viernes, 20 de abril de 2012

CRÓNICAS entre PINCEL Y PLUMA | A MI PRIMER AMOR



Gracias por todo.
Por lo malo y por lo bueno.
Porque gracias a ti
descubrí que existían otros mundos
y me elevé sin tener en cuenta
la altura ni la medida.
Vagaba solo
y pronto comprendí
que éramos dos. Creí.

Naufragaba en la oscuridad
víctima del miedo y el vértigo
de la noche; perdiendo las fuerzas
por segundos,
caminando entre el bien y el mal,
rozando el abismo.
Y de pronto, apareciste tú,
inundando mi alma;
rescatándome de las sombras
y las quimeras
que se enredaban en mis diecisiete años
como la hiedra al muro.
Y supe que Dios no me abandonaba.

Y gracias a ti
toqué puerto y llegué a un mundo
nuevo y desconocido.
Fascinante: era el amor.
Y sentí la necesidad de enamorarme
y de amar. Mas también de ser amado.
Y me enamoré de ti.
Porque, gracias a ti, no estaba solo.
Y emprendimos la marcha juntos.
Y supe que Dios estaba conmigo.

Gracias a ti
supe que el cielo tenía otro color
y la brisa otras fragancias.
Todo era distinto.
La vida me sonreía
porque tú me sonreías.
Y caminaba sin miedo
porque tú estabas a mi lado
y me alzaba sobre el cielo
sin temor a caer
porque tú me protegías.
Y luchaba contra la adversidad
y los problemas eran fáciles
porque tú me esperabas...
Todo era maravilloso.
Era el amor.
Y supe que Dios estaba a mi lado.

Gracias a ti,
un día, miré alrededor y estaba solo;
te llamé y sólo el eco contestó
a mi grito amargo y desesperado.
Te busqué y sólo encontré silencio.
Revisé uno por uno todos mis fallos
tratando de hallar una respuesta...
Y te lloré... Y te supliqué...
Me arrodillé ante ti, tratando
de pedir perdón por nada.
Y me arrastré con la agonía
y la esperanza de recuperarte
a cambio de cualquier cosa.
Eras todo para mí; la sangre de mis venas,
el pulso de mi equilibrio,
el eje de mi vida...
Todo fue inútil;
un grito de angustia en el vacío.
Y creí firmemente que Dios me olvidaba.

Gracias a ti
aprendí a llorar
con la más infinita amargura.
Y todo perdió su color.
Y la vida su valor.
Y caí destrozado al suelo
con las alas rotas.
Ya no me importaba nada...
Estaba solo otra vez.
Y quedé sumergido en la tiniebla
largos y duros otoños...
Y solo y vencido
seguí caminando;
monté a la grupa de los años
odiando mi existencia y tus recuerdos
porque me impedían luchar
y olvidar
que hubo un tiempo feliz
en no sé qué absurdo momento
de mi vida.
Y creí que Dios me odiaba.

Gracias a ti
mis llagas se fueron endureciendo
y también, gracias a ti,
me sumé a la estúpida comba de la vida
sin ambición ni ilusión por nada.
Y... ni te olvidé, ni acepté mi destino,
pero sí me refugié en mis gaviotas
que nacieron con más fuerza que nunca,
buscando con urgencia la necesidad
de nuevos sueños.
Y cada vez fueron más hermosas
y, cada vez, más fuertes y capaces
de volar con menos temor
hacia nuevos cielos
y hacia nuevos mares.
Y creí que Dios me ignoraba.

Gracias a ti
fui rompiendo oscuridades
y dejando tan sólo penumbras,
que arrastré como cadenas
tras mis pasos por los versos.
Y fue creciendo en mí
otra persona incapaz de olvidar
y de amar;
enferma de profundo odio y realismo.
Un ser, embrión de mi angustia
y de mis noches pobladas de recuerdos,
que me encadenaba sin descanso
al alba brumoso e hipocondríaco.
Y pensé que Dios se burlaba.
Porque, gracias a ti,
descubrí otra persona
dolida y sola...
Taciturna e introvertida
que, al borde del abismo,
deshiló lentamente sus recuerdos
para convertirlos en gaviotas,
más tarde en poemas,
y más tarde en vino...
Y pensé que Dios me castigaba.

Gracias a ti
nada pudo hacerme más daño,
ni abrir más mis heridas.
Ni siquiera
la extraordinaria locura
de perder a la persona más pequeña.
Más pequeña y querida.
Aunque, otra vez, la angustia
sacudió mi cuerpo.
Y pensé que Dios era injusto.

Gracias a ti
dejé de creer y pensé que el amor
sólo había sido un espejismo. Un error
que sólo había deambulado en mi cerebro
como una borrachera.
Y mis gaviotas se fueron lejos
y se olvidaron de volver por primavera
y vinieron tormentas que inflamaron mi vacío
haciendo aún más insoportable mi hastío.
Y los colores, ya escasos,
se ahorcaron en la más profunda oscuridad
y la tarde lenta se apresuró
a hundirse, como cada tarde, en el silencio.
Me mente se pobló de burlas y ecos
que abrieron quimeras en mi cerebro
y los sentidos me abandonaron
para desbocarse, una vez más, al barranco del vértigo.
Y pensé que Dios era cruel.

Gracias a ti
cuando ya nada era posible, desperté;
un rayo furtivo de luz blanca
había entrado en mi ventana
robando la náusea que inundaba mi cuarto.
Y miré al alba crecer despacio
emergiendo como un dios
desde el vientre del horizonte,
cargado aún de penumbra y sangre.
Y supe que habían pasado nueve
años. ¡Dios mío!, me dije,
qué largo se hace el tiempo
que se pretende olvidar.
Y pensé que Dios jugaba.

Gracias a ti
llegó el estío como un alazán dorado;
pintando de oro y encarnado
el azul pálido y quebrado
de la tarde. Estaba solo.
Solo y hundido.
Y de pronto la encontré: me miraba.
De pronto, mi estado de apatía
saltó al abismo como un caballo desbocado
y la languidez de mi pulso
se convirtió en un oleaje indómito
que recorrió y sacudió
mi cuerpo violento.
Y los colores se hicieron claros y limpios
y empecé a conocerlo todo;
sin darme cuenta había vuelto.
Y sé, y supe, que Dios y la vida
tan sólo me enseñaban.

Gracias a ti,
sé. Quiero querer como quiero;
con un amor sereno. Entero.
Equilibrado. Realista y a la vez soñador.
Lanzando, desde el suelo,
mis gaviotas al cielo,
sin temor...
Y dar un beso o hacer el amor,
a cada cosa de ellas, le doy, hoy,
su exacto valor.
Poque soy capaz de navegar
lejos, sabiendo que sé quién soy,
hasta dónde voy
y, sobre todo, que puedo regresar.


Epílogo...

Gracias. Gracias por todo.
Por lo malo y por lo bueno.
Gracias por enseñarme,
sin darte cuenta,
sin pretenderlo,
sin querer hacerlo,
a perder,
a llorar,
a naufragar
en el océano de la vida...
Pero gracias también
por enseñarme
a valorar,
a comprender,
a distinguir,
a deshilar los sueños de la realidad...
Pero, y por encima de todas las cosas, a amar.



José Hdez. Meseguer
Memorias de un Naufragio
Murcia, 6 de junio de 1983


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