sábado, 1 de enero de 2011

LA VIDA EN LA VENTANA [Relato]



La vida en la ventana pasa. No se detiene jamás. Con ningún pretexto. En ninguna circunstancia. Con ninguna excusa. Porque, en el fondo, sólo es un pasajero más de los miles que cada día atraviesan esta avenida. La vida en la ventana pasa veloz, con vértigo, con una extraña e indeseada aceleración. Pero la vida en la ventana también transcurre lenta. Y siempre inversa e invariablemente proporcional a mis deseos.

La vida en la ventana es un monstruo de zarpas doradas, al caer la tarde, con el que jamás se puede conversar ni negociar. Nunca atiende a mis súplicas y, en todo caso, responde casi siempre con un amargo sabor a café. La vida en la ventana es un soplo de aire fresco que deja caer el día, en un velo de silencios, cuando vencido se detiene un instante en mi balcón. La vida en la ventana tiene intensos aromas y recuerdos de otros días. De otras fechas que cruzaron veloces ante mí envueltas en suspiros. Y también de noches. De esas noches pobladas de exagerada melancolía. De noches que arañaron sin piedad mi angustia y mi alma de poeta. Que asestaron las más brutales y desmedidas puñaladas a mi quebrada soledad. De noches que contemplaron impasibles la destrucción de mi mente.

Aunque si tuviera que ser completamente sincero, tendría que reconocer también aquellas otras tantas que se deslizaron con auténtica necesidad bajo mi pluma, para liberar con urgencia mis fantasmas y mi agonía. Y casi siempre, desde su oscura y callada protección, me hicieron simplemente libre.

La vida en la ventana posee un magnetismo especial. Una magia insólita y extraordinaria. La vida en la ventana me acerca a otros días. A esos días de infancia que fueron durmiéndose para no despertar. La vida en la ventana en cierto modo me protege. Me rescata a tiempo de la marabunta humana que pulula entre las calles. Y desde ella me siento a salvo aunque, al mismo tiempo, me sienta secuestrado. La vida en la ventana es lo que yo he elegido. Es, tal vez, mi propio castigo. Un lánguido, feroz y sereno castigo que me desconecta del mundo exterior para ofrecerme esta soledad. Una soledad etérea y contumaz. Una soledad que, a menudo, se enreda temblorosa y silente en las paredes; en el ambiente, en el humo de mis cigarrillos, en mi cuarto, en mi mente. La vida en la ventana no tiene importancia para nadie, salvo para mí, que escucho atento sus latidos menudos; sus impacientes movimientos de feto, sus pequeños pataleos, sus quejas...

La vida en la ventana es un delirante y bestial axioma. Una rotunda verdad que emerge con fuerza desde el ángulo preciso. Una verdad que nace y camina entre la gente asomando con irreverencia su hocico de roedor inquieto. Su ambiguo perfil. Su desconocida personalidad. Ocultando, a su paso, en cada persona, su rostro derramado. Un rostro gris y rancio. Un rostro que me hace la sombra al caminar en la calle. Un rostro histriónico y burlón. Un rostro que se me cuela, sin previo aviso, en la piel. Entre las mentiras y las promesas que me hago a diario, sin intención. Entre las sonrisas y las lágrimas que vierto en silencio por todo lo que me rodea, por todo lo que siento, por todo lo que vivo, por todo lo que me imagino...

La vida en la ventana también es mentira. Una meditada, larga, despiadada y sórdida mentira que atraviesa mi alma en cada renglón de mi existencia. Porque me doy cuenta que, la vida en la ventana, es tan falsa y tan mediocre como la amistad desleal. Como la felonía en el amor. Como la propia vida. La vida en la ventana me usa y se deshace de mí. Me engatusa con frases bonitas, me regala el oído, me promete el oro y el moro en cada palabra que me susurra. Me cuenta historias. Me enamora. Me seduce con su palabrería de vendedor de libros. Y más tarde, cuando ha conseguido de mí lo que pretendía; cuando ha sacado a empujones lo poco de bueno que queda en mí, me olvida dándome la espalda en el mejor de los casos.

Desde mi ventana, en silencio, me olvido del tiempo. Sólo soy un espectador. Un silencioso espectador. Un náufrago amarrado a los vaivenes de las horas. Esas mismas que corren precipitadamente y se amontonan las unas sobre las otras para no decirme absolutamente nada. La vida en la ventana nunca empieza. Nunca acaba. No sé, con exactitud, cuál es su principio ni cuál su final. Es sólo un vértice confuso y extraño.

¿Es verdad? ¿Es mentira? ¿Es melancolía? ¿Es desamor? ¿Un sueño? ¿Una pesadilla? ¿Es una carta que nunca llegará a su destino? ¿Es una lágrima perdida entre los versos de un poema? ¿Es un beso que no llegó a tiempo? ¿Es un traje de silencio? ¿El tic tac de un reloj? ¿Un adiós quizá? ¿Una vida destrozada? ¿Una muerte callada que se asoma sigilosa por debajo de mi puerta? ¿Un mensaje de amor en una botella? ¿Una isla? ¿Agua estancada en mi cárcel de angustia? ¿En mi cárcel de soledad? ¿Un refugio? ¿Un grito cruel desde las sombras que me rodean? ¿Un lacerante olvido? ¿Un pasado turbulento y equivocado? ¿Un futuro incierto, amenazante y maniatado?

...La vida en la ventana lo es todo y, al tiempo, no es nada. Es sólo un segundo, un instante, un chasquido, un flash, un rumor de caracolas, un pensamiento inservible y seguramente estúpido que me devuelve de nuevo, sin descanso, al mismo punto de partida. Al laberinto de mi mente. Al proyecto inconcluso. Al designio perdido. A la duda permanente. Al despropósito. A la pregunta recalcitrante. A cuestión sin respuesta...

La vida en la ventana es una ventana al mundo. Un atardecer deslizándose hacia el silencio bajo un sol de cobre. Una metrópoli estremecida por la ansiedad y la mentira. Un bosque de edificios derramando afónicas historias de soledad. Una avenida que sangra lamentos de gente que vive, camina y agoniza, en su propia angustia. Una persona, mil personas… Todas las personas.

La vida en la ventana es única y exclusivamente lo que yo imagino desde ella...





José Hdez. Meseguer.
Relatos Apócrifos... (O no tanto).
Murcia, 2006


 

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