sábado, 1 de enero de 2011

EL BLUES DEL GORRIÓN [Relato]

       

                                                         Dicen que el blues es un estado mental.
                                                         Un manual para aprender a llorar.
                                                         La banda sonora del desamor.
                                                         Un gato en celo, oculto en un callejón...
                                                   
                                                                                                  A.G.D y J.S.   


A lo largo de mi existencia me lo había planteado en alguna ocasión, intentando salvar la esperanza de la catástrofe: “Hay que ver —decía—, la vida nos quita unas cosas pero a cambio nos da otras”. Pero no. ¡Pues anda que no iba yo equivocado! ¡Ése no era mi caso! Y el de nadie, sospecho, ahora, con escepticismo. La vida nos quita unas cosas... ¡Y después las otras! Sin más. Sólo es cuestión de tiempo. De tiempo, para que al final, nos lo quite todo. En realidad, la vida, empieza a robarnos desde que nacemos hasta que nos vamos. Lo que sucede, es que la mayoría de las veces lo hace de forma sutil, razón por la cual puede parecer lo que no es. En eso precisamente consiste este extraño, histriónico y patético juego: en fingir. Fingir sistemáticamente. Fingir en cada momento. Fingir que no nos damos cuenta. Aparentar siempre, en el instante preciso, que aquello que nos está sucediendo no va en realidad con nosotros. O más bien contra nosotros.

Entretanto, como si nada, nos silbamos insolentemente haciéndonos los suecos. Preferimos pensar, que aún podía haber sido peor aquello que nos ha pasado. Aunque a nadie se le escapa la verdad. Y la única verdad es que permanentemente nos miramos de reojo el cogote, temiéndonos de un momento a otro el hachazo en la nuca. En otras ocasiones, para nuestra puñetera desgracia, son los acontecimientos los que por su cuenta y riesgo se precipitan de una forma rápida y violenta sobre nosotros. Es, entonces, cuando la vida, pareciendo tener tramada una silenciosa venganza tan sólo por el hecho de vivir, nos pasa la factura de una sola vez arrebatándonos de un sentencioso y cruel zarpazo las pertenencias de una manera tan descarada que incluso da asco. ¡Vamos, que nos deja buscando la medalla en medio de una auténtica tormenta de hostias…! Y donde nos cuesta comprender, generalmente, hasta que todo ha pasado, por dónde y cómo han llegado tantas desgracias al mismo tiempo...

En fin, no es cuestión de filosofar ni trato a estas alturas hacer méritos para que las cosas me vayan peor de lo que ya están, si es que están, que no lo sé ni me importa. No, ya es algo tarde para reflexiones tan idiotas, pero sobre todo inútiles. Además, por inaudito que pueda resultar, me encuentro desconocidamente bien. Bien, por primera vez, en mucho tiempo.

Por mucho que la memoria maquille las desventuras y pretenda reducirlas a cicatrices, éstas, son como una marea que no olvida su destino. Siempre acaban regresando a uno, aunque sólo sea para morir.

Mi vida, debo recordarlo, había ido rebotando de esquina en esquina como una pegajosa bola de goma sin destino. Había ido dando tumbos de un lugar a otro con precisión relojera, igual que mi corazón. Sólo que desmigajándose a pedazos en cada golpe que recibía. Agrietándose. Marchitándose. Secándose estúpidamente como una maceta a cincuenta grados. Unas veces por un motivo, otras por otro. Y la mayoría, por no tener el coraje suficiente como para recoger un mínimo de autoestima por el camino. Lo cierto, es que, por trescientas cuarenta y dos mil causas diferentes, había ido languideciendo hasta quedar reducida a escombro.

Y no hay por qué buscar culpables en ningún sitio. Ni mucho menos. El único culpable está ahí mismo, tumbado. Quieto. Tieso. Más tieso que el caballo de un fotógrafo. Con los ojos cerrados. Ignorando un entorno que le observa por primera vez con respeto. Un entorno que se deshace en cumplidos y frases inútiles y tardías. Dormido, reposando su cuerpo dentro de ese ataúd. Rodeado de flores, en el interior de una vitrina especialmente acondicionada para evitar la precoz descomposición. Sí, efectivamente, ése soy yo. Yo soy el muerto. Un muerto, a fin de cuentas, feliz. Y llegado a este punto debería añadir algo más. No deja de ser curiosa en estos aspectos la física, y de qué forma puede cambiar los nombres de las cosas dependiendo del estado en que éstas se encuentren. Antes era un imbécil, un gilipollas y un cretino. Ahora, misteriosamente, soy un santo... ¡Hay que joderse!

Por contradictorio que pueda resultar, mi anónima existencia me había hecho normal. Pasar de puntillas a través un mundo que sangraba soledad y odio, repujar mi temor en cada esquina de la ciudad, atravesar cada concepto en la decepción acumulada, escapar del engranaje diabólico y perverso de una sociedad convulsa que, previamente, se había encargado de aniquilar mis emociones, no me suponía ningún trastorno. Al contrario. No me sentía protagonista en ninguna historia, como tampoco ninguna historia conseguía alterar el ritmo de mi corazón. Mi trabajo, como a la mayoría de los mortales que conocía, me asqueaba lo suficiente cómo para vomitar cada mañana sin el menor esfuerzo. El balance catastrófico, la perspectiva desértica, las ilusiones suspendidas, la ausencia de sensaciones que impelieran mi ánimo, el tono gris de un oficio mediocre que humillaba mis canas en el umbral mismo de la jubilación… Todo, en un grotesco maleficio, decidía que mi actitud finalmente fuese la que era y prefiriese pasar ante la humanidad de un modo inadvertido.

Los ojos de la angustia pueden sin duda ir más allá de lo que perciben y derramarse en varias direcciones cuando se empeñan. Lo que hoy es exquisito puede, mañana, parecernos vomitivo. Un sueño puede convertirse en una apocalíptica pesadilla, y hasta si nuestros ojos se lo proponen pueden presentarnos el día más luminoso como un fúnebre cielo de cenizas. A la imperturbable sombra del calendario también mi refugio quiso evolucionar conmutando su luz por oscuridad. Así, el hogar que un día ansiara arrancar de las zarpas de una sociedad devastadora protegiéndolo con mi vida como un templario, fue hundiéndose con espanto en la nauseabunda pestilencia del odio que sus propios moradores proyectamos. Pasó de ser ese territorio confortable y exclusivo donde cobijarme, a temer que una insultante claustrofobia se apoderaba de mi equilibrio.

Mi disposición de ánimo sin retroceso posible, terminó volviéndose tan glacial hacia las personas que me rodeaban que únicamente me inspiraban la nausea precisa de la indolencia. Notaba, sin evitarlo, cómo todo lo que antes había sido imprescindible para mi familia iba dejando de importarme, porque, aquéllos, desde su mundo hacían lo mismo; me habían declarado la guerra. Una guerra deletérea y silenciosa sellada por el desprecio; forjada, sin la menor sombra de sospecha, en el hundimiento del adversario. En ese aspecto, la falta de donación de cariño y la indiferencia premeditada cuando uno intenta evadir lo que le asedia, es una rara y feroz sensación de autodefensa; uno se encierra en sí mismo para protegerse como si de una muralla se tratase. El resto pertenece a esa voz hostil que debe ir alejándose en la oscuridad.

El príncipe, fue convirtiéndose en un sapo repugnante; la princesa en una arpía diabólica; la mamá política en un insaciable y esperpéntico engendro bicéfalo; y el castillo en una mazmorra inmunda y lóbrega. La bola del mundo ya no era casi redonda, sino un extraño triangulo repleto de afiladas e hirientes aristas. Todo perdió su valor y su referencia. Todo dejó de ser hermoso. Todo perdió su orientación y su motivo. Todo se tornó asfixiante. Hasta el aire se proponía espeso y viciado como un fumadero de opio en las angostas calles del barrio viejo de Marrakech. Nada era lo que parecía. Todo era una torpe falacia atrapada en días vacíos y noches muertas.

De ese absurdo modo, la que había sido mi casa pasó a convertirse en mi propia celda. Aunque mucho antes de llegar a esa situación de catástrofe, sin embargo, ya había advertido con el horror que eso suponía lo imposible de mis sueños. Nunca conseguiría ser un pájaro.

El enigma al que me veía sometido no esclarecía mis dudas. No estaba convencido que producía al final más demencia en el interior de mi cerebro: si desear ser un pájaro y no serlo, o vivir en el suelo pegado a aquella repugnante realidad como un gusano. Lo cierto es que muchas tardes me fugaba hasta el jardín de Santo Domingo para ver elevarse las palomas que solemnes, policromas y gloriosas, sobrevolaban con rutina nuestras cabezas a la espera de las migajas que les ofreciese cualquier mocoso de los cientos que hay en el parque a las cinco y media de la tarde.

Las envidiaba. Envidiaba, no en sí al ave, sino al acto y el efecto de volar; de sentirse libre y a salvo. A fin de cuentas era todo lo que fuese capaz de despegarse del suelo. Lo contrario para mí era sinónimo de angustia cotidiana y fracaso permanente. Observar un pájaro aquí y al instante siguiente allá, a trescientos metros, me resultaba simplemente fascinante. Ora aquí, ora allá. El espectáculo me ofrecía una tremenda sensación de ruptura entre el espacio y el tiempo.

Una de las veces que sentí con intensidad, que observé en mí esa sensación de levitación fue en un mirador, en el viejo pueblo costero de Altea.

Uno tenía la impresión de dominio. Un dominio omnipotente. Tan pronto divisabas el magno Mediterráneo y te adentrabas espiritualmente en su inmensidad, como te precipitabas por las angostas callejas. Pero fue por la noche, como resultado de aquel viaje, donde tuve la oportunidad de sentirme así; un pájaro: un soberbio y egregio albatros. Desde el espacio infinito observaba con estoicismo esenio a la gente pulular como hormigas esquizofrénicas, devorándose entre sí como no lo haría el más despreciable de los depredadores. Yo, entretanto, sereno, desde lo más alto sentía el viento acariciar mi cabeza; un viento fresco y vivificante peinaba mis plumas.

En la siguiente secuencia sobrevolaba la costa, muy cerca del agua. El mar, en luces de añil imposibles, me guiñaba sus ojos plateados. Pero claro, no era más que un sueño, no podía ser otra cosa que eso: un sueño. Un sueño del que cuando uno despierta y por fin se orienta, se dice con pánico y desconcierto: “¡Joder! ¡Me cago en la puta! ¡Pero si aún es martes!…”

Aunque la mayor de las tragedias, es saber que hay quien se encarga de recordarte con la mordacidad de un despertador que únicamente eres un fracasado. Un puñetero vendedor a comisión, un currante de vía estrecha sin ambiciones que sobrevive en el filo mismo entre la frustración y la inutilidad. No necesito, entonces, a nadie que me empuje al barranco donde se amontonan los perdedores; yo solito podría lanzarme al abismo y desaparecer. Y también, cómo no, llegar a la amarga conclusión de que todo ha sido un sueño consecuencia inevitable de mi imparable deseo; ni yo me encuentro sobrevolando Nueva Zelanda ni soy un hermoso albatros, ni mi parienta aunque lo parezca mucho, cada día más, es una foca barbuda…

¡Qué asco, tú! 

Cuando nos conocimos, Balbi no era así en ningún sentido. Balbi, en realidad Balbina, era un diminutivo amable y simpático que me pareció oportuno y caritativo —quise aproximarlo a “Barbie” en un acto de misericordia—. No porque ella fuese una mujer especialmente bella y quisiera establecer comparaciones con la famosa muñequita rubia a la que, por cierto, no se parecía ni en el blanco de los ojos, no. Balbi, mi Balbi era, si acaso, todo lo contrario. Balbi tenía, bueno y tiene, el pelo de color panocha desmayado. Y es pequeña, botijera y culibaja. Nunca ha sido lo que se dice un ejemplo de belleza, ni incluso de joven. Sin embargo, a mí no me importaba.

Yo tampoco había sido jamás un adonis, sino más bien un retaco bastante horripilante y desfavorecido. Lamentablemente más que ser bajito era profundo. Y mis pies, grandes y esperpénticamente anchos, no hacían el menor juego con mi cuerpo por mucho que lo intentase. Apenas medía un metro sesenta y como contraste calzaba un cruel y despreciable cuarenta y dos. Además, como remate de infortunios acerca de las venganzas practicadas por la naturaleza con respecto a mi pobre cuerpo, era gordito, calvo como el pomo de una puerta y bastante miope. Más merecedor, en todo caso, de estar situado como icono sobre de las puertas de los talleres de recambio de neumáticos que de otra cosa. Así que las exigencias en ese aspecto, estaban de más.

Verdades insoportables al margen, el diminutivo de su nombre tuvo origen en dos razones de rotunda caridad cristiana. Su nombre era sencillamente espeluznante. El día que a su señora madre se le ocurrió tan feliz idea, y aún con la placenta colgando del vientre como si fuera un bolso de mercado, tenían que haberla condenado por crímenes contra la humanidad, decapitado en la plaza del pueblo, fusilado, o como mínimo, haberla multado.

Ya lo dio a entender el escribiente del Juzgado poniendo cara de sapo con paperas al escuchar tan monstruoso nombre.

— ¿Está usted segura de lo que quiere hacer con su hija? Bueno, allá usted con su conciencia, oiga...

El otro motivo fue que éramos novios —como cantase en su bolero Armando Manzanero— y por entonces, era una forma cariñosa de llamarla. Y es que, por extraño que pueda resultar, todos los que inevitablemente hemos atravesado el espantoso período gaseoso–catatónico–descerebrado, al que vulgarmente llamamos amor, hemos sido víctimas necesarias de la pedantería, cometiendo las mayores estupideces con el idioma. Se nos han ocurrido, bajo el símbolo del corazón atravesado por la saeta, cursiladas como sandías de Torre Pacheco. Horrendas pazguaterías que hubieran puesto los pelos como escarpias a mismísimo Gustavo Adolfo Bécquer. Hemos sido horteras, grotescos y tremendamente ridículos con un idioma tan bello como éste. Hemos apaleado sin compasión las palabras más admirables para enviarlas a los oídos más necios...

Ahora todo es diferente. Ahora, pasado el tiempo, no hay palabras de amor, ni arrumacos, ni carantoñas que musitar al oído. Todas las palabras de amor se acabaron, fueron agotándose con la decepción depositada. Fueron diluyéndose mansamente en el olvido. Se vació el saco de la dulzura y el de la imaginación para llenar el del patetismo y la rutina. El corazón ya no se inquieta ni se acelera. No se inmuta. No se encuentra atravesado por nada, no queda nada qué perforar. No hay flecha, pero tampoco corazón. Si acaso quedaba algo de esa aturdida víscera entre mi mujer y mi suegra se la merendaron una tarde en el Santuario de la Fuensanta.

Ahora, desde el interior de mi estómago en descomposición, sólo noto mis ajadas entrañas aullar y cómo, todavía, se revuelven como calcetines ante su farisaica presencia. Sin embargo, por surrealista que pueda resultar en toda necedad, cabe, al menos, una necia explicación; hasta en la gloriosa idea de llamar Balbina a mi mujer. Y es que la autora del nombrecito pudiera encontrarse en otro planeta en lugar de pariendo cuando se le ocurrió tan ilustre nombre. Pero aun así, aun teniendo como tiene un sospechoso parecido con E.T., no creo que pueda tratarse de ningún selenita enano. No, porque ella nació entre dos aguas, entre pitos y flautas, entre Pinto y Valdemoro. En el pico esquina, al doblar la calle, al fondo, según se sube a la izquierda, la primera a la derecha. O sea: en ningún sitio.

Los catorce años se presentaron en mi vida casi por sorpresa, sin saber de un modo cierto si el “asunto” de las niñas era horizontal o vertical. Así de mal estaban las cosas. Si era más grande o más pequeño. Si simplemente era como la ranura sutil donde se introducen las monedas en las máquinas de tabaco o, por el contrario, como la omnívora boca de un buzón de Correos. Las únicas referencias que por entonces llegaban con pavor y desolación hasta mis ojos, eran los fantásticos revolcones que se lijaban mis amigotes a la sombra de las interminables canciones lentas de Barry White en los guateques. Mientras que yo, en un rincón oscuro, como consecuencia de mi ansiedad, iba inflándome sin prisas como un asqueroso globo de cacahuetes y frutos secos a la vez que pinchaba miserablemente en el tocadiscos la música que debía sonar para que éstos, mis colegas, pudieran darse el lote con holgura.

Misteriosamente, o no, lo cierto es que dejé de crecer a esa misma edad. A partir de ahí, como por ensalmo, mis expectativas juveniles fueron abandonándome hasta perderles la pista de manera definitiva. El insólito frenazo en mi desarrollo me turbó con crueldad. Pero aún más, al comprobar con terror, que mientras que el resto de mis amigos iba dejándome atrás en altura, yo iba ganando mis centímetros con comodidad y espanto en anchura. ¡Parecía un puto bonsái! Y mientras alguno comenzaba con cierta arrogancia a dejarse perilla o bigote yo, al mirarme al espejo, sólo albergaba decepción. Mi cara, como mucho, parecía una paella de Calasparra; y sólo algún pelo acojonado se atrevía a despuntarme en el mentón. Nunca, o casi nunca, por esa razón, deseé bailar con ninguna chica, pero si en alguna ocasión me atreví a tamaña osadía fui claramente rechazado, y por supuesto el hazmerreír de la peña. Por lo que automáticamente volvía a mi rincón oscuro, más menguado aún, a pinchar música como siempre para los demás... ¡Y a ponerme hasta el culo de cacahuetes y frutos secos!

Las tardes de los domingos, por muchos motivos, constituía una algarabía para todos mis compañeros que terminaban la jornada chequeando entre sí los éxitos obtenidos pero, sobre todo, los inventados. Por el guateque, porque al final, más de uno y más de dos, se marchaba arrastrando el insoportable dolor del recalentón sufrido en las sombras en un frustrado ataque que terminaba dirimiéndose en el baño, como siempre. Porque se contaban con todo lujo de detalles, la mayoría fantaseados, de qué manera tan sencilla, ésa o aquélla, se había dejado meter la mano por la falda hasta la braga, o más adentro. Porque escenificaban de qué modo, a fulanita de tal, no sé quién, había conseguido sin esfuerzo meterle la lengua en la boca, hasta el esófago. Por mil causas diferentes los domingos eran una fiesta para todos. Para todos, excepto para mí, que veía caer la tarde del séptimo día como una pesada lápida sobre mis pisoteados anhelos. Por fortuna, siempre me quedaba un poco de consuelo. Lo único que no me humillaba: mis cacahuetes.

El tiempo, bestia insatisfecha, devoró sin misericordia sus hojas al calendario y yo, a su paso, fui engordando como una bestia parda. Y no contento con engordar como una morsa enana, cada mañana al peinarme, me dejaba sin compasión cuatro o cinco meses de pelo en el peine. Entretanto, mis camaradas, fueron encontrando pareja dentro o fuera de la pandilla. E incluso, algunos, se casaron mucho antes de lo debido, si es que existe una regla exacta para tal menester y una fecha precisa para el fracaso. Otros, mucho más despiertos, se marcharon fuera de la ciudad a estudiar. Y la pandilla, que en sus tiempos había sido gigantesca como un ejército troyano, acabó languideciendo. Fue deshojándose hasta quedar reducida en pocos años a “cuatro capullos solitarios” que ligaban tanto o más, que Quasimodo en Marbella. La paulatina desintegración del grupo, sin embargo, no significó en mi vida ningún desbarajuste ni supuso herida alguna. En compañía de mis amigos no me sentía ni mejor ni más acompañado. Mis únicos compañeros de armas eran todos mis complejos. Y todas las sombras que éstos, sin piedad, proyectaban con desprecio sobre mí.

Tampoco necesitaba que nadie me expusiera con cuidado que no precisamente era una lumbrera, y que como estudiante había sido una auténtica calamidad. Haber llegado a tercero de bachiller, aunque pueda parecer lo contrario, se había convertido en toda una hazaña; aquella vieja cacatúa con cara de pergamino que impartía clases de francés con la vehemencia de una posesa dispuesta a heredar la Torre Eiffel; el frustrado cabrón, que jugaba al juego del más inútil, humillándonos, en clase de latín; o aquel otro profesor que enseñaba matemáticas como si se hubiera enterado dos minutos antes que su mujer había estado revolcándose como una ninfomaníaca con el panadero, hicieron un calvario interminable mi exigua inteligencia, sólo comparable con la idea de escalar el Everest… ¡Pero de rodillas!

Con todo ese panorama monocolor por delante, el sólo hecho de encaminarme a clase cada lunes suponía un trauma difícil de superar. Suponía, en primer lugar, no dormir la noche del domingo si es que mis oraciones de latín no se hallaban intachablemente estructuradas. Y, por toda consecuencia, mal dormir entre sudores y horrorosas pesadillas. En definitiva, la insufrible presión, comprimía mi estado de ánimo como si éste se encontrase apresado en el interior de una almazara.

Tener, deber responder sin la menor sombra de duda o error, en décimas de segundo, la pregunta ácida y mordaz de aquel frustrado profesor de latín que jamás consiguió su propia cátedra, era excesivo y estresante. Y con motivos de sobra si, además, estaba situado en el grupo de los inservibles del “uno” o, en cualquier caso, por debajo de los del “cinco”. Ya que, infaliblemente, cada lunes, se repujaba pérfida pero mecánicamente en mi boletín de notas el número que me había tocado llevar durante la semana, lo que constituía un insuperable rosario de suspensos imposible de superar a final de curso.

Pasar seguidamente a clase de matemáticas era más de lo mismo; un sobresalto detrás de otro. Mi extenuado corazón, aún sin sobreponerse del primer asalto, volvía a agitarse de nuevo dentro de mi pecho como un alazán desbocado. Todavía recuerdo con inquietud a aquel profesor andar por los pasillos del instituto rumbo al aula. Aquel individuo de mirada hostil y adusta nos hacía temblar como hojas; su presencia nos acojonaba con muy poco. Yo, ipso facto, notaba deslizarse sobre mi frente un sudor frío. Entraba en clase como una bala de cañón, directamente a su mesa. Sin un saludo, jadeante y convulso; resoplando como un búfalo herido. Con ansias irrefrenables de descargar su adrenalina como metralla sobre nosotros. Su mirada enloquecida, su cara ancha, descompuesta y su bigote hitleriano, nos hacía sentir como judíos ante la Gestapo. La pesadilla duraba otra larga hora. Una hora angustiosa e interminable que solía acabar con víctimas; todo aquel que era inquisitivamente nombrado para salir al estrado. Sus alaridos y sus ofensas nos estremecían. Aunque, probablemente, de todos los educadores que tuve recuerdo a dos en especial. Como siempre, el Bien y el Mal en un mismo plato antagónicamente servidos.

A aquel longevo catedrático nunca le faltó el sentido del humor, motivo más que inequívoco por el que seguramente llegó a vivir cien años. “Radio Alfonsina”, sin diferenciar jerarquías, se abría paso a empujones entre unos y otros; entre profesores y alumnos. Ladraba en los pasillos. Los pasillos, a su vez, entre celta y celta y bocata de chorizo, nos susurraban al oído ciertas impudicias. Nos apuntaban, sin el menor decoro, que aquel hombre de mirada afable era habitualmente corneado por su mujer; una pendona desorejada de buen ver que aprovechaba las ausencias de su marido para joder con un gallo más joven; lo cual, en el fondo, no resultaba demasiado extraño. Por nuestra parte, la falta de compasión y el exceso de crueldad que nos caracterizaba, hacían que aquel sórdido rumor fuera de corro en corro y de burla en burla como una espeluznante mancha de aceite. La cuestión final era que casi todos allí, en el instituto, nos mofábamos de una u otra manera de su situación. El viejo dómine, mientras tanto, inalterable, deambulaba a diario ausente y tembloroso por los patios del recinto. Eternamente pensativo, eso sí. Y siempre bajo su perpetuo sombrero verde de fieltro.

Un día, alguien, un estúpido de los muchos que abundan en todos los lugares, se arriesgó a humillarle.

— D. Antonio —se precipitó como una víbora sobre el viejo profesor queriendo hacer un histriónico chiste en un momento en el que éste alabó la fidelidad de Penélope, mujer de Ulises, en su larga ausencia—: me gustaría escuchar su opinión. No sobre las mujeres que son fieles a sus maridos estén donde estén, sino con relación a las otras. Aquéllas que precisamente aprovechan la ausencia de sus maridos para coronarlos.

El viejo educador observó fijamente al mozalbete desde sus quebrados ojos azules. Adivinaba la malicia de su pregunta pero, sobre todo, la intención. Tras una meditada pausa sonrió sin maldad. Aun así, no contestó de inmediato. Rebuscó la respuesta. Un desconocido y tenso velo de silencio se instaló en el aula. Entretanto, un sol intenso y ambarino, se despedazaba en láminas de oro entre las rendijas de las persianas. Aparentemente lejano, el anciano, continuó su paseo por el corredor como si en realidad no fuese con él aquella ácida pregunta. Con cierto esfuerzo, apoyando leve su corva figura entre pupitres, el veterano catedrático se arrastró hasta alcanzar la tarima. En un lentificado movimiento se giró y dijo con un hilo de voz temblorosa, a mitad de camino entre la decepción y la ironía:

— Hijo, la fidelidad es un concepto espiritual y, en todo caso, un asunto arduo y complicado. En cada etapa de la vida de las personas simboliza una cosa distinta. Dependiendo básicamente de como éstas sean representa algo diferente. Creo, que por mucho que lo intentes aún no puedes comprenderlo, eres muy joven. De todas maneras, te diré, que la fidelidad es un mecanismo absolutamente subjetivo. Obedece a muchas variables. En el fondo no deja de ser una constelación de ideas que se sostienen entre sí únicamente bajo la opinión de cada persona...
— Perdone, D. Antonio, pero no me ha respondido. Todavía no me ha dado su opinión…
— Sí. Sí lo he hecho —dijo, atusándose el cabello blanco—. Te he respondido. Otra cosa, es que ni tu oído ni tu edad, te hayan permitido escuchar el llanto del silencio...
— ¿Y a su edad...? ¿Qué oye a su edad? —espetó el engreído con insolencia persiguiendo la degradación.

Contra todo pronóstico, D. Antonio, comenzó a descojonarse de risa como jamás veré a nadie.

— A mi edad, majete, “Más vale un bombón a medias que una mierda para uno solo…”

La proverbial respuesta nos dejó petrificados cerrando de un portazo, “sine die”, el aristado asunto. Nadie podía imaginar que aquel hombre de mirada serena lo tuviera tan claro, pero así era. Había respondido magistralmente, sin derecho a réplica, a aquel gilipollas y a todos cuantos pensábamos que el imbécil era él.

El hecho de evocar al otro sujeto provoca en mi memoria, sin embargo, una grima indescriptible. Si algún día lo viera juro por mis plumas que me abalanzaría sobre él acribillándole los ojos. Aquel déspota, mal nacido y sádico, tenía una academia en el centro de la ciudad. Una academia, por decir algo sobre lo que orientarse. En realidad, aquella pocilga era posiblemente lo menos parecido. Se trataba de un patético, desangelado y lúgubre local donde no entraba la claridad ni por error. Un agujero grotesco, asqueroso y mefítico, de interminables y castigados bancos amarillos de color mierda. Del mismo color que su puñetera alma.

Aquel siniestro personaje, que más parecía arrancado de un castillo tenebroso, descargaba con saña sus indudables y gigantescas frustraciones en los críos que por entonces nos tocó ser. Indeseable y tiránico, nos reunía con pavor alrededor de su mesa y nos examinaba dejándonos hablar hasta el final. Entretanto, desliaba en litúrgica y exasperante ceremonia su paquete de celtas largos; ahuecaba el cigarrillo golpeándolo contra el tablero, lo encendía y succionaba con pasión. Luego, aún en el aire, reabsorbía como una aspiradora la bola de humo que vaporosa e ingrávida se le hubiera escapado de la boca. Si sonreía esgrimiendo su torcida mueca de ofidio; si nos miraba con desprecio, con ojos sulfúricos, era previsible admitir que algo estaba saliendo mal. Cuando consideraba que no cabía más piedad, y le cabía muy poca, menos que un dedal, volcaba sobre nuestros acojonados oídos una ácida lluvia de humillaciones, terminando tan solemne acto con una generosa dosis de castigo físico: nos inflaba a palmetazos con un báculo cuadrado hasta dejarnos las manos lisiadas.

Así eran las cosas. Tenían el sacro deber de instruirnos: “La letra con sangre entra” rezaba, marcado a fuego, el tan miope como luminoso refrán de la época. “El día de mañana lo agradeceréis, tenéis que haceros hombres de provecho”. Ése, por lo visto, era el único camino que existía para conseguir hacer de aquellos párvulos aterrados posteriores hombres de bien, educados, coherentes y comprometidos. De tal manera, en el futuro, seríamos personas responsables y serias. Con tan pedagógico estilo clavado en la piel como carneros sabríamos enfrentarnos resueltos a la vida. Porque “la vida”, argüían, “estaba muy mala”. En fin, qué voy a decir, salvo que la palabra “maltrato” todavía no había llegado con la suficiente contundencia a los diccionarios.

Del mismo modo debería completar mi comentario, añadiendo, que yo era un tanto torpe. Bueno, no voy a andarme con rodeos: era un completo inútil. La infinidad de complejos que padecía en todos los órdenes me impedían avanzar en ningún sentido. No sabía lo que quería pero tampoco cuál era el camino a seguir. Todo era un perfecto galimatías en mi interior, excesivamente complicado y extraño. Mi cerebro y mi corazón no lograban metabolizar a tiempo los impactos que recibían; eran muchos y demasiado crueles la mayoría de ellos. No conseguía entender nada de lo que me estaba sucediendo. Todo parecía una pesadilla más de las numerosas que padecía.

En junio de aquel mismo año, calabazas totaneras al hombro en mis estudios, la pandilla que ya se hallaba tocada de muerte por la mano del desinterés se había deshecho por completo. Los “cuatro capullos solitarios” que quedábamos nos fuimos a llorar nuestras penas por separado, aunque en muy poco tiempo ni siquiera fuimos cuatro. El aburrimiento y la apatía fue apretando sus garras sobre nuestras ansias de vernos los sábados por la tarde y lentamente llegó el momento que no supimos qué decirnos ni adónde ir. Y así, sin palabras, como la más cobarde e innoble de las despedidas y el silencio como señal, fuimos dejando de asistir al lugar donde habitualmente nos encontrábamos cuando éramos un grupo.

Mi futuro, para no ser menos que el resto de las cuestiones que debía barajar tampoco estaba nada claro. El término “futuro”, se me antojaba un disparate demasiado grave para mis ojos y mis oídos, tal vez. También una materia difusa a la que no tenía prisa por llegar. Era un acontecimiento de tintes enigmáticos que todavía, en mi mente, pertenecía a un mañana muy lejano aunque en el fondo, éste, se encontrase a la vuelta de la esquina. Encaramado a la pequeña ventana de la fantasía que aún, a ratos, compartía con la infancia, adivinaba aquella estrambótica palabreja como el que pretende acariciar la línea del horizonte: tan aparentemente accesible como luego inalcanzable.

Por desgracia, lo que mí me quitaba el sueño en esta original aventura de vivir, no era otra cosa que mi presente: ése extraño personaje que se dedicaba a observarme. Ése sigiloso espectador de mirada incolora y sarcástica que me sonreía de forma maliciosa y un tanto torcida o retorcida, según se mire. Por supuesto, en todo este trajín, la consecuencia inevitable era la incertidumbre que comenzaba a remolcar al carecer de pautas que seguir; mi desgarradora inseguridad seguía castigándome en cada acto. Hiciese lo que hiciese, siempre me quedaba la sensación última de haberme equivocado. Invariablemente, de forma vergonzosa, quedaba en mi interior el amargo efecto de haber elegido el camino incorrecto. Me sentía acorralado…

Mis padres sólo tuvieron un hijo y ése, para empezar mal la historia, vine a ser yo. Por otro lado, tampoco hubo tiempo para más; mi madre murió en mi alumbramiento, cuestión que mi padre jamás perdonó castigándome con su olvido. Tanto es así, que cuando ella falleció, estuvo días deambulando por las calles sin decidir cómo enfrentarse a aquella inesperada situación que, de golpe y porrazo, le ponía la vida y los pocos sueños que aún mantenía patas arriba.

Durante días y noches vagó incapaz de sobreponerse; únicamente se detenía en las tabernas que encontraba al paso. Así permaneció hasta que le quedó una peseta. Hubiera sido preferible haberme quedado en un orfanato hasta tener edad suficiente cómo para valerme por mi cuenta. Pero no fue así, ni se lo pude agradecer nunca. Cuando se hizo cargo de mí, a regañadientes, fue peor. El zarpazo del destino constituía una gigantesca obligación que sobrepasaba con demasiada comodidad la capacidad de resistencia de aquel hombre triste y apagado. La puñalada, el incidente, suponía un alud en la indolente actitud de una persona que ni siquiera se inmutaba. Todo le venía grande. Pero todo le daba igual, se había rendido. Dejó de luchar por sobrevivir en el preciso instante en que mi madre murió.

Y mientras yo correteaba en pañales por el pasillo de casa, echándome encima ora el jarrón de la mesita del recibidor, ora el cacillo de leche en la cocina, él, como si nada, se limitaba a cocerse como una gamba en vodka. Todo le daba lo mismo. Sólo quería desaparecer y cuanto más rápido mejor. No solamente no se conformó con culparme de la muerte de mi madre, sino que, incomprensible pero estúpidamente, él tampoco se perdonó; y fue derrumbándose sobre sí mismo como un viejo edificio dinamitado. Su mirada errante, permanentemente ebria y vacía, se fue lentamente insensibilizando como la de un zombi hasta quedar reducida a una indeseable herida en el rostro.

La casa, mi casa, la casa que había sido de mi madre, transformó apresuradamente el aroma a lavanda y a ropa limpia que brotaba de las estancias, por el mefítico, insoportable y nauseabundo hedor que sangran los vertederos. La ropa sucia se apilaba en cualquier rincón. Mis pañales sucios, acartonados, se almacenaban en el pasillo y el resto de las habitaciones como hongos bajo un árbol. Las colillas formaban cordilleras humeantes en las decenas de ceniceros que mi padre tenía diseminados por la vivienda. La basura iba amontonándose con horror; primero en el lavadero, más tarde también en la cocina. Finalmente cualquier sitio fue oportuno.

Cuando los platos sucios, los vasos y los cazos fueron ganando sitio ocupando el fregadero y la encimera, hasta dejar de verse, optó por comprar platos y vasos de plástico, de un solo uso, los cuales iba tirando al suelo para hacerse espacio en la mesa donde comía. Nunca había cocinado, nunca había sabido cocinar, con lo que su anárquica y exigua alimentación le limitaba a malcomer las latas de conserva que adquiría en el supermercado una vez por semana. Eso cuando comía, cuando no estaba borracho, que era casi siempre.

La luz definitivamente había escapado de aquella angustia. Todo se oscureció de una extraña manera. Los dedos ennegrecidos de la tiniebla fueron ganando terreno, trepando con escarnio entre las paredes y los desvencijados muebles que aún quedaban. Las persianas, cerradas a cal y canto, y las cortinas echadas impidiendo cualquier resquicio de claridad, hicieron de aquel inmueble hasta donde recuerdo un túnel claustrofóbico y hediondo. El oxígeno se tornó denso e irrespirable, espeso como el café. Y tuve, por cojones, que aprender a moverme de un lugar a otro y jugar en la oscuridad como un niño ciego.

No sé con seguridad cuánto tiempo pasé en aquel zulo secuestrado con el individuo que había perdido definitivamente el control de su vida. Sólo recuerdo que un día,… ¿un día? No podría asegurarlo, una turba de gente tiró la puerta abajo llevándose a mi padre en volandas, maniatado. Lo último que supe de él, por mis abuelos, es que se había escapado del hospital psiquiátrico donde vivía y que semanas más tarde lo hallaron muerto, en un callejón, con una botella de vodka y una foto de mi madre entre las manos…

Durante un par de años anduve haciendo un poco de todo, sin demasiada pasión, hasta que una mañana recibí una carta en la que me convocaban a filas. Al final, para mi decepción, la sorpresa fue mía por no imaginarme lo que iba a sucederme después de medirme. Pero claro, es que casi todos los que llegábamos a cierta edad sin nada fijo a lo que agarrarnos para decir: “¡Joder, qué putadón, ahora un año y medio a la mierda!”, nos venía milagrosamente bien eso del servicio militar.

Durante ese tiempo, en el cual tampoco se hacía nada, o incluso menos, se recapacitaba. Finalizado el período de reflexión, borracheras, pérdidas de tiempo, paseos por la Plaza de España, más paseos por la Casa de Campo, sacar brillo a las botas y a los fusiles, por hacer algo ya que la mayoría no funcionaban, y diez mil gilipolleces más que no servían absolutamente de nada, excepto para encabronarte un poco más, se establecían dos grupos claramente diferenciados: los que llegaban a alguna conclusión y los que no. Los que lograban encontrar a tiempo sus neuronas en esa etapa, se licenciaban. A los que por el contrario sólo les quedaba en el interior de su cabeza el eco, se reenganchaban, viendo así reforzada su inutilidad. ¡Ah!, bueno, se me olvidaba: aquello también servía para ser cabo primero a los ocho años de servicio...

De todas maneras, ni poco ni mucho ni nada; ni siquiera tuve la puñetera opción de hacer la mili.

— Vístete, ya recibirás en tu casa la carta de dispensa; tú estás fuera de lista.
— ¿Cómo dice?
— ¡Que te vistas, coño!
— Perdone, pero no le comprendo, yo quiero ir al servicio militar, creo que me gustaría el ejército...
— ¡Toma, y a mí ser general con mando en plaza, no te jode! —vociferó con ironía el subteniente bigotudo y panzón tratando de hacer un chiste con el cabo que tomaba nota—. Pero, ¿qué quieres, chaval? ¿Qué pretendes? ¿Sabes lo que mides? Pero si hasta el mosquetón es más alto que tú... Anda, vete a tu casa, no me hagas perder el tiempo. ¡España necesita soldados! ¿Oyes? ¡Soldados, no peones de ajedrez! ¿Sabes qué parecerías vestido de soldado con tu altura? ¡Pues apañados estaríamos con gente como tú, el enemigo no podría hacernos la guerra!... ¡Se partiría el culo de la risa al vernos! ¡Anda, tira a casa, dile a tu madre que te infle de vitaminas para el crecimiento...! ¡Y menos darle a la manivela, chaval, que no vas a crecer!

Ese día fue uno más de los tantos que tuve que soportar refugiándome de un modo automático en mi cobardía, pero sólo eso. Ni siquiera aquel bellaco barrigón que me decía sin ningún tipo de recato enano a la cara, podía ofenderme con sus sarcasmos. Estaba tan hecho a ser vilipendiado que apenas conseguía alcanzarme su cruel ofensa. Los únicos que como siempre me entendían eran ellos, los pájaros. Ellos jamás me ridiculizaban. Entre aquella especie y yo existía un magnetismo especial, una esotérica comunicación que no sabía interpretar, pero que, sin embargo, no tardaría en descubrir. Lo cierto es que aquella mañana de finales de verano sentado en un banco, en la Glorieta, mientras le daba vueltas aún al suceso con el subteniente, se me acercó un grupo de gorriones que revoloteaban jugando a la altura del suelo. Súbitamente, sin venir a cuento, me observaron. Todos parecían prestarme una insólita atención. De pronto una voz reverberó, no sé, si acaso, en el interior de mi cerebro:

— ¿Aún no te has dado cuenta de cómo son los humanos? Vente con nosotros, déjalos. Vuela con nosotros. Nuestra vida es corta pero sumamente intensa y, sobre todo, llena de libertad. Vuela con nosotros. Desde el azul del cielo o desde un árbol, si lo prefieres, veremos más claras todas sus miserias. Ellos no te entienden, jamás te entenderán. Tú eres diferente. Tú eres distinto. Tendrías que observarte desde lo alto, perderías el temor, suprimirías la angustia, esa angustia que invariablemente pareces llevar escrita en la cara, esa tensión que te ensombrece el rostro. ¡Mira qué cielo azul, tan azul! ¡No permitas que nada te lo manche! Vuela con nosotros, surquemos el cielo sin vértigo. Cantemos en los aleros o sobre los cables que dominan y arañan la ciudad. Juguemos. Juguemos continuamente, juguemos sin parar, hagamos cabriolas. Y al caer la tarde, cuando se motee de colores dorados la avenida que da al río, cuando la tarde aproxime la bruma a sus calles, cuando languidezca, cuando las flores recojan sus colores y arrojen sin pudor sus aromas, cuando el ruido vaya cesando al fin y la maquinaria infernal de la metrópoli se quede sin combustible, nosotros, también extenuados, daremos paso al silencio. A ese silencio mágico que nos protege. Desde la callada oscuridad, resguardados, a salvo, volveremos a oír crepitar sus miserias, sus miedos, sus angustias, sus fobias, sus odios...

“Me estoy volviendo loco —me dije—. Completamente loco”. Miré alrededor: nadie me hablaba. Estaba solo. La gente, en la Glorieta, pasaba como siempre; en manada, deprisa, consultando su reloj, enloquecida, como hormigas en su hormiguero. Un grupo de niños berreaba sin piedad, como lechones, a unos metros de mí. La criada, aturdida y congestionada, no daba abasto a tanto lloriqueo y resoplaba como una ballena; en la cara se le veía toda la intención de arrojar por el Puente Viejo a aquellos mocosos. Aquel ejecutivo impecablemente vestido e impecablemente peinado cuando salió de casa llevaba, a esas horas, su impecable lazo de corbata hecho un lío indescifrable sobre el pecho y su peinado era sólo un recuerdo. Sudoroso, y más tenso que el tanga de Aramis Fuster, hablaba solo. Se repetía una y otra vez: “Llego tarde, llego tarde, llego tarde…”. Una pareja de jóvenes, ajenos a cuanto les rodeaba, se manoseaban con auténtico descaro y frenesí ante la mirada atónita y perpleja de dos ochentones que comentaban entre sí la desvergüenza, a tres metros. Más allá, otro grupo de ancianos, al cobijo de los cipreses, charlaban a gritos y se abanicaban.

El reloj del Ayuntamiento anunciaba las doce y media. En la avenida, los coches se apilaban como pollos en una granja. Desde el interior de éstos sólo se oían voces, insultos y tacos impronunciables. El ruido de las motos, las bocinas de los automóviles y los gritos despedazaban con desprecio la pobre calma que pudiera existir. El Sol de mediodía bombardeaba el asfalto y las chicharras, entretanto, en los árboles, afinaban con fuerza sus cítaras mientras se mofaban de todos nosotros con recochineo.

Miré los pájaros. Ellos seguían allí, indiferentes y juguetones. Retozando junto a mí. Pero, ¿y aquella voz? ¿Quién me había hablado así? ¿Qué me estaba sucediendo? …Sin duda era el efecto del calor el que me hacía oír aquellas palabras.

Por la noche, atrapado en mis sueños, volví a oír las mismas voces. Una y otra vez. Eran como ecos desde el fondo de un pozo. Palabras serenas y redondas. Amables cantos de sirena se posaban junto a mí, invitándome a volar hasta playas ocultas y lejanas. Playas blancas, desiertas. De repente, reparé con asombro en un detalle; ya no era un muchacho. Entonces, mecánicamente, extendí mis manos buscando mis dedos, pero únicamente vi plumas. Mis manos habían desaparecido. Un plumaje gris cosquilleaba mi piel. De un salto me encaramé al alféizar de la ventana. Una enorme y amarillenta luna agonizaba en un lejano ángulo del cielo. Estaba a punto de clarear. Se respiraba un penetrante olor a galán de noche.

Cuando extendí mis pequeñas alas, me di cuenta de lo bello y suave que era y me sentí bien. Mis complejos se diluían repentinamente con la noche. Mis problemas se evaporaban y sólo pensaba en saltar al vacío. Incluso, durante unos minutos, me atreví a volar. Di un par de vueltas a la casa y anduve picoteando níspolas y peras. Llegué al cañal. Más tarde, volé hasta la carpintería que se encontraba un centenar de metros más allá, pero enseguida el pánico se apoderó de mí, me asusté, y llamé a mi abuela. Quise llamarla por su nombre, pero únicamente pude emitir un original e inédito sonido: “Pío, pío, pío...”

— “Hostias —murmuré—, ¡ahora sí que la he hecho buena! De aquí no salgo vivo. Mis abuelos, o me matan, o me cocinan...”

En esa precisa ocasión no había sido más que un sueño unido al deseo vehemente. O al menos, eso supuse. Si bien es cierto que a partir de entonces, aquel tipo de sueño fue una constante en mi vida. Cada vez, con más frecuencia, me veía convertido en ave. No tenía que ser forzosamente el mismo pájaro en todas las ocasiones, dependía mucho de mi estado de ánimo. Muchas de ellas, la mayoría, me sentía sólo un gorrión. Pero si por el contrario mi moral se encontraba henchida, ser un níveo y sorprendente albatros, me iba genial. De tal guisa, con mis casi tres metros de envergadura, recorría los océanos y el mundo entero, siempre a cientos y cientos de metros de cualquiera que pretendiese hacerme daño. Y es que, en cierto modo, no me quedaba más amparo que mis propios sueños; en ellos me guarecía casi permanentemente. La realidad abofeteaba diariamente mis proyectos...

Un día como otro cualquiera el abuelo se fue para siempre. Semanas después la abuela pensó reunirse con él. Llevaban demasiado tiempo juntos como para que el simple capricho de la muerte les separase. Así que decidieron verse de nuevo, en otro lugar, pero con un aspecto completamente renovado, sin achaques. Desde la otra dimensión todo sería diferente. Nunca más volverían a quejarse ni a tener que soportar el dolor de reuma que le ocasionaba, a su paso por la parte trasera de la casa, la puta acequia; que, más que cualquier otra cosa, sólo remojaba una y otra vez con saña sus extenuados huesos. Ni eso ni nada. Volverían a estar juntos como siempre. De esa única manera quería recordarlos...

Para entonces salía de vez en cuando con Balbina.

En ella, precisamente, quise encontrar el consuelo que tanto precisaba. La conocí de una manera casual un domingo por la tarde en el Malecón. Yo, como siempre, vagaba solo, sin rumbo. La tarde se abrazaba a las luces cobrizas del crepúsculo en una esperanza inalcanzable. Ella, sentada en un banco de piedra, me observaba y fumaba. Fumaba y cuidaba de una niña, por decir algo; era peor que la peste bubónica. Cuidaba de la niña y volvía a fumar. La cuestión es que me acerqué a ella. No sé si porque pensé que me guiñaba un ojo y me dije, ahora o nunca, o porque los mosquitos que se la comían le hacían cerrar los ojos. El caso, es que supuse señales y me lancé sin pensarlo como un mosquito más. A esto, no tenía ni puñetera idea de cómo iniciar una conversación, pero mucho menos de cómo mantener vivo el interés con una persona del sexo opuesto sin espantarla.


Lo peor que pude hacer, no se me ocurrió otra cosa, fue ofrecerle un cigarrillo. Sí que estuvimos charlando parte de la tarde —entre pescozón y pescozón que le arreaba a la niña de la peste bubónica—; aunque el pago fue elevado. Se me cepilló, sin parpadear, dos paquetes de Marlboro la jodía niñera de los cojones. En el instante lo di por bien empleado, pero ¡Más me hubiera valido dejar de fumar!... No porque el tabaco mate, que no lo discuto, sino porque, sobre todo, empobrece al que lo ofrece si el que lo recibe es fumador compulsivo. Y más gorrón que compulsivo. Aun así, lo peor no fue el hecho de que me dejara sin tabaco toda la semana, no. Lo peor fue que desde mi ignorancia quise impresionarla dándole a entender una realidad distorsionada.

Quise aparentar ser la persona que no era ni sería jamás. Poco a poco, me enredé en un laberinto de espejismos. Fui inventándome historietas y cuentos chinos que obviamente me pasaron una factura impagable. Edifiqué, ante Balbina, y ante mí mismo, otro hombre. El hombre que todo hombre hubiera querido ser en algún momento de su vida. Traté de encandilarla mostrándome una persona segura y triunfadora. Ella, claro, muy hábil, se dejó querer. Me dejó hablar y hablar. Un día y otro, y otro más, sin prisa. Yo, tonto de mí, desde mi enorme necesidad por ser querido fui cada vez más lejos. No es que Balbi fuese muy lista, ni tan sólo lista. Aunque sí al menos lo suficiente cómo para pensar: “Este gilipollas es para mí”.

— Pues mira, sí, estuve trabajando como ejecutivo en una multinacional de vehículos. Primero, en contabilidad, más tarde en Calidad e I+D.
— ¿I+D? ¿Qué es eso?
— I+D es Investigación y Desarrollo, chatina.
— ¡Ah...! ¿Y qué pasó? ¿Por qué lo dejaste?
— Ya sabes lo que pasa con la envidia cuando alguien destaca. Enseguida a por él. La envidia es muy mala, hija. Hay mucha gente por ahí traumatizada y acomplejada, no creas...
— De todas formas, supongo, que para ese puesto de trabajo tendrías que estudiar un huevo, ¿no?
— Ya te digo...

Ni yo mismo podía creerme las patrañas que escupía mi boca. Pero las mentiras, encadenadas, iban una tras otra, brotando de mis labios en cada cita. Era consciente. Al llegar a casa, lo primero que hacía era irme de cabeza al espejo. Me miraba y me decía en tono de reproche: “¿Cómo puedes ser tan fulero? El día que te pille en un renuncio te vas a cagar...”

— Dame otro cigarrillo, anda.
— Chica, si lo acabas de apagar...
— No te preocupes por mí y dámelo. Me emociona tanto oírte hablar, que me fumaría el paquete entero...

…Ya te podías fumar otra cosa, reina… —pensaba.

— No, si a poco que te esfuerces lo vas a conseguir, desde luego.
— ¿Es que te molesta que fume de tu tabaco?
— No es eso, mujer —fingí—. Lo digo por tu salud más que por nada. Por cierto, ¿tú no fumabas tabaco negro?
— Sí, pero eso era antes de tener un novio ejecutivo. Ahora hay que estar a tu altura para no desentonar.
— Claro, claro... —para estar a mi altura hay que hacer pocos milagros. Seguramente ninguno. Si acaso, agacharse —me decía.

Los pocos ahorros que me habían dejado mis abuelos me los estaba literalmente fumando. Maldije cien millones de veces la hora en que se me ocurrió ofrecerle el primer cigarrillo a Balbi. Claro que, todo no era fumar y fumar, aunque por el momento de follar y follar ni se hablaba. Como mucho, si acaso, indecisos y breves recalentones en el gallinero del cine Teatro Circo que, posteriormente, concluían en 'alivio solitario'.

En ningún momento se me pasó por la cabeza provocar encuentros sexuales de otra naturaleza. Entre otras razones, porque pondría al descubierto que no tenía idea de cómo era un “chichi” y de qué forma se manejaba tan profundo asunto. Los manuales de uso y disfrute de “chichis” aún no se exhibían y mucho menos se vendían en quioscos, aunque la realidad era —me decía con preocupación— que debía ir poniendo remedio a ciertas cuestiones. Después de venderle el cuento de que había tenido una novia alemana en Torrevieja, a la cual había plantado por tratarse de una chica excesivamente frívola y procaz, Balbina, daba más que por hecho que si a ella no había intentado cepillármela ya, a esas alturas, tan sólo se debía a mi exagerada conducta moral de llevarla virgen al altar.

— Bueno, nena, por lo menos podías cogérmela un poquito y agitarla. ¡Mira cómo está, va a reventar! Me parece bien que no lo hagamos y que esperemos. Pero comprende que de alguna forma..., bueno, tú ya sabes. Anda, bonita...
— No sé, eso jamás lo he hecho. Quizá me dé asco...
— ¡Joder! Tampoco te estoy pidiendo que te la zampes, aunque no estaría mal. Tan sólo te estoy pidiendo que me la acaricies...

Al final lo hizo... ¡Vaya si lo hizo! ¡Le puso tanto interés que me dejó dolor para varios días!

— Nena, tenía muchas ganas de que me lo hicieras pero, ¡joder! Me la has dejado más amoratada que una morcilla de Burgos...
— Anda, cari, dame otro cigarrillo. Con la tensión que me has creado me han dado unas ganas de fumar...
— No te digo...    

La tarde que decidí vacunarme contra la virginidad de una vez por todas, el agua caía a cantaros sobre la ciudad. Una urbe, opaca y gris, luchaba bajo la feroz embestida de un interminable ejército de agujas de cristal. El cielo de otoño era un manto oscuro y denso. Tras cortinas de ceniza, se quebraba el lamento estentóreo del trueno en la tormenta. Diez segundos más tarde, el rayo desgarraba de arriba a abajo el sólido tapiz que cubría la metrópoli incendiando el cielo.

A mi novia le había contado una milonga, como de costumbre. Le había comentado, dándome toda la importancia de la que era capaz, que me presentaba en una firma multinacional de lencería en la que solicitaban un ejecutivo comercial con mi perfil —¿Perfil? ¿Qué perfil?—. Una vez más tuve que arañar los escasos fondos que mis abuelos me habían dejado. “Todo sea por la causa…” —musité, resignado, sabiendo que lejos o no de apetecerme echar un polvo de aprendizaje, el dinero se me agotaba a una velocidad de vértigo—. “Lo primero que haré mañana, en cuanto me levante, será presentarme en aquella empresa de mierda donde vi anunciado un representante libre a comisión...”

Cuando me encontré en la misma puerta de la mancebía, un incontrolado estremecimiento se apoderó de mí. No era frío lo que hacía danzar mis piernas como una hoja de morera. Sólo una vez, antes de aquélla, había desembarcado en el desconocido universo de María de Magdala, y había sido a modo de exploración; escoltado por la guardia pretoriana de mis camaradas. Quieras o no siempre es diferente. Te sientes arropado, más seguro en la inseguridad. Siempre existe un líder, el que toma posiciones, el que decide por los demás. El resto, en manada, nos sentimos cómodos.  “No es un bar cualquiera, pero tampoco te van a comer —me repetía para recoger redaños del saco de mi ánimo—. Lo que no puedes hacer, es esperar al día de tu boda para explicarle a tu mujer que el único ratón que has visto tenía tacto de papel cuché, 'made in Holanda' ¡Quedarías como el culo! ¿Lo entiendes? A las mujeres les gustan los tíos experimentados. Que sean capaces de llevarlas al cielo varias veces por faena. O sea, toreros. Tan diestros, que se lleven, al salir de la plaza, las dos orejas, el rabo y las tres vueltas al coso. ¡Ojo! Pero que, a la vez, sean más legales que Dios. Difícil combinación. Claro, que por pedir... Lo cierto, tío, es que tienes que echarle un par de huevos al asunto y ver cómo trabaja la profesional, que para eso está ahí, no para verte a ti el careto de acojone que traes...”       

Diciéndome esto llamé al timbre. Una puerta colosal, metálica, coloreada del color verde menos sugerente que había visto jamás, emergió ante mí. La mirilla, enmohecida, aulló en su giro. Tardaron en contestar.

— ¿Qué quieres? —inquirió, desde el interior, una voz indefinida por la que no hubiera apostado si era hombre o mujer.
— Pues no sé... —contesté algo nervioso, aunque molesto por tan estúpida pregunta— ¿Venden aquí, por casualidad, recuerdos del Entierro de la Sardina? ¿Usted qué cree?

La estúpida e imprecisa voz no contestó. Debió pensar, en un supremo esfuerzo, qué mierda de pregunta era aquélla. Tres o cuatro segundos después oí como se desclavaba, uno tras otro, un desfile de cerrojos.

— Pasa...

Un hombre de considerable estatura, calvo, y mirada áspera, me entreabrió la puerta con el espacio justo para entrar. Me observó detenidamente un segundo y me indicó el camino. Atravesé un breve pasillo. A la derecha, otra puerta; ésta abierta de par en par. El local se encontraba completamente vacío de clientela; el impenitente aguacero estaba jodiendo el negocio de la jodienda. La barra se situaba a la izquierda proyectándose ocho, nueve, o quizá diez metros, hasta la pared. La tiniebla era casi completa; sólo enjutos filamentos de neón en las molduras del techo y estratégicos puntos de luz indirecta evitaban por poco la oscuridad absoluta. En la penumbra recalcitrante del antro divisé al momento tres mujeres. Dos de ellas charlaban de pie, junto a la barra. La otra se adivinaba detrás. Unos pasos hacia el interior delataron rápidamente la presencia de una burda máscara, pintarrajeada y grotesca, que trataba inútilmente de burlar el tiempo. Era 'Mami': la dueña.

Como halcones al acecho las dos mujeres me escrutaron sin disimulo. Mi postizo talante de indiferencia deseaba ocultar a toda costa mi nerviosismo. Con actitud dudosa atravesé el local mientras sentí clavarse la mirada de aquéllas en mi nuca. Me acomodé en un taburete en el otro extremo del mostrador. No había que ser ningún lince para suponer lo que tardarían en acercarse a mí. Primero sonó en el equipo de música “Europa”, de Carlos Santana. Después rodó el vinilo de “Sellado con un beso”, de Bobby Vinton. Sólo aquellos neones azules eran testigos impasibles de mi desconcierto interior. En la calle, una lluvia insultante se estrellaba con más fuerza que nunca en el asfalto...

— Hola guapetón, ¿estás solito?
— Ya ves...
— ¿Me invitas a tomar una copa?
— Bueno. Vale...

Al chasquido de los dedos de la chica, “Mami”, se precipitó como una serpiente de cascabel clavando dos gin tonics desde la otra parte de la barra. Me encontraba pasmado. Nunca había sabido hablar delante de una mujer, aquel trago era más amargo de lo que esperaba. No me atrevía a mirarla a la cara, y mientras ella comenzaba a sobarme el hombro, me zampé sin pestañear la copa.

— Relájate hombre, ¿es tu primera vez? —indagó la chica con prosopopeya maternal.
— No, bueno, sí...

Con la música de “Feelings”, de Morris Albert, la chica se puso a bailar sola, muy pegada a mí. Deliberadamente, al girarse, restregaba su descomunal trasero en mi costado. Segundos más tarde, de reojo, vi aproximarse a la otra. La otra era algo mayor. Podía tener treinta y tantos años largos, aunque descomunales. Sencillamente espectacular. Metidita en carnes. Eso sí, apretadas, como a mí me gustaba. La melena oscura le caía suelta y generosa sobre los hombros, en bucles. La media luz arrancaba a su melena reflejos de caoba imposibles. La parte inferior de su vestido, sin embargo, andaba escaso: era más corto que el dinero que me quedaba de la herencia de mis abuelos. O sea: ínfimo. Claro, imaginármela por un instante venir hacía a mí como la chica del anuncio de “Martini”: ralentizada, envuelta en su propia bruma, desplegando sobre mi pequeño mundo toda su magia; regalándole a mis pobres ojos su excitante y babilónico movimiento; manifestando sin el menor asomo de decencia aquellos interminables seis kilómetros de pierna gótica y unos exuberantes y temblorosos pechos dentro de un ajustadísimo vestido sin sujetador, fue excesivo. Así que no me quedó más auxilio que tragarme, de un sorbo, la segunda copa.

Siempre supe que beber era malo, pero muy deprisa aún peor. Pronto me noté flotando en una extraña nube, encaramándome a un raro estado de ánimo que, al menos, me sirvió para no sentirme tan incómodo.

Mientras la primera chica se daba perfecta cuenta que no le hacía caso y en consecuencia optaba por alejarse de la escena con la copa en la mano; la segunda, la maciza, la increíble chica del anuncio del vermú, la chica que me había puesto cardíaco, se pegó directamente a mí y me besó en la boca sin mediar palabra... ¡Muerto! ¡Ya era suyo! Había soñado en tantas ocasiones con algo así que todo a partir de ese momento dejó de importarme. Bailamos muy juntos. Primero, para hacer boca, “Je t’aime” en la sensual voz de Jane Birkin y Serge Gainsbourg. Más tarde, la melodía, “How Can You Mend A Broken Heart”, de Bee Gees, se descolgó únicamente para nosotros.

Dos apresuradas copas más tarde estábamos en su habitación. Mi cerebro continuaba subido como un pardillo en la necia nube de euforia que no me permitía ver que la prostitución no deja de ser una puta transacción mercantilista. Y nunca mejor dicho lo de 'puta'. Por lo que a la destemplada declaración de: “Vamos, desnúdate, no tengo toda la tarde” di un talegazo, desde donde estuviese, de aquí te espero. En media hora exacta de reloj se había apagado el amor, la pasión y la música celestial que todavía reverberaba en mi cerebro. La chica del vermú se había evaporado con la misma magia con la que había llegado a mi vida. Y ya, presta y dispuesta, andaba desplegando sus coloreadas plumas de pavo real y sus piernas góticas ante otro gilipollas solitario como yo. A cambio, me quedé con una factura que puso de punta los pocos pelos que todavía conservaba con vida.

Aprender, lo que se dice aprender, no aprendí nada. Meter en caliente un ratito, lo justo, y que, en docena y media de empujones te hagan creer que te deslizas por el agujero del lavabo, no es mucho que digamos. Y es que, para bien o para mal, las cosas casi nunca son como deseamos, sino simplemente como son.

La hembra estaba como un queso. Y por supuesto, si de algo valió la experiencia, fue que en los seis meses siguientes me lo estuve haciendo con ella a diario. Aunque, esta vez, tal y cómo yo ordenaba. Despacio. Muy despacio… Todo lo despacio que me lo permitía la imaginación y la mano. Puestos así tampoco me había costado tan caro, ¿no?

La traición del tiempo es un acto despiadado y silencioso: una puñalada certera, mortal y limpia, por la espalda, en un callejón solitario al anochecer. Nunca, o casi nunca, reparamos en la gravedad del asunto y seguimos caminando como si nada hubiese sucedido. Únicamente sentimos, a lo sumo, el segundo, el instante. El zarandeo fugaz de una subrepticia sombra que, segundos más tarde, se desvanece en su propia sombra. Lejos de conceder más importancia al asunto proseguimos nuestro viaje zigzagueando por nuestra avenida personal; serpenteando entre las calles, los días y los años, que van emergiendo a nuestro paso. Aunque, sin percibirlo, con menos fuerza ante los zarpazos y sacudidas que cíclicamente nos proporciona de nuevo el imprevisto encuentro con la 'sombra'.

Aun así, más agotados, continuamos buscando no sabemos qué. O sí: a nosotros mismos. Siempre a nosotros mismos. En cada acción, en cada paso, en cada gesto. Pero es después, mucho después, cuando nos damos cuenta del auténtico conflicto de la situación. Es, con el paso de los años, cuando indubitablemente vemos de cerca nuestras heridas mortalmente situadas; y, como una bofetada que no viniese a cuento, súbitamente recordamos aquella sombra, la sombra asesina. Ése, en síntesis, ha sido el paso del tiempo a través nuestro...

Los días, las semanas, los meses, e inclusos los años, se encajaron sobre mi vida de igual forma; a fuerza de puñaladas. En un abrir y cerrar de ojos, un viscoso abrigo de obligaciones comenzó a envolverme. En el preciso instante en que me hicieron fijo en la empresa, Balbi, encabezó una cruzada para apretarme las tuercas sin piedad. Durante un tiempo pretendí resistirme. Claro, pretendí...

— Tú ya no me quieres.
— Que no es eso, mujer...
— Entonces, ¿por qué no nos casamos?
— Un piso cuesta un huevo y yo, sabes que gano lo justo; llevo solamente tres años en la empresa.
— Trabaja más horas, ¡joder! ¡Gana más dinero! No quiero pasarme la vida cuidando niños. Cuando te conocí tenías mucha más ambición. Muchas más aspiraciones... ¿Dónde están todos esos estudios que tenías? ¿De qué te sirven? ¿Y esos puestos de trabajo? ¿O es que todo fue una farsa para engatusarme?
— No exactamente, pero...
— ¡Pero nada, tú ya no me quieres! Desde luego, con tu apática actitud jamás volveremos a hacer el amor.
— ¿Cómo que volveremos? ¿Es que hemos ido alguna vez?
— ¿Cómo vamos a hacerlo si no tenemos dónde? ¿No intentarás llevar a tu novia a una pensión como si fuera una furcia cualquiera, no?
— Ya... ¿Y a un hotel?
— Por favor, Leo, no soy una cualquiera. Yo lo haré, si Dios quiere, en mi casa y en mi cama. Hasta entonces te puedes ir olvidando del asunto, no te voy a dar ni una migaja. Por el contrario, —depositó sobre mí una felina mirada— si tú te comprometieses ahora como un hombre, quizá esta noche... Mi madre, casualmente, va a cenar con unas amigas y volverá tarde... —su mano rozó mi paquete con intentada suavidad.

Ahora, después de tanto tiempo me pregunto... ¿En realidad su madre se fue a cenar aquella noche accidentalmente o estaba todo milimétricamente calculado de antemano para que cayera en tan abyecta trampa saducea? Me temo que sí. Me temo que Balbi y su madre sabían lo que se hacían con precisión quirúrgica. Desde el principio. Entre las dos habían planeado su futuro. La cuestión última fue que, aquella noche, Balbi, se me entregó. Y yo a ella. ¿Era amor? Supongo que sí. Supongo que aquello era amor...

Poco después nos casamos. Naturalmente compré un piso. Inevitablemente tenía que ser de tres habitaciones como mínimo, claro. En un arranque de demencia hipotequé el resto de mi vida y parte de la otra en un puñado de ladrillos con váter: un cuarto piso sin ascensor, vistas a los vecinos de enfrente y patio de luces; un agujero sucio, pestilente y sombrío, donde la humedad fermentaba como la cerveza. El piso no era nuevo, tenía algunos años, así como cuarenta y tantos, pero no me importó. Como tampoco me importó, inicialmente, que la única luz que entrase fuese de pago: la de Iberdrola. Y que los dormitorios, minúsculos, pareciesen concebidos para albergar figuritas de belén.

Para resumir: lo único que se salvaba en esta historia era el salón que sí era espacioso. Por supuesto, de trastero y garaje, ni hablamos. En fin, una humilde morada dentro de mis exiguas posibilidades, lo sé. Si bien es cierto, que lo verdaderamente importante para mí en esta decisión, a partes iguales entre la ilusión y el miedo, no era otra cosa que la de vivir con mi recién estrenada mujercita, disfrutar de los quince o dieciséis pájaros que por entonces tenía e intentar por todos los medios llevar una vida medianamente normal cerca del centro de la ciudad.

Sin embargo, mi bienestar era tan sólo un episodio deseado. El principio del fin llegó demasiado pronto: a los dos meses y medio de casados. Fue un domingo por la mañana, en la que el cielo amenazaba tormenta, cuando tocaron al timbre de la puerta de casa: era mi suegra.

— ¡Hombre, usted por aquí! ¿Qué? ¿Viene a ver el piso? ¿Y esos maletones? ¿Es que se va de viaje?
— Sí, aquí —gruñó.
— ¡Hostias! ¿Será una broma, no?
— ¿Me has visto alguna vez gastarte una broma? ¿Tengo, acaso, cara de chiste? —me taladró con la mirada.

Palidecí como si hubiesen anunciado mi propia muerte.

— ¡No joda! ¡Nena! ¡Nena! —reclamé angustiado a mi mujer—. Que dice tu madre que...
— Sí, Leo, ¿es que no te lo había comentado? Claro, pobrecito, vino anoche tan cansado que me dio pena discutirlo... —justificó ante su madre.
— ¿Cómo discutirlo? Tú no has discutido nada. Vamos, ni lo has intentado. Has hecho directamente lo que te ha dado la gana.
— Mira lo que te digo: mal vamos a empezar este matrimonio, te lo aviso, ¿eh?
— No te preocupes, hija —refunfuñó la madre victimizándose—. Yo no me quedo donde no me quieren. Venía a quedarme unos días, pero en vista del marido que te has buscado —espetó con desprecio— iré a morirme a cualquier rincón por ahí.
— ¿Unos días? —bufé acojonado, señalando la media docena de maletas.
— ¡Sí! —replicó parodiándome—; “Unos días, unos días”, pero ya estoy comprobando qué clase de yerno tengo y lo que puedo esperar de él en el futuro. Todos los tíos sois iguales; en cuatro días, ¡hala!, me enviarás al asilo a pudrirme.  
— Señora, tampoco es eso; no nos pongamos trágicos. No me parece mal que se quede “unos días” pero, compréndalo, estamos recién casados. La casa es pequeña, necesitamos un poco de intimidad...
— ¿Para qué? ¿Eh...? ¿Eh...? ¡Todos los tíos sois iguales, unos cerdos! ¡Siempre pensando de cintura para abajo! ¡Tenéis el cerebro en la polla!
— Señora, sin faltar…
— ¿Sin faltar...? ¡Vete a la mierda! —aulló.
— ¡Pero señora, por favor...!

El rellano de la escalera, en un abrir y cerrar de ojos, se vio convertido en el Corral de la Pacheca. Los inquilinos, a los bramidos de la señora, salieron alarmados. Balbi, desmadejada, se encerró de un portazo en la habitación. Mi suegra, a voz en grito, no se privó en absoluto de ponerme verde con todo un repertorio de improperios irrepetibles, dignos de la mejor verdulera de lonja. Y los vecinos, para colmo de calamidades, no tardaron en reprochar con reciedumbre mi despótica actitud. Ante el abucheo, muy próximo a la lapidación, no me quedó más opción que ceder y meterme la lengua en el sobaco. Bueno, antes de todo eso tuve besarle el culo, pedirle disculpas e implorarle que se quedara. ¡La ofensora se sintió ofendida…!  

— Anda, baja y paga el taxi, no llevo suelto...
— No te jode...

Efectivamente, tras el rifirrafe mantenido, mi suegra me hizo caso al pie de la letra y se quedó. Aunque “los días” que anunciase, misteriosamente, sin saber cómo ni por qué, se fueron alargando hasta convertirse en toda la eternidad. Marciana, tal y cómo temía, se hizo hueco a empujones en nuestras vidas y en nuestra casa. Sólo al principio trató, supongo, de llevarse bien conmigo. Luego le dio exactamente igual. Pocas semanas más tarde, inesperadamente, vendió su casa y yo, al conocer la noticia, me encomendé al Gran Espíritu del petirrojo. Previsora ella, donde las hubiere, y para evitar mi enojo a tal acto, depositó en una cuenta a nombre suyo y nuestro, mancomunada, un millón y medio de pesetas a fin de evitar los reproches que pudieran sobrevenir como derivación de su indefinida estancia en nuestra casa. Madre e hija, hija y madre, se fortificaron de tal suerte en unos meses que el que comenzó a sospechar que sobraba allí fui yo.

Balbina no pudo darme hijos eso, al menos, fue lo que se me vendió aunque por deducción llegué a dudar de todo. A saber: en primer lugar, le daba pánico el embarazo, pero mucho más el parto. Segundo: su aversión a los niños era manifiesta y Marciana, que en todo momento presidía sus decisiones, decía siempre al respecto: “Los niños pequeños son muy tiernos, muy ricos,... vuelta y vuelta”. Además de eso, que ya es suficiente, las posibilidades de buscar un momento de pasión fueron cada vez más escasas y arduas. Balbina, nunca estaba dispuesta para mí ni para nada; cuando no estaba cansada, le dolía la cabeza, cuando no era la regla, cuando no el bazo, cuando no... ¡Siempre le dolía algo! Con todo, si por ventura cada cuatro meses se mostraba complaciente conmigo y exhibía cierta receptividad, su madre, desde la habitación, mecánicamente extendía su bruna sombra sobre nuestra intimidad. Carraspeaba una y otra vez. Y otra. Y otra más. Tosía pertinazmente como una tuberculosa hasta alcanzar su propósito; que Balbina, desalentada, murmurase: “Anda, déjalo, mi madre nos está oyendo...”.

Mi mujer, en el fondo y en la superficie, necesitaba muy poco para desmotivarse; el vuelo de un microbio era suficiente a veces. De otra parte, la palabra sexo, suponía en sí un acto aberrante; un término desconocido, pero básicamente pecaminoso y nauseabundo que le producía arcadas: “Esto no, aquello me da vómito, lo de más allá es pecado, lo de acullá es indecente...” Eso, unido al hecho de que era más cortita que el dedo pequeño del pie y más tradicional que una mesa de camilla, hacía que yo estuviese listo… ¡Listo para terminar en el lavabo, aliviándome, recordando a la chica del vermú! ...Sin hacer ruido, claro está.

Los pájaros también fueron desapareciendo de casa. Fueron enigmáticamente muriendo uno tras otro. En cuestión de meses desaparecieron de mi existencia. Las mañanas jamás volverían las mismas. El color indescifrable y aterciopelado de sus trinos, sus cantos sonoros, devolvían cierto brillo a mi rutina diaria. A cambio, sólo me quedó un patético y mortal silencio. Un silencio quebrado por los ensordecedores resuellos que producía Marciana al dormir a pierna suelta aunque, según ella, nunca dormía.

— ¿Qué quieres en esta cueva en la que vivimos? Aquí no sobrevive nada, ni las flores de plástico. Lo que tendrías que hacer, si tuvieras huevos, que no los tienes, es darle a tu mujer una casa en condiciones.
— ¿Está hablando de su hija o de usted?
— ¡Descarado...!
— Vieja momia...

Aquel sábado cumplía años; cincuenta y siete. Nadie me había felicitado ni yo lo deseaba. Llevaba solo veintiocho días. Ellas, las lechuzas, estaban en la casita de la playa. No obstante, el teléfono, tampoco sonó. “Mejor así” —pensé—. Antes de salir de casa, me miré por última vez en el espejo del recibidor buscando detrás de las arrugas un rostro abatido. No estaba peor que cuando tenía veinte, luego había mejorado.

El devenir de los años puso de manifiesto que Balbi —me vino a la cabeza un instante— había determinado ignorarme. De hecho, no recordaba la última vez que la había besado, aunque sí a qué sabía su boca: a hamburguesa con cebolla. La abominable genética asexuada de su madre se había afincado definitivamente en aquella mujer. Gradualmente fue renunciando a verme como a un hombre, un ser humano repleto de emociones, pasiones y miedos, para convertirme en su cajero automático. También yo me cansé de otear un horizonte desierto. Ya no hacíamos el amor hacía mucho. ¿Para qué? ¿De qué servía aquella mascarada?

A pesar mío, lo que un día me sirviese de estímulo para luchar, se había transformado en una pesada carga que sólo me dejaba un profundo cansancio. Lejos, muy lejos de contemplarla como a una mujer, como la mujer que un día deseara con cierta vehemencia, la observaba como a una vaca. Jamás le haría daño, pero nunca me acercaría más de lo necesario.

Los tres, en resumen, vivíamos bajo el mismo techo bajo un pacto de indolencia. La alianza entre las dos se hizo un bastión inexpugnable que terminó con mis ansias de lucha, optando, entonces, por la más brutal de las omisiones: el silencio. Durante décadas me refugié en el trabajo. Metí en un saco mis sueños, mis delirios, mis pájaros y me olvidé de todo, como si lo ocurrido nunca me hubiese sucedido a mí. O, en el peor de los casos, hubiese sido sólo fruto de una fiebre o, quizá, una pesadilla. Anudé, con nudo gordiano, la bolsa que contenía cada uno de mis anhelos y la arrojé al tenebroso cajón donde permanece aquello que nos duele y no nos interesa desenterrar para, a continuación, sellarlo con mi olvido.

La empresa, como resultado de diversas estrategias comerciales de expansión, creció aceleradamente y alcanzó notable reconocimiento en el mercado. Y yo con ella. Ascendí a lo máximo que se podía llegar: director. Esta vez era cierto, aunque tarde. Ahora, mi desmedido afán de protagonismo había pasado a otra dimensión. Me encontraba tan abstraído, tan miserablemente envuelto en la vida y los quehaceres diarios, que me fui olvidando de mí y de lo que en realidad había anhelado ser. Me había olvidado ser sólo un gorrión para convertirme en gallina. En la maldita gallina de los huevos de oro. Al menos para aquéllas.

Fui cambiando de casa en función de mis ingresos hasta conseguir lo que pretendía; una fastuosa residencia de varias alturas emplazada sobre un regio terreno flanqueado por eucaliptos, y piscina, en una urbanización de lujo a las afueras de la ciudad. Y otra en la costa, en Torrevieja, donde poder enviar con frecuencia a las dos urracas lejos de mí. Y para no ser menos que la mayoría de mis amigos, con frecuencia, pagaba fuera de casa el cariño y el sexo que me faltaba dentro de ella. E incluso, a sabiendas que únicamente pudiera querérseme por mi posición económica, una amante. Una mujer que, al menos, mientras me sumergía en el interior de su falda, me hiciese olvidar lo desgraciado que en el fondo me sentía. Ya era un hombre más. Ya era lo que todo el mundo esperaba de mí. Seguramente todos menos yo.

Justo un año y medio antes me había sorprendido, a pesar de todo, mi propio destino: la sombra. De ningún modo había tenido dudas acerca de eso. Cada uno de nosotros escribe su destino sin vacilación al respecto, aunque también creo en un destino paralelo del que irremediablemente tampoco uno puede alejarse demasiado.

Mi destino me sobrecogió de la manera más usual en estos casos; un infarto de caballo que me dejó fuera de combate por completo. Tras una larga y penosa baja laboral me cesaron por enfermedad, dejándome una asignación muy cercana a lo ridículo hasta alcanzar la edad de jubilación. Había subido como la espuma, pero ahora me tocaba bajar como las piedras. Las deudas pronto se apoderaron de mí. El inadecuado y omnívoro tren de vida de las grullas, ajenas siempre a la angustia que me oprimía, carcomió en poco tiempo la cuenta de ahorro. Viéndome en la triste obligación de liquidar como soga de ahorcado la propiedad más lujosa que poseía, regresando al alquiler en un barrio obrero.

Y no sólo no hallé comprensión, sino que empezaron las lluvias más ácidas y despectivas. Mi falta de carácter y seguridad acudieron de nuevo a mí, reventando mi ánimo. El temor pudo más que yo. Venció mi pulso tembloroso. No supe desterrar aquellos dos tumores de mi vida. Me faltó valor. Elegí el camino del perdedor. El más humillante y menguado…

Lo recordaba al principio de este Relato. Mi vida, a partir de entonces volvió a ser, otra vez, una vida con más pena que gloria. O sea, como la de un gilipollas. Un gilipollas sin pasión por querer escalar de nuevo montañas de éxito. Un gilipollas con la ambición vencida. Un gilipollas con los sueños quebrados e incumplidos. Un gilipollas agotado psicológicamente por la frustración, la felonía en la amistad y en el amor. Un gilipollas completamente derrotado por la vida. Un gilipollas por pretender pasar desapercibido entre la gente. Un gilipollas al que todos los días, aquéllas dos, metían los dedos en la herida para echarle en cara con aborrecimiento que las deudas las devoraban. Un gilipollas que, aunque apenas pudiese valerse, debía mover el culo con disciplina espartana y, a costa de lo que fuera, traer dinero extra a casa. Pero un gilipollas, al fin, que se sentía cojonudamente bien, hasta donde el ánimo me lo permitía, soñando de nuevo cada noche con ser sólo un gorrión.

Por esa razón, tras haberlo meditado hondamente, aquella mañana de sábado, pletórico, con renovada esperanza, decidí hacer las paces con ellos.

Necesitaba una oportunidad: la oportunidad de ser feliz. Durante mucho tiempo me ignoraron. Me hicieron el vacío más cruel. Sin embargo, cuando lo daba todo por perdido y creía firmemente que su decisión de ignorarme era irrevocable, me hablaron.

Yo también les había olvidado en numerosas ocasiones.

Sin fingido rencor me hicieron saber que estaban molestos conmigo. Me expusieron una larga retahíla de motivos. Me dijeron, que me había vuelto como ellos, los humanos; miserable y egoísta. Que me había hecho adulto, estúpidamente adulto. Que me había olvidado de soñar. Que me había convertido en aquello que tanto había odiado siempre. En una pieza más de aquel siniestro y macabro engranaje. Y que yo, como el resto de los humanos, suponía a partir de ahí un peligro.

—¿Qué peligro? —quise saber.
— Simplemente el peligro de ser humano. Los humanos sois letales por naturaleza. Os movéis permanentemente en la perfidia. En la enfermiza ambición del poder y la destrucción. Vuestro desgastado y mísero corazón es sólo un buen proyecto para el mal —contestaron.

El caso, para nuestra vergüenza, es que tenían razón. Toda la razón. No hay más que asomarse con sigilo a los diarios o a las noticias para comprender la detestable magnitud del hombre en ese sentido. Somos, sin duda, el despropósito más efusivo y equivocado. La asignatura suspensa de Dios.

Me quedé sin palabras. Sin saber qué decir ni qué alegar. No tenía defensa posible. Desgraciadamente todos aquellos reproches eran definitivamente ciertos. Como especie somos lamentables, un profundo fracaso. Únicamente atiné a pedir disculpas y prometerles que yo, al menos, nunca más les volvería a fallar. Es más; tenía decidido reunirme con ellos sólo que no sabía cómo hacerlo.

— No sufras —dijeron—. Tu desilusión, tu desamor, tu melancolía, tu tristeza, tu pena por todo lo que te agobia te llevará a ello antes o después, es cuestión de tiempo. Tú eres de los nuestros, siempre lo has sido; lo que sucede es que no siempre lo has sabido y otras lo has olvidado. Pero no importa, ya estás de nuevo aquí...

Aquella noche apenas pude dormir. El termómetro, en la calle, a pesar de ser las tres de la mañana, marcaba veinticinco grados. Me encontraba solo en la ciudad. El mes de julio agonizaba en las calles desiertas. Había tomado varios cafés por lo que, aunque me acosté relativamente tarde, no pude conciliar el sueño. De todas maneras no era el café, me dije, lo que me estaba causando aquella terrible fase de ansiedad, no. La verdadera causa era, o mejor dicho, había sido, mi conversación con los pájaros. Desde que hablase con ellos, por la mañana, había quedado en mí un fuerte sedimento de reflexión.

Por segunda vez me acordé de la 'sombra' y de las heridas fatalmente situadas; tenía muchas y profundas. Tal vez demasiadas para soportarlo. También recordé el cuento que, de cuando en cuando, me relataba mi abuela en su regazo. La fábula de la rana y el vaso de leche. Aquel simpático batracio que gracias a no desfallecer ante la adversidad, de verse, o por accidente o por curiosidad en el interior de un vaso, consiguió transformar el líquido en mantequilla y saltar. Entonces me dije que sí, que durante mucho tiempo había batido sin tregua mis ancas sin flaquear y que, incluso, en ocasiones había conseguido zafarme. Pero que la maquiavélica complicidad entre el destino y la 'sombra' me habían devuelto, sin fuerza apenas para reaccionar, al monstruoso vaso de leche del que estaba seguro no poder escapar. Quizá ya no tenía ganas de escapar. Quizá sólo quería terminar con ese cansancio...

Apoyado en el balcón de la terraza, a la vez que repasaba mi vida, devoraba sin compasión una cajetilla de tabaco. Fue al tirar al vacío la colilla del cigarrillo cuando me sobrevino la pregunta.

“¿Qué pasaría si me dejara caer? Vivo en un noveno; dos, tres o cuatro segundos bastarían para detener esta angustia. Llevo más de medio siglo intentado paralizar mi zozobra y no lo he conseguido, cuando, a lo sumo, cuatro segundos bastarían... No me quedan motivos por los que luchar. No tengo hijos en los que apoyar mi cuerpo cansado ni mi alma atravesada. No tengo un amigo con el que emborracharme y llorar mis penas o conversar. No tengo una amante sincera que me ofrezca el cariño que mi mujer me niega. No tengo nada, no me queda nada por lo que seguir aquí. Me ahogo, me ahogo en este terrible vaso de leche, me ahogo...”

Entonces, sin pensarlo, sucedió. Me afirmé sobre la barandilla y, con los ojos abiertos para ver por última vez todas las estrellas, me lancé al vacío.

A medida que iba cayendo, un extraño e inexplicable fenómeno se obró en mí. Comencé a sentirme más y más ligero. Noté un inmenso cosquilleo recorrer mi cuerpo que fue multiplicándose vertiginosamente. Al mirarme, en un acto instintivo, comprobé con extraordinario asombro que mis manos y mis brazos habían desaparecido, no quedaba rastro de ellos... ¡Sólo dos pequeñas y pardas alas se agitaban ágiles en el viento tratando evitar el mortal encuentro contra el suelo!

Por poco conseguí alzar el vuelo.

Me elevé lo más alto que pude y con más ansia que nunca. En un abrazo inseparable, me fundí bajo la mirada de la ignita oscuridad. Las estrellas titilaron azules. Una luna soñolienta me guiñó su amarillento ojo de arena. Mientras volaba, me cuestioné: ¿Había sido sólo un sueño aquel que tuve cuando era un niño... O tal vez no?

La inquietud había desaparecido. La angustia, por fin, se había borrado de mi mente. La noche perfumada de jazmín me sonreía.

El hombre que había sido yo, yacía allí, muerto en el suelo.







José Hdez. Meseguer
Relatos Apócrifos... (O no tanto).
Murcia, 2006.



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