jueves, 12 de abril de 2012

CRÓNICAS entre PINCEL Y PLUMA | EL PRINCIPIO DE LA MELANCOLÍA



¿Dónde empieza esta melancolía
profunda
que me inunda,
que se esparce,
que me ahoga,
que crece
como un inmenso mar
dentro de mi alma sola?

¿En qué noche
o en qué sombra?
¿En qué siglo de mi infinita
existencia?
¿En qué senda
de mi andar tan largo
e interminable?

Pierdo la cuenta de los siglos,
que parecen miles,
en mi piel hastiada,
castigada y enferma.
Y pierdo la cuenta
de mis soledades
profundas y eternas
como mi Dios.

¿Qué angustia
ahorca mis ojos
desde que empezaron a naufragar
en un mar
sucio, oscuro y turbio,
desde que vieron la luz;
desde la eternidad,
desde el alfa
hasta el omega
de mis pasos estúpidos
e inoportunos;
increíblemente imbéciles?

Me pierdo, me pierdo irremediablemente
en mis vacíos,
en mis angustias,
en mis viejas hipocondrías.
Tan viejas, como el alma
de mi pluma.
De mi errante pluma.
Hastío. Un insoportable hastío
me muerde el alma.
Me desangra. Sé que voy a morir.
Lo sé.

Sé que mi alma quiere libertad.
No rejas de vida.
Debo morir aunque, en realidad,
ese niño que jugaba a ser mayor,
sin querer crecer, murió ya.
¿Dónde he equivocado mi vida, Señor?
¿Qué quieres de mí?
Me lo has quitado todo.
No me queda nada,
excepto este río de soledad.
Un gran río que ahoga mi alma.

¿Dónde empieza mi muerte,
dónde empiezo a morir en mí?
¿Desde cuando?
Sé, que desde la eternidad.
Desde el principio
del universo.
Mi alma está desgastada
y oscurecida
por un tibio sol
que me alumbró una vez,
pero siempre
con rayos débiles,
confusos,
extraños,
temblorosos
e imprecisos.

Me ahogo en un presente
eterno y absurdo.
Alguien sufre por mí,
pero nadie puede evitar
la espada impasible,
insensible
y sin rostro, del destino.
Lo entiendo
y me resigno.
Pero no dadme la mano,
porque nadie puede
quitarme del camino.


José I. Hernández Meseguer
Murcia, 6/81


No hay comentarios:

Publicar un comentario