lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 31


31

Una tarde en la que el sol humillado se abatía violentamente sobre las montañas, pudisteis observar cómo los últimos ejércitos viajeros de ñus atravesaban la infinita sabana.

En la lejanía, aquellos cientos y cientos de bóvidos, dejaban  a su paso una hermética y compacta estela de polvo. Sobre los rezagados súbitamente se precipitó una manada de leones. Media docena de éstos cayeron bajo sus garras. A varios centenares de metros, bajo las extensas sombrillas de unas acacias tortilis, un grupo de damaliscos y alcélafos miraban con atención. Habían tenido suerte; por el momento, el juego de la muerte, se había detenido en aquellos desdichados herbívoros. En esa fugaz carrera hacia el ocaso peor suerte corrieron unas jóvenes gacelas Thomson que, confiadas, aprovecharon hasta los postreros rayos de luz para pastar.

Inesperadamente de entre los macizos y espinosos arbustos apareció una tropa de licaones dispuestos al festín. Lógicamente casi todos tenían claro quién iba a poner la carne. En una sostenida y veloz carrera los perros cazadores se movieron en una implacable persecución con agilidad de vértigo sobre sus presas y a diferencia de otros depredadores, éstos, despedazaron a sus víctimas aún vivas en un sangriento ritual. Pasado un razonable espacio de tiempo en el que incluso habían regurgitado parte de la comida ingerida a los más pequeños, se presentaron los últimos invitados.

Desde hacía una hora venían observando con interés la diversión. Eran los ínclitos carroñeros alados; el buitre torgo, el buitre de Rupell y el de espalda blanca. Cada uno, a su manera, presidió la mesa introduciendo sus peladas y escatológicas cabezas entre las oquedades y el abdomen del cadáver abierto, devorando las vísceras. Un poco separados, relativamente ajenos a cuanto les rodeaba, tres o cuatro alimoches se disputaban a tirones las piltrafas restantes. La ensangrentada bola de fuego, indiferente a cualquier situación, había descendido notablemente por detrás de las montañas azules. Cuando habíais decidido emprender la retirada hacía el bosque, un comando de hienas manchadas que había apercibido vuestra presencia se arrojó en tromba contra vosotros. En la ofensiva, a pesar de ser numerosos, murieron dos. Los demás, entre desconcertantes aullidos huyeron tumultuosamente profiriendo un estridente lenguaje que nunca supisteis descifrar. Jamás llegasteis a saber si eran de miedo o de risa.

Ocasiones de riesgo, lo cierto es, que nunca os faltaron. Mientras, los días y las semanas se sucedían lentos al abrigo de unas esperanzas cada vez más deshechas, extremadamente agotadoras y llenas de incertidumbre.

Por su parte, el sol, exacto y puntual como un abrasador calendario, se había elevado sobre vuestras despistadas cabezas en tantas ocasiones que definitivamente habíais perdido la cuenta. La continua e inevitable tensión de vuestro periplo os proporcionó tal fatiga que os hizo vacilar acerca del propósito. Podía estar sucediendo que, sin saberlo, estuvieseis realizando interminables e inútiles recorridos circulares. Únicamente los cambios en las nuevas especies con las que tropezabais, y los diferentes e inusitados paisajes, conseguían detener temporalmente la indecisión y contener vuestro fragmentado espíritu. En cada caso las experiencias recibidas habían sido únicas; despiadadas enseñanzas en las que, desgraciadamente, habían sucumbido algunos compañeros. El balance provisional, por tanto, resultaba patético y desolador. De aquellos once expedicionarios que comenzasteis sólo cinco nos enfrentaríais a vuestro destino: Zahí, Nukk, Zop, Sajú y tú. El resto fue quedándose, de una u otra forma, en el lacerante y oculto camino hacia la búsqueda del grupo. Vuestra desconcertada imaginación no había dudado al jugaros malas pasadas conduciéndoos, durante meses, por el escabroso y siempre enigmático sendero africano para haceros tropezar con las sorpresas y animales más extraños.

Si bien llegados a este punto el aplastante resultado era, además, que no poseíais la menor idea de dónde podíais encontraros; vuestra debilitada orientación carecía de criterios y se regía por la intuición. Había llegado el momento y el lugar, en el cual, ya todo os parecía igual. Teníais la completa seguridad de haber bordeado gigantescas montañas, de haberos internado en bosques galería, en desconcertantes y profundas selvas, en riberas y pantanos, en sabanas, en zonas de transición, en estepas arbustivas, e incluso, en zonas desérticas. Pero, por enésima vez, la desolación se apoderaba de vuestras pobres almas. Llegabais a una terrible conclusión: vuestra suerte os dejaba fuera de juego, sin saber qué hacer ni cómo seguir.



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