jueves, 22 de marzo de 2012

MIS GAVIOTAS | ENCUENTROS...



Noches blancas
de angustias blancas.
El océano negro permanecía inmóvil.
Se contemplaba en su espejo blanco.
Tenues luces me marcaron el sendero.
mientras partía con el rostro
mil espadas de acero.

Un hospital.
Un hospital para leprosos moribundos,
enfermos, vagabundos...

Primera puñalada:
un inmenso corredor vacío,
con cientos de tumbas verdes.
Primer hastío.
Agonía: me abrasa la garganta
en el frío de esta noche enferma.
Diez, veinte, treinta, cuarenta...
¡Cien,... mil siglos! ¡Mil soledades!
¡Un millon de manos macilentas
quiebran mis cervicales...!

Segunda puñalada:
la alborada.
Bajo un cielo mortecino
pasean mil cadáveres sin destino.
Caras amarillentas.
paso lento,
ojos sin fondo,
opacos. No brillan.
En el suelo blanco nos encontramos.
Y nos miramos sin vernos.
Sin vernos, nos odiamos.
Gritos, amargos gritos de mi alma.
Risas huecas, vacías.
Vacías como sus vidas.

Calles infinitas, vacías.
El cielo y el suelo son del mismo color.
La gente es del mismo color.
Brama el océano
y quedan sólo miradas errantes
y vacías.
Nadie. No hay nadie. No habrá nadie.
Aunque haya mucha gente. Nadie.

Cien mil rayos queman la noche.
Cien mil espadas de acero
asesinan la noche.
Los vahos escupen soledad.
Y lo único primitivo es un vaho,
menos pestilente,
que el vaho de sus huecos.

Corredores en las sombras.
Soledades en las sombras.
Vacíos en las sombras.
Detrás de los cristales
empiezan a resbalar las ilusiones;
se han roto bajo mis pies
los intentos de luchar.
Muertes.
Sólo hay almas condenadas. Gentes.

Llega el silencio. Única agonía soportable
en un cementerio.
Oscuridad. Llanto en la oscuridad.
Muerte, áun más muerte.
Y yo, en medio de la muerte, agonizo.
En medio de las sombras, me pierdo.
Rompo en mi llanto
la última esperanza
y no siento
más que deseos de llorar.

Se abren mis noches
con un día
que me castiga.
Un día oscuro y vacío;
primer, segundo,
tercer hastío.
Y creo que ya son mil.
He dejado de vivir
y no me siento.
Se ha perdido
mi mirada en un firmamento
sin sentido,
absurdo.
Las aguas estancadas
empiezan a pudrirse en el lodo.
Empiezan a dibujarse en sus patéticos rostros
risas histéricas,
esquizofrénicas,
trastornadas,
risas amargas,
sin vida.

Comienza mi muerte.
Mis terribles reflexiones.
Continúa mi agonía:
llaga que ya no acierto a sentir
en mi cuerpo.
Mi cuerpo ya no es mi cuerpo,
es llaga.
Llagas. Sólo llagas.
Llagas sin sangre,
llagas de mi alma.
Llagas de gente.



José Hdez. Meseguer.
Memorias de un Naufragio.
Úbeda, 1978.

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