sábado, 30 de octubre de 2010

UN LUGAR DONDE NO MUERAN LOS SUEÑOS [Textos Escogidos]


                                                                                                   
                                                                                                        Al eterno recuerdo de Mihanna.


Lázaro Clermont salió de comisaria con la urgente intención de regresar a la pensión. Necesitaba descansar aunque sólo fuese una hora. Los pies le dolían como nunca. La noche, al final, se había cruzado con el día desapareciendo y la ciudad, como cada amanecer, recobraba nuevamente el pulso; un pulso convulso y esquizofrénico lleno de ruidos, gritos y golpes.

—Señor —indicó el conserje—, han traído un sobre para usted.

Clermont enarcó las cejas con gesto de incredulidad y sorpresa. Nadie, prácticamente, sabía que se encontraba de nuevo en la ciudad. Miró al conserje. Luego al sobre que éste le ofrecía. Era un sobre de tamaño B4, de color naranja, acolchado. Desconfió. Lo examinó por ambos lados, con cuidado, sin abrirlo, ni apretarlo.

—   ¿Quién le ha dado esto? ¿Cómo era?
—   No sabría decirle… —encogió los hombros poniendo cara de idiota—. Sólo sé, que era negro, muy negro. Y muy alto. No me ha dicho su nombre y aunque me lo hubiera dicho, probablemente, no me acordaría; estos tíos tienen unos nombres que son la hostia...

En el sobre, únicamente, aparecían dos iniciales escritas con rotulador grueso: M.U.

Subió a la habitación. La carta permanecía cerrada. La dejó encima de la mesa. No quiso abrirla de manera inmediata. Un sobre cerrado es muy llamativo y casi nadie puede superar la tentación de no abrirlo sin darse tiempo a pensar. Sin embargo, él, se movía en circuitos de alto riesgo en los que no podía permitirse determinados deslices. Podía resultarle cara una rápida e irreflexiva conducta. Trató de recordar si había hablado con alguien acerca de dónde iba a hospedarse aquellos próximos días. Es posible que sí. A la misma policía sin ir más lejos; a ellos les había facilitado la dirección de dónde se hospedaría. Además, por otro lado, tenía concertada la habitación semanas antes de llegar. Y, efectivamente, era muy posible que lo hubiera dicho en alguna conversación. Desde hacía muchos años, ya de estudiante, paraba por costumbre en aquel lugar.

No quiso acelerarse. Pulsó el interruptor de la lámpara de la mesilla de noche; ésta, brilló potente y molesta. Y aunque el sobre era acolchado intentó averiguar si en el interior podía haber otra cosa que no fuera papel. Y sí, existía una minúscula pieza que podía ser metálica. Por lo demás, no parecía que hubiese ningún mecanismo, cables, ni nada por el estilo. Aunque nada, absolutamente, nada podía descartarse. Esa posible pieza podía ser, sin ir más lejos, la trampa. Debía ser prudente.

Sin prisas, con pulso firme, fue abriendo lentamente el sobre. Cuando tuvo acceso al interior, comprobó el contenido. Había una llave con un número y una hoja de papel. En él unas líneas. La carta llevaba una fecha muy anterior, de ocho meses antes.



Mi amor:

Sólo unas líneas para despedirme de ti. La vida y el tiempo se me escapan entre los dedos sin poder evitarlo. Estoy muy enferma, los médicos no me dan más que unas semanas de vida.

Quiero decirte, que para cuando tú hayas recibido la que será mi última carta es muy probable que haya fallecido. Pero no, no quiero que sufras. No vale la pena. Tú has continuado la vida sin mí y me alegro. Yo, en cambio, no pude aceptarla sin ti… qué se le va hacer. Todos estos años se han sucedido lentos, al abrigo de una estúpida esperanza que jamás llegó. Tú conseguiste olvidar mis sueños, pero yo he vivido en el olvido por realizar los tuyos.

Aquí tienes la única llave: es la llave de un lugar elegido. Cuando lo encuentres sabrás, sin dudas, de qué hablo. Es “Un lugar donde nunca mueren los sueños”. ¿Te acuerdas?   

Te quiere, hasta la eternidad, no lo olvides nunca,
Mihanna Urkabonga Daoçao.



A medida que la mirada fue incorporándose al documento, los ojos de Lázaro no pudieron reprimir por más tiempo unas imprevistas lágrimas que, ávidas, se deslizaron aprisa por su rostro. La densidad, pronto, emborronó su visión y las letras danzaron confusas delante de él. De súbito, el mundo acabó por desplomarse frente a él; sintió en su corazón un tremendo apretón. La soledad del cuarto le había atenazado. Se quedó en silencio, mirando hacia ninguna parte; confundido y aturdido. En ese instante podía haber entrado su peor pesadilla por la puerta, silbando, y seguramente, éste, le hubiese puesto el cuello sin pensarlo. Todo, en un segundo, parecía haber perdido por un efecto de magia, su incuestionable valor.

Se tumbó en la cama. Volvió a leer la carta cinco o seis veces más. Despacio. Adentrándose en cada palabra, en cada frase, en cada recuerdo. Cómo no iba a acordarse de Mihanna. Y cómo, al mismo tiempo, había conseguido olvidarla de aquella desalmada forma.

Durante un tiempo, corto pero intenso, un verano escasamente, había ocupado cada esquina de su vida, cada rincón y cada hueco de su alma con violencia. Eran muy jóvenes cuando se conocieron, quizá demasiado. Pero esa circunstancia no impidió que el amor se abriese paso entre ellos y se implantara con enorme fuerza en sus corazones. Aunque, como suele suceder, al fuego incontrolado de la pasión, cada uno de ellos, le llamara con el paso del tiempo de una manera distinta.

A la vez que el verano ardía entre las calles de la ciudad con furia, Mihanna y Lázaro, se conocían en la biblioteca municipal. Era una auténtica lindeza: era la negrita más hermosa y encantadora que había visto nunca. Detrás de aquella extraña y reservada delicadeza, quedaban clavados en el recuerdo, para siempre, sus ojos. Eran destellos en la noche oscura. Sus ojos glaucos y rabiosamente verdes eran como los cedros del Líbano; de insultante y venenosa belleza. Y de una mirada tan inquietante y profunda como las aguas de un estanque. Desde el principio, sin poder evitarlo, se sintió atrapado por ellos.

También, desde el principio, fueron soñando demasiado aprisa, tal vez. Eran jóvenes y sus almas corrían despreocupadas y veloces sin remiendos todavía irreparables. La vida les esperaba en cada esquina. Les tendía los brazos para recibirlos. Unos brazos, fuertes seguros y amables. Todo estaba por realizar. Todo estaba por construir. Y los dos caminaban hacia ella sin premura.

La palabra “mañana” existía tan sólo porque se hallaba incluida en el diccionario. Pero en sí, aquel adverbio de tiempo se les escapaba; no les preocupaba, no les afectaba. Era lo normal. Sólo tenía un valor virtual y un tanto esotérico. El presente era lo realmente importante. Lo realmente intenso. Lo único. Y lo cierto, es que desde el fondo de su inexperiencia estaban completamente acertados. Porque el ayer es pasado y, en consecuencia, inevitable. Y porque el mañana es del todo incierto. De tal suerte, que cada palabra que se escribe, como cada segundo que se sucede, va perdiéndose; unas, para quedarse atrapadas en el resto de las otras palabras escritas, los otros para hundirse en el fondo de las horas que se convierten posteriormente en días y años.

Uno puede intentar, si quiere, escribir otra palabra que sea físicamente igual, textualmente igual y que signifique exactamente lo mismo pero aquella que uno ha escrito queda para siempre atrapada aunque se suprima. Los segundos, de igual manera, se nos cuelan. Nos atraviesan la vida como diminutos alfileres, sólo en apariencia indoloros.

Lo que pensamos, lo que vivimos, lo que decimos, todo va convirtiéndose a partir de ese momento en pasado. Un pasado siempre irrecuperable.

Lo único que jamás se detiene es el tiempo. Para nada. Para nadie. Bajo ningún concepto. Con ningún pretexto.

Desde esa aplastante y voraz conclusión, desde el hecho inevitable que nos advierte que el pasado no existe y el futuro tampoco, ya que cuando nos llega no es futuro, porque está aquí, y es presente, y en realidad tampoco es cierto, porque automáticamente se transforma en pasado, sólo nos queda para vivir el presente. Siempre el presente. Pero no en el sentido de tiempo verbal, estricto y codificado. Sino en el hecho único y exclusivo que marca con extraordinaria intensidad las emociones del “momento a momento”, que son las que no han de regresar. Todo ello, pesar de que en muchas ocasiones nos parezcan iguales.

Es necesario y vital. Es preciso intensificar con pasión el destello de cada instante porque es irrepetible. Porque es el mismo que se diluye entre el segundo que se aproxima y el que ahora mismo acaba de pasar mientras escribo esta parrafada. El mismo que, insobornablemente, nos envía sin posibilidad de retorno continuamente al pasado. Y en ese complicado perímetro, los tres tiempos de nuevo, a su vez, quedan inevitablemente ligados.

Mihanna y Lázaro, a su manera, lo sabían bien y vivían cada día como si fuera el último —recordaba Clermont— tumbado en la cama. ¿Qué había pasado, entonces? ¿Cómo había podido olvidar con tanta facilidad la primera vez que hizo el amor y lo que eso representaba? ¿Cómo? ¿Por qué? —quiso recordar—. ¿En tan adulto y en tan absurdo se había convertido que no conseguía reconstruir con nitidez aquel amor? ¿Cuál era aquel lugar del que Mihanna le hablaba? ¿Cuál era aquel lugar “donde nunca mueren los sueños”? ¿Cómo había podido olvidar su nombre?

—…Un momento —trató de esforzarse—; todo parece que hubiese ocurrido hace un millón de años… ¿Qué me ha estado ocurriendo? La agobiante realidad y los problemas me han estado asediando de tal manera que he ido olvidando mis propios sueños. Es —se reprochó— como si nunca los hubiese tenido. Parece que, como Peter Pan, yo también hubiese perdido mi sombra. Eso, desde luego, es lo peor que puede ocurrirle a una persona; que pierda sus sueños. Es como perderlo todo. Sin sueños, uno queda sin timón, sin rumbo, a la deriva, permanente e inevitablemente abocado a la tristeza. Seguramente es lo que ella, en su carta, trataba de decirme; quizá, ese lugar, no exista más que en la imaginación de cada uno y mientras ésta se mantiene viva, mientras continúa latiendo, también sigue existiendo ese maravilloso lugar donde los sueños nunca mueren —reflexionó.

Lázaro volvió a leer la carta una vez más. Pero, ¿y la llave? ¿Qué secreto escondía la llave?

Tenía que hacer memoria, Mihanna le enviaba un último mensaje. Tenía que recordar lo que había vivido, si quería llegar a comprender el enigma. En cierto modo, estaba obligándole a no olvidar lo que ella había sentido por él; estaba exigiéndole que evocara, una vez más, el pasado. Mihanna había muerto en dos sentidos, únicamente si así él lo deseaba: una por enfermedad, sí. Pero también por la cruel agonía del olvido; por la devastadora melancolía que ocasiona cualquier amor inconcluso. Y desde el más allá, desde el recuerdo, le reclamaba, al menos, su atención. “Pero yo he vivido por realizar los tuyos” —volvió a leer con cierta angustia.

Fue entonces cuando comenzó a recordar la tarde en la pensión... ¿Cómo era posible haber olvidado aquello?

De un salto, invocó de repente, la inmensa hermosura de su desnudez; cuando ella, sin avisarle, se despojó de sus ropas para convertirse en una diosa que, desnuda, emergía de la incandescente penumbra del cuarto. La sublime belleza de su cuerpo, el intenso y brillante ébano de su piel. Su vientre perfecto, inmaculado. Sus pechos firmes, ardientes. Era una magnifica y excelsa diosa que, silenciosa, se mostraba ante un atolondrado muchacho que, confuso, abría los ojos sin dar apenas crédito al espectáculo. El rubor trepó por su semblante sin poder contenerlo. Ella cogió sus manos. Se las acercó a los pechos. El corazón del chico saltaba dentro de él, taquicárdico.

—No te preocupes, amor. Tranquilízate. ¿Nunca has hecho el amor?

Él no respondió. No pudo. Negó con la cabeza.

—No importa. Yo tampoco. Pero no tenemos prisa.

Lentamente fue desnudándole y besándole. Una prenda, después otra, hasta que los dos quedaron completamente desnudos. Poco a poco fueron fundiéndose en un abrazo cada vez más intenso, hasta que hicieron el amor.

¿Cómo había podido olvidar aquella primera vez? ¿Y su mágico encuentro? Nadie debiera olvidar su primera vez. Exhaustos y sudados se dejaron caer en la cama. La tarde, mustia y pálida, mientras tanto, se colaba agonizante entre los visillos de la ventana de la habitación enviándoles un último beso de halos anaranjados. Tumbados boca arriba, rieron. Eran felices.

— ¿Con qué sueñas cuando sueñas, “Cler”? —abrevió dulcemente.
— Sueño, con muchas cosas, como todos, supongo… —respondió sin apartar la vista del techo.
— ¿Cómo qué? Quiero saber todo de ti —dijo ella.
— A veces, sueño con mi infancia. Aún me veo jugando por estas calles. Me gusta recordar lo que he sido, me siento bien así.
—  ¿Fuiste feliz?
—  La felicidad es una palabra excesivamente complicada... no lo sé con exactitud. Supongo, que no todo lo que quería en aquel momento. Cuando no se sabe, siempre se quiere más. Aunque la infancia, aun así, ofrece por defecto un maravilloso rincón donde casi todo es realizable. Yo, entonces —echó una ojeada a sus recuerdos— era tan crío que no me daba cuenta de esas cosas, pero en casa, la sombra de los problemas económicos aleteaba continuamente. Mi padre deshizo sus pulmones año tras año, en silencio, en la fundición, mientras yo jugaba a la trompa y a los cromos. Consumió su vida como una vela, entre toberas de fuel, improvisando milagros para acabar la semana. Éramos muchos hermanos y hasta el último segundo, el pobre, estuvo escupiendo óxidos. Crecí con la solemne promesa de morir de cualquier otra forma menos de ésa. Se lo debo. Es demasiado triste morir con la sensación de que tu vida ha sido una puta mierda. Mi padre murió así.
— ¿Hace mucho que murió?
—Sí, algunos años. Once.
—Lo siento —murmuró.
—No importa. Ya no tiene importancia. A lo mejor ninguna. Por fin ha descansado de la puerca existencia que le tocó vivir. Fueron muchos, cuarenta y tantos años, hecho un cabrón intentando dar de comer a siete críos y una mujer. Cuarenta y tantos años dejándose, cada día, hasta el último centímetro de piel en el empeño. Cuarenta y tantos años llevando a casa hasta la última peseta que ganaba sin darse un respiro; acorralado continuamente por una vida miserable e infame... Y todo para acabar enfermo y podrido en un rincón a los cincuenta y pocos. Una auténtica tragedia. Una mierda.
—Eres joven pero, sin embargo, hablas como si hubieses vivido mucho. Eso me gusta —dijo con satisfacción.
—La falta de pan y los calzones remendados enseñan mucha filosofía callejera —dijo esbozando una leve sonrisa. Enseñan de todo. Bueno, casi de todo... En algunos aspectos he sido virgen hasta hace diez minutos.

Los dos se miraron, sonrieron y se besaron.

¿Y qué más te ha enseñado la vida?
— A saber, al menos, lo que no quiero hacer. Deseo trazarme algo que de verdad me apetezca y luchar hasta la muerte por conseguir mi objetivo —indicó con seguridad—. Posiblemente lejos de aquí. La ciudad me agobia demasiado. Es como una camisa nueva, incómoda y rigurosa. Es claustrofóbica. 
— ¿Y qué es lo que te gustaría hacer?
—Ahora mismo, no lo sé. Quizá algo relacionado con los animales; veterinaria, por ejemplo. No lo sé, quizás zoología. Los animales me gustan mucho. Creo que tenemos mucho que aprender de sus comportamientos.

Mihanna le miró en silencio y sonrió. Después le preguntó:

— ¿Te gustaría tener un lugar dónde no muriesen tus sueños, no?
—   Eso es, exactamente, lo que deseo —señaló Lázaro—. Un lugar donde jamás mueran mis sueños.

Con esa última evocación aún burbujeando sobre en su mente, Clermont, dio un repentino salto de la cama. Sintió escalofríos. Volvió, por enésima vez, a leer la carta. También acababa de recordar con precisión lo que Mihanna le dijo: “un lugar donde no muriesen los sueños”. Sí y, además, efectivamente, lo había leído…

Sólo que ahora, como un fogonazo de luz, sabía con exactitud cómo y por qué había nacido aquella frase, puesto que, “aquella primera vez” fue determinante para ambos. Lo que sucedía es que, el recuerdo, subyacía miserablemente aplastado por los años y la monotonía de su vida. No, no se trata simplemente de una frase elegida al azar, esto debe tener otro sentido —se dijo—. “Pero yo he vivido por realizar los tuyos” —leyó—. Pensó un minuto más en silencio.

Ahora estaba completamente seguro. Mihanna no se refería a los sueños únicamente, sino a un lugar concreto “dónde poder soñar”, dijo mirando fijamente la llave.




José Hernández Meseguer


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