lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 26


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Sin embargo, los desmedidos gritos de aviso de los monos colobo y otros pequeños cercopitecos, como el de cola roja, o el bigotudo, al denotar con extraordinaria precisión vuestra inesperada presencia, treparon hasta las inalcanzables ramas de las strombosias y de las casearias con la agilidad de un funámbulo. Ávidos, pusieron con sus alaridos de alarma en vuestro ánimo esa anhelante y, en cierto modo, angustiosa sensación, de quien marcha bajo una bóveda inexpugnable habitada por seres vigorosos, organizados y tremendamente inteligentes que, con toda seguridad, vigilaban cada uno de vuestros movimientos desde las copas más cercanas al cielo.

Con la caída de la tarde, el ya diezmado ánimo se aplastó sin piedad contra vosotros; la densa pantalla de arbustos y árboles despistaban todavía más, si cabe, vuestra escasa orientación. La densa y compacta masa forestal era sombreada e impenetrable, repleta de desconocidas especies, lianas y enmarañados arbustos, donde, el Podocarpus milanjianus y la Hagenia abissinica, destacaban con comodidad sobre otras familias arbóreas. Y, donde, en definitiva, el suelo, constituía una sólida y tupida alfombra multicolor de musgos verdes, rojos y amarillos.

De nuevo, el día caía vencido. Un día más en el que con él se hundían irremediablemente todas vuestras esperanzas. Habíais recorrido sin éxito demasiado territorio y hubo quien comenzó a no ver con tan buenos ojos la iniciativa que os había llevado hasta allí. Aunque, en todo caso, ya no os quedaban demasiadas elecciones; os encontrabais tan lejos de cualquier sitio que sólo os quedaba opción de continuar. También, como consecuencia de este peregrinaje, surgieron inevitables discrepancias entre ciertos individuos. Y aunque no desearas la confrontación intraespecífica con ningún miembro del clan no te quedó más remedio, como jefe absoluto e indiscutible del grupo que marcar límites.

Ese fue el caso de Sajú, quien empezó a rebelarse y a mostrar sus diferencias con ciertos desafíos.

Fue precisamente cuando enclaustrados nuevamente en la selva comenzó a ponerse irritable e intratable. Por tu parte habías tratado de evitar en todo momento encontrarte con él y, generalmente, como líder de grupo, solías avanzar un poco por delante, en separado, pero, desde tu adelantada posición le oías refunfuñar y ya empezaba a joderte el tono que empleaba. Comprendías que Sajú estuviese cansado y harto. Tú también te sentías así. Eran ya muchos los días y las noches fuera de vuestro terreno habitual y los peligros por ser desconocidos eran aún más imprevistos lo que, como llegó a suceder, os trajo graves consecuencias.

Pero existía algo peor que iniciar desesperadamente una búsqueda por inservible que ésta pudiera resultar aunque supusiera, en cierto modo, el suicidio colectivo. Era infinitamente frustrante y desalentador no hacer nada y esperar, o, simplemente, limitaros por cobardía y seguridad a borrar de vuestra memoria, de un plumazo, los recuerdos de la tribu. Y justamente por ser los grandes perdedores históricos; los grandes desheredados de los árboles como consecuencia de la retracción de las zonas forestales en la gran sequía del periodo Plioceno, conservabais intacta, en una pequeña zona del cerebro, un atavismo genético preciso y claro: la obligada integración disciplinada de grupo, la reunión inevitable de sus miembros como elemento básico indispensable contra los ataques de los carnívoros. De otra parte, ese mismo juicio, determinaba con enorme fuerza el concepto de la palabra linaje.




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