sábado, 7 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM | LA VOZ DEL PÁNICO [Introito]



Introito


La noche. La noche es inmensa. No tiene fin. Es un incalculable cristal de obsidiana que, como un dios diabólico y espectral, de garfios ennegrecidos, se precipita con odio sobre ti. Es un cristal roto, astillado bajo fraguas de neón. Orlado en sangre. Es un fantasma de antracita que arrastra tu último aliento por sobrevivir a este callejón oscuro y nauseabundo. Un fantasma que sumerge en esta fosa cada uno de tus sueños, los sueños que ya nunca podrás tener. Los sueños y la vida; la vida que se te escapa. Estás muriendo, lo sabes.

Tu sangre y tu angustia se derraman sin freno por los cuatro costados. Te falta el oxígeno en los pulmones. Apenas te llega. Tienes la terrible impresión de que tu corazón fuese a reventar de un momento a otro. Descubres cómo golpea dentro de tu pecho a una velocidad suicida. Como un tambor. No puedes más. Te encuentras exhausto, pero has de seguir huyendo como un fugitivo hasta el último segundo de tu existencia. Mientras te quede una sola posibilidad. Tus músculos se han entumecido por el esfuerzo y apenas responden a tus súplicas por continuar, pero tienes que hacerlo ¡Debes hacerlo!... De lo contrario, te darán caza y te matarán sin piedad.

Vas corriendo sin aliento. Sin sentido. Sin rumbo. Sólo sabes que huyes, que buscas con urgencia el abrigo de la oscuridad. Sólo sabes, que esas luces de neón te encandilan y, al roce con tu pelaje, delatan tus movimientos y te traicionan.

Sirenas. Alarmas. Luces de colores rojos y azules en un guiño infernal y demoníaco danzan para ti, como títeres, en un macabro guiñol de muerte. Luces rojas de peligro. De tensión. De sangre. Luces azules, gélidamente azules, abrasan tu garganta en un conjuro de resentimiento y miedo. Suenan, una y otra vez, las sirenas de la policía; la intermitencia de su eco enloquece tus sentidos. Alarmas que van y vienen como una marea convulsa, enfebrecida. Alarmas y tonos que, por momentos, se diluyen en la noche. Que se aquietan y durante segundos son sólo lamentos, sólo recuerdos. Pero que sin aplazamiento regresan infectadas de desprecio ululando en la oscuridad, aumentando la tensión en la noche que acuchilla con el más profundo de sus desprecios, tus pobres esperanzas. Ruidos que van denunciándote. Sonidos que van anunciándote la muerte.

Desde tu ángulo de angustia, desde la frenética zozobra que te domina, desde el desesperado intento por escapar del asedio que te produce la marabunta humana, ruges; exhibes tus colmillos. Estás dispuesto, incluso, a matar a cualquiera que se interponga en tu camino. Te encuentras, estás en una situación límite. Nada te importa. Nada. 

Los humanos, en las aceras, a tu galope enloquecido, te esquivan atemorizados. Semblantes desleídos y cenicientos, acabados y lánguidos, se trasmudan a tu paso; se transforman hasta quedar lívidos.

Al verte, se paralizan y te abren camino. Algunos de ellos, muchos, caen al suelo de la manera más necia y ridícula, berreando histéricos y descompuestos como antílopes mortalmente atrapados en las aceradas mandíbulas de un cocodrilo. La avenida, en segundos, se ha convertido en un rotundo caos; en un enjambre delirante, donde nadie sabe a ciencia cierta qué está sucediendo unos metros más allá. Con poco puedes interpretar cada uno de los renglones de pánico que existe en sus miradas desencajadas y vuelves a gritarles con furia. Les gritas y te revuelves entre ellos como una bestia infernal y demente; presentas tus colmillos y los colores de tu pelaje centellean con más ímpetu que nunca al roce de las biliosas luces de las farolas.

En tu carrera sin destino les amenazas en ademanes de ataque, lo que inevitablemente provoca que la gente vaya saltando y cayendo en todas las direcciones como marionetas rotas. Incluso precipitándose sobre los vehículos que, amontonados unos sobre otros, han dejado de moverse para convertirse en una sinfonía de cláxones. El desconcierto y el terror han engullido este punto de la ciudad… Aunque la mayoría de los ciudadanos, los más alejados, los que se sitúan una calle arriba, o abajo, o simplemente en una esquina, esos, nunca lo sabrán; nunca se enterarán. Nunca estarán al corriente y, tal vez, si llegan a enterarse, no les importe. Ellos, casi todos, caminan y miran sin ver, cautivos de sí mismos. De sus miedos y sus terribles fobias interiores. Así continuarán hasta el final de sus días: caminando, mirando sin ver; maquinalmente, por inercia, hacia el estúpido foso de su patética y gris existencia, en el interior más lamentable y oscuro de esta absurda y gran maquinaria que se llama ciudad.

En otra circunstancia esto jamás hubiese sucedido, habrías peleado hasta la muerte, hasta vaciar tu última gota de sangre; reconocerías frontalmente a tu enemigo y sabrías cómo actuar. Tendrías ante ti un rostro, y éste, a su vez, la insolencia de un guerrero. Pero aquí, en esta jungla de asfalto, te encuentras en una denigrante desventaja; no aciertas a entender a qué ni a quién te enfrentas, ni siquiera por qué.

Aquí, tu gran enemigo, es la confusión; el fantasma sin rostro de la confusión. Quizá, desde esa misma confusión, el miedo hace presa sobre ti con más acritud. Aquí todo es diferente, estremecedor. El pandemónium. La ansiedad se esparce por tu cuerpo como un río. Aquí, los humanos, en una extraña y enloquecida liturgia poblada de indescifrables sonidos y colores que revientan, recorren narcotizados interminables sendas de asfalto; son esquizofrénicas hormigas pululando sin control aparente en los márgenes de un espantoso y apocalíptico hormiguero de cemento. Se mueven en cualquier dirección en un baile demencial. En el frío de sus miradas puedes adivinar que todos son enemigos entre sí, como lo son, aunque muchos lo ignoren, de sí mismos.

Una jungla de cubos de hormigón emerge ante ti, arañando de forma inexorable el grafito de un cielo opaco y estremecido; es un monstruo de fauces de acero. Su sangrienta y oscura mirada de cristal observa desafiante tus movimientos y tu tribulación. Zancadillea tus intentos por escapar de la horda humana; se interpone inclemente con guiños y colores diabólicos, derramando tu angustia. Corres sin dirección. No sabes adónde vas, sólo sabes que huyes; tu frenética carrera te transporta por un insondable laberinto de calles, tratando agónicamente de esconderte en lugar seguro, lejos de la luz. Sientes la reverberación de las sirenas de la policía ir y venir, como el aliento candente de una alimaña sedienta de venganza. No están demasiado lejos de ti, olfatean tu rastro. Las oscurecidas fachadas de los edificios dibujan danzas bicolores en la oscuridad; anuncian la presencia de hombres que te buscan.

Presientes un líquido viscoso y caliente deslizarse a borbotones por tu cuello y tu espalda: es sangre. Salta, se abre paso entre tu pelo como una tubería rota. Gotea más aprisa de lo que puedes suponer. El dolor de las heridas va haciéndose más intenso, tus músculos han dejando de someterse a tu instinto y un desfallecimiento insoportable va abriéndose paso en tus entrañas, adueñándose de tus sentidos. ¿Por qué no acabaste con aquel bípedo cuando tuviste ocasión? ¿Qué extraño sentimiento impidió poner fin a sus intenciones, si sabías con certeza lo que pretendía cuando os encontrasteis en aquel inmundo callejón? Pudiste haberlo matado. Desde el principio lo tuvo tan claro como tú. En las sombras pudiste oler su miedo. Un miedo atroz que paralizó sus movimientos. Fue incapaz de desenfundar su arma a tiempo cuando, en la negrura del callejón, de entre los cubos de basura, emergiste detrás de él como un perverso personaje procedente del averno.

Tardó en reaccionar. Pudiste, con comodidad, haberte precipitado sobre él y haberle arrancado el cuello de un solo mordisco. Sabes que durante unos segundos, no acertó a interpretar a qué se enfrentaba. Qué era exactamente aquello que, desde la pertinaz oscuridad, gruñía como un licántropo revelándole la muerte en el brillo de los colmillos. Aún no sabes explicar qué extraña piedad acudió en su ayuda. Supones que sólo el patetismo de verle caído en el suelo, aullando como un poseso, le salvó de una muerte cierta. Su mirada desorbitada y su gemido lastimero te lo impidieron. Aun así, tenías que haberle rebanado la cerviz cuando te fue posible, habrías evitado llevar dos tiros encima… 

¿Aún no has descubierto quién soy? ¿No intuyes mi rostro? Soy tú. Soy tu propia angustia, la zozobra que devora cada centímetro de tu ser. Soy la tiniebla, la oscuridad, la locura, la zarpa que te ahoga. La sombra que te persigue en cada agujero de esta ciudad. Soy la herida que desgarra tus ilusiones, la llaga que detiene tu último hilo de esperanza. Soy el eco que ladra en el interior de tu cerebro, la agonía que florece para ti como una flor muerta. Soy el final de tus sueños, el umbral de tus pesadillas. Soy el grito que estalla en la noche. Soy la Voz del Pánico.




José Hernández Meseguer



3 comentarios:

  1. Ciertamente que el pánico constituye un un lugar peligroso para pernoctar. . . la noche he conocido antes de que entre en ella y después de esperarla cada día para iniciar batalla con los nocturnos rostros de mi ciudad . . . hace bastante tiempo que no hábito en las aceras de su cuerpo . la he cambiado por estrellas mientras el ocaso me divierte,sin el consentimiento del pánico propio y de su gente . . . interesante pensamiento narrado por sus pasos,entre tanto grano. . . +José hernández Mesenguer. . .

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  2. Ciertamente que el pánico constituye un un lugar peligroso para pernoctar. . . la noche he conocido antes de que entre en ella y después de esperarla cada día para iniciar batalla con los nocturnos rostros de mi ciudad . . . hace bastante tiempo que no hábito en las aceras de su cuerpo . la he cambiado por estrellas mientras el ocaso me divierte,sin el consentimiento del pánico propio y de su gente . . . interesante pensamiento narrado por sus pasos,entre tanto grano. . . +José hernández Mesenguer. . .

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    1. Quedo, Víctor, enormemente agradecido por tus palabras; en efecto así es para aquellos que todavía no podemos escapar de las grandes urbes. Un abrazo.

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