lunes, 25 de agosto de 2014

2ª TEORÍA PARA UN DESAMOR | CAMINITO DE LA TRISTEZA



Se aleja la tarde, despacio, sin prisa,
en un temblor de silencio.
En un temblor de pánico.
Entre inquietantes temblores de pánico vesánico.
En un temblor de angustia contenida.
Entre mentiras y traiciones desmedidas.
Entre sombras. Entre lágrimas vertidas.
Entre odios, entre iras, entre heridas.
Se va. Se aleja y sólo me deja
palabras muertas, huecas, vacías...

Es una tarde de profunda soledad.
Una tarde que se posa como una sombra negra sobre mi angustia.
Depositando demonios en mi alma; espectros en mi mundo.
Suspendiéndome los sueños, paralizando mis proyectos.
Arrebatándome de un certero zarpazo, los colores, la ilusiones;
el ramillete de sueños que soñaba...

Las fantasías, los delirios que el amor improvisa,
que crecían intactos en mis ojos al mirar sus ojos,
y en el dibujo de mi sonrisa al descubrir su sonrisa...

Es una tarde de lanzas de dolor.
De un dolor inmenso y cierto
que envuelve y galopa por  mis sentidos,
por mis instintos, envenenándome el amor.
Es una tarde de lacerante dolor,
una tarde sin respuestas.
Sin más respuestas que el doloroso silencio
que ambos, la tarde y yo, nos ofrecemos en silencio
a la sombra del cadáver del amor.
Sin más lágrimas que el ácido de una traición;
el frío que me hiela y a la vez me abrasa el desgastado corazón.

Miro el estúpido vacío que me rodea con su manto
de luces grisáceas y dantescas
y el segundero de un reloj impasible que, como la máscara grotesca
de un payaso, se burlase con su cadencia de mi llanto.
Y repaso. Y agonizo.
Y revivo. Y reviso.
Y caigo en la cuenta.
Y el alma, al instante, se deshace
caminito de la tristeza.
Se me agrieta.
Se me quiebra en pedazos,
en saladas gotas de agua...

Porque comprendo, ahora, que sus manos no eran mías.
Porque intuí, con miedo, que su boca no era a mí a quien besaba.
Porque sentí, con vértigo, que sus ojos no eran a mí a quien miraban.
Porque adiviné, al fin, que su cuerpo no me pertenecía.
Que ahora, sus manos, buscan el tacto de otras manos.
Que ahora, su boca, busca el roce sutil de otra boca.
Que ahora, sus ojos, sienten el destello de otros ojos...
Que ahora, su alma, casi nunca fue mía.



José Hdez. Meseguer
Álter Ego
Murcia, 7 de octubre 2006


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