sábado, 1 de enero de 2011

EL ESTÚPIDO SUEÑO DE UN ESQUEMA UNIFILAR [Relato]



Tuvo necesariamente que leer una y otra vez aquel anuncio mientras las cejas, profundamente desconfiadas y agnósticas, se arqueaban con descaro sobre su rostro; no era posible tal barbaridad. “Esas cosas no suceden” —se dijo con absoluto convencimiento.

A renglón seguido siguió leyendo el dominical como si no hubiese leído el anuncio, o, mejor aún; como si no se hubiese publicado nada especial en las ofertas de empleo, aquella luminosa mañana de primavera. Y es que, Eliseo Martín, no se había caído aquella mañana de domingo precisamente del alféizar de ninguna ventana, ni a esas alturas de su vida podían engañarle impunemente con cualquier patraña como si fuese un estúpido polluelo recién salido del cascarón, no. No, porque Eliseo, por muchas razones, además, había aprendido a creerse sólo lo justo de la gente. Y sólo lo justo, era casi nada.

Eliseo no había tenido una infancia feliz; había pasado, como reza la canción de Manuel Alejandro, “De la niñez a los asuntos” sin apenas saborear el tiempo que fatalmente dejaba atrás. Un tiempo confuso que no echaba de menos y del que tampoco necesitaba guardar recuerdos. En todo caso, los que aún mantenía vivos no eran precisamente buenos. El orfanato, aquel pavoroso lugar, todavía le hacía despertar sobresaltado, asustado y sudoroso. Aún evocaba con estremecimiento la siniestra y rancia construcción, elevarse muda, ciclópea y fantasmal, entre huertos secuestrados por la niebla. Sin balcones, apenas unas docenas de ínfimos ventanucos simétricos y equidistantes, la titánica construcción de nueve plantas más parecía una prisión que cualquier otra cosa. En cierto modo, así era. Él tan sólo era un niño, y aunque su memoria quedaba atrapada por la ambigüedad que supone la distorsión del tiempo, conservaba intactas ciertas emociones; casi todas de miedo. El padre Damián y su oculta iniquidad: demasiado tarde, ahora, para evitar sellar el carácter y la personalidad del muchacho. De hecho, Eliseo, no llegó a superar de puertas adentro su infancia. Las amenazas, los abusos y las palizas a las que fue sometido en su niñez le convirtieron sin regreso en un ser huidizo y misántropo.

Probablemente, por esa razón, desde entonces, al enjuiciar al mundo desde su particular óptica lo hacía sin maquillajes de ningún tipo. Con inevitablemente resentimiento. Su odio contenido hacia los demás se escapaba por cada poro de su piel sin querer evitarlo. Sumergido boca abajo en esa espiral de desconfianza y rencor entraban todas las personas sin excepción, con lo cual, jamás había gozado de una amistad íntima, ni había conversado con nadie más allá de su trabajo. Nunca escribió una carta de amor ni tampoco supo qué sabor tenía un beso. Nunca puso un “te quiero” en sus labios, ni rodó una lágrima por su mejilla ante un “adiós”. Nunca, en esa primavera adormecida, se estremeció por el destello de una mirada ni tuvo oportunidad de robarle una sensación al amor. Nunca contempló la luna de agosto en una playa solitaria de la mano de una chica, ni tembló al ser acariciado. Esas sensaciones, Eliseo, las desconocía por completo. En su diario, eran hojas arrancadas antes de haber sido halladas y leídas…

A pesar de todo, a pesar de que su niñez era su peor recuerdo. A pesar de no conocer el amor ni otras tantas emociones. A pesar de tener secuestrados los versos en la boca y en el alma, y paralizada la sensibilidad para inmutarse ante la mayoría de las cosas, Eliseo, había conseguido sobrevivir cerrando herméticamente puertas y ventanas al pasado, que no es exactamente lo mismo que al olvido. “Olvidar” era un término excesivo que procuraba evadir para no echarse encima sus propios monstruos. Sólo de vez en cuando, si bebía de más, destapaba por error o por torpeza aquel cajón donde se hallaban babosamente amontonados. Sólo entonces emergían del fondo de su memoria harapientos y nauseabundos, patéticos y voraces, carroñeros e histriónicos, para pasearse por sus heridas. Por suerte, ese laberinto emocional era sometido, no sin cierta lucha, por su fuerza de voluntad y por la desvanecedora mano del tiempo, que difuminaba y puede que hasta diluyese indiscutibles fotogramas pretéritos. Y es que Eliseo ya no era un niño aunque gozase de un aspecto aniñado. Se encontraba muy próximo a acariciar las confusas puertas de los cuarenta.

Atravesada una juventud colmada de vacilaciones y temores, de suficiente monotonía y tardes de generosos paseos por las calles de Cartagena, terminó con relativa facilidad la carrera de ingeniería en la rama de electricidad. No porque fuera exactamente un individuo del otro jueves, sino porque no tuvo otra manera de matar su tiempo, que era todo. Más allá de las verjas de la facultad volvía a recluirse en sí mismo, volvía a ser ese extraño personaje del que sólo se conocía su apellido. Su alejamiento y ostracismo con los demás era total. No se relacionaba con nadie. Nunca salía con nadie, ni asistía a fiesta alguna. Esa infranqueable muralla impidió a sus compañeros desde el inicio bucear en los motivos de su misticismo, y se limitaron en la distancia a etiquetarle como: “El Espiritual”.

Tres meses y medio después de concluir los estudios de ingeniería y gracias a su excelente historial académico, comenzó a trabajar para una multinacional del sector. Por suerte para él, y ante la imposibilidad de ser contratado directamente, ambos, la empresa y Eliseo, acordaron una fórmula nada convencional. Eliseo efectuaría los cálculos de los cuadros eléctricos cómodamente desde casa sin tener que desplazarse forzosamente al despacho, disponiendo de los dispositivos precisos facilitados por la Compañía; fax, teléfono, fotocopiadora y ordenador de última generación. Incluida mensajería urgente, si la requería, además de todo tipo de libros de consulta. De tal manera, Eliseo, recibía los esquemas unifilares diariamente por correo electrónico, los estudiaba y los devolvía debidamente automatizados empleando a continuación trámites más o menos expeditivos según la urgencia del estudio y el volumen. Era el trabajo perfecto. Un traje no le hubiese quedado tan a su medida teniendo en cuenta su específica forma de ser. Luego, por cada veinte estudios ejecutados, recibía un cheque lo suficientemente interesante como para vivir sin lujos, pero sin agobios.

Fue precisamente aquella mañana cuando lentamente en las sombras, tal y como planean sus actos los sicarios, sus propios esquemas mentales se desprendieron de su mente y decidieron trabajar por cuenta ajena. Es cierto. En ese instante, tras decirse que aquel anuncio no era más una patraña y un cebo para tontos, continuó leyendo el diario como si la noticia no hubiese existido jamás. Como si nunca hubiese sido publicada. Aunque tampoco leyó el periódico como siempre, como cualquier mañana de domingo. Ya no. Algo inevitablemente estaba mutando. Aparentemente seguía ojeando el dominical sentado en la terraza del bar aquella luminosa mañana de primavera, pero de la mitad de las cosas que leía no se enteraba adecuadamente. Tenía, obligatoriamente, que volver a leer lo leído más de una vez si pretendía informarse. Lo peor que podía sucederle a él, como a cualquier lector, era no haber arrancado ninguna conclusión tras leerse un artículo. La que fuera. Es como leer a Joan Benet; un galimatías de autor. Un jeroglífico de tío en el que uno se ve envuelto a medio libro sin saber para dónde tirar. Y lo peor: sin haberse enterado. La criptografía de su literatura lo hace inaccesible.

Algo parecido le sucedía a Eliseo Martín. Leía, sí, reconocía las letras, sí, pero de nada valía. Era incapaz de comprender los mensajes escritos. Las letras danzaban confusas e inconexas ante él hasta el punto y final. Evitó, más de una vez, volver a leer el anuncio pero a decir verdad no le hizo falta. Las condiciones de trabajo eran tan sorprendentes que se le habían grabado en el cerebro prácticamente sin hacer nada. Entretanto, sus esquemas mentales comenzaron a dar los primeros signos de independencia…

“… Lo cierto es que cumplo todos los requisitos. Llevo más de diez años en esta empresa estudiando cuadros eléctricos…”

Apuró su cerveza, pero no se marchó a casa como hacía de un modo habitual. Pidió otra mecánicamente, aprovechando que, Tomás, el camarero, se encontraba pendiente de servirle. Por un momento se sintió cómodo; la cálida luz de abril se colaba como una serpiente de colores devorando la oscuridad de la calle salón. Pensó, entonces, que para qué tanta prisa, era domingo, no tenía grandes cosas que hacer ni a quién darle cuentas. Vivía solo.

“Esa es una de las cosas que en cierto modo echas en falta. Si hubieses sido de otra manera, menos tímido, más sociable, quizá hoy tendrías prometida —se dijo apretando media sonrisa de decepción—. Claro que con lo que ganas no tendrías para muchos caprichos. Sería cuestión de trabajar más y solicitar más estudios. A lo mejor ella trabajaría, ¿por qué no? Tampoco es tan extraño. Tal vez estarías casado. Conoces gente que se casa, tampoco eso debe ser una cosa del otro mundo. Tendrías con quien conversar en vez de encontrarte aquí, solo, observando a la gente que pasea. Luego llegarías a casa y ella te estaría esperando. O se encontraría aquí, contigo, tomando una cerveza. También las noches serían diferentes. Tienes que admitir que sería bonito, muy bonito. Con un trabajo como el que ofrecen podrías hacer grandes cosas…”

Sin pensarlo, abrió el periódico justo por las Ofertas de Empleo: ahí se hallaba ofreciéndole la manzana. En primera página impar, a la derecha. Atractivo. Con estilo. Estudiadamente solitario como si no hubiese más ofertas. Con seductoras letras en negrita cursiva:


“Mayorista de Material Eléctrico busca Gerente”

Requisitos:

-Experiencia de 10 años en el ramo.
-Ambicioso y con capacidad para dirigir un equipo humano.
-Comercial con experiencia. No imprescindible.
-Formación a cargo de la empresa para desempeñar el puesto.

Ofrecemos:

-Retribución de 6.000€ brutos/mensuales.
-Régimen General de la Seguridad Social.


Volvió a leer el anuncio. Ahora con otros ojos. Durante diez segundos se dejó seducir por el almíbar de las letras. Un lejano canto de sirenas envolvió su mente. Su cerebro, a partir de ese momento, comenzó a escindirse en dos personajes antagonistas. El primero, el áspero, el precavido, el hosco, el desconfiado, gruñó desde la parte más subterránea de su mente:

“No sigas por ese camino, todo eso es una puta falacia. No te compliques la vida, vives muy bien como vives. Qué necesidad tienes de…”

El segundo, por el contrario, era el frágil; el que permanecía escondido como un niño asustado, el que se negaba a salir del cuarto oscuro, el que no había conseguido superar su infancia. Pero, a la vez, el que mantenía ventanas de luz abiertas a la esperanza. El que precisaba ser amado. El que necesitaba soñar. El que pretendía escapar de la soledad. El que echaba en falta ser un hombre como cualquier otro. No libre de fobias, ojalá. Pero sí, al menos, con el propósito indiscutible de escalar las barreras que encontrase a su paso. A la sazón, domando en un esfuerzo su timidez, se pronunció por primera vez:

“La vida, dijo, no es otra cosa que una carrera de obstáculos donde no se tiene más que dos opciones: o saltas y sigues corriendo hasta el siguiente o te quedas quieto permitiendo que ésta, la vida, te devore como si de un monstruo se tratase. En todo caso, aquí, en esta competición tan falta de sentido nunca hay ganadores, pero sí perdedores. Los perdedores se arrinconan, se quedan lloriqueando como estúpidas plañideras culpando a los demás de sus errores, de su falta de valentía. Mientras los otros continúan frenéticamente saltando vallas. Así son las cosas; bastante más sencillas de lo que parecen. Así de concluyentes. ¿En qué punto quieres situarte Eliseo? —inquirió—. Sólo existe dos tipos de personas: las que corren tras sus sueños y las que renuncian a ellos. ¿Qué tipo de persona eres tú Eliseo? —volvió a preguntarle.”

Desde el otro ángulo del pensamiento, berreó el primero:

“¿Qué intentas con esa elucubración barata de vendedor de medio pelo, complicarte la vida? ¿Trabajar sin descanso todos los días hasta las once de la noche? ¿Perder la salud por el proyecto de los demás? ¿Soportar broncas desmedidas y humillaciones cuando los números del jefe supremo no salgan como él necesita? ¿O cuando no haya follado a su gusto esa noche? ¿Insufribles reuniones de trabajo hasta la extenuación? ¿Perder tu calidad de vida por ser gerente en una empresa en la que, en el momento en el que las cosas se pongan mal, te van a dar una patada en el culo? ¿Eso vale 6.000 €? Me parece un regalo. No seas ingenuo, por favor. Tienes la vida resuelta; tu casa, tu trabajo fijo, tu sueldo aunque no sea una cosa del otro mundo, tu cochecito. ¿Qué más quieres…?”

La parte combativa e idealista, la que durante tantos años había permanecido eclipsada, vio claro su minuto de venganza y protestó repleta de coraje. Había permanecido demasiado tiempo en silencio ocultando sus proyectos por culpa de su otra mitad. Por culpa de aquel hurón esquivo y despreciable:

“Un porcentaje altísimo de las cosas que nos rodean en la vida son obligaciones y no por ello podemos rehuirlas; no te apetece ir a casa tía Inés pero sabes que está enferma y vas. No quieres hacer la compra los sábados por la mañana, pero no te queda más remedio que llenar la despensa y lo haces. No quisieras dejarte la vista delante del ordenador ocho, diez o doce horas diarias estudiando esquemas eléctricos pero lo haces, cobras por ello. Así, mil cosas. Como también debería quedarte claro que el ser humano está hecho para muchas cosas, pero la soledad no debería ser una de ellas. Tú, Eliseo —reprochó—, jamás has tenido la oportunidad de conocer a una chica, de enamorarte, de sentir una caricia, pero, ¿acaso la has buscado? Te las limitado a encerrarte en tu mundo y desaparecer tras él con la parte más miserable y cobarde de ti"

"Y no sólo te has castigado tú, también me has castigado a mí no permitiéndome luchar por un sueño. Todo en tu vida ha sido un puto esquema unifilar. Todo ha debido ser anticipadamente calculado con precisión milimétrica y lógica aplastante. ¿Y sabes qué? Estás profundamente equivocado. Vas en dirección prohibida hace muchos años, porque la gente a pesar tuyo, y de tu amigo el hurón, sale a la calle y pasea. Se enamora, hace planes, el sol calienta… Nos hemos perdido tantas cosas por ser así que me da miedo pensarlo. Llevo toda mi vida contigo y no he aprendido nada, no he vivido, no he sentido. Sólo he recibido como castigo tus miedos, unos miedos paralizantes y abominables; los miedos de tu pasado. Unos miedos que han inmovilizado nuestros actos futuros. Únicamente hemos sabido mirar hacia atrás. Estamos perdiendo el contacto con la realidad, con el inesperado abanico de colores que nos ofrece la vida aunque ésta, infiel y desagradecida, por cada zalamería que nos regale nos dé cien bofetadas. No estamos viviendo el presente. No dejas nada a la improvisación ni a la magia del momento por si acaso nos equivocamos. Y probablemente ese sea nuestro mayor error; nos estamos equivocando por evitar equivocarnos."

"Deberías mirarte de cuando en cuando en un espejo y reflexionar. Deberías pensar que, a veces, es bueno equivocarse, lo que no significa básicamente nada. No se debe depender del pasado. El pasado está bien donde está y vale para recordar. Vale para situarnos en el presente de una forma coherente. Vale para indicarnos lo que debemos hacer, o no, desde la experiencia. Pero esencialmente sirve como hoja de ruta del futuro, aunque me temo que a ti no te ha hecho falta…”

“De todas formas, ¿imaginas sólo por un instante que quisieras cambiar de actitud y asomar tu oxidado hocico a un mundo que está ahí fuera esperándote? ¿Imaginas que fueras capaz de perder el miedo a tus miedos? ¿Imaginas que fueras capaz de todo eso?”

“Mañana, muy temprano, llamarías a esa empresa. Te darían cita para primera hora de la tarde, a las cuatro; la urgencia de contratar a un gerente es total. De acuerdo. Durante esa jornada no serías capaz de concentrarte en el esquema que tienes pendiente de estudiar pero no importa, no es demasiado urgente, puede esperar veinticuatro horas. Así que la dedicas a ti; bajas a la tienda que tienes justo al lado de casa y te compras una camisa nueva y una corbata muy actual. Tienes toda la mañana libre, aunque el reloj parece correr más de la cuenta y tienes la sensación de que al final puedas llegar tarde. Te afeitas mejor que nunca, con cuchilla, te duchas, te aseas y tomas un café en la cocina.”

—¡Horror! ¡Las once y veinte! ¡Tengo que plancharme la camisa y buscar sin dilación un traje adecuado, no sirve cualquiera! ¡Pero sólo tengo trajes de invierno…! ¡Ah! ¡Menos mal, aquí tengo uno que apenas me he puesto, lo había olvidado…! ¡Qué susto! ¡No había reparado en que lo llevé a la tintorería porque lo manché! Este me irá como un guante, tiene un reflejo acerado que me gusta…

“Bueno, ya has vuelto ha calmarte, ya ha pasado el susto. Pones música instrumental en tu equipo, tomas oxigeno y te fumas un cigarrillo tratando de calmar tu ansiedad. Mejor dos. Ya, repuesto, te planchas tu camisa que queda impecable. Es de buena calidad, ha costado una pasta: 70€, pero merece la pena, esta camisa te durará años. Quizá, dentro de unas semanas, puedas comprarte veinte. No te preocupes ahora. Céntrate en conseguir tu objetivo. ¡Lucha! Las doce y cinco. Recibes dos faxes de esquemas para su estudio, pero llamas a tu jefe y le dices que no cuente con ellos para hoy, que es imposible, que tienes que salir y que no sabes cuándo regresarás. Deberías comer algo antes de irte a la entrevista; sólo llevas encima dos cafés y media docena de cigarrillos que te están jodiendo el estómago. Pero no te apetece, es imposible comer sin apetito, sólo te apetece fumar y empiezas a ponerte nervioso… ¡Joder, con los nervios se te ha olvidado redactar el Currículum Vitae…! ¡Y no vale cualquier cosa, tienes que redactarlo de puta madre, debes causar buena impresión! Afortunadamente tienes impresora también. No tardarás mucho a menos que te equivoques, no tienes costumbre…”

“No sufras, ya has terminado. ¿Ves cómo no has tenido ningún error? Ahora, vístete, aún andas por casa en paños menores. Te ha sobrado mucho tiempo, son las dos, pero ya “Estás arregladito como para ir de boda”, que cantara Serrat. Lo que debes hacer ahora es calmarte. Calmarte y tener un plan previsto por los imprevistos. Si quieres optar a ese puesto te interesa dar una extraordinaria sensación de madurez y dominio. Es absolutamente imprescindible que vean en ti lo que buscan: un triunfador. Por tanto, serénate. Serénate y pon tus cinco sentidos en conseguirlo… ¡Suerte tigre!”

“La entrevista te salió de puta madre: la has bordado, cabrón. El seleccionador de personal se quedó boquiabierto con tu estilo y con tu personalidad, has roto esquemas; seguro que el puesto es tuyo… ¡Eres la hostia! Este es el inicio de tu nueva estrella, la que más va a lucir en el cielo este verano. Y no contento con eso, perfiláis por adelantado una estrategia comercial el seleccionador y tú para posicionar el Almacén ante la competencia, dando más que por hecho que el puesto de gerente es tuyo. Pero,… ¡en un bar de copas! ¡Cómo si fuerais viejos amigos! ¡Qué bueno eres! ¡Por fin has salido de tu concha! ¡Eras un Ferrari a veinte por hora…! ¡Ah! Y no creas que no me he dado cuenta, ¿eh? Mientras diseñabais el futuro comercial de la empresa, había una muchacha hermosísima en una esquina de la barra que no te quitaba los ojos de encima. Ya sé, ya sé. Tú estabas completamente abstraído hablando de negocios. Ella, sin embargo, estaba pendiente de tus movimientos y tus gesticulaciones. Y de tu traje. Y de tu corbata. Y de tu aspecto ¡Ha quedado encandilada! Y lo mejor: trabaja en unas oficinas que hay a cincuenta metros de la tuya. O sea; vas a coincidir con ella más de una vez…”

“Te lo dije hace aproximadamente un año ahora: “El puesto es tuyo”. Así ha sido, ¿ves? No me equivoqué en nada. El destino a veces se toma su tiempo para dictarnos. Sí, el año ha sido durísimo. Lo sé. Tenías una labor mesiánica que cumplir. Tenías que darle un drástico giro a la empresa que andaba de capa caída y te ha llevado muchas horas, tal vez demasiadas. Las reuniones, tal y como predijo el hurón, han sido insufribles y agotadoras; te has dejado las pestañas tratando de controlar los márgenes para optimizar al máximo los recursos. En definitiva, has tratado la sociedad como si fuera tuya, casi como a una hija; con cariño, con cuidado, con tacto; todo ha sido insuficiente para darle lo mejor.”

“Los fines de semana por fuerza dejaron de existir, simplemente desaparecieron. Se esfumaron entre números y los balances. Entre balances y más números. La mayoría de ellos los has dedicado a preparar asuntos, oculto en el Almacén, como si fueras un ladrón. Te has consagrado sin tiempo ni medida, hasta la extenuación, a contar una y otra vez artículos y referencias que no te cuadraban, haciendo una exhaustiva revisión del stock. Te has dedicado a confeccionar por tu cuenta pedidos para ese tipo de cliente soez, cretino e impertinente, que no podía esperar un solo minuto, y que necesita la mercancía para “ayer”. Has preparado meticulosamente los gráficos de ventas y compras que debían estar dispuestos el lunes a primera hora. Has trabajado con bizarría los márgenes comerciales hasta las doce de la noche."

"Pero, ante todo y por encima de todo, has pensado. Has pensado mucho. Pensado cómo y de qué manera ser más eficaz. Y se nota. ¡Vaya si se nota! Se nota en todo. Has adelgazado notablemente. La tensión acumulada se deja sentir en tu cuerpo de una forma feroz. Parece que te has echado encima, de golpe, una década. En este año, tu cabello, ha tomado un tono grisáceo. Tu semblante es un tanto ceniciento, y tus ojeras han adquirido un color azulado que no me gusta nada. Apenas comes y cuando lo haces es, invariablemente, con la prisa del demonio. Siempre te espera alguien que tiene algo importante que decirte; o un proveedor, o debes hacer algo con extrema urgencia que se te había olvidado… Y claro, la úlcera te está engordando que da gusto. ¡Bueno y lo de dormir es el colmo! Nunca has dormido de un modo desmedido pero es que últimamente no pegas ojo. A las tres de la madrugada te asaltan unos temores insoportables que te hacen sudar escandalosamente. Súbitamente, recuerdas tal o cual gestión que, incomprensiblemente y a pesar de ser una buena oferta se ha perdido ante la competencia, y las explicaciones que vas a tener que soltar al respecto."

"Y por supuesto justificarlas de una manera diligente, si no, bronca. Y de las que hacen época. O de la reunión que tienes a primera hora con el jefazo supremo: entonces te da la temblequera. El cabrón, con lo simpático que parecía cuando lo conociste. Ahora más parece el lugarteniente de Hitler que otra cosa. Se ha vuelto desagradable y despótico. ¿Se ha vuelto o siempre fue así, sólo que en esa ocasión se disfrazó de persona para atraer tu interés? Y eso que este año has logrado lo que nadie anteriormente consiguió; duplicar la facturación de la Delegación. Pero es que este tío jamás está satisfecho; parece una jodida ninfómana. Además, sabes con certeza, que tan acojonante resultado este ejercicio no te dejará un segundo de respiro. Es más: te deparará más inconvenientes que ventajas en breve. Sin ir más lejos el año que viene. Porque,… ¿no se te pasará por la cabeza bajar la guardia, no? ¿No serás de los que al año siguiente se duermen en los laureles y se quedan por debajo de los objetivos impuestos, no? Porque te pueden crucificar…”

“Eso por no hablar de los cambios que has tenido que hacer en la Delegación. Tuviste que despedir a las tres secretarias que había, aunque la idea no fuera precisamente tuya. A la primera porque estaba preñada hasta las cejas y su baja causaría un estropicio en la Organización a corto plazo, además de tener que mantenerla dos años más en la empresa entre pitos y flautas. Ya sabes; baja por parto, jornada reducida… En fin, un rollo. A la segunda porque, la pobre, era más fea que un pie con las uñas como higos chumbos y que, más que atraer los clientes, los espantaba. Y a la tercera, que estaba inmensa, y que no parecía una mujer normal de lo buena que estaba, por hacerle un corte de mangas al soplagaitas del hijo del jefazo tras propinarle una señora hostia al intentar sobrepasarse. Ya sé que la idea no fue tuya pero, chato, tú eras el responsable…”

“No obstante, no hay mal que por bien no venga. Despediste a tres, sí. Pero, a cambio, contrataste a una sola secretaria que tuvo que hacer el trabajo de las tres: eso se llama 'ROMC': “Rentabilidad y Optimización de Medios por Cojones”. Y aunque la despótica idea tampoco fuese tuya, eso Marta no lo sabe, ni tú se lo puedes aclarar. Con lo que naturalmente te culpa directamente a ti de su interminable exceso de trabajo y tampoco puede evitar mirarte como te mira; con los ojos inyectados en sangre. Más tarde el exterminio se fue extendiendo como la lava; en todas las direcciones. Pero los recortes eran precisos, ya lo sabes. Casi todos los comerciales fueron automáticamente despedidos en cuanto salió a la palestra su ratio de visitas y ventas. Su argumentación no fue forzosamente convincente para el jefazo. Para ti, sí, lo sé, pero tú no cuentas, no debías hablar. Tenías que apoyar incondicionalmente la visión de la empresa. Ponte en el lugar del dueño: ¡Tú no puedes dar treinta días de vacaciones a ningún empleado! ¿Y la facturación…? ¿Y los pedidos…? Porque, eso sí, comer queremos comer todos los días, ¿no? Y que nos paguen, aunque sea el día doce, ¿no? Pues habrá que currar, si no, ¿qué…? ¡Luego querrán que las comisiones se paguen! Y se pagan, desde luego, aunque no mensual ni trimestralmente. De eso nada."

"Únicamente después de haber repartido eficazmente. O sea; como Dios manda. ¡No, hombre, no, hasta ahí podíamos llegar! Antes tiene que cobrar otra mucha gente: los accionistas, los peces gordos de la Compañía, los cancerberos de turno, los perros de presa, los pelotas lameculos, los traidores, los cínicos, los cuelga medallas, los trepas sin escrúpulos… Y finalmente, y antes de llegar a los comerciales, que están todo el día por ahí tocándose los huevos sin dar un palo al agua y que son, sin duda, unos parásitos vividores, está la CEC: los “Chicos Economistas de la Central”, que dedican su tiempo y su esfuerzo al “recorte”. O dicho de otro modo; a estudiar con lupa la fórmula de que se cobre lo justo. Y cuando digo lo justo, es sólo lo “justo”. Después ya sabes lo que pasó, era de suponer. Los muy cabrones nos demandaron, ¡qué hijos de puta! De todas maneras fíjate si fueron del todo gilipollas: al final sacaron económicamente mucho menos en la indemnización por despido que los atrasos que les correspondía. Porque, claro, se les debía mucho en comisiones, sí, pero en “negro”." 

“Sólo quedó uno. Un pobre desgraciado con más hijos que púas y más púas que hijos, el cual, no podía ni permitirse el necesario pero honrado lujo de tomarse unos días de vacaciones. Bueno, él y tú, que obviamente tenías que hacer las gestiones comerciales de los que habían sido cesados, más las propias del cargo. Reconoce que era necesario. Tu labor, tu divina misión, tu eje, el sentido de tu vida, de tu existencia era el “ROMC”. Te debías en cuerpo y alma al “ROMC” y a la divina mano que te daba de comer…” 

“En resumidas cuentas: aunque ni tu apaleada conciencia ni tu calidad de vida atravesaban su mejor momento, el reto profesional bien valía el sacrificio. Eso es, al menos, lo que te empeñaste en creer. Todo en esta vida tiene un precio. Precio que hay que pagar de una u otra manera. Al fin y al cabo la vida, aunque a veces nos confunda, no deja de ser como la Parábola del Buen Restaurante: entras, y ella, como eficaz camarera, te exhibe su infinito catálogo de posibilidades. Uno puede pedir, como plato único, unas modestas chuletitas de cordero, vino de la casa y poco más. O por el contrario, de primero, quisquilla del Mar Menor, bogavante y vino de O Ribeiro. Y de segundo, chuletón de Ávila y Ribera del Duero. Da igual. Al salir por la puerta tendrás que pagar por lo que hayas consumido. Hay quien sale satisfecho, y quien encuentra un ultraje de proporciones indecentes la cuenta, pero esa es otra historia…”

“El anuncio de trabajo no mentía al respecto. Nadie dijo en ningún momento que ibas a vivir cojonudamente en todas las facetas de tu vida. Sabes muy bien que la responsabilidad a esos niveles es casi siempre una labor desagradable; no en vano la llaman “La Soledad del Poder”. Tú lo podías comprobar a diario, dentro, en la empresa. El personal que aún sobrevivía al holocausto se dirigía a ti con respeto, pero sólo eso. Respeto no es necesariamente sinónimo de amistad. Si eras capaz de interpretar entre líneas sus mensajes subliminales, y tú eras capaz, te darías perfecta cuenta que la gente, en el fondo, no te apreciaba en absoluto. Todo en sus miradas y en sus conversaciones se revelaba como una auténtica mentira. Como una auténtica farsa, como un auténtico teatro. En realidad, la gente que te rodeaba te aborrecía. Detrás de sus ojos, detrás sus labios, detrás sus palabras, se agazapaba el verdadero sentimiento hacia a ti: odio. Esa era la palabra adecuada: odio. Sólo que eso tú ya lo sabías. Y seguramente antes que ellos. Habías coexistido durante toda tu vida con esa lacerante emoción."

"De hecho evitaban, con las excusas más prosaicas, juntarse contigo después del trabajo a tomar aunque fuera una puñetera cerveza. No querían tener nada que ver con la persona que había destripado en poco más de un año la mitad del personal. Y una vez más, el espeso ambiente ni lo habías creado tú, ni tú habías sido el precursor de tan maquiavélica idea. Únicamente, si acaso, habías planteado a la Sociedad como gestor que eras, un plan de viabilidad comercial que en ningún caso pasaba por despedir al personal de aquella humillante manera. Ni calculabas que tuvieran que ser engañados al ser despedidos. Ni siquiera encontrabas razonables los métodos. Tu plan era diametralmente opuesto pero, ¿quién te iba a creer? ¿Cómo iban a creerse que habías ejercido de enlace sindical solicitando para los comerciales turnos rotatorios de vacaciones y puntualidad en el pago de sus nóminas y comisiones viendo lo visto? Era imposible. Era como intentar evangelizar a un terrorista, o al revés: como irse de putas con San Pedro.”

“Una vez más volvías a sentirte gravemente dividido; era uno de los pagos inaplazables. Porque lo de sentirte solo no te inquietaba más de la cuenta, era una sensación sobradamente conocida para ti. Y efectivamente, como todo tiene su precio, tú tenías el tuyo: habías adquirido un cochazo de los que con menos se hace historia. Te habías gastado siete kilos de nada casi al contado. Y, al fin, aquellas costosas pero necesarias reformas con las que soñabas en casa, hacerlas realidad. Y, cómo no, vestirla de arriba a abajo y decorarla como siempre deseaste; hasta el último detalle. Era como sacada de una revista de “El Corte Inglés”. Parecía otra. De facto era otra. Porque tu gusto por lo exquisito estaba fuera de toda sospecha. Tú siempre lo decías: “Lo peor que hay en este mundo es poseer un paladar fino y un gusto por las cosas portentoso, y tener que mirarse los bolsillos con miedo”. Que es lo mismo que decir, que uno no debería ser pobre teniendo gustos de rico. O que los pobres, en todo caso, deberíamos tener limitados los sentidos hacia las cosas inalcanzables que nos rodean, porque así sufriríamos mucho menos. Y es que, algo todavía peor que ser pobre, es aparentarlo.”

“Claro que aquél, por fortuna, ya no es tu caso. Te encuentras muy alejado de esa situación de desastre económico. Y por supuesto estamos de acuerdo en que efectivamente estás pagando una elevadísima factura. Pero toda esta infamia forma parte del histriónico juego. De esta sórdida y despiadada travesura que no es otra cosa que ganar o perder. Y tú, acuérdate; durante largos y agotadores años no has hecho otra cosa que perder. Es ahora, sólo ahora, cuando estás ganando. ¿Acaso han de morir unos para que otros sobrevivan? ¡Lógico! ¿Qué esperabas? Es la misma cadena alimentaria que existe en la jungla, entre los animales salvajes, llevada en clave de corbata, traje e hipocresía, al puto asfalto. Por desgracia nada es diferente. Seguimos siendo igual que ellos, unas bestias predadoras, sólo que peores: ellos lo hacen exclusivamente por instinto, nosotros por codicia. Por el afán desmedido de atesorar pisando, si es necesario, el cuello de todo aquel que se interponga. Aunque eso no debe suponerte ningún conflicto; aquí, en este plano, apenas hay zonas grises. Las cosas son como son."

"Tú tan sólo eres la consecuencia, el producto, un peón dirigido entre bambalinas dentro de un ciclópeo sistema de destrucción que, retóricamente hablando, denominaremos ajedrez. Y desde esa situación de supervivencia has actuado. Tampoco te han quedado opciones que barajar. ¿O es que acaso estabas dispuesto a sacrificar tu flamante puesto de gerente por defender a cuatro tipejos que mañana serán pasado y pasado serán historia? ¡No jodas! ¡No merece la pena! Tú ya has triunfado y te encuentras en la cumbre absoluta del éxito. Ahora, lo que debes hacer, es preocuparte tan sólo de ti. De lucirte en tu cochazo. De ser la comidilla de los vecinos. De que se mueran de la envidia. De disfrutar tu majestuosa casa, que se te ha quedado como un pincel. Y de pasear e invitar a tu novia, ahora que puedes. Ahora que tienes. No siempre pudiste decir lo mismo. ¿Sí o no?”

“Demás está que te diga que las mujeres no los prefieren rubios o morenos, altos o bajos, gordos o delgados, de ojos verdes, azules o pardos. Es lo de menos, créelo. El romanticismo no pertenece a la revolucionaria y pragmática sociedad de este siglo. Los eligen triunfadores, que es sinónimo inevitable de “cartera abultada”. Ya sabes que las penas con pan son menos penas. Y que, la manida fábula de “Contigo pan y cebolla debajo de un puente”, es simplemente una burda mentira fabricada, sin duda, por un perdedor…”

“¿Eh? ¿Pero qué te sucede? ¿Me estás oyendo? ¿Oyes lo que te digo? ¿Qué te está pasando…?” 

El sol se había deslizado suavemente como una caricia tras unos cirros de color bermellón, cuando, Eliseo, pareció recuperar el consciente. Sin darse apenas cuenta, momentos después, el sol se fugaba más allá, ocultando su abrasadora bola granate entre los pechos azulados de las montañas. En realidad no supo calcular qué tiempo había permanecido en el extraño delirio que le había sujetado a la silla del bar varias horas, acertando, únicamente, a beber cerveza. Aunque lo cierto es que en el interior más subrepticio de su mente, aquellos dos incompatibles y obstinados enemigos habían pleiteado hasta la saciedad sus ideas… 

Enseguida, como pudo, escondido en un rincón de sus efluvios y con el último aliento de coherencia, quiso asirse vehementemente a los cientos de preguntas sin contestar que aleteaban en el aire dúctil de la tarde. Preguntas, que todavía correteaban por su cerebro como pequeños duendes danzarines. Preguntas sin respuesta. Las voces, las diminutas e invisibles voces, sin embargo, se habían extinguido de puntillas sin dejar rastro. Se habían desvanecido mágicamente entre las sutiles fragancias que llevaban y traían los jazmineros de los jardines cercanos.

Se habían evaporado sencillamente porque Eliseo, el de siempre, el que todos conocían tan sólo de vista, el misántropo, el tímido, el cobarde, el incapaz, había regresado. Había retomado nuevamente el control de su raciocino, aun cuando ello le supusiese daños colaterales irreversibles a su maltrecha esperanza. El cántaro de la lechera, una vez más, se había destrozado contra el suelo derramando cada uno de sus muchos y necesitados pero a la vez, para él, quiméricos sueños.

Sus preguntas quedaron ahí, detenidas como estatuas. Silentes. Sin respuesta.

La tarde continuó rodando estoica hacia el crepúsculo. Él se encontraba demasiado borracho y sólo pensó en la cantidad de esquemas unifilares que tenía todavía pendientes de hacer al día siguiente…




José Hdez. Meseguer
Relatos Apócrifos... (O no tanto).
Murcia, 2006




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