lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM | EPÍLOGO



Has regresado de nuevo a la realidad. A la puta y cruel realidad.

A esa lacerante y desalmada realidad que te envuelve y te amenaza. Ya no te queda más qué recordar, tu memoria finaliza fatalmente aquí, en este nauseabundo callejón. El mismo callejón en el que, del mismo modo me encuentro yo. Sumergido. Agazapado. Escondido. También asustado.

Toda una vida no será suficiente para escapar del miedo, del terror que sentimos, lo mismo que me sucede a mí. Bienvenido.

Todo lo que fuiste, todo tu pasado, todos tus sueños, todas tus ansias, todos tus amaneceres y tus crepúsculos, todas tus lunas y tus paisajes. Toda tu esperanza se encuentra aquí, atrapada, amordazada. Maniatada. Oculta. Todo ha terminado. Has llegado, como yo, al presente.

El final, tu final está escrito. También tu triste destino. Ahora, como una sombra, te desvanecerás en la infinidad de túneles que serpentean la ciudad. Te esfumarás, para siempre, entre los miles de pasadizos claustrofóbicos y siniestros que habitan este endemoniado pandemónium. Esta maldita metrópoli.

Desde ahora deambularás como un fantasma, como un espectro, recorriendo esta otra jungla. Esta otra jungla infectada de oscuros demonios que, como me acontece a mí, intentarán por todos los medios a su alcance terminar con tu existencia al menor descuido. Sabes con certeza que nunca volverás a ver la luz del sol, no al menos como la recuerdas. Aquello terminó. Todo se convertirá en una quimera para ti. Tu vida, a partir de ahora, será sólo una penumbra, una eterna penumbra, en la que tendrás que sobrevivir sin saber qué puede sucederte en cualquier instante.

Pese a todo, recuerda Ulises, no lo olvides nunca, que de esta inaudita manera, en la oscuridad sempiterna y lacerante, en la oscuridad que azota indeleblemente el alma vivimos los dos.


                                 
                                 
José Hernández Meseguer
Pandemónium
Murcia, 16/03/2016



PANDEMÓNIUM Capt. 61


61

Al anochecer de aquel día, desde lo alto del viaducto que terminaba incrustándose en la metrópoli como un espetón, contemplaste aterrorizado el espectáculo.

¿Qué diablos era aquello?

Algo más tarde, emprendiste un temeroso viaje en la misma dirección sin saber bien a qué te enfrentarías. Lo hiciste bordeando la calzada. Decenas de artefactos enloquecidos silbaban cerca de ti. Tan cerca que casi conseguían rozarte. Podías percibir con pánico sus estridentes vibraciones en el suelo. Sentiste náuseas y mariposas envenenadas revoloteándote en el estómago.

Una feroz y apretada niebla aprisionaba, en un extraño efecto óptico, el indefinible conglomerado de piezas simétricas que se apilaban entre sí, extendiéndose hasta perderse.

Ya, en la metrópoli, tu pulso se agitó aún más.

Comenzó a galopar en tus venas. Infinidad de lucecitas parpadeaban desquiciadas. Un agudo olor a gasóleo se coló en tu hocico induciéndote a la angustia. ¿Qué era aquello? Miles de vehículos se amontonaban delirantes sobre las avenidas.

Entonces, un clamor de fondo golpeó violentamente tu corazón: habías llegado al mismísimo corazón del infierno. 



PANDEMÓNIUM Capt. 60


60

Tras la fuga del Centro Experimental vagaste desconcertado, sin descanso, por parajes desconocidos. No sabías dónde te encontrabas. El tipo de árboles, la vegetación, los ríos, incluso los animales, todo era diferente a lo que estabas acostumbrado a ver. Los alimentos no se parecían en nada. Tuviste que ingeniártelas haciendo de tripas corazón y probar, en ocasiones, extraños tallos y bulbos que en nada te recordaban a los deliciosos y crujientes bambúes. En las riberas de los ríos obtuviste más suerte y la oportunidad de degustar pequeños anfibios que se aproximaban más al sabor al que estabas familiarizado. En tu desordenado y errático vagar, sin tener una idea concreta qué seguir, sino más bien de quién huir, habías terminado perdiendo la noción del tiempo; no sabías cuánto había pasado. Suponías, sin criterio, que un par de meses. De lo único que tenías seguridad era de tu permanente estado de ánimo siempre tenso, envuelto en sobresaltos.

Durante el día procurabas refugiarte en lugares oscuros, seguros, recónditos y, por lo general, inaccesibles. El color de tu piel era, en esta ocasión, tu más temible enemigo; delataba tus movimientos. Apenas efectuabas desplazamientos, sólo los inevitables. Era, durante la noche, en las sombras, cuando sirviéndote de la oscuridad te movías con el sigilo de un fantasma de un lugar a otro, evitando, a menos que fuese completamente necesario, atravesar carreteras y caminos. No habías vuelto a ver de cerca a ningún ser humano, aunque presentías cada vez más cercana su sombra letal. Tu intuición te hacía sentirte acorralado; sabías que te buscaban y el cerco era, cada día, más estrecho. En ocasiones, de lejos, les habías oído murmurar pero jamás intentaste hacerles cara, eso sería lo último. Al contrario; procurabas por todos los medios esfumarte. Porque, en efecto, continuamente, circulaban numerosos grupos y patrullas forestales destinados a seguir exclusivamente tu rastro en helicópteros, en coche y a pie.

Todos intuían que te encontrabas oculto en algún lugar de aquel inextricable bosque y sistemáticamente peinaban las zonas. En realidad pretendían lo que tú mismo temías. Querían que te desplazases. Cuanto más lo hicieses, más posibilidades existían de atraparte. Alguna vez, los expertos, habían encontrado pequeños e inconexos indicios de tus traslaciones aunque difícilmente podían asegurar que éstos correspondiesen a un mandril. Aquel mono pintado, que eras tú, se había vuelto lo suficientemente inteligente como para esquivar su captura. E incluso las heces las depositabas bajo tierra ocultando en todo momento tu presencia. Aquel lugar, por fortuna, tal como comentase el ingeniero a Zinsky, era desmedidamente grande, intrincado y abrupto, como para estar toda la vida jugando al gato y al ratón.

Pero el hecho de ir sin rumbo, perdido, siempre intentando huir, hizo que fueras poco a poco, en las semanas siguientes, acercándote a otra jungla sin duda mucho más cruel, lamentable y despiadada. Esta vez era una jungla de asfalto. Era la ciudad.  



PANDEMÓNIUM Capt. 59


59

Tu existencia, Ulises, a partir de aquella extraña noche, volvió a girar inesperadamente porque, también tu destino seguía girando en su propia nebulosa.

No volviste a saber nada del gran Kurwuahc, del que suponías que desde aquella última vez que le habías visto negándose a salir de su ergástula habría ido languideciendo hasta consumirse como una vela, ni tampoco de la hembra humana que tanto había cuidado de ti. A partir de esa noche tu destino sin rumbo fue escribiéndose día a día en una página manchada de desesperanza; sin metas razonables ni alcanzables, excepto la de seguir con vida, porque, de eso sí estabas seguro: no querías morir, pero aún menos, enjaulado.

Había habido un tiempo, un pretérito inclemente y demoledor, en el que te habías visto sumergido en esa angustia de la misma forma en que encontraste aquel día a Kurwuahc. Un ayer, en el que quisiste acabar cuanto antes con la iniquidad que te rodeaba; te veías incapaz de soportar la melancolía del recuerdo. Pero, sin duda, aquel gorila —reflexionabas— cometía el peor error de su vida; estaba dejándose llevar por las emociones que ya no tenían remedio. Dejándose llevar por lo imposible. Por lo irreversible: por el pasado. No estaba dejando de mirar atrás lo que le impedía mirar hacia adelante. Y lejos de avanzar, retrocedía sin darse cuenta. La amargura le resultaba insoportable. No era un espejismo ni una flojedad en el carácter, ni siquiera una justificación para llorar, ni mucho menos. Ojalá.

Aquello no era más que la vida, la puta vida. La misma que se entretenía con sarcasmo en la soledad abriéndole las heridas. Reviviéndole con descaro, una y otra vez, la misma historia. Leyéndole, continuamente, los mismos renglones y las mismas páginas. Estrangulándole, sin piedad, la voluntad de superación. La misma que le atenazaba bestialmente la paz interior haciéndole sucumbir el corazón y la mente sin dejarle una sola posibilidad a la esperanza. Nadie tendría... nadie debería llorar eternamente. Porque, aunque esto, una vez más, suene a filosofía barata, la vida es demasiado corta, demasiado efímera, demasiado fugaz, como para no intentar aferrarnos a ella con fuerza y vivir cada momento lo más intensamente posible.

Pero, claro, todo esto es teoría y como teoría está muy bien. Luego se encuentra la realidad dándonos pescozones a los más torpes. Una aplastante realidad que casi nunca coincide, porque, a fin de cuentas, ni todas las emociones se encuentran en el corazón ni todas las teorías en el cerebro.  


PANDEMÓNIUM Capt. 58


58

Ya, en la puerta principal, los primeros animales fueron cayendo derrotados bajo los impactos de las balas de los vigilantes que finalmente tuvieron que refugiarse, ante la mastodóntica e incontrolada manada que se les vino encima. El incontrolado oleaje de las fieras fue convirtiéndose en una marabunta desquiciada y frenética que extendió sus brazos como el magma de un volcán para alojarse en la densa oscuridad de la noche. Tu posición, astuta y prevenida, te hizo salir del inmueble en el grueso del pelotón, evitando, tanto por la altura como por el volumen, ser alcanzado por los disparos de los francotiradores. Las luces de los focos en la noche danzaban de aquí para allá. Las sirenas se desgañitaban, los animales huían despavoridos sin rumbo. Todo era un completo desorden. Pero tú al fin eras libre. Libre para vivir o morir.

Las secas descargas de los rifles seguían retumbando y silbando a tus espaldas entre los árboles que dejabas atrás a medida que ibas introduciéndote en el bosque. Corrías como un poseso. Como si aquello fuese lo último que fueras a hacer el resto de tu vida. Corrías, y mientras lo hacías, notabas como el oxígeno en tus pulmones era cada vez más espeso; la patente falta de ejercicio como consecuencia del tiempo permanecido en aquella jaula de un metro cuadrado habían entumecido tus músculos. Y ahora, cuando más lo necesitabas, no respondían debidamente a tus órdenes. Pero seguiste. Seguiste corriendo durante mucho tiempo. No supiste cuánto. Al llegar a las alambradas, la oscuridad dominaba el paisaje. Únicamente una biliosa y estriada luna arrojaba su pálida claridad mientras observaba apática vuestra tribulación.

La lógica te detuvo a escasa distancia, no quisiste lanzarte sobre las vallas como hubiera sido tu primera intención. ¿Y si no habías conseguido desactivar la electrificación como era tu intención? O, ¿y si la habían vuelto a activar para obstaculizar vuestra evasión?

Lo adecuado, Ulises, hubiera sido decir que acababas de estrenar tu traje de sensatez combinándolo, adecuadamente, con el estricto sentido de la supervivencia que ya poseías. Así, en tales situaciones, cediste la embestida a otros animales destacadamente más voluminosos que tú, y también más ciegos, para que tomaran su contundente palabra precipitándose contra éstas. Tras varios y espectaculares impactos contra las mallas, un crujiente desagarro en uno de los paños ocasionó el éxodo en los animales que habían conseguido llegar hasta tales confines.



PANDEMÓNIUM Capt. 57


57

Aquello era otra de las cosas que debías analizar en profundidad. Sí, incuestionablemente seguías teniendo la apariencia de un mono. Pero sólo te quedaba la apariencia. Interiormente tu cerebro había cursado enormes y profundos cambios. Ahora tu comprensión, tu determinación y tus acciones eran más semejantes a las de los humanos que a los de tu propia especie. En realidad la confusión se apoderaba de ti. No sabías bien en dónde situarte; tu mundo se demolía sin tener tiempo ni capacidad para la reacción. Como novedad descubrías un nuevo mundo de sensaciones antes jamás sospechadas; tu perspectiva se desplegaba con toda su intensidad teniendo, de repente, una inmensa capacidad de discernimiento. Pero ese nuevo e inesperado raciocinio no te hacía mejor, sino simplemente distinto. Tu egoísmo y crueldad emergían con fuerza desde las sombras tu mente tomando un siniestro relevo en tus instintos.

Cuando bajaste la maneta, los cerrojos sonaron al unísono, secos y metálicos. Los animales empezaron a agitarse dentro de sus habitáculos, nerviosos. El paso siguiente consistía en abrir las portezuelas. Dudaste, pero ya no había vuelta atrás; fuiste sujetando las puertas y tirando de ellas. En muchos casos no hizo falta que te acercaras. La libertad se encontraba a un paso. Probablemente también la muerte. Ese sería el precio que todos tendríais que pagar.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, todo el laboratorio se convirtió en un improvisado y convulso caos en donde las fieras emprendieron una tumultuosa y anárquica estampida por los corredores del edificio. En cada empujón que propinabas a una puerta, surgía un ejemplar más o menos atolondrado que te miraba con inquieta extrañeza y que probablemente se preguntaba qué estaba sucediendo. Tras esas fracciones de segundo e incertidumbre saltaban de las jaulas buscando una salida como alma que lleva el diablo. Tu misión estaba finalizando prácticamente. La mayoría de los animales que podías liberar ya se hallaban dispersos por las galerías. Las cosas habían marchado según lo calculado; el desconcierto estaba servido y las alarmas abrían sus dementes chillidos a la noche. Todo iba bien hasta que llegaste a una de las últimas jaulas que quedaban aún pendientes.

El habitáculo estaba sucio y oscuro; el fétido olor, sin embargo, no te resultó desconocido. Trataste de escrutar. Por un instante te pareció vacía. Cuando te disponías a cerrar la puerta recibiste un entrecortado y mermado ronquido. Entonces fijaste tu atención. Al fondo, muy al fondo, dos inapreciables lucecitas se encontraban detenidas en ti, observándote. ¿Quién eres?, pensaste. La sorpresa tomó forma cuando comprobaste que el no haberte dado cuenta antes de su presencia era debido al color azabache de su pelaje...  Era Kurwuahc. El gran Kurwuahc. El “espalda plateada” contra el que tiempo atrás te batieses. Quedasteis mirándoos. Le gruñiste instándole a salir, pero su mirada no era la misma. Te miraba como si no estuvieses allí, como si la puerta no estuviese abierta. Como si nada hubiese sucedido. Como si nada a su alrededor le importase. Como si no le quedase una oportunidad. Sus ojos, sus pequeños ojos de color avellana no eran los ojos altivos de un líder. Sus ojos continuaban extraviados y macilentos, ignorándote. Eran los ojos humillados de la angustia y la autodestrucción.

Lógicamente siendo sólo un mandril estos planteamientos jamás se te hubiesen ocurrido, pero ya no era así. En tu trastorno mental, no sabías si para bien o para mal, lo cierto era que habías dejado de ser un mono. Ahora tu sensibilidad tocaba con frecuencia las paredes de tu cerebro llamándote la atención acerca de lo que sucedía al alrededor.

Y no, Kurwuahc, definitivamente no quería salir de aquel pestilente agujero. Quería terminar de una vez. Simplemente se había rendido y quería morir. Le habían arrebatado de un tajo el color de sus sueños y ya nada tenía para él importancia. Su horda, igual que la tuya, había sido destrozada y su vida, por la actitud que te mostró, pareció carecer del menor sentido.  




PANDEMÓNIUM Capt. 56


56

La verdad fue descubriéndose con el tiempo suficiente para que tú, aquella noche, escaparas con comodidad. Los únicos que habían detectado tu comportamiento no fueron creídos con la rapidez que requería el asunto lo que te dio cierta ventaja.

Tras ensayar una y otra vez con la tarjeta de plástico durante semanas, determinado día, conseguiste por fin deslizar el pestillo cerrándolo nuevamente. No debías precipitarte, tenías que esperar el momento adecuado para escapar; eras consciente que los humanos tratarían de impedir tu huida. La tarde que tuviste ocasión de escuchar el tiempo que te quedaba allí, decidiste arrancarte el implante electrónico subcutáneo que llevabas incrustado en el brazo y esperar que las horas transcurriesen. En todo aquello, sin embargo, existía un problema. Un importante problema por resolver. Los bípedos eran demasiados y debías crear, entre ellos, la confusión para aprovechar la fuga. De otra manera tu riesgo sería muy superior. Entonces lo viste claro; provocarías una estampida generalizada. Después, cada uno, tendría que ser dueño de sus actos. O para escapar o para morir en el intento.

Cuando conseguiste salir de la jaula, advertiste una sensación de libertad olvidada. Antes de que el resto de los animales enjaulados comenzaran a inquietarse fuiste directamente a la cabina. En todas las ocasiones los vigilantes, al relevo de sus turnos de guardia, debían informar en qué situación se hallaba el gobierno del laboratorio y las alambradas; lo que te alertó haciéndote considerar que era en la cabina desde donde se ejercía el dominio absoluto. Efectivamente, cuando te situaste delante de la mesa de control comprobaste, cómo, a cada jaula, le correspondía un número en el panel y un dibujo. Después de varios intentos fallidos averiguaste dónde se emplazaba la palanca de apertura general de las celdas y más tarde la llave que conectaba y desconectaba la electrificación general. Estabas alucinado; eras capaz de interpretar con enorme facilidad aquellos símbolos tan necesarios como imprescindibles para zafarte de aquella especie de cárcel en donde supiste por los mismos humanos el tiempo que llevabas en cautiverio. Fue por esa misma razón por lo que pudiste anular sin excesivos obstáculos el reloj digital que establecía la puesta en marcha de las alambradas, electrificándolas.

Todo en apariencia debía continuar igual hasta el momento en que decidieses tirar de las puertas liberando a sus prisioneros. Si bien la cuenta atrás, a partir de ahí, comenzaba en ese preciso momento también para ti. Una vez que abrieses la primera trampilla no tendrías otra opción que no fuera la de sumarte al grupo y ser uno más.

Con todo, debías tener en cuenta varios factores. El más importante suponía evidentemente un riesgo; ibas a poner en libertad a animales que, en otra situación, en la selva concretamente, se disputarían tu cabeza sin dudarlo. Muchos de ellos eran enemigos acérrimos y realmente no sabías a ciencia cierta cuál podría ser su reacción. Lo mismo optaban por escapar sin más, ignorando tu presencia, que podían, por el contrario, enganchársete al cuello. Todo, desde luego, constituía un elevado riesgo; cualquiera de ellos seguía viéndote como lo que eras al menos exteriormente. Continuabas siendo un mandril.



PANDEMÓNIUM Capt. 55


55

Fuera, los helicópteros seguían revoloteando.

— Hay que localizar a ese animal como sea —exigió Haserwood intentando salir a toda prisa de la incómoda e inesperada situación—. Si todo lo que dicen fuese verdad. Si fuese cierto que ese bicho tiene esa extraordinaria capacidad de inteligencia, estamos ante un acontecimiento verdaderamente histórico. Debo informar cuanto antes de lo sucedido. Y por supuesto tenemos que evitar que llegue a las vallas electrificadas. El personal responsable del Proyecto Ulises debe ponerse manos a la obra inmediatamente...
— En ese aspecto he de darle dos noticias, una buena y otra mala. La buena —presentó Bud— es que suponiendo que haya sido el mandril el artífice de este berenjenal ya se ha preocupado anticipadamente de anular las descargas eléctricas sobre las alambradas. Esa es la buena...

Haserwood abrió los ojos de par en par.

— La mala —prosiguió— es que, en la zona sur, se ha detectado una tronera en las mallas. Dicho de otro modo: es muy posible que más de un animal, o muchos, a estas horas, se encuentren fuera del recinto, ocultos en los lugares más insospechados.
— Hay todavía una noticia más que darle, señor Haserwood —salió al paso brillantemente Natacha Zinsky—; váyase usted y toda su puñetera multinacional a tomar por el culo. ¿Sabe contar? Pues no cuente con nosotros. 

Haserwood palideció en silencio.

— No pueden hacerme esto... Hay un contrato...
— ¿Antes no, ahora sí? No me considero de su propiedad. ¿Qué se ha creído? Se lo puede meter en las pelotas. Se lo puedo decir más alto pero no más claro. ¿Entiende? Lo que espero  es que no tengan huevos a atrapar a Ulises y les dé el esquinazo. Me aterra pensar lo que será de ese pobre animal y su final, pero más me asusta saber lo que hemos concebido —formuló consternada—: hemos creado un monstruo.



PANDEMÓNIUM Capt. 54


54

— Una tarjeta magnética de acceso al Centro… ¿Y qué significa eso? —refunfuñó otra vez, Haserwood.
— Que esta tarjeta estaba dentro de jaula —indicó el agente. Y las muescas, examinadas, coinciden que ésta ha sido utilizada para abrir el pestillo de la cerradura desde dentro.
— ¿Cómo puede estar tan seguro? —interpeló Logan.
— Ya le estoy diciendo que, tanto la tarjeta como el pestillo, han sido analizados microscópicamente. Existe, en ambos elementos, partículas de plástico y acero que no dejan lugar a dudas. Además, qué necesidad habría tenido cualquier otro que no haya sido él, de ejecutar una maniobra así si las aperturas se pueden accionar de modo automático e individual desde la cabina. ¿Por qué la única cerradura forzada es ésta? Y algo más. Las huellas analizadas no corresponden a ningún ser humano...
Ah, ¿no?
— No. Son de simio.
— Eso —increpó Haserwood con escepticismo— no significa nada. O mejor dicho, dos cosas —procedió a desarticular la exposición de investigación llevada a cabo por el representante de seguridad—. La primera; sigo creyendo a pies juntillas que esto es un claro acto de sabotaje. Ese mono ha sido ayudado a escapar. Porque, suponiendo y ya es mucho suponer, que ese simio hubiera logrado escapar de su jaula sin ayuda, no hay nada que justifique cómo y de qué forma han podido abrirse el resto de las celdas que, según usted, se controlan desde la cabina. Dos: el mono pudo, en cualquier distracción, robar la tarjeta de algún empleado. De ahí las huellas. ¿No es suficientemente lógico? Ese argumento, amigo, no se sostiene. No seamos tan estúpidos —exclamó dirigiéndose al resto de los visitantes.
— Eso no es todo —interrumpió Morrison—; hemos encontrado también esto.

El jefe de seguridad exhibió un minúsculo y casi imperceptible objeto cuadrado. Era un microchip.

—  Sinceramente —dijo— no creo que nadie en su sano juicio haya tenido la osadía de arrancarle este aparato a un mandril de sesenta kilos. A menos que...
— ¿A menos…?
— A menos que se lo haya arrancado él mismo para impedir ser detectado.
— ¿Está usted insinuando que ese animal podría haber adquirido la insólita capacidad desenvolverse como si fuera un ser humano? —interrogó con asombro un miembro del Comité.
— Si toda esta historia ha sido obra tal y como parece de ese simio, puede que incluso más. El resto de sus reacciones podrían ser increíbles. Eso por lo menos es lo que pienso yo. Y de igual manera podría justificar muy a pesar nuestro lo demás. No deben olvidar que ese mandril llevaba meses sujeto a todo tipo de experiencias. Aunque la señorita Zinsky y el señor Scópulos podrán aclarárselo mejor que yo, sin duda.
— Ya les advertí —apuntó Andrea arqueando las cejas— que estábamos precipitándonos al juzgar por adelantado el Proyecto y no quisieron escucharnos. Ni siquiera —reprochó— se dignaron a ojear los informes. No sé si de todas formas esto hubiese sucedido. Probablemente sí. De lo que no me cabe la menor duda es que, de esta manera, hemos precipitado los acontecimientos.

La gente guardó un hondo silencio. Después se produjo un extraordinario cuchicheo entre los asistentes. Había aún muchas piezas que no terminaban de encajar en el extraño rompecabezas. La historia no dejaba de ser inverosímil. Aunque ninguno de los allí presentes pudo evitar una mirada a Haserwood fusilándolo. Éste enmudeció. Los cojones, en ese instante, se le habían caído al suelo. Logan no se encontraba mucho mejor, se había quedado completamente lívido maldiciendo su puta estampa y no sabía dónde meterse.



PANDEMÓNIUM Capt. 53


53

En el tiempo de discusión, los agentes de seguridad y demás personal del Centro había logrado con éxito abrirse camino hasta el laboratorio, narcotizando a las distintas fieras con las que se habían ido topando. Los especialistas, a partir de ahí, aun cuando alguno de ellos estuviese bajo la sombra de la sospecha de deshonor y espionaje científico-industrial, como era el caso de Scópulos y Zinsky, debían determinar con la mayor objetividad posible cuál era la consecuencia por la que se había producido aquel enorme desmán. Si podían. Es más, hasta incluso les interesaba más que cualquier otra cosa desmontar de raíz la despreciable patraña y el tambaliche que el director les estaba preparando. Siempre se ha dicho que es mejor y más recomendable escupir para un lado que sobre uno mismo, y Logan, en este asunto, lo tenía claro; quería escupir sobre alguien antes que sobre él mismo.

A última hora de ese mismo día, mientras los helicópteros y las numerosas fuerzas del ejército iban sistemáticamente dando caza a los animales que vagaban de un lado para otro, en el interior del laboratorio los técnicos y los encargados del sistema de seguridad habían llegado a conclusiones sorprendentes para casi todos. Haserwood y su Comité, entretanto, había estado reunido con Logan, a puerta cerrada, todo ese tiempo. No era problemático deducir de qué habían estado hablando, aparte del responso y la cantidad de amenazas que le habían llovido al director. Las intenciones quedaban perfectamente dibujadas; si no lograban encontrar una procedencia lo suficientemente creíble, los dos científicos iban a tener serios problemas. Ninguno de ellos poseía una coartada que les incluyese pero tampoco que les excluyese de las sospechas ya que habían salido de la residencia sin ser vistos. Nadie podía testificar en contra pero tampoco a su favor. De hecho, desde la urgente necesidad de encontrar víctimas necesarias, una invisible tela de araña se tejía a su alrededor, iban a ser inculpados.

Todo el Comité, añadiendo a Haserwood y Logan, habían sido citados; existían novedades que anunciar. Cuando entraron en el laboratorio, Haserwood, miró inquisitoriamente al griego y a Zinsky. Aunque no se le veía, llevaba la espada delineada en la mirada debidamente afilada.

— Señores —expuso el responsable de seguridad dirigiéndose directamente a la jaula vacía de Ulises—, hemos encontrado algunos datos de interés que, quizá, puedan ofrecernos una explicación concluyente. No descartamos, en absoluto, la idea de un sabotaje, pero...
— ¿Pero qué? —preguntó un asistente.
— Sabemos que esta jaula ha sido habitada por un simio de gran tamaño, un mandril concretamente. Este animal ha sido sometido durante tiempo a  experimentos de transformación...
— ¿No sé que cojones tiene eso que ver con lo que está sucediendo? —protestó en tono airado Haserwood.
—  Esa es la misma pregunta que yo me he estado haciendo todo el santo día —alegó Bud— hasta que...
A ver, continúe… —insistió otro.
Hasta encontrar esto.

El agente de seguridad mostró una tarjeta magnética. Los presentes la examinaron de uno en uno.



PANDEMÓNIUM Capt. 52


52

— Yo no he insinuado eso.

La estrategia, ante la premura de tiempo, se le vio enseguida y reculó.

— Pero lo digo yo que lo estoy viendo. Usted, reconózcalo, no siempre ha sido cristalino —dijo con media sonrisa dibujada en los labios, el ingeniero, haciéndole ver con descaro que había visto desde su primera pregunta su sucio movimiento de piezas—. Del mismo modo que es conocedor que en veinticuatro horas, sino hoy mismo, van a darnos la cuenta. De manera que ha que encontrar inexorablemente, o, en su defecto fabricar un causante, un chivo expiatorio, para no poner a estas alturas del camino en riesgo su trayectoria profesional. Pues mire usted, lo lamento —prosiguió—, pero en esa situación me temo no poder ayudarle. Al menos yo.
— Por supuesto, yo tampoco —coincidió Natacha—. Haremos lo que tengamos que hacer pero no vamos a cargar con las incorrecciones que no nos corresponden. Intentaremos aclarar esto, pero, no por usted, no se equivoque, sino por nosotros mismos.

Logan se encontró desarmado y dio media vuelta airado. Ambos habían visto su juego a un kilómetro de distancia. Por ese camino, Logan, no debía continuar, no tenía pruebas en su poder con las que acusarles directamente; únicamente un desorbitado pavor a las consecuencias. Lo que tampoco significaba que pensase que pudieran estar libres de culpa en el embrollo. Sólo era cuestión de seguir indagando.

Lo peor de la gente indecisa es que siempre hay que procurar tenerlos al lado, no de cara ni mucho menos de espaldas. Suelen ser muy peligrosos; son excesivamente egoístas y traicioneros por la cobardía que arrastran. El caso de Logan era el ejemplo perfecto. Logan no tenía más opciones que elegir entre su puesto de trabajo y dos colaboradores que, de todas formas, tenían el tiempo contado en la empresa. Y lo que comenzase siendo un simple argumento para defender su propia postura al final había tomado cuerpo y empezó a creérselo él mismo. ¿Por qué no? ¿Qué les importaba a estos tipejos montar un sarao de aquel tamaño?

Y pensando más allá. Podía resultar también que el fiasco hasta les viniese conveniente tan sólo por el hecho de joderles cualquier tipo de descubrimiento que no tardarían en vender a la competencia.



PANDEMÓNIUM Capt. 51


51

Pero por el momento, nadie, absolutamente nadie, conseguía saber a ciencia cierta qué era lo que había ocurrido aquella noche allí, y, por tanto, ofrecer una explicación lógica y convincente. Natacha y Andrea gozaban de un pálpito. Pero la sensación, sin más datos, no servía de gran cosa. Al menos, hasta no lograr acceder al interior del laboratorio y verificar los hechos. De otra parte, nadie iba a pedirles su opinión por el momento; desde el principio se había dado por hecho que la metamorfosis genética practicada al simio no era sino un profundo tropiezo, un fracaso científico de proporciones considerables y una pérdida de tiempo. Todo esto, además haberse negado en redondo a oírles.

El director disponía de apenas unos minutos para establecer un argumento lo suficientemente sólido y creíble ante el Comité de la Fundación, de lo contrario, en breve, también pasaría a engrosar las filas del paro. Y lo único que tenía claro, por desgracia, era el desconcierto que habitaba en el Centro y que no tenía ni puta idea de lo que estaba pasando.

Logan, el director, no era un mal tipo, aunque la inseguridad de su carácter le había convertido en un tremendo pusilánime que no soñaba más que con su retiro y no estaba dispuesto a inmolar su carrera a tres años de su jubilación. Era de esos tíos que andaba permanentemente acojonado, tachando los días del calendario como el soldado en vísperas de licenciarse. Su mirada, apagada, hipocondríaca y taciturna, pocas veces trataba de revelarse, pero, en el fondo de su alma se sentía como todas esas bestias que se habían escapado aquella noche, se encontraba atrapado en una catástrofe de índole personal; su vocación de veterinario quedaba muy alejada de lo que en realidad hacía cada día. No tenía hijos que mantener y podía haber mandado a la mierda hacía años la opresión de la Fundación intentado vivir de acuerdo con sus ideas, pero su incapacidad de resolución, y su cobardía, le mantenían amarrado en aquel Centro donde los años iban sucediéndose lánguidamente a la espera de lo jamás ocurriría.

A la velocidad que marchaban los acontecimientos, Haserwood,  y parte de la corte llegaría, y no sabría qué decirles, y todo por lo que había estado luchando durante treinta años se iría en un minuto a la basura. Tenía que averiguar, a costa de lo que fuese, los motivos del desbarajuste o inventárselos para salir airoso de la situación; debía encontrar un chivo expiatorio al precio que fuese.

Visiblemente alterado se dirigió a Andrea:

— ¿Ustedes no habrán tenido nada que ver en toda esta historia, supongo? Esto es muy serio.

Logan conocía de sobra la postura crítica de Scópulos.

— Nosotros —dijo irónicamente queriendo quedar al margen de sus fallos— hemos llegado después de usted. Este tinglado ya estaba montado.
— Eso sabe perfectamente que no significa nada —advirtió. 
— Está tratando de adjudicar culpables por lo que veo. No tiene ni menor idea de lo que ha sucedido y necesita, a la fuerza, mandar a alguien al paredón...




PANDEMÓNIUM Capt. 50


50

Cuando el todoterreno entró chillando ruedas en el área del edificio éste se encontraba completamente iluminado. Los reflectores recorrían las inmediaciones sin cesar, como en un campo de concentración, extendiendo sus potentes halos de luz, mientras las sirenas rompían con sus aullidos el silencio de la noche. Dos docenas de agentes de seguridad, armados hasta las cejas, se movían inquietamente de un lugar para otro como abejas obreras en un panal.

Bud Morrison, el responsable del personal de seguridad, informaba a Logan de lo sucedido.

— No sabemos lo que ha pasado —argüía—. Esto jamás había ocurrido anteriormente. Lo cierto es que al laboratorio no hay quién entre. Casi todos los animales se encuentran fuera de sus jaulas. No he visto cosa igual en mi vida, esto es un complot... Alguien ha abierto desde fuera las puertas. No cabe otra explicación, la apertura se efectúa electrónicamente desde la cabina de mando. 

Andrea y Natacha, se miraron inmediatamente. Sin decir una sola palabra se habían entendido. No podían estar completamente seguros que tal acción fuera obra de Ulises. Pero algo, una sensación imposible de describir, les hacía estar casi convencidos. Lo más factible de pensar era que, en efecto, alguien desde el interior del inmueble hubiese accionado la apertura de las jaulas con alguna finalidad que posiblemente jamás sería descubierta; si bien la supuesta conspiración recaería irremediablemente sobre los empleados que se hallaban amenazados.

Los animales que aún estuviesen en el interior del edificio, que no eran todos, parecían igualmente amotinados lo que entrañaba una grave contingencia. El resto, los más rápidos y menos voluminosos, se habían desperdigado en la oscuridad. Todo aquel desastre suponía, entre otras muchas cosas, tener que pedir refuerzos urgentes al ejército y a la policía del estado, rastrear detenidamente la zona, capturar las especies y poner la zona en cuarentena hasta haber censado y controlado debidamente todas y cada una de las razas; y con mucho más motivo, a aquellas especies secretas, grotescamente híbridas, que no aparecían en ningún catálogo y que sólo unos pocos sabían de su existencia.

Eso, desde luego, les mantendría ocupados bastantes días. Y no se trataba de un juego, ya que, al menos, un guardia de seguridad ya había muerto bajo las garras de un león, al coincidir en uno de los pasillos del  edificio. La superficie de actuación de los animales escapados por difícil que pudiera resultar, no obstante, quedaba relativamente controlada por las vallas electrificadas, que, casi automáticamente, o sea, a los cinco minutos de iniciarse las alarmas, quedaban a una tensión de cuatro mil voltios, lo que supondría que, alguno de ellos, en su afán de libertad, quedase inevitablemente electrocutado.

El desconcierto que implicaría el hecho vendría inmediatamente seguido de una feroz espantada de vuelta, que pondría en serios aprietos al personal de seguridad, los cuales, en muchos casos, no tenderían más cojones que abatir las fieras y no siempre efectuando descargas narcotizantes, ya que, tales efectos sedantes, antes de lograr su propósito, podían ser causa de muchas desgracias.

A la noche le quedaba una hora escasamente de reinado. Al rayar el día, media docena de helicópteros se pondrían en movimiento recorriendo la zona boscosa, localizando a los huidos por los sistemas GPS que llevaban incorporados en las cabinas y por los implantes electrónicos, que éstos, los animales, tenían depositados en el interior de su piel indicando su posición con exactitud.



PANDEMÓNIUM Capt. 49


49

La luna vieja, plena y ambarina, había descendido notablemente en aquel océano mudo y negro que era el cielo. El alba, de puntillas, se acercaba aclarando suavemente la imprecisa línea del horizonte. La bióloga y el ingeniero, entretanto, correteaban por los laberínticos pasillos de la residencia con la intención de burlar la vigilancia y dirigirse en el todoterreno al laboratorio. La puesta en marcha del plan debía ser ejecutada sin dilación. No habían caminado más que un centenar de metros, cuando el teléfono móvil de ambos sonó a un tiempo. Se miraron con extrañeza. Las dos llamadas procedían de la misma zona de vigilancia del laboratorio. Casi nunca sonaba a esas horas pero cuando lo hacía era por alguna incidencia. Una extraña sensación se apoderó de los investigadores. El griego se anticipó.

— Andrea Scópulos, ¿dígame?
— Señor Scópulos —habló la voz sobresaltada del guardia de seguridad—, estamos intentando localizarle a usted y a la señorita Zinsky. Es urgente. Muy urgente...
— ¿Qué sucede?
— ¿Qué sucede? —repitió el guardia, turbado, a punto de estallarle el corazón—. Sucede que el laboratorio se ha convertido en un completo caos. Los animales se han vuelto locos. No sabemos de qué manera ni a cuento de qué pero la mayoría han escapado de sus jaulas. No hay forma de controlarlos, están enloquecidos, es una auténtica pesadilla... Tienen que venir cuanto antes.
— Ya estamos de camino, no se apure. Estamos allí en menos de un minuto. Vayan preparando los rifles narcotizantes... Por cierto, acláreme una duda… ¿Y el mandril? ¿ Han localizado al mandril? ¿Sigue en su jaula?

El guardia quedó en silencio, pensando. Su desconcentrada mente no le permitía recordar con la inmediatez que éste le exigía.

— Mire usted, ahora mismo no sé con seguridad si podría estar matándose entre el resto de los animales que andan sueltos en el laboratorio. Pero no, en su jaula, desde luego, no se encuentra.
— Bueno, tranquilícese. Estamos en marcha.

El guardia, al otro hilo del teléfono, se quedó un tanto sorprendido aunque no hizo ningún comentario. ¡Qué rapidez! —pensó—. Ya están de camino. Claro, que el guardia no podía sospechar para nada que las intenciones de Andrea y Natacha eran, precisamente, ir allí. Aunque la sorpresa venía servida en dos direcciones, ya que, al técnico, también le cogía en fuera de juego aquella inesperada situación de urgencia que desmontaba transitoriamente sus pretensiones. La residencia de todo el equipo de científicos, al igual que el centro de investigación, se hallaba estratégicamente sumida en el corazón del bosque; en una inmensa y compacta masa forestal que deliberadamente les aislaba del mundo exterior como si de un colegio universitario se tratase. El laboratorio, concretamente, distaba de la residencia cinco kilómetros.

Al tiempo que montaban en el vehículo, Zinsky, preguntó:

— ¿Qué sucede?
— En realidad, no lo sé —respondió el ingeniero con un claro gesto de preocupación—. Tan sólo que parece haber habido una estampida dentro del laboratorio.
— ¿Qué no me has dicho que deba saber? —interrogó Zinsky con recelo. 
— Que, o mucho me equivoco, o esto tiene toda la pinta de llevar estampada la firma de Ulises. 
— ¿Qué te hace pensar eso?
— Creo que lo sabes tan bien como yo. Hemos subestimado a Ulises. Ese animal, por decirlo de alguna manera, porque ya no sé lo que es, ha completado antes de lo que esperábamos su mutación genética. Ha estado observándonos él más a nosotros que nosotros a él. Y personalmente estoy convencido que lo único que ha hecho es anticiparse a nuestro juego. Bueno, eso, y a joder de paso todos los proyectos en curso, lo que no me parece mal...
— ¿Y qué problema hay? ¿No es en el fondo lo que deseabas?
— Sí, pero...
— ¿Pero…?
— Lo único que lamento es no haber tenido ocasión para disculparnos por la iniquidad cometida.



PANDEMÓNIUM Capt. 48


48

Scópulos movió la cabeza asintiendo. Sabía que Natacha no iba descaminada. Sabía que tenía razón, llevarlo hasta el bosque era sólo una salida pero no la solución. La solución, posiblemente, no se encontraba en ningún lugar, tal vez, porque no existía. Para empezar ninguno de ellos disponía de los costosísimos medios que supondría retornar a Ulises a África. Aún menos sin documentación; se encontrarían automáticamente fuera de la ley. Además de que, de ser cierto que el mandril se hallaba en el proceso irreversible de mutación genética, seguramente ni el viejo continente africano era ya su lugar; sería como transportar a un ejecutivo de la Bolsa Nueva York hasta el paleolítico.

Andrea se levantó del borde de la cama donde se encontraba hablando con Zinsky y encendió un cigarrillo del paquete que la bióloga había dejado apoyado en la ventana. Llevaba intentando no fumar cuatro meses, pero, maquinalmente, se introdujo el pitillo en la boca. El aroma y el humo del Camel sin filtro invadieron de un extremo a otro sus pulmones; las circunstancias le restaron importancia a la penitencia sabiéndole a gloria en ese momento de tensión.

— Es posible —señaló el ingeniero lamentándose— que no queden salidas para Ulises en este mundo. Puede que sea una equivocación dejarlo en el bosque. Pero dejarlo aquí nos convertiría en auténticos cómplices de asesinato. Lo sabes. Demasiado daño le hemos causado ya. No es tan sólo un animal, y también lo sabes. Ulises es algo más. Sabes que de un tiempo a esta parte, su mirada escrutadora va mucho más allá de la simple y primitiva mirada de un animal.

Natacha seguía sentada en el extremo de  la cama. Asintió en silencio intuyendo que la escasez de posibilidades, les empujarían a una salida poco ortodoxa. El joven griego continuó fumando de espaldas a ella, de pie, frente a la ventana. No estaba seguro de cómo salir de la situación. Cualquier iniciativa iba a resultar seguramente inútil. Pero, desde luego, sí sabía que no estaba dispuesto a seguir contribuyendo ni un segundo más en aquella barbarie. Bastante mal había hecho ya las cosas. Los remordimientos de conciencia, a partir de ese momento, serían completamente inevitables tomase la decisión que tomase. Éstos aullarían en las sombras, rondarían su memoria como un cobrador de morosos; golpearían, iracundos, en sus horas bajas, e incluso, tendría que aprender a vivir con ese espectro el resto de sus días. Pero eso era suficiente. Quizá demasiado. No necesitaba más vapuleos.

— ¿Conoces —preguntó— la teoría de Okam?
— No.
— Pues según él —expuso pensativo—, la solución más sencilla es, casi siempre, la más probable. No nos queda ni demasiado tiempo ni demasiadas alternativas y debemos actuar ya, ahora. Mañana puede ser tarde. Tenemos muy poca ventaja sobre ellos, en el momento que lleguen nuestros despidos, y no dudes que van a llegar, nos impedirán la entrada al laboratorio y entonces sí que Ulises dejará de contar con las escasas posibilidades que ahora mismo tiene.
Andrea se dirigió hacia la puerta. Ella le retuvo por un brazo. Preguntó.

— ¿Estás seguro de lo que quieres hacer?
— Y tú, ¿lo estás tú?

Andrea y Natacha se miraron en silencio un instante. Sus miradas trataban de asegurarse la una sobre la otra por lo que habían decidido efectuar, poner en libertad a Ulises. Liberar al mandril con el riesgo que ello suponía, tanto para ellos si eran descubiertos, como para el propio animal, que a partir de su liberación quedaría brutalmente sometido y expuesto a los sucesos que pudieran surgirle. Aun así, intentarían dejarlo en libertad.

¿Le dejarían en libertad o por el contrario le estaban arrojando sin más a un destino cruel atestado de sorpresas? Posiblemente había que reconocer que ambas cosas. La idea resultaba a todas luces descabellada. No iba a tener nada fácil sobrevivir en aquel inmenso bosque por muchos cientos y cientos de hectáreas que tuviera, pero al menos tendría una posibilidad entre un millón. Lo que dejándole allí, en la celda, ambos sabían que ni siquiera gozaría de esa ínfima probabilidad y simplemente sería catapultado al espacio para ser historia.



PANDEMÓNIUM Capt. 47


47

Natacha seguía mirándole intensamente. Probablemente no había escuchado el último tramo del razonamiento. Le observaba detenidamente. Como no lo había hecho nunca hasta entonces. Se le acercó aún más. Luego depositó en sus labios un pequeño beso que no quiso evitar. En un segundo había logrado comprender todo lo que el griego quiso decirle desde que la conoció.

— Creo —dijo la bióloga repuesta de la sorpresa ofrecida por Scópulos— que todo esto estaba perfectamente estudiado desde el principio...

Scópulos guardó un momento de silencio. Reflexionó. Luego dijo:

— Todo no.
— Explícate —intentó sonreír—, no me des más sorpresas… ¿A qué te refieres?
— Me refiero a nuestro amigo Ulises. Tú mejor que nadie sabe que Ulises lleva tiempo tirando balones fuera. Quizá más tiempo del que sospechamos.
— ¿Balones fuera?
— Joder, sí, que entiende perfectamente lo que oye. Estoy convencido. Otra cosa es que le interese decírnoslo. A todos los efectos, nosotros, ante sus ojos al menos, somos tan culpables de su desgracia como son los demás. Somos los responsables de su mutación genética. Quizá esté pensando que hubiese sido mejor morir en la selva. Ese, al cabo, era su mundo.
— ¿En qué estás pensando, Andrea?
— Estoy pensando —dijo el joven— en lo mínimo que podemos hacer por él. Darle una oportunidad.
—  Eso es una completa locura ¿Estás sugiriendo liberarle? ¿Hablas en serio?
— Claro que sí —bajó el tono de su voz que por la indignación contenida comenzaba a elevar—. Estoy hablando de ofrecerle una puta y exclusiva oportunidad. Aquí no tendrá ninguna. Aquí lo matarán. ¿Es que no lo entiendes? Has criado a ese animal como si fuera un hijo. Un hijo muy especial. ¿Crees que no me he dado cuenta? Si llegas a la conclusión de que nos hemos equivocado es lo menos que le debes, ¿no crees?
— Tienes razón. Lo que sucede es que libertarle sería lo mismo que no hacerlo —expuso—. No estamos en la selva. Nos encontramos en un laboratorio en medio del bosque. Un bosque muy grande, grandísimo si tú quieres, pero un bosque a fin de cuentas. Un bosque inmenso, a cien kilómetros de la ciudad. Si le soltamos estamos abocándole con total seguridad a una muerte cierta, porque, en el mejor de los casos, se ocultaría en él y sólo Dios sabe lo que podría suceder. Desde que pudiera asesinar a alguien hasta el hecho inevitable de que, antes o después, fuese abatido por las patrullas de guardabosques o el mismo ejército. 



PANDEMÓNIUM Capt. 46


46

Andrea era un joven ingeniero griego, natural de Salónica, que reconstruía poco a poco su arrasada vida lejos de su país. El desamor le había tendido su habitual trampa mortal y se había encontrado, en más de una ocasión, en el oscuro acantilado donde se liberan los suicidas. Y decidió huir. Tras años de soledad y desesperanza, de vagar sin dirección de un lugar para otro sin nada a qué aferrarse había aparecido, súbitamente, como una estrella en su cielo vacío Natacha.

Su introvertido comportamiento se opuso desde el principio con fuerza a hablar con ella más allá de lo estrictamente profesional. Pero su corazón temblaba como una hoja; se sentía atrapado cuando Natacha le miraba o le hablaba. Aquella dulce y olvidada sensación le había devuelto, lentamente, las ganas de vivir. Y día tras día notaba cómo iba perdiendo la voluntad. El añil profundo de sus ojos traicionaba, cada vez con menos disimulo, sus calladas intenciones. Sus sentimientos, seguramente podían esperar un poco más, pero, de todas maneras, tenía que hablar con ella. No podía pasar más tiempo. Lo sucedido en el laboratorio la tarde anterior desordenaba por completo los planes del Proyecto Ulises, lo que hacía completamente necesario que ambos conversasen. Debían hablar con urgencia de muchas cosas. 

¿Qué vamos a hacer? –preguntó él.
— Si supieras que llevo toda la noche pensando en lo mismo...
— ¿Cómo es que no nos hemos dado cuenta de lo que estábamos haciendo? Esto no está bien...
—  Me parece que para esa reflexión es un poco tarde —dijo Natacha—. Les hemos hecho el trabajo sucio y dentro de un par de días, a lo sumo, nos mandarán a la mierda. Seremos historia. Yo volveré a mi pueblecito en Ucrania y tú a Salónica. Lo que más me duele —prosiguió— es pensar lo que será de Ulises. Pobre animal, somos unos cerdos. ¿Cómo y dónde acabará? Por cierto —cambió momentáneamente de conversación cuando recordó que debía hacerle aquella pregunta— ¿Es verdad que desde el principio estabas en desacuerdo con lo que hacías? —preguntó la bióloga. 
—  Absolutamente —respondió Andrea mirándola fijamente a los ojos.
— ¿Entonces por qué lo has hecho? —cruzó los brazos delante de él en media actitud de reproche.
—   Por ti. Únicamente por ti. Te veía tan entusiasmada con el Proyecto Ulises que no fui capaz de herir tus emociones. Para ti era demasiado importante. Tan importante, que ni te diste cuenta de lo que sentía. Y así me limité tan sólo, todo este tiempo, a servirte de apoyo en tus sueños. Yo no he venido hasta aquí para experimentar de esta manera con animales al servicio, más que cuestionable, de las finalidades reales de estos tíos. Vete tú a saber cuáles son, en realidad, sus intenciones. De esta historia únicamente nos han dicho una pequeña parte. Lo que a ellos les ha interesado que sepamos en cada momento, el resto lo llevan en absoluto silencio. He tenido oportunidad de ver experimentos con animales que te dejarían helada. Han sido increíbles. Asombrosos. Se acercan más a la tortura que a la ciencia y de los que han surgido los más espeluznantes resultados como respuesta, te lo garantizo. Han surgido extraños y repulsivos híbridos de formas demoníacas... Apenas sabemos nada de sus verdaderos planes, pero te aseguro que son monstruosos y repugnantes. Yo —dijo bajando la cabeza— me hubiese marchado hace tiempo; en cuando empecé a descubrir este tipo de prácticas. En cuando comprendí que todo esto estaba podrido. Pero tampoco quería perderte ni sabía cómo explicarte toda esta maraña de mierda. Tenías que darte cuenta tú sola. Una vez que me lo has preguntado ya puedes oír mi opinión, ya puedo responderte con total sinceridad. De todas maneras, ya oíste ayer al cabrón de Haserwood, al final ni agradecidos ni pagados. A la puta calle...   



PANDEMÓNIUM Capt. 45


45

Una luna inmensamente pálida y boquiabierta presenciaba en silencio la soledad de Natacha que, asomada en el balcón de su habitación, fumaba. Oteaba un titilante horizonte azul; intenso y algo brumoso. Aunque lo cierto es que no lograba integrarse en el paisaje. Su mirada, ausente, andaba perdida, en los desagradables acontecimientos que le había tocado vivir horas antes.

Su futuro, en semejante situación, se complicaba más de lo que ella misma podía suponer. El quedarse sin trabajo de la noche a la mañana agrietaba sus propósitos cuando por fin había decidido dar un paso hacia delante y escapar de la falta de porvenir y de la miseria que se comía a pedazos su diezmado pueblecito al sur de Kiev. Parecía que hubiese pasado, desde que soñara con huir hasta ese momento, un millón de años. Sin poder evitarlo se sentía profundamente angustiada. Se sentía destrozada y fracasada. Los esfuerzos y los años de sacrificio por llegar hasta donde actualmente se encontraba le habían supuesto, indefectiblemente, tener que dejar atrás muchas cosas para llegar a la amarga conclusión de que, tal vez, el error lo cometió cuando se abandonó en cuerpo y alma a sus sueños. Ahora, esos mismos sueños iban a verse seriamente dañados, derrumbándose precipitadamente ante ella sin que pudiera hacer nada.

Aunque si algo de verdad retorcía su maltrecho espíritu era tener conciencia de la atrocidad que había creado, edificando para aquellos bastardos un nuevo prototipo de Frankenstein. Aquel animal al que habían bautizado de igual manera que al Proyecto, era, después de todo, la auténtica víctima. La única víctima. La vida, de uno u otro modo, aquí o allá, mejor o peor, continuaría sus pasos tanto para Andrea, como para ella misma. Pero… ¿Qué iba a ser de aquel pobre animal al que habían condenado de por vida sin ninguna posibilidad? ¿Qué iba a ser de Ulises? ¿Quién le devolvería su libertad y su antigua identidad? ¿Quién le hablaría de las puestas de sol en su África natal y de sus compañeros? ¿Quién repararía los errores cometidos? Nadie. Absolutamente nadie. Sabía que en ese aspecto no existía vuelta atrás. Si los responsables del Proyecto decidían enviarlo al espacio sus días estaban contados, acabarían allí; en la infinita soledad del cosmos. Y si por el contrario optaban por no hacerlo su eliminación era, de igual modo, una crónica anunciada.

En la ventana, petrificada ante los reproches de su conciencia y una mágica y calurosa noche de plenilunio, veía pasar lentamente los minutos y las horas, incapaz de conciliar el sueño.

Alguien tocó despacio en la puerta de su habitación. Era Andrea.

—Necesito hablar contigo —susurró.
—Y yo —respondió—. Pasa.


PANDEMÓNIUM Capt. 44


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— Eso me resulta imposible de creer. Es el colmo. Me resulta completamente imposible de creer —rebatió Logan—. Me parece absurdo.
— ¿Por qué le parece tan absurdo?
— Porque el comportamiento que ha tenido esta tarde, ha sido como el de cualquier animal indómito. Ha sido, simplemente, una reacción que nada tiene que ver con su inteligencia. Lo ha dejado claro.
— Le recuerdo dos simples detalles —quiso, a la sazón, exponer Andrea—; el primero ha sobrevenido inmediatamente después de que Haserwood gritase a Natacha. El segundo, es que cuando ella le ha ordenado soltar, Ulises, le ha soltado. Además...

El Director interrumpió groseramente el resto de la exposición de Scópulos.

— Me parece una solemne estupidez. Usted ha perdido el juicio —atajó, Logan, malhumorado no queriendo escuchar sus inconsistentes argumentos—. Los domadores de fieras también son obedecidos y eso no hace más inteligentes a los animales...

Natacha y Andrea se miraron en silencio en un gesto de complicidad. Era cierto que nada tenía que ver una cosa con la otra. Y afortunadamente, Logan, había cortado el discurso justo un momento antes de que el ingeniero dijese en voz alta lo que opinaba desde hacía algún tiempo. Aunque, de todas maneras, a los asistentes a la reunión lógicamente se les escapaba un detalle. Posiblemente el más importante. Uno que iba más allá de lo visible y lo previsible. El único por el que ellos dos, Natacha y Andrea, sabían reconocer perfectamente determinados comportamientos: su mirada. La mirada de aquel simio últimamente era diferente, lo habían hablado entre ellos con cierta inquietud. Y por otra parte tampoco se hacía rigurosamente necesario discutir con pasión aquel tema con nadie más.

Posiblemente se llegaba a un punto de inflexión, en el que ya no se hacía interesante desvelar demasiada información. Podían terminar a buen seguro en un manicomio si eran capaces de perseverar en sus presentimientos. No existía, además, mejor sordo que el que no quería escuchar. Logan, de alguna manera, alejaba su postura de cualquier complicación; se limitaría exclusivamente a hacer su trabajo hasta dónde le dejasen. Si al final resultaba que el sujeto elegido no era válido se eliminaría y en paz. No se trataba de una cuestión de indiferencia o insensibilidad tanto como de un objetivo perfectamente definido en los planes de la Compañía IPCICCEX, el cual, no debía, en modo alguno, ser cuestionado.

Por la parte que incumbía a los investigadores, un sentimiento tácito de empatía nacía de las miradas entre la bióloga y el ingeniero que, sin estudiarlo ni premeditarlo, los ponía de acuerdo en los puntos esenciales los cuales necesitarían hablar con tranquilidad. A solas.

Eran científicos, no quedaban dudas al respecto, pero ambos comenzaban a discrepar de la filosofía y el método empleados. También de la finalidad. Empezaban a no sentirse ni bien ni cómodos con su trabajo. Se sentían tan utilizados como engañados. La concienzuda labor de investigación de todo un santo año se les iba a la mierda tras la visita de aquel cabrón sin escrúpulos que los había humillado y tachado de incompetentes. Y a los que, con muchas posibilidades, les llegaría su cese inmediato a vuelta de correo.

Pero esa preocupación, por el momento, quedaba eclipsada en un segundo plano. Porque no era aquello, ni mucho menos, lo que se había quedado al descubierto tanto como la acción de arrojar luz sobre sus propias conciencias. Eran investigadores científicos, sí, pero todo tenía un límite. Un límite que estaban sobrepasando sin darse cuenta. Y precisamente tuvo que ser el capullo de Haserwood, con su detestable prepotencia, el que les hiciese reflexionar sin querer acerca de lo que estaban haciendo. Qué ironía... Eso, unido al indudable hecho, de que tanto el uno como el otro habían iniciado desde hacía tiempo un sólido afecto por aquel bello ejemplar de mandril.



PANDEMÓNIUM Capt. 43


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— A pesar de lo sucedido, Logan, tengo otra sensación. Tengo la impresión de que Ulises ha estado tomándonos el pelo todo este tiempo. Por lo menos últimamente —apuntó con mordacidad—. Quizá estemos, sin saberlo, subestimando su evolución. Lo que puede estar sucediendo, y no voy a negarlo, es que las cosas no hayan ido por el camino más corto o, simplemente, por el rumbo que nosotros teníamos planificado, lo que no significa en absoluto que hayamos fracasado.

Andrea tomó el relevo de la argumentación. Logan, visiblemente sumergido en lo que se le venía encima, parecía no centrarse demasiado bien en lo que le decía Zinsky.

— Tanto ella como yo hemos pasado cientos de horas junto a Ulises. Ella aún más. Y puede que Natacha tenga razón. Sabemos que hemos mutado su estructura genética. Sin embargo, no tenemos ni idea de la velocidad que ésta ha adquirido ni la forma en que ha evolucionado. El ir contra la naturaleza tiene desventajas; entre otras, la inexperiencia y el descontrol de las consecuencias. La principal supone, que este tinglado, aún pueda revolverse contra nosotros en la trayectoria equivocada de querer ser mejores que Dios.
— ¿No está usted convencido del trabajo que realiza?
— Convencido, sí, de acuerdo no — expresó con sinceridad Andrea—. Todos estos experimentos y ensayos me parecen una aberración; un desafío a las leyes establecidas. Es ir contra natura.
— Bueno, eso es sólo cuestión de opiniones —quiso, Logan, disculpar la situación—. La ciencia es sólo ciencia y no debe hacerse planteamientos morales, de lo contrario no avanzaría. De lo demás ya se encargan las Leyes. Nuestro trabajo es el que es y no debiéramos extrapolarlo a configuraciones éticas. Sería imposible progresar, ¿no les parece? Pero volviendo a la conversación que realmente nos interesa, ¿cómo es que a estas alturas no tienen una idea concreta de la evolución del simio? Para qué están, entonces, los seguimientos que se le han estado practicando —indagó el director.
— Yo no he dicho que no tengamos controlados los cambios. Por supuesto que están controlados. Tenemos informáticamente archivados cientos de estudios al respecto; incluso con estadísticas de progresión, gráficos, ábacos de curvas, etc... A lo que estoy refiriéndome en todo momento es a la “velocidad” del proceso, porque... —dijo el ingeniero levantando la mano en señal de que todavía no había concluido su teoría— ¿Sabemos, en realidad, “cuánto” ha avanzado bajo nuestro control? No lo sabemos. ¿Quién puede asegurar que en un determinado instante de transferencia genética no haya evolucionado mucho más activamente de lo que nosotros mismos sospechamos? Esa es la cuestión y lo debemos averiguar. Podría resultar, como bien dice Natacha, que nos esté engañando. ¿Podría estar falseando o retrasando a conciencia los resultados en los que él directamente tiene que colaborar para ganar tiempo?
— ¿Ganar tiempo? —Logan miró a Andrea y torció el gesto como si el ingeniero estuviera completamente loco— ¿Ganar tiempo? ¿Para qué? ¿Con qué fin?
— Sinceramente, no lo sé. Tal vez para escapar —dijo Andrea precipitadamente.


PANDEMÓNIUM Capt. 42


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Los visitantes, aterrorizados por la tremenda rapidez con la que el simio había atenazado a su presa, corrieron sin dirección sin saber dónde meterse. Aquél, mientras, completamente inhabilitado para esgrimir una sola palabra de auxilio, se retorcía como una culebra en su desesperado pero inútil intento por zafarse de la bestia que le sujetaba el cuello, impidiéndole respirar. Su cara, pronto se amorató como una lila y unos espumarajos se asomaron a sus violáceos labios. Desde tu acomodada y privilegiada posición mantenías al hombre sujeto. No estabas dispuesto a soltarle; gritabas furioso, exhibiendo altivo tus poderosos colmillos en la misma y tumefacta oreja de Haserwood, mientras sus ojos perdían la órbita yéndose hacia el interior.

Una voz firme y segura detuvo el inminente proceso de estrangulación. 

— ¡Ulises, suéltale, vas a matarle!

El mono la miró. Sus ojos redondos se hundieron en ella.

¡Te he dicho que le sueltes!

Un momento después dejaba de hacerle presa y Haserwood caía al suelo tosiendo como un leproso.

— Vamos a tener muchos problemas —confirmó Logan horas más tarde con visible preocupación ante todo el equipo de ingenieros, reunidos en la mesa ovalada e interminable de la sala de juntas—. Lo que ha sucedido hoy no debía haber sucedido de ninguna forma. Va a costarnos muy caro. Los informes que este tío dará ante el Consejo de Investigación pueden cortarnos, también a nosotros, la respiración. No hubiera imaginado jamás que Ulises pudiese reaccionar de una manera tan violenta. Ha estado a punto de ahogarlo. Ha faltado poco.

Hizo una breve pausa, pensativo. Luego continuó.

— ¿En qué nos hemos equivocado? ¿Qué ha fallado en las pruebas? Este tipo de reacciones no eran ni mucho menos las esperadas; creo, honestamente, que hemos fracasado con estrépito en nuestro programa de investigación; Ulises no debía de ninguna manera de haber reaccionado del modo en que lo ha hecho, se ha comportado simplemente como lo que es, un simple animal. Los meses de investigación llevados a cabo en este espécimen, las distintas pruebas a las que ha sido sometido no han logrado transformaciones de relevancia en la conducta de Ulises. Creo,  honestamente, que hemos perdido nuestro tiempo en ilusiones imposibles. Posiblemente hemos jugado a ser Dios y hemos perdido. La experiencia que hoy hemos vivido es la prueba más evidente…—expuso al equipo de investigación resoplando con desilusión—. Esto, por desgracia, viene a confirmar que el tal Haserwood, a su manera, tiene razón, que el Proyecto Ulises, ha sido un error, un fracaso. Así mismo lo haré constar en el informe que presente mañana a primera hora.

Natacha, contra todo pronóstico, sonrió. No estuvo tan segura como el director.



PANDEMÓNIUM Capt. 41


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—  Señor Haserwood, señorita Zinsky, por favor, no perdamos los nervios. Comprendo la inquietud de ambos. Dele usted el informe completo de su gestión, quizá así...
— No necesito ver ningún informe —atajó de mala manera el tipo—. ¿Es que no tienen ojos en la cara? ¿No están viendo que este miserable bicho no tiene posibilidades? —comenzó a reír nerviosamente—. ¿Se imaginan ustedes este mono en el espacio infinito enviando datos? Siempre fui un detractor del Proyecto pero a cuatro meses del lanzamiento ni me lo imagino. Esto ha sido una burla. Una pérdida de tiempo y dinero. Señor Logan —amenazó perdiendo, de súbito, su sardónica risotada—, le sugiero que no defienda lo indefendible, no es más que un aconsejo. El único informe que necesito es el que yo mismo estoy evidenciando, para eso exactamente he sido enviado por la Compañía. ¿No le parece suficiente? Han tenido un año para ofrecernos datos de interés y lo único que me encuentro al llegar es un simio drogado a punto de morir. Quiero, inmediatamente, el finiquito del equipo responsable. Hemos perdido un puto año.
— Señor Haserwood —expuso el director retomando con firmeza el puesto que le correspondía—, el Proyecto está prácticamente finalizado. Le ruego, por tanto, que nos permita llegar hasta el final para juzgar el éxito o el fracaso del experimento.
— Logan, se lo advierto, no estoy dispuesto a... —elevó considerablemente la voz el energúmeno a la vez que gesticulaba y amenazaba a los presentes inyectado en rabia.

Sin embargo, tú, Ulises, tal como te hacían llamar, desde tu jaula, con la mirada aparentemente extraviada no habías perdido, pese a las apariencias, un solo detalle de los razonamientos que exhibían unos y otros. Y aquel individuo, llamado Haserwood, te había caído mal desde el principio.

Con independencia de los planes que todos aquellos personajes te hubiesen diseñado y fabricado por su cuenta, y ante los cuales ibas a rebelarte con tremenda celeridad, ya que poseía suficientes elementos de juicio como para intentar escapar, te llegaban puntuales fogonazos de los restos que aún conservabas anclados en su primitiva memoria. Recordabas, por ejemplo, que aquella hembra humana, había dejado aparcadas muchas horas de sueño para atender incansablemente tus alterados estados espasmódicos y febriles.

Recordabas, de igual forma, cómo la dulce modulación de su tono aquietaba, en cierto modo, tu sufrimiento; casi siempre disponía de una solución que aplicarle para calmar tu espesa angustia. Pero, ante todo, evocabas, cómo su mirada se mecía ante ti abierta y serena, continuamente limpia en el óvalo de su rostro. Así que, sin poder justificar la lógica de su indignación, no dejaba de joderte que aquel impresentable vociferase a su cuidadora. Y como una centella, extendiste tu peludo brazo sacándolo fuera de la jaula para sujetarle el cuello desde atrás; de tal manera, que éste, quedó completamente pegado a los barrotes de la celda como un sello al sobre.

Tras un segundo de sorpresa, en el que nadie fue capaz de reaccionar, los gritos de alarma se extendieron por toda la sala creando una sorprendente y confusa situación.



PANDEMÓNIUM Capt. 40



40

El invitado observó un segundo a la joven. Y lo que, a su criterio, interpretó como un desafío. Nadie la había hablado jamás así. Ni esperaba una respuesta tan decisiva ni directa. Sus ojos se clavaron en ella como dagas. Natacha no se perturbó. Entretanto, el director del Centro Experimental, palideció en silencio.

— Por supuesto que quiero garantías y, por cierto, las quiero todas —lanzó irritado—. Es más, las exijo. ¿O creen que estamos aquí de gira turística? Este proyecto, ustedes incluidos, la mastodóntica infraestructura creada, los sistemas informáticos, las Bases de Lanzamiento; todo, completamente todo, debe cumplir un estricto y milimétrico calendario. ¿Tienen ustedes la menor idea de lo que le cuesta a la Organización un día suyo de trabajo? Creo que no. Me parece  —prosiguió señalándoles inquisitoriamente con el dedo índice— que esta conversación no está todo lo clara que debería estar. Al paso que van, por el camino que llevan y por lo que estoy viendo —afirmó con rotundidad mirando a Ulises— este mono, ¡este puto mono!, es completamente incapaz de tocar por sí mismo un botón dentro de una cápsula. Yo esperaba algo muy diferente...

Sin darse cuenta, mientras gritaba como un poseso encabritado, fue aproximándose a la jaula.

— ¿A quién esperaba encontrarse dentro de la jaula, a Bill Gate? —reprochó Natacha con sarcasmo— Este simio y sus características, son únicas, se lo garantizo. Pero no por ello deja de ser un animal; un primate, no una máquina. Aunque puede que usted eso no lo entienda. De todas formas, este animal, le repito, “aún” se encuentra, por decírselo en un lenguaje coloquial, a “medio elaborar”. Pídannos resultados y responsabilidades en el plazo acordado: o sea, dentro de dieciséis semanas.
— Señorita —sentenció, recuperando la calma, no así el carácter implacable ni la nueva e imprevista decisión—, no creo que usted, concretamente, esté aquí para verlo.

La mujer le miró con dureza.

— Haga lo que considere oportuno —dijo, mientras sentía un nudo taponándole el estómago.

El director del Centro no abrió el pico. De soslayo observó al individuo que mantenía su encaro sobre Zinsky. Después la miró a ella. Advirtió como la vista de la joven se derrumbaba un instante en el pavimento. Sabía que la investigadora era mucho más que una compañera, llevaba meses trabajando duramente el “Proyecto Ulises”. Incluso, a veces, durmiendo en una hamaca a pocos metros del animal, controlando la evolución de sus conductas, fiebres y taquicardias, cuando éste entraba en periodos de crisis. Vigilando, noche y día, la adaptación, los progresos y las reacciones imprevistas del mono como si hubiera sido su propio hijo. Dando lo mejor de su profesión. Pero eso, ¿a quién le importaba? Carecía de mérito.

Los demás, quedaron en silencio, seguramente un tanto incómodos por la situación pero nada más. Los resultados y, sobre todo, la insolente actitud de la bióloga no dejaban dudas, tendría que pagar su atrevimiento y su patente falta de resultados.

Logan, el competente, aunque pusilánime director del Centro Experimental, finalmente, intervino. Puede que los ensayos se encontrasen en una fase demasiado embrionaria, a tenor del tiempo transcurrido. Aun así, alguien debía haber tenido en cuenta que los innumerables factores que habían ido surgiendo en el camino habían logrado provocar más retrasos de los calculados. A pesar de todo, el director, poseía la certeza de que Natacha era una excelente profesional de la que no quería prescindir a esas alturas. 



PANDEMÓNIUM Capt. 39



39

La bióloga Natacha Zinsky y el ingeniero genético Andrea Scópulos, eran las dos personas responsables del Proyecto Ulises; un espléndido proyecto del que oías hablar desde cualquier rincón de aquel calabozo. Mientras no entendiste una palabra, nada pudo trastornar tu imaginación; tu vida pasaba lenta y descoloridamente entre la angustia de la soledad y la angustia que te producía vivir encerrado; pero una vez que obtuviste la capacidad de entender a los humanos la situación cambió radicalmente.

La mañana, como siempre, se despertó rabiosamente cárdena e igniscente. El día comenzaba agitado. Un encrespado y continuo ir y venir de personal delataba la excitación.

Por lo que pudiste detectar desde tu rincón, una Comisión Especial de Investigación de la Compañía IPCICCEX, con sus inversores al mando, venía en misión oficial. La descomunal inversión económica, requería, invariablemente, resultados inmediatos. Después de visitar los puntos más relevantes y estratégicos de las instalaciones, le tocó el turno al laboratorio. Éste se convertía en un larguísimo corredor repleto de jaulas adosadas, situándose en el centro, diversa y complicada aparatología de laboratorio. La comisión fue insensible y pausadamente pasando revista, mientras cada responsable explicaba a éstos, en grado de disertación académica, los avances y novedades alcanzadas en cada sujeto. Cada animal tenía un historial que aportar y un destino que ocupar. Ahí comenzaste a oír las primeras atrocidades.

Al llegar hasta donde te encontrabas, el comité se detuvo. Tú eras, una vez más, la estrella.

—  ¡Qué magnífico ejemplar de “mandrillus sphinx”! —exclamó alguien.

Andrea respondió orgulloso:

—   Ciertamente —debutó el joven ingeniero carraspeando—. Es, posiblemente, el mejor ejemplar que hayamos tenido nunca.
— Y díganos, señor Scópulos… —inquirió uno de los anónimos visitantes en tono desabrido, tras consultar su nombre en la tarjeta de identificación que llevaba cosida en el pecho— ¿Qué puede aportarnos del inmediato “Proyecto Ulises”? Sabe, supongo, que nuestro viajero debe encontrarse perfectamente dispuesto en el plazo máximo de dieciséis semanas... ¿Evoluciona el Proyecto según lo previsto? —insistió. 

Andrea Scópulos devolvió una mirada un tanto sorprendida. Antes de responder hizo un ademán de cortesía intentando cederle la palabra a su compañera pero Natacha no intervino. Le dejó la iniciativa.

—   Aún es pronto para poder asegurarlo —expresó—. Hasta ahora las pruebas efectuadas han resultado favorables. De hecho, el espécimen, ha respondido bien a los ensayos que se han realizado. Diría más —rebuscó en su vocabulario las palabras adecuadas—, si la mutación que se ha ejecutado en su estructura molecular concluye con éxito, paso que todavía se encuentra en proceso, estaremos en condiciones de afirmar que, Ulises, podrá ser catapultado sin problemas.

El interlocutor le miró fijamente. La respuesta del científico no le gustó, no era para nada lo que el inversor perseguía oír. Tampoco tuvo la intención de identificarse delante de los investigadores. El invitado, un individuo alto, sobradamente retraído y adusto en sus maneras, se hacía llamar Haserwood. 

— Óigame atentamente; aquí, no hemos venido a perder el tiempo. Sus respuestas son absolutamente imprecisas —advirtió el visitante—. Si lo que usted quiere es dilatar los experimentos para garantizarse el puesto de trabajo, hágalo en otra parte. Aquí, en IPCICCEX, no. Esta Compañía no quiere permitirse el lujo de pagar becarios con resultados a largo plazo.

Natacha salió al paso como un rayo, con actitud desafiante.

— Señor... como se llame, ni el señor Andrea Scópulos ni yo pretendemos robarle ni su dinero ni su tiempo. Puede estar tranquilo. Pero le ruego una cosa encarecidamente, haga usted lo mismo con nosotros: déjenos trabajar. Creo que mi compañero no le ha brindado una respuesta difusa. Al contrario. Precisamente le ha confirmado que sólo estamos a la espera de que el proceso de transformación genética cubra su ciclo. Después, Ulises, será todo suyo. Ustedes están pagándonos para eso, ¿no? ¿O quiere, acaso, mandar un mono al espacio sin las debidas garantías?



PANDEMÓNIUM Capt. 38



38

No supiste cuánto tiempo estuviste retorciéndote y aullando en la jaula en ese doloroso estado de semi inconsciencia. Sólo recuerdas, vagamente, la dulce y serena voz de una mujer que, en la oscuridad, se te aproximó tratando de sosegarte inyectándote algo que, lentamente, fue calmando tu sufrimiento. Cuando hubiste recuperado la calma y la presión en el cerebro remitió, caíste en la cuenta de un detalle que, entonces, bajo los incontrolados y atroces efectos del dolor, no pudiste apreciar. El descubrimiento te dejó atónito…

¿Era cierto o estabas soñando? ¿Era una ilusión acústica o habías entendido lo que aquella mujer te susurraba intentando tranquilizarte? ¡Qué va…! Eso no podía ser. Era imposible. ¿Qué estupidez estabas imaginando? ¿Cómo ibas a entender a los bípedos?, pensaste. ¿Desde cuándo podía suceder una cosa así? ¿Desde cuándo un mono tenía la sorprendente capacidad de entender a los humanos? Debías estar confundido; probablemente, alucinando. Quizá, la fiebre, te había hecho delirar, creer que entendías lo que te estaba diciendo, no podía existir otra explicación. Pero, ¿cómo recordabas con tanta claridad y exactitud lo que te dijo?

Las horas que cubrieron el resto de la noche acontecieron viscosas, envueltas en angustia y preguntas. Y pese a que tu sufrimiento se había mitigado en gran medida, no pudiste dormir. Desde un rincón de la celda, tu pensamiento, se elevó a un plano irreconocible y comenzó a cuestionarse montones de cosas y minúsculos detalles que, hasta ese preciso momento, no te habían parecido importantes y que, sin embargo, al meditarlas, adquirían, de repente, volumen. Un desconocido volumen.

Las sorpresas entraron en tu vida con la fuerza de un huracán. En la solemne oscuridad del laboratorio, solamente fracturada por las luces rojas y los sensores de alarma y presencia, te llegaban voces del exterior. Lo sorprendente era que aquel indescifrable medio de comunicación ya no constituía para ti un intrincado e inexpugnable lenguaje. Al contrario. Cada segundo, cada hora, cada día que iba pasando se te hacía más accesible y moldeable. Intentaste por todos los medios no perder la cabeza y analizaste con la serenidad que te fue posible cada conversación. Al final, llegaste a desestimar la idea de que estabas volviéndote loco, lo cual, era bien sencillo que hubiese podido ocurrirte. Pero no. Afortunadamente no estabas desvariando. No, al menos, por el momento.

En el transcurso de los meses siguientes, tu evolución fue definitiva y el grado de receptividad, comprensión e inteligencia aumentaron considerablemente hasta lograr su punto de máxima inflexión. Tu coherencia, orientación y lógica, quedaban muy alejadas del simio que habías sido. Pero también, a partir de este singular fenómeno, pudiste darte cuenta de que, en realidad, no había ningún misterio ni existía milagro que justificase las magnificas excelencias en tu nuevo comportamiento. Todo debías agradecérselo, si se podía emplear así esta manoseada palabra, a los ensayos que los cabrones de los bípedos estaban llevando a cabo contigo, ya que, sus experimentaciones habían creado en ti una naciente e inesperada identidad.

Las preguntas, a su vez, seguían apareciéndote por todas las esquinas, asediándote, sin tener para muchas de ellas una solución que aportarte a ti mismo. Por lo que, inevitablemente, se convertía en una cuestión de paciencia. Barajaste las opciones que tenías a tu alcance y comprobaste que las pocas cartas que tenías a tu favor debías jugarlas con precaución, demostrándote a ti mismo la recién adquirida inteligencia unida al líder que seguías siendo. Aunque antes de resolver la situación y decidir qué hacer, debías aprender. Aprender de los humanos. Y aprender bien y rápido. Intentarías, en primer lugar, si es que te era posible, averiguar dónde te hallabas y cuáles eran sus planes, sus intenciones. Y por supuesto, seguir fingiendo, ante todo, no tener conexión alguna con lo que sucedía a tu alrededor. Poco después, muchas de tus dudas atravesarían el umbral de la penumbra para quedar definitivamente iluminadas.



PANDEMÓNIUM Capt. 37



37

Con seguridad nunca lo sabrás. Nunca tendrás una noción exacta y definitiva de lo que fue de ti ni de lo que ocurrió después de ser capturado. Ni hasta incluso mucho tiempo después. Como tampoco supiste, ni sabrás, cuál fue el final de Sajú, Zop y Zahí.

Desde tu incesante vértigo, considerable disminución de ánimo y aturdimiento como consecuencia de las drogas que a diario te inyectaban, quisiste engañarte imaginando que, al menos ellos, habrían conseguido el ansiado propósito que os había llevado hasta allí. Y que, burlando la destructora jauría humana, consiguieron regresar de nuevo a la jungla, intentado rehacer sus ya marcadas vidas. Pero, eso, claro, era la deseada suposición. Era lo que tú querías que hubiese sucedido. Lamentablemente la realidad se comportó de manera muy diferente. Y los pocos que consiguieron salvar sus vidas aquella trágica madrugada fueron salvajemente aniquilados en jornadas siguientes.

El tiempo se transformó violentamente para ti adquiriendo una nueva concepción absolutamente distinta y desconocida a como había sido hasta entonces. Las interminables temporadas que pasaste drogado y sometido a distintos experimentos, fueron hundiéndose lentamente en tu cerebro como una apocalíptica maldición. Los días y las noches, las lluvias torrenciales, las espectaculares y cromáticas puestas de sol, los brumosos amaneceres, la permanente incertidumbre de los peligros que a diario os amenazaban y la prolongada monotonía... Todo dejó de existir para convertirse en una cruel ironía del destino. Todo dejó de ser lo que se suponía que era para modificarse en una sola cosa: hastío y tiempo. Tiempo, simplemente tiempo. Un tiempo lacerante. Un tiempo vacío y demoledor. Un tiempo que giraba sus agujas alrededor de tu angustia para detenerse, únicamente, en la burla. Te habían convertido en una sombra. En la sombra de lo que habías sido. Ahora sólo era un payaso de circo. Un payaso sin niños.

Ahora tenías todo el tiempo del mundo para recordar tu enorme tragedia. Ahora poseías en tus manos un tiempo absurdo y sin sentido. Todo un tiempo para languidecer y morir en una jaula de apenas un metro cuadrado. Tu vida perdió su contorno; su color y su valor. Tu ansiedad zozobró a menudo sufriendo múltiples e insostenibles crisis. Ya no esperabas nada. Sólo querías morir. Morir cuanto antes. Deseabas con fuerza que, en cualquier instante, pudiese suceder algo que, finalmente, pusiese un punto final a tu vida. Pero el destino, sarcástico y amargo, como siempre, aún no había pronunciado su última palabra e, inexorablemente, seguía girando el curso de tu existencia como si de un estúpido títere se tratase.

Un día, al despertar, te sentiste especialmente extraño. No sabías qué te estaba ocurriendo. Lo achacabas a tu permanente estado de ansiedad y a tus indisolubles empeños por morir, pero lo cierto es que la percepción y la sensibilidad de cuanto te rodeaba comenzaban a ser completamente diferentes. Últimamente venía sucediéndote cada vez con más virulencia; después de cada una de las sesiones a las que eras sometido. Repentinamente se te producían estados taquicárdicos que no solían durarte demasiado, pero aquel día, además de la taquicardia, una extraña electricidad asociada a un penetrante dolor, se te inició en las paredes más profundas del cerebro. Ésta fue bajando y subiendo por la columna vertebral. La agudísima punzada te dejó extenuado, pudiendo sentir, en las puntas de los dedos y en las articulaciones, un desconocido efecto. Esa misma noche, una nueva sacudida, te hizo temblar aunque en esta ocasión, el dolor, se convirtió en algo absolutamente insoportable; tenías la sensación de que estuviesen horadándote el cerebro.