lunes, 9 de julio de 2012

PANDEMÓNIUM Capt. 33



33

Llegasteis a la altura de las hogueras. A pesar de encontrarse situadas unas de otras a varios metros, el desconocimiento os hacía temer lo peor. Dudasteis. Después de intentar buscar soluciones alternativas comprobasteis que el único camino de acceso era aquél; pasar, inevitablemente, entre las columnas de fuego. En toda tu vida te habías encontrado tan cerca de él. Fue todo un ejercicio de autocontrol y dominio. Sentías cómo el calor de las llamas abrasaba tu rostro. Tenías miedo. Sentías miedo, mucho miedo. Tu pulso se aceleró vertiginoso sin poder evitarlo. Tus compañeros, un poco más rezagados, empezaron a emitir monosilábicos sonidos de alarma cuando te vieron atravesar entre las igniscentes murallas. Les miraste. Desde la inquietud de tu mirada, les exigía confianza y tranquilidad. Al final te siguieron. Como un pequeño equipo de mercenarios os dirigisteis hacia las jaulas que se encontraban dispuestas y apiladas en un calvero del campamento. Posiblemente había veinte o veinticinco.

Os aproximasteis hasta quedar prácticamente frente a ellas. Los inconvenientes, pese a todo, comenzaron cuando los animales enjaulados detectaron vuestra presencia. Desquiciados, unos y otros, lanzaron sus alaridos de angustia, lo que produjo en el resto de los animales una excitación paranoica generalizada. Sajú, desconcertado, te miró a la vez que, Zahí, Nukk y Zop, emprendían, sin pensárselo dos veces, una apresurada huida hacia la espesura de nuevo para refugiarse; el imprevisto descolocaba por completo vuestra escasa iniciativa. Tras ellos, Sajú y tú, corristeis en otra dirección también hacia la selva. Unos segundos después, tres individuos salieron de sus tiendas de campaña. Por su manera de caminar parecían despreocupados. Nada parecía alterarles. Sabían cómo actuar en ese tipo de situaciones. Estaban hartos de hacerlo; narcotizar con dardos a los animales más rebeldes e inquietos. Una vez efectuada tal acción, todo regresó a la calma. Volvió a pasar el tiempo.

La noche y la oscuridad, con la sola excepción del campamento, apresaban con fuerza aquella parte de la Tierra. Había pasado mucho tiempo. No supiste cuánto. Os resultó interminable. Mientras, sumidos entre las sólidas e impenetrables sombras de la espinosa maraña forestal, os entretuvisteis, sin despistaros en exceso ni quitar ojo a la entorno, comiendo enormes escarabajos Goliat de más de diez centímetros de longitud y otras formaciones de coleópteros xilófagos, que detectabais en los huecos de los árboles.

Fue más tarde cuando volvisteis a escuchar como ecos, los entrecortados y enternecedores sonidos de los gálagos o “niños del bosque” y a los pangolines, robando sin respeto los huevos de los nidos, pero sólo de paso, otra vez estabais acercándoos a las instalaciones de los bípedos; los malditos y ridículos bípedos, que tan arbitrariamente habían mutilado vuestra apacible existencia. 

Situados de nuevo frente a las jaulas contemplasteis con absoluto horror la tremenda tristeza en los ojos de aquéllos que, drogados, os devolvían, incapaces de cualquier otra acción, una mirada tan aturdida como extraviada. De repente, la rabia sujetada, contenida durante tanto tiempo, atravesada en el estómago como un nudo gordiano tantos meses y la sensación de impotencia que os producía el lamentable espectáculo, consiguió que vuestra actitud se desbocara por el camino más inoportuno. Todo, completamente todo, os explotó en las manos sin darnos cuenta, era la gota que colmaba el vaso; aquella incomprensible locura había ido demasiado lejos. Fue como una bomba mortal; la sensatez se os derramó sin poder evitarlo y comenzasteis, en un frenético e imparable ataque de demencia, a zarandear las jaulas provocando nuevamente el caos. Sólo que, en esta ocasión, no estabais dispuestos a marcharnos sin vuestros amigos. La anarquía y la alarma rápidamente se propagaron como un reguero de pólvora encendida.

Muchas jaulas, sobre todo las situadas encima de las más pesadas, se vinieron al suelo abriéndose en canal como sandías. De algunas de ellas surgieron terribles y amenazadores papiones gelada y hamadrias enclaustrados que, automáticamente, se engancharon a los centinelas que llegaban adormilados con los rifles aún sin montar. De otras, exuberantes nubes de aves exóticas como pelícanos, garzas de cabeza negra, cigüeñas de pico amarillo, pigargos vocingleros, jacanas, marabús, picozapatos, oropéndolas, barbudos de garganta gris de doble diente y africanos, se desintegraron en la noche para siempre.

Así, sin saber exactamente cómo ni de qué forma, la mayoría de las jaulas fueron cediendo para dejar escapar sus prisioneros. Hubo también embalajes que, tras la excitación creada, sus inquilinos consiguieron forzar las mallas metálicas obteniendo igualmente la libertad. Algunos animales, los más descomunales, los que no se encontraban enjaulados si no atados por una extremidad como los elefantes, sólo pudieron barritar desoladamente en la madrugada convulsa impregnando el aire húmedo y caliente de la noche. A la vuelta de cinco escasos minutos el campamento se convertía en una improvisada y confusa arca de Noé. El desorden que gobernaba era definitivo; grupos de animales que en otras circunstancias se hubieran matado entre sí sin parpadear, ahora, se incrustaban juntos en las sombras de la jungla. Los hombres seguían llegando sin tregua por todas las esquinas. Algunos cayeron bajo las garras de leones y leopardos, otros, presa de los irascibles y rabiosos cercopitecos que no perdonaron la vida a sus captores.



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