sábado, 7 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 2


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¿Lo recuerdas? Eran aquellas tardes de verano, donde el sol aparecía como un dios roto entre las robustas ramas de las gigantescas y ciclópeas Lophiras que profusamente se entremezclaban con las Strombosias y los Diospyros cubriéndolo todo, constituyendo un impenetrable dosel.

A la sazón, el viejo astro, desde el horizonte, despedía agonizante el más intenso color anaranjado que podías imaginar. Su luz dañaba la hipersensibilidad de tus ojos y te costaba verdadero esfuerzo mantener el reto de aquel impávido rey etéreo que te daba calor, y que, en ese instante, comenzaba paulatinamente a ocultarse en el vientre de las estepas. Aquel hecho te enfurecía el orgullo de macho aunque sabías que nada tenías qué hacer. No estabas acostumbrado a ceder fácilmente. Es más, casi nunca estabas dispuesto a hacerlo gracias a lo cual, y no en vano, llegaste a ser el líder de la horda seguramente la más numerosa de cuantas había existido jamás. Pero tu arrogancia y audacia poco o nada tenían que ver con aquellos fenómenos que sin acertar a comprender entonces conseguían fácilmente someterte. Aquella gigantesca bola, terriblemente encarnada era, sin duda, un ejemplo.

En otras ocasiones eran las lluvias torrenciales, en verdaderas e interminables cortinas de agua, las que os ponían en serios aprietos para conseguir un refugio digno. A veces, pasaban días enteros antes de que pudierais ver de nuevo la luz del sol. Pero en líneas generales, y exceptuando algunas historias que irán asomándote al recuerdo en estos instantes de añoranza, vuestras vidas transcurrían con relativa felicidad hasta que un mal día llegaron “ellos”, los humanos a vuestras plácidas vidas, dejando detrás de sí una cruenta estela de muerte.

Siempre fuiste un ejemplar único. Mucho antes que al resto de tus compañeros, no siendo aún adulto ni mucho menos sino más bien cachorro, ya notaban los demás en ti, no sin cierta admiración y envidia, cómo las formas físicas de tu cuerpo eran atléticamente perfectas. Es más: eran espectaculares. Para entonces, ya alcanzabas un peso cercano a los 60 kg., cuestión muy poco común entre los mandriles. Tú sabías de estos dones regalados por la madre naturaleza, además de ser, por otra parte, un asunto absolutamente imprescindible para convertirte en lo que llegaste a ser. Gracias a eso te hiciste aún más altivo, seguro y distinto a los de tu grupo; era, como mínimo, una cuestión necesaria para llegar a convertirte en líder.

Eras un guerrero nato y en muy pocas ocasiones parpadeabas ante el peligro. Tu fortaleza resultaba muy buena consejera en los momentos decisivos. Te costaba muy poco batirte en armas aun sabiendo que, en ocasiones, podías encontrarte en desventaja. Siempre estabas probándote el valor. Fuiste persistentemente temerario y excesivamente impulsivo. Si bien, el tiempo, te enseñó también a usar el cerebro. Aprendiste a ser cerebral. Aprendiste a ser frío, maquiavélico y asesino. Ha sido la única fórmula para sobrevivir hasta ahora.

Todo empezó, hasta donde te alcanza la memoria, una refulgente, tranquila y calurosa mañana.







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