lunes, 25 de agosto de 2014

12ª TEORÍA PARA UN DESAMOR | GRACIAS, AMOR, POR REGALARME ESTA CALLE



Gracias, amor,
por arrastrarme a esta soledad tan feroz,
tan conocida,
tan hueca, tan vacía...
Donde todas tus palabras me dicen tan poco. Casi nada.
Gracias por arrastrarme a laberintos donde el hada
del amor
se desgarra, se rompe, se desintegra en mi mirada.

Gracias, amor,
por arrancarme la fiebre del amor.
Por destruir de un zarpazo mi castillo de sueños,
la fortaleza donde alzaba uno a uno mis proyectos.
Donde era, casi feliz, muriendo de amor.

Gracias, amor,
por vestirme con este oscuro traje de silencio,
por conferirme tan honda afonía.
Por hacerme saber que el cielo,
que no era tan azul, por cierto,
estaba mucho más cerca del suelo
de lo que yo sospechaba, de lo que yo mismo creía.

Gracias, amor,
por recordarme que el amor no era más que un espejismo,
una carta sin rumbo, sin destino;
la angustia de un náufrago atrapado en la tormenta.
La necesidad absurda, mustia y cenicienta,
que se agrieta en las letras de mis versos.

Gracias, amor,
por arrojarme, por abocarme con tu desprecio,
cada día, desde entonces, a la misma calle.
Una calle gris, sórdida y mugrienta, que conozco desde hace años
y que hoy regresa a mí
y se instala en mí
como un fantasma, como un engendro del pasado,
ennegrecido y harapiento.
Tratando de arrebatarme sin compasión la vida,
mis Poemas, todos mis intentos...

Porque esta es una calle sin pasión en sus esquinas
ni ilusión en sus cornisas.
Sin ventanas ni puertas a la esperanza: sin motivos.
Es una calle de sentimientos heridos,
una calle donde sólo habita mi dolor y mi olvido.

Es una calle donde la niebla me ahorca, se me enreda,
se me esparce a borbotones por las venas
vomitando soledad; creando espirales de furia y resentimiento.
Una calle sombría
donde la oscuridad del viento,
en su ira, aúlla, grita umbría,
palabras malditas, ambiguas, poliédricas y letales que no recuerdo.

Palabras que quedaron atrapadas, secuestradas, en el reverso
de mi memoria.
Y que, de nuevo, como una pócima infernal en esta diabólica noria,
como un veneno en estos versos,
emergen ebrias de odio ante mí, y me hacen vomitar.
Y donde el eco, desde un rincón de mi propio temblor,
como una sombra mortal,
deposita perverso
su fétido aliento, al aliento de todo el rencor
que estas gastadas letras son capaces de dibujar.

Porque, amor, es entonces cuando advierto,
cuando adivino,
el comienzo de la soledad,
el principio del olvido,
el final del amor.
Es, amor, el beso evitado,
incómodo, forzado.
Es el silencio.
La zozobra en la mirada,
cuando presiento que el amor se acaba.

Es, amor, al fin, la lágrima robada
a la angustia.
La huida inevitable hacia el interior de mí mismo
cuando ya no queda nada
ahí fuera en lo que creer.
Entonces, sin pretenderlo,
el mundo exterior se desploma.
Se deshace en pedazos ante mis ojos.
Y nuevamente se convierte en fosa, en abismo,
en desastre, en tristeza, en mentira, en cataclismo...


José Hdez. Meseguer
Álter Ego
Murcia. Verano de 2006



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