sábado, 1 de enero de 2011

LA ZONA GRIS [Relato]



La tarde templada me empujó a pasear. Necesitaba pensar con cierta urgencia acerca de mis proyectos personales. Una gran idea me sobrevolaba en el centro de la mente. Era mi sueño. Mi gran sueño. Únicamente necesitaba darle el volumen y la forma necesarias. En las calles, a mi paso, todo era color; se respiraba un intenso y aromático aire de fiesta. Aunque sin darme cuenta, ni mucho menos pretenderlo, me sepulté de repente en el centro mismo de la ciudad. Al notar en mi piel la sacudida de la multitud alrededor, intenté por todos los medios serpentear entre los callejones tratando de huir del atolladero. El desesperado y vibrante ir y venir de aquella marabunta humana, en la encarnizada búsqueda de una silla huérfana dónde poder sentarse para ver pasar la procesión, traía con espanto a mi memoria los agobiantes remolinos que formaba la gente, los sábados por la tarde, en el centro comercial.

Mientras, cerca de allí, en la Gran Vía, cientos de vehículos se hacinaban con violencia. Se hacinaban y poco a poco iban quedándose afónicos.

Sin saber exactamente cómo, ni de qué manera, me encontré en la plaza de la Cruz, junto a la Catedral. Pronto, en un rápido vistazo por encontrar una salida y zafarme de la situación, algo llamó poderosamente mi atención. Mi vieja pasión por la pintura acercó mis pasos hasta el caballete de aquel extraño personaje que, completamente abstraído a cuanto le rodeaba, pintaba ajeno a una muchedumbre que con frecuencia se detenía un momento para dar su opinión.

“No lo hace nada mal” —pensé—. “Pintar la fachada de la Catedral, es todo reto; una osadía apta sólo para los más hábiles”. Los trazos cumplían su propósito, la fingida dejadez del gesto sobre los adornos. El deliberado abandono de las líneas. La perfecta visión de las distancias y las simetrías. La intuición visual. El depósito preciso y milimétrico del color en cada uno de los elementos; la luz... “Es, en verdad, una magistral labor de cirugía pictórica...”

En silencio, absorto, contemplé el espectáculo. Durante un tiempo olvidé por completo las intenciones que llevaba cuando llegué hasta allí. Aquello era un regalo para mis ojos.

Súbitamente se volvió hacia a mí. Me miró y comenzó a hablarme como si me conociera desde siempre. Como si mi inquietud, dentro de mi cabeza, fuese una ventana para él; quizá un libro abierto. Como si supiese con la precisión de un relojero lo que rondaba en mi cerebro. No logré verle la boca. Sus níveos bigotes caían en inmensas y tupidas cortinas sobre sus labios:

—Sería necesario —dijo con voz quebrada y apasionada— y cuando menos conveniente, ahora que de un modo inexorable nos asomamos con los ojos empañados de proyectos al tan memorable y esperado siglo XXI, que los que tenemos cierta edad nos detuviésemos un día; cualquier día, en cualquier lugar, sólo un segundo. Y realizásemos un examen crítico acerca de dónde estamos y hacia adónde queremos ir. En definitiva, un balance emocional que nos situara de un modo irreversible entre la “realidad y el deseo”. Entre “lo que es” y “lo que debió ser”. Entre el “sueño y la frustración” y nos evaluásemos. Muchos de nosotros —entonces me fundió con la mirada—, que hemos visto desfilar nuestros sueños hasta convertirse en sombras del pasado, o escapársenos de entre los dedos simplemente las oportunidades que tanto anhelábamos, caeríamos de forma inevitable en la frustración más profunda. E iríamos a parar, sin excusas, a los acantilados en donde se liberan los suicidas, en el mejor de los casos. El resto, seguiríamos caminando por pura inercia hacia ningún lugar y viviríamos involuntariamente como máquinas. Y desde nuestros ojos, sin un hálito de confianza, veríamos transcurrir la vida y perder su color hasta convertirse en nada. Pero al final del viaje, nos formularíamos la gran pregunta. Sobrevendría, como un alud imparable, el axioma: “¿Qué he realizado de todo cuanto quería hacer?” Automáticamente se dispararía en nuestra mente un resorte fatal. Nuestro propio balance, que entonces suspendiera sus sueños, ahora, mucho después, pero sin solución, nos pasa factura por algo que nunca hubiésemos aceptado de ninguna forma.

Me miró y entornó los ojos hasta dejarlos convertidos en dos afiladas ranuras.

—¿Hay que creer? —me preguntó y a la vez se preguntó con gesto lunático— ¡Debemos creer, esté o no de moda! Es necesario. Vital. Imprescindible. Lícito. Humano. ¿Qué cuesta soñar? Puedo imaginar lo que sería todo esto si no fuésemos capaces de embriagarnos de ilusión o proyectos aunque fuese una sola vez.

En una original e improvisada postura fue extendiendo lentamente, en direcciones opuestas, las palmas de sus manos; ignorando a la gente, como si la gente que se arremolinaba a su alrededor no estuviese allí pensando lo que en realidad pensaba: que el viejo había perdido los papeles. Que le faltaba una docena y media de tornillos. Que estaba como la cabra de Heidi. O como un rebaño entero. Que estaba como un cencerro tratando de dibujarme a mí, exclusivamente a mí, un horizonte infinito e inexistente.

—“Una Zona Gris” —exclamó como una sentencia, desoyendo las risotadas del populacho—. Una gran “Zona Gris” con mirada de desamor. A partir de ahí —continuó su metafísico discurso— nos limitaríamos a naufragar sin cesar entre el corazón y la mente. Diezmaría cada uno de nuestros movimientos. Paralizaría nuestro sistema asesinando los impulsos. Atenazándonos la garganta. Las palabras de amor. La pasión. El deseo. Inmovilizando, sin duda, los sentimientos. Abocándonos incuestionablemente a la más mísera angustia y melancolía eterna. A la ley de la sinrazón. Esa es la gran “Zona Gris”. No, amigo, no... —dijo apoyando su huesuda mano en mi hombro. 

Las burlas resonaban a nuestro alrededor. Él no las oía. No le importaban. A mí también había dejado de estorbarme el posible ridículo escénico que pudiera suscitarse.

Sus ojos se abrieron de par en par. Concluyó.

—Hay que creer alguna vez en los sueños. En la tabla de multiplicar por cero. O en la luna, aunque ésta ya sepamos que está muerta...



José Hdez. Meseguer
Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002


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