viernes, 2 de marzo de 2012

SOLEDADES Y OTROS SILENCIOS (1976/77) | SI ME FUERA HOY...



Si me fuera hoy
con la escarcha entre mis dedos,
desnudando lentamente la mañana,
con el rocío de la alborada, despuntando el día.
En esos momentos,
en los que se sienten los latidos
del sol brillando con trémula vergüenza
sobre el horizonte cargado de penumbra aún…
Si me fuera hoy, con las primeras luces...
Con ese centelleante rosa pálido sobre mis ojos,
sabría apreciar el valor de la ida…
Sería mi último amanecer. Él me brindaría
sus últimos rayos con pañuelos
de cirros burbujeantes de espuma cándida.
Blanda. Suave. Blanca.

Si me fuera hoy, en plena faena,
cuando aún los segadores no han acabado su jornada,
cuando aún no han levantado su espalda encorvada
y harta para decir: “bueno va”.
Cuando los zagales juegan ignorantemente felices
en su santa ingenuidad, en su “primera inocencia”
aún, y se puede apreciar el ruido sonoro
de los pájaros cantando entre los olivares…
Sólo entonces,
si me fuera así,
sabría apreciar lo que cuesta un amanecer. Un nuevo día.

Si me fuera hoy, al caer la tarde,
con el sol agonizante.
Sangrante en mi alma.
Si me fuera hoy, cuando los cirros espumosos
se convierten en espadas al rojo vivo,
cuando el sol parece ahogarse entre las colinas,
o tal vez, entre un azul lacónico
y un gris mortecino…
Cuando todo se hunde en la soledad.
Cuando el trino de las aves ha cesado.
Cuando el cielo parece que va a reventar
harto de su embarazo de rojos y violetas.
Cuando el viento levanta los trigales para llevar
ese olor de estío hasta mi alma
que se funde con el aroma a hierba fresca y se mezcla
entre mis dedos.
Cuando se encuentra la quietud del espíritu
en un atardecer de verano...
O quizá, si me marchase con la tarde,
cerca del mar,
cuando sus olas van mansas a la orilla
emitiendo destellos indeciblemente maravillosos.

Si me fuera hoy,
con este atardecer estival entre mis cabellos,
dejando sobre las espaldas este pueblo fláccido y sin valor,
cargado de siestas sobre sus tejas
amarillas, viejas.
Y en el horizonte, agónico, brillase
la silueta recortada de esa mujer a la que siempre amé,
y sólo pude hallarla, amarla, soñarla y desearla
entre los cristales de mi habitación...
Sólo, si me fuera hoy, dejaría parte de mi vida, rompiendo
lo que escribo, dejándome de sentimentalismos estúpidos.

Si me fuera hoy,
con la brillante escarcha de estrellas.
Con esos simpáticos tenores que cantan a la luna
en cualquier recodo del camino.
En cualquier remanso, en cualquier arroyo.
Si me fuera despacio.
Sin prisas. Sin temor.
Viviendo, palmo a palmo, el océano mudo y negro
salpicado por gotas de azahar.
Observando la pureza de la noche, cuajada de estrellas y rocío.
Viendo la luna platónica de los poetas,
y el cielo jironado por mantos blancos,
brillantes y fugaces,
respirando ese olor a tierra mojada,
a noche oculta,
a tranquilidad.
A sosiego del alma.
A grama.
Sólo si me fuera hoy,
podría dar a la vida más sentido.
Más valor. Más belleza…

Si me fuera hoy,
cambiaría desde la mañana a la noche,
sólo por mirar tus ojos.
Renunciaría a mis últimos, a todos mis versos.
A todos mis sentimientos.
Tan sólo por mirar y besar con delicada pasión tus labios…
Por acariciar tus cabellos...
Por… no sé... No sé, qué diera,
por un suspiro sincero
que de tu corazón viniera...
                                                                          

José I. Hdez. Meseguer
Soledades y Otros Silencios
Madrid, 18/ 9/ 1.976


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