lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 30


30

Aunque en el fondo te sintieses realmente impresionado por tal despliegue de gestos, nada, a esas alturas, podía hacer variar tu intención de seguir adelante. Por lo que, ante el inminente ataque del coloso de ébano te situaste agazapado como un felino, en posición de ataque.

El gran “espalda plateada”, sin dejar de rugir, con la boca abierta, inició una extraña carrera en sentido lateral que, por un instante, te despistó. A la vez que corría erguido sobre sus cortas piernas, arrancó a su paso ramas y hierbas, que fue lanzándote. Pero, de repente, se detuvo como si se hubiera cansado de su exhibición amenazadora y se abalanzó hacia donde te encontrabas. El mayor de los animales que conocías en plena carga no había provocado jamás en ti el pavor y el desconcierto que te causaba aquel gigante. Pero, también tú, te considerabas un difícil contrincante y en esta ocasión, le esperaste. Cuando estuvo prácticamente encima de ti esquivaste, con destreza, el auténtico martillazo que te lanzó mordiéndole con la fuerza de un perro rabioso el costado.

El mono dominante del grupo cayó retorciéndose como una serpiente, dejando escapar un alarido estremecedor. Al espeluznante aullido del primate, un innumerable grupo de vistosos y tornasolados suimangas abandonaron precipitadamente las copas rojas y piramidales de los áloes, y volaron como una nube hacia el sol. Los papagayos y los turacos, enmudecieron durante unos minutos sus selváticos y estridentes cantos. Todo en la selva calló. Durante un tiempo el lugar se convirtió en un mundo sin eco. 

El gran Kurwuahc, en el suelo, herido, con la respiración jadeante y entrecortada, me miró, pero no adivinaste en sus intensos ojos negros rencor alguno. Él, sencillamente, protegía a los suyos. Tú, desesperadamente, buscabas a los tuyos.

El combate con el gran Kurwuahc no fue, ni mucho menos, el único. Tras el impactante encuentro con el líder de la horda, todos, en alguna ocasión, tuvisteis que mantener contiendas con otras especies que, al veros, comprometieron seriamente vuestra integridad.

Los acontecimientos, unas veces con más y otras con menos oportunidad, no dejaron, sin embargo, de ser importantes. Al fin y al cabo erais vosotros los advenedizos, los que irrumpíais en sus vidas de la manera más descarada. Vuestras intenciones, lógicamente inexplicables, servían de muy poco a las insólitas comunidades de animales con las que sin pretenderlo, a veces, tropezabais. Por tal razón, al menor propósito de lucha, procurabais quitaros del medio, salvo en aquellas ocasiones que se hacían necesariamente ineludibles.

Al igual que sucede en la jungla de asfalto, allí, cualquiera podía ser tu enemigo o tú enemigo de cualquiera. Cada ser con vida, por minúsculo e insignificante que pudiera parecer en apariencia podía esperarte sin reparos, en un rincón, para que resultara ser el último de tu existencia. Al final siempre es lo mismo: es la continua lucha por la supervivencia.



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