando de recomponer mi ánimo. Mi turbación no debe arrastrarme hacia el sinuoso sendero del desasosiego. Mi carácter templado no debe permitirse tamaña situación. También podría suceder todo lo contrario; que viniesen. ¿Y si viniesen? ¿Y si cuando la vea mi corazón se rompe en pedazos detrás de sus ojos? ¿Y si viene intuyendo mis intenciones? ¿Y si viene sabiendo a lo que viene? O ¿Y si vienen porque han ido mucho más lejos que yo, y es una pareja de éstas que, ávida de extrañas y nuevas experiencias, pretende un juego de cama a tres bandas?

En tanto hacía de mis propias cábalas un perfecto laberinto cada vez más confuso y escabroso; una miscelánea con las distintas posibilidades a las que una persona puede optar, no sabiendo a qué atenerse, seguía pendiente de la entrada. No quitaba ojo a las puertas de acceso al local. La gente, dicharachera en conversaciones que ni distinguía ni me importaban, entraba y salía. Las puertas se abrían y se cerraban. Ya, en la calle, el alboroto iba atenuándose hasta perderse con el tropel, en la oscuridad. Las puertas, instantes después, como el resplandor intermitente de un recuerdo que acude al cerebro volvían a cimbrear: un nuevo bullicio precedía otro grupo de personas.

Desde mi situación tenía adecuadamente controlada la gente que se encontraba en el establecimiento. En veintitrés minutos había inspeccionado la mayoría de los movimientos efectuados por las personas que se ubicaban allí. Sabía, que de haber llegado aquella pareja por cualquiera de las dos puertas, me hubiese percatado. Pedí mi último ron con un rictus de cansancio, encendí un cigarrillo y me dije, consultando el reloj, que esperaría el tiempo justo en acabar ambas cosas, luego, me iría a dormir olvidando el asunto.

Una tibia corriente de aire rozó mi nuca cuando la puerta del bar se entreabrió a mi espalda. Me volví. Era ella. Desde la oscuridad emergió como una etérea ninfa. Y desde esa misma oscuridad, la noche, de repente, se aclaró; se descubrió más liviana. Dejó de ser tan pertinaz. Su penetrante mirada envolvió mis sentidos iluminando los tonos ahogados que mantenía el local. Un clandestino júbilo electrificó mi cuerpo. Todo sigue un inmejorable camino por lo visto, medité con satisfacción. Si una mujer indica manifiestamente: “No”, es un “Ya veremos”. Cualquier otro gesto es, directamente, “Sí”. Y es que, si una mujer se deja regalar el oído por un desconocido y regresa, sin duda, quiere más. Y probablemente mucho más. Se habían retrasado más de la cuenta, comentaron, porque no dieron a la primera con el sitio; se habían despistado. Aunque una vez allí, el neófito recordó haber estado en aquel mismo sitio en otras ocasiones.

Estudiadamente, tras intercambiar lacónicos saludos con ambos, tomé por mi cuenta la licencia de ser con ella, sin demasiada sutileza, más efusivo; como si ya fuésemos viejos amigos. El ansia devoraba con violencia el interior de mis entrañas. El melifluo color de sus ojos, salpicado de esotérico y silente lenguaje, cautivaba mi universo. De inmediato quise entrar en harina, tratando de retomar el contenido de la tertulia en el lugar exacto donde lo habíamos suspendido, el mismo que les había arrastrado hasta allí. Para aquel capullo, trastornado y soñador, que parecía estar flotando en su propia estupidez, suponía mucho conocer de primera mano a un tío que como él tuviese su misma inquietud: escribir.

Charlamos, pues, de las vicisitudes que rodean y circundan la vida de un escritor. De todos cuantos problemas componen, como un mosaico inacabable, un proyecto de tal magnitud para intentar abrazar un solo sueño: escribir. Y, desde luego, repleto de muchas más penas que alegrías. Un sueño, les señalaba, sólo comparable a la estúpida fiebre que sin duda debió acusar en sus propias carnes Alonso Quijano cuando fantasioso, delirante y gilipollas, decidió desprenderse de su nombre y la comodidad de su vida de hidalgo para adoptar en descabellado cambalache el de D. Quijote, saliendo al encuentro de la Bestia. Al encuentro de un mundo cruel y omnívoro. A darse de hostias con la vida por placer. Por eso, y por la cómica búsqueda de emociones y ridículas aventuras, “desfaciendo entuertos”. Entuertos de los que, por otra parte, siempre o casi siempre sale mal, o muy mal parado.

Algo parecido a él nos sucede a los demás caballeros de triste figura y abollada armadura, les exponía; no debemos andar muy bien de bujías ni de muebles en el cerebro, de otro modo no se podría explicar tanta demencia. Al fin, alejado de gastados romanticismos a estas alturas de mi vida; viendo lo que veo, oyendo lo que oigo y leyendo lo que leo, no me vale aquello de que el honor, la justicia, la verdad, los sueños y otras sandeces tienen peso específico en nadie. En nadie que esté bien de la azotea, claro. Efectivamente es un contrasentido, no voy a negarlo, dije antes de que el rostro de aquéllos se torciese.

Pero añadí, los escritores, y eso tú lo sabrás, señalé al principiante buscando su complicidad, estamos repletos de ese tipo de sensaciones. Emociones alucinantes y contradictorias. Sacudidas internas que nos manejan a su libre albedrío. Que nos llevan y nos traen cómo y de la forma que les apetece; nosotros sólo podemos dejarnos arrastrar. Somos, en ese sentido, pequeñas e insignificantes hojas huérfanas río abajo de nuestra pobre existencia; mecidas, cuando no empujadas, a merced de sus designios.

Así y no de otro modo son los sentimientos: tan dulces y suaves en ocasiones, como crueles y venenosos. Tan desconocidos casi siempre. Es lo malo de convivir con uno mismo, siempre te sientes en conflicto de una u otra forma. Los escritores podemos escindirnos con facilidad, sobrevolar escenarios imaginarios, ser otras personas, sentir por aquéllas. Vivir situaciones ajenas; tanto de tragedia como de felicidad. Pero al terminar la función, el teatro y sus bambalinas deberían desintegrarse en la atmósfera como un perfume. Sería necesario, entonces, quedarse solo. Pero el escritor nunca lo está. Aunque lo pretenda. No puede. Es un ejercicio de soledad imposible. El escritor mantiene un combate permanente con su interior; contra un personaje hostigador que desde el fondo de la mente le aúlla sin tregua como un poseso.

Desde mi almibarada retórica no podía ni debía explicarlo todo. Como un avezado felino de afilados colmillos de oro oculto en el sotobosque de mis palabras, tan sólo arrojaba al suelo imperceptibles señuelos. Bizantinos trocitos de pan a los pájaros para después atraparlos entre las fauces. Contaba verdades y mentiras a medias para esconder mis fines confundiendo a mis presas. Si bien es cierto que al tiempo, depositaba en sus sentidos inevitables caracteres acerca de mí como lo haría por escrito un asesino en serie ante la policía, o una mamba en la jungla. En un descuido de la conversación salió Serena, mi ex. A pesar de amurallar debidamente mis palabras cuando hablé de ella noté como éstas, poco a poco, se anudaban en mi garganta hasta convertirse en un suéter de lana. Únicamente aflojó un poco mi angustia cuando reconocí frontalmente, sin tapujos, que aún seguía enamorado de ella hasta las trancas.

De hecho mencioné que en mi apartamento, junto a mis libros más queridos, su fotografía presidía mis horas. Para cuando pude zafarme de mi turbadora situación, los ojos de aquella mujer escudriñaban los míos tratando de averiguar el grado de dolor que todavía conservaban. Y en todo caso, hasta qué punto éstos, mis recuerdos, abrasaban mis sentimientos. Entonces, nuevamente, sentí el irrefrenable deseo de besarla. Sus labios, húmedos y deliciosos, me enviaban ocultos y crípticos mensajes de lujuria e imaginé, cuando mi ilusión me raptó por un segundo de la conversación, la más profunda y lenta felación que jamás me hubiesen practicado.

Necesité, tras mirar a Ariadna, unos segundos para recomponer de nuevo el tono de mi voz. Un tono que por momentos se había ido descomponiendo en mi garganta a medida que iba acordándome de Serena, y que obviamente derramaba contra mi voluntad; el dolor de su ausencia, una ausencia del todo irreversible. Sí, es cierto, yo seguía amando a Serena. Y probablemente nadie reemplazaría ni empañaría jamás su recuerdo. Pero aquella noche, en ese preciso instante, envilecido, mecido en ron, lo que deseaba de una forma invencible era a aquella desconocida mujer que me miraba, no sabiendo exactamente qué subrepticios mensajes perseguía enviarme desde el oscuro pozo de sus ojos; sólo me sentía capaz de admitir que el ansia de poseerla se enroscaba en mi mente a esas alturas con la violencia de un huracán.

La noche, fuera, ajena por completo a mi impaciencia febril, por encima de las amarillentas luces de neón se espesaba sin descanso en un cielo de impenetrable antracita. Mientras, bajo el reflejo bilioso de éstas, la mano hipocondríaca y pretenciosa de la niebla firmaba suave su oleaje de bruma. El tiempo, con la sensación prendida en la piel de que se conjuraba en mi contra, tecleaba sus segundos enloquecidamente haciéndolos pasar mucho más aprisa de lo que yo procuraba. “Mientras pedimos la penúltima copa pensaré en algo efectivo”, me dije, intentado a cualquier coste mantener viva la esperanza. El único ardid superviviente, tras de desestimar cientos, fue el inicial. Debía, definitivamente, establecerlo en la calentura y estupidez de aquel postulante a escritor hinchando con furia las velas de su fantasía.

Desenterramos juntos viejos versos de Machado y míos, entre otros, mientras Ariadna sonreía. En un ataque de euforia quise, incluso, que Ariadna bailara conmigo un viejo tema de Bee Gees que de golpe se dejó sentir: la sangre ardía en mis venas como lava. Por todo ello, al final, como último intento por aferrarme a aquella criatura decidí, al aliento de los sueños de aquel majadero, invitarlos a una última copa en casa. Una vez en mi reducto literario debería, ya sin rodeos, pasar a la más cruenta de las acciones a la menor oportunidad.

Atravesamos la oscuridad al abrigo de las luces de las farolas que titilando nos mostraron el camino hacia mi apartamento. En el angosto espacio que proporcionaba la cabina del ascensor, como un soplo cálido y sobrecogedor, llegó hasta a mí el aroma del perfume que Ariadna llevaba prendido. Y como un psicópata abducido en donde el tiempo, completamente interrumpido tiene valor cero, reaparecí en un escenario diferente.

Íbamos en mi coche. Habíamos cenado en un restaurante situado en el centro de la ciudad; uno de los mejores. Deseaba deslumbrarla. Ella, por su parte, al entrar al establecimiento cogida de mi brazo tampoco precisó publicar aquel sentimiento de bienestar para que yo simplemente lo adivinase; se leía en su mirada, se sentía una verdadera reina. Había conseguido en tan pocas ocasiones atravesar la espinosa alambrada de la cocina que, aquello, el sólo hecho de cenar fuera, suponía un acontecimiento de proporciones inimaginables. En el transcurso de la velada nos habíamos conocido más y mejor. Un majestuoso y embriagador Pago de Carraovejas, mientras tanto, arrancaba desde el interior de la panza de nuestras copas de balón destellos de granate imposibles, hasta conseguir edificar un ambiente íntimo y perfecto.

Los dos, entonces, sin miedo, nos volcamos en confesiones inconfesables. Me dijo que estaba harta de la mediocridad de su existencia y de la ordinariez de la gente que a diario le rodeaba. Me habló del cansancio que le suponía vivir de esa forma. Que no encontraba un camino que la despegase de una vez de aquella lacerante realidad. Que necesitaba una ilusión, una ilusión tan sólo. Una ilusión por la que vivir y sobrevivir. Un sueño que la hiciese latir y sentirse viva. Una fantasía que insuflara su desgastado ánimo y la rescatase de su pesadilla. Una esperanza, aunque ésta fuese prohibida. Ya no podía vender, era demasiado tarde. No tenía fuerzas ni siquiera para negociar, decía entre risas opacas que escondían un velo de angustia, su alma con el diablo… Ahora no. Ahora lo que necesitaba era regalársela. Regalar la eternidad a cambio de nada. Si acaso, tan sólo, a cambio de unos momentos tan agradables como los que estaba pasando conmigo esa noche.

Yo, al contrario que Ariadna, de mí y de mis miedos apenas hablé; evité caer por todos los medios en aquella fosa de tristeza y desesperación. La vida, por el único hecho de ser vida, me lo había regalado todo. Mucho más, en todo caso, de lo que yo le había aportado a ella. Desde el principio tuve claro, antes incluso de acabar Derecho, que quería ser escritor. Acabar la carrera y aprobar seguidamente las oposiciones a la Administración, además, me situó en un escalón socialmente cómodo. Probablemente, me dije en silencio, vivir es otra cosa. Vivir es algo más. Así que lo que no pude vivir me lo apropié, lo robé de los clásicos; el resto lo imaginé. De cualquier forma mi vida no era un laberinto de turbación.

La cuestión de ser un impenitente mujeriego, desde luego, me había traído consecuencias, algunas de ellas insalvables: por ejemplo el abandono irrevocable de Serena. Eso, y que vivía solo. De todos modos, aquello, podía y debía calificarlo de pecado venial; un escritor necesita tiempo para encontrarse, quizá toda la vida. Y para certificar mi opinión de una forma contundente pero lapidaria, otro escritor, Petros Markaris, dice al respecto: “Sólo puede ser escritor quien aprende a estar solo”. O sea, que no. Que eso era lo de menos. ¿Amaba a Serena? Sin duda. Más que a ninguna otra cosa. Incluso más que a mis hijas. Ése y no otro era mi castigo. Castigo que por otra parte, desde el masoquismo implícito que todos los escritores poseemos, transformaba en alas de ilusión para crear. Crear insaciablemente porque Serena era mi musa inalterable. Por encima del bien y del mal. De eso exactamente hablé con Ariadna, envolviendo cada oración en solemnes y retóricas catilinarias.

De eso y de la soledad. Una soledad, que en la mayoría de las ocasiones se comporta como una gata infiel y desagradecida. A veces, en vez de ronronear a tu lado, prefiere afilarse las uñas en tu espalda y en tus ojos cuando lo que realmente necesitas es un beso a tiempo que borre durante unos instantes la señal de la soga del aislamiento. Cuando levanté la vista, intencionadamente baja para darle un protagonismo próximo a guión de teatro a mis palabras, Ariadna nublaba la suya invadida por sus lágrimas. No podía decir nada, se encontraba instalada en una emoción tan poderosa que ahorcaba cualquier iniciativa. Y no precisamente erraba el tiro con aquel peregrino comentario, no, ¡qué va!, al contrario; todo estaba por mi parte empíricamente comprobado. Una mujer siempre admira la capacidad de otra como especie cuando ésta es capaz de lograr que un hombre beba los vientos por ella. La supervivencia de la raza dispara involuntariamente, como un sensor situado en el ego, la envidia que toda hembra posee: “¡Joder, qué suerte tiene esa zorra; ojala fuese yo…!”.

Durante unos minutos bebí en silencio, Ariadna fue incapaz de articular palabra. Su mirada de estremecido espejo, distorsionada a través de la transparencia de mi copa, quedó enganchada más abierta que nunca en el fondo mismo de mis pardos ojos. Desde donde yo me encontraba ubicado podía ver sin esfuerzos cómo su corazón bombeaba sangre al pecho, con el ímpetu de un fuelle, por la manera en que su camisa de seda se elevaba en cada suspiro contenido. Luego, en un simulado cambio de tercio, descendimos a temas más prosaicos buscando premeditadamente aflojar la tensión que ambos respirábamos.

De vuelta a su casa callejeé sin dirección aparente buscando, entre el ambarino color de un barrio que ya dormitaba y la excusa del último cigarrillo, un aparcamiento cómodo. Finalmente detuve el coche en un solar cercano a su vivienda. La cerúlea luz que provenía de las farolas de la calle llegaba convenientemente oblicua a la parte trasera del vehículo, respetando por completo las sombras en el interior. Lo alineé y apagué el motor. Le ofrecí un cigarrillo. Aceptó. Fumamos en silencio; esperando el uno del otro, sin palabras, una señal. Su respiración revelaba un controlado nerviosismo. Desde la secreta penumbra que producía la oscuridad la miré. Apenas distinguía el rostro. En el interior del perímetro de la cabellera nigérrima, suelta y ondulada que delineaba la marchitada claridad, se adivinaba el brillo de su mirada; una mirada inquieta, deseosa y expectante. La besé. Sus labios se entreabrieron temblorosos.

Mi mano, con presteza, buscó sus pechos en un cuerpo gravemente agitado. Anduve con instruida suavidad por ellos hasta coronar con mis dedos sus pezones erectos. Ella, a su vez, sin aplazamiento, se precipitó hasta mi pantalón…

El vestíbulo se hallaba en una penumbra fugada, exiguamente alimentada por el eco luminoso que llegaba desde la estancia principal. A nuestra llegada, tras iniciar una maniobra de iluminación en todas y cada una de las estanterías que albergaba el pasillo, la luz indirecta y pálida que vigilaba el salón bostezó eclipsada. La cocina se unía de manera umbilical a través de una barra que hacía las veces de mesa. El salón suspendía una belleza exclusiva debido a su decoración minimalista. En una de las esquinas se encontraba situado mi santuario, mi reducto; el lugar donde cada día, mis sueños como mis angustias, iban cobrando vida propia. Sin prisas por vomitar mis fantasmas, acudían a mi mente en un desfile delirante. Una vez atravesado el infinito vericueto de las palabras inconexas, éstas, mágicamente se prendían en mis manos y de ahí, como en un torno, iban recibiendo su soplo de identidad, su legitimidad para ser por si mismas sólo historias.

Mientras Ariadna sacaba libremente el dobladillo a las pocas existencias alcohólicas que todavía mantenía con vida, el novel, absorto en mis rancios tesoros, recorría mi particular cementerio de libros con ojos luminosos. Mientras yo, cual serpiente en el paraíso, agazapado, buscaba impenitentemente el momento adecuado para atacar. Por enésima vez volvimos al desgastado tema de la literatura. Y a los proyectos que de mi mano podía iniciar con toda suerte de éxitos aquel patán de medio pelo con delirios de grandeza bajo la cobertura incondicional de mi mecenazgo. Me permití, entonces, el lujo paterno de orientarle, instruirle y advertirle. Debía trabajar sin desánimo siempre que pudiera, siempre que tuviera ocasión y, sobre todo, leer. Leer denodadamente para capturar ideas y estilo.

El estilo, dije en clave de solemnidad, es la madre, el origen, el alfa y omega. Mencioné asimismo que los Concursos Literarios, bajo mi criterio, estaban bien pero tan sólo como iniciación y práctica. Pero que no debía en ningún caso poner demasiada fe ni pasión en ellos. Se contaba por cientos, los casos de autores entregados a estas causas literalmente destripados. Gente anónima y llena de esperanza. Buena gente consagrada a esta siniestra disciplina que, pasado un tiempo, contemplaban boquiabiertos cómo sus propias obras se exhibían en las estanterías de novedades de los grandes almacenes sutilmente restauradas, aunque firmadas por la mano de otro autor. A eso yo le llamaba, políticamente hablando, “secuestro de ideas”. No era el primer caso ni el último de escritores más o menos conocidos, que, al “secarse” sus pensamientos literarios, desvalijaban las ideas a otros desde una mesa de jurado como medio de supervivencia sin el menor respeto.

El incipiente escritor me escuchaba absorto como si le hablase un dios sinaítico. Luego asentía con incondicional convencimiento, dándome a entender que eso era justamente lo que opinaba él. El pobre, se encontraba tan abstraído en mi letanía que no podía siquiera imaginarse lo automática que estaba siendo mi parrafada, ni lo lejos que yo me sentía de ella. A la vez que el novicio me mostraba su amplio y sandio catálogo de sueños, mis ojos cada vez más indiscretos bajo los mortales efectos del alcohol, se educaban pausadamente en ella. Y en el ángulo preciso de unas piernas que, ligeramente separadas, parecían invitarme. En el exacto lugar donde mi visibilidad terminaba comenzaba mi imaginación y mi calentura. Bebimos. Contamos anécdotas de todo tipo y como no podía ser de otra forma, terminamos leyendo fragmentos de mis libros hasta que él, pletórico y triunfante, quiso entrar al baño. En el instante en que nos quedamos solos presentí que el tiempo se me escapaba. Era: “Ahora o nunca”.

Ella, sin embargo, en un tiempo que se me antojó eterno me brindó, sin ensayarlo, un inesperado ángulo que derribó mis parámetros por completo. Se trataba de los detalles que no había querido ver. De las suaves pinceladas que no había sabido escuchar. De las cosas que sin duda la quimera de mi soledad había puesto en marcha por su cuenta a costa mía. Todo era sencillo y distinto. En realidad, una óptica completamente diferente a la que yo solo me había estado forjando aquella noche. Porque, Ariadna, para nada ofrecía el menor síntoma de sentirse atrapada en la angustia de la mediocridad. Ni en una existencia patética. Ni esperaba el descuido de su amante para flirtear conmigo. Al contrario. Durante la fracción de segundo en el que conseguí escapar de mi atroz borrachera vislumbré con claridad la única verdad. Sólo entonces descubrí a Ariadna tal y como en realidad era.

Era yo. Únicamente yo. Era mi puta entelequia. Mi imaginación que, de nuevo, me la había vuelto a jugar. Me había servido un cruel espejismo para burlarse de mí. Una burda fábula de la cual, ahora, no podía escapar. Me sentía acorralado en una constelación de espejos. Mi soledad me había enviado un mensajero. Un mensajero con cuerpo de mujer y liguero negro. Un mensajero maquillado, ataviado con sus mejores galas, portando para tan macabra ocasión un generoso ramillete de obsesiones gangrenadas, angustias, miedos y naufragios... Pero ya era tarde.

Ariadna se enzarzó en una necia conversación que hoscamente quise interrumpir. La examiné de arriba abajo y esgrimí una sonrisa maliciosa y pétrea. Ella supo interpretar perfectamente el contenido de mi mirada y, ruborizada, bajó la vista. Siguió hablando como si nada, como si aquellos dos o tres segundos no hubiesen existido. Insistí pertinazmente. La noche se había alargado atrevida hasta las estrellas. El cruce de miradas y la amabilidad también había llegado demasiado lejos, quizá sólo en mi cerebro; el alcohol y mis fantasmas se encargaron probablemente de hacer el resto. Pero una vez llegado a este punto tenía ineludiblemente que llegar hasta el final. Así que mantuve la vista en ella y el rictus provocador. Tras una ínfima pausa susurré a quemarropa: “Te comería entera…”.

La inadecuada acometida no facturó consecuencias inmediatas, pero cinco minutos más tarde ambos desaparecieron de mi apartamento y jamás volví a verlos. Aunque supe de ellos. Semanas después recibí una carta de él que rezaba más o menos en estas palabras:


“Disculpa si no me dirijo a ti en calidad de amigo, no lo eres; un amigo nunca haría lo que tú hiciste. Tampoco lo que has ocasionado. Una cosa es recoger el despojo, los restos del naufragio de una persona sumergida en una relación catastrófica y restaurarlos, y otra muy distinta traicionar del modo más miserable la confianza del que únicamente persigue la amistad. ¿Amistad? ¡Coño, si tienes razón! ¿Qué amistad…? Aunque supongo que eso, ahora, es lo de menos; debido a aquella nefasta velada Ariadna y yo discutimos, y por el momento hemos decidido darnos un tiempo. No puedo negarte que esa noche sentí mi vocación, más que nunca, galopar con furia por mis venas. Y que, por primera vez, vislumbré anhelante la posibilidad de abandonar una vida monótona, gris, plana y carente de emociones, para cobijarme de lleno en el dulce abrazo de otra diametralmente distinta. Y quise ser tú. Por momentos envidié tu microcosmos. Tu vida, tal y como la delineabas, era perfecta…

Pero no. Ahora sé que no.

Tras aquella afable mirada, tras la cortesía de unas palabras amables y unas copas, pensaba que sólo existía una recalcitrante soledad. Una dolorosa e inquietante soledad que te hería porque sospechaba que no terminabas de aceptar. Hasta ahí puedo llegar: una persona puede ser una isla casi siempre pero no de un modo indefinido, alguna vez es conveniente que existan los demás. Sin embargo lo tuyo era diferente. Tú, como depredador nocturno, saliste únicamente a cazar. Yo estaba equivocado. Tú estás solo porque deseas tu soledad, el resto lo devoras y lo escupes. De ahí, que detrás de tu verborrea hubiese un malicioso objetivo: la intención. La intención omnívora de comprar aquello que te apetece. Y quisiste comprar a Ariadna a cualquier precio. El coste no era otra cosa que mi éxito como escritor, pero en esta ocasión el equivocado eras tú. De ningún modo hubiese estado dispuesto a pagar el importe que tú me exigías por triunfar. Prefiero seguir en el más absoluto anonimato antes que negociar con mis emociones. No sé tú, a mí, al menos, me resulta imposible traficar con los sentimientos.”


Unos meses más tarde, un viernes, cuando aquella historia habitaba por completo en el cajón del olvido, recibí de una empresa de mensajería un paquete. Lo abrí. Era un libro firmado por él. Estaba a la venta en novedades, en El Corte Inglés. La obra se titulaba: “Confesiones Apócrifas, o no tanto, de un Escritor Impasible y Perdulario”.
                                       



Al recuerdo cierto de una historia falsa.
Al recuerdo falso de una historia cierta.




José Hernández Meseguer
Relatos Apócrifos... (O no tanto)
Murcia, 2006.





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