lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 29


29

Otro día, una serpiente pitón que se encontraba enroscada sobre un árbol perfectamente mimetizada, abatió al joven Iwú, que, cuando vino a comprender la magnitud del mazazo recibido por el gran ofidio, moría implacablemente aplastado por la jaula torácica de la serpiente. Sin embargo, aunque las sorpresas eran del todo inevitables en los terrenos en los que os movíais, uno de los mayores acontecimientos estuvo servido al llegar a la zona de los bambúes.

Cuando llegasteis a media tarde a aquel sombrío y desconcertante paraje, os encontrabais hambrientos. No habíais aflojado un ápice la marcha en toda la jornada y observasteis con satisfacción la espesa y frondosa formación, pero, sobre todo, el sorprendente tamaño de este tipo de cañas. En aquel tipo de suelo pendiente y permeable crecían con tal intensidad y virulencia las plantas de bambú que apenas dejaban crecer en el suelo otro tipo de vegetación. Tan sólo algún árbol solitario interrumpía, de cuando en cuando, este voraz sistema. El tupido bosque servía de refugio y alimento, en definitiva, a muchos animales; entre ellos, por ejemplo, al bongo que pasaba los días oculto en él, y también, a ciertas aves comedoras de grano y determinados francolines. Los grandes búfalos negros dejaban ver sus lomos en la espesura de los bambúes. E incluso, pequeñas manadas de elefantes provenientes del Sur de África Oriental, hacían su particular aparición buscando zonas más frescas.

El grupo, ante tan colosal banquete, comenzó, sin más, a degustar los tallos sin reparar, en que, con vuestros sonidos de comunicación y los chasquidos al romper las cañas, erais observados, a cierta distancia, por un clan de gorilas de montaña. Aquel era su territorio y vosotros, sin saberlo, estabais invadiendo sus dominios. Tras un corto estudio de la situación las hembras y algunos jóvenes machos iniciaron sus gritos de alarma ante vuestra presencia. Mientras ellas vocalizaban su llamada de socorro, los machos rugieron golpeándose el pecho. Vosotros, en la cañada, os quedasteis paralizados con las ramas en la boca y en las manos, limitándoos a mirarles sin saber qué hacer. En un rápido recuento ante una posible lucha puede que llegaras a distinguir doce o trece los miembros en total: tres machos, siete hembras y dos o tres cachorros. Al final, sus chillidos, acabaron contagiando el ánimo y todos, desde uno y otro bando, terminaron gritándose en gestos y ademanes de amenaza. Tú, sin embargo, aunque expectante, quisiste por el momento mantenerte al margen y no moviste un solo músculo. Probablemente no erais bien recibidos y el abucheo era lógico.

Repentinamente, de entre las suculentas y amplias hojas que formaban una espesa cortina en la selva, apareció arrogante como un dios, Kurwuahc, el gran macho dominante de la tribu. Desde la imprecisa y eternamente sombreada oscuridad del bosque, su espectacular figura en movimiento fue tomando color. Al conectar de golpe con el torrente de luz, el líder, imponente, era simplemente majestuoso.

Su maciza y brutal cabeza, en la que brilló como el azabache la negra piel de su rostro, te observó atenta clavándote los ojos. Tus colores, prestos, se encendieron. Le devolviste la mirada con la misma altanería. Comenzaba así un duelo de inevitables miradas; tú no era un gorila de montaña. Si lo hubieses sido, posiblemente, os hubieseis conformado con marcaros el territorio con la mirada y, aquello, no hubiera ido a mayores consecuencias. Porque, entre machos dominantes de distinto grupo es lo que suele suceder; en un primer momento se observan con atención pero, después, atenúan la tensión y, aunque sólo sea en apariencia, pasan a una bien fingida indiferencia, aunque se vigilen, disimuladamente, por el rabillo del ojo. Pero no. Tú no eras de su especie y él lo sabía; no pasabas de ser un mono pintado que, además, vulneraba impunemente su terreno.

Bruscamente arrancó un tallo y con parsimonia se lo colocó en los labios. La indecisión de ese gesto apenas duró unos segundos porque, el gran Kurwuahc, te envió un terrible rugido que inundó la bóveda selvática. Fue, sin duda, el sonido natural más impresionante que hasta entonces habías escuchado. Mientras rugía aquel fantástico animal de, casi 2 metros de alto y 200 kilos de peso, se alzó sobre los miembros posteriores. La tremenda musculatura de su pecho se tensó; los pelos de los hombros y los antebrazos se le erizaron eléctricos y adelantó, como si quisieran tragarte, sus enormes y cuadradas mandíbulas. En un ritual desconocido para ti, se golpeó ruidosamente el pecho con las palmas de las manos abiertas. El intermitente poc, poc, poc, de sus manos sobre su pecho pavonado, resonaron como un tambor entre las paredes imaginarias de aquel laberinto cubierto de lianas y arbustos.


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