lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 28


28

La terrible tenebrosidad os absorbió por completo conforme fuisteis adentrándoos en los umbrófilos bosques. Y la noche, en un suspiro, terminó por envolveros como por arte de magia. En la oscuridad, como llegada de los confines de la Tierra, la robusta y ronca voz de los damanes de los árboles, marcaron sonoros sus misiones sexuales y territoriales. En ese lapso, los gatos servales, las mangostas, las ginetas y también los leopardos, los destinan a la caza de la rata gigante; un increíble ser vegetariano de cuarenta y cinco centímetros de longitud y un kilo de peso.

La jornada nocturna transcurrió lenta, sumida en un inquietante silencio, quebrado, en ocasiones, por extraños ruidos para vosotros. Lo que ocasionó que, vuestro quebradizo sueño, sólo fuese posible a ratos y únicamente por el exceso de cansancio. Con el transcurso de las horas una marchitada claridad comenzó a dejarse notar suavemente. Pero el tiempo, en cambio, parecía no haber transcurrido; todo tenía la rara sensación de encontrarse poseído por un sortilegio. La inmensidad del follaje seguía siendo tan consistente que la luz no conseguía perforar con la suficiente fuerza el fantasmagórico y siniestro ambiente que os envolvía. Entretanto, una omnipotente niebla os ofreció callada, un enigmático y aterrador paisaje de inédita e incomparable belleza.

Poco a poco, comenzasteis a percibir como ecos, los suaves trinos de los nectarínidos y los repetidos gritos y vocalizaciones de una horda de chimpancés que habían detectado vuestra presencia. El día se ponía de nuevo en movimiento y con él todas las especies que, hasta entonces, habían guardado un riguroso silencio en el oculto código de la selva. Los turacos verdes de alas rojas, revolotearon entre las ramas en pequeños grupos picoteando frutos y bayas. Las grandes pitones iniciaron la captura de roedores, duikers y otros antílopes. Los camaleones, entre las hojas, dieron caza a algunos de los numerosísimos insectos. Lo cierto, es que la fauna entomológica de la selva de la montaña es amplísima, incontable y profundamente variada; existe una excepcional cantidad de mariposas de todas las formas, tamaños y colores que, en estos lugares, pueden llegar a alcanzar cincuenta mil clases.

Tras degustar algunas raíces, tubérculos y algún que otro ratón que sorprendisteis al paso, os pusisteis en marcha. Lo hicisteis como siempre en estos casos; tú encabezabas el grupo. Detrás, a corta distancia, te seguía Nukk. En el centro se situaban los más jóvenes y cerraba la comitiva Sajú y otro expedicionario más, Zahí. Ambos se encargaban de cubrir la retaguardia del grupo. El aventurado desfile, en tales circunstancias, en aquel interminable y desconocido bosque, resultaba peligroso; os sentíais observados y tensos. Erais, plenamente conscientes que los predadores aéreos observaban atentos vuestro desplazamiento, y que, cualquier descuido, os podía repercutir gravemente.

Aunque no pretendíais engañar a ningún pitecófago; la conspicua apariencia de vuestras callosidades isquiáticas enviaba a cualquiera de éstos un mensaje de polarización: una clara señalización de aviso. Vuestros semáforos amenazantes, tanto por detrás, como por delante, e incluso en la grupa, advertía a todo el mundo que un grupo de mandriles era mucho más que un simple puñado de simios despistados dispuestos a ponerse a tiro por las buenas. Y vuestro aéreo enemigo, eso, lo tenía muy en cuenta. Por tal razón, os acechaba sin mover, por el momento, una sola pluma.

A lo largo de las semanas siguientes, aun así, sufristeis una serie de bajas inevitables. El primero en caer fue, Tahú; quien, hurgando entre las oquedades de los árboles en busca de  huevos, metió la mano en el hueco donde pacientemente le esperaba un venenoso ofidio. La mordedura de la mamba no acabó inmediatamente con su vida debido a su tamaño y peso, pero, a partir de ahí, una violenta fiebre fue apoderándose de él, aumentándole espectacularmente, con el paso de las horas; de tal modo, que la debilidad y el narcotizante efecto del veneno, le llevó a rezagarse paulatinamente del grupo hasta que desapareció en la selva.

En otra ocasión, el exceso de confianza entre el follaje de vuestro compañero, Unza, no le previno de un águila coronada que le observaba dispuesta con sus cepos mortales, al acecho. En décimas de segundo, aquél, se precipitó sobre el mono como una parda centella, reventándole el cráneo con sus gruesas y afiladísimas garras.






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