lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 32



32

La noche acababa de hundirse con vehemencia en la selva, jamás podrás olvidarlo. Las estrellas fugaces cruzaban el cielo estigmatizándolo de extremo a extremo, rasgando, sin el menor cuidado, su fuliginosa cortina de terciopelo. Las otras, más lejanas, en el infinito, titilaban con lánguidos y cadenciosos destellos. Vosotros, cobijados en los árboles, guardabais silencio. Un doloroso silencio. Nadie decía nada, pero la decepción y el agotamiento que sentíais, os embargaba. Personalmente, tú, empezabas a estar convencido que Sajú tenía razón cuando decía que aquella aventura era una atrocidad y un suicidio. De hecho ya os había costado demasiado caro. Y lo peor era pensar que estabais perdidos. Más perdidos y solos que nunca.

La desazón te encaramó a un corpulento y solitario baobab en la copa alta un tanto alejado de tus compañeros. Querías estar solo, te sentías desolado, destrozado por fuera y por dentro; nunca hallaríais al resto de vuestros compañeros, nunca conseguiríais saber lo que había sucedido, adónde se habían marchado, ni por qué… En ese momento, un fenómeno impreciso clareó el fondo opaco del bosque. El resplandor tembló en la oscuridad y, durante un segundo, pareció flotar.

Todavía sucedía algo más.

La creciente brisa nocturna te acercaba con intensidad desconocidos olores y lejanos sonidos. Te alertaste y miraste a tus compañeros. Ellos, al igual que tú, comenzaban a inquietarse. ¿Era una falsa sensación o también advertían lo mismo? ¿Qué era aquello capaz de provocar esa excepcional luminosidad? ¿De dónde procedía? ¿Sería el grupo? ¿Habíais conseguido, por fin, encontrarlos?

En un principio, debes reconocer, que no te atreviste a reaccionar y el temor, de alguna forma, paralizó tus músculos. Tuviste que poner a enfriar durante unos minutos los sentidos y el cerebro. Cuando finalmente conseguiste despegarte del entumecimiento mental que te bloqueaba, decidiste, que no había tiempo que perder; la curiosidad pondría al descubierto vuestras dudas que, hasta el momento, eran todas.

Raudos bajasteis del gigantesco baobab y os encaminasteis en la dirección de donde procedía el extraño fulgor. Fuisteis relativamente despacio, os hallabais sumergidos en una zona profundamente selvática, repleta de peligrosos habitantes nocturnos que destinan el oscuro horario para cazar.

Tardasteis más una hora en llegar. Pero fuisteis comprobando que, a medida que os acercabais, la claridad se volvía más insistente y los sonidos, aunque ininteligibles para vosotros, se hacían precisos. Hasta ese instante seguíais sin conocer la raza humana, por lo que, al apostaros en la penumbra, como a cien metros de la jauría humana, os quedasteis completamente estupefactos y asustados. Jamás habíais visto nada parecido y os inquietasteis. El fuego, elemento sobrenatural que solamente habíais tenido ocasión de ver en las tormentas os producía temor; su presencia significaba peligro. Por un instante recordaste, cómo, en una ocasión, un rayo partió en dos una descomunal acacia reduciéndola a astillas; el imponente bramido del trueno iluminó durante unos segundos el páramo. Después la acacia, o lo que quedó de ella, se convirtió en una antorcha durante horas.

Aunque os situabais muy lejos todavía de aquellos instrumentos de luz, sí observasteis, ocultos entre las sombras, que se repartían equidistantemente alrededor del campamento; como a unos ocho metros unos de otros. Os mirasteis asombrados y confundidos, era algo realmente extraordinario. Pero, ¿de qué se trataba? ¿Qué misterio reinaba allí? Lo más sorprendente fue la aparición del hombre: aquellos bípedos. Eran estrambóticos y absurdos seres patilargos que, de un lado para otro, corrían gritando y violando a la noche su calma.

Os mantuvisteis expectantes, agazapados en la oscuridad, en silencio. Progresivamente fuisteis distinguiendo, a pesar de la tensión acumulada, sonidos que os eran del todo familiares: vuestros congéneres estaban allí aunque no estaban solos; infortunadamente, de aquel siniestro lugar, se alzaban otros muchos gritos escuchados con anterioridad en la jungla. Pero por lo demás, no existían dudas, eran los vuestros, los de vuestro clan, les oíais lamentarse; enloquecidos, aullaban en incontrolados golpes de locura.

Paulatinamente, en el transcurso de las horas siguientes, la calma tomó un discreto relevo. La algarabía y las voces de los bípedos fueron cesando hasta hacerse inapreciables. Pensasteis que había llegado el momento de pasar a la acción; una acción incongruente y sin sentido, en la que no sabíais lo que ibais a encontraros, ni cómo actuar. Sólo sabíais que vuestros compañeros suplicaban afligida vuestra ayuda y debíais por todos los medios rescatarlos de aquel extraño sufrimiento. Nunca, antes de ese momento, se os había presentado una ocasión semejante. La confusión por vuestra parte era total, aunque vuestra lógica primitiva os aseguraba que vuestros camaradas se localizaban atrapados por algún motivo aún desconocido.

Entre los arbustos y las malezas fuisteis aproximándoos, tratando de comunicaros lo más sigilosamente posible; no teníais la menor idea de cómo solventar la situación ni a qué ibais a enfrentaros. No sabíais absolutamente nada acerca de aquella extraña especie ni cuál era su poder, si bien una cosa estaba clara; si podían dominar el fuego no iba a ser, desde luego, un asunto sencillo. No te equivocabas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario