lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 27


27

Además de que no podíais ni debíais olvidar con ningún pretexto que se trataba de vuestras compañeras. Eran vuestros cachorros. Eran todos y cada uno de los elementos que habían compuesto la horda. Era vuestra única familia, de la cual, para tu angustia, no quedaba absolutamente nadie. Era como arrebataros la historia de las manos. Era como un hombre sin sombra, sin pasado.

Miraste a Sajú. Y él a ti. En ese duelo de miradas comprendiste que si te vencía y se proclamaba líder todo el esfuerzo realizado hasta ese instante no habría servido para nada.

Sajú era un bello y potente ejemplar de espectacular fortaleza; audaz en la lucha, valioso como compañero e imprescindible en momentos como los que os tocaba vivir, pero no estabas dispuesto ni a cederle el trono ni a regresar sin respuestas. Así que trataste, inútilmente, como última advertencia, de disuadirlo golpeando con el puño cerrado en el suelo. Automáticamente los colores de tu cuerpo entraron en erupción; tu pecho se tornó azul y en las articulaciones de tus manos y pies aparecieron manchas carmesíes. Sobre el rostro las tonalidades se desplegaron en un violento juego cromático unido a tu actitud amenazante. A medida que te acercabas a tu rival tus colores se intensificaron más. Mostraste, con bostezos de aviso, tus agudos y largos caninos, y hasta dónde te encontrabas dispuesto a llegar. Sajú tenía que interpretarlo así; retirarse ahora que todavía estaba a tiempo o luchar hasta donde fuese necesario. Y lo hizo.

El combate duró poco tiempo. No esperaste su ataque, sino que, por el contrario, te abalanzaste sobre tu adversario sin darle tiempo a nada. Una de tus mejores características en la lucha era que siempre fuiste, además de corpulento y grande, tremendamente ágil. Y a pesar de que Sajú se tenía por un excelente guerrero, de poco le valieron sus estratégicas combativas, ya que, tras un corto pero intenso intercambio de golpes y mordiscos, redujiste a tu oponente, el cual, finalmente, te ofreció el cuello en acto de sumisión.

Desde tu posición le observaste altivo y poderoso. No estabas dispuesto a permitir motines ni sublevaciones en el grupo. No ibas a ser democrático, había que encontrar al resto de la horda a pesar de tener pagar por ello precios incalculables. Pero aún así, tampoco te sentías capaz de matar por matar. Tras unos segundos de silencio le mostraste otra vez los colmillos y le gruñiste para advertirle que, la próxima vez, serías menos calculador y evitarías trámites matándolo.

Después del desagradable incidente que mantuvisteis Sajú y tú, éste, se mantuvo durante muchos días distante del grupo visiblemente molesto, pero acatando siempre tus decisiones.



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