martes, 26 de agosto de 2014

RAPSODIA PARA MI ÁLTER EGO | CARTA A MI PRIMO



Cuando la conocí pensé en darle un cheque en blanco
tan sólo por el azul intenso de su sonrisa.
O, como poco, un pagaré...
"Mira, no sé si podré o si sabré",
le dije. Pero eso a ella le importó un pijo.
Y yo, que me conozco bien, suspiré y acaté;
no debía romper, en ese instante, la magia de su regocijo
y callé.

Pero ya sabes, primo, aquello de los problemas; entresijos
que van surgiendo del querer sin querer.
Y que tampoco está tan fácil que uno vuelva a nacer...

Al final, a mi pesar, sin pensar, cedí. Nos fuimos juntos.
Esgrimiendo, hacia afuera, una sonrisa de "signal".
Maldiciendo, para adentro, mi esperpéntica señal.

Los pajaritos cantaron no sé qué.
Las nubes se levantaron, no sé a cuento de qué.
Y los cristales de la Estación se lavaron de marrón glasé.
Una estúpida cohorte de violines alados sonó desde los tejados.
Y un grupo de ecuatorianos, que bailaban reggaeton,
nos hicieron palmas al vernos tan postizamente enamorados.

No me importó mucho, hasta hace poco,
compartir con ella, cama, mesa y mantel.
Y dos niñas que mantener, si era menester.
Y por aquello de que por ahí viene el coco
de la madurez, un sitio digno dónde envejecer...

Pero es imposible, primo:
a mujer que me acerco, a hembra que me arrimo,
la cago sin remedio. Y todo, porque puede que sea yo el cretino...
Créetelo de veras, primo, es muy serio lo que te digo.
Y lo mismo que no se hizo la rama de laurel para el pico de la corneja,
sino para el de la paloma; así, del mismo modo, me siento yo en pareja:

Igual que un pingüino haciendo surf en Lanzarote.
Lo mismo que un teatro de guiñol sin monigotes.
Perdido como un pueblerino en Nueva York.
Incómodo y aturdido como una morsa en una bañera.
Ridículo como un cura bailando rock.
Impropio como la risa de una plañidera.

Tan fuera de sitio como un piano en un funeral.
Tan ilógico como un burro en misa.
Tan falso como la falsa moral.
Tan absurdo como un gorila en una cornisa.
Tan dañino como el "fuego amigo".
Tan necio como el poema que te escribo.
Tan majadero como el verso que persigo...

Que sí, primo, que sé que soy un desastre. Un botarate.
Un mentecato. Un torpe. Mis intenciones, un completo disparate.
Me marcho, he de irme, se me hace tarde para este acto,
para este réquiem. Para esta matanza de esperanza,
para este holocausto de desaciertos.

Para esta espina que me apuñala,
que me hace escribir. Y, curiosamente, a la vida me apuntala.
He de seguir con este nuevo desconcierto.
He de seguir con estas exequias, he de asistir a este entierro.
Así que aquí lo dejo. Apago el ordenador y cierro...


José Hdez. Meseguer
Álter Ego
11/12 de enero de 2008

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